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Full text of "Congreso de Historia y Geografia hispano-Americanas celebrado en Sevilla en Abril de 1914 : actas y memorias"

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PRESENTED TO 

BRANDÉIS UNIVERSITY • 1961 



CONGRESO 



DE 



HISTORIA Y GEOGRAFÍA 

HISPA NO- AMERICANAS 



IV CENTENARIO DEL DESCUBRIMIENTO 

DEL OCÉANO PACÍFICO 



CONaRESO 



DE 



HISTORIA Y geografía 

HISPANÜ-AMERICANAS 

CELEBRADO EN SEVILLA EN ABRIL DE 1914 

ACTAS Y MEMORIAS 



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MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE JAIME RATÉS 

Plaza de San Javier, núm. 6. 

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DOCUMENTOS OFICIALES 



REAL DECRETO 



DECLARANDO OFICIAL LA CELEBRACIÓN DHL CENTENARIO DEL DESCUBRI- 
MIENTO DEL OCÉANO PACÍFICO Y DISPONIENDO LA CONSTITUCIÓN DEL CO- 
MITÉ EJECUTIVO ORGANIZADOR DE LOS ACTOS CON QUE HA DE CONMEMO- 
RARSE. 



KXPOSIGION 

SEÑOR: El descubrimiento del Océano Pacífico por un reducido 
número de españoles, capitaneados por Vasco Núñez de Balboa, el 
25 de Setiembre de 1513, es una de las más grandiosas manifesta- 
ciones del heroico esfuerzo de nuestros antepasados en el Nuevo 
Mundo. Próximo á cumplirse el cuarto centenario de hecho tan 
trascendental para el progreso humano y tan glorioso para nuestra 
Patria, el Gobierno de S. M. juzga que es deber de la Nación con- 
memorarlo dignamente. 

De acuerdo con las Corporaciones llamadas en primer término 
por razón de su instituto á colaborar en esta obra patriótica, la 
Real Academia de la Historia, iniciadora del pensamiento, la Uni- 
versidad Central, la Real Sociedad Geográfica y la Unión Ibero- 
Americana, estima que el medio más adecuado es la celebración en 
Sevilla de un Congreso de Historia y Geografía hispano-americanas 
y de una Exposición de documentos, obras, manuscritos, mapas y 
planos relativos á América en la época colonial. Abona el que estos 
actos se verifiquen en Sevilla, no sólo la razón histórica de haber 
sido esta ilustre ciudad con su famosa Casa de Contratación centro 
de nuestras relaciones con América en el período de mayor floreci- 
miento de la dominación de España en aquel continente, sino el ser 
depositaría actualmente en el Archivo de Indias y la Biblioteca Co- 
lombina del riquísimo tesoro documental que contiene la historia 



— 10 — 

del descubrimiento, la conquista y la colonización de la América 
española, y que ha de constituir el núcleo principal de la Exposi- 
ción especial proyectada. Este Congreso y esta Exposición serán 
actos oficiales preparatorios de la Exposición Hispano- Americana, 
que se celebrará en Sevilla el año 1915, según establece la ley de 27 
de Diciembre de 1910. 

Para reunir todas las garantías de acierto en la celebración del 
centenario, se encomienda la dirección y organización del Congre- 
so y de la Exposición á un Comité general, compuesto del Director 
de la Eeal Academia de la Historia, el Rector de la Universidad 
Central, los Presidentes de la Real Sociedad Geográfica y de la 
Unión Ibero-Americana, el Alcalde Presidente del Ayuntamiento 
de Sevilla y un funcionario designado por cada uno de los Ministe- 
rios de Estado, Instrucción Pública y Fomento, y se confía la adop- 
ción de las disposiciones necesarias para la cooperación de los Cen- 
tros docentes, y en particular del Archivo de Indias, al Ministerio 
de Instrucción Pública y Bellas Artes. 

No duda el Gobierno de que el noble propósito que le anima ha 
de hallar eco en V. M., siempre dispuesto á honrar las glorias espa- 
ñolas, así como en la nación y pueblos hispano-americanos, intere- 
sados de consuno en conmemorar tan fausto acontecimiento, y, en 
su consecuencia, tiene el honor de someter á la aprobación de V. M. 
el adjunto proyecto de Decreto. 



Madrid 26 de Marzo de 1913. 



SEÑOR: 
A L. R. P. de V. M, 

jívaro ífigueroa. 



REAL DECRETO 

A propuesta del Presidente de Mi Consejo de Ministros, 
Vengo en decretar lo siguiente: 

Artículo 1.° Se declara oficial la celebración del IV Centena- 
rio del descubrimiento del Océano Pacífico. 



— 11 — 

Art. 2.° Para conmemorar tan señalada fecha, se celebrará, 
bajo la protección y con apoyo del Gobierno, un Congreso de His- 
toria y Geografía Hispano-americano y una Exposición de docu- 
mentos, obras, manuscritos, mapas y planos relativos á América en 
la época colonial española. 

Art. 3.'' Este Congreso y Exposición especial tendrán lugar en 
Sevilla y servirán de actos oficiales preparatorios para la Exposi- 
ción Hispano-americana que ha de verificarse en aquella capital 
durante el año 1915, conforme á lo dispuesto en la Ley de 27 de 
Diciembre de 1910. 

Art. 4.° Tendrá á su cargo la dirección y organización de 
los trabajos necesarios para celebrar el Congreso y la Exposición 
autorizados por Real decreto, un Comité general, compuesto: del 
Director de la Real Academia de la Historia, el Rector de la Uni- 
versidad Central, el Presidente de la Real Sociedad Geográfica, el 
Presidente de la Unión Ibero-Americana, el Alcalde Presidente del 
Ayuntamiento de Sevilla y un funcionario designado al efecto por 
cada uno de los Ministerios de Estado, Instrucción Pública y Fo- 
mento, y como Secretario general un Académico de la Historia de- 
signado por esta Corporación. 

Art. 5." Por el Ministerio de Fomento se dictarán las dispo- 
siciones necesarias á fin de que sean auxiliados los gastos que ori- 
ginen estas atenciones, como necesarias y preparatorias de la Ex- 
posición Hispano-americana de Sevilla, con cargo al crédito con- 
signado para este fin en su presupuesto y de acuerdo con las dispo- 
siciones de la Ley de 27 de Diciembre de 1910. 

Art. 6.*^ El Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes 
acordará cuanto sea necesario para la concurrencia y cooperación 
que deben prestar á la celebración del Centenario todos los Centros 
docentes, y especialmente el Archivo de Indias de Sevilla. 

Art. 7.° El Ministro de Estado facilitará la acción del Comité 
ejecutivo en cuanto sea de su especial competencia. 

Dado en Palacio á veintiséis de Marzo de mil novecientos trece. 



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■oni>o. 

El Presidente del Consejo de Ministros, 

^l^varo ífigueroa. 



REAL ORDEN 



AUTORIZANDO AL COMITÉ PARA LLAMAR Á Sü SKNO Á AQUELLAS 
PERSONAS QUE ESTIME CONVENIENTE 



Presidencia del Consejo de Ministros. — Excrao. Sr.: En vista de 
lo consultado por V. E. en 18 del actual de si el Comité encargado 
de preparar la conmemoración del IV Centenario del Descubri- 
miento del Océano Pacífico, puede llamar á su seno para que del 
mismo formen parte á aquellas personas que estime convenientes 
por sus especiales conocimientos ó por ser necesarios sus servicios; 

S. M. el Rey (q. D. g.) se ha servido disponer que dicho Comité 
puede llamar á que de él formen parte, á cuantas personas, por al- 
gunas de las expresadas razones, juzgue conveniente y oportuno. 

De Real orden lo digo á V. E. para su conocimiento y efectos 
consiguientes. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

Madrid 24 de Abril de 1913. 

Conde de S^omanones. 
Excmo. Sr. Director de la Real Academia de la Historia. 



COMITÉ EJECUTIVO 



IV CENTENARIO DEL DESCUBRIMIENTO DEL OCÉANO PACIFICO 



Excmo. Sr. D. Fidel Fita y Colomer, Director de la Real Academia 
de la Historia, Presidente. 

Excmo. Sr. Capitán General D. Marcelo de Azcárrag-a, Presidente 
de la Real Sociedad Geográfica. 

Excmo. Sr. D. Faustino Rodríguez San Pedro, Presidente de la So- 
ciedad Unión Ibero- Americana. 

Excmo. Sr. D. Rafael Conde y Luque, Rector de la Universidad 
Central. 

Excmo. Sr. Duque de Amalfi, Representante del Ministerio de 
Estado. 

limo. Sr. D. José Joaquín Herrero, Representante del Ministerio de 
Instrucción pública. 

Timo. Sr. D. Estanislao D'Angelo, Representante del Ministerio de 
Fomento. 

Excmo. Sr. Marqués de Torrenueva, Alcalde Presidente del Ayun- 
tamiento de Sevilla. 

Excmo. Sr. D. Ángel Altolaguirre, individuo de número de la Real 
Academia de la Historia, Secretario general. 



— 14 — 

Habiendo presentado la dimisión por motivos de salud, fué nom- 
brado para sustituirle, á propuesta de la Academia y por Real or- 
den de 26 de Febrero de 1914, el 

Excmo. é Timo. Sr. D. Jerónimo Becker y González, individuo de 

número de la Real Academia de la His- 
toria. 



VOCALES KEPIIESENTANTIÍS ÜE CORPOKACIONES 

Y CENTROS OFICIALES 



Pon LA Real Academia de la Historia. 

Excmo. Sr. Marqués de Laurencín. 
Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo. 
Excmo. Sr. D. Pedro de Novo y Colson. 
Excmo. Sr. Duque de T'Serclaes. 

Por la Real Sociedad Geográfica. 

Excmo. Sr. D. Ricardo Beltrán y Rózpide. 

limo. Sr. D. Vicente Vera. 

Sr. D. Antonio Blázquez y Delgado. 

limo. Sr. D. Mario Méndez Bejarano. 

Sr. D. León Martín Peinador. 

Sr. D. Joaquín de Ciria y Vinent. 

Por la Unión Ibero- American.a. 

Excmo. Sr. D. Francisco Rodríguez Marín. 
Excmo. Sr. D. Manuel de Saralegui. 
Sr. D. José Gutiérrez Sobral. 

Por la Universidad Central 

Excmo. Sr. D. Elias Tormo. 

limo. Sr. D. Adolfo Bonilla y San Martín. 

Sr. D. Antonio Ballesteros y Beretta. 



— 16 — 

Por la Universidad de Sevilla. 
limo. Sr. D. Antonio Collantes de Terán, Rector. 

Por la Comisaría regia del Turismo. 
Excmo. Sr. Marqués de la Vega Inclán, Comisario regio. 

Por el Depósito de la Guerra. 
Excmo. Sr. D. Pío Suárez Inclán, Coronel director. 

Diputados á Cortes por Sevilla. 

Excmo. Sr. D. Pedro Rodríguez de la Borbolla. 

Sr. D. José Montes Sierra. 

Sr. D. Antonio Mejías. 

Excmo. Sr. D. Nicolás Luca de Tena. 

VOCALES QUE FUERON NOMBRADOS POR RAZÓN DE SUS CARGOS 

Y QUE SIGL'IERON SIÉNDOLO 
DESPUÉS DE HABER CESADO EN EL DbSEMPEXO DE AQUELLOS 

Excmo. Sr. D. Antonio Halcón, ex Alcalde Presidente del Ayun- 
tamiento de Sevilla. 

limo. Sr. D. Antonio Pagés, ex Rector de la Universidad de Se- 
villa. 



PAÍSES EXTRANJEROS 

QUE ESTUVIERON OPICIALMBNTB REPRESENTADOS EN EL CONGRESO 
Y NOMBRES DE LOS RESPECTIVOS DELEGADOS 



Argentina (República). 
Sr. D. Roberto de Levillier. 

Brasil. 

Exorno. Sr. D. Antonio da Fontoura Xavier, Enviado extraordina- 
rio y Ministro Plenipotenciario cerca de S. M. el 
Rey de España. 

Colombia. 
Sr. D. Hernando Holguín y Caro. 
Sr. D. Luciano Herrera. 
Sr. D. Walter Mac Lellan. 
Sr. D. J. M. Pérez Sarmiento. 
Sr. D. Pelayo Quintero. 
Sr. D. Juan A. de Aramburo. 

Costa Rica. 
Sr. D. Manuel Calderón y Ternero. 

CüBA. 

Excmo. Sr. D. Mario García Kohly, Enviado Extraordinario y Mi- 
nistro Plenipotenciario cerca de S. M. el Rey de 
España. 

Sr. D. Manuel Fernández Guevara. 



- 18 — 

Chile. 
Excmo. Sr. D. Enrique Larrain Alcalde, Enviado Extraordinario y 
Ministro Plenipotenciario cerca de S. M. el Rey de 
España. 

Ecuador, 
Sr. D. Jacinto Jijón Caaraaño. 
Sr. D. Leónidas Pallares y Arteta. 

Francia (Ministerio de Instrucción Pública de). 
Mr. Enrique Martinenche. 

Guatemala. 
Sr. D. Carlos Meany. 

Méjico. 
Excmo. Sr. D. Francisco A. de Icaza, Enviado Extraordinario y 
Ministro Plenipotenciario cerca de S. M. el Rey de 
España. 

Países Bajos. 
Sr. D. J. W. Ijzerman, Presidente déla Real Sociedad Holandesa de 
Geografía, en la Haya. 

Panamá. 
Sr.[D. Juan B.;Sosa, Encargado de Negocios. 

Perú. 
Sr. D. José de la Riva Agüero. 

Santo Domingo. 
Sr. D. Américo Lugo. 



CORPORACIONES Y CENTROS OFICIALES 

QUE RSTDVIBRON RBPRBSSNTADOS H?í EL CONaRHSO, Y NOMBRES D31 SUS 
RESPHCTIVOS DELEGADOS 



Academia Nacional de la Historia, de Colombia. 
Sr. D. Luciano Herrera. 
Sr. D. Hernando Holguín y Caro, 
Sr. D. José Manuel Pérez Sarmiento. 

Academia Nacional de Bibliotecas, de Buenos Aires. 

Sr. D. Elias Morales Torres. 
Sr. D. Nicanor Sarmiento. 
Sr. D. Ignacio S. Toledo. 

Ateneo de Montevideo. 
Sr. D. José María Montero Paulier. 

Société Royale neerlandatse de Géosr\phie. 

Sr. D. J. W. Ijzerman. 
Sr. D. F. C. Wieder. 

Universidad de Califorííia. 
Sr. William Lytle Schurz. 

American Academí of Arts and S3ie>íoes (Boston) 
Sr. William T. Sedgwrck. 



- 20 — 

Sociedad ecuatoriana de Estudios históricos. 
Sr. D. Carlos Manuel Larrea. 

Sociedad de Americanistas, de París. 
Sr. D. Carlos A. Villanueva. 

Instituto Histórico y Geográfico Brasileño. 
Sr. D. Pedro Sonto Maior. 

Biblioteca Nacional de Río Janeiro. 
El Sr. Director. 

Centro Español de Antofagasta (Chile). 
Sr. D. Francisco Caamaño. 

Academia Hispano-Americana de Ciencias y Artes, de Cádiz. 

Sr. D. Sebastián Ayala. 
Sr. D. Pedro Mayoral. 
Sr. D. Miguel Guilloto. 

Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, 
de Madrid. 

Sr. D. Vicente de Garcini. 

Biblioteca pública San Martín, de Mendoza (Argentina). 
Sr. D. Santiago P. Ferro. 

Sociedad de Geografía Comercial, de Barcelona. 

Sr. D. Francisco de A. Mas. 
Sr. D. Gabriel Boada Salieti, 

Casa de América, de Barcelona. 

Sr. D. Federico Eahola. 

Sr. D. Rafael Vehils. 

Sr. D. Francisco de A. Mas. 



— 21 ~ 

Museo de Ingenieros, de Madrid. 
Sr. D. Leopoldo Jiménez. 

Depósito de la Ge erra. 
Sr. D. Pío Suárez Inclán. 
Sr. D. Juan López Soler. 

Centro de Cultura Hispano-Americana (Madrid) 
Sr. D. Pedro de Novo y Colson. 
Sr. D. Vicente Vera. 

Instituto de San Isidro, de Madrid. 
Sr. D. Vicente Vera. 

Instituto de Cádiz. 
Sr. D. Valentín de la Varga. 

Instituto de Guadalajara. 
Sr. D. Gabriel M.*^ Vergara. 

Instituto de Soria. 
Sr. D. José Lafuente Vidal. 

Instituto de Jaén. 
Sr. D. Eduardo Fernández de Rábago. 

Instituto de Teruel. 
Sr. D. Severiano Doporto Uncilla. 



ACTAS DE LAS SESIONES 



GOfíGHESO DE HISTORIA Y GEOGRAFÍA 

HlSPflflO-ñlVIEHlCñNAS 



SESIÓN PREPARATORIA 

VERIFICADA 

EL día 25 DE ABRIL DE 1914 



Abierta la sesión á las tres y veinte de la tarde, bajo la presiden- 
cia del Excmo. Sr. Marqués de Laurencín, dijo 

El Sr. Presidente: Cábeme el honor de presidir la sesión prepa- 
ratoria de la solemne que ha de tener lugar en el día de mañana, á 
la que, en representación del Gobierno de S. M., ha de concurrir el 
Excmo. Sr. Ministro de Estado, y es mi primer deber, de cumpli- 
miento para mí por todo extremo grato y lisonjero, el dirigir un res- 
petuoso saludo al Congreso, y muy particular y señaladamente á 
nuestros queridos hermanos y representantes de las regiones hisjta- 
no americanas que han venido á honrarnos con su asistencia para la 
conmemoración de uno de los hechos sin disputa más grandes y 
gloriosos que registran las páginas inmortales de nuestra historia, 
digo mal, de la del mundo entero, cual es el descubrimiento del 
Océano Pacífico y glorificación de Vasco Núñez de Balboa. 

Estas representaciones nueva prueba son de las cada día más 
cordiales, fraternales é íntimas relaciones que existen entre la ma- 
dre Patria y las Repúblicas americanas, á quienes reitero de nuevo 
con toda efusión nuestro saludo de bienvenida, extensivo á los se- 
ñores representantes de todas las demás naciones europeas y al no- 
ble pueblo sevillano por la hidalga y generosa hospitalidad con que 
nos recibe, nos acoge y nos agasaja. (Muy bien.) 



— 26 — 

Ruego, pues, á los Sres. Delegados que tengan la bondad de pre- 
sentar sus credenciales, si es que no lo han hecho ya. 

A continuación el Secretario general del Comité ejecutivo, se- 
ñor Becker, dio lectura á la lista de las Memorias presentadas por 
los Sres. Congresistas, que son las que se insertan en la segunda 
parte de este volumen. 

ElSr. Presidente: ¿Hay algún otro trabajo presentado del cual 
no se haya dado lectura? 

Se presentaron varios, incluidos entre los demás que se publican 
al final de este libro. 

El Sr. Presidente: Tengo que advertir á los Sres. Congresistas 
que, aun cuando no ha llegado todavía á la Secretaría, el Sr. Alta- 
mira ha anunciado el envío de un trabajo importante, que se titula 
Datos para escribir la hibliografia histórica de Amérñca. 

Yo me atrevo á proponer, Sres. Congresistas, para facilitar el 
trabajo, la designación de las Mesas de honor, efectiva y de las Sec- 
ciones de Historia y de Geografía que hay que nombrar, que ten- 
gan la bondad de elegir una Comisión nominadora para que pro- 
ponga al Congreso las oportunas candidaturas. 

El Sr. Latorre: Yo creo que nadie mejor que el Sr. Presidente de 
la Mesa podrá encargarse de nombrar la Comisión que ha de propo- 
ner las personas que deben constituir la Mesa definitiva, encargada 
de dirigir el curso de las sesiones, siendo él, naturalmente, el Presi- 
dente de esa Comisión. 

El Sr. Presidente: Si los Sres. Congresistas están de acuerdo (Va- 
rios señores: Sí, sí), yo me atrevería á designar al Sr. Secretario 
general del Comité ejecutivo, al Rector de la Universidad de Sevilla 
y al Sr. Montoto, que podrían formar la Comisión nominadora, sus- 
pendiéndose por unos minutos la sesión hasta que tengamos el 
honor de daros cuenta de lo acordado. 

Se suspende la sesión breves minutos, y reanudada alas tres y 
cuarenta, dijo 

El Sr. Presidente: La Comisión nominadora tiene el honor de so- 
meter á vuestra aprobación la designación de las personas que han 
de constituir la Mesa de honor, la Mesa efectiva y las de las Seccio- 
nes de Historia y Geografía. 



— 27 — 



MESA DE HONOR 

Presidentes. 

Excmo, Sr. Marqués de Lema, Ministro de Estado. 

Emrao. y Excmo. Sr. Cardenal Almaraz, Arzobispo de Sevilla. 

Excmo. Sr. Marqués de Torrenueva, Alcalde de Sevilla. 

Excmo. Sr. D. Manuel Delgado y Zuleta, Capitán General de la 2.^ 
Región. 

Excmo. Sr. D. Pedro Rodríguez de la Borbolla. 

Excmo. Sr. D. Antonio da Fontoura Xavier, Ministro Plenipoten- 
ciario del Brasil. 

Excmo. Sr. D. Enrique Larrain Alcalde, Ministro Plenipotenciario 
de Chile. 

Excmo. Sr. D. Mario García Kohly, Ministro Plenipotenciario de 
Cuba. 

Sr. D. Juan B. Sosa, Encargado de Negocios de Panamá. 

Vicepresidentes. 

limo. Sr. D. Antonio Collantes, Rector de la Universidad de Sevilla. 
Excmo. Sr. D. Adolfo Rodríguez Jurado, Presidente de la Diputa- 
ción Provincial, 
limo. Sr. D. Guillermo Raigón, Presidente de la Audiencia de Se- 
villa. 
Sr. D. Francisco de A. Mas, Presidente de la Sociedad de Geogra- 
fía comercial de Barcelona. 
Sr. D. J. W. Ijzerman, Presidente de la Real Sociedad Geográfica 

de Holanda. 
Excmo. Sr. Conde de Urbina, Presidente del Comité de la Exposi- 
ción Hispano-Americana de Sevilla. 
Todos los Sres. Delegados de Gobiernos extranjeros no mencio- 
nados, y 
Los miembros del Comité ejecutivo del Centenario. 



— -28 



MESA EFECTIVA 

Presidente. 

Excmo. Sr. D. Fidel Fita, Director de la Real Academia de la His- 
toria. 

Vicepresidentes. 

Excmo. Sr. D. Rafael Conde y Luque, Rector de la Universidad 

Central. 
Sr. D. Luciano Herrera, Delegado del Gobierno de Colombia. 

Secretario general. 

Excmo. Sr. D. Jerónimo Becker, individuo de número de la Real 
Academia de la Historia, Vocal de la Junta Di- 
rectiva de la Real Sociedad Geográfica de Madrid. 

Secretarios. 

Sr. D. Joaquín de Ciria y Vinent, Tesorero de la Real Sociedad 

Geográfica de Madrid. 
Sr. D. Jacinto Jijón y Caamaño, Delegado del Gobierno del 

Ecuador. 



MESA DE LA SECCIÓN DE HISTORIA 

Presidente. 

limo. Sr. D. Antonio Collantes de Terán, Rector de la Universidad 
de Sevilla. 

Vicepresidentes. 

Sr. D. Pedro Torres Lanzas, Jefe del Archivo de Indias. 
Sr. D. Manuel Fernández de Guevara, Delegado del Gobierno de 
Cuba. 

Secretarios. 

Sr. D. Joaquín Guichot. 

Sr. D. José de la Riva Agüero, Delegado del Gobierno del Perú. 



— 29 



MESA DE LA SECCIÓN DE GEOGRAFÍA 

Presidente. 

Excmo. Sr. D. Ricardo Beltrán y Rózpide, individuo de niímero de 
la Real Academia de la Historia, Secretario gene- 
ral de la Real Sociedad Geográfica de Madrid. 

Vicepresidentes. 

Sr. D. Feliciano Candan, Catedrático de la Universidad de Sevilla. 
Sr. D. E. Martinenche, Delegado del Ministerio de Instrucción Pú- 
blica de Francia. 

Secretarios. 

Sr. D. Cristóbal Bermúdez Plata. 
Sr. D. J. Francisco V. de Silva. 

Aprobada por unanimidad la propuesta de la Comisión nomina- 
dora, y no habiendo más asuntos de qué tratar, se levantó la sesión 
á las tres y cuarenta y cinco minutos de la tarde. 



SESIÓN SOLEMNE INAUGURAL 



CELEBRADA 



EL día 26 DE ABRIL DE 1914 EN EL SALÓN MURILLO 

DEL MUSEO PROVINCIAL 



Abierta la sesión á las tres y treinta y cinco de la tarde, bajo la 
presidencia del Ministro de Estado, Excmo. Sr. Marqués de Lema, 
dijo 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Secretario general del 
Congreso, Sr. Becker. 

El Sr. Becker: Excmo. Señor: Señoras y señores: La fecha del 
25 de Septiembre de 1513 aparece inscrita con letras de oro en la 
Historia de la humanidad. Keciierda uno de los acontecimientos 
más gloriosos y más fecundos de la lacha del hombre por conocer 
y dominar el planeta en que vive, y resalta con singular relieve 
aun en medio de las de aquella inacabable serie de increíbles haza- 
ñas que forman la portentosa epopeya del descubrimiento y colo- 
nización de América. 

Por esto, al cumplirse el IV Centenario de esa fecha, España no 
podía permanecer muda é indiferente; y una Corporación benemé- 
rita, la Real Sociedad Geográfica de Madrid, añadiendo un nuevo 
servicio á la larga lista de los que ha prestado á la Patria y á la 
Ciencia, tomó la iniciativa de celebrar el descubrimiento del Mar 
del Sur y de honrar la memoria de aquel insigne Vasco Núñez de 
Balboa, de tan gloriosa vida y de tan trágico y prematuro ñn. 

Creyó la Sociedad Geográfica que debía contar con América, y 



— 31 — 

sus gestiones encontraron desde luego la acogida más calurosa y 
la adhesión más entusiasta por parte de Sociedades geográficas, 
Academias y Ateneos del Nuevo Mundo. 

Pero no era la Sociedad Geográfica de Madrid la única Corpo- 
ración española que abrigaba esos propósitos. La Real Academia 
de la Historia, fiel á sus hermosas tradiciones, que tan alto nombre 
y tan merecido respeto la han conquistado entre todos los hombres 
cultos, quería también que se celebrase dignamente el IV Centena- 
rio del descubrimiento del Océano Pacífico, y al efecto comisionó á 
un dignísimo individuo de su seno, el Sr. Altolaguirre, para que 
recogiera, estudiase y comentase los documentos referentes al descu- 
brimiento y al descubridor, é invitó á la Sociedad Geográfica á que 
aunasen ambas sus esfuerzos para que la conmemoración resultase 
adecuada á la magnitud del acontecimiento, á la expectación que 
la idea había despertado en toda la América y al papel que corres- 
pondía á nuestra Patria en lo que debía ser una gran fiesta de la 
familia hispana. 

Una y otra Corporación contaron bien pronto con concursos va- 
liosísimos: con el concurso de la Universidad Central, representada 
por su doctísimo Rector, el Sr. Conde y Luque, y con el concurso 
de la Unión Ibero-Americana, representada por su Presidente, el 
ilustre hombre público Sr. Rodríguez San Pedro; y, de acuerdo unas 
y otras, sometieron á la consideración del Gobierno deS. M. el pen- 
samiento que acariciaban, obteniendo, como era natural, tan com- 
pleto éxito, que por Real decreto se declaró oficial la celebración 
del Centenario, se nombró el Comité ejecutivo que había de reali- 
zar los trabajos preparatorios, y se dispuso que para conmemorar 
el descubrimiento se organizasen una Exposición y un Congreso. 
Una Exposición en la que se reuniera, coleccionase y exhibiese una 
parte siquiera de las inmensas riquezas, de los valiosísimos tesoros 
que España posee en escritos, mapas, cartas y croquis, en docu- 
mentos históricos de toda clase referentes á la gran epopeya hispa- 
no-americana, y especialmente al descubrimiento, navegación y 
exploración del grande Océano; y un Congreso al que fuesen con- 
vocados los Centros de cultura y hombres de ciencia que se dedi- 
can al estudio de la Historia y Geografía del Nuevo Mundo, tanto 
en España como en América, á fin de que concurriesen con sus tra- 



bajos y con sas deliberaciones á depurar la Historia del descubri- 
miento y colonización de América. 

La Exposición se inaug-uró en el mes de Diciembre: el Congreso 
lo inauguramos hoy. 

La Exposición todos la habéis visto, todos habéis tenido ocasión 
de juzgarla, y el Comité nada debe decir en este momento acerca 
de ella. 

En cuanto al Congreso, el Gobierno de S. M., por conducto del 
Sr. Ministro de Estado, puso en conocimiento de los demás Gobier- 
nos interesados el propósito de celebrar la mencionada Asamblea, 
y los invitó á hacerse representar en ella por medio de Delegados 
oficiales; y al propio tiempo dirigió comunicaciones á los represen- 
tantes de España, al. objeto de que se sirviesen contribuir al buen 
éxito del Congreso internacional sevillano, mediante la eficaz pro- 
paganda que por la naturaleza de sus respectivos cargos estaban en 
situación de hacer en los países extranjeros. 

Por su parte, el Comité se dirigió á los Centros de cultura y á 
los hombres de ciencia de los países americanos y de los europeos 
que tienen relaciones con el Nuevo Mundo y que desean esclarecer 
puntos relativos á la historia, á la geografía y á la etnografía del 
continente amei'icano, solicitando su cooperación y concurso; pi- 
diendo á los primeros que designasen Delegados que los represen- 
tasen en el Congreso, y á los segundos que contribuyesen con sus 
trabajos y sus luces á la realización del pensamiento por todos aca- 
riciado. 

El resultado de estos trabajos no ha podido ser más satisfactorio. 
Tenemos el gusto de tener entre nosotros á Delegados oficiales de 
los Gobiernos de la Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, 
Chile, Ecuador, Guatemala, Méjico, Países Bajos, Panamá, Perú y 
Santo Domingo, y del Ministerio de Instrucción Pública de Fran- 
cia; representantes de la Academia nacional de la Historia de Co- 
lombia, de la Asociación nacional de Bibliotecas de Buenos Aires, 
del Ateneo de Montevideo, de la Biblioteca nacional de Río Janeiro, 
del Centro Español de Antofagasta, de la Universidad de California, 
de la Academia Americana de Artes y Ciencias de Boston, de la So- 
ciedad de Americanistas de París, de la Real Sociedad Neerlandesa 
de Geografía, de la Sociedad de Geografía Comercial de Barcelona, 



— 33 — 

de la Casa de América de Barcelona, de la Academia de Ciencias y 
Artes de Cádiz, del Centro de Cultura Hispano-americano de Ma- 
drid, de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de 
Madrid, del Museo de Ingenieros y del Depósito de la Guerra, y de 
los Institutos de Cádiz, Canarias, Guadalajara, Jaén, San Isidro 
(Madrid), Soria y Teruel. Figuran además un buen número de ilus- 
tres personalidades extranjeras y nacionales, bien conocidas por su 
merecida reputación en el mundo de las ciencias y las letras. 

Los trabajos, recibidos muchos y algunos que serán presentados 
en las Secciones, merecerán indudablemente, no ya la aprobación, 
sino el aplauso de todas las personas doctas. 

Y nada más tengo que decir, señoras y señores. El Comité ha 
visto con viva satisfacción llegar este día, porque tiene la seguri- 
dad de que el Congreso, al honrar la memoria del insigne Vasco 
Núñez de Balboa y enaltecer la hazaña de aquellos audaces y glo- 
riosísimos aventureros, ha de contribuir á depurar, en el crisol de 
los documentos, la historia del descubrimiento y colonización de 
América. Garantizan el éxito de esta Asamblea el número y la ca- 
lidad de los Congresistas, la importancia de los trabajos presenta- 
dos, el concurso del Gobierno de S. M., dignamente representado 
por el Excmo. Sr. Ministro de Estado, y de los ilustres Delegados 
de los Gobiernos extranjeros y de doctísimas Corporaciones; la pre- 
sencia de las autoridades de esta hermosa y cultísima ciudad, y la 
de este numeroso y distinguido público, en el que figuran tantas 
damas, á las que no necesito calificar de bellas, porque basta decir 
que en su inmensa mayoría son sevillanas y que las demás merecen 
serlo. 

A todos saluda atentamente y á todos da las más expresivas, las 
más sinceras gracias el Comité ejecutivo; á todos en general; pero 
especialmente necesita dirigir su saludo y tributar el homenaje de 
su gratitud al Sr. Ministro de Estado, que nos honra con su presi- 
dencia; á los Delegados de los Gobiernos americanos, de los que es- 
pera se dignen llevar á sus respectivos países el testimonio de nues- 
tro afecto y la seguridad de que participamos de sus alegrías y de 
sus penas, de que con ellos celebramos sus progresos y con ellos la- 
mentamos sus quebrantos, y que, lejos de sentirnos separados por 
el mar, vemos en éste un lazo de unión, y en el rumor de las olas 

3 



— 34 — 

que rompen encrespadas en los acantilados de nuestras costas ó be- 
san mansamente nuestras playas, creemos escuchar el nombre de 
América, como un eco de gratitud de aquellas privilegiadas regio- 
nes, á las cuales enviamos nosotros también, hace cuatrocientos 
años, á través de ese mismo mar, nuestro idioma, nuestra religión, 
nuestras costumbres, nuestras virtudes y también nuestros defectos, 
cuanto éramos, cuanto valíamos, cuanto significábamos en la vida 
de la Humanidad. 

Nuestro último saludo, y con esto concluyo, ha de ser para Se- 
villa; para Sevilla, modelo de hospitalidad, prototipo de cortesía, 
encantadora ciudad que, bajo un exterior de fiesta y algazara que 
seduce, encierra hondos y delicados sentimientos que enamoran, 
profunda cultura que obliga á la admiración, y tales riquezas ar- 
tísticas y tales tesoros históricos que era forzoso celebrar en su seno 
estas solemnidades. Por esto hemos venido con placer, y por esto 
no nos iremos sin pena. (Muchos aplausos.) 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Alcalde de Sevilla, 
Marqués de Torrenueva. 

El Sr. Marqués de Torrenueva: Señoras y señores: Al imperioso 
mandato de un deber, que cumplo gustosísimo, obedece que en este 
acto solemne de la apertura del Congreso de Historia y Geografía 
Hispano-americanas eleve mi voz en nombre de Sevilla, la ciudad 
americanista por antonomasia, donde tuvo en tiempos gloriosos de 
nuestra Historia su asiento la antigua Casa de Contratación, en la 
que se pusieron los primeros sillares de la ciencia geográfica mo- 
derna y se organizaron aquellas famosas expediciones que arranca- 
ron al misterio de los mares los secretos del continente Colombino. 
Y al hablar en nombre de esta ciudad que guarda bajo las bóvedas 
de su suntuosa Basílica las cenizas gloriosas del descubridor del 
Nuevo Mundo y de su hijo D. Fernando, el insigne fundador de la 
Biblioteca que lleva su nombre, y en la que, con el Archivo de In- 
dias, se custodia en documentos de un valor inestimable la histo- 
ria de tres siglos de los pueblos hispano-americanos, sean mis pri- 
meras palabras de expresiva y cariñosa bienvenida para el repre- 
sentante del Gobierno de S. M., el ilustre Ministro de Estado, y las 
no menos ilustres y doctas personalidades aquí congregadas en esta 
gran fiesta de paz y cultura que de manera tan poderosa ha de con- 



— 35 — 

tribuir á fundir el alma y la vida de los hijos de España con el alma 
y la vida de sus hijos de América. 

No hay ningún problema tan interesante ni de tanta trascen- 
dencia para el porvenir de nuestra patria como el que hace relación 
á la intimidad hispanoamericana, cuya influencia se deja sentir 
cada día con mayor intensidad, al través de esa corriente de amor 
entre la vieja y gloriosa Metrópoli y aquellos pueblos que alenta- 
ron en su regazo, y en los cuales resuena prepotente el habla in- 
mortal de Cervantes, que pugna por moldear en una obra gigan- 
tesca y fecunda el alma de la raza, la comunión espiritual y eco- 
nómica de toda una gran familia de naciones. 

Y en esta nueva conquista de América por las fecundantes ar- 
mas de la inteligencia y del trabajo, que ha de cristalizar en el es- 
tablecimiento del intercambio de los más luminosos instrumentos 
de cultura y de los productos más preciados de España y América, 
Sevilla, siguiendo sus gloriosas tradiciones, como centro y lazo de 
unión que faé por mucho tiempo de la vida y del tráfico mercantil 
europeo-americano, debe destacar por la magnitud de sus esfuer- 
zos, renovando sus antiguas grandezas, ya iniciada con la esplén- 
dida Exposición de riquísimos documentos, inaugurada no hace 
mucho en el severo local del antiguo Consulado, que trazó por or- 
den de Felipe II el genio inmortal de Herrera, y con el Congreso 
de Historia y Geografía, cuya solemne apertura se celebra hoy, 
con el magno proyecto del Certamen hispano-americano anunciado 
para el próximo año de llllG y con la meritísima labor que segura- 
mente ha de realizar, siguiendo las gloriosas huellas del Instituto 
de Estudios Geográficos fundado en 1508 por los Reyes Católicos, 
el Instituto de Estudios Americanistas, de reciente creación, debi- 
da, más que á todo, á la entusiasta acogida y decidido apoyo que 
el espíritu culto y españolísimo de S. M. el Rey D, Alfonso XIII 
prestó al pensamiento de dotar á Sevilla de un Centro tan impor- 
tante para estrechar los lazos de intimidad hispano-americana. 

Ninguna ciudad como Sevilla puede ostentar más justos títulos 
para celebrar en su seno hospitalario esta fiesta de amor, de paz y 
de cultura; ella fué manantial y fuente fecundísima de civilización 
para el Nuevo Mundo; en ella vivió largos años y concertó sus pla- 
nes inmensos el descubridor del nuevo continente; de aquí salieron 



— 3(; — 

las primeras expediciones y todos los elementos de cultura para po- 
blar y civilizar el nuevo hemisferio; nuestra flora y nuestra fauna 
en naves construidas en Sevilla cruzaron los mares ignotos para 
acrecentarlas riquezas de aquellas tierras vírgenes, enriqueciéndo- 
las con los dones de la agricultura, implantándose la industria en 
pequeñas fábricas é ingenios para la construcción de los primeros 
templos y edificios; y menestrales, artífices y alarifes fueron de Se- 
villa para echar los primeros gérmenes vivificadores de la indus- 
tria; numerosos hombres de ciencia, en su gran mayoría sevilla- 
nos, cuyos nombres conserva y enaltece la Historia, partieron do 
Sevilla á esparcir las fuentes de cultura en los albores de pueblos 
que comenzaban á vivir la vida del espíritu y del progreso, y flo- 
tas sevillanas, al conducir los productos agrícolas é industriales del 
suelo andaluz y regresar con los de América, echaron las bases del 
comercio, elemento el más poderoso de civilización y riqueza, que 
así como fecundizó el nuevo continente, enriqueció nuestra Penín- 
sula é hizo de Sevilla el emporio del comercio, y con la abundancia 
y riqueza creció el trabajo á extremos fabulosos, cual lo describe 
el P. Mercado en su obra interesantísima de Tratos y Contratos, pu- 
blicada en el siglo xvi; creció de modo maravilloso la industria, 
cultiváronse las ciencias, y desbordóse el genio helénico, sutil y ele- 
gante de los sevillanos en mil primores literarios ó creando esas 
maravillas de arte que hacen de nuestra ciudad un riquísimo y ori- 
ginal museo que encanta y cautiva á los innumerables extranjeros 
que la visitan. 

Por el caudaloso y poético Betis, vena y arteria por donde siem- 
pre entró en Sevilla su prosperidad y riqueza, en naves sevillanas 
llevó la madre patria al continente americano, para implantar las 
bases de nuevos pueblos que se abrieran al progreso humano, que 
llegarían á formar numerosas nacionalidades donde hoy hablan la 
lengua de Castilla más de ochenta millones de cultos hispano-ame- 
ricanos; por esa arteria de vida y progreso llevó España á las nue- 
vas tierras por ella descubiertas su civilización, su gran fe religio- 
sa, nervio de nuestra raza y nuestras proezas, sus lej^es sabias y 
amorosas condensadas en las monumentales Jeyes de Indias, su cien- 
cia, sus artes, sus energías de raza prodigiosa, colonizadora y cul- 
ta y su habla noble y maravillosa, expresión de un gran espíritu, 



— 2,1 — 

inmortalizada por Cerv^antes, el ingenio más español, en la obra 
más universal del mundo; por esa arteria de civilización y progre- 
so llevó España á América, conducida en los sublimes comienzos 
de un nuevo mundo, entre proeza épica, por manos sevillanas, su 
cultura y su alma española, y por ser andaluces y sevillanos aque- 
llos inmortales argonautas parece que sellaron con su original, 
sano y alegre ingenio, el espíritu, el hogar y el carácter de nues- 
tros hermanos de América, cuyos territorios, hoy hermosas y prós- 
peras naciones, parecen como una prolongación de las tierras an- 
daluzas. 

Por esto, ilustres Congresistas, ninguna otra ciudad de España 
podría como Sevilla celebrar esta fiesta de amor, de paz y cul- 
tura con más Justos títulos, ni recibiros con más entusiasmo, ni es- 
trechar con más amor en espiritual abrazo á nuestros hermanos 
de América, porque á ellos y nosotros unidos nos llama el destino 
para continuar la gran misión civilizadora de nuestra raza ibero- 
latina. 

Y en este noble impulso que todos sentimos, y en este despertar 
á la vida del progreso, unidos todos para continuar nuestra histo- 
ria civilizadora y gloriosísima, no olvidemos la noble figura de 
nuestro Monarca ilustre, que sobresale entre todos para compen- 
diar en su noble persona los rasgos españolísimos del valor, inge- 
nio, cultura y bizarría de nuestra raza, y bien podemos decir des- 
de lo íntimo de nuestros corazones envueltos en amor, en noble 
orgullo y alentadora esperanza: ¡¡Viva el Rey!! (Este viva fué con- 
testado unánimemente por la concurrencia, acompañado de caluro- 
sos aplausos.) 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Director de la Real Aca- 
demia de la Historia, D. Fidel Fita. (Al levantarse el Sr. Fita fué 
acogido con nutrida salva de aplausos.) 

El Sr. Fita: Señoras y señores: Preliminar de la grande Exposi- 
ción, que ha de celebrarse en esta ciudad nobilísima de Sevilla den- 
tro de dos años, el presente Congreso que ahora inauguramos tiene 
por objeto acrisolar y aumentar el tesoro de conocimientos históri- 
cos y geográficos referentes á la América en conmemoración del 
IV Centenario del descubrimiento del Pacífico. 

Así como lo ha demostrado la Memoria leída por el Secretario 



— 38 — 

general para celebrar este Congreso, y como todos lo recordáis, 
siendo en vuestra mayor parte actores y testigos de esta empresa 
nacional de España, se hacía necesario preparar y facilitar para el 
debido cumplimiento de aquella grande Exposición la de documen- 
tos y mapas, cuyo acto, cuatro meses ha presidió el Excmo. Sr. Mi- 
nistro de Instrucción Pública, en el año mismo en que se contaba el 
cuarto siglo de tan fausto descubrimiento, y aumentar esta primera 
Exposición con el envío de mapas y documentos que atesoran en su 
respectivo poder los Centros oficiales del Estado, la nobleza, las 
iglesias y generosos particulares, á fin de proporcionar á los Con- 
gresistas de ambos mundos que quisieran inscribirse á la reunión 
de este Congreso, amplia facultad de ilustración por ellos apetecida. 

El éxito, al que aspiraba el Comité ejecutivo y organizador de 
nuestro Congreso, ha superado por lo visto sus esperanzas. Las re- 
públicas de América y las naciones de Europa que poseen territo- 
rio americano no se han hecho sordas al llamamiento del Ministe- 
rio de Estado español, designando y enviando ya sus Gobiernos, ya 
sus Corporaciones científicas, delegados que aquilas representen, 
sin exceptuar á eminencias é Institutos literarios de los Estados 
Unidos. 

Presentes ahora aquí están los que representan á las naciones 
de Francia y Holanda y á las repúblicas del Brasil, Argentina, 
Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Guatemala, Costa Eica, México, 
Cuba, Santo Domingo y Panamá, y con ellos la pléyade de tantos 
personajes ilustres que en la Historia y en la Geografía americana 
han inmortalizado sus nombres con la abundancia de sus escritos 
doctísimos é infatigable talento. 

La Real Academia de la Historia, la Real Sociedad Geográfica, 
el Depósito de la Guerra y el Museo de Ingenieros, no podían me- 
nos de entrar en la liza de las discusiones que mañana empezarán á 
entablarse, presentando valiosas obras al efecto. La Real Academia 
de la Historia encargó á su individuo de número el Excmo. Sr. Don 
Ángel de Altolaguirre, la composición del voluminoso libro titulado 
Vasco Núñez de Balboa, en el cual el criterio científico y la riqueza 
de la documentación se dan la mano para sentar con firmeza el fun- 
damento de nuevas investigaciones que puedan poner en mayor 
claridad la vida y las hazañas del descubridor del Pacífico. El Co- 



— 39 — 

mité ejecutivo en su última sesión acordó regalar á cada uno de los 
socios adscritos al presente Congreso sendos ejemplares de este 
libro. La Real Sociedad Geográfica desde su institución no ha ce- 
sado nunca de cultivar y de publicar estudios importantísimos, no 
solamente á la Geografía, sino también á la Historia antigua y mo- 
derna de la América relacionada con el fin de su propio Instituto, y 
en especial ofrece las actas de la sesión pública que celebró en ho- 
nor de Vasco Núñez de Balboa, el día mismo en que se cumplía el 
del IV Centenario del descubrimiento del Pacífico. La colección de 
cartas geográficas y riquísima documentación que nos han enviado 
el Depósito de la Guerra y el Museo de Ingenieros, no necesita ma- 
yor elogio que el de la complacencia y provecho con que cuantos 
aquí estaraos lo hemos reconocido. 

Sería interminable, señores, si hubiese yo de ponderar los recur- 
sos que poseemos para llevar adelante y á buen término nuestra la- 
bor estudiosa, que sin duda marcará una etapa notable de desen- 
volvimiento científico. Las Memorias que se han presentado, los dis- 
cursos que han de pronunciarse, las observaciones á que éstas da- 
rán lugar y, finalmente, las actas que han de publicarse con toda 
fidelidad y esmero por la Comisión nombrada por el Congreso, todo 
ello vendrá una vez más á demostrar cómo el corazón de España 
late en armonía de las que fueron sus antiguas colonias, diré mejor, 
hijas, hoy ñorecientes naciones americanas, y cómo en el concierto 
del trabajo intelectual España sabe también asociarse á las de todo 
el orbe sin distinción de fronteras. 

Dos focos posee Sevilla poco distantes de este frecuentadísimo, 
en que la belleza del Arte pictórico, y singularmente de Bartolomé 
de Murillo, explayándose, resplandece. Me refiero al Archivo de In- 
dias y á la Biblioteca Colombina, cuyas riquezas bibliográficas en 
rápida y bien escogida reseña ha escrito el Sr. Larrabure y Una- 
núe, Presidente del Instituto Histórico de Lima, ex Ministro de Re- 
laciones exteriores: son ciertamente los dos focos principales de los 
cuales irradia en esta ciudad siempre augusta la investigación y el 
conocimiento claro de la Historia ibero-americana; mas no debe- 
mos olvidar que asimismo la Biblioteca de la Basílica Catedral, que 
ha sido objeto del importante volumen publicado por D. Manuel 
Serrano; el Archivo de Protocolos Notariales, que todavía se en- 



— 40 — 

cuentra en gran parte inexplorado, y otros Archivos como el Muni- 
cipal y el de las casas nobles de Sevilla y otras particulares, ofre- 
cen ancho campo de investigación y cuantiosa valía para la grande 
Exposición del año 1916. 

Concluyo dando en nombre de este Congreso que tengo aunque 
inmerecida, la honra de presidir, las más expresivas gracias al 
Excmo. Sr. D. Carlos de la Lastra, Marqués de Torrenueva, por las 
brillantes y cordiales palabras con las que en representación de 
esta ciudad gloriosísima se ha dignado manifestar su agrado y 
simpatía por nuestra reunión congresística y tan venturosa, que ha 
merecido también del Gobierno de S. M., atento á su interés inter- 
nacional, que lo esté presidiendo ahora el Sr. Ministro de Estado, 
Excmo. Sr. Marqués de Lema, cuyo talento de sabio y de historia- 
dor, así como de experto y prudentísimo en el arte del mando, es 
ya notoria y justamente celebérrimo en la República de las Letras. 
(El orador fiié aplaudidísimo.) 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. García Kohly, Minis- 
tro Plenipotenciario de Cuba y su representante en el Congreso que 
ahora se está celebrando. 

El Sr. García Kohly: (Al levantarse es acogido con grandes aplau- 
sos.) Declaro lealmente, señoras y señores, que voy á tener la hon- 
ra de dirigiros la palabra en unas condiciones muy difíciles. No 
había previsto que llegara este caso: había venido como testigo 
fervoroso y como espectador emocionado á este grande, solemne y 
trascendental acto concebido por vuestro entusiasmo y realizado 
por vuestro patriotismo. No figuraba, por cierto, mi modesto nom- 
bre en el programa oficial de la sesión inaugural de este Congreso 
junto con los de las ilustres personalidades que han deleitado vues- 
tra atención, junto con el nombre ilustre del respetable Sr. Ministro 
de Estado; pero ya, señores, que vuestra bondad ha requerido 
á mi incompetencia para que pronuncie unas palabras en este acto, 
permitidme deciros, con toda sinceridad, que mi conciencia soporta 
toda la honra y todo el honor que con vuestra designación recibe, 
y que recojo gustoso y agradecido en el nombre y para el nombre 
exclusivamente de mi Patria, y no en lo que se refiere á mi perso- 
nalidad humilde. Permitidme también deciros, señores, como excusa 
que solicito y que demando á vuestra atención generosa y benévola, 



— 41 — 

que ya que no hablo por cuenta propia, sino en nombre, al par que 
de mi Patria, de la gran familia americana que aquí acude, que no 
veáis en mis frases, sino como se ve á través de la nube el asti'o, la 
luz del pensamiento, de la inspiración y de la idea de los países 
hispano-americanos que aquí vienen, y cuyos representantes, inspi- 
rados en la fraternidad de sentimientos é identificados en la comu- 
nidad de ideas, llegan á este Congreso, á ocupar, con ferviente amor 
y con leal respeto, el puesto que corresponde siempre al hijo eman- 
cipado en el hogar augusto de sus padres. (Muy bien.) 

Este Congreso, como decía elocuentemente en la Memoria leída, 
el Sr. Secretario, encierra un doble aspecto y una elevada significa- 
ción: es la evocación radiosa, solemne y trascendente de uno de los 
acontecimientos más importantes en la historia de la humanidad y 
más decisivos en la suerte del continente americano, y es al mismo 
tiempo la expresión de un voto, de un idealismo, de un sentimiento 
para lo futuro, de sincera fraternidad, de santo amor; es como todas 
las conmemoraciones un acto y un alto patriótico, un alto en esa 
marcha vertiginosa, incesante, que cada día nos va alejando del 
ayer y que desvanece de la memoria la impresión casi esfumada 
del suceso inmenso; como un alto en que el recuerdo enardecido 
trae á la mente, como en desfile panorámico, episodios inmarcesibles; 
como un alto en que se agolpan en tropel inmenso las hazañas in- 
concebibles de un gran héroe y los suplicios inenarrables de un gran 
mártir; como un alto en que la voz del patriotismo revive y galva- 
niza, cual la de Cristo á Lázaro, perfumando con el fragante aro- 
ma del recuerdo; como un alto en que resurgen, entre nubes negras 
de combate y entre llamas rojizas de incendio, proezas inauditas y 
dolores tremendos, para que, evocando esas grandes proezas y esos 
grandes dolores, sigamos con el alma afanosa y con la sangre hir- 
viente el curso progresivo y el desenvolvimiento portentoso de la 
epopeya homérica, reconstruyendo esos hechos con toda su impor- 
tancia y en su infinita gloria y proclamando orgullosos que es preci- 
samente la sangre de aquellos descubridores inmortales la que corre 
ardorosa en nuestras venas y que es esa alma, la noble alma espa- 
ñola, la que vibra, hasta estallar, en nuestros pechos. 

Es precisamente, señores, en esa disposición de ánimo, de admira- 
ción inmensa á las grandezas inmarcesibles de la raza, de amor sin- 



— 42 — 

cero á su pasado esplendoroso, de fe profunda en su porvenir, es en la 
que venimos los representantes de la América latina á este Congreso, 
que puede ser fecundo, que puede ser de grandes resultados, porque 
va á servir para estrechar con los vínculos más duraderos, más fir- 
mes, más eternos, más inmanentes y más sólidos que los lazos tran- 
sitorios, efímeros, circunstanciales, débiles y frágiles de la relación 
y la subordinación política; con los vínculos eternos del amor, de la 
estima, del afecto á dos pueblos, ¿qné digo á dos pueblos?, á todos 
los pueblos de América con la nación progenitora é inmortal; que no 
es posible abominar de un pueblo cuando se aman las grandezas de 
sus hijos y se aprenden las enseñanzas de su historia, y nosotros, en 
el estudio de las grandezas de vuestra historia aprendimos á unir, 
con los lazos eternos del amor, á esa madre gloriosa y á estos pue- 
blos que tienen su origen, su idioma, su sangre, sus tradiciones, su 
espíritu y su alma. (Grandes aplausos.) 

Y para ello, señores, para realizar este noble, grande y trascen- 
dente objeto, nada más eficaz ni rnás fecundo que el Congreso á que 
hemos sido convocados, nada más eficaz y más fecundo que abrir las 
páginas de esa historia portentosa que hoy rememora solemnemente 
el mundo. 

¡Ah! Cuando el pensamiento, con impulsos de onda, atraviesa, 
salvándolas, las nubes de la distancia, y evoca, con el testimonio 
del recuerdo, la memoria de aquellos hechos admirables, que cons- 
tituyen la epopeya del descubrimiento, retrocede espantado y se 
pregunta absorto ¿en qué crisol, en qué molde, en qué yunque fué 
forjado el espíritu, fué construido el cerebro, fué templada el alma 
de aquellos seres excepcionales y soberbios que levantaron sobre 
sus pechos de titanes y sostuvieron sobre sus hombros de cariátides 
el peso inmenso de un Nuevo Mundo para ofrecerlo como una ofren- 
da á Dios? (Aplausos); se pregunta, señores, si es posible que mue- 
ran en el recuerdo ó si es legítimo que vivan eternamente en las 
páginas palpitantes de la Historia y en la cumbre de la conciencia 
de los pueblos, aquellos nombres inmortales que subsisten y perdu- 
ran á través del tiempo como vuestro símbolo, vuestra enseña, vues- 
tro emblema, vuestro escudo, vuestra bandera y vuestro estandarte, 
que son en la historia de la Patria española el emblema que tre- 
mola vuestro orgullo, el escudo que acoraza vuestro pecho, la gene- 



— 43 — 

sis de que surge vuestra vida, la síntesis que concreta vuestro empe- 
ño, la base en que se asienta vuestra honra y la cima donde culmina 
vuestra gloria. (Muy bien.) 

Y hemos venido á este Congreso los hijos de la nación descubri- 
dora como correspondía que vinieran, después de haber consumado 
la epopeya de nuestra emancipación que nos hace dignos hijos de 
la nación ilustre que más ha luchado por su independencia; cuando 
nuestras rebeldías indómitas, que eran la herencia histórica de 
vuestras rebeldías gloriosas; cuando el grito de libertad y el con- 
cepto de libertad que aprendimos á conocer en vuestra historia, y 
en el ejemplo de vuestros héroes y en el recuerdo de vuestros márti- 
res; cuando la palabra libertad, que llegó á nuestra alma porque la 
escuchábamos en las estrofas inflamadas de vuestros poetas, en las 
palabras enardecidas de vuestros tribunos, en los acordes inspira- 
dos de vuestros músicos, y hasta en los murmullos sentimentales de 
vuestros cantos, mostró á la América latina, digna heredera y con- 
tinuadora de las grandezas de su nación creadora, que la vida sin 
libertad era imposible, yque los pueblos sin horas de libertad que los 
sublimen, sin días de libertad que los dignifiquen, sin ansias de li- 
bertad que los alienten y sin savia de libertad que los fecunden, no 
subsisten porque pierden la razón y la conciencia de su existir y 
son, señores, como cuerpos sin alma, como seres sin espíritu, como 
cielo sin astros, como mar sin grandeza,, como sería la vida sin 
amor, como sería la eternidad sin Dios. 

Por eso, cumplido nuestro deber de hacernos dignos sucesores 
de la grandeza y del ejemplo de la Nación hispana, aquí venimos á 
saludar al árbol frondoso de nuestros antepasados; aquí venimos al 
hogar augusto, siempre respetado, siempre querido, de nuestros ma- 
yores, á descubrirnos reverentes y á decirles que somos legítimos 
herederos de su sangre. 

En una de las más grandes obras dramáticas de la humanidad, 
el príncipe doliente y trágico de la sublime creación de Shakes- 
peare, perdida la fe en la lealtad humana y desvanecida la espe- 
ranza en la bondad divina, vaga entre las tumbas de sus mayores 
para arrancar de los tristes despojos que ellas guardan el testimo- 
nio desolado: de la miseria infinita y de la inconsistencia delezna- 
ble de su estirpe presuntuosa y vana. Nosotros, por el contrario, lie- 



— 44 — 

nos de fe, rebosantes de amor, henchidos de esperanza, venimos 
aquí donde está la cuna y la tumba de los que fueron nuestros ma- 
yores para alumbrar nuestras almas con el fulgor de luz que irra- 
dian sus recuerdos, y para estudiar con su ejemplo y en sus obras el 
testimonio de la grandeza eterna de una raza y de la gloria impe- 
recedera de una estirpe. 

Y, como decía elocuentemente hace un momento el primer Magis- 
trado de la ciudad, nunca lugar mejor para inspirar en tal sentido 
el alma y para elevar en tal sentido el corazón, que esta admirable 
y deliciosa tierra de Sevilla; aquí, donde parece que se encuentran 
concentrados, en suprema síntesis, la poesía, la pasión, el amor> 
el color y la belleza, donde se halla la inspiración para el poeta, 
donde se halla el recuerdo para el historiador y donde se abre el 
corazón para el patriota; aquí, en esta Sevilla, que ofrece en este 
Museo los tesoros inagotables de su arte, que ofrece en sus bibliotecas 
los testimonios valiosísimos de su ciencia, que ofrece en su carácter 
los esplendores admirables de su genio y que ofrece en sus flores los 
perfumes más delicados de su alma; aquí en esta Sevilla realicemos, 
señores, esta obra santa, necesaria, patriótica, de confraternidad 
sincera y de profundo, intenso, inextinguible amor, y para hacerla 
posible, busquemos inspiración en el encanto y la sin par belleza de 
las hermosas hijas de este suelo. (Grandes y prolongados aplausos.) 

El Sr. Ministro de Estado (Marqués de Lema): Señoras y seño- 
res: Después de las ardorosas y cálidas palabras pronunciadas aquí 
por el digno representante de la Eepública cubana, después del 
himno magnífico cantado á la fraternidad hispano-americana por 
tan noble representante de aquella Eepública en este acto, después 
de sus acentos inspiradísimos, indudablemente mis palabras os pare- 
cerán pálidas, eco verdaderamente oscuro de todo aquello que ha 
palpitado en vuestro ánimo al escuchar los inspiradísimos acentos 
de este ilustre enviado americano; pero yo debo deciros que al reci- 
bir de S. M. el Rey, nuestro augusto Soberano, y en su nombre del 
Gobierno de que formo parte, el encargo de presidir este acto de 
apertura del Congreso de Geografía é Historia Hispano-araericanas, 
creí que se me encomendaba una tarea grata y honrosísima; mas al 
verme en este sitio, buscado con grandísimo acierto, en que resplan- 
decen las más bellas obras de la pintura sevillana y española; al 



— 45 — 

verme aquí rodeado de esta nobilísima representación de la Iglesia 
en el virtuoso y sabio Cardenal Arzobispo de Sevilla; de las Letras 
y de las Ciencias en el noble representante de la Real Academia de 
la Historia, Presidente de este Congreso, una de las glorias nacio- 
nales, como es el P. Fita; del Ejército en el digno General Delgado 
Zuleta; de todas estas representaciones de la cultura y de la ciencia, 
y sobre todo de la noble y grandiosa representación que aquí han 
enviado las Repúblicas americanas en tan dignísimos miembros, 
conñeso que experimento una de las mayores satisfacciones de mi 
vida y que asisto á uno de los espectáculos más grandes y consola- 
dores. Además, como ha dicho muy bien el Sr. Ministro de Cuba, 
esto tiene lugar en esta hermosísima ciudad, cuya palabra ha lle- 
vado su digno Alcalde Sr. Marqués de Torrenueva; en esta ciudad, 
que si tuvo en otros tiempos motivos para enorgullecerse y ensal- 
zarse, no tiene por qué ceder ahora ante aquellos nobilísimos recuer- 
dos, pensando sin duda que el Rey Sabio, en premio á su lealtad, 
debió legarle este amor á lo grande que se manifiesta en el movi- 
miento de esta población y en la acogida que ahora dais al acto en 
que se han de tratar cuestiones tan importantes para la Geografía 
y la Historia de los países americanos. 

¿Para qué nos reunimos aquí, señores? ¿Qué acontecimiento nos 
congrega en estos momentos? Pues es para recordar aquel gran 
hecho que tuvo lugar hace cuatro siglos; aquel acto que, aun pasa- 
das estas cuatro centurias, todavía despierta en nosotros los ecos 
de la admiración y hace palpitar nuestro corazón con violencia; 
aquel día de San Miguel de 1513, en que un hombre esforzado, se- 
guido de una cohorte escasa de hombres tan esforzados como él, 
después de haber percibido aquel mar, aquel piélago inmenso que 
se ofrecía á sus ojos atónitos, penetró vestido y armado de punta en 
blanco, con el pendón de Castilla en las manos, por aquellas aguas 
desconocidas, para ofrecer aquellas ondas á los Reyes de Castilla, á 
los más poderosos soberanos de su tiempo. Aquel acto extraordina- 
rio, aquella hazaña famosísima, era de tal manera precisa en el 
encadenamiento de la Historia, que no se comprende sin ella el pe- 
riplo magnífico de Magallanes y de Elcano, y no seríamos capaces 
de concebir en este momento la apertura del canal de Panamá, que 
abre el corazón á tan grandes esperanzas. Vasco Núñez de Balboa 



— 46 — 

fué un verdadero canal de la inteligencia y del esfuerzo humano; 
él mostró al mundo lo que hoy práctica y materialmente se ha rea- 
lizado, abriendo al movimiento y á la civilización lo que puede 
decirse que responde al fin perseguido y á los augurios y esperan- 
zas de Cristóbal Colón, ó sea hallar un nuevo camino á las Indias; 
pero, eso sí, desde unas Indias más hermosas, más grandes, más 
fecundas aún que aquellas cuyo camino se buscaba. 

¿Y para qué nos reunimos aquí, señores? ¿Para qué os reunís 
vosotros, que tales títulos tenéis al aprecio de todos vuestros con- 
temporáneos en España y en las Repúblicas americanas? No os re- 
unís para una de esas fiestas, siempre bellas y agradables, en que 
pudierais cantar la unión que existe entre España y las Repúblicas 
sus hijas queridas. No; os reunís para un motivo más grande, supe- 
rior, más sólido y estable; os reunís para establecer un vínculo más 
solemne de esa vuestra amistad y de vuestra alianza; porque voso- 
tros, descendientes todos de esos ilustres y esforzados progenitores, 
que parecen labrados en un mármol distinto, que aunque sin sonro- 
jarnos bien podemos decir que parecen de otra raza que la nuestra, 
venís á poner muy alto el nombre de esos progenitores comunes, á 
los que en medio de esos brillantes hechos no ha seguido siempre la 
aureola que su prestigio y heroísmo merecían. 

No ignoráis que á través de los tiempos nubes oscuras se han 
cernido sobre muchos de ellos; su gloria ha sido empañada, su pres- 
tigio disminuido. Interésanos á todos, á vosotros, representantes 
de las Repúblicas americanas, nuestras hijas y hermanas, y á nos- 
otros, que representamos el antiguo solar patrio, el devolver á aque- 
llos hombres insignes todo lo que fueron y todo lo que merecieron. 
Al despojarlos de esas nubes con que se han querido enpañar por 
el odio, la envidia, la pasión del momento, lo que constituía y cons- 
tituye para vosotros y para nosotros nuestra prez y nuestra gloria, 
hacemos obra de justicia y de patria mayor, y si en un momento, 
en aquel momento en que nosotros, aferrados quizás con exceso á 
los derechos de la paternidad, y ansiosos vosotros de emanciparos, 
como era natural en el curso de los tiempos, pudimos tener nues- 
tras diferencias, que recayeron también, por desgracia, sobre la 
honra, el nombre y la historia de aquellos preclaros varones, hora 
es ya de que volvamos sobre el recuerdo de aquellos grandes hom- 



— 47 — 

bres, sin los cuales no se concibe la moderna civilización y que para 
vosotros y nosotros son el timbre más grande de gloria, y esperanza 
de nuestros hijos el recuerdo que podamos trasmitirles, y habéis de 
esforzaros vosotros, como nosotros hemos de esforzarnos, para vol- 
ver á aquellos héroes su prístina grandeza, no con aquella crítica 
que por falta de documentos ó por interpretaciones parciales y apa- 
sionadas ha arrojado sobre ellos el peso de injustas acusaciones, ha- 
ciendo de ellos unas figuras siniestras en la Historia, abultando 
sus pecados y disminuyendo sus grandes y portentosas hazañas. 
(Aplausos.) 

Ningún ejemplo mejor, señores, y al paso me viene el recuerdo 
de esto que os voy diciendo, que el mismo Vasco Núñez de Balboa, 
cuyo centenario celebramos. 

Los trabajos realizados por el meritísimo miembro de la Real 
Academia de la Historia, Sr. Altolaguirre, que ha citado antes el 
digno Director de la misma y que conozco por confidencias que al 
P. Fita debo, nos muestran de qué manera aquel hombre grande y 
esforzado, cuyo trágico fin recordaba con elocuencia singular el 
Sr. Ministro de Cuba, cómo aquel hombre estuvo bastante tiempo 
bajo el peso de acusaciones que hoy ha sido posible desvanecer, si 
no con pruebas prácticas y positivas, con aquellas pruebas negati- 
vas que representa la desaparición de su proceso y la destrucción de 
su primera edición por los descendientes de Pedrarias, que era natu- 
ral que tuvieran interés en que desaparecieran las pruebas de la ini- 
quidad de su deudo. Y aquí podemos levantar hoy la grandiosa 
figura de Vasco Núñez de Balboa, no sólo como descubridor y como 
caudillo esforzado, sino también como hombre leal, grande, deci- 
dido exclusivamente por la gloria de España y movido por la leal- 
tad y fidelidad á su glorioso Rey. 

Dedicaos, pues, señores, lo mismo los que pertenecéis al suelo 
patrio que los que venís de lejanas tierras, para nosotros tan que- 
ridas, á esta labor que nos brinda el Congreso que hoy se inaugura, 
y si es el complemento muy acertado de esa Exposición que hemos 
podido ver en los salones de aquel edificio que levantó el gran He- 
rrera, con vuestros trabajos podéis realizar una misión importan- 
tísima, y creed que en esos trabajos os acompañará muy principal- 
mente la atención y solicitud de nuestro magnánimo Monarca, siem- 



— 48 — 

pre abierto á todo lo que es grande, hermoso y fecundo en la acti- 
vidad humana de su país y de las Repúblicas americanas, que os 
acompañará también el buen deseo del Gobierno cuya voz llevo, y 
muy especialmente el de esta noble ciudad de Sevilla donde os 
reunís, y además la esperanza y el estímulo que para Congresos 
sucesivos y labores sucesivas podrán recibir vuestros trabajos y 
vuestros esfuerzos del cuidado y solicitud que en ellos pongáis. 

Y en nombre de S. M. el Rey Don Alfonso XIII, tengo el honor 
de abrir el Congreso de Historia y Geografía Hispano- Americanas. 
(Grandes y prolongados aplausos.) 

Se levanta la sesión. 

Eran las cuatro y treinta de la tarde. 



PRIMERA SESIÓN 

CELEBRADA POR LA 

SECCIÓN DE HISTORIA 

EL día 27 DE ABRIL DE 1914 



Se abrió la sesión á las diez y media, bajo la presidencia del 
Sr. Collantes, Rector de la Universidad de Sevilla. 

El Sr. Presidente: Señores Congresistas: Las primeras palabras 
que debo pronunciar ante vosotros han de ser y son para saludaros 
afectuosamente y daros rendidas gracias por el honor que me ha- 
béis dispensado al designarme para presidir la Sección de Historia 
del Congreso que estamos celebrando. 

Bien venidos seáis todos, Sres. Congresistas, todos cuantos ha- 
béis acudido solícitos á la invitación que se os ha dirigido para 
reuniros aquí con el fin de conmemorar el IV Centenario del descu- 
brimiento del Océano Pacífico, ilustrando con vuestro saber, con 
vuestra erudición y con vuestras investigaciones ese hecho glo- 
rioso, trascendentalísimo, y todos los demás que os parecieran de 
interés, relativos á la historia y á la geografía hispano-americanas. 
Y singularmente saludo á los que, atravesando los mares, venís de 
las Repúblicas de América, demostrando especialísimo interés en 
corresponder á los deseos del Gobierno español. Vuestra presenta- 
ción aquí fué por sí sola una nota importantísima en la preparación 
del Congreso, y vuestras primeras manifestaciones han sido un 
éxito. 

Basta recordar el acto solemnísimo celebrado en la tarde de 



— 50 — 

ayer, con aquella reunión de hombres de Estado, de príncipes de 
la Iglesia, de representantes del Ejército, de diplomáticos, autori- 
dades civiles, senadores y diputados, representantes de Academias 
y Corporaciones literarias y científicas, así como de numerosísimas 
personas conocidas por sus escritos y por su influencia en el pro- 
greso y desarrollo de la cultura general, que se juntaron para cele- 
brar la inauguración del Congreso en el salón Murillo de ese Museo, 
tesoro del genio artístico sevillano; acto rodeado de un ambiente de 
grandeza, de gloria, de ciencia, de arte, de paz y de confraterni- 
dad, que penetraba en el alma y arrobaba nuestro ser; en tan ma- 
jestuoso concurso se destacaba el grupo numeroso y compacto que 
formabais vosotros, ilustres representantes de las naciones hispano- 
americanas, con vuestros diplomáticos y delegados, con los comi- 
sionados de vuestras Academias y con tantos particulares distin- 
guidos unidos á él. Y como si tal ostentación no hubiera sido ya 
bastante expresiva, uno de vuestros más conspicuos diplomáticos, 
el Ministro Plenipotenciario de Cuba, habló elocuentemente al reco- 
ger y al contestar en nombre de todos los representantes america- 
nos las varias y siempre halagüeñas alusiones de que habéis sido 
objeto en el mismo acto de la inauguración; pronunciando un ma- 
ravilloso discurso que aún resuena en mis oídos y tiene vibrantes 
todavía las cuerdas de mi corazón, principalmente en aquella frase, 
que fué en los labios del orador al pronunciarla canto hermosísimo, 
poesía sentimental, nota arrancada á la más hermosa cítara, en 
que dijo — y permitidme que tosca y torpemente lo recuerde— que 
los hijos emancipados siempre habrán de mirar y honrar el hogar 
de la madre que los engendró como su propio solar; ¡frase hermosa 
é inolvidable! 

Por eso dije antes que vuestra presencia y primera manifesta- 
ción ha sido un éxito, y ahora agrego que ello permite augurar el 
éxito definitivo del Congreso, porque el pensamiento de su celebra- 
ción ha sido un acierto del Comité ejecutivo, á quien el Gobierno 
de S. M. confió la misión de la conmemoración del IV Centenario 
del descubrimiento del Pacífico, ó, para decirlo con más exactitud, 
de las ilustres personas que lo forman, presididas por el Director 
de la Real Academia de la Historia, el sabio y virtuoso P. Fita, 
que así, tan modestamente se llama á ese humilde religioso, cono- 



— 51 — 

cido en todo el mundo de la ciencia; como f aé otro acierto del Co-i 
mi té la primera solemnidad acordada para conmemorar el descu- 
brimiento llevado á cabo por Vasco Núñez de Balboa, ó sea la 
Exposición de documentos, obras inéditas y cartas geog^ráñcas, con 
las grandes mejoras realizadas para su instalación en este monu- 
mental Archivo de Indias, de que con tanta razón se enorgullece 
Sevilla. 

Cuando hay acierto, porque el pensamiento es bueno y la vo- 
luntad se pone al servicio de las ideas, la Providencia protege los 
designios humanos y el hombre consigue lo que se propone. 

Para que esto se realice, para que el Congreso alcance el resul- 
tado deseado, nosotros pondremos de nuestra parte cuanto sea pre- 
ciso en los trabajos encomendados á esta Sección, cumpliendo con 
exactitud lo que previene el Reglamento del Congreso sobre la ex- 
posición de informes relativos á las Memorias presentadas, exhibi- 
ción de éstas á los Sres. Congresistas para estudiarlas juntamente con 
las aclaraciones que puedan hacerse; ycreo que con vuestra ilustra- 
ción, con vuestro saber, Sres. Congresistas, así los autores de Memo- 
rias como los que formulen observaciones á ellas, darán la impor- 
tancia debida en cada caso á los asuntos propuestos y debatidos; y 
yo estoy seguro de que, como resultado de vuestra labor, habrá de 
quedar ilustrada en muchos puntos importantes la historia de Espa- 
ña en América, y abiertas nuevas vías para las ulteriores investí 
gaciones de los historiadores de nuestra gloriosa raza española ó, 
si queréis, hispano-americana. {Muy bien.) 

Señores: el orden de nuestras sesiones está marcado con exacti- 
tud en el Reglamento, y esta primera de hoy todos sabéis perfecta- 
mente que sólo tiene por objeto dar cuenta de las Memorias presen- 
tadas y oir aquellos informes orales que sus autores tengan á bien 
hacer sobre ellas en el espacio brevísimo de cinco minutos. Pero 
atendiendo algunas indicaciones y anticipándonos á ellas los indi- 
viduos que componen la Mesa, hemos pensado dar una amplitud 
prudente, no excesiva, á ese plazo angustioso de cinco minutos con- 
cedido, pero esa prudente amplitud será ya el último límite, máxi- 
mum de tiempo que habrá de invertirse en este trabajo de los infor- 
mes orales sobre las Memorias. 

A continuación el Sr. Pallares* Arteta, Delegado oficial de la Re- 



— 52 — 

pública del Ecuador, propuso dirigir áS. M. el Rey un telegrama 
de entusiasta salutación. 

Por unanimidad fué aprobada la propuesta del Sr. Pallares, sien- 
do acogida con calurosos aplausos la lectura del telegrama por él 
redactado. 

Seguidamente el Sr. Rodríguez del Busto propuso un voto por 
la paz de todos los pueblos americanos, que también fué secundado 
unánimemente. 

Acto seguido dijo 

El Sr. Presidente: Si hay algún otro Sr. Congresista que quie- 
ra hacer alguna nueva indicación previa, le oiremos con mucho 
gusto, y en caso de que no haya ninguno que quiera hacerlas, em- 
pezaremos ya nuestra labor. 

Inmediatamente, el Sr. Secretario dio lectura á la lista de las Me- 
morias presentadas en la Sección, por orden alfabético de los apelli- 
dos de sus autores. 

Primera Memoria. La primera que figura en dicha lista es la ti- 
tulada Trato de España con los indios de América, cuyo autor es 
D. Ángel Camacho, que manifestó su deseo de no informar acerca 
de su contenido (1). 

El Sr. Rodríguez del Busto propone que después de leída cada 
Memoria ó explicada por su autor, puedan los Congresistas hacerle 
las observaciones que crean oportunas, dando principio por ésta. 

El Sr. Presidente dice que se opone, por ser contrario al Regla- 
mento. 

El Sr. Jijón Caamaño propone que se declare obligatoria la in- 
formación por sus autores respectivos acerca de las Memorias pre- 
sentadas, ó que se encomiende ese trabajo á una Comisión que al 
efecto se nombre. 

El Sr. Rodríguez del Busto dice que se está en esta disyuntiva: ó 
hay que proceder como lo deja indicado, ó hay que entregar las 
Memorias á una Comisión que informe, y discutir esos dictámenes 
al ser presentados. 

Después de breve discusión acerca de este punto, dijo 



(1) Las Memorias se insertan íntegras, por orden alfabético de los ape- 
llidos de sus autores, en la segunda parte de este volumen. 



— 53 — 

El Sr. Presidente: Me he referido antes á nuestro Reglamento en 
lo que afecta á la organización del trabajo de las Secciones, porque 
creí que sería bien conocido de todos los señores concurrentes, 
puesto que se contiene en un folleto que á todos se les ha repartido. 
El orden de nuestros trabajos en este primer día en que se reúnen 
las Secciones, es dar conocimiento de las Memorias presentadas, y 
los autores de ellas, si están presentes, pueden hacer uso del dere- 
cho de informar, durante cinco minutos, no más, acerca de su con- 
tenido, para hacer aclaraciones sobre aquellos puntos que estimen 
de importancia. Hecho esto, las Memorias quedan durante cuarenta 
y ocho horas expuestas aquí, á la disposición de los Sres. Congre- 
sistas, para que con detenimiento puedan conocerlas y leerlas, to- 
mando las notas que deseen, con el fin de que después puedan ha- 
cer las observaciones que se les ocurran. De modo que la lectura 
por el autor de cada una se sustituye cumplidamente con las que 
particularmente hacen los Congresistas interesados en conocer el 
contenido de ellas. 

Esta es, pues, la organización del trabajo de nuestra Sección, la 
cual no podemos alterar, como es lógico, y por consiguiente es la 
única contestación que puedo dar á las observaciones de los seño- 
res Rodríguez del Busto y Jijón Caamaño. 

El Sr. Rodríguez del Busto dice que las Asambleas pueden refor- 
mar sus reglamentos, y en este caso con mayor razón, porque el 
Reglamento es contrario á la eficacia ó éxito de este Congreso. 

Seguidamente, el Secretario da lectura de un párrafo del Re- 
glamento, relacionado con la presentación de las Memorias, que 
dice así: 

«Dia 27. — Primera sesión de la Sección Histórica.— Presenta- 
ción de informes por los respectivos autores ó las personas que los 
representen, quienes podrán dar noticia oral de los trabajos en bre- 
vísimo extracto durante cinco minutos. Dichos trabajos quedarán so- 
bre la mesa á disposición de los Congresistas, para que puedan exa- 
minarlos y preparar las observaciones que sobre ellos quisieran ha- 
cer en la sesión del día 29.» 

Acto seguido dijo el Sr. Rodríguez del Busto: Las observaciones 
que antes me he permitido dirigir á esta Sección están inspiradas 
en mi creencia de que no pueden dejar de informar los autores de 



— 54 — 

las Memorias sobre sus trabajos, aunque sea de una manera breve, 
pues la lectura de estas Memorias en la forma indicada por el Re- 
glamento resulta imposible por varias razones, y entre otras, por- 
que no tiene comodidad ni silencio la. Oficina. 

El Sr. Presidente: Lo que quiere S. S., según he podido com- 
prender, ¿es que se imponga como obligación lo que, según el Re- 
glamento, es potestativo en los autores de las Memorias? 

El Sr. Rodríguez del Busto: Lo que yo pretendo es que se nos dé 
alguna noticia sobre el contenido de los trabajos presentados, por- 
que insisto en que es materialmente imposible enterarse de ellos en 
tan breve espacio de tiempo, y dada la falta de comodidad y silen- 
cio de la Oficina. 

El Sr. Camacho: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Camacho: El deseo de no molestar á los señores presentes 
ha sido el que me impulsó á renunciar al uso de la palabra; pero 
desde el momento que hay un Sr. Congresista que estima que aquí 
debe darse una cuenta sucinta de los trabajos presentados para que 
la Sección pueda tener idea del contenido de ellos, no tengo inconve- 
niente en acceder á esos deseos y pronunciar aquí cuatro palabras. 
La casualidad ha hecho que sea este trabajo humilde mío el pri- 
mero que se ha presentado, debido al orden alfabético en que se 
han colocado. Yo me congratulo de ello, á pesar de que me pone en 
una situación muy difícil, recordando las palabras del Sr. Ministro 
de Estado. Decía éste que debemos procurar con hechos demostrar 
que esa acusación que so lanzaba de que España trató despiadada- 
mente, cruelmente á los indios que poblaban la América es falsa, 
no tiene fundamento alguno, y que hay motivos suficientes para 
poder afirmar lo contrario. 

No niego que hubo y se realizaron hechos verdaderamente dig- 
nos de severa censura; pero lo que sí niego es que la nación espa- 
ñola se hiciera solidaria de aquellos actos y no procurase, como 
procuró en todas sus disposiciones, que se tratase á los indios, no 
solamente como á sus hijos, sino aun con más preferencia y aten- 
ción que á los mismos españoles. 

Sin entrar en el examen detenido de las leyes contenidas en la 
Recopilación de Indias, he querido en mi informe señalar ciertos 



— 55 — 

documentos, Reales órdenes, Reales cédulas, cartas y otra clase de 
publicaciones que allí se citan, con objeto de acreditar palpable- 
mente y con pruebas que no pueden ser recusadas, que España, 
siempre y en toda ocasión, desde el principio del descubrimiento 
de América, ha procurado inculcar en el ánimo de las autoridades 
que allí mandaba, virreyes, oidores, obispos, etc., la obligación 
que tenían de respetar á los indios y tratarles con todo género de 
consideraciones. 

Todos estos documentos que cito en mi trabajo, y otros cuantos 
que se encuentran diseminados, pueden servir á los Sres. Congre- 
sistas para el ftn que persigo. 

Un grupo de sevillanos amantes de la cultura trató de la crea- 
ción de un Instituto de estudios históricos de esta índole; el Gobier- 
no, recientemente, ha acordado también la institución oficial de 
esos mismos estudios, y yo creo que tales bases pueden ser muy 
útiles para nuestros trabajos, aprovechando la cooperación, que 
nunca se nos negó por parte del ilustrado Jefe de este Archivo, se- 
ñor Torres Lanzas, así como los demás dependientes de estos Cen- 
ti'os, que siempre están dispuestos, con esa amabilidad que los dis- 
tingue, á ayudarnos eficazmente en nuestras tareas. 

Dicho esto, sólo me resta afirmar que yo creo, recordando las 
palabras elocuentes pronunciadas por el Sr. Ministro de Estado, 
que con todo ello se estrecharán más las relaciones de amistad en- 
tre América y España, y se contribuirá á que ésta siga siempre ins- 
pirándose en tan poderosa corriente de afectuosa simpatía, intere- 
sándose, como se interesa, igual que por cosa propia, por el bienes- 
tar, poderío y riqueza de las Repúblicas americanas. Y dentro de 
España, Sevilla quiere siempre colocarse á la cabeza de esos amis- 
tosos sentimientos, porque no en balde no sólo ha sostenido y sos- 
tiene las más vivas relaciones con aquéllas, sino que conserva este 
caudal de datos históricos en nuestro Archivo de Indias, y es la 
primera en ese movimiento de aproximación. Podéis tener, pues, 
la seguridad de que aquí se os concede una ayuda verdaderamen- 
te fraternal; y ahora permitidme también dedicar un recuerdo á 
Méjico, haciendo votos porque en plazo breve recobre la perdida 
paz que todos anhelamos. {May bien. Aplausos.) 
El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 



— 56 — 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Si la Mesa me lo permite, desearía 
hacer la observación de que yo entiendo que no deben demorarse 
las aclaraciones ó rectificaciones sobre los trabajos presentados en 
esta Sección hasta el día 29, sino que debe realizarse en esta sesión. 

El Sr. Presidente: Voy á permitirme indicar al Sr. Rodríguez 
del Busto que aquí nos hemos reunido bajo la vigencia de un Re- 
glamento establecido previamente, y sería preciso para realizar lo 
que propone, que esta Sección, recabando para sí una autonomía 
que yo dudo que pueda atribuirse, se desentendiera de ese Regla- 
mento redactado por la Comisión organizadora, estableciendo nue- 
vas bases en desacuerdo con aquél. Estimo en principio, y con esto 
no trato de imponer mi criterio, que la Sección no tiene facultades 
para alterar este plan. Ese Reglamento es el mismo á que ha de so- 
meterse la otra Sección, la de Geografía, que ha de funcionar en 
iguales condiciones que ésta, y yo entiendo que si ahora nosotros 
tratáramos de alterar esa reglamentación y darnos una propia, fal- 
taríamos á las disposiciones y reglas de carácter general dictadas 
por el Comité organizador de este Congreso. 

Además de las aclaraciones ó explicaciones que nos den sus 
autores, ahí quedan las Memorias para estudiarlas durante cuaren- 
ta y ocho horas, y la impresión que los oyentes hayan podido reci- 
bir al escuchar las autorizadas palabras de aquéllos, podrá luego 
confirmarse ó rectificarse, dando lugar á observaciones, que se ha- 
rán en la sesión siguiente, pero en modo alguno en ésta, entre otras 
razones porque el Reglamento no consiente más que explicaciones 
brevísimas, durante cinco minutos, pero no entablar ahora discusio- 
nes sobre las mismas, que sólo entonces tendrán su sazón oportuna. 
Creo que el punto está suficientemente aclarado y que con ello que- 
darán satisfechos los deseos, por otra parte justísimos, del Sr. Ro- 
dríguez del Busto. 

Segunda Memoria, del Sr. D. Luciano Herrera, titulada España 
y los indios de América. 

Dijo el Sr. Herrera: Me felicito mucho de haber elegido el mismo 
tema que ha escogido el Sr. Camacho; rara coincidencia que prueba 
la importancia del asunto, sólo que yo le he dado más desarrollo, 
como puede verse. 



— 57 — 

Hablo aquí del modo cómo han sido propalados los errores, de- 
mostrando la certeza de mis afirmaciones, no como quiera, sino do- 
cumentalmente, con documentos hallados en este Archivo. 

(Lee alg-unos párrafos de su trabajo, siendo muy aplaudido.) 

Estos son los tres errores que trato de combatir; pero el verda- 
dero valor de este modesto trabajo se halla en los documentos 
auténticos recogidos para apoyar mi tesis. 

Eespecto á los indios, empiezo por manifestar en qué estado se 
hallaba esa institución consular, demostrando que las leyes de Es- 
paña eran las más humanitarias, y ya en la Partida IV se habían 
consignado manifestaciones de profunda antipatía hacia la esclavi- 
tud, así como en las Reales cédulas dictadas durante dos siglos por 
diferentes Reyes, de las cuales cito detalladamente el Monarca que 
dictó cada una, su fecha y el lugar en que fué expedida. Por lo 
tanto, estimo que la pretendida esclavitud de los indios, de que se 
habla en la obra á que me refiero, es un error contrario á los tes- 
timonios de la Historia y hasta á la buena fe. 

En cuanto á la crueldad con que fueron tratados los indios por 
España, he tratado también de apoyarme en documentos recogidos 
en los archivos, y el primero, muy elocuente por cierto, es el codi- 
cilo de Isabel la Católica, que es el punto de partida de toda la le- 
gislación española en favor de los indios. 

(Lee otros párrafos de su trabajo.) 

Aquí se habla con alguna extensión de diversas disposiciones 
dictadas en ese sentido, que al ser implantadas colocaron á los in- 
dios en posesión de muchos terrenos, mediante la institución de los 
llamados «resguardos» , que en algunos países americanos se conser- 
va, y en otros se extinguió al estallar la guerra civil, considerán- 
dola como una antigualla, y los indios fueron despojados de sus «res- 
guardos». En otros— y es inútil nombrarlos porque cada cual verá lo 
que pasa en su propio país — se ha presentado el problema agrario 
precisamente poco después de la creación de los que aquí se llaman 
«latifundios», es decir, grandes extensiones de tierra, que se cuentan 
por grados geográficos, y que proceden del despojo de los indios. 

En Colombia se conserva esa institución, existiendo acerca de ella 
un verdadero ciclo de leyes que comprende lo menos cincuenta, que 
han sido sabiamente aplicadas y mantenidas con toda eficacia. Se 



— 58 — 

inició una acción de reivindicación de la propiedad de los indios, y 
vinieron á buscarse documentos en Simancas y en Sevilla, para 
reivindicar del mismo Gobierno colombiano dicha propiedad. 

Se ve, pues, cómo España, aun desposeída de sus colonias en 
América, todavía á través del espacio y del tiempo les enviaba el 
soplo generoso de su acción justiciera. 

Después de enaltecer y rendir ese tributo de justicia á la labor 
de la madre patria, he de recabar para Colombia el honor de haber 
sido la primera en alzar la voz en favor de los indios. En la Conven- 
ción hispano-americana que se reunirá próximamente en Lima se 
reconocerá la conveniencia de que los representantes de Colombia 
recaben alguna manifestación solemne para que todas las demás na- 
ciones tomen medidas eficaces en favor de los indios ó que conser- 
ven las que España dictó. 

Para terminar, voy á tener el honor de leer á los Sres. Congre- 
sistas las conclusiones que establezco en mi trabajo. (Leyó.) 

(Al concluir la lectura de su trabajo es saludado con nutridos 
aplausos.) 

Tercera Memoria: Las admirables ideas que acerca del gobierno 
de América tenia el Licenciado Mufiatorres , Visitador del Perú, por 
el Sr. Jijón Caamaño. 

El Sr. Jijón Caamaño: Mi trabajo contiene varios documentos 
originales, y entre ellos una serie de declaraciones presentada por 
las más conocidas personas con residencia en aquel país cuando este 
Licenciado fué encargado de hacer la visita. Estas declaraciones se 
refieren á los males que pesaban entonces sobre América y á las in- 
correcciones y culpas cometidas por los gobernantes, y los declaran- 
tes tenían mucho empeño en hacer notar cuáles eran los defectos 
que entonces se advertían. 

El manuscrito á que aquí me refiero tiene mucho interés, porque 
contiene gran número de datos acerca de las personas que contribu- 
yeron á la formación de aquellos Estados. 

Este Licenciado, ya en el siglo xvi, afirmaba que no podría esta- 
blecerse la completa comunicación de España con América hasta 
que se crease una fuerte relación comercial. 

Después entra á hacer consideraciones respecto á la organización 
del gobierno interior de las colonias, y cree que dar á las Audien- 



— 59 — 

cias la parte relativa al gobierno es un grave error, puesto que los 
Oidores eran removidos con frecuencia, permanecían en sus puestos 
muy poco tiempo para llegar á conocer al país, por lo cual proponía 
que se estableciera un Consejo independiente del de Indias, formado 
por personas del país, dos por cada provincia, que, juntamente con 
el Virrey y uno ó dos de los Oidores más antiguos, se ocupasen en la 
resolución de las cuestiones referentes al gobierno. 

Hace constar también Muñatorres que ese Consejo de Indias no 
debía residir en Madrid, donde entonces residía, sino en Panamá, 
puesto que — dice — «son demasiado grandes los perjuicios y daños 
que reciben los colonos de América por tener que atravesar los ma- 
res para pedir justicia», y las decisiones del Consejo se obtenían ya 
cuando los perjuicios ó crímenes causados ó cometidos por los go- 
bernantes estaban sancionados por la acción del tiempo ó no tenían 
remedio. 

Se funda para indicar á Panamá como residencia del Consejo en 
las siguientes razones: 

1.^ Porque era, por su situación, el que ofrecía mayores facili- 
dades para acudir á él desde las distintas colonias de España en 
América. 

2.^ Por la conveniencia de formar allí una población bastante 
considerable, que pudiera defender aquella región de los ataques 
de los piratas; y 

3.* Para que esa población que allí se formara pudiera servir 
para reducir al Perú á la obediencia á la metrópoli. 

Después expone algunas otras ideas acerca del gobierno de Amé- 
rica y del establecimiento de una Junta de minería formada por 
personas del país conocedoras de las minas. 

Estas son, pues, las ideas expuestas por el Licenciado Muñato- 
rres, ó sea: el establecimiento de un Gobierno autónomo, regido por 
personas del país, y el traslado del Consejo de Indias á Panamá. Si 
lo que proponía se hubiese realizado al comenzar el siglo xix, gran 
parte de los criollos que entonces pedían la independencia se hu- 
bieran dado por satisfechos y contentos, puesto que tenían un Go- 
bierno propio y se regían autónomamente, é inútil me parece decir 
cuan diferente hubiera sido el estado de América, puesto que hu- 
biera tenido un progreso mucho mayor. 



— 60 — 

He creído oportuno llamar la atención del Congreso sobre esta 
materia, para demostrar que los precursores españoles de ideas que 
aplicadas á otros pueblos han contribuido á su prosperidad y ven- 
tura, en España no han sido debidamente escuchados y atendidos. 
(Aplaiisos.) 

Cuarta Memoria: Proyecto de creación de un Centro internacio- 
nal de investigaciones históricas , con sede en Madrid ó en Sevilla, 
por D. Roberto Levillier, representante de la República Argentina. 

Fué leído por su autor este trabajo, siendo muy aplaudido. 

Quinta Memoria: Sohre la denominación de latiría aplicada á la 
América espartóla, por el Sr. Manjarrés. 

Leyó algunos párrafos de su trabajo. 

Sexta Memoria: El estrecho de Magallanes. 

Esta Memoria no fué informada por su autor. 

Sétima Memoria: Diego Mexia de Fernangil, poeta sevillano del 
siglo XVI, avecindado en el Perú, y la segunda parte de su Parnaso 
Antartico, existente en la Biblioteca Nacional de París, por D. José 
de la Riva y Agüero, representante del Perú. 

El Sr. Riva y Agüero: Mi estudio, señores, no tiene el carácter 
general de los anteriormente analizados: es una modesta contribu- 
ción á la historia general del primer tercio del siglo xvi, pero no 
carece de alguna importancia, porque se trata de un poeta sevilla- 
no que desde los primeros años de su juventud se avecindó en el 
Perú, entendiendo con esta denominación, no sólo el bajo, sino el 
alto Perú. 

Diego Mexía es poeta bastante desconocido en España; hasta el 
punto de que en esta su tierra d nacimiento se le ha confundido, y 
no por cualquiera, sino por eruditos y hombres de ciencia. El señor 
Valflora, en un trabajo publicado en el siglo xviii, y Laso de la 
Vega en una Memoria premiada por la Academia Sevillana de Bue- 
nas Letras, y en seguida por otra Academia de Madrid y aun creo 
que por la de la Lengua, han hecho dos poetas de uno solo. 

En la primera parte de mi trabajo doy datos bibliográficos, en 
gran parte desconocidos, acerca de Diego Mexía, entre ellos un tra- 
bajo literario que, con ser por sí mismo interesante, lo es más por 
las consideraciones que hace sobre la condición del Perú, sobre las 
calamidades naturales que en él sobrevienen, y también por la li- 



— 61 — 

gera oposición en que se halla respecto de lo que aquí se ha dicho 
hace poco sobre el trato que se daba á los indios; en este extremo 
nosotros los hispano-americanos podemos hablar con entera fran- 
queza, y vosotros los españoles estáis desinteresados del tema, por- 
que si en materia de malos tratamientos hubiese á alguno tocado 
la responsabilidad directa, no es á los españoles que se quedaron 
aquí, sino á los descendientes de los españoles que fueron á aquellas 
tierras y cometieron, no tanto como se ha dicho, aquellos desagui- 
sados; y sin entrar en minuciosas disquisiciones acerca de esto, es 
documento éste á que me refiero de alguna importancia, aun cuando 
tenga sólo carácter literario. Claro que nadie va á sostener que la 
dominación española revistió nunca en América los negrísimos ca- 
racteres que revistió la dominación inglesa en los Estados Unidos y 
en la India. Lo que ocurría con nuestros antepasados era que las 
leyes que se dictaban en España eran muy humanitarias y benefi- 
ciosas para aquellos naturales; pero en cambio la aplicación fué 
muy mala, é importa que no lo neguemos si queremos hacer verda- 
deramente obra seria histórica, y si queremos los hispano-america- 
nos no encubrir la responsabilidad de nuestros antepasados. 

La epístola que figura en el trabajo de Diego Mexía es muy in- 
teresante por los datos históricos que contiene; describe la condi- 
ción de los indios, el estado del virreinato del Perú, y habla, en fin, 
de las calamidades que sobre éste pesaron. 

(Continuó leyendo algunos párrafos de su Memoria, que al ter- 
minar fueron acogidos con calurosos aplausos.) 

Octava Memoria: Un capitulo para la historia de Felipe II. Re- 
laciones entre España y China, por el Sr. Sanz y Arizmendi, Cate- 
drático de la Universidad de Sevilla. 

El autor de esta Memoria leyó algunos párrafos de la misma. 

Novena Memoria: JS¿ pctíro/iaío de la Virgen de la Antigua en 
los descubrimientos geográficos de los espartóles en el Nuevo Mundo, 
por D. Manuel Serrano y Ortega, Presbítero. 

El autor no se hallaba presente, por lo cual esta Memoria la leyó 
en su nombre el Sr. Parada y Agüera. 

El Sr. Riva y Agüero: r;Hay latitud para tratar de puntos rela- 
cionados con las antigüedades indígenas de aquellos tiempos, den- 
tro del espíritu y el carácter de este Congreso? 



— 62 — 

El Sr. Presidente: Desde luego, pero siempre dentro del carác- 
ter histórico que tiene este Congreso. Precisamente por lo mismo iba 
yo á indicar á los señores que forman la Sección, que se han presen- 
tado trabajos que no tienen por objeto una investigación histórica, 
sino indicaciones y propuestas con el fin de acopiar datos y docu- 
mentos para ordenarlos y tenerlos á disposición de los investiga- 
dores, y me ha parecido que no sería inoportuno, aunque en cierto 
modo nos salgamos de nuestro programa, admitirlos como comple- 
mento de nuestros trabajos. 

¿Les parece así á los Sres. Congresistas? 

Así se acordó, concediéndose la palabra al Sr. Gestoso para 
dar cuenta de su trabajo. 

Décima Memoria: Un tesoro documental histórico casi descono- 
cido, por el Sr. Gestoso y Pérez. 

El Sr. Gestoso y Pérez: Estas cuartillas no tienen un objeto ver- 
daderamente de gran importancia histórica, ni en ellas trato de re- 
solver cuestiones de cierta índole, como las que se acaban de some- 
ter á la alta consideración del Congreso. 

Entiendo yo que con todo lo que sea señalar á los eruditos nue- 
vas fuentes para que puedan acudir en busca de datos casi desco- 
nocidos hasta el día, se presta un servicio, á mi entender, que si 
hoy es de agradecer, lo será mucho más el día de mañana. 

Cuando se tiene en cuenta la significación de Sevilla con res- 
pecto á todo lo que se relaciona con el descubrimiento y coloniza- 
ción de las grandes regiones americanas, salta á la vista el interés 
grandísimo que entrañan las documentaciones del Archivo General 
de Protocolos de Sevilla, documentaciones apenas conocidas más 
que por alguno que otro americanista ilustre, como Mr. Henry Ha- 
rry, D. José Toribio Medina, etc. 

Estos documentos, si tenemos en cuenta las costumbres de la 
época, en la que hasta para comprar dos varas de paño, para man- 
dar hacer una efigie pequeña, un mueble, un arma, una joya, ab- 
solutamente todo era objeto de contrato, calculen los Sres. Con- 
gresistas si no lo serían también todas las empresas, todas las ar- 
madas, todas las expediciones que salían de aquí, de la Casa de 
Contratación. Pues bien; en ese Archivo, que yo he tenido que ex- 
plorar en busca de noticias históricas y artísticas relativas al des- 



— 63 — 

cubrimiento y colonización de América, he encontrado tal número 
de documentos, en una cantidad tan extraordinaria, que me he per- 
suadido de una manera indudable de que el día en que ese Archivo 
sea explorado y esté en condiciones de ponerse al alcance de los 
eruditos, han de encontrarse verdaderas revelaciones que han de 
dar una luz extraordinaria bajo todos sus aspectos en lo que se re- 
fiere á las relaciones de España con América. 

En época en que el archivero era amigo mío y me daba facilida- 
des para la entrada en el local , pude yo entonces tomar notas de 
algunos documentos; y baste decir al Congreso que en un folleto 
que publiqué no hace mucho y que acompaña á esta Memoria, apa- 
recen los nombres de Vélez de Mendoza, de Diego de Lope, de 
Diego de Minuesa, los Pinzones, Díaz Solís, Vasco Núñez de Bal- 
boa, Alonso Ñuño de Lugo, Hernán Cortés y Sebastián Elcano. Y 
yo propongo al Congreso que, en vista de la excepcional importan- 
cia de este riquísimo venero de antecedentes históricos, acuerde to- 
mar en consideración el articulado con que termino mi moción, 
ó sea. (Leyó.) 

El Sr. Beltrán y Rózpide dio lectura de algunos párrafos de la 
Memoria enviada por el Sr. Altamira, que no ha podido concurrir 
á las sesiones de este Congreso. Terminada que fué la lectura de 
dichos párrafos, se oyeron muestras de aprobación de los señores 
Congresistas. 

Se titula dicha Memoria Necesidad de una bibliografía critica de 
las f tientes originales de la historia de América. 

A continuación, la Srta. Alice Gould hizo uso de la palabra para 
dar lectura de su Memoria, relativa á la Tripulación de las carabe- 
las de Colón en su jyrimer viaje. 

El Sr. Candau: Después de escuchada la lectura de las Memorias, 
se me ocurre hacer una observación que determinará una proposi- 
ción que me permitiré hacer á la Sección. La Comisión organiza- 
dora de este Congreso, por lo que hemos visto, no ha señalado, 
como es costumbre cuando se trata de organizar esta clase de Asam- 
blas, los temas que se han de tratar y de cuya resolución se ha de 
ocupar; y sin embargo, vemos que se deja á los Congresistas en 
libertad para presentar las Memorias, ocupándose del tema elegido 
por ellos, sin sujetarse á ninguna clase de cuestiones previas. 



— 64 — 

Terminada, pues, la lectura de estas Memorias, creo yo que de- 
bemos buscar algo práctico, algo definitivo como resultado final 
del Congreso. De otra manera, solamente habría sido una especie 
de certamen en el que habríamos aplaudido las brillantes manifes- 
taciones de la inteligencia de los que en él toman parte. Me atreve- 
ría, por consiguiente, á proponer que estas cuestiones que no se han 
presentado se presenten aposteriori, es decir, que el Congreso recoja 
y determine las soluciones que se hayan de dar, claro es que en la 
forma en que se dan en estos Congresos, mientras no haya razones 
de orden superior que vengan á justificar lo contrario. 

Entre las Memorias cuya lectura hemos escuchado, unas no deter- 
minarán discusión ninguna, porque sus asuntos no son solución de 
ningún problema, pero otras sí; por ejemplo, sería una solución, 
una conclusión que el Congreso pudiera adoptar el día de mañana, 
la de afirmar, como resultado de la discusión de las Memorias aquí 
presentadas, que la conducta de España en sus diferentes colonias 
fué leal y caritativa con los indios, borrando así por completo el 
error hasta ahora sostenido de que esa conducta fué la contraria 
á ésta. 

Otra conclusión pudiera ser la que el Sr. Manjarrés ha expuesto 
en su Memoria acerca de la conveniencia de continuar llamando 
países liispano-americanos á los que vienen designándose con el 
nombre de latinos. 

Por consiguiente, y para concretar, planteo la cuestión divi- 
diéndola en dos partes: 

Primera. Que se acuerde que el Congreso adopte conclusiones 
respecto á los asuntos aquí tratados. 

Segunda. Que con objeto de facilitar este trabajo, se nombre 
una Comisión que, en vista de las Memorias presentadas y de la 
discusión de ellas, proponga cuántas han de ser y en qué forma 
han de redactarse estas conclusiones. {Muy bien, muy Men. Aplau- 
sos.) 

El Sr. Presidente: El Sr. Candan, como han oído ustedes, ha 
propuesto que en las Memorias cuya materia ofrezca base para es- 
tablecer conclusiones, se haga así en vista del resultado de la dis- 
cusión que se promueva sobre las mismas. 

Un Sr. Congresista dice que el más indicado para presidir esa 



— 65 — 

Comisión es el Sr. Candan, que es quien ha concebido el pensa- 
miento. 

El Sr. Beltrán y Rózpide: Paréceme que de ig'ual modo debe 
formar parte de esa Comisión el autor de la Memoria que dé motivo 
á esas conclusiones, y con él un Vicepresidente y un Secretario de 
la Sección. 

Varios señores interrumpen, haciendo uso de la palabra á la vez, 
cortando esta discusión 

El Sr. Presidente, que dijo: Aquí de lo que se trata es de alterar 
el objeto que el Congreso persigue. El Reglamento no dice que se 
llegue á establecer conclusión ninguna sobre los temas tratados en 
las Memorias. Si aquí en este Congreso, no obstante, se considera 
conveniente eso, nómbrese esa Comisión que realice ese estudio. 

El Sr. Más: Voy á hacer presente al Congreso que ya se ha apro- 
bado el Reglamento por que éste ha de regirse, y, por lo tanto, en- 
tiendo que no puede admitirse esa proposición, sino atenernos á lo 
que aquél establece. 

El Sr. Ayala: Deseo manifestar á los Sres. Congresistas que á 
mi juicio no procede admitir esa propuesta, porque, ó yo estoy 
equivocado, ó aquí hemos venido á un Congreso de investigaciones 
históricas. Por tanto, ¿qué conclusiones pueden darse? 

Hoy podemos creer que un hecho histórico es cierto por los datos 
que tenemos, y así podemos reconocerlo aquí; pero mañana, por 
nuevos descubrimientos que se hagan y ahora no conocemos, puede 
resultar que estábamos equivocados, y por eso no podemos estable- 
cer ninguna conclusión referente á esos extremos. 

Sin más debate se acordó aceptar la proposición del Sr. Candau, 
y acto seguido se levantó la sesión á la una y cinco de la tarde. 



PRIMERA SESIÓN 

CELEBRADA POR LA 

SECCIÓN DE GEOGRAFÍA 
EL DÍA 28 DE ABRIL DE 1914 



Dio comienzo la sesión á las diez y media de la mañana bajo 
la presidencia de D. Ricardo Beltrán y Rózpide, y abierta que 
fué, dijo 

El Sr. Presidente: Sres, Congresistas: Inauguramos hoy la Sec- 
ción geográfica del Congreso de Historia y Geografía Hispano-ame- 
ricanas, y ante todo ha de hacer constar el Presidente de esta Sec- 
ción la inmensa gratitud que debe al Congreso por la honra inme- 
recida con que se le ha favorecido designándole para este cargo. 
Bien puedo afirmar que este nombramiento me halaga y me enor- 
gullece mucho más que todos los cargos que he venido desempe- 
ñando en mi vida, un tanto larga, de trabajo dedicado á los estu- 
dios geográficos. Gracias, pues, señores, por el alto honor que me 
habéis conferido, y llevad al colmo vuestra benevolencia dispen- 
sándome de antemano cualquier falta que pueda cometer en el 
ejercicio de este cargo. La Sección que ahora empieza se celebra 
para presentar y discutir Memorias que dentro del concepto ge- 
neral histórico tienen ó toman un carácter geográfico, aunque siem- 
pre con un aspecto histórico, puesto que se trata de hechos relacio- 
nados con la historia del mundo occidental: nomenclaturas, des- 
cripciones, cartografías de lugares que pertenecen al Nuevo Mundo, 



— 67 — 

antecedentes de hechos y de hombres que han contribuido á los 
grandes progresos de la Geografía, son los asuntos y temas á que 
se refieren las Memorias presentadas en la Sección. 

No son muchas, pero, en cambio, tienen un alto valor científico 
por la novedad y la importancia que ofrecen, así como por la auto- 
ridad, prestigio y competencia de sus autores, ilustres americanis- 
tas, doctísimos catedráticos y distinguidos escritores. 

Y ahora, el Sr. Secretario tendrá la bondad de leer, como ayer 
se hizo en la Sección de Historia, la lista de las Memorias presen- 
tadas, que está formada por orden alfabético de los apellidos de sus 
autores. 

El Sr. Secretario lee dicha lista. 

El Sr. Presidente: Como ya saben los Sres. Congresistas, el Re- 
glamento fija el tiempo de cinco minutos para que los autores den 
cuenta en breve extracto del contenido de sus trabajos. Ahora bien; 
como las Memorias son pocas, según habrá visto la Sección, podre- 
mos ampliar en un límite prudencial el plazo concedido para hacer 
el extracto de los temas. 

Así se acuerda. 

El Sr. Presidente: El Sr. Man jarres tiene la palabra para expo- 
ner su informe. 

Primera Memoria. — El Sr. Manjarrés dio lectura á unas cuarti- 
llas de su Memoria, titulada Sobre el nornhre de la isla Quadra y 
Vancouver, siendo acogida dicha lectura con unánimes aplausos de 
la concurrencia. 

Segunda Memoria. — Traza de las costas descidjiertas de 1502 
á 1519, desde Xomhre de Dios hasta Florida, por D. Francisco del 
Paso y Troncoso. 

El autor de esta Memoria no se hallaba presente. 

Tercera Memoria. — El primer portulano holandés de la mar del 
Sur, obra original y desconocida de Hessel Querritz del año 1622 
(con un retrato de Balboa), por el Sr. F. C. Wieder, de Amsterdam. 

El autor de esta Memoria no se hallaba presente. 

Cuarta Memoria. — Descripción anónima del Perú y de Lima, á 
principios del siglo XVII, compuesta por un judio portugués y diri- 
gida á los Estados de Holanda, por D. José de la Riva y Agüero, 
representante del Perú. 



— 68 — 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Eiva y Agüero para 
explicar la Memoria presentada. 

El Sr. Riva y Agüero: Esta descripción está compuesta por un 
judío portugués; su nacionalidad se revela por los numerosos lusi- 
tanismos de que está plagada esta relación, á tal punto, que se halla 
escrita medio en portugués y medio en castellano, y su calidad de 
judío se descubre, no menos claramente por el odio que profesa á la 
Inquisición, que por las continuas detracciones que trae contra los 
jesuítas y las Ordenes monásticas, y por ciertas frases que tienen 
un sabor completamente hebreo, como las de «A honra y gloria del 
Señor del mundo»^ «Sólo Dios es ñrme y sus cosas firmes y su pala- 
bra verdad», y otras varias que pueden verse en mi trabajo. 

Además, sabido es que en el virreinato del Perú, á fines del si- 
g-lo XVI y durante todo el curso del xvii fueron muchísimos los mer- 
caderes portugueses que eran judíos conversos de las tierras de Por- 
tugal. Este judío, cuyo nombre no se declara, confiesa haber vivida 
más de quince años en Lima y haber recorrido gran parte del vi- 
rreinato del Perú. Seguramente, á causa de las persecuciones, que se 
exacerbaron desde principios del siglo xvii con el suplicio de Ma- 
nuel Bautista Pérez, jefe de la sinagoga de Lima, tuvo que aban- 
donar el país, en donde ya tenía bienes y donde se había casado, y 
fué á parar á Holanda, según se desprende de ciertas frases en que, 
al referirse á los piratas ó corsarios que infestaban aquellos mares, 
dice: «fueron cinco naves de estas tierras » El tratamiento de se- 
ñoría con que principia y concluye la relación se lo da al Gobierno 
de las provincias unidas ó al Gobierno particular de la provincia de 
Holanda. Es un informe secreto con miras para el contrabando y 
desembarcos militares, porque pone mucha atención en los datos de 
la parte del desembarcadero y en las fuerzas de milicias que exis- 
tían dentro de la capital del virreinato, como en los demás puntos. 
El título, que he copiado en la Memoria literalmente, engaña, por- 
que parece que se trata de una descripción del Perú y Lima, y en 
realidad es una descripción de la mayor parte de la América meri- 
dional y aun algo más allá. Fácil es explicar la razón de esta cir- 
cunstancia, porque el virreinato del Perú comprendía Chile y el Río 
de la Plata, y en la descripción habían de tener cabida estos terri- 
torios; pero además, aunque con pocas particularidades, se extien- 



— 69 - 

de á la Nueva Granada, á la Audiencia de Panamá y al territorio 
de Cuba, con que concluye la relación. 

Principia el manuscrito con el itinerario que siguió la nave para 
hacer el viaje del Panamá al Callao, describiendo las particulari- 
dades de los puntos por donde pasaba, sus condiciones geográficas, 
el número de pobladores españoles, mestizos é indios, los principa- 
les ingenios de azúcar, los conventos y el comercio y tráfico, y 
como este portugués fué comerciante, señala con muchísimo deta- 
lle los artículos que se producían en cada una de las localidades 
por que pasaba y los precios de ellos, de manera, que su trabajo es 
una buena contribución para el estudio histórico de la economía 
política en aquellos tiempos. 

Llega á Lima, y aquí hace una relación* muy minuciosa de los 
edificios, principiando por el palacio del Virrey, relación que casi 
compite en minuciosidad y pormenores con las de Menéndez y el 
P. Buenaventura de Salinas. 

Describe además los diferentes cultivos del Valle, no careciendo 
de color las pinceladas sobre la vida criolla de la capital en aque- 
llos tiempos, el aspecto de los vestidos, tanto de la clase superior 
como de los indios y de los negros, y hace un relato de los cargos 
y dignidades existentes y sueldo que percibía el Residente en la 
capital del virreinato. Ocupa esta relación como una tercera parte 
del volumen manuscrito. 

Luego emprende un viaje para el Cuzco. Aquí varía el paisaje, 
y nos pone ante los ojos aquellos caminos, entonces muy transita- 
dos por recuas de caballerías conducidas por arrieros que hacían el 
comercio con el interior, las particularidades de la región, la con- 
dición de los indios, el régimen de los tambos, y finalmente la ciu- 
dad de Potosí, con el método de laboreo de las minas y número de 
ingenios que allí había. 

Toma en seguida el camino contrario al que le llevaba á Potosí, 
y nos da cuenta del número de pobladores de las ciudades por que 
transita, la manera cómo se hace el trayecto, las intervenciones 
militares, y concluye con una descripción muy somera de Chile, y 
otra, ya no tan somera, de Panamá y de Cuba. 

Sus apreciaciones acerca de la condición de los colonos son muy 
curiosas y muy detalladas, pero parciales en demasía. Al pintarlas 



— 70 — 

costumbres de la sociedad de Lima, y al describir el carácter de 
los criollos, incurre en evidentes injusticias, que fácilmente saltan 
á la vista con la simple lectura de su escrito. Se comprende que las 
persecuciones que sufrió y la circunstancia de haber tenido que 
ausentarse de la tierra en que se había casado y donde había logra- 
do poseer bienes amargaran su ánimo y le predispusieran á verlo 
todo con negros colores, especialmente en lo que se refiere á la con- 
dición de los indios, respecto á los cuales traza muy tristes pincela- 
das, á las costumbres de la sociedad limeña y á la conducta de las 
autoridades españolas. 

Acaso lo más importante de esta relación anónima, que no sé 
yo que haya sido analizada por nadie, son los datos referentes á 
la organización del comercio de Lima, porque al tratar de la calle 
de Mercaderes y de todo el Girón que entonces se comprendía 
en ese nombre, y del puerto de Acapulco, que era el centro de la 
contratación en el Sur de América, describe la manera de hacerse 
los tratos entre los comerciantes de Lima, con los usos que eran 
de práctica en el que después se llamó Tribunal de Consulado, el 
modo de embarcar las mercaderías, y otros datos muy interesantes 
sobre los extranjeros que se encontraban entonces en el virreina- 
to del Perú, pues, á pesar de las prohibiciones que la legislación 
de Indias contenía, resulta que en los tiempos en que residió allí 
este judío había en el Perú, no sólo representantes de todas las pro- 
vincias de España y regiones sometidas á España en Italia, sino 
también franceses, ingleses, alemanes, flamencos y algunos moris- 
cos, infringiendo la prohibición expresa contenida en la Recopila- 
ción de Indias. 

Se cierra la relación con una lista detallada de todas las merca- 
derías que se necesitaban en el Perú y que no se producían en él, 
por donde se puede formar cabal idea del comercio de importación 
de aquellos tiempos. 

Esta es, en breves líneas, la síntesis de mi trabajo. {Muy híen. 
Aplausos.) 

Quinta Memoria. — Un precursor del canal de Panamá. Rectifica- 
ción histórica, por D. Juan B. Sosa. 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Sosa para informar 
acerca de su Memoria. 



— 71 — 

El Sr. Sosa pronuncia breves frases que no se perciben clara- 
mente, informando sobre el contenido de su trabajo, encaminado á 
demostrar, por datos que se deducen de un interesante documento 
que ha encontrado en el Archivo de Indias, que el descubridor del 
río Chag-res no fué Fernando de Laserna, á quien pretenden atri- 
buirlo los americanos, sino el español Nicolás de Rivera. Al ter- 
minar su lectura fué aplaudido. 

Sexta y sétima Memorias.— La enseñanza de la Geografía en la 
Casa de Contratación y Examen del documento del Archivo de Indias 
atribuido á Alonso de Santa Cruz, por el Sr. D. Germán Latorre. 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Latorre para darnos 
las explicaciones que estime convenientes acerca de sus trabajos. 

El Sr. Latorre: He tenido el honor de presentar en este Congreso 
de Historia y Geografía Hispano-americanas estas dos Memorias, de 
las cuales una de ellas — la segunda en orden de lectura — no es 
nada más que la trascripción de un documento conservado en el 
Archivo viejo, sumamente curioso porque da la clave de muchos 
acontecimientos de la época de la conquista. Es atribuido á Alonso 
de Santa Cruz, cosmógrafo de S. M. el Emperador Carlos V. La 
otra se titula La enseñanza de la Geografía en la Casa de Contrata- 
ción. Me ha parecido oportuno presentar este trabajo aquí, porque 
precisamente en este lugar se daba la enseñanza de que me ocupo 
en mi trabajo. 

Hay un desconocimiento muy grande en todo cuanto se refiere 
á la Casa de Contratación, lo mismo en las obras de los escritores 
extranjeros que en las de los nacionales al tratar de este Centro, 
donde se formó toda aquella generación de descubridores y con- 
quistadores de las regiones de la América española. 

Es, por tanto, una pequeña labor de reivindicación histórica y 
geográfica la que hago en mi trabajo. Para ello lo divido en cuatro 
partes. 

La primera, preliminar, exclusivamente dedicada á dar á cono- 
cer el aspecto científico, tantas veces negado, que la obra de con- 
quista tenía. Basta ver alguna obra de las que aquí se dieron á co- 
nocer, para rectificar este lugar común que tanto ha corrido en el 
campo de la ciencia. Claro es que refiriéndonos á esta parte preli- 
minar, hablamos también de la ciudad de Sevilla, que tan brillan- 



tes manifestaciones científicas dio en todas las ramas del saber hu- 
mano durante los siglos xvi y xvii. 

En la segunda parte ya entramos en el estudio de la Casa de Con- 
tratación desde el aspecto científico. La Casa tenía dos aspectos: el 
económico, bastante tratado por los escritores que de estas materias 
se han ocupado, y el científico, menos tratado que el anterior, que 
es el que más nos interesa estudiar aquí. 

Efectivamente, el aspecto científico se refleja en ese Instituto 
geográfico aquí instalado, del cual salieron tan ilustres cosmógrafos 
y marinos, y acerca de su organización apenas creo que se ha ha- 
blado. 

Eespecto á este extremo, que es, digámoslo así, el punto capital 
de mi trabajo, lo divido en tres partes: una es la fundación, otra el 
funcionamiento y otra las vicisitudes históricas. 

La fundación de este Centro geográfico en Sevilla no fué la de 
una organización burocrática como las que ahora estamos acostum- 
brados á ver, en que nos encontramos sorprendidos el día menos 
pensado, viendo en la Gaceta aparecer en bloque toda una compli- 
cada organización cuya necesidad no existe. La organización aquí 
fué creándose á medida que las necesidades surgían, y se iba rec- 
tificando también conforme esas necesidades se rectificaban. 

Después de la fundación entro ya en el funcionamiento, estu- 
diando las diversas formas que ese funcionamiento tenía, y al tra- 
tar de esto hablo en primer lugar del local. Precisamente en este 
local era donde tenían lugar los exámenes. Primeramente se instaló 
en el Alcázar viejo, pero, al construir Herrera, por iniciativa del Rey 
Felipe II, este suntuoso edificio, se trasladó á él el Instituto. 

Después trato de los profesores. Estos eran dos Catedráticos cos- 
mógrafos, uno el verdadero profesor y el otro el que se llamaba fa- 
bricador de instrumentos. Es decir, aquél tenía á su cargo la parte 
teórica de la enseñanza, y este último la parte práctica. 

He de hacer la advertencia de que en la Casa de Contratación 
no sólo había estos cosmógrafos, sino que había también otros pro- 
fesores que enseñaban materias distintas, como arte militar; pero 
los profesores oficiales de este Instituto eran los dos que he citado 
antes. 

Aquí hablo, apoyándome en documentos hallados en el Archivo 



y en la Recopilación de Indias, de cómo estaban provistos estos car- 
gos y de cuáles eran sus obligaciones y derechos. 

A continuación entro en el examen de las clases y de sus ense- 
ñanzas. Las clases, y especialmente la del catedrático cosmógrafo, 
eran muy complejas, y en ellas se enseñaba, desde un punto de vista 
práctico, todo lo que de Geografía general se conocía en aquella 
época. 

El fabricador de instrumentos era el que suministraba el mate- 
rial científico con que el otro profesor había de dar sus explicacio- 
nes. Sigue una relación del material científico que aquí se fabricaba: 
cartas geográficas y náuticas, agujas de marear, cuadrantes,, relojes, 
astrolabios, ballestillas y todos los instrumentos necesarios para la 
navegación y conocidos en aquel entonces; todo ello con una escru- 
pulosidad tan grande, que se hacía frecuentemente un examen ó re- 
visión de los instrumentos de la Casa, para desechar los que estuvie- 
ran defectuosos y pudieran inducir á errores. Puede decirse que éste 
era un estanco de los instrumentos científicos de esta clase, porque 
la Casa de Contratación era la única que podía suministrarlos á los 
pilotos. 

Finalmente hablo de los exámenes, que precisamente se celebra- 
ban en este local. Los presidía un oficial de la Casa, el piloto mayor 
y componían con él el tribunal los dos catedráticos por orden de an- 
tigüedad, los diputados de la Universidad de Mareantes, y seis pilo- 
tos que eran elegidos en Sevilla para servir de testigos y con dere- 
cho á hacer tres preguntas á los examinandos. 

El examen se hacía previo juramento, cuya fórmula es muy cu- 
riosa, y después de este juramento tenía lugar una información re- 
lativa á toda la vida náutica anterior del que solicitaba examen, 
información que era, por decirlo así, la hoja de servicios de cada 
uno, en que constaba los viajes que habían hecho á las Indias y otros 
lugares. Estas hojas existen en el Archivo y constituyen una fuente 
inagotable de datos que puede decirse que está casi inexplorada. 

Después de la información comenzaba el examen, y luego se pro- 
cedía á la votación por medio del sistema llamado «del haba y el 
altramuz», porque se hacía mediante habas, que significaban votos 
en favor, y altramuces que indicaban votos en contra del exami- 
nando. 



Si resultaban más de las primeras que de los segundos, quedaba 
aprobado, y si sucedía lo contrario, era reprobado. Cuando el nú- 
mero de unas y otros era igual, era también reprobado el exami- 
nando. Acerca de este procedimiento se hicieron no pocas reclama- 
ciones. 

Después de estudiar detenidamente esa organización del aspecto 
científico de la Casa de Contratación, el Sr. Latorre terminó hablando 
de los resultados teóricos y prácticos de este Instituto, y leyendo las 
conclusiones de su trabajo. (Muy bien. Aplausos.) 

Esta segunda Memoria (la titulada Examen del documento del 
Archivo de Indias atribuido á Alonso de Santa Cruz), no es más que 
la trascripción de un documento titulado Instrucción general ó pa- 
recer sobre el modo de hacer descubrimientos en las Indias, que es 
muy interesante y viene á constituir como un complemento de la 
anterior. 

Podemos dividirlo en dos partes principales. Una contiene con- 
sejos á S. M. Imperial, para que las naves que iban á América se 
construyesen por cuenta del Estado y no fuese confiada su construc- 
ción á particulares, así como que los que las tripulaban fuesen oficia- 
les del Rey con preferencia á los navegantes particulares, para evi- 
tar el peligro de que éstos, por afán de lucro principalmente, come- 
tiesen con los indios abusos y expoliaciones. Con ello se trataba tam- 
bién de lograr el objeto de que los productos que se obtenían de las 
expediciones pasaran á enriquecer el Tesoro Real. 

La otra parte contiene instrucciones que se referían á lo que de- 
bían hacer los descubridores en sus viajes, consignadas en 18 reglas 
que son un compendio de Geografía física y política aplicable á la 
navegación. 

Repito que en este documento se hallan datos muy interesantes, 
que son complemento del anterior. (Muy bien. Aplausos.) 

El Sr. Presidente: Terminada la exposición de las Memorias 
presentadas, he de manifestar á los Sres. Congresistas que, según el 
Reglamento, todos los trabajos de que se ha dado cuenta quedarán 
sobre la Mesa á su disposición para que puedan examinarlos y ha- 
cer sobre ellos las observaciones que tengan por conveniente en la 
sesión que se celebrará el día 30. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 



El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. liodn'g-uez del Busto. 

El Sr, Rodríguez del Busto: Es para pedir que las Memorias que 
no se han leído pasen á una Comisión que se encargue de darnos 
cuenta de su contenido. (Varios señores interrumpen.) Yo siento 
molestar la atención del Congreso, y sobre todo la del Sr. Presiden- 
te, para insistir en que es indispensable que oralmente se nos dé 
cuenta de ellas con el fin de que á los Congresistas no se nos obli- 
gue á venir á estudiarlas, como será necesario si esa Comisión no 
se llegar á nombrar. 

Creo yo que mejor sería hacer el estudio de estos trabajos des- 
pués de leídos por sus autores, que es cuando está todavía fresco el 
recuerdo de lo que se acaba de decir. De otra manera, entiendo 
que esto no ha de tener fin práctico ninguno, ni llegaremos á nin- 
gún resultado positivo. 

Ningún Congresista va á estar estudiando de día y de noche 
haciendo el examen de las Memorias, y por eso pido que se someta 
esta cuestión á los Sres. Congresistas. Ahora bien, aun cuando el 
Reglamento se oponga á lo que yo pido, creo que no debemos suje- 
tarnos á él, ya que no ha previsto estos casos, y la Asamblea tiene 
facultades para reformar el Reglamento. 

El Sr. Presidente: La cuestión que acaba de plantear el Sr. Ro- 
dríguez del Busto es algo delicada, porque se refiere á la autori- 
dad que tiene el Congreso para modificar el Reglamento, y pre- 
tende que nosotros procedamos de manera distinta á lo que éste 
marca. 

El Sr. Rodríguez del Busto ya sabe que ha habido una sesión 
preparatoria, en la cual se han podido hacer las observaciones y 
modificaciones que se hayan estimado oportunas, y creo yo que 
después de aprobado el Reglamento, las Secciones no tienen más 
remedio que someterse á él. 

Por otra parte, opina el Sr. Rodríguez del Busto que es nece- 
saria una información oral sobre las Memorias, á lo cual yo he 
de contestarle que sus autores ya han dado idea de lo que aquéllas 
son, y después de esto no queda otra cosa sino que unos Sres. Con- 
gresistas hagan las observaciones que les parezcan oportunas so- 
bre su contenido, por la mera lectura que de sus extractos han 
oído, y otros por la lectura íntegra que podrán hacer de dichos 



— 76 — 

trabajos, puesto que aquí están á disposición suya durante cuaren- 
ta y ocho horas. Estos son los dos procedimientos que pueden adop- 
tar los Sres, Congresistas. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pues yo pido que este asunto se so- 
meta al acuerdo del Congreso, porque creo que se quedarán sin es- 
tudiar las Memorias si no se hace lo que he indicado. 

El Sr. Guevara: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Guevara: Quiero decir dos palabras para indicar que yo 
he venido en sazón oportuna para enterarme de las Memorias pre- 
sentadas que podían interesarme, que lo mismo pienso hacer ma- 
ñana, y que todos los demás Sres. Congresistas han podido hacerlo 
también, habiendo á mi juicio tiempo suficiente para hacernos 
cargo de ellas y preparar las objeciones que se nos ocurran para 
exponerlas en la sesión siguiente. 

Yo entiendo, pues, que como lo propuesto por el Sr. Rodríguez 
del Busto implicaría una revisión de acuerdos anteriormente adop- 
tados, para lo cual reglamentariamente no estamos autorizados, 
debe desestimarse, pues lo contrario sería infringir el Reglamento 
por que nos regimos y que nosotros mismos hemos sancionado. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Si se impone al autor de cada Me- 
moria la obligación de informar sobre ellas, ya no hay caso de in- 
sistir en lo que he dicho antes. 

Se entabló breve discusión entre varios Sres. Congresistas acerca 
de este punto, pronunciando algunas frases que no pudieron perci- 
birse claramente. 

El Sr. Suárez Inclán: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Suárez Inclán: Entiendo que no se puede imponer esa obli- 
gación á los autores de las Memorias. Estas se hallan á disposición 
de los Sres. Congresistas durante cuarenta y ocho horas, y me pa- 
rece que con esto hay margen bastante para que puedan estudiar- 
las y en la sesión de pasado mañana presenten las observaciones 
que estimen oportunas. 

Por lo tanto, no tenemos por qué volver de nuestro acuerdo, 



— 77 — 

pues eso sería opuesto al criterio que generalmente se sigue en esta 
clase de Asambleas. 

El Sr. Presidente: fiTiene la bondad el Sr. Rodríguez del Busto 
de concretar su proposición? 

El Sr. Rodríguez del Busto: Que si el autor de cada Memoria ha 
de volver á explicar en síntesis el contenido de ella, estoy confor- 
me, porque de otro modo, pasado mañana vendríamos aquí sin que 
recordáramos las explicaciones que ahora nos han dado. 

El Sr. Suárez Inclán: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Suárez Inclán: Insisto en que no se puede imponer esa 
obligación. 

Aquí tenemos un Reglamento á que nos hemos de sujetar, y por 
lo tanto no podemos introducir ninguna modificación en él. 

Esta es una Asamblea científica dedicada á ilustrar el juicio de 
las personas que se consagran á estos estudios. Procede, por tanto, 
que cada uno mantenga su parecer acerca de cuál pueda ser la ver- 
dad sobre determinados hechos; pero ¿qué tiene que ver esto con la 
teoría que sostiene el Sr. Rodríguez del Busto, de que esta Asam- 
blea tiene facultades para reformar el Reglamento, si, como he di- 
cho, es una Asamblea de carácter científico, y no de carácter legis- 
lativo? 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Yo pido que la Asamblea resuelva 
sobre este punto, y sigo manteniendo mi criterio. 

El Sr. Ayala: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Ayala: Suplico al Sr. Presidente que nos manifieste si el 
Reglamento con sujeción al cual nos hemos constituido está vigente. 
Si se halla vigente, estamos obligados á respetarlo y acatarlo, por- 
que el mero hecho de estar sentados aquí implica nuestra aproba- 
ción áél. Por el contrario, si esto no es reglamentario, no debe dis- 
cutirse. 

El Sr. Presidente: Tan vigente considero el Reglamento, que si 
el Congreso acordara una cosa contraria á él, yo dejaría inmedia- 
tamente de ocupar la presidencia de esta Sección; pero si dentro de 



— 7« — 

él, y con el acuerdo de los Sres. Congresistas, cabe alguna modifi- 
cación, alguna interpretación que no altere en lo esencial el sentido 
ó espíritu del precepto reglamentario, yo por mi parte no tengo 
inconveniente en que así se haga. 

El Sr. Ayala: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Ayala: Xo quiero que se vea en mis palabras el menor 
deseo de molestia; pero creo que aquí hay un error y que se preten- 
de confundir esta sesión con la de pasado mañana. 

Según el Reglamento, en esta sesión se expondrán las Memo- 
rias que han desarrollado los Sres. Congresistas, informando sobre 
ellas en cinco minutos, y en la sesión de pasado mañana, después 
que los Sres. Congresistas hayan hecho el estudio detenido de las 
mismas, será cuando se podrá discutir cuanto se quiera. Ya no se 
pone límite ninguno para que todos hablen; pero esta discusión de 
ahora no está dentro del Reglamento. (Aplausos.) 

El Sr. Duque de Amalfi: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Duque de Amalfi. 

El Sr. Duque de Amalfi: Yo creo que mi querido amigo el señor 
Rodríguez del Busto padece una verdadera obsesión, porque aun 
suponiendo que la Asamblea tuviera facultades para reformar el 
Reglamento, y pasado mañana se nos diese una explicación verbal 
por los autores de las Memorias sobre los temas tratados en ellas, 
esta explicación, por amplia que fuera, sería muy insignificante 
para que cualquier Sr. Congresista pudiera impugnar de una ma- 
nera contundente y lógica ninguna de las conclusiones contenidas 
en dichos trabajos. Por consiguiente, yo entiendo que si el Sr. Ro- 
dríguez del Busto ó cualquier otro Sr. Congresista quieren impug- 
nar una Memoria, es necesario que se compenetren del espíritu con 
que se encuentran redactadas, leyéndolas detenidamente y toman- 
do los apuntes y notas precisos que hayan de servir para la impug- 
nación de sus puntos. 

Por lo tanto, si el Sr. Rodríguez del Busto al hablar así preten- 
de facilitar el trabajo, creo que padece lamentable error, y los se- 
ñores Congresistas no me parece que estarán dispuestos á soportar 
una segunda lectura délas Memorias. 

Es cuanto tengo que decir. (Muestras de aprobación.) 



— 79 — 

El Sr. Rodríguez del Busto: En vista de estas manifestaciones de 
aplauso alas palabras del Sr. Duque de Amalñ, no insisto en mi 
petición, y siento haber molestado con ella la atención del Congre- 
so. (Varios Sres. Congresistas: No; nada de eso.) 

El Sr. Presidente: Queda terminado este incidente. 

El Secretario Sr. Silva da lectura al siguiente telegrama que un 
señor que firma con el seudónimo de «Columbia» ha enviado des- 
de Madrid: «Fervorosa adhesión y respetuoso saludo, ansiando que 
á la hora en que, engrandeciéndonos, honramos descubridores His- 
toria patria común, el cielo bendiga concordia, grandeza y brillan- 
te porvenir de Hispano-América.» 

El mismo Sr. Secretario da cuenta de la siguiente invitación, 
que es acogida con aplausos: 

«Entre los recuerdos altamente gloriosos para Sevilla que trae á 
la memoria la celebración del actual Congreso Hispano- Americano, 
cabe parte muy notable á nuestra insigne Basílica, que ostenta el 
título de Patriarcal, aparte de otros motivos, por haber sido madre 
de otras iglesias, contándose entre ellas gran número de las eri- 
gidas en el Nuevo Mundo, á las que comunicó sus usos y costum- 
bres litúrgicas. Como una de sus más preciadas joyas guarda en 
suntuosa capilla la imagen veneranda de Nuestra Señora la An- 
tigua, ante la cual se postraron los valerosos caudillos de aquellas 
expediciones que llevaron la civilización al suelo americano y que 
bajo su amparo realizaron épicas conquistas. Colón le dedicó capi- 
lla en Santo Domingo, siendo providencial que al cabo de siglos 
descansen hoy sus restos bajo las bóvedas de nuestra Catedral, muy 
cerca de la Imagen por él tan venerada, cumpliéndose así sus de- 
seos de ser sepultado en la mencionada capilla, como lo consignó 
su hijo D. Diego en su testamento; y á ejemplo del Almirante, otros 
ilustres descubridores dedicaron á esta histórica advocación pue- 
blos é iglesias, entre ellos el insigne Vasco Núñez de Balboa, en 
cuyo honor se celebra el presente Centenario. 

Movido por estas razones, el Cabildo Metropolitano estima de su 
deber, no sólo adherirse como todo buen español al pensamiento 
nobilísimo que inspira los actos de esa ilustre Asamblea, sino tam- 
bién festejar de algún modo á la excelsa Madre de Dios en esta su 
Imagen, cuyo nombre va tan asociado al descubrimiento de Amé- 



— 80 — 

rica y es elocuente expresión de los sentimientos patrióticos y reli- 
giosos que tan vivamente se compenetraron en el espíritu del pue- 
blo español para su obra civilizadora en el Nuevo Mundo. A este 
intento tiene acordada la celebración de una misa solemne en la 
expresada capilla de nuestra Santa Iglesia el viernes 1.° de Mayo 
á las diez, y, una vez terminada, se cantarán las Letanías de Nues- 
tra Señora. 

Esta Corporación se honra invitando para dicho acto á los seño- 
res Congresistas, y ruega á V. E., como digno Presidente de la Asam- 
blea, que tenga la bondad de comunicarlo así á los señores socios. 

Al cumplir este acuerdo en nombre del Cabildo, me complazco 
en significar á V. E. el testimonio de mi más distinguida conside- 
ración. Dios guarde, etc. — Luciano Eivas,Deán. — Excmo. Sr. , etc.» 

El Sr. Presidente: Ruego, pues, á los Sres. Congresistas se sir- 
van asistir á esta solemnidad, y además se nombrará una comisión 
para que concurra, con carácter oficial, en representación del Con- 
greso. 

Así se acuerda. 

El Sr. Pallares y Arteta: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Pallares y Arteta: Desearía de la bondad del Sr. Presi- 
dente que se dignara decirnos si se trasmitió á S. M. el Rey el te- 
legrama que acordó el Congreso dirigirle de acuerdo con mi pro- 
puesta en la sesión anterior, y si se ha recibido ya alguna respuesta. 

El Sr. Presidente: Se trasmitió á S. M. el Rey oportunamente 
el telegrama propuesto en la sesión anterior, dirigido al Jefe Su- 
perior de Palacio; supongo que de un momento á otro se recibirá 
contestación. 

El Sr. Larrea: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Larrea: Yo propongo que la Sección de Geografía dé un 
voto de aplauso á los' organizadores de la Exposición geográfica 
que todos hemos admirado. (Muy hien. Aplausos.) 

Así se acuerda. 

El Sr. Más: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Más: Yo creo que debemos expedir un telegrama de fe- 



— 81 — 

licitación al Sr. Presidente de la Sociedad Geográfica y demás So- 
ciedades hermanas. 

El Sr. Navas: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Navas: Teng-o que dar las gracias al Congreso, ya que mi 
digno jefe no se encuentra en el local, por el voto que á petición 
del Sr. Larrea ha otorgado á los organizadores de la Exposición. 
En ella hemos puesto nada más que toda nuestra voluntad. Tendrá 
grandes deficiencias, pero éstas no obedecen, aparte de nuestra in- 
suficiencia, más que á la premura del tiempo en que la hemos teni- 
do que organizar. 

El Sr. Larrea: Pido que este voto de aplauso se haga extensivo 
á los Cuerpos de Estado Mayor del Ejército y de Ingenieros, que 
con tanta generosidad han prestado sus valiosos elementos para el 
mayor lucimiento de esta Exposición. (Aplausos.) 

Así se acuerda por unanimidad. 

El Sr. Presidente: Estos votos de aplauso no pueden ser más jus- 
tos, porque la Exposición es de lo mejor que se ha visto en España 
y fuera de España: no es posible realizar una Exposición como ésta 
más que en el Archivo de Indias. 

En cuanto á la proposición que ha hecho el Sr. Más, me permi- 
tiría agregar que la felicitación debe dirigirse, no solamente al se- 
ñor General Azcárraga, Presidente de la Real Sociedad Geográfica 
de Madrid, sino también al Sr. Rodríguez San Pedro, Presidente de 
la Unión Ibero- Americana. 

Así se acuerda por unanimidad, levantándose la sesión á las 
doce del día. 



SEGUNDA SESIÓN 

CELEBRADA POR LA 

SECCIÓN DE HISTORIA 
EL DÍA 29 DE ABRIL DE 1914 



Abierta la sesión á las diez y media de la mañana, dijo 

El Sr. Presidente: Antes de dar comienzo á esta sesión, tengo que 
poner en conocimiento de los Sres. Congresistas presentes, que el Co- 
mité ejecutivo del IV Centenario del descubrimiento del Pacífico 
por Vasco Núñez de Balboa, ha adoptado el acuerdo de obsequiar- 
nos á todos en el día de mañana con un almuerzo en la Venta Eri- 
taña, y en nombre de dicho Comité ruego á todos los Sres, Congre- 
sistas que se sirvan pasar por la Secretaría general del Congreso, 
para que se tome nota de sus nombres á fin de organizar debida- 
mente el agasajo proyectado. 

El Sr. Meany: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Meany: Sres. Congresistas: El punto de que voy á tratar 
acaso debiera exponerse en la sesión de clausura; pero como no voy 
á poder tener el honor de asistir á ella, me permito rogaros que me 
autoricéis para hacerlo en la presente. 

Creo firmemente, y no temo equivocarme, que el deseo de todos 
mis ilustres colegas es que los Congresos de esta clase se celebren 
con alguna frecuencia, es decir, que no sea este que ahora celebra- 
mos como un punto aislado en el conjunto de fiestas organizadas 
para conmemorar el Centenario del descubrimiento del Pacífico, 



sino qae se repitan con frecuencia; cada dos ó tres años, por ejem- 
plo, no sólo en España, sino en las diversas Repúblicas americanas, 
y no solamente con el objeto de enriquecer las investigaciones his- 
tóricas referentes á aquellos pueblos, sino para fortalecer los víncu- 
los que á todos los unen. 

Las antiguas colonias españolas son, sin duda, una firme base 
en que asentar el rico tesoro de nuestra historia, pues no hay que 
olvidar que en muchas Repúblicas americanas tenemos archivos de 
gran valor que pueden servir para investigar, no sólo la historia, 
sino la prehistoria de aquellos países, que hasta ahora no se ha 
investigado por ningún Congreso, y quizá por muy pocos particu- 
lares. 

Por consiguiente, yo me permito proponer al Congreso que el ac- 
tual se denomine Primer Congreso de Geografía é Historia His- 
PANO-AMERiCANAS, y quc el segundo se celebre donde este primero 
acuerde. Hay quien pretende, y yo lo aplaudo, que el segundo se 
celebre simultáneamente con la Exposición que tendrá lugar en Se- 
villa en 1916; pero yo pretendo, además, que se fije y determine 
que esos Congresos han de celebrarse, como un deber ú obligación, 
en todas las Repúblicas de América, ó por lo menos en aquellas que 
cuenten con valiosos elementos históricos, no sólo por los documen- 
tos que guardan en sus archivos, sino por los grandes tesoros de sus 
antigüedades, en lugares como mi país, donde tenéis ciudades como 
la antigua Guatemala, hoy convertida en ruinas, que tienen gran 
valor histórico y hablan con gran elocuencia á los aficionados á es- 
tos estudios. (May bien. Aplausos.) 
El Sr. Candau: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Candau: Ya el Sr. Meany ha expuesto claramente el ob- 
jeto que me guiaba al pedir la palabra, que no era ciertamente opo- 
nerme á la justa proposición por él presentada. Creo con dicho se- 
ñor que este Congreso no debe ser considerado meramente como 
una parte de las solemnidades con que se celebra el IV Centenario 
del descubrimiento del Pacífico, sino como solemnidad científica 
que debe repetirse periódicamente en distintas localidades. Por con- 
siguiente, yo aplaudo y me adhiero ala proposición de dicho señor, 
en virtud de la cual el Congreso es el llamado á decidir respecto á 



— 84 — 

que el segundo y los sucesivos vayan celebrándose en distintas ciu- 
dades, principalmente en las Repúblicas hispano-americanas. 

Ahora bien, este primer Congreso se ha celebrado en circunstan- 
cias que han determinado un positivo éxito, y no sólo por la impoi-- 
tancia de las Memorias presentadas ni por los asuntos en ellas trata- 
dos, ni tampoco por las personalidades ilustres que han concurrido, 
sino también (y ya lo ha dicho en otra ocasión mi ilustre jefe y com- 
pañero que aquí nos preside) por haberse celebrado en Sevilla, en 
razón no solamente á la gran riqueza que nos ofrece en cuanto se 
refiere á la historia colonial de España, sino al espléndido marco 
con que ha rodeado este Congreso. En otras ciudades podrá ser que 
concurran circunstancias que hagan que estos Congresos obtengan 
un éxito brillante, por lo afectuoso de la acogida que hagan á les 
Congresistas; pero aquí en Sevilla se ofrecen también grandes ele- 
mentos que coadyuvan poderosamente al buen éxito de estas solem- 
nidades. 

Sevilla, colocada á la cabeza del movimiento de atracción 
iniciado entre España y las Repúblicas americanas, va á realizar 
en 1916 un gran esfuerzo y va á llamarlas para que concurran á un 
certamen en el cual cifra todas sus esperanzas. Este esfuerzo va á 
consistir en la Exposisión Hispano-americana, cuyos trabajos están 
ya muy adelantados. Acaso todos habréis visitado esos jardines que 
son el centro alrededor del cual se establecerán todas las instalacio- 
nes y habréis visto también los palacios que están en construcción, 
donde serán acumulados los tesoros de arte y las manifestaciones de 
actividad que hemos de ofrecer á la consideración de las que fueron 
nuestras colonias, y estamos presenciando el entusiasmo que en to- 
das partes reina por ver realizado tal proyecto. 

Ahora bien, esta Exposición va á tener como nota distintiva y 
característica el lugar preferente que en ella se va á dar á las mani- 
festaciones de la cultura. Para avalorar esta nota nada mejor que 
un Congreso, y ninguno mejor que este de Geografía é Historia His- 
pano-americanas. 

Yo, aunque soy el último y más modesto de los elementos que 
intervinieron en la preparación de este Certamen, desde el primer 
momento he estado firme en la idea de invitar á todos cuantos toman 
parte en este Congreso para que en el año 16, con motivo de la gran 



— 85 — 

Exposición tantas veces referida, primera de esta índole que lia de 
celebrarse en España, se repita este Congreso, pues si éste ha obte- 
nido un gran éxito con los escasos elementos que deprisa se han po- 
dido reunir, todos podéis ñguraros el que ha de obtenerse si se repite 
en esa fecha, cuando Sevilla ofrezca para ello, no sólo los tesoros de 
sus archivos, que todos conocéis, sino ese marco espléndido de la 
Exposición. 

Por consiguiente, yo acepto la proposición del Sr. Meany, pero 
la modifico y amplío en esta forma: pido que ahora se acuerde esta- 
blecer una serie de Congresos de Historia y Geografía Hispano-ame- 
ricanas, de la cual éste sea el primero, y que el segundo se reúna 
en Sevilla, en virtud de las circunstancias especiales que aquí van 
á concurrir en el año 1916 con motivo de la gran Exposición pro- 
yectada para entonces, y que después, sucesivamente, se establez- 
ca para los siguientes el turno que en cada uno de ellos se vaya 
determinando, pero cuidando de alternar de modo que uno se cele- 
bre en América y otro en España. 

En atención, pues, á las consideraciones expuestas, y sobre todo 
y principalmente por el interés que tanto españoles como america- 
nos debemos tener en dar el mayor esplendor posible á la Exposi- 
ción en proyecto, pido al Congreso que tome en consideración y 
apruebe la proposición de que se trata, y no sólo hago esta petición 
en mi propio nombre, sino que también me permito hacerla arro- 
gándome para ello la representación de un gran núcleo de elemen- 
tos intelectuales de Sevilla. [May bien. Aplausos.) 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Señores: yo entiendo que este asun- 
to no está comprendido entre los que deben tratarse en esta Sec- 
ción, y que por lo tanto debemos entrar desde luego en la labor 
propia de ella. 

El Sr. Meany: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Meany: Yo creo que no debemos acoger este punto con 
frialdad, porque entraña la vida de este Congreso, y es acaso el 
punto más interesante del mismo. Yo no pretendo determinar la fe- 
cha ni el sitio para celebrar el II Congreso. Lo que deseo es que se 



— 8G — 

acuerde que éste es el I Congreso de Historia y Geografía Hispano- 
americanas, y que se seguirán celebrando periódicamente y por 
turno, tanto en España como en las Repúblicas americanas. Como 
sabe y ha dicho muy bien el Sr. Candau , si el segundo se celebra en 
Sevilla será porque la Exposición, como es lógico, ha de ser visitada 
por los grandes pensadores y artistas americanos, y, por consiguien- 
te, ninguna ocasión mejor ni más propicia para que tenga un brillan- 
te resultado; pero yo deseo que se tome en cuenta mi moción, para 
lo cual propongo que una Comisión, compuesta de corto número de 
individuos, formule el acuerdo que el Congreso haya de adoptar. 

El Sr. Presidente: Me voy á permitir decir dos palabras sobre 
este asunto. La proposición del Sr. Meany ha sido acogida con la 
aprobación y el aplauso unánime de todos nosotros. El Sr. Candau, 
lejos de oponerse con sus palabras á la proposición del Sr. Meany, 
ha tendido á armonizarla con el natural interés de Sevilla de 
aumentar, con la celebración de un segundo Congreso de esta cla- 
se, el lucimiento de la gran Exposición proyectada para 1916, inte- 
rés que seguramente ha de sernos disculpado á nosotros los sevilla- 
nos, que tan empeñados estaraos en esa magna empresa, quizás su- 
perior á nuestras fuerzas. 

Conformes en lo principal, que este Congreso no sea una nota 
aislada de este Centenario, sino que sea el principio de una serie de 
reuniones de hombres de saber para que vengan contribuyendo de 
continuo y periódicamente al esclarecimiento de la historia de nues- 
tra raza, tan interesante; y partiendo de esto, el acuerdo lo encuen- 
tro sencillísimo, y lo formulo en estas palabras: Esta Sección de 
Historia, aceptando la propuesta del Sr. Meany, ha de llevar á la 
sesión de clausura, ó sea á la Mesa directiva del Congreso, esta pro- 
posición, acogida aquí con entusiasmo y por unanimidad. Y añado 
el ruego, como complemento de ella, de que á ser posible y no ha- 
ber dificultades en la Comisión organizadora, se acuerde que sea en 
Sevilla, en 1916, la segunda reunión de este Congreso. Con esto se 
verán satisfechos nuestros deseos, que creo que todos los presentes 
acogerán con agrado, (Muy bien. Aplausos.) 

El Sr. Candau: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Candau: Ya que se está tratando de este asunto, quiero 



hacer una proposición relacionada con él. Como todos los presentes 
han visto, se ha instalado una magnífica Exposición de documentos 
en el Archivo de Indias, y sería conveniente que el Congreso, si así 
lo estima oportuno, acordara que se añadiera á la proposición que 
hemos aceptado la siguiente: El Congreso manifiesta el deseo de que 
esta Exposición quede abierta, tal como se encuentra actualmente, 
hasta el momento en que se celebre el II Congreso (claro que con 
la anuencia de las entidades y corporaciones que también han en- 
viado algunos de esos documentos), ó sea hasta el año 1916. 

El Sr. Presidente: Perfectamente. Ya veremos la mejor manera 
de realizar lo propuesto por el Sr. Candan. 

El Sr. Meany: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Meany: He pedido la palabra sencillamente para preguntar 
á la Mesa si esta Sección puede tomar acuerdos sobre ese particular. 

El Sr. Presidente: La Sección puede decidir elevar á la Mesa del 
Congreso, en la sesión de clausura, estos acuerdos parciales, para 
que sean allí objeto de un acuerdo del Congreso en pleno, porque 
realmente aquí no somos más que una Sección ó parte de él. 

El Sr. Jijón Caamaño: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Jijón Caamaño: Deseo hacer presente que hay una insti- 
tución que se reúne cada dos años, el Congreso de Americanistas, 
que lleva celebradas más de veinte reuniones. Según su reglamen- 
to, debe reunirse una vez en Europa y otra en América. La próxi- 
ma debe tener lugar en Washington, y la siguiente en La Paz, de 
Bolivia, La siguiente á esas deberá celebrarse en España dentro de 
dos años. Lo más sencillo y natural, á mi juicio, sería que, en lu- 
gar de crear una nueva serie de Congresos americanos, se invite á 
los organizadores á que aquél se celebre en Sevilla, con lo cual, sin 
crear mi nuevo organismo, ya que existe otro con el mismo fin, se 
conseguiría el objeto propuesto. 

El Sr. Meany: Pido que se tome en consideración lo dicho por el 
Sr. Jijón Caamaño. 

El Sr. Presidente: La indicación del Sr. Jijón Caamaño, si á los 
Sres. Congresistas les parece bien, se agregará á la proposición 
aprobada, pero dejando subsistente lo principal de ella. 



Y antes de entrar, señores, en la materia propia de la sesión de 
hoy, debo manifestar que después de levantada la primera sesión, 
ó sea anteayer, se presentó el Sr. Amérigo Lugo con una Memoria 
que tenía preparada para someterla á la consideración del Congre- 
so, y que por desconocimiento de la organización que se había dado 
á las oficinas del mismo no supo dónde debía entregarla, ni tuvo 
noticia oportunamente de la fecha de la sesión inaugural. Llegó 
tarde, en una palabra, y yo creo que, no solamente por deber de 
cortesía, sino también en interés del Congreso, debemos así como 
retrotraer los hechos y considerar que nos hallamos ahora al final 
de la primera sesión y no al comienzo de la segunda. 

El Sr. Amérigo Lugo tiene la palabra para explicar su Memoria, 
que se refiere á la historia de Santo Domingo. 

El Sr. Amérigo Lugo leyó una breve explicación de su Memoria, 
que fué muy aplaudida. 

El Sr. Presidente: Para empezar ya el trabajo de hoy, el Sr. Se- 
cretario dará lectura del acta de la sesión anterior. 
El Sr. Secretario lee el acta. 
El Sr. Presidente: ^;Se aprueba el acta? 
El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra sobre el acta. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Como ni en el acta ni en la prensa 
aparece la cuestión de principios que yo he sostenido, quiero decir 
dos palabras para que conste en esta forma: he sostenido que esta 
Asamblea puede reformar su Reglamento. Esta es mi tesis, perfec- 
tamente comprendida por los Presidentes de ambas Secciones, uno 
de los cuales dijo que no admitía la cuestión, y el otro añadió que 
dejaría la presidencia si se acordaba lo que propuse. 

Lo incidental es si se deben discutir las Memorias en el acto de 
leerlas ó si deben pasar á una Comisión para que informe sobre 
ellas, y sobre esos informes fundamentar la discusión. 
El Sr. Presidente: Eso es lo que dice el acta. 
El Sr. Rodríguez del Busto: En el acta no consta que yo dijera 
esto que he dicho ahora. 

El Sr. Presidente: Ruego á SS. SS. que me permitan hacerme 
cargo de lo dicho por el Sr. Rodríguez del Busto. 

No es de extrañar que no aparezca en el acta lo propuesto por 



— 89 — 

S. S., porque como su proposición no fué apoyada por nadie y el 
acuerdo de una y otra Sección fué conforme á las indicaciones de 
sus respectivos Presidentes, me parecía que era más bien plausible 
que censurable no ocuparse en el acta de ese pormenor. 

fíQuiere S. S., en uso de su perfecto derecho, que conste? Pues si 
la Sección es de ese parecer se pondrá en el acta lo que dijo; pero 
se hará constar también que fué rechazado por la Presidencia y que 
por excitaciones repetidas de los señores presentes se acordó que 
habíamos de atenernos al Reglamento, sin conceder á estas Seccio- 
nes autoridad ni facultades para introducir en él modificaciones, 
porque éste fué el resultado de aquella larga discusión. (Muestras 
de aprobación.) 

El Sr. Larrea: Á mí me parece que no puede figurar en el acta 
una moción que no ha tenido ningún apoyo. 

El Sr. Presidente: Con ese pensamiento estamos identificados. 
Es un hecho de que no podemos desentendernos, que una proposi- 
ción presentada y rechazada no tiene más que dos términos: ó se 
retira en el acto ó se consigna que fué absolutamente rechazada por 
el Congreso. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Bueno; pues yo lo que quiero es que 
conste. 

El Sr. Presidente: Es que yo tengo que explicar por qué, con co- 
nocimiento de causa, hemos quitado del acta lo que el Sr. Rodríguez 
del Busto desea que conste en ella. 
El Sr. Sosa: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Sosa: Entiendo que debieran constar en el acta los nom- 
bres de los delegados asistentes, siguiendo la práctica establecida 
en esta clase de Congresos. 

El Sr. Presidente: Como en el acta se incluye una lista de todos 
los Congresistas presentes, en esa lista se adicionará al nombre de 
cada uno el carácter con que concurren al Congreso. Queda, por 
tanto, completamente satisfecho el deseo del Sr. Sosa. 

Y creo que ya no tendremos nada más que hablar acerca del 
acta. 

Queda aprobada el acta. 

El Sr. Presidente: Convencidos todos de que debemos atenernos 



— 90 — 

al Reglamento, éste dice, con referencia al segundo día de nuestra 
reunión: «Observaciones ó aclaraciones que hagan ó pidan los Con- 
gresistas sobre los trabajos históricos presentados. Según fuera el 
número de éstos, la Mesa determinará y hará saber antes de empe- 
zar la sesión el tiempo concedido para las observaciones y para la 
rectiticación ó aclaración que quiera hacer el autor. Tanto éste 
como los demás Congresistas que traten del asunto pueden dejar á 
la Mesa nota escrita, que en su día se insertará en los tomos de ac- 
tas, en la extensión y forma que acuerde la Comisión correspon- 
diente.» 

Tan claro es el precepto, que yo ofendería la ilustración de los 
Sres. Congresistas si intentara precisarlo más; pero como hay aquí 
una facultad concedida á la Mesa, los que pertenecemos á ella, me- 
nos este dignísimo Sr, Vicepresidente (alude al Sr. Guevara), con- 
vinimos en principio en que el plazo de tiempo que se concediera 
para hacer las observaciones á aquellas Memorias que fueran objeto 
de elhis, fuese de diez á quince minutos, y otro próximamente de 
diez á doce para las contestaciones de los autores de las mismas. 

Este ha sido el acuerdo de la Mesa, y yo ruego á los Sres. Con- 
gresistas (porque aquí, más que la imposición de preceptos y man- 
datos, ha de imperar siempre en nuestras relaciones la mutua con- 
sideración y lo que podemos llamar respeto mutuo) que no opongan 
á ello dificultad alguna, y los que vayan á hacer uso de la palabra 
en esta discusión se atengan á este acuerdo de la Mesa. 

Pónese á discusión la primera Memoria, Trato de España con 
los indios de América, del Sr. Camacho. 

El Sr. Presidente: ¿Quiere algún Sr. Congresista hacer alguna 
observación acerca de esta Memoria? 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S, 

El Sr. Rodríguez del Busto: Se trata en esta Memoria de las prác- 
ticas observadas por España en su gestión para civilizar á los in- 
dios. Si está presente el autor, quisiera que me dijera si es de esto 
de lo que trata la Memoria. Creo no estar equivocado al considerar 
que se refiere á lo dicho. 

El Sr. Presidente: Su Señoría está en el uso de la palabra, y 
mientras no termine sus observaciones, yo ruego al Sr. Camacho 



— 91 — 

que no le interrumpa^ sino que se hag-a cargo en conjunto de las 
observaciones del Sr, Rodríguez del Busto, y también en conjunto 
le conteste cuando concluya de exponerlas. 

El Sr. Rodríguez del Busto: La Memoria cita las disposiciones 
que figuran en las leyes de Indias, y es indudable que este cuerpo 
de doctrina no tiene ni tuvo rival en su época; por el contrario, lia 
sido copiado por las demás naciones civilizadoras. Ahora bien, las 
objeciones americanas á este respecto no van hacia las leyes de In- 
dias ni hacia las disposiciones dictadas por los Austrias, que han 
sido más liberales en América que en España y que han restringido 
con frecuencia las libertades de nuestra patria, y en cambio no lo 
han hecho así con respecto á las Indias. De modo que el gobierno 
de los Austrias en América no merece sino aplausos de mi parte. 

Esas censuras y esas objeciones van hacia las prácticas obser- 
vadas por los delegados de España y por los que han sido los con- 
quistadores y civilizadores de ese Continente y no se las puede con- 
testar con negativas rotundas, sino que es necesario razonar sobre 
ellas. No podemos decir que no se mataba ni se asesinaba, porque 
todo eso se hacía, no sólo con los indios, sino por los mismos espa- 
ñoles entre sí; todo eso se hacía y se hace por las naciones que pa- 
san por civilizadas. 

Esa es la única disculpa que yo encuentro puede tener la nación 
española; pero al tratar yo de darme cuenta de la Memoria del 
Sr. Camacho, he visto que hay otra cuestión que tocar, y es la si- 
guiente: ¿Se puede imputar á una nación el título de traidora y de 
asesina, como se lo han aplicado á la nuestra, porque sus hijos, sin 
autorización ninguna y contrariando las leyes, hayan asesinado? 

Para que no se dude de que se ha asesinado, yo puedo citar el 
caso de Pizarro y de sus subalternos con los indios que acompaña- 
ban á Atahualpa, del cual se han ocupado, y así lo cuentan, no sólo 
los autores americanos, sino también los europeos. 

Todo ello demuestra que las leyes dictadas por España fueron 
inmejorables, pero no han sido practicadas. 

El año 1898 ya se discutió este punto en un país tan afecto á 
España como la República Argentina con ocasión de un Congreso 
que allí se celebraba, compuesto de 540 miembros, y yo entonces 
sostuve estas mismas ideas. 



— 92 — 

Para terminar voy á sentar la afirmación de que en definitiva 
los delitos que cometa un español, ya sea como particular ó como 
empleado público, no atañen, no manchan al Gobierno español ni 
á la Patria española. 

He dicho. {Muy bien.) 

El Sr. Camacho: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Camacho. 

El Sr. Camacho: Voy á contestar á los argumentos del Sr. Ro- 
dríguez del Busto, á quien he oído con gran complacencia. En pri- 
mer lugar, ha venido á confirmar lo dicho tanto en mi trabajo 
como en las palabras que pronuncié aquí en la sesión anterior. 

No se trata de discutir ni de negar los hechos que hayan podido 
realizarse en América; eso es indudable, por más que yo estimo 
que siempre se ha exagerado mucho en esas relaciones hechas por 
los narradores apasionados. Es cierto que allí se cometieron delitos 
por particulares y autoridades; pero, señores, ¿no acusan las esta- 
dísticas criminales de todos los países que existen ladrones y asesi- 
nos autores de delitos que siempre se castigan? Y si esto es así, ¿se 
va á acusar á la nación de traidora, de asesina y de ladrona? No, 
eso no; la honra de la nación debe quedar á salvo. Por esa razón 
creo yo que es necesario fijar bien los límites de la controversia. 

Dejemos á un lado las acusaciones por delitos particulares co- 
metidos contra individuos determinados, sea cualquiera su carác- 
ter, porque yo sostengo y pruebo que España no puede ser respon- 
sable de esos actos particulares. Creo que en este punto estamos 
conformes S. S. y yo. 

Para que el Congreso pueda establecer esas diferencias voy á 
exponer un ejemplo que me conviene que quede bien consignado 
aquí: supongamos que en América, muchos individuos mercaderes 
sin conciencia se dedican á fomentar la embriaguez con vinos que 
carecen de todas las condiciones debidas y que pueden ocasionar 
daños al que los bebe. Pues bien, si la nación española, al tener 
conocimiento de ese fraude dicta una ley por la cual prohibe la 
importación de esos vinos en América, salva con ella su responsa- 
bilidad. Después, podrán seguir vendiéndose, podrá seguir habien- 
do un contrabando, pero la nación ya ha procurado evitarlo cor- 
tando tales abusos; la nación española sería acaso culpable si ocu- 



— 93 — 

rriera con ella lo que ocurre en otros países en que se protege el 
comercio del opio aun á riesgo de que se degeneren las razas {Muy 
bien) que antes eran fuertes y poderosas, y hoy se encuentran de- 
pauperadas. 

Hay otro ejemplo, cual es el de que indudablemente existieron 
en América muchos individuos representantes ó funcionarios de Es- 
paña que, faltando á la lealtad debida á los indios, se olvidaron de 
las promesas que les habían hecho y de las palabras que les habían 
dado, hasta que al tener conocimiento de ello la nación española 
dictó todas aquellas loj^es, bondadosas y sabias; pero aquí no se 
trata sólo de leyes como ha creído el Sr. Rodríguez del Busto, porque 
aun cuando fueron muy importantes las dictadas para las Indias, 
existe también gran número de documentos, inéditos unos y otros, 
que se conservan en el Archivo de Indias, y que tienen tanta eficacia 
ó más que las leyes, porque éstas tienen un carácter general para 
que todos las conozcan, mientras que las Keales cédulas, las Cartas 
y las Instrucciones — reservadas algunas de ellas — que se dirigieron 
á las autoridades de América, no se puede dudar de que se dicta- 
ron con el verdadero deseo de que se cumplieran. 

Anteayer leí una instrucción dictada á principios del siglo xvi 
en la que se dice que «la principal cosa que habéis de procurar es 
no consentir que ni por vosotros ni por otra persona » (Leyó.) 

Es decir, que España trató de inculcar á los delegados suyos que 
la primera obligación que tenían era la de cumplir lo que habían 
ofrecido, y que si no lo podían cumplir no lo ofrecieran. De modo 
que desde el momento en que dictó esas disposiciones con carácter 
reservado dirigidas á las autoridades, no debe ser responsable de 
las perfidias y faltas de lealtad que se cometían. Lo sería si ocu- 
rriera como en otros países, pues refiriéndose Macaulay á Lord 
Bray, dice que «su conducta está explicada por la manera de con- 
siderar la política de Oriente » 

Habla después de infinitas perfidias, fraudes, perjurios cometi- 
dos en esos países, y dice por último, que, como se advierte, no fué 
sólo un acto particular, sino que la nación procuró enaltecer y ele- 
var á ese General á quien se le rindió tributo en la Cámara de los 
Comunes, diciendo nada menos que era un General formado por 
Dios mismo, al paso que de la nación se dice que granjeaba algo 



— 94 — 

menoscabando y hollando la fe pública. Pues bien, en oposición á 
esos actos censurables veamos lo que hizo España: imponer á sus 
autoridades la obligación de que cumpliesen religiosamente lo que 
hubieren ofrecido. 

Yo he presentado pruebas, en mi concepto irrecusables, de que 
en distintas ocasiones y con distintos Monarcas los Gobiernos han 
dictado disposiciones de todo género, procurando siempre inculcar 
en el ánimo de las autoridades la necesidad de tratar bien y con 
paternal apoyo á los indios de América. Ya ve el Sr. D. Luciano 
Herrera, delegado de Colombia, que coincide conmigo en los pun- 
tos de que trata su Memoria. 

Se habla de una carta reservada de 1814, y deseo tengan en 
cuenta los Sres. Congresistas que, como acabo de indicar, esto fué 
escrito en dicha fecha. Con ello no trato de culpar á nadie; sola- 
mente deseo presentar ejemplos con objeto de que el Congreso pue- 
da distinguir cuáles son aquellos actos individuales y cuándo puede 
ser responsable una nación de esos actos. 

En cuanto á la censura dirigida á esos particulares nada he de 
decir, porque yo no los he de defender, pues que todo el que comete 
un delito debe ser castigado; pero en la Memoria del Sr. Herrera 
hay un párrafo que voy á leer por considerarlo importante. Dice así: 

«Los hábitos de violencia adquiridos en largos años de guerras 
contra un enemigo secular, habían hecho á los hombres duros y 
violentos. Las dificultades para la penetración material en las casi 
inaccesibles tierras de América, y las no menos grandes para la 
ocupación pacífica de regiones habitadas por naturales que recha- 
zaban al invasor, y en donde había que ganar siempre en desigual- 
dad del número, el palmo de tierra sobre que se pisaba, dieron á 
esa empresa toda la natural aspereza de la lucha.» 

He citado este párrafo por tratarse de la persona de quien se 
trata. 

El punto que aquí se discute es interesantísimo, señores, para 
todos, lo mismo para los peninsulares que para los americanos; pero 
no pretendo yo atribuir la responsabilidad de esos actos individua- 
les á todos los hijos de españoles de América que hoy viven inde- 
pendientemente allí, porque creo que la responsabilidad debe ser 
siempre personal y directa de aquel que ejecuta el hecho. 



— 95 — 

Si se presentaran documentos para justificar cjue España apoyó 
esos actos, estarían bien las censuras; pero como se acredita que 
los rechazó, yo creo que está exenta de culpa; y como dichos docu- 
mentos pueden compulsarse, puesto que se conoce el lugar donde 
se encuentran, debo tener derecho á decir que España, más que nin- 
guna otra nación, procuró siempre inspirarse en un espíritu de jus- 
ticia, lealtad y consideración para con sus colonias, y si de algo 
puede tachársele es de excesiva amabilidad y dulzura con ellas, 
por su exceso de confianza en la eficacia material de los principios 
evangélicos. 

Para concluir diré que esta conducta de España quizá demues- 
tre que incurrió en un error; pero ya que obró tan lealmente, de- 
volvámosla su honor limpio y sin mancha, (^hiy hien. Aplausos.) 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Rodríguez del Busto. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Hemos coincidido en que no se le 
pueden imputar á España los delitos cometidos por les particulares 
y por los gobernantes, porque no tiene en eso ninguna responsabi- 
lidad; pero hay otra cuestión que voy á tratar en pocas palabras. 

Las encomiendas de que trata la Memoria del Sr. Herrera no 
pueden ser tan fácilmente disculpadas como estos hechos, porque 
constantemente llegaban al Gobierno español quejas de toda índole 
que enviaban los jesuítas interesados en civilizar á aquellas gentes. 
Los indios encomendados eran casi esclavos, aun cuando siempre se 
estaban enviando órdenes para que no se les maltratase. Esto, como 
ven los Sres. Congresistas, no es posible disculparlo. Atribuyo la 
causa á la falta, en España, de escuelas de colonizadores ó civiliza- 
dores de indios en aquellas épocas. Y nada más. (Muy Inen.) 

El Sr. Presidente: Creo, señores, que este punto está ya suficien- 
temente discutido con todas esas afirmaciones que se han hecho, por 
las que hemos visto el perfecto acuerdo que hay con el espíritu que 
encarna esa Memoria, ó sea, que la acción de España sobre los in- 
dios fué tutelar, cristiana y piadosa. (Muy hien.) 

El Sr. Rodríguez del Busto: ¿Y no podríamos formular una con- 
clusión, ó sea, que el Congreso declare que el Gobierno peninsular 
no tuvo responsabilidad por las escenas de sangre que se cometie- 
ron durante el descubrimiento v civilización de América? 



El Sr. Presidente: Perfectamente. 

Puesta á discusión la Memoria de D. Luciano Herrera, España y 
los indios de América, dijo 

El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Riva y Agüero: En la última parte del trabajo del Sr. He- 
rrera, que he leído con toda la atención de que soy capaz en el poco 
tiempo que teníamos disponible, hay trascrita, de una nota diplo- 
mática del Gobierno de Colombia, una proposición concreta que se 
somete al Congreso, en la que propone dicho Gobierno que el Con- 
greso emita un voto en favor de los indios, particularmente de los 
de la región amazónica. 

Creo interpretar lo más ñelmente posible el sentir del Gobierno 
que represento, adhiriéndome de todo corazón, con verdadero calor 
á esa moción, y pido que conste así expresamente. 

Y puesto que dicha moción, muy recomendable por cierto, más 
que á otra cosa alude, como las mismas palabras finales del trabajo 
del Sr. Herrera demuestran, á los ruidosos sucesos del Putumayo, 
pido permiso al Congreso para, en breves palabras, explicar la si- 
tuación actual de aquella región, y creo que los Sres. Congresistas 
me harán la justicia de suponer que no he de traspasar los linderos 
de la prudencia y mutua consideración, á las cuales todos estamos 
aquí obligados. 

Por una coincidencia muy curiosa, el Perú, desde hace dos ó 
tres años, se halla en las mismas condiciones en que se encontró 
España hace tiempo; coincidencia, señores, curiosa, pero verdade- 
ramente no extraña ni rara, porque quizá es el Perú, entre las an- 
tiguas colonias españolas de América, la que tiene más semejanzas 
en su historia y vicisitudes con la madre patria. 

La región del Putumayo, región que es materia de litigio entre 
tres naciones y ocupada en buena parte por el Perú, se encuentra 
tan lejos del centro del Gobierno de Lima, como puede calcularse 
que lo estaban de Madrid las colonias que bordeaban el Atlántico 
y el Pacífico en los siglos xvi y xvii. Por consiguiente, la acción 
del poder central, si bien se deja sentir con suficiente eficacia para 
garantir la seguridad del territorio de la parte baja del río, no llega 
sino con debilidad y con intermitencias á la parte alta del mismo 



— 97 — 

y á los terrenos en los cuales se dedican á la explotación del cau- 
cho los diferentes negociantes que lo pueblan. 

Había allí, señores, una casa muy poderosa, llamada de Arana, 
que prestó positivos servicios al Perú. Pero conviene saber que 
esta casa, principal acusada en los acontecimientos que todos la- 
mentamos, y acerca de los cuales no entraré en discusión ninguna 
porque quiero seguir en este punto el mismo criterio de rectitud y 
buena fe que en todos me anima, conviene saber, repito, que esta 
casa estaba compuesta, no ya por peruanos solamente, sino por ha- 
bitantes de todos los países colindantes á aquella región, y en mu- 
cha parte por ingleses y negros traídos por la vía del Amazonas y 
del Manaos, de las Antillas, que son los que más crueles y despia- 
dados se mostraron con los indios. Importa también advertir que 
aquellos individuos, por lo menos los pertenecientes á algunas tri- 
bus eran, hasta hace poco, feroces, caníbales, y el eterno espectácu- 
lo que se viera en otras regiones del mundo se ha dado allí tam- 
bién. 

Mas lo que importa averiguar aquí no es si aquellos hechos, que 
han sido muy abultados, se realizaron, sino si el Gobierno del 
Perú, como antiguamente el Gobierno de España en el siglo xvi, 
no ha hecho frente, para ponerle remedio, al peligro, que fué real 
hace años, de comprometer la defensa de su soberanía con tal de 
castigar á los verdaderos culpables. Pues el Perú ha hecho lo que 
hicieron el Emperador Carlos V y el Príncipe D. Felipe cuando dic- 
taron las ordenanzas de mediados del siglo xvi para castigar á los 
encomenderos y conquistadores de aquel virreinato culpables de 
infinitos abusos que pusieron á pique de perderse aquellas riquísi- 
mas posesiones, suscitando la célebre sublevación de los encomen- 
deros capitaneados por Gonzalo Pizarro. 

Al llegar á Lima noticias de lo que ocurría en las regiones aqué- 
llas, el Gobierno expidió órdenes reservadas á las autoridades de- 
partamentales del Amazonas; pero influencias locales de aquel mis- 
mo departamento hicieron en buena parte ineficaces las precaucio- 
nes que desde entonces debieron tomarse. Continuaron llegando á 
Lima por espacio de tres meses noticias más detalladas y circuns- 
tanciadas, y entonces la Sociedad Pro indígenas, á cuyo Comité di- 
rectivo pertenezco, por lo que puedo dar fe de lo que hizo, elevó al 

7 



— 98 — 

Gobierno un memorial y publicó en los periódicos de Lima las de- 
nuncias que nos llegaban por la vía de Nueva York y Londres. 

El Gobierno cambió entonces las autoridades departamentales de 
Amazonas, trasmitió orden de que se abriera causa contra los cul- 
pables y dio todo género de facilidades á la Comisión exploradora 
del Sr. Keilsmen, que levantó en un voluminoso informe acta de 
todo lo que en el Putumayo sucedía. 

A fin de poner remedio á los males que allí ocurrían, el Gobierno 
del Sr. Bugu nombró como delegado especial en el Amazonas, nada 
menos que á un Fiscal de la Corte superior de Lima, y se hicieron 
contra la casa de Arana persecuciones de tal naturaleza, legítima- 
mente merecidas, que recuerdo que un sobrino de aquél se quejaba 
del estado casi de falencia en que la actitud del Gobierno del Perú 
iba á poner á la negociación referida, y no dejaron de invocarse, 
para que el Gobierno suavizara su actitud, los recuerdos de los ser- 
vicios que aquella casa había prestado al mismo. 

Muy fácil nos hubiera sido poner trabas á la investigación del 
Sr. Keilsmen; hubiera sido también muy hacedero invocar aquel 
recurso internacional del americanismo para cerrar el paso á la ver- 
dad; pero el Gobierno del Perú no se ha permitido aquellos recursos, 
porque ha creído que ello equivaldría á poner un velo delante de 
atropellos y crímenes que no tiene interés alguno en defender. 

No era culpable directamente el jefe de la casa de estos delitos, 
porque en negociación tan poderosa las ejecuciones sumarias de na- 
turales recaían, como es natural suponer, en los empleados subalter- 
nos, y aquél no remontaba el Putumayo sino muy contadas veces. 
Esto era sabido por todos nosotros. Según lo que se deduce del pro- 
pio informe del Sr. Keilsmen, el cargo contra Arana es únicamente 
el de negligencia, y no puede, ni en criterio de tan severo fiscal, 
considerarse á Arana como culpable de los sucesos que en aquella 
región se venían desarrollando. 

Pues bien; en esta actitud, en esta situación, quiso el Sr. Arana 
presentar su candidatura á la senaduría por el departamento deLo- 
reto, no con fines políticos, sino para, aprovechándose de su influen- 
cia social y del peso que le daba su riqueza, obtener con la elec- 
ción de aquélla como una especie de reconocimiento de inocencia, 
de indulto ante los ojos del Perú y del extranjero. El Sr. Arana, á 



— 99 — 

pesar de todas esas circunstancias, no consiguió llevar adelante su 
candidatura, y los diarios de Lima fueron los que declararon que 
aún, nominalmente, era jefe de la empresa del Putumayo, y no po- 
día presentarse al voto de sus conciudadanos porque sería com- 
prometer al Perú en asunto en el que á éste no le cabía participa- 
ción directa. 

Como conclusión y para no fatigar más la atención del Congreso, 
diré que el Perú no tiene, como ninguna otra región, ni ningún país 
del mundo, el privilegio de que en su territorio no se cometan abu- 
sos; pero lo que conviene decir para que no se continúe en la cam- 
paña que en América, y principalmente en el centro de Europa, se 
ha hecho contra nuestro país; lo que importa declarar muy alto es 
que donde la bandera peruana flamea, la justicia se hace, y cuando 
se llega á tener conocimiento de hechos como los á que vengo ha- 
ciendo referencia, la verdad se abre camino y se castiga á los cul- 
pables. (Murmullos de aprobación. — Varios Sres. Congresistas piden 
la ijalabra.) 

Tengo que hacer algunas observaciones de carácter histórico so- 
bre la Memoria del Sr. Herrera; pero si estos señores desean hablar 
acerca del punto que acabo de tratar, lo dejaré para después. 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Pallares Arteta. 

El Sr. Pallares Arteta: Como representante del Ecuador, con 
todo el espíritu de fraternidad, de lealtad y americanismo que me 
caracteriza, tomo nota de las palabras del señor representante del 
Perú para constatar, como él afirma, que una vez que los hechos de 
la casa Arana fueron reconocidos, el Gobierno tomó las medidas 
para castigarlos debidamente y, por tanto, el Gobierno está libre 
de esa mancha, como está libre España de las acusaciones que se le 
hicieron en tiempos pasados. (Muy bien. Aplausos.) 

El Sr. Herrera: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Herrera: No es una réplica la que voy á hacer, sino sen- 
cillamente expresar mi satisfacción por la manera como el Sr. Riva 
y Agüero se ha adherido al propósito esencial, á la intención del 
Gobierno colombiano al proponer á la Convención panamericana 
medidas en favor de los indios. 

La nota del Ministro de Relaciones Exteriores (que está aquí en 



— 100 — 

rai trabajo y es muy corta) no se refiere sino á que ha habido he- 
chos censurables y que donde quiera que éstos se produzcan es ne- 
cesario adoptar aquellas medidas de altruismo que la civilización 
moderna requiere en favor de las razas oprimidas. 

Mi Memoria tiene por objeto rechazar los cargos hechos contra 
España sobre la responsabilidad que sobre ella pesa por los malos 
tratos dados á los indios en tiempos de su dominación, y no podía 
en modo alg-uno seguir la práctica de aquellos que se hacen eco de 
una versión que puede ser errónea para imputar hechos determina- 
dos á una nación que pone al servicio de la justicia cuantos medios 
están á su alcance. . 

Yo no tengo que rectificar nada á mi respetable colega el señor 
Riva y Agüero: estamos de acuerdo; me pongo sobre la cabeza sus 
afirmaciones, y celebro que haya rechazado en nombre de su na- 
ción los cargos hechos, porque se han hecho á la humanidad y ésta 
tiene sus fueros donde quiera que haya hombres. 

Ahora, para facilitar más nuestra entente, yo iba á proponer, en 
el punto concreto de que se trata, que ya que se ha reducido á un 
principio la Memoria anterior estableciendo la conclusión de que 
España no es directamente responsable de los malos tratos dados á 
los indios en tiempos de su dominación, se pusiera esta otra á mi 
Memoria: «El Congreso de Historia y Geografía Hispano-america- 
nas hace constar su vivo deseo de que en los países de la América 
española se mantengan en vigor, perfeccionándolas, todas las medi- 
das necesarias para el mejoramiento moral y material de los indios 
de América, siguiendo el alto ejemplo de solicitud que España man- 
tuvo siempre.» (Aplausos.) 

El Sr. Presidente: Yo estoy obligado á pronunciar unas pala- 
bras siquiera. 

Realmente, el punto últimamente discutido, que ha promovido 
la Memoria del señor representante de Colombia, es una derivación 
aplicada á la historia contemporánea de las Repúblicas america- 
nas que propiamente no está dentro de nuestro programa, pero que 
tiene tal importancia aquí y ha dado lugar á tales manifestaciones 
de fraternidad entre los representantes de estas tres naciones ame- 
ricanas hermanas, que debemos, francamente, si hubiera infrac- 
ción, no digo del Reglamento, sino del pensamiento de este Con- 



— 101 — 

greso, de adherirnos perfectamente á esa proposición que acaba- 
mos de oir. (Muy bien. Aplausos.) 

El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Riva y Agüero: Señores, en la rapidez de la improvisa- 
ción se me olvidaba un hecho que todavía confirma más lo que in- 
sinuaba el Sr. Herrera, y es que, atendiendo nosotros á los fueros 
de la humanidad, no nos hemos amparado con ninguna prescrip- 
ción de carácter exclusivo para cerrar el paso á la verdad, á tal 
punto que por aquella fecha nombróse en Roma algunos misione- 
ros franciscanos ingleses y en su elección intervino en algo el Go- 
bierno de Inglaterra. Esto suscitó alguna quisquillosidad de carác- 
ter regalista en Lima y hubo quienes propusieron hacer serias ob- 
servaciones á la Santa Sede acerca de la nacionalidad de dichos 
misioneros, que bien podían escogerse peruanos, españoles; pero se 
hizo luego la observación de que quizá parecería que el veto del 
Perú á la decisión tomada por la Santa Sede obedecía al propósito 
de mantener dentro de casa estas cuestiones, sustrayéndolas á la 
publicidad; y entiendo, señores, aun cuando no tengo absoluta se- 
guridad, que se ha desistido de hacer ninguna observación áEoma 
por el procedimiento algo irregular observado respecto de nosotros. 

Y paso, señores, á observaciones de índole muy diversa. 

En el párrafo que acaba de leer el Sr. Herrera he advertido un 
término sobre el cual creo notar alguna ambigüedad. No se trata 
de un error material, que si lo fuera no tendría importancia, sino 
una confusión que viene observándose en la terminología tradicio- 
nal de América, que me importa rectificar para que no se confun- 
dan los términos antiguos con los actuales. Me refiero al nombre de 
criollos con que el Sr. Herrera designa á los naturales ó aborígenes 
del Nuevo Mundo que resistían á los españoles. Pues bien, el alcan- 
ce tradicional, no diré verdadero, porque hoy el uso común va dan- 
do otro; el alcance de este vocablo se refiere á los españoles naci- 
dos en Indias. En el lenguaje y jerga de los negros se llamaba crio- 
Uos á los negros no nacidos en África, sino en América; mas luego 
se extendió esta denominación á los de raza española nacidos en 
América para distinguirlos de sus padres ó peninsulares. No vaya 
á ser que con esta ampliación vengamos á confundir los textos an- 



— 102 — 

tiguos y á entender por mestizos mulatos á los que eran de raza 
blanca. Pero el uso se va introduciendo en América, y en Lima se 
llama criollos á los negros, malasios y mulatos. 

Ahora, señores, como el objeto de este Congreso es unir los da- 
tos que traigan los representantes, me permito sobre el punto de 
los resguardos, tratado con tanto interés en la Memoria del señor 
Herrera, hacer algunas indicaciones. La institución que llama del 
resguardo no es otra cosa que la prohibición de venta de las tierras 
de comunidad de indígenas. El régimen de comunidad agrícola de 
los indígenas existe en el Perú y en Bolivia con tanta extensión, 
que pueden calcularse en 800.000 indios aproximadamente los que 
viven sometidos todavía á dicho régimen. Sus orígenes están en la 
organización comunista del imperio de los Incas, respetada por las 
leyes de Indias y continuada todavía en la época republicana, no 
en virtud de descentralización local, sino de simple uso. Pero se da 
el fenómeno curioso de que la propiedad jurídicamente establecida, 
que es individual y hereditaria, no se observa en el interior del 
Perú. Allí subsiste el régimen comunista, que ha sido estudiado por 
el Sr. Bautista Saavedra en un folleto denominado Comunidades de 
indígenas. El territorio del Perú, como es muy sabido, estaba en 
tiempo de los Incas distribuido en diversas parcelas ó porciones; 
pero aquellas porciones cultivadas se dividían á su vez en otras, y 
cuando se estableció el régimen de las encomiendas, como éstas no 
mantenían vínculos directos de propiedad con la tierra, sino seño- 
riales sobre los indios, continuó con tanta extensión como anterior- 
mente la propiedad comunal. Pero poco á poco, por usurpaciones, 
por ocupación de tierras y por adjudicación de terrenos baldíos, 
fué mermándose la propiedad común y pasando los mejores terre- 
nos á mano de criollos ó españoles, que he indicado antes. Esta 
evolución, unas veces de compra, otras de ocupación, y casi siem- 
pre de expoliación, continuó durante toda la época colonial y con- 
tinúa en la época republicana. 

De modo que las tierras que han quedado á los indios son las 
más pobres, las peores; y no es de temer el peligro que indicaba el 
Sr. Herrera en su trabajo, de que prosiga esta expoliación en per- 
juicio de los indígenas, pues yo he visto que las que éstos poseen se 
hallan en sitios tan inaccesibles y fragosos que quien las adquiere 



— 103 — 

no es el gran propietario blanco ó mestizo, sino el indio que ha re- 
cogido algún dinero y que, valiéndose de las leyes, compra las par- 
celas de los otros que constituyen la comunidad. 

La organización de estas comunidades se ha mantenido tal como 
existía, pero con una modificación que importa tener presente, y es 
que antes se sorteaban las porciones de tierra y variaban en cada 
decenio ó año los que cultivaban la pequeña porción denominada 
potrero, mientras que ahora se va introduciendo en todos los cultivos 
el que el sorteo no se verifique ó sea simplemente nominal, y la por- 
ción que corresponde á cada indio se perpetúa de padres á hijos. 

El decreto que suprimió legal y jurídicamente las comunidades 
de indios fué el que dio Bolívar en 1823 ó 1824. En este decreto, en 
que se prohibía todo género de vinculaciones, se dispuso que los in- 
dios eran, sí, los dueños absolutos de la región que ocupaban, pero 
con una limitación muy sabia, y fué que no podían vender sus por- 
ciones sino cuando supieran leer y escribir, lo cual cerraba el paso 
á abusos, porque el indio que sabía leer estaba educado y, por tanto, 
en iguales condiciones que los mestizos ó criollos. La ley de 1892 
vino á suprimir — no me atrevo á decirlo con certeza — esta disposi- 
ción, que es verdaderamente sabia y que convendría restablecer. 

Ahora, entrando en las consideraciones generales acerca de dicho 
régimen, no creo ni mucho menos que sea recomendable, y voy á 
decir por qué. El gran defecto de los indios es la inercia, el espíritu 
de rutina. El indio que es propietario de esta pequeñísima porción 
de tierras comunales, no aspira á nada más que á cultivarla y á vi- 
vir con su producto, y hay que ver cómo las cultivan, con el proce- 
dimiento más primitivo de que puede tenerse idea. Los frutos los 
consume él mismo con su familia. 

Y hay algo más, señores; que como la extensión de tierras es li- 
mitada, el indio, para que él y su familia tengan con qué subsistir, 
procura en algunas regiones ¡extraño caso por el que la más primi- 
tiva barbarie viene á coincidir con la civilización más refinada! li- 
mitar el número de los hijos, porque aumentando éstos aumenta la 
división de las tierras y vienen á quedar reducidas á campos tan 
pequeños que no dan para la subsistencia. 

Pero resulta que el indio que vive en tierra de comunidad, ale- 
jado del trato de los principales centros, dedicado á una vida agrí- 



— 104 — 

cola que no tiene importancia económica, que se reduce únicamente 
á procurarse el sustento para él y su familia, no sirve de bracero, 
no se civiliza, y hay que ver la diferencia que desde este punto de 
vista distingue á aquellos de pura y mera comunidad con los indios, 
ó bien viven bajo el régimen de colonias ó avecindados en las villas 
y poblaciones principales, ó bien conservan en parte tierras de co- 
munidad y en parte bajan de sus terrenos para trabajar como bra- 
ceros durante algunos meses. 

Hacerles bajar, no ponerles trabas al movimiento de por sí inne- 
gable que lleva á la antigua propiedad, no equivale, señores, sino á 
sacarles de aquella especie de pantano en que son inútiles para sí y 
para su patria, é incluirles en la corriente económica para que pro- 
duzcan para sí y para la colectividad, á ejemplo de lo ocurrido re- 
cientemente en Rusia. Allí existía la propiedad comunal, y uno de 
los primeros efectos de la revolución ha sido dividir los terrenos, con- 
vertir á los copropietarios en propietarios y darles derecho de com- 
prar y vender para hacer individuos activos é incorporarlos á la 
corriente de la civilización. (Grandes aplausos.) 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: Yo ruego al Sr. Rodríguez del Busto que ten- 
ga en cuenta una indicación que he hecho antes. Quizás nos exce- 
demos al tratar asuntos que podemos llamar contemporáneos de la 
vida de estos Estados; pero dada la ocasión que se había ofrecido 
para las manifestaciones de mutuo afecto entre tan dignos repre- 
sentantes de Repúblicas tan queridas de los españoles, acaso arras- 
trados por esto lleguemos á adoptar algún acuerdo sobre este punto 
concreto; pero ya que el Sr. de la Riva y Agüero ha seguido insis- 
tiendo en este particular referente á la vida contemporánea, yo rue- 
go al señor que va á contestarle, que tenga en cuenta que aquí se 
trata de un Congreso Histórico Hispano-Americano, y, por consi- 
guiente, inspirándonos en este pensamiento, que sólo de una mane- 
ra superficial podemos ocuparnos de aquella materia; y asimismo 
ruego á los demás señores que piensen hacer uso de la palabra acer- 
ca de ese asunto, que tengan la bondad de no extenderse mucho, 
puesto que no es esa la materia de que debemos tratar. 

El Sr. Rodríguez del Busto: ¿No se podría pedir que la discusión 
fuera libre? 



— 105 — 

El Sr. Presidente: Debo contestar á S. S. que el carácter de este 
Congreso está bien claramente expresado en su denominación «His- 
tórico-Geográfico», y que no deja lugar á dudas. 

El Sr. Herrera: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Herrera: Ya se lia dicho que España no tiene respon- 
sabilidad en las faltas que se le atribuyen, y por lo tanto, aquí 
debemos declarar que el Congreso ve con satisfacción que esos 
indios, protegidos en otros tiempos por España, continúan gozan- 
do de la protección de los Gobiernos de América con medidas 
eficaces. 

Por eso no he querido contestar á la hermosa disertación del 
Sr. de la Riva y Agüero, porque no quería salirme del terreno en 
que estaba colocado: sostener que los resguardos eran benéficos, y 
tanto, que da la casualidad de que me encuentro aquí una ley 
de 1904 que derogó la de 1903. 

Doy por terminado el asunto relativo á los resguardos, é insisto 
en que el Congreso acepte, como consecuencia de la discusión an- 
terior, la proposición del Sr. Riva y Agüero. 

En cuanto á la otra observación que ha hecho dicho señor, sólo 
tengo que contestar que en mi Memoria digo «naturales» y no 
«criollos». 

Memoria del Sr. Jijón Caamaño. — Ideas acerca del Gobierno de 
América, del Licenciado Muñatones. 

Abierta discusión acerca de esta Memoria, dijo 

El Sr. Silva: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Silva: Únicamente para preguntar al Sr. Jijón Caamaño 
que si en su trabajo da como conclusión que de haberse realizado 
el proyecto del Licenciado Muñatones, de llevar el Consejo de In- 
dias á Panamá, no se hubiera producido la independencia del Nue- 
vo Mundo; ello implicaría asignar á la Emancipación una mera 
causa de descentralización administrativa, con lo cual estoy en 
pleno desacuerdo, porque creo real, verdaderamente, que tuvo un 
origen bien distinto, más elevado. 

Le advierto que planteo un problema central en el estudio de la 
Historia del Nuevo Mundo. 



— 106 — 

El Sr. Jijón Caamaño: Ya comprenderá el Sr. Silva que yo no 
puedo hacer tal aseveración. 

Me ateng-o á lo que digo en mi trabajo, que ya conocen los seño- 
res Congresistas. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Voy á decir sólo cuatro palabras. 
El Sr. Jijón Caamaño cree que el establecimiento de-un Gobierno 
general en Panamá hubiera facilitado la administración de aque- 
llos territorios, y yo, aunque creo que toda descentralización es 
conveniente para el buen gobierno, en este caso estimo que, por el 
contrario, colocado el centro de aquella administración en Pa- 
namá, hubiera estado de los países administrados á tanta distancia 
como Europa, claro que no en cuanto al espacio, sino en cuanto al 
tiempo, porque, como todos los presentes saben muy bien, desde 
cualquiera de las hoy Repúblicas del Sur de América, se tardaba 
más en ir á Panamá que en venir á España. Hoy mismo, para ir 
desde ellas á Panamá tenemos que venir á Europa; y no haciéndolo 
así desde la capital argentina, por ejemplo, hay que atravesar el 
Perú, Bolivia y Colombia, enorme distancia que se agranda más 
por la dificultad y escasez de comunicaciones. 

El Sr. Presidente: Dada la amplitud que va tomando la discu- 
sión, creo que va á ser conveniente suspender esta sesión y reanu- 
darla, por supuesto, esta tarde. 

Puesta á discusión la Memoria del Sr. Levillier, titulada Pro- 
yecto de creación de un Centro internacional de investigaciones his- 
tóricas, con sede en Madrid ó en Sevilla, dijo 

El Sr. Sanz Arizmendi: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Sanz Arizmendi: Sres. Congresistas: La creación del Cen- 
tro que propone el Sr. Levillier es una de las cosas más convenien- 
tes y útiles que se pueden solicitar, por las enormes facilidades que 
habría de dar á los historiadores en todo lo concerniente á la Amé- 
rica española; pero en las conclusiones anejas á esta Memoria, el 
Sr. Levillier, por razones que yo bien comprendo, indica que ese 
Centro debe establecerse en Madrid ó en Sevilla, y sobre esa dis- 
yuntiva deseo hacer algunas observaciones. 



— 107 — 

Todos los señores que han tomado parte en los trabajos de este 
Congreso han reconocido que los títulos de Sevilla para ser la ciu- 
dad americanista por excelencia son verdaderamente indiscutibles, 
tan claros y evidentes, que no hay siquiera necesidad de insistir 
ahora sobre ello. 

Bastaría que por iniciativa de S. M. el Rey se haya creado un 
Centro de Estudios hispano-americanos; bastaría que viniesen á pa- 
rar á este Archivo todos esos documentos, y bastaría simplemente la 
Exposición de que ya tanto se ha hablado, para reconocer que los 
títulos de Sevilla para ser la ciudad donde se establezca ese Centro 
son indiscutibles. Además me permito ofreceros (y creo que con ello 
expreso el común sentir de todos mis compañeros) el apoyo moral, 
dig-ámoslo así, que las Facultades de la Universidad de Sevilla han 
prestado siempre á iniciativas de esta índole, apoyo con el cual 
pueden también contar los señores americanos que han venido aquí 
á hacer estudios de esa naturaleza. 

El Sr. Latorre: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Latorre: Correspondiendo á la iniciativa del delegado de 
la Argentina, Sr. Levillier, y á lo que acaba de exponer mi compa- 
ñero el Sr. Sanz Arizmendi, he de manifestar que precisamente con 
arreglo á eso, en el Congreso americanista celebrado en Barcelona 
en 1912, tuve ocasión de proponer la creación de un Centro de Es- 
tudios americanos costeado por diversas Repúblicas de América, en 
cuanto á ellas especialmente interesa. Esta moción fué aprobada 
por el Congreso y presentada al Poder central. 

Posteriormente, ya saben muchos de los Sres. Congresistas pre- 
sentes la iniciativa que hemos tomado en este sentido, no sólo en la 
Facultad de Filosofía y Letras de esta Universidad Literaria, sino 
también en una organización constituida por elementos de la misma, 
en virtud de la cual se ha creado un Centro de Estudios americanis- 
tas, cuyo Reglamento tuve ocasión de extender y cuya vida se ha 
desarrollado pobremente, porque ya se sabe la escasez de elemen- 
tos con que cuentan aquí todas las iniciativas privadas; pero al 
fin y al cabo ha dado algunas pruebas de vida, y ya saben los 
Sres. Congresistas la iniciativa que ha tomado el Gobierno de S. M. 
dando carácter oficial á ese Centro particular. De modo que esa ini- 



— 108 — 

ciativa del Sr. Levillier responde á esas ideas en que todos estamos 
interesados, y creo que en ninguna parte como aquí puede tener su 
asiento ese Centro internacional. 

El Sr. Pallares Arteta: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Pallares Arteta: Entiendo que sería muy práctico procu- 
rar que cada nación se comprometiese á hacer escribir un resumen 
de la historia de su país. Estos resúmenes podían ser presentados 
en la próxima reunión del Centro americanista para que fuesen exa- 
minados, y esto constituiría una obra que se encuadernaría en un 
solo tomo y podría servir de texto en las escuelas de instrucción 
primaria de España y de América. Me parece que éste sería uno de 
los medios más eficaces de estrechar los vínculos de amistad entre 
estas naciones. 

El Sr. Presidente: La feliz iniciativa del Sr. Pallares Arteta no 
puede menos de ser favorablemente acogida por el Congreso para 
trasmitirla oportunamente al Gobierno español. 

Así se acuerda. 

El Sr. Gestoso: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Gestoso: Sólo dos palabras para adherirme efusivamente 
á las manifestaciones que acaban de hacer los Sres. Sanz Arizmendi 
y Latorre, solicitando para Sevilla el honor de que aquí se establezca 
el Centro de Estudios americanistas, idea con la cual estoy conforme, 
y para permitirme llamar muy especialmente la atención del Con- 
greso sobre la moción que tuve el honor de presentar en la sesión 
anterior, acerca de la extraordinaria importancia que tiene para los 
estudios americanistas la investigación en el Archivo general de 
protocolos, que insisto en que es una de las más ricas fuentes con 
que se puede contribuir al conocimiento de la historia de América. 

El Sr. Navas: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Navas: El proyecto del Sr. Levillier se encamina á un fin 
puramente práctico. La mayor parte de los investigadores que vie- 
nen á este Archivo á realizar estudios históricos, bien sea comisiona- 
dos por sus Gobiernos ó bien particularmente, copian á veces legajos 
enteros sin que dejen ninguna noticia acerca de las fuentes de 



— 109 — 

donde han tomado sus datos, y por lo tanto, el personal del Archivo 
no conoce el detalle de los documentos que copian. 

A evitar esto tendía el criterio que inspiró á los que redactaron 
el Reglamento vigente para el régimen y buen gobierno de los Ar- 
chivos del Estado. En uno de sus artículos impusieron la obligación 
á todos los investigadores de que de aquellos documentos que llega- 
sen á publicar enviasen un ejemplar, ó bien, para que no se creyese 
que esta condición se ponía con el propósito bastardo de enriquecer 
cómodamente las bibliotecas oficiales, que enviaran nota de dichos 
documentos publicados. Yo no tengo noticia de que nadie haya cum- 
plido con el primer precepto. Algunos han remitido alguna publica- 
ción, pero casi nadie ha dado cuenta de las obras publicadas. 

Por consiguiente, estimo que el proyecto del Sr. Levillier es emi- 
nentemente práctico. Yo no me atrevo á dar mi opinión sobre él, 
porque carezco de autoridad y condiciones para ello; pero sí me 
atrevo á presentar una proposición. 

Existe aquí un Centro de Estudios americanistas, dedicado pre- 
cisamente á esta clase de investigaciones, que, falto de apoyo, hasta 
ahora ha llevado una vida precaria y lánguida; pero, sin embargo, 
ha cumplido con su misión y publicado un Boletín de estudios bi- 
bliográficos, y por un Real decreto dictado se ha constituido última- 
mente un Centro de Estudios americanistas que tiene por objeto de- 
dicarse exclusivamente á los estudios é investigación de cuestiones 
geográficas é históricas. Creo, pues, que muy bien puede propo- 
ner el Congreso, y eso es lo que me atrevo á indicar, que ese Centro 
se encargase de la actual Escuela de Estudios americanistas. 

Y dicho eso, sólo me resta dar las más expresivas gracias por las 
frases que al personal de este Archivo se han dedicado; debiendo 
decir únicamente que todos aquí nos limitamos á cumplir, si bien lo 
hacemos con mucho gusto, lo que consideramos que es nuestro de- 
ber, dando toda clase de facilidades, seguros de que si por algo pe- 
camos es por exceso. 

El Sr. Levillier: Pido que se lea el proyecto de conclusiones. 

El Sr. Secretario lee las conclusiones. 

Un Sr. Congresista: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

Un Sr. Congresista: Me complazco en tributar un aplauso á ese 



— lio — 

proyecto, que entiendo cabe perfectamente dentro de las facultades 
de esta Sección, y en felicitar al Sr. Levillier por ser el iniciador de 
idea tan feliz. 

El Sr. Levillier: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Levillier: Desearía contestar á los señores que han hecho 
uso de la palabra respecto á mi proyecto. No tengo interés en que 
el Centro que propongo se establezca en Madrid ó en Sevilla. Reco- 
nozco que Sevilla ostenta grandes títulos para cobijarle, pero tam- 
bién es verdad que sería conveniente que estuviera dirigido por di- 
plomáticos, los cuales residen en Madrid. Aquí, en Sevilla, está el 
Archivo de Indias, pero allí se encuentran el Archivo Histórico y la 
Biblioteca Nacional, y además, en el caso de nombrarse delegados 
con carácter permanente por los países extranjeros, quizás hubiera 
allí un número mayor de personalidades conocidas por los Gobier- 
nos de América que no en Sevilla. 

Pero respecto á eso, repito, no hago hincapié, y reconozco que 
el Congreso puede decidir si debe establecerse en un sitio ó en otro. 

En cuanto á la conveniencia de unir este Centro con el de 
Estudios americanistas recientemente creado, estimo que no con- 
viene. Este último es de carácter pedagógico. Su objeto es formar 
estudiantes que sepan Paleografía, idiomas, etc., y el que pretende- 
mos crear se refiere á todos los Centros bibliográficos de España y 
de América. 

Para terminar, doy las gracias á los Sres. Congresistas que 
han usado de la palabra, por el interés que han demostrado en este 
asunto. 

El Sr. Meany: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Meany: Hay un punto capital para los americanos, que 
hay que tener muy en cuenta. Casi todas las Repúblicas hispano- 
americanas tenemos pendiente una grave cuestión, que es la de 
límites; para dirimirla recurrimos frecuentemente al Archivo de Se- 
villa; pero como aún no está todo investigado, y constantemente, 
como lo sabe el Sr. Torres Lanzas, estamos pidiendo esa clase de 
documentos, ya puede comprenderse el interés que para nosotros 
tendrán esas investigaciones. Por eso creo que reviste verdadera 



— 111 — 

importancia la proposición de mi querido amigo el Sr. Levillier, y 
que debe tomarse en cuenta por el Congreso. 
El Sr. Levillier: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Levillier: Respecto á las facilidades que podría procurar 
el Centro de Investigaciones históricas que propongo, para reunir 
documentos y datos bibliográficos, estimo que serían muchísimo 
mayores que las que pueda dar el Archivo de Indias, y podríamos 
poco á poco conseguir que todos los Centros, Bibliotecas y Archi- 
vos de España adoptasen la medida previa de pedir á todo investi- 
gador, no una copia, sino simplemente los títulos de los temas que 
consulte; es decir, que se podría saber cuáles eran los temas consul- 
tados, con objeto de poder formar una bibliografía relativa á los 
países de América, y por este procedimiento, dentro de pocos años, 
cuando se haya realizado gran número de estudios, tendremos base 
suficiente para la formación de la historia de América. Por ahora, 
y mientras tanto, lo que podría hacerse es reunir bibliografías y 
dedicarse á la formación de catálogos. 

El Sr. Presidente: Perfectamente. Se propone al Congreso, de 
acuerdo con la propuesta del Sr. Levillier, solicitar del Gobierno 
la realización del proyecto de creación de un Centro internacional 
de investigaciones históricas, con sede en Madrid ó Sevilla. Este 
Centro, constituido en forma similar á la de la Oficina de las Repú- 
blicas americanas de Washington, costeado por suscriciones anua- 
les de cada Gobierno americano y secundadas por los Gobiernos 
español y portugués y particulares, será administrado por delega- 
dos ó representantes diplomáticos. 

Los Gobiernos y las instituciones americanas y españolas que 
mandaren realizar estudios en los Archivos americanos de Europa, 
comunicarían al Centro el tema de sus investigaciones. 

Los fines del Centro serán: acopiar bibliografía de historia y 
geografía americana, formar una biblioteca exclusivamente dedi- 
cada á catálogos de Archivos, de Museos y de Bibliotecas; á obras 
generales de Historia colonial y Geografía americana; tomar razón 
de los temas investigados por delegados de Gobiernos y particula- 
res, y facilitar su conocimiento á quienes lo soliciten; publicar una 
Revista dedicada á divulgar bibliografías, á dar cuenta de las in- 



— 112 — 

vestigaciones realizadas y á reseñar las que se lleven á cabo en los 
diferentes Archivos. 

El Sr. Pastéis: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Pastéis: Para completar la idea convendría darle la ma- 
yor amplitud posible, concentrando todos los elementos disponibles 
en un punto determinado, que entiendo no debiera ser otro que Se- 
villa. Ya se han iniciado varios proyectos sobre el particular, y 
muchísimos documentos, que están desperdigados por diferentes 
bibliotecas de la Nación, especialmente los coloniales, sería de gran 
ventaja que pudieran reunirse en un punto determinado, y así, por 
ejemplo, los documentos pertenecientes al Estado pasarían á Si- 
mancas, y los coloniales que se encuentran en diversas bibliotecas 
vendrían á Sevilla, y así se simplificaría muchísimo la investiga- 
ción y tendrían los delegados de las diversas naciones americanas 
grandes facilidades para encontrar pronto los documentos que les 
interesaran. 

El Sr. Presidente: Realmente, se trata aquí de dos proposicio- 
nes: la del Sr. Levillier, que se proponga en la última sesión del 
Congreso la creación de un Centro internacional de bibliografías 
hispano-americanas de investigaciones históricas, que para su eje- 
cución habrá de ser empresa en que cooperen todos los Gobiernos 
de las naciones americanas; y la que acaba de hacer el P. Pastéis, 
de que vengan aquí esos otros documentos coloniales para centra- 
lizarlos en el Archivo de Indias y aumentar el caudal de éste. 

El Sr. Torres Lanzas: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Torres Lanzas: La idea expuesta por el P. Pastéis es una 
cosa que está en la ley, que manda que pasen á este Archivo los do- 
cumentos referentes á Indias existentes en España. Lo que creo que 
procede hacer es excitar el celo del Gobierno de S. M. para que se 
cumpla esa disposición. Naturalmente, ha habido dificultades para 
realizar esa idea, como son la falta de local, de estanterías, etc., 
porque mal pueden venir aquí nuevos fondos cuando tenemos mu- 
chos en el suelo por no tener dónde colocarlos. 

Lo primero que debemos solicitar es la construcción de estante- 
rías, y además el cumplimiento de las disposiciones legales, que 



— 113 — 

hay muchísimas, mandando traer á este Archivo la documentación 
de Indias que existe en Simancas, y la ocupación total por aquél 
de este edificio en que está instalado. 

Con respecto á la creación del Centro que propone el Sr. Levi- 
llier, como Centro de bibliografía lo considero muy útil. En cuanto 
á que los investigadores que á él acudan dejen nota de los docu- 
mentos que examinen, lo estimo dificilísimo, porque los jefes de es- 
tos establecimientos podemos pedir que nos dejen nota de los lega- 
jos que examinen, pero no de la parte de ellos que haya sido objeto 
de su estudio, ó sea el tema sobre que éste haya versado. 

Por otra parte, muchas veces vienen comisionados de las Repú- 
blicas americanas para hacer trabajos relativos á la delimitación 
de fronteras, trabajos que ocasionan gastos que ascienden acaso á 
cientos de miles de pesetas, y claro es que no es justo que de ese 
trabajo vengan luego á aprovecharse otras naciones que no hayan 
realizado ese sacrificio. 

El Sr. Presidente: Las palabras que ha pronunciado el Sr. To- 
rres Lanzas están de acuerdo con el deseo del Congreso, que no es 
otro que llegar á la realización de tan ventajosas proposiciones. 

El Sr. Levillier: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Levillier: Respecto á lo que acaba de decir el Sr. Torres 
Lanzas, está ya especificado en el proyecto. Los delegados oficiales 
no tendrían obligación de presentar sus trabajos, ni siquiera de dar 
la numeración de los legajos examinados: pero el Sr. Torres Lan- 
zas sabe que la mayor parte de los trabajos que se realizan en los 
Archivos no se refieren á las fronteras ni á cuestiones delicadas que 
obliguen á la reserva, y simplemente bastaría con que dieran la 
numeración de los legajos consultados. Repito que en el Centro 
cuya creación propongo podría conseguirse que so impusiera á todo 
investigador la obligación de dejar en los Archivos la lista de los 
documentos examinados. Algo de esto se hace hoy con las fotogra- 
fías que se toman en distintos Centros, en que se exige la obliga- 
ción de dejar un ejemplar de cada una de ellas. 

Hecha la consulta por el Sr. Presidente acerca de si se aprobaba 
la proposición del Sr. Levillier, el acuerdo fué afirmativo, con la 
modificación de que el Centro se establezca en Sevilla, y que se di- 



— 114 — 

rija al Gobierno un ruego para que se cumplan las disposiciones 
adoptadas. 

A continuación dijo 

El Sr. Presidente: En vista de lo avanzado de la hora se sus- 
pende la sesión, para reanudarla á las cuatro de la tarde. 

Eran las doce y cuarenta y cinco. 



TERCERA SESIÓN 

CELEBRADA POR LA 

SECCIÓN DE HISTORIA 
EL DÍA 29 DE ABRIL DE 1914 



Reanudada la sesión á las cuatro de la tarde, dijo 

El Sr. Presidente: Presentada la Memoria titulada Sobre el nom- 
bre de Latina aplicada á la América Española, y hechas por su au- 
tor el Sr. Manjarrés en la sesión anterior las indicaciones que con- 
sideró aportunas para apoyarla, se invita á los Sres. Congresistas 
á que hag'an las observaciones que estimen convenientes á la 
misma. 

El Sr. Jijón Caamaño: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Jijón CaamañO: Cuando se habla de todas las Repúblicas 
americanas, se habla también de Haití. ¿Qué denominación le da- 
remos á ésta? 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Quiero hacer alg-unas consideracio- 
nes respecto del trabajo del Sr. Manjarrés, con el cual vengo á coin- 
cidir. 

No creo haya motivo alguno para designar á los países descu- 
biertos por los españoles con el nombre de América Latina, cuando 
la nación española no se llama tampoco Latina. 

,-;Cuál es el fundamento para que se le aplique tal nombre? f;Es 



— 116 — 

por la lengual:' Desde luego entiendo que no; porque si bien es cier- 
to que nuestro idioma ó gran parte de sus palabras se derivan del 
latín, también lo es que tenemos muchísimas palabras griegas y 
árabes, y muchas tomadas del francés y de otros idiomas. ¿Es por la 
raza? Tampoco lo hallo esto muy ajustado á los dictados de la rea- 
lidad; porque de sobra sabemos que á los ejércitos romanos les es- 
taban prohibidos los cruzamientos con las razas distintas á la suya, 
y sus tiendas estaban rodeadas de rameras, por lo que la raza ibé- 
rica ha quedado subsistente á pesar de la dominación romana. Pero 
hay más: cuando se descubrió la América no fué después del perío- 
do romano, sino mucho después de otras invasiones, primero la de 
los godos, esos se cruzaron, y después de los árabes. De modo que 
somos una raza distinta de la que tendríamos que ser para dar mo- 
tivo á que nos llamasen latinos y, por lo tanto, á que pudiera deno- 
minarse de ese modo á los hispano-americanos. 

Estos son los fundamentos de las observaciones que hago respec- 
to á esa Memoria, que no he leído, pero cuyo título conozco y eso 
me basta para estas consideraciones que he tenido el honor de ex- 
poner aquí. Propongo, pues, que el Congreso, como conclusión, de- 
clare que para la América descubierta por los españoles no es nom- 
bre ó califlcativo apropiado el de Latina. 

El Sr. Ayala: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Ayala: No pensaba hablar respecto de la Memoria; pero 
al escuchar las palabras del Sr. Rodríguez del Busto se me ha ocu- 
rrido una serie de consideraciones que me voy á permitir expone- 
ros, pidiendo de antemano que me dispenséis. 

Creo que tratamos aquí una cuestión técnica que viene á figu- 
rar entre los temas del Congreso con un poco de violencia, digá- 
moslo así. Raza española no existe, ni tampoco raza latina; todos 
sabemos ya que no hay tales cosas, y que se ha dado en llamar 
raza latina á la ibérica. Ahora, apartándonos del aspecto científico 
de la cuestión, hay unas razones que no tienen su nomenclatura 
lógica ni científica, pero que son razones de esas que hacen dudar. 

Decían aquí estos señores que me han precedido en el uso de la 
palabra, y otros que, sin hablar en público, hablaban sotto voce, 
que cómo íbamos á distinguir los pueblos americanos actuales, por- 



— 117 — 

que hay una confusión de razas y de pueblos que han constituido 
un pueblo nuevo. Tienen mucha razón. Las a^uas de los mares so 
componen de muchas cantidades de aguas venidas de muchísimas 
partes, pero que luego se funden formando un total. Así se han fun- 
dido dentro de la raza española, latina como se llama cientíñca- 
mente, que no es caso de discutir esto ahora siquiera, ciertas dis- 
gregaciones de pueblos distintos que han venido á constituir uno 
nuevo, que es el pueblo americano. Este tiene los rasgos caracte- 
rísticos morales de la raza española, es indudable; hace unas horas 
lo hemos visto aquí. Se discutía el trato dado por los actuales ame- 
ricanos á los indios en pleno siglo xx. Somos los mismos: tenemos 
todos los defectos, lo mismo unos que otros, de la que yo llamo 
raza española; pero tenemos también todas las ventajas. Somos los 
mismos que aquellos que combatieron en Numancia, los mismos 
que salieron de las montañas de Asturias para pelear con los mo- 
ros, los mismos de la guerra de la Independencia, y, á pesar de las 
continuas invasiones de nuestro territorio, seguimos siendo los mis- 
mos. Nuestros disturbios civiles nos han desgarrado completamen- 
te durante el siglo xix; vosotros los americanos habéis tenido y te- 
néis las luchas intestinas que riegan de sangre el suelo de vuestro 
hermoso país. No hay razón, pues, para llamar á la América, Amé- 
rica latina; es verdad, porque no es raza latina; pero tampoco hay 
razón para llamarla América española, porque no hay tal raza es- 
pañola. Como en todas las cosas del lenguaje el uso se impone, 
aquellas naciones que, como nosotros, se rigen por un organismo 
oficial respecto al lenguaje (la Real Academia Española), hace 
tiempo que se llaman Eepúblicas hispano-americanas. Nadie les ha 
dado ese nombre, pero basta leer un periódico ó hablar con cual- 
quiera para convencerse de ello; nadie dice los señores delegados 
de la América latina; todos han dicho aquí, y lo seguimos dicien- 
do, los señores delegados hispano- americanos; éste es un Congreso 
hispano-americano; nadie lo ha bautizado y, sin embargo, el nom- 
bre se lo da todo el mundo. Yo no creo, pues, que nosotros tenga- 
mos autoridad bastante para imponer un nombre determinado; se 
necesitarían muchos años, mucha constancia, para que por el mun- 
do entero se variara el nombre á una raza de héroes. {Muy bien. 
Aplausos.) 



— 118 — 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra para rectifícar. 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Entre las razones que yo buscaba 
para demostrar lo injustamente que se da el nombre de raza latina 
á la que puebla la América descubierta por los españoles, entraba 
una razón étnica y la filológica. Pero aunque no lo he dicho creo 
que se la debe llamar española, no porque haya una raza española, 
sino porque basta que sean los españoles los que la hayan descubier- 
to para que se llame así. Para llamarla latina, claro está que hay 
que fundarse en una razón de idioma que no existe, porque si nos- 
otros tenemos voces latinas, también las tenemos griegas, árabes, y 
de casi todas las demás naciones; ó en una razón de raza, que tam- 
poco existe, ya he dicho por qué. Insisto, pues, en lo que he manifes- 
tado: en que á la América se la debe llamar española ó ibérica, no 
porque exista esta raza española, ó raza ibérica, sino porque basta 
que haya sido esta nación la que haya descubierto aquellas tierras 
como tal nación ó como agrupación para que le demos dicho nom- 
bre, y del mismo modo que se llama América inglesa á la del Norte, 
sin que haya raza inglesa, debemos llamar española á la descubier- 
ta por los españoles; pero yo me limitaba á pedir que se declarase 
impropio el calificativo de latina. 

El Sr. Manjarrés: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Manjarrés: Vengo á esta discusión en las condiciones más 
desfavorables, no sólo por lo delicadísimo del tema que he suscitado, 
sino también porque no tengo dotes de elocuencia como las tienen 
los señores que me han precedido en el uso de la palabra. La prueba 
es bien clara, cuando para decir dos de ellas tengo que valerme de 
apuntes y de notas. 

Y como no tengo absoluto dominio de la palabra, desde ahora 
ruego á los Sres. Congresistas que con su discreción suplan, cuando 
alguna les pareciera importuna, la que sea más adecuada y que yo 
no haya sabido encontrar á mano. 

A esta cuestión veo que se le han querido dar dos aspectos: uno 
científico y otro que podemos llamar afectivo, sentimental; y dos 
puntos de vista: la inteligencia y el corazón. Todos se colocan, por 
lo que observo, en el primer terreno, en el científico, peroyopreci- 



— 119 — 

sámente no pienso batirme en él, porque no veo la cuestión con ese 
color. Ya sé que á estas alturas todavía no sabemos lo que es la pa- 
labra raza; si tiene un valor antropológico ó si tiene un valor filoló- 
gico. Hay autores que usan la palabra raza al hacer las clasificacio- 
nes, y otros la rechazan, y realmente todavía no tenemos una ver- 
dadera clasificación; y por encima de todo creo yo que una discu- 
sión científica no es lo más á propósito ni encaja en las tareas de este 
Congreso. Por estas razones yo, al decir que no estaba conforme con 
el concepto de raza latina, tampoco hacía demasiado hincapié en la 
cuestión, porque huía del terreno científico, donde no me quiero co- 
locar. Cada uno puede seguir creyendo en la raza latina. 

Los Sres. Ayala y Eodríguez del Busto tampoco quieren aceptar 
la frase raza española (El Sr. Rodríguez del Busto: Yo sí) y, por 
tanto, vienen á corroborar más lo que estoy diciendo de que la pala- 
bra raza es una palabra tan elástica, tan poco definida, que no sabe- 
mos todavía á qué aplicarla. 

Ya ven los Sres. Congresistas como tiene alguna razón lo que voy 
diciendo de que no es oportuno colocarse en el terreno científico, 
porque es un terreno algo falso. No es ahí donde me quiero colocar. 

Se dice, por ejemplo, que hay algunos países donde la emigra- 
ción de otra gente que no es la española es tan extraordinaria, que 
ya en buena lógica no se puede llamar exclusivamente á América 
nación hispano-americana. Yo creo que aparte de eso se puede se- 
guir llamando así, porque todos saben que los hijos de los emigran- 
tes, al cabo de poco tiempo están perfectamente moldeados en el tro- 
quel americano, que ya no son europeos, son americanos, y siendo 
americanos de corazón, han adoptado nuestros caracteres étnicos y 
psicológicos; porque creo que las naciones no son únicamente un 
agregado de cuerpos, sino también de almas. Por esta razón me pa- 
recen de poco peso los argumentos expuestos. Además, cuando en 
España decimos naciones hispano-americanas, entendemos por ellas 
y queremos significar un cuerpo político en que conviven los blan- 
cos, nuestros descendientes, las sangres mezcladas y las gentes in- 
dígenas: todo ello es para nosotros la raza americana á que nos re- 
ferimos, sabiendo que los descendientes son los directores, los repre- 
sentantes, los que impulsan las naciones. En este caso creo que es- 
tán todas las naciones á las cuales el uso aplica la denominación de 



— 120 — 

hispano-americana; y decía yo: ¿Hay alguna á que se pueda aplicar 
una denominación distinta, después de lo que acabo de decir, que no 
sea la de española ó portuguesa? 

Contestando al Sr. Jijón Caamaño, que me decía lo de la Repú- 
blica de Haití, debo rogar á S. S. se fije en que acabo de decir que 
para nosotros es nación hispano-americana aquella en que los di- 
rectores son nuestros descendientes; por consiguiente, el latinismo 
de la República de Haití es algo discutible, porque ¿cuál es ahora 
la raza que representa, que rige el Cuerpo político de la República 
de Haití? Son los blancos. Por tener este criterio es por lo que lla- 
mamos españolas aún á las demás en que los blancos están en pro- 
porción exigua. 

Alguna denominación genérica es precisa para significar el con- 
junto de los países hispano-americanos. Suponed un comerciante 
que quiera hablar de su exportación á esos países. ¿Tiene que nom- 
brarlos todos? ¿Tiene que decir América del Sur? ¿Y si no habla del 
Brasil ni de las Guayanas? ¿Y si habla de Méjico entre ellos? Una 
de dos: ó la comunidad de los países hispanos se desconoce ó se re- 
conoce; en el primer caso, hay que nombrarlos todos y dar la razón 
á Huertas, que dice Aztecas en el Centro, Zapotecas en el Sur, Chi- 
chimecas en el Norte, etc.; en el segundo hay que llamarlos así. 

Yo creo, salvando todos los respectos, que en el caso de no que- 
rer llamar español á Méjico, tampoco se le puede llamar azteca. 

En el terreno puramente científico no nos podemos poner para 
evitar ese empeño que tenemos los españoles. Nosotros, que tanto 
luchamos por la persistencia de nuestro nombre de hispano-ameri- 
canos, nos preguntamos con sorpresa: ¿De dónde viene ese lati- 
nismo? Precisamente en el salón de Secretaría de este Congreso he 
visto en la revista Nuevo Mundo un bonito artículo, en que dice 
Antonio Linares: « La epopeya latina-americana que escribie- 
ron con sus aceros Pizarro, Cortés y Bolívar » 

Yo creo, Sres. Congresistas, que eso es llevar el concepto del la- 
tinismo demasiado lejos. 

Puesta la cuestión ya fuera del terreno científico, no nos queda 
más que el terreno puramente afectivo, y en ese terreno no necesito 
esforzarme mucho para llevar al ánimo de los Sres. Congresistas el 
convencimiento de mis afirmaciones. 



— 121 — 

El Sr. Duque de Amalfi: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Duque de Amalfi: He pedido la palabra para manifestar 
que aunque noto alguna discrepancia entre las afirmaciones tan elo- 
cuentes del Sr. Manjarrés y las del Sr. Ayala, creo que pueden per- 
fectamente hermanarse. Desde luego entiendo que esa denomina- 
ción de hispano-americana que, sobre ser justa, sería tan halagüeña 
para los españoles, que tenemos el convencimiento profundo de ha- 
ber llevado á cabo en la Edad Moderna una epopeya verdad, al 
lado de la cual todas aquellas expediciones de los argonautas y 
aquellos sucesos de la Mitología se conciben como broma, nuestro 
deseo más vehemente ha de ser que quede inmanente á través de 
los siglos esta epopeya y estas hazañas: en primer lugar, por el 
orgullo nacional, y en segundo lugar, por los fueros de la jus- 
ticia. También es indudable que no somos nosotros los llamados 
á plantear una cuestión de está índole, porque por lo mismo que 
en ello somos la parte más interesada, será para nosotros más ha- 
lagüeño que sean las naciones hispano-americanas, á que llamamos 
nuestras hijas, las que por el uso vayan imponiendo á sus descen- 
dientes la denominación de hispano-americanas, para distinguirlas 
de los demás pueblos de América que no tienen el ilustre origen 
español. 

Hay que reconocer también que esas Repúblicas, aun cuando en 
camino de progreso y florecimiento, se encuentran aún, puede de- 
cirse en las puertas de la adolescencia y, por lo tanto, tienen un 
juicio colectivo mucho menos maduro y desengañado que las na- 
ciones del viejo continente, y hay cierta susceptibilidad de amor 
propio que nosotros quizá ya no poseemos en tanta medida, pero 
que ellas tienen muy desarrollado naturalmente, dada la corta edad 
de esas naciones. Siendo mucho más susceptibles, es más fácil que 
se molesten por todo aquello que, aun cuando fuera una insinua- 
ción patriótica, puede revestir á la larga un cierto carácter de im- 
posición. 

Yo estimo, pues, que todas estas ideas tan luminosas y justas 
que ha planteado aquí el Sr. Manjarrés, no son precisamente propias 
para que un Congreso adopte determinaciones acerca de las mis- 
mas. Porque todo Congreso que adoptara una determinación en este 



— 122 — 

sentido, hasta cierto punto desvirtuaría el espíritu que yo entiendo 
que debe presidir en los de esta índole. 

Bien está que esa semilla se haya arrojado, porque fructificará; 
pero, sin embargo, debemos dejar al tiempo la solución de esta 
cuestión, como decía muy bien el Sr. Ayala. Creo que todas las in- 
vestigaciones que se practiquen por los hispano-americanos de las 
jóvenes repúblicas acerca de la historia de la nación americana 
desde la época del descubrimiento, y los estudios profundos que se 
hagan de la labor fecunda del Virreinato y de las leyes de Indias, 
harán resaltar la gloria, el altruismo, la generosidad cristiana que 
presidía á España durante la época en que fué, digámoslo así, la 
tutora de aquellos pueblos, y entonces, á medida que estos estudios 
vayan perfeccionándose, á medida que las responsabilidades, mé- 
ritos y errores se vayan aquilatando, irá surgiendo en el espíritu 
de aquellos hombres llamados á regir los destinos de aquellos pue- 
blos, el convencimiento profundo de la verdad de los hechos, y en- 
tonces será ocasión de esta iniciativa, y los elementos directores 
de aquellas naciones dirán: Reclamamos nuestro abolengo, porque 
pertenecemos á un tronco robusto, y nos ufanamos en ser ramas 
lozanas de ese mismo tronco. (Muy Men. Aplausos.) 

El Sr. Manjarrés: Los Sres. Congresistas americanos desde lue- 
go habrán supuesto que, cualquiera quesea el resultado de este de- 
bate, nunca creeremos que su no conformidad con mi trabajo pue- 
da atribuirse á enfriamiento de cariño, sino á ver la cuestión desde 
diferentes puntos de vista. 

Estoy muy conforme con lo que ha dicho el Sr. Duque de 
Amalfi, y también en lo que ha dicho el Sr. Ayala tiene mucha ra- 
zón. El Congreso quizá se excedería en sus atribuciones si quisiera 
imponer una denominación tan importante como ésta. Pero debo 
decir que no he querido hacer imposición ninguna; lo que he que- 
rido es más bien hacer un ruego cariñoso. 

Ahora, puesta la cuestión en este terreno, voy á dividirla en dos 
partes. Vamos á dejar á un lado que el tiempo madure la denomi- 
nación para aquellos países de hispano-americanos, ó la que resulte 
durante el trascurso de los años, y vamos á ver si nos hallamos 
conformes en la segunda parte. ¿Es procedente ó no esa denomina- 
ción de América latina aplicada á aquellos pueblos conquistados 



— 123 — 

y colonizados por los españoles? (El Sr. Duque de Amalfi: Improce- 
dentísima.) 

Yo modifico, pues, mis conclusiones en la forma siguiente: El 
Congreso de Historia y Geografía Hispano -americanas acuerda 
que la denominación de latina aplicada á América es improcedente. 
Nada más. 

El Sr. Martinenche: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Martinenche: Tengo primero que disculparme, porque, 
siendo extranjero, voy á estropear la más hermosa lengua del mun- 
do; pero tengo confianza en lo que se llama la cortesía española. ¿Por 
qué me meto en esta discusión'? Por la razón sencilla de que en mi 
país soy secretario de una Sociedad creada para fomentar las rela- 
ciones con la América latina, y al mismo tiempo tengo el honor de 
presidir el Centro de Estudios hispánicos de la Universidad de 
París; por tanto, mantenemos relaciones de carácter intelectual ex- 
clusivamente con todas aquellas repúblicas que con el Brasil y la 
parte francesa del Canadá forman el conjunto de toda esa América 
que llamamos América latina. No encuentro otra palabra para de- 
signar este conjunto, y además no es cuestión de palabra, porque en 
la denominación de América latina no hay significación ninguna de 
cuestión de raza, que no puede existir, porque nosotros no somos la- 
tinos, ni vosotros tampoco. Lo que quiere decir latina son dos cosas: 
la primera es que nuestros idiomas tienen su origen, su fundamento, 
en el latín, tenemos el lazo común del latín; y la segunda, para mí 
mucho más importante, es que, además del latín, tenemos también 
un ideal común, la tradición, propiamente hablando, idealista. Nos- 
otros creemos que no todo se encierra en la civilización de carácter 
industrial; tenemos un gusto común y un patrimonio común de ideas 
generales, y por eso algunas veces se ha llamado á los franceses los 
«Don Quijotes del Norte». Además de la comunión de la lengua hay 
otra comunión ideal. Todos los latinos somos hermanos, si se puede 
decir, en la tradición, en nuestro Sr. D. Quijote, y hay que advertir 
que no se emplea esa palabra refiriéndose sólo á nosotros, sino tam- 
bién á otros pueblos de Europa, y se dice los latinos de Europa, 
como los latinos de América, y hay que oponer legítimamente, y se 
opone, el grupo latino de Europa y de América á otros grupos cada 



— 124 — 

día más amenazadores. Sin negar en ningún modo los méritos de 
España y los inmensos servicios que prestó á la civilización cris- 
tiana^ creo que se puede hablar de América liispano-americana; 
pero tenemos derecho de utilizar la palabra latina para significar 
algo más amplio sin perjuicio ninguno para España, y creo que 
ahora esa unión de los pueblos latinos de Europa y de América es 
una de las cosas, sobre todo en nuestros días, más importantes y 
más necesarias para la unión de la Humanidad. {Muy bien.) 

El Sr. Manjarrés: Las mismas consideraciones que he hecho an- 
tes debo hacer ahora al contestar al dignísimo representante de 
Francia, ó sea, que ya que no podamos solicitar la adopción de la 
designación que he indicado, el Congreso adopte la modificación 
de mis conclusiones, dejando para más tarde la maduración de mi 
idea primitiva. Entiendo, sin embargo, que si no podemos decir 
América española, tampoco podemos decir América latina. 

El Sr. Ayala: Lamento haber suscitado este debate. El tema es 
muy hondo, y en estos momentos mucho más, porque trae envuelta 
una lucha de razas que se avecina, y no de la raza, de la sangre, 
sino de las ideas y afinidades. Los momentos son muy difíciles para 
que el Congreso pueda tomar ninguna determinación, y dispénse- 
me el ilustre Congresista á quien combato en estos instantes. Yo 
creo que debe acordar el Congreso haber oído con gusto la lectura 
de la Memoria; haber visto con satisfacción el trabajo hecho, y de- 
jar para más adelante tomar acuerdo, sea el que sea; pero no to- 
quemos esta cuestión, porque, á mi juicio, no es de oportunidad. 
Pónganseles á aquellos pueblos el nombre que se quiera, ellos son 
y serán españoles siempre. (Aplausos.) 

El Sr. Manjarrés: Conformes en que serán españoles siempre. 

El Sr. Presidente: En vista de las manifestaciones hechas aquí 
por los Sres. Congresistas que han usado de la palabra tan elocuen- 
temente, ¿acuerda la Sección haber escuchado el trabajo del señor 
Manjarrés con grandísimo gusto, constituyendo, como de manera 
tan galana ha indicado el Sr. Duque de Araalfi, una semilla que ha 
de producir en plazo no lejano el fruto espléndido que nosotros espe- 
ramos de ella? [Murmullos de aprobación. Aplausos.) 

Así queda acordado. 

El Sr. Candau: Yo tengo entendido, y también los compañeros 



— 125 — 

que fojrman conmigo la Comisión, que nuestro trabajo había de con- 
sistir, después de haber escuchado las discusiones que aquí se pro- 
movieran, en proponer á la Sección en pleno las conclusiones que 
se hubieran determinado. 

El Sr. Presidente: Yo creo que la cuestión es muy clara. Las Me- 
morias se han presentado; cumpliendo el Reglamento, han estado 
ahí cuarenta y ocho horas para su examen; pasado ese plazo sin 
que hubiera ningún Sr. Congresista que hiciera objeciones sobre 
ellas, y como todos son hechos negativos, el Congreso no puede de- 
cir más sino que dio cuenta de las Memorias, y en vista de que na- 
die hacía observaciones á ellas, se decidió pasaran al libro de actas 
para que surtieran allí los efectos consiguientes. 

Puesta á discusión la Memoria del Sr. Riva y Agüero, Diego 
Mexía de Fernangil, poeta sevillano del siglo XVI, avecindado en el 
Perú, y la segunda parte de su Parnaso Antartico, existente en la 
Biblioteca Nacional de París, dijo 

El Sr. Duque de Amaifi: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Duque de Amaifi: El Sr. Riva y Agüero ha escrito una 
Memoria verdaderamente notable; el estudio que ha hecho del poe- 
ta sevillano Diego Mexía de Fernangil es un verdadero modelo 
con que acredita su exquisito gusto literario. Indudablemente es un 
poeta perteneciente de lleno á la gloriosa escuela sevillana del 
siglo XVI, tanto en sus cualidades como en sus defectos; las aso 
nancias, tan frecuentes en Fernando de Herrera, de que tampoco 
están exentos Rodrigo Caro y Rioja, se advierten también en las 
composiciones del poeta de que trata el Sr. Riva. Y también con- 
curren en él esas grandes cualidades del desengaño elegante de 
Rioja, visión hermosa de los desengaños mundanales infiltrados 
del espíritu católico que dominaba en todo su apogeo en la España 
del siglo XVI. Es un documento sumamente interesante, porque pone 
más de relieve que ningún otro cómo España llevó á cabo una mi- 
sión altamente civilizadora, hasta el punto de que, á semejanza de 
lo que sucede en otras partes en que, cuando ha habido un indi- 
viduo perteneciente á la nación dominadora y ha estado bastante 
tiempo en los países conquistados, lejos de sentir vibrar su musa y 
la lozanía de su entendimiento, acaso va por otros derroteros di- 



-- i2(; — 

ferentes, acaso acomete empresas comerciales ó utilitarias; allí sigue 
dominando el espíritu español con su característica ideal, no exen- 
ta tampoco de grandes condiciones para llevar á cabo grandes em- 
presas en el terreno de la realidad. Hago esta digresión, que pare- 
ce ajena al carácter del Congreso, porque debo este elogio al señor 
Eiva y Agüero, tanto más cuanto que voy á disentir únicamente en 
un punto. 

En la segunda parte del Parnaso Antartico creo Cjue la última 
de las composiciones es una epístola, la transcrita que dirige el poeta 
al Presidente de la Real Audiencia de Charcas, que era, si mal no 
recuerdo, D. Diego de Portugal. Empieza este hermoso poema pin- 
tando la desolación que causa al poeta contemplar los restos de 
ciertos parajes que estuvieron bajo la dominación de los incas, y el 
derrocamiento de aquel imperio con aquella civilización peculiar 
suya, también muy digna de estudio, y que, como decía muy bien 
un Sr. Congresista, todavía no está suficientemente aclarada y ex- 
plicada. 

El Sr. Riva y Agüero dice que al llegar el poeta á hacer ciertas 
consideraciones sobre la conducta de las autoridades españolas en 
aquel territorio, se lamenta de aquella tan decantada crueldad, y 
yo estimo que esta declaración suya, acaso contra su deseo, ha des- 
encauzado hasta cierto punto la corriente de unanimidad de crite- 
rio que presidía en el Congreso para ponernos de acuerdo acerca 
de la misión altamente humanitaria y por todo extremo caritativa 
(pues ésta es la palabra más hermosa, porque significa amor) con 
que España trató de civilizar los países que había conquistado. 

Yo entiendo que si la insinuación del Sr. Riva y Agüero no ha 
sido deliberada, de todas maneras puede abrir cierto surco en el 
espíritu de los Sres. Congresistas, y por eso hago esta advertencia. 
Entiendo que los juicios formulados por un poeta que se deja domi- 
nar por el fuego de su numen son sospechosos, porque muchas ve- 
ces busca como un artificio poético, y en esos instantes en que el 
numen se apodera del artista, acaso creyendo ser sincero, es tal 
vez cuando es menos sincero y menos bello. 

Además concurre otra circunstancia. De la breve biografía del 
poeta y de los datos muy someros que de él se conocen resulta que 
era un hombre que, si no era un fracasado, era un desengañado. 



— 127 — 

que había perseguido con gran encarnizamiento el vestir la «garna- 
cha», y debía de sentir cierto despecho por la conducta de su Go- 
bierno, que no le había concedido lo que pedía, y en aquellos ins- 
tantes es lógico que tuviera la obsesión de ver negros todos los 
actos que emanaban de la dominación española; porque, como dijo 

Campoamor: 

«En este mundo traidor 
nada es verdad ni mentira, 
todo es según el color 
del cristal con que .-e mira.» 

Esto podía muy bien aplicarse al poeta de que tan discretamen- 
te trata el Sr. Riva y Agüero. Por esa razón mi propósito era ante 
todo recusar hasta cierto punto la opinión del poeta, para venir á 
confirmar la conducta de nuestras autoridades, y creo que ésta es 
una ocasión muy propicia para hacer una advertencia que ayer 
quise hacer y que por no prolongar el debate la dejé para otra oca- 
sión. En todas las discusiones de esta mañana hemos estado de 
acuerdo en que los Monarcas españoles se han preocupado del porve- 
nir de los indios y han dictado leyes verdaderamente modelos; pero 
también todos hemos coincidido en los abusos y crueldades cometi- 
dos por los representantes del Poder central en aquellas colonias. 

Pero si nos limitamos á decir que el Gobierno español fué cari- 
tativo, generoso y levantado de miras, si bien sus ejecutores come- 
tieron crímenes y delitos, entiendo que cometemos una gran injus- 
ticia, porque esos son conceptos que tienen una cierta relatividad, 
y no podemos prescindir de considerar la rudeza de los tiempos en 
Europa, y para poder establecer clara y netamente este concepto 
de relatividad, es preciso que pensemos en lo que sucedía en el si- 
glo XVI en Ginebra, en que los representantes del libre examen 
inmolaban á un sabio como Miguel Servet, entregándole á las 
férreas manos del Santo Oficio, y entonces vendremos á conven- 
cernos de que dentro de este concepto no había nada más benigno, 
más humano que los Gobiernos españoles y los funcionarios encar- 
gados de ejecutar sus órdenes. Porque si los Gobiernos son la re- 
presentación de una raza, indudablemente en la parte que corres- 
ponde á las colonias, también son representantes de esos Gobiernos 
los funcionarios á ellas destinados. 



— 128 — 

Y yo quisiera contribuir á desvanecer esas nubes esparcidas con 
decir que esos gobernantes cometían toda clase de crímenes y deli- 
tos. Lejos de creerlo así, me baso para negarlo solamente en los 
resultados que dio su gestión. 

Por otra parte, ¿en qué países colonizados ha podido permane- 
cer, no diré intacta, pero ni siquiera bastante numerosa la raza 
aborigen? Únicamente en los países gobernados por España; lo cual 
prueba que si en determinados instantes hubo algún gobernador 
que, obedeciendo á pasiones que no podía reprimir, cometió tal 
vez algunas demasías, por contra hubo también innumerables vi- 
rreyes que llevaron la antorcha de la civilización hasta los últimos 
rincones á que les era dado llegar, y no hay más que ver los esta- 
blecimientos docentes de algunos virreinatos, donde se educaron 
hombres que dieron á su patria días de gloria, unos por su capaci- 
dad militar y otros por sus dotes intelectuales, y prepararon la 
semilla que más tarde germinara, dando por fruto la independen- 
cia de aquellos países. 

Este fué el fruto de nuestra civilización, fruto que no se habría 
recogido si hubiera existido esa diferencia que aquí se ha pretendi- 
do establecer entre los propósitos del Gobierno central y los proce- 
dimientos que para su ejecución ponían en práctica los delegados 
del mismo en las colonias. Por el contrario, yo creo que se observa 
de una manera permanente la compenetración del Gobierno cen- 
tral con los Gobiernos coloniales, y creo que por uno de éstos que 
pudiera citarse que no fuera fiel intérprete de los sentimientos y 
propósitos de aquél, podríamos, y no temo pecar de exagerado, 
presentar por lo menos diez que en cambio interpretaron y obede- 
cieron fielmente las órdenes que de dicho Gobierno central reci- 
bían. Importa mucho hacer constar esto, porque de otra manera 
podría creerse que España tenía unos elementos directores que no 
estaban en armonía con el conjunto de la nación, que ésta no era 
generosa, que era cruel, y que únicamente eran generosos los hom- 
bres que la gobernaban. Es decir, que, de no aclararse este extre- 
mo, resultaría que los que pertenecían á la masa general (no sé si 
os agradará la frase) de la raza española, carecían de buenos sen- 
timientos, siendo así que yo me atrevo á sostener la teoría contra- 
ria, y es que la raza española es una raza grande, es una raza llena 



— 129 — 

de grandes virtudes, y yo me ufano de pertenecer á ella, porque 
creo que es la más grande de la Humanidad. 

Quizás la causa de nuestra decadencia ha sido precisamente que 
los gobernantes, por lo general, no han estado en armonía con el 
espíritu de la raza, porque yo no encuentro admisible que hubiera 
como nna élite de hombres sabios y previsores, formando una clase 
privilegiada, y que los que salían del pueblo eran unos hombres 
feroces y salvajes. Por el contrario, éstos eran, por lo general, cul- 
tos y estaban infiltrados del espíritu cristiano y deseosos de com- 
portarse en armonía con la educación que habían recibido, con los 
sentimientos que abrigaban y con los ejemplos de virtud y caridad 
cristiana que, tanto en América como en España, les habían dado 
sus inmediatos antepasados. 

He dicho. {Muyhien. Aplausos.) 
El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Riva y Agüero: Ante todo, señores, he de dar las más ex- 
presivas gracias por las lisonjeras y amables palabras de aplauso 
que me ha dedicado el Sr. Duque de Amalfi, quien, por cierto, veo 
que no atribuye gran importancia al valor documental y testimo- 
nial que tenga una poesía, como tampoco yo se la concedo. Lo que 
tiene es que en el calor de la discusión, y por las aserciones que 
esta mañana oí, me parecía que íbamos exagerando aquella apolo- 
gía incondicional, que es precisamente lo que yo rehuyo en estos 
momentos. 

Pero, aun á trueque de cansar al auditorio, insisto en mis ante- 
riores manifestaciones, puesto que se refieren á antepasados nues- 
tros y no vuestros. Por lo tanto, siento disentir de las expresiones 
del Sr. Duque de Amalfi. Probablemente por la rapidez con que ha 
tenido que estudiar mi trabajo, habrá incurrido S. S. en confusión 
acerca de los escasos datos biográficos de este ilustre sevillano. 

No consta ciertamente, y es un error inexplicable que un eru- 
dito sevillano haya dicho eso, que Diego Mexía de Fernangil qui- 
siera vestir la toga de Oidor, puesto que no tenía condición ningu- 
na para ponerse la garnacha. Fué mercader, sola y puramente mer- 
cader, y tuvo aficiones de mercader, como lo acreditan sus viajes 
por Méjico, sus referencias á negociaciones, cierto que fracasadas, 

9 



— 130 — 

de que hace mérito en el prólog-o de la segunda parte, y el testimo- 
nio expreso de Mendibur, testimonio que por desgracia no está todo 
lo robustecido que pudiera, porque, según la deplorable costumbre 
de los eruditos de aquellos tiempos, no cita la fuente de que toma 
los datos, como tampoco la cita Ang-el Lasso de la Vega. Su aseve- 
ración, combatida por su propio testimonio, queda por los suelos, 
tanto más cuanto que el mismo Lasso de la Vega ha confundido á 
Diego Mexía con el oidor Mexía, también originario de Sevilla, que 
vivió antes que él, que no fué por cierto persona desheredada de la 
fortuna, sino muy lisonjeada por ella, puesto que ocupó un asiento 
en la Audiencia de Lima, se hizo luego jesuíta, profesando en el 
Colegio Mayor de Lima, y fué, por nombramiento del virrey Tole- 
do, Visitador de las provincias del Perú; á no ser que también haya 
dado lugar á esta confusión otro Mexía, que fué Oidor y Magistra- 
do en el Perú y Quito y obtuvo el título de Conde de Sierrabella. 

Para explicar el testimonio de Diego Mexía de Fernangil hay 
que descartar el hecho de que quisiera vestir la toga de Oidor y no 
lo consiguiera, ya que no era posible que pensara en obtenerla, 
puesto que no era ni aun licenciado. En la lectura que he hecho de 
sus obras no he encontrado un solo pasaje en que se llame á sí mis- 
mo, no ya licenciado, sino ni siquiera bachiller. El único título que 
alega es el de ministro de la Santa Inquisición para la revisión y 
visita de Librerías en el interior del Reino; pero ng-da tenía que ver 
con la gente de toga. 

Mas dejémonos de estas minucias y entremos en el fondo del 
asunto. No ha sido de manera indeliberada, como he hecho resaltar, 
la diferencia, la oposición absoluta y total en la mayoría de los ca- 
sos entre el espíritu de la legislación de Indias, el espíritu general 
de los gobernantes y de la masa general de la población que de la 
Península no salía, y la ejecución é interpretación que esas leyes 
tuvieron y alcanzaron en Indias. Lo que digo y repito es lo que 
dice la voz unánime de la Historia, voz que solamente ha podido 
ser alterada por las exageraciones verdaderamente monstruosas y 
ridiculas de algunos autores franceses, así como de algunos his- 
pano-americanos, que llegan á extremos absolutamente inconce- 
bibles, y por las especies que todavía tienen curso en algunos 
países y de las caales es buena muestra una de que me enteré en 



— 131 — 

París. Tratábase del caso de un señor que desempeñaba cargo ofi- 
cial en Bolivia, que al dar cuenta de una comisión antropométrica 
que había llevado á cabo en las regiones del Alto Perú, consig- 
naba el peregrino dato de que los españoles, en tiempos de la con- 
quista de aquellos países, tenían por costumbre inmolar todos los 
días doce indios en recuerdo de los doce apóstoles. (Risas.) Al co- 
nocer exageraciones de esta naturaleza, todo el que siente bullir 
sangre española en sus venas se indigna, se sorprende y protesta 
airadamente; pero cuidemos también de que esta protesta no nos 
lleve á extremos apologéticos. 

Ni los españoles ni los hispano-americanos podemos fácilmente 
contrarrestar el peso enorme, el tremendo caudal de declaraciones 
que contra la conducta de los conquistadores, de los colonizadores 
y de muchas autoridades españolas ha almacenado la Historia. No 
se trata ya de las alegaciones de un poeta como Diego Mexía de 
Fernangil, que, como dice muy bien el Sr. Duque de Amalfi, no es 
autoridad formal para la Historia, porque ha podido dejarse llevar 
por el vuelo de la fantasía y de su entusiasmo poético. No se trata 
tampoco de las alegaciones del P. Las Casas, que se dejó llevar de 
su celo hasta extremos verdaderamente condenables, aunque, como 
dice el refrán castellano, que también es muy corriente en Améri- 
ca, «cuando el río suena, piedras trae», y cuando ha habido mate- 
ria y margen en la Historia para que se diga tanto de nuestros an- 
tepasados, en verdad que debieron de pecar algo, y aun mucho, y 
podrían alegarse infinitos testimonios existentes en varios archivos, 
y principalmente en este de Sevilla, y testimonios tan contundentes 
como el de Pedro Cieza de León, natural de esta región sevillana, 
soldado de la conquista, que recorrió todos los reinos del Perú y 
Nueva Granada, que fué hasta el Potosí, y que nos ha dejado en su 
crónica declaraciones que son documentos vivos é irrecusables 
acerca de los malos tratos que se daban á los naturales, cosa que 
explica las disposiciones que adoptara Carlos V y las airadas pala- 
bras de Cieza. Pues qué, rieran acaso unos insensatos un Felipe HI y 
un Felipe IV al adoptar determinadas disposiciones, que no esta- 
rían justificadas si no se hubieran realizado hechos que clamorosa- 
mente demandaban á veces ejemplar castigo? 

Las palabras de Cieza, de gran peso y significación, son éstas, 



— 132 — 

voy á ver si las recuerdo: «Que por donde han entrado cristianos 
conquistando en estas tierras, no parece sino que con fueg-o se va 
todo agostando.» Eso dijo un español en el siglo xvi, que no fué 
fracasado ni tuvo aspiraciones á cargos que no lograra. 

Y por fin, citaré al azar, conforme me lo trae la memoria, un 
testimonio, por decirlo así, augusto, porque tiene la solemnidad de 
la muerte: el testimonio de Mancio Serra, uno de los últimos con- 
quistadores, que vivió en el Perú, alcanzando la edad de más de 
noventa años, y que en el lecho de la muerte, para cumplir un de- 
ber de conciencia, consignaba en su última voluntad la declaración 
de que él y sus compañeros se consideraban grandes culpables por 
la manera como habían llevado á cabo, no solamente la conquista, 
porque en los primeros instantes de la lucha todos aquellos abusos 
y excesos hubieran parecido disculpables, sino en la colonización 
de aquellos territorios. Esta verdad histórica es absolutamente do- 
cumental. 

Ahí están, por otra parte, los campos regados por acequias per- 
fectamente construidas en tiempo de los indios, que por la incuria 
de nuestras antepasados se han convertido en baldíos, y la infini- 
dad de pueblos hoy destruidos, que en otros tiempos fueron flore- 
cientes. 

Nuestra causa es buena y no necesita recursos extremos para de- 
fenderla. No incurramos, pues, en exageraciones que serían contra- 
producentes para ello. Los excesos han sido tan grandes, pero no 
mayores ni menores que los excesos de todos los conquistadores co- 
nocidos, casi sin excepción alguna. Es ley fatal de la Historia que 
donde se encuentra la fuerza frente á la debilidad, el abuso se 
comete. 

Decía también el Sr. Duque de Amalfi algo que me permitirá 
que no deje sin rectificación, porque no sería justo que quedase en 
pie. Decía que no ha habido ningún país que haya conservado los 
aborígenes en su inmensa mayoría, como lo ha hecho España en sus 
colonias. Lo que ha sucedido con los aborígenes de América es lo 
que ha ocurrido con los aborígenes de diversas colonias. Cuando 
la raza civilizadora se encuentra frente á pueblos cazadores los ex- 
termina, porque éstos no tienen medios de subsistencia en cuanto 
les falta el dominio de la tierra, pues una vez que ésta comienza á 



— 133 — 

desbrozarse, y la caza se ausenta de las selvas y praderas, y los ci- 
vilizadores se adueñan de las tierras, los indígenas tienen que mo- 
rir de hambre y de consunción. Esto ha ocurrido, como ya se ha 
dicho, en Tasmania, en la Australia y con los pieles-rojas, y ocu- 
rrió con los indios del mar Caribe y de Cuba, que como no estaban 
civilizados no tuvieron elementos con que defenderse. 

Pero cuando una raza conquistadora se encuentra con un pueblo 
relativamente civilizado, al cual no se le puede llamar sino semi-bár- 
baro, que cultiva, que produce, que tiene arraigo en la tierra, no se 
le destruye nunca. No aleguemos, pues, eso como un mérito, porque 
los países en que la población indígena ha producido y servido como 
elemento de riqueza, en esos no se ha extinguido, ni aun ha dismi- 
nuido considerablemente. Vivo está el ejemplo del Indostán y de la 
Indo-China, y eso fué lo que ocurrió con Méjico y con el Perú. 

Cuando la colonia conquistada tiene otros elementos producto- 
res, y cuando los que envía la madre patria no son colonos explo- 
tadores, sino colonos administradores, que se encuentran con vasa- 
llos indios que laboran la tierra, entonces no los destruyen, pueg 
ello iría contra su propia conveniencia, porque aquellos pobladores 
tienen asiento y arraigo en la tierra, porque á pesar de su incultura 
tienen medios de defender su existencia con aquella defensa pasiva 
que les sugiere su propia debilidad. 

Así, pues, resumiendo mis observaciones, y sintiendo mucho el 
giro que la discusión va tomando, declino la responsabilidad de lo 
ocurrido y declaro que intencionadamente he puesto de manifiesto 
que si las leyes fueron buenas, no las ideales, sino las mejores que 
podían ocurrírseles á Carlos V y Felipe II, si sus propósitos fueron 
generosos, la ejecución fué mala. Esto es cosa que para todo inves- 
tigador de la historia de América es inconcusa. Lo que tiene es que 
esa ejecución no fué especialmente mala, que corrió parejas con lo 
que hicieron y hacen los demás: eso va por descontado; pero no va- 
yamos tampoco á caer en el extremo de decir que la obra colonial 
de nuestra raza fué un dechado de benevolencia y que sólo se ad- 
virtieron en ella las manchas y crímenes que en toda obra humana 
se advierten, porque esto no me parece que sería decir la verdad. 

De modo que mantengo mis puntos de vista, y comprendiendo lo 
que, particularmente para un peruano, tiene de difícil sostenerlos, 



— 134 — 

lo pospongo todo ante mi deseo de restablecer los fueros de la ver- 
dad histórica. 

El Sr. Duque de Amalfi: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente; La tiene S. S. 

El Sr. Duque de Amalfi: De todas las manifestaciones elocuentí- 
simas del Sr. Riva y Agüero no he de discrepar más que en una. 
Al resumir en breves palabras sus razonamientos, ha indicado que 
podía decirse que nuestra colonización, por decirlo así, nuestro do- 
minio y administración en los grandes imperios, hoy Eepúblicas 
florecientes del Nuevo Mundo, no fué más ni menos cruel que la de 
las demás naciones. 

Yo, por el contrario, creo firmemente que fué muchísimo menos 
cruel, y en eso precisamente discrepo de S. S. La prueba no es más 
que una. Aquí estamos congregados y rodeados de nuestros herma- 
nos de América, los dignísimos representantes de aquellas Repúbli- 
cas, cuyas generaciones á través de varios siglos han podido dar 
como fruto los talentos y la cultura de estos señores que nos honran 
con su presencia en España. Si la colonización española hubiera 
sido tan bárbara como la de las demás naciones, esas Repúblicas no 
hubieran podido dar todas las muestras de progreso y cultura que 
dieron á principios del siglo xix. El ejemplo de Bolívar, San Martín, 
Bollo y otra multitud de hispano-americanos ilustres cuyos nom- 
bres no acuden ahora á mi memoria, es la prueba más elocuente de 
la alta misión civilizadora que España realizó en aquellos países. 
{Muy bien.) 

El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Riva y Agüero: Tengo la satisfacción de participar de los 
conceptos expresados por el Sr. Duque de Amalfi; pero no confun- 
damos las cuestiones, porque importa también para descargo de 
España no confundirlas. 

Tratábase aquí de la conducta de España con respecto á los in- 
dios. En cuanto á los criollos blancos, la cosa varía de aspecto, y 
aun cuando hubo errores políticos, jamás el trato de sus hermanos 
fué con ellos semejante al empleado con los indios: eso por descon- 
tado lo tenía; pero al citar los nombres de San Martín, Bolívar y 
otros elementos directores blancos no se toca el problema primero, 



— 135 — 

sino el segundo, y en eso convengo de muy buena gana con el se- 
ñor Duque de Amalfl: repitiendo mis aseveraciones acerca del tra- 
to con los indios, que es el punto de partida de la cuestión. 

El Sr. Duque de Amalfl: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Duque de Amalfi: Voy á decir algunas palabras nada más. 
Sin duda no me ha entendido bien el Sr. Riva y Agüero, no por 
falta de facultades comprensivas en él, sino por ineficacia en las 
expresiones que he empleado para refutar sus conceptos. De una 
manera mediata hay una relación, á mi modo de ver, entre el pro- 
ducto criollo iniciado por los conquistadores y su conducta en ge- 
neral como gobernantes. Los hombres feroces, los hombres despro- 
vistos de generosos sentimientos, que hubieran ido únicamente á 
realizar una expoliación bárbara y á beneficiarse, sin ninguna otra 
mira, á aquellas colonias, no hubieran podido producirlos vastagos 
cultos que hemos tenido el gusto de aplaudir desde que esas na- 
ciones lograron su independencia y comenzaron á entrar en las co- 
rrientes de la vida moderna. Los vastagos de esos hombres hubie- 
ran sido bárbaros, feroces, y lo que no hicieron los españoles, ellos 
lo hubieran hecho con los indios al verse en posesión del poder. 

Crea el Sr. Riva y Agüero que, en conjunto, en un concepto de 
relatividad, como hay que examinar todas las obras humanas, y 
en todo su carácter general, debe quedar sentado que nosotros po- 
demos gloriarnos de ser los maestros de la humanidad en punto á 
colonización, sobretodo cuando, remontándonos al ideal, recorda- 
mos aquella máxima de que «no sólo de pan vive el hombre». Ha- 
blamos de la esfera de las ideas, de los sentimientos, de la manera 
como allí ha sido tan hondamente infiltrado el espíritu de la Igle- 
sia Católica, que ha sido la maestra de la verdad, la única que ha 
tenido verdadera eficacia para domeñar las pasiones é instintos del 
hombre, y ese espíritu católico flota todavía en toda la América la" 
tina, y eso es precisamente lo que nos da motivo para abrigar ha- 
lagüeñas esperanzas acerca de su porvenir. (May bien. Aplausos.) 

El Sr. Presidente: Entiendo que el acuerdo del Congreso respecto 
á la interesantísima Memoria presentada por el Sr. Riva y Agüero 
debe consistir en dedicarle un tributo de aplauso y admiración por 
un trabajo literario que tal mérito, importancia é interés encierra; 



— 136 — 

porque en cuanto al muy incidental asunto de que trata el poeta en 
ese poema, eso ha sido ya resuelto esta mañana por voto unánime, 
después de una discusión también meditada y detenida, de tal ma- 
nera que, como acredita este documento, procedente de uno de los 
dignísimos representantes de América, se llegó á probar que el trato 
de España con los indios, lejos de ser cruel, podía estimarse como 
ejemplar. 

Como consecuencia de esta proposición, que fué igualmente y á 
continuación votada, el Congreso hispano- americano manifestó su 
vivo deseo de que en los países de la América española se mantengan 
en vigor todas las medidas necesarias para el mejoramiento moral 
y material de los indios, siguiendo el alto ejemplo que España dio 
siempre en favor de los aborígenes americanos. 

Votado este acuerdo por unanimidad, las indicaciones hechas 
por algunos Sres. Congresistas no pueden tomarse en cuenta para 
establecer un acuerdo del Congreso, y únicamente se puede hacer 
constar la admiración y aplauso de éste con relación al trabajo del 
Sr. Riva y Agüero. 

El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Riva y Agüero: Dos palabras para corresponder á los bon- 
dadosísimos elogios que me ha tributado el Sr. Presidente, y pedir 
perdón por la insuficiencia de mi expresión, suplida con creces por 
la intensidad de mis sentimientos de gratitud. 

Memoria titulada Un capitulo ¡yara la historia de Felipe II. Rela- 
ciones entre España y China. 

Puesta á discusión esta Memoria, dijo 

El Sr. Presidente: Creo que la declaración del Congreso acerca 
de este trabajo debe ser que lo considera como punto muy intere- 
sante, más bien en la historia de España que en la de los países his- 
pano-americanos. 

Memoria titulada El patronato de la Virgen de la Antigua en los 
descubrimientos geográficos de los españoles en el Nuevo Mundo, por 
D. Manuel Serrano y Ortega. 

Puesta á discusión esta Memoria, dijo 
El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 



— 137 — 

El Sr. Rivay Agüero: En realidad se trata de un punto de muy 
secundaria importancia, del cual tuvimos suficiente y clarísima no- 
ticia por la elocuente defensa oral que de este trabajo hizo su autor, 
porque toca á una antigüedad eclesiástica de mi tierra. 

El Sr. Serrano afirma, no sé si en el texto de la Memoria ó sólo 
en el resumen de que dio lectura el P. Partels en la sesión primera, 
que la catedral de Lima tenía como patrona á la Virgen de la Anti- 
gua, y yo quisiera saber dónde ha recogido esa noticia. 

Lo que hasta ahora sabemos en el Perú es que la construcción 
de la catedral data del año 1535, cuando Francisco Pizarro repartió 
los solares para construir la ciudad. Fué su patrona la Virgen de la 
Asunción; pero como se dio el caso de que la Iglesia Catedral del 
Cuzco tenía la misma patrona, ó acaso porque ignoraban en Roma 
que la advocación de la Asunción había sido escogida por el Mar- 
qués en la bula de erección de la catedral de Lima, expedida en 1541 
por Pablo III, se le dio como patrono principal á San Juan Evange- 
lista, y por eso todo limeño sabe que éste es el patrono de su catedral, 
y las armas de ésta son un cáliz, una sierpe y una fior, con una ins- 
cripción que dice: «Verum est testimonium ejus.» 

Santo Toribio no pudo ser el que impuso el patronato á la cate- 
dral, porque ésta estaba ya fundada en tiempos de dicho Santo, ni se 
puede decir que le diera él un nuevo patrono, porque si bien es cierto 
que la primitiva catedral fué destruida por los terremotos de 1609, 
se comenzó á reedificar cuando aquel Santo ya había muerto. 

Sospecho que hay en esto alguna inexactitud, debida á que se 
haya confundido con la erección de una capilla que, á semejanza 
de la que existe aquí en Sevilla, se levantó allí á la Virgen de la 
Antigua, bajo el patronato de la Universidad. 

Nosotros en Lima no tenemos conocimiento de que Santo Toribio 
de Mogrovejo dedicara la catedral á la Virgen de la Antigua. Sola- 
mente sabemos que el Marqués de Pizarro le dio por patriarca á la 
Virgen de la Asunción, y que el año 1541, por bula del Papa Pablo III, 
fué designado como patrono de la Iglesia Metropolitana San Juan 
Evangelista, y los limeños tenemos esta creencia muy arraigada. 

Este es un punto de algún interés para la historia eclesiástica 
del Perú, que yo quisiera llevar dilucidado, porque en otra ocasión 
no sería fácil hacerlo. 



— 138 — 

El Sr. Serrano: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Serrano: Los antecedentes que he tomado no me han in- 
ducido á afirmar que esta Virgen sea la patrona, sino que la igle- 
sia está dedicada á ella, y esos datos los he tomado de la Biblioteca 
Colombina, libro 89 de varios infolios, y en cuanto á todos los de- 
más comprobantes de las tesis que he sostenido en mi Memoria, al 
final de ella hago constar las fuentes de que me he servido. 

No se trata de un patronato oficial; pero de los importantes do- 
cumentos que cito, referentes á Cristóbal Colón, Vasco Núñez de 
Balboa, Hernando de Magallanes y Sebastián Elcano parece dedu- 
cirse de hecho este patronato. 

Puesta á discusión la Memoria del Sr. Gestoso, intitulada Un 
tesoro documental histórico casi desconocido, dijo 

El Sr. Presidente: Como verán los Sres. Congresistas, este traba- 
jo no es realmente una Memoria, sino la reproducción de una soli- 
citud presentada al Gobierno para lograr que el Archivo Notarial 
de Sevilla, en el que tanto abundan los documentos relativos á los 
descubridores y conquistadores de América, se ponga bajo la tute- 
la del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, á fin de salvar los in- 
convenientes que se ofrecen hoy p:ira estudiar ese caudal enorme de 
documentos, y para evitar, sobre todo, el riesgo que corren de no 
ser atendidos los investigadores con la puntualidad que ese Cuerpo 
importantísimo ha demostrado siempre. Implícitamente puede que- 
dar aprobado este pensamiento ya iniciado. 

El Sr. Ayala: El Sr. Gestoso^ que no ha podido asistir á esta se- 
sión, me ha encargado que hiciera esas mismas manifestaciones 
que acaba de exponer el Sr. Presidente; pero yo, por mi cuenta, 
quisiera modificar los puntos esenciales que en esa súplica hay que 
hacer. Dice el Sr. Gestoso que se dirija al Gobierno la solicitud por 
lo que se refiere al Archivo de Sevilla, y yo me permitiría agregar 
que se extendiera á todos los de las otras capitales de España, por- 
que no solamente Sevilla tiene Archivo de Protocolos con un gran 
caudal de antecedentes históricos, sino que también lo tiene Barce- 
lona, entre otras, y como esto implica una reforma muy grande 
dentro de lo estatuido por la ley Notarial, hay que hacerlo de tal 
manera que no se dañen intereses de ninguna clase. 



— 13'.) — 

Esa serie de documentos de siglos pasados fueron objeto en años 
anteriores de muchas investigaciones, pero hoy, en que la legisla- 
ción ha variado ya mucho, es necesario estudiar en todos los ar- 
chivos. Es muy rara la vez que se piden las copias de escrituras 
originales para cualquier cuestión que ante los Tribunales se enta- 
ble, y únicamente los documentos de treinta años á esta fecha son 
los que están en constante uso. 

El Sr. Gestoso pide que se solicite del Estado la declaración de 
Archivos provinciales, entregándolos para su custodia y adminis- 
tración al Cuerpo de Archiveros, y que las instalaciones se hagan 
por cuenta de los Municipios y Diputaciones provinciales. 

Ya sé yo que esto es muy difícil; pero si se llevara á cabo 
tendría el público á su disposición todos esos medios de investi- 
gación, y podría conseguirse el objeto que se persigue, para lo 
cual creo yo que el Congreso debe tomar ese acuerdo para dar ma- 
yor fuerza á la solicitud del Sr. Gestoso, que no sólo se dirige al 
Congreso, sino á vosotros, ilustres representantes de las Repúbli- 
cas hispano-americanas, para que hagáis que el Gobierno acoja di- 
cha idea. 

Antes de terminar quiero hacer constar que felicito grandemen- 
te al Sr. Gestoso por ese pensamiento, que á la larga, si esto se con- 
sigue, habrá de entrañar una verdadera trasformación en muchas 
cosas y nos habríamos de encontrar con verdaderas sorpresas. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: ¿Por qué no hacemos una declaración 
sobre la conveniencia de aceptar la proposición del Sr. Gestoso? 

El Sr. Presidente: Estaba ya acordado hacer esa declaración. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Perfectamente ; pues yo propongo 
que la Sección declare que es conveniente la proposición del señor 
Gestoso, y nada más. {Un Sr. Congresista: Si es una ley lo que se 
va á solicitar, tengan en cuenta los Sres. Congresistas que estos Con- 
gresos no son para eso.) 

El Sr. Presidente: El Congreso declarará que hace suya esa pro- 
posición. 

Los Congresistas se muestran de acuerdo con estas palabras, y 
se aprueba por aclamación la propuesta discutida. 



— 140 — 

Acto seguido el Sr. Presidente manifiesta que, con gran satis- 
facción, iba á dar lectura, como lo hizo, del telegrama que se había 
recibido del Jefe Superior de Palacio, contestando al que se había 
dirigido el otro día á S. M. el Rey. 

La lectura de este telegrama fué acogida con grandes aplausos. 

También dio lectura de las contestaciones recibidas á la felicita- 
ción que ayer acordó enviarla Sección de Geografía al Excmo. Se- 
ñor General Azcárraga, Presidente de la Sociedad Geográfica, y 
al Excmo. Sr. D. Faustino Rodríguez San Pedro, Presidente de la 
Unión Ibero- Americana. {Grandes aplausos.) 

Puesta á discusión la Memoria del Sr. Altamira, intitulada Nece- 
sidad de una bibliografía critica de las fuentes originales de la his- 
toria de América, dijo 

El Sr. Presidente: Como recordarán los Sres. Congresistas, esta 
Memoria no contiene más que una propuesta para llevar á cabo un 
pensamiento altamente conveniente. 

El Sr. Parra va á pronunciar algunas palabras referentes á este 
trabajo. 

El Sr. Parra: Señores Congresistas: ante todo, debo pediros per- 
dón por el tiempo que os moleste, aunque realmente lo que voy á 
decir es sólo para unos minutos. Se refiere no solamente á la Memo- 
ria, á la que desde luego dedico un caluroso aplauso, sino al señor 
Altamira, y principalmente á un asunto tratado aquí. 

Don Rafael Altamira fué el primero que lanzó la idea de la crea- 
ción de un Centro de Estudios hispano-americanos en el Archivo de 
Indias. Esto ya lo hizo constar en un informe que dirigió al Minis- 
terio de Instrucción Pública en 16 de Setiembre de 1909, páginas 77 
á 81 de su viaje á América. 

Después insistió sobre esa idea en diferentes Conferencias y más 
tarde la razonó y completó en el informe presentado á S. M. el Rey 
en 31 de Mayo de 1910, que figura en las páginas 587 á 589 del mis- 
mo libro. 

Como éste es un asunto ya discutido y se trata de un dato im- 
portante para la Historia, yo me he atrevido, aunque quizá con un 
poco de inoportunidad (Farío* ^S'res. Congresistas: No, no), á ha- 
blar sobre él, rogándoos me perdonéis por ello. Y ya que estoy en 
el uso de la palabra me voy á permitir ofrecer á los Sres. Congre- 



— 141 — 

sistas unos cuantos ejemplares de unos trabajos que he publicado, 
pero que por ser corto el número de aquéllos voy á distribuirlo con 
preferencia entre los Sres. Congresistas extranjero». 

(Al terminar la sesión hizo el Sr. Parra la distribución de los tra- 
bajos ofrecidos.) 

El Sr. Duque de Amalfi: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Duque de Amalfi: He pedido la palabra porque yo creo 
que el señor que me ha precedido en el uso de ella ha incurrido en 
un error involuntario al citar ciertas páginas del libro del Sr. Alta- 
mira. Yo tengo entendido, y también lo creen así algunas persona- 
lidades de Sevilla, que esta iniciativa se debe exclusivamente, con 
fecha anterior á toda iniciativa del Sr, Altamira, á S. M. el Rey, el 
cual ha manifestado siempre un vivo y vehemente deseo é interés 
por todo aquello que pueda cooperar á la compenetración moral é 
intelectual de España con las naciones que fueron sus antiguas co- 
lonias y que hoy constituyen su más legítimo orgullo, y con las cua- 
les quiere mantener sus vínculos de amistad ante el convencimien- 
to de que en ello va envuelto el porvenir de la raza á que tenemos 
el honor de pertenecer. (Muy bien.) 

El Sr. Parra: Voy á pronunciar dos palabras sólo para decir que 
estoy conforme con el Sr. Duque de Amalfi en recabar para S. M. 
el Rey las primicias de todo lo que sean iniciativas en bien de la 
raza, porque el Rey es el primero en todo. Por lo demás, no he he- 
cho más que citar unas fechas y unas páginas. 

Memoria intitulada Relación de los tripulantes de las carabelas 
de Cristóbal Colón en el primer viaje, por la Srta. Alice Gould. 

Puesta á discusión esta Memoria, sobre la que ningún señor 
Congresista pidió la palabra para hacer observaciones, dijo 

El Sr. Presidente: En vista de que ningún Sr. Congresista quie- 
re usar de la palabra para hacer observaciones sobre tan interesan- 
te trabajo, creo que debemos hacer constar que se ha visto con gran 
satisfacción, dada la diversidad de detalles y la claridad de su ex- 
posición, por lo cual constituye una obra maestra y una labor de 
exploración verdaderamente benedictina. [Grandes aplausos.) 

El Sr. Rodríguez del Busto pronuncia palabras que no se perci- 
ben claramente, y le contesta diciendo 



- 142 — 

El Sr. Presidente: Todo lo que aquí se ha dicho, incluso las fra- 
ses pronunciadas por el Sr. Rodríguez del Busto, está fielmente to- 
mado por los señores taquígrafos. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Solamente había preguntado yo si 
se han de publicar las Memorias presentadas, porque creo que co- 
rresponde incluir las que han llegado á la Mesa estando ausentes 
sus autores. 

LaSrta. Alice Gould: Pido la palabra. 

ElSr. Presidente: Tiene la palabra la Srta. Alice Gould. 

La Srta. Alice Gould: Es solamente para manifestar que en esa 
serie de citas de que consta mi Memoria no será extraño que fal- 
ten algunas de legajos, artículos, etc., etc. Hoy mismo me he en- 
terado del hecho inesperado de que el copista ha encabezado mi 
lista de citas con un nombre equivocado, y lo mismo que esta falta 
seguramente habrá muchísimas, por las que pido indulgencia á 
cualquier persona que las encuentre, esperando que las personas 
que tengan experiencia no me arrojarán la primera piedra. 

El Sr. Presidente: Tenga la seguridad la Srta. Alice Gould de 
que le serán admitidas cuantas rectificaciones desee hacer respecto 
á esas citas que se insertarán en su día en el libro de Actas. 

Memoria de D. Américo Lugo sobre el tema Correspondencia 
General de los Gobernadores, Intendentes y otros funcionarios fran- 
ceses de la isla de la Tortuga y costa de Santo Domingo, relativa á 
la parte española de la isla de Santo Domingo (1640-1701). 

Puesta á discusión esta Memoria, sobre la que ningún Sr. Con- 
gresista solicitó usar de la palabra, dijo 

El Sr. Presidente: Las dos circunstancias que concurren en esta 
Memoria, una de ellas la de su considerable volumen, y la otra el 
retraso en su presentación, han imposibilitado su estudio, dándose 
por enterados los Sres. Congresistas con el resumen que hizo su au- 
tor. Por tanto, creo yo que bastará con incluir el trabajo en el libro 
de Actas. {Muy bien.) 

Así se acuerda por unanimidad. 
El Sr. Jijón Caamaño: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Jijón Caamaño: Voy á usar de la palabra para hablar 
acerca de la redacción del acta. 



— 143 — 

Esta mañana se han tratado aquí asuntos que no son de la incum- 
bencia del Congreso y que están excluidos del Reglamento, tales 
como los relativos á los sucesos posteriores á la dominación española 
en la zona amazónica, y yo pido que todo lo dicho sobre esta cues- 
tión no se incluya en las actas, pues que de hacerlo así sería preciso 
exponervarias aclaraciones que yo mismo mevería obligadoáhacer. 

Vuelvo, pues, á repetir que por el honor de este Congreso se ex- 
cluya todo lo dicho respecto á esa cuestión á fin de no herir suscep- 
tibilidades de nadie. 

El Sr. Presidente: Oigo con muchísimo interés las palabras del 
Sr. Congresista; pero, al fin y al cabo, aun reconociendo yo que nos 
excedíamos ó extralimitábamos en la materia propia de nuestra la- 
bor, dimos á la discusión tal giro de comunión de afectos y senti- 
mientos de fraternidad entre las naciones interesadas en ese punto, 
que más que de historia es de actualidad y contemporáneo, y como 
ello vino á provocar una explosión de afectos y de inteligencia que 
determinó como un acuerdo inspirado por ese entusiasmo entre los 
representantes de esas naciones para hacérselo presente á sus res- 
pectivos Gobiernos, yo me atrevo á decir que aun reconociendo, 
repito, que cometimos una falta excediéndonos al tratar de esos 
asuntos, podemos aceptar la proposición ñnal que sobre la discu- 
sión se ha presentado. 

. Ahora bien, lo que sí lamenté mucho es haber tenido que rogar 
á los Sres. Congresistas, por lo mismo que esto llevaba una exten- 
sión desmedida, que procuraran ir más deprisa en sus contestacio- 
nes al Sr. de la Riva y Agüero. 

Lamento también que el Sr. Congresista que acaba de hacer uso 
de la palabra con esas manifestaciones no hubiera intervenido en- 
tonces, en el momento de la discusión, para evitar el mal efecto que 
hubiera podido producir este asunto. Lo pronunciado, pronunciado 
está. Serían precisas razones muy poderosas y superiores para que 
el Congreso, después de celebrada una sesión, borrara, como la es- 
ponja en el encerado, lo que se dijo. Al ñn y al cabo fué tolerado 
por todos, y tratar ahora de borrarlo no lo veo posible. Únicamente 
podría hacerse si de mutuo acuerdo con los señores que pronuncia- 
ron aquellas palabras, se adoptara alguna determinación. 

El Sr. Riva y Agüero: Sr. Presidente, importa ante todo hacer no- 



— 144 — 

tar que si yo cometí lo que puede llamarse extralimitación, fué por- 
que en el voto propuesto en la Memoria del Sr. D. Luciano Herrera 
se tocaba aquel punto con el cual estoy de acuerdo. 

Allí se hablaba de un voto en favor de los indios del Amazonas, 
y no solamente en la Memoria hubo alusiones claras al asunto, sino 
también en el extracto que sobre ella se hizo. Mi deber elemental y 
primordial era hablar como entonces lo hice, y si se quisiera mayor 
esclarecimiento sobre este punto estaría dispuesto á darlo en pú- 
blico y privado, aunque creo que el Congreso no es campo adecuado 
para ello; pero yo en ese sentido hablé y en ese sentido volvería á 
hablar si fuera menester. Ahora bien; si en opinión de los represen- 
tantes conviene retirar aquellas palabras, por mi parte no hay nin- 
gún inconveniente, pero eso será oportuno tratarlo cuando se discuta 
el acta. Si no se da cuenta de lo debatido esta mañana, tampoco 
puede darse de aquel voto que formulamos, adhiriéndome yo á lo 
pedido por el Sr. Eepresentante de Colombia para que los indios 
fueran mejor tratados. 

El Sr. Jijón Caamaño: El asunto tratado esta mañana interesa 
grandemente á los pueblos americanos, y de no aprobarse el acta en 
sesión sería preferible que se omitiera, porque de lo contrario po- 
dría herir las opiniones de unos y otros pueblos de América. De aquí 
que me haya creído en el caso de hacer, no una rectificación á lo 
dicho esta mañana expresamente, sino una aclaración para comple- 
tar lo dicho. Si no se va á insertar, es mi deseo que la cuestión se 
deje á un lado y no se discuta; pero si el acta no se rectifica, creo 
que será una cosa á la que nos veremos obligados. 

El Sr. Herrera (D. Luciano): El punto final de la Memoria que yo 
he presentado pertenece al cuerpo de la misma, como deducción de 
la exposición documentada que la constituye. Ese punto se ha apro- 
bado como la manifestación de un deseo. ¿Qué cosa más noble para 
este Congreso que la de desear que el pueblo latino-americano con- 
serve en sus leyes todas las disposiciones tutelares en favor de los 
débiles, haciéndose continuador de la obra de la España justiciera? 
De modo que este asunto no puede discutirse, porque está aprobado 
por el Congreso y no puede someterse á dudas ni á discusiones. 

El Sr. Presidente: Desde luego, señores, lo que se acuerde habrá 
de tenerse en cuenta; pero la expresión de determinadas palabras 



— 145 — 

consignadas en el acta yo creo que no tenemos autoridad ni facul- 
tades para borrarlas por nosotros mismos. 

Si los señores que las han pronunciado encuentran una fórmula 
satisfactoria que las aclare y explique, seria más satisfactorio y da- 
ría por completamente terminada la cuestión. 

La única autoridad que puedo tener en esto y la única influencia 
que puedo ejercer por el puesto que ocupo, es excitaros á que bus- 
quéis esa fórmula por virtud de la cual lo dicho se quede dicho si 
conviene así, ó que se supriman esos conceptos si así se acuerda. 
Ruego, pues, que en uno ó en otro sentido tengáis la bondad de dar 
vuestra resolución. 

El Sr. Riva y Agüero: Al adherirme á la proposición tan noble y 
tan bien intencionada del Gobierno de Colombia no he hecho sino 
cumplir con mi deber y dar pruebas de americanismo, de las leales 
intenciones del Gobierno del Perú, pues yo no pretendo traer aquí 
gérmenes de escisión, ni tengo empeño ninguno en suscitar cues- 
tiones odiosas para nadie. 

Convendría que se dijera simplemente que el Representante del 
Perú se adhiere á lo que el Sr. Representante de Colombia dice, y 
que el Representante del Perú hizo una breve exposición sobre la 
falta de responsabilidad de los representantes del Gobierno central 
del Perú acerca de los sucesos del Putumayo. {Muy bien.) 

¡Con esto creo que no he venido á traer elementos de escisión y 
odios! (Aplausos.) ¡Pero, señores, como en las palabras de mi amigo 
el Sr. Jijón Caamaño advertí algún tono como de conminación ó 
de amenaza, no podía retirarme, puesto que no podía huir de una 
polémica á la que se me citaba! 

El Sr. Jijón Caamaño: Estoy de acuerdo con las últimas palabras 
del Sr. Riva y Agüero, y, por consiguiente, sería lo mejor que en 
asunto tan delicado, ó no se dijese nada, ó que lo que se dijese fuera 
tanpocoque ello no pudiera herir susceptibilidades de ninguna clase. 

El Sr. Pallares Arteta: Sres. Congresistas, las palabras que yo 
pronuncié fueron de cordialidad y fraternidad. Ahora bien; si han 
de traer la consecuencia contraria de lo que me propuse, preferiría 
retirarlas, porque el punto es tan delicado y vidrioso que podría 
dar lugar á graves consecuencias que tal vez no convendrían ni á 
unos ni á otros. 

10 



— 146 — 

El Sr. Presidente: Creo que lo más satisfactorio para todos des- 
pués de las leales explicaciones que mutuamente se han dado los 
Sres. Representantes de las naciones americanas, es que dichas pa- 
labras se supriman en el acta, y así se evita todo motivo á explica- 
ciones ulteriores. Por consiguiente, las palabras pronunciadas por 
estos señores quedan borradas del acta. {Muy bien. AiJlaiisos.) 
Así se acuerda. 

El Sr. Riva y Agüero: ^Entonces qué es lo que vamos á poner en 
el acta? Yo realmente no lo sé, porque soy á la vez el Congresista 
que se adhiere á la proposición del Sr. Herrera y soy el Secretario 
que ha de redactar el acta. Es tan delicada esta cuestión que es pre- 
ciso tratarla con la mayor precisión. 

¿Qué es lo que voy á consignar en acta? 
( Varios señores interrumpen al orador.) 
El Sr. Ayala: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Ayala: Creo, señores, que antes de dar por terminada la 
sesión debemos proponer un voto de gracias para el Sr. Presidente 
por su acierto en la dirección de estas dos sesiones. 
Así se acuerda por unanimidad. 

El Sr. Larrea: Y yo pido otro para los Sres. Secretarios, que tan 
bien han sabido desempeñar sus cargos. 

También fué acordado por aclamación y se hizo extensivo á toda 
la Mesa. 

El Sr. Presidente: Yo he de dar las más rendidas gracias al Con- 
greso, mejor dicho, á los Sres. Congresistas, por las muestras que 
habéis dado aquí todos de vuestra cultura y erudición. En resumen, 
señores, mi admiración por la manera como todos habéis procedido, 
modelo de corrección, y por el fruto indudable que esta reunión de 
la Sección histórica produce por los trabajos y deliberaciones á que 
han dado lugar las Memorias presentadas, y mi deseo particular de 
que estos ratos de reunión sean de mutuo y personal afecto, que yo 
quisiera encontrar en lo sucesivo en cuantos Sres. Congresistas he 
tenido el honor de conocer por primera vez, á quienes me ofrezco 
de la manera más cordial, rendida y sincera. 

No habiendo más asuntos de qué tratar, se levanta la sesión. 
Eran las seis y cuarenta de la tarde. 



CUARTA SESIÓN 

CELEBRADA POR LA 

SECCIÓN DE GEOGRAFÍA 
EL DÍA 30 DE ABRIL DE 1914 



Abierta la sesión á las diez de la mañana, bajo la presidencia 
del Sr. Beltrán y Rózpide, dijo 

El Sr. Presidente: Según el Reglamento del Congreso, corres- 
ponden á la sesión de hoy las aclaraciones ú observaciones que ha- 
gan ó pidan los Sres. Congresistas sobre los trabajos presentados. 
Teniendo en cuenta el número de éstos, la Mesa debe fijar el tiempo 
concedido para dichas observaciones ó aclaraciones. Pero dado el 
buen juicio y discreción de los Sres. Congresistas, no considero ne- 
cesario hacerlo así: seguramente todos los señores que hagan uso 
de la palabra se atendrán á la brevedad exigida en estos Congresos, 
máxime sabiendo que pueden después dejar ala Mesa nota escrita, 
que en su día se insertará en el tomo de Actas en la extensión y 
forma que acuerde la Comisión correspondiente. 

Don Manuel Calderón, Delegado oficial de Costa Rica en este 
Congreso y Cónsul de la misma en Barcelona, me envía datos res- 
pecto de dicha República para presentarlos al Congreso y que pue- 
dan pasar á la Comisión de actas, lo cual hago con muchísimo gusto. 

Ahora el Sr. Secretario tendrá la bondad de leer el acta de la 
sesión anterior. 

Leída el acta, sin discusión fué aprobada. 

El Sr. Presidente: Advertiré, antes de comenzar la discusión ó 



— 148 — 

estudio de las Memorias, que á última hora ha llegado uno de los 
Congresistas, precisamente el Secretario de la Comisión organiza- 
dora, limo. Sr. D. Vicente Vera, que tenía preparado un trabajo, 
pero que á causa de la enfermedad de persona muy allegada á él ha 
tenido que retrasar el viaje, circunstancia por la cual no se pudo 
dar cuenta de su Memoria en la sesión anterior. Como en la de 
ayer se autorizó, si no estoy mal informado, para dar lectura de un 
estudio que también había llegado con retraso, suplico á la Sección 
que conceda idéntica autorización á D. Vicente Vera para que nos 
déunaidea brevísima del contenido delinforme que ha redactado. 

Habiéndose acordado así, dijo 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Vera para dar cuenta 
á esta Sección del contenido de su Memoria. 

El Sr. Vera: Muchas gracias al Sr. Presidente y á los Sres. Con- 
gresistas por esta amabilidad. 

Uno de los trabajos que tengo preparados está extractado en 
seis ó siete cuartillas que leeré en menos de los cinco minutos que 
determina el Reglamento. 

Materias colorantes usadas por los indios americanos. 

(Leyó, siendo muj^ aplaudido.) 

El otro trabajo es una Memoria acerca de Variaciones de clima 
en el Continente americano. 

El Sr. Secretario dio lectura á continuación de la propuesta que 
á esta Sección presenta el Sr. Martín Peinador. 

El Sr. Martín Peinador: Esta proposición que acaban de oir los 
Sres. Congresistas está fundada en la siguiente Exposición de mo- 
tivos. 

(Leyó, siendo aplaudido.) 

El Sr. Presidente: ¿Alguno de los Sres. Congresistas desea hacer 
observaciones con motivo de la propuesta que se nos acaba de leer 
y que ha razonado el Sr. Martín Peinador? 

No habiendo quien quiera usar de la palabra, queda aprobada. 

El Sr. Sosa, Delegado de Panamá, ofrece dirigir una petición á 
su Gobierno para que en el Istmo, hoy canal de ese nombre, en sitio 
desde donde se domine el mar, se ponga una inscripción en recuer- 
do del hombre que primeramente vio el grande Océano. 

El Sr. Pastéis: Pido la palabra. 



— 149 — 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Pastéis: Como quiera que hasta ahora no hay seguridad 
completa acerca d^el lugar en que nació Vasco Núñez de Balboa, 
yo creo que debemos hacer algo más en la investigación de docu- 
mentos relativos á aquel gran hombre. Aquí existen varias escritu- 
ras en el Archivo de Protocolos, algunas de las cuales se refieren á 
Vasco Núñez de Balboa, y seguramente en esas capitulaciones 
constará el lugar del nacimiento de este héroe, cuya celebridad ha 
pasado á la Historia. Por lo tanto, me parece á mí convendría que 
se nombrase algún comisionado para que viese en este Archivo de 
Sevilla si encontraba este documento preciosísimo, que marcaría un 
dato de que hasta ahora carece la Historia de España y que sería 
altísimamente glorioso, no solamente para España, sino para la me- 
moria del conquistador. 

El Sr. Presidente: (•; Algún Sr. Congresista desea hacer uso de la 
palabra acerca de esta que considero muy acertada indicación del 
Padre Pastéis? Porque, en efecto, no hay pruebas de que Jerez de 
los Caballeros sea la cuna de Vasco Núñez de Balboa. Se han hecho 
ya algunas investigaciones, hasta ahora sin resultado. Desde luego, 
en mi opinión procede, más que nombrar esa Comisión, encargar al 
Padre Pastéis que nos favorezca con las primeras investigaciones, y 
si en el día de mañana fuese necesaria esta Comisión, entonces pro- 
cedería nombrarla, pero por ahora no la creo de necesidad. 
El Sr. Pastéis: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Pastéis: No creo que deba ser confiada esta misión á un 
particular, sino á personas competentes en estas cuestiones, como en 
Sevilla las hay, el Sr. Gestoso, por ejemplo, á las cuales se encar- 
gase de averiguar el paradero de esta escritura á que hago alusión. 
Por tanto, si respecto de mi actividad y diligencia abrigo pocas es- 
peranzas, ayudado por dicho señor, que, según mis noticias, no hay 
otro como él en Sevilla para la investigación y lectura de docu- 
mentos paleográñcos, confío en que algo se conseguiría, mucho más 
si nos ayudara en nuestras tareas el Sr. Torres Lanzas. 

Esto es lo que expongo á la consideración de los Sres. Congresis- 
tas que tienen la bondad de escucharme. 

El Sr. Presidente: La Comisión encargada de este importantí- 



— 150 — 

simo trabajo puede estar compuesta, si á los Sres. Congresistas les 
parece, por el P. Pastéis y los Sres. Gestoso y Torres Lanzas. 

No habiendo ningún Sr. Congresista que se opusiera á esa desig- 
nación, quedó aprobada la indicada Comisión. 
El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Ya que se ha hecho uso de la palabra 
respecto á esa Memoria, quisiera hacer una pregunta respecto á la 
del Sr. Vera, que es muy importante también. 

Como quiera que los colores que nos ha estado explicando y dice 
que aplicaban los indios no se pueden fijar sin mordientes, quisiera 
saber si en la Memoria se indica cuáles son los que se usaban. 
El Sr. Vera: Pido la palabra. 
El Sr: Presidente: Tiene la palabra el Sr. Vera. 
El Sr. Vera: En algunos casos ha sido muy difícil, porque los en- 
sayos que hemos hecho en el laboratorio ya no permitían, al cabo 
de tanto tiempo, apreciar bien cuáles habían podido ser los mor- 
dientes; pero en otros sí, en otros casos se ha podido apreciar que son 
sales de alúmina. Se conoce que allí están muy extendidos, como en 
todas partes, los productos de la descomposición de los feldespatos. 
Claro que no se puede precisar si empleaban el sulfato de alúmina 
ú otros compuestos que por la acción del tiempo y reacciones que 
se hayan podido verificar en ellos se hayan convertido en aquel pro- 
ducto. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: Ya ven ustedes que he conseguido 
un nuevo triunfo para el autor de la Memoria. 
Muchas gracias. 

El Sr. Presidente: Entramos ya en el asunto principal de la 
Sección. 

El Sr. Manjarrés: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Manjarrés: Como el Congreso no tiene la autoridad nece- 
saria para imponer un cambio de nombre, que en este caso no sería 
un cambio, sino una adición que proponía en forma de recomenda- 
ción, ruego al Sr. Presidente me permita, en vista de esta conside- 



— 151 — 

ración, modificar las conclusiones de mi Memoria en la forma que 
voy á tener el gusto de exponer á los Sres. Congresistas. 

Desde luego, el tema de mi Memoria no estaba escogido capri- 
chosamente; es de actualidad; porque como se celebra el Centena- 
rio del descubrimiento del Pacífico, se trae también á la memoria 
las distintas expediciones que se practicaron por varias naciones 
para encontrar el llamado paso del Noroeste, ó sea una comunica- 
ción natural que se buscaba y era indispensable entre el Atlántico y 
el Pacífico, simultaneándose estos intentos con los de buscar la co- 
municación por medio de un canal interoceánico. 

Estas expediciones, unas diez aproximadamente, que compren- 
den desde 1774 á 1792, son simultáneas con los estudios que de or- 
den del Gobierno español hicieron esclarecidos militares, entre ellos 
el coronel Krame, para hallar la indicada comunicación. 

Es, pues, mi trabajo de gran actualidad, y por eso el Congreso 
podría acordar dedicar un recuerdo á aquellas memorables expedi- 
ciones españolas del siglo xviii, que buscaron el paso del Noroeste, 
compuestas por tan sabios marinos como Juan Pérez Ayala, Artea- 
ga y, sobre todo y muy especialmente, el eminente marino y diplo- 
mático español Quadra, cuyo nombre venía figurando hasta ahora 
al lado del de Vancouver en la designación de la isla así llamada, 
rindiéndole un tributo debido á este navegante, por haber sido sus 
expediciones una muestra de la aspiración que ya tuvieron nuestros 
marinos de encontrar la comunicación entre los dos mares, que afor- 
tunadamente se ha venido á realizar en nuestros días. 

El Sr. Presidente: Salvo el parecer, más autorizado, de la Sec- 
ción, no hallo inconveniente en aceptar esta modificación alas con- 
clusiones del trabajo notabilísimo que nos ha presentado el señor 
Manjarrés. 

Sin discusión se acepta la indicada modificación. 

Ábrese debate sobre la Memoria del Sr. Latorre, y sobre la titu- 
lada La enseñanza de la Geografía en la Casa de Contratación, dijo 

El Sr. Latorre: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Latorre: Voy á permitirme presentar una ampliación á 
esta Memoria, que se refiere principalmente á puntos que ya hemos 
tratado en la sesión anterior. Es una omisión cometida en la dispo- 



— 152 — 

sición del Ministerio de Instrucción Pública inserta días pasados en 
la Gaceta y que precisamente corresponde al contenido de esta Me- 
moria. 

En efecto, hay que reconocer, por diversas razones, la impor- 
tancia que debe tenerla investig-ación geográfica en estos estudios 
que se piensan implantar aquí en la Casa de Contratación, ó sea en 
el Archivo de Indias de Sevilla. Esto lo reconocerán el Sr. Presi- 
dente de la Mesa, ilustre geógrafo, y también el Sr. Vera. 

La primera razón es que la Geografía ha sido la única enseñan- 
za que se ha establecido en la Casa de Contratación de Sevilla des- 
de su fundación, y precisamente la Memoria que presento se refiere 
á la enseñanza de la Geografía en la época más remota. La segunda 
razón, que presento también en estas conclusiones, es que una bue- 
na parte del material documental de investigación que arriba tene- 
mos es material de geografía. 

A ello se refieren muchos problemas interesantísimos que aquí 
toco despacio en la Memoria y que no es ocasión de decir ahora, 
porque sería molestar la atención de los Sres. Congresistas. En este 
Archivo existen documentos que nos recuerdan los descubrimientos 
de aquellos hombres que en esas clases dieron enseñanzas, muchos 
de los cuales se anticiparon con sus descubrimientos algunos siglos 
con respecto al saber de la época. A uno de ellos se deben las pri- 
meras reglas para determinar la latitud en cualquier punto del 
Océano; á otro, la diferenciación entre el polo magnético y el geo- 
gráfico, que hasta entonces se creían uno mismo; á otro, el primer 
estudio de las corrientes marinas; á otro, el conocimiento de la mar- 
cha y formación de los ciclones; á Alonso de Santa Cruz, las cartas 
esféricas; y tantos otros que sería enojoso citar. 

Igualmente, este Archivo encierra una gran colección de mapas 
y cartas geográficas de grandísimo valor; basta dirigir la mirada 
por estas vitrinas para que podáis convenceros de ello; y ésta es la 
segunda razón que aduzco en mis conclusiones para demostrar la 
importancia que puede tener la enseñanza de la Geografía en esta 
Casa. 

La tercera, que podríamos rectificar muchos errores y equivoca- 
ciones que ha habido en el estudio de la Geografía con respecto á la 
intervención que los españoles tuvieron en ella, así como la omisión 



— 153 — 

de varios descubridores españoles que no aparecen en los libros que 
tratan de esta materia. 

Creo, pues, basado en estas razones, que debe ampliarse la serie 
de materias de enseñanza é investigación que se han de dar en este 
futuro Centro, ya hoy creado, de la Casa de Contratación del Ar- 
chivo de Indias de Sevilla, y con arreglo á esto presento una con- 
clusión á la Mesa, deseando que este Congreso la haga suya, dirigi- 
da al Ministro de Instrucción Pública, en esta forma: «El Congreso 
de Geografía é Historia Colonial Hispano-americanas, celebrado en 
Sevilla con motivo de la conmemoración del IV Centenario del des- 
cubrimiento del Pacífico por Vasco Núñez de Balboa, se dirige al 
Excmo. Sr. Ministro de Instrucción Pública, por medio de la Comi- 
sión nombrada para dar cumplimiento á sus acuerdos, solicitando 
que en el Centro de Investigaciones Históricas referentes á la época 
colonial, creado por Real decreto aparecido en la Gaceta del 18 de 
los corrientes, se completen las enseñanzas y materias de investiga- 
ción de paleografía, historia y bibliografía colonial con las de geo- 
grafía y cartografía colonial americanas.» {Aplausos.) 

El Sr. Más: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Más: Al pedir la palabra no es para impugnar la notable 
Memoria presentada por el Sr. Latorre y que tan magistralmente 
ha desarrollado, sino para proponer una ampliación con finalidad á 
la futura enseñanza de la Geografía y de que se preste la debida 
atención á los estudios sobre la Cartografía. 

Cierto que dentro de los límites del actual Congreso tal vez no 
caben por completo las proposiciones que voy á someter á esta doc- 
ta Asamblea; mas es mi idea fija que de los estudios y enseñanzas 
que atesoran la Historia y la Geografía en pasados siglos, se debe 
sacar alguna consecuencia para fomentarlos y ampliarlos en lo por- 
venir. 

Hoy tenemos que convenir en que son relativamente escasos los 
que dedican su vida á las investigaciones geográficas y á su estudio 
metódico y persistente; ello es debido, á mi entender, á que, así en 
los estudios elementales como en los superiores, no se da á la ense- 
ñanza de la Geografía la importancia y extensión que merece. 

Así vemos, por ejemplo, que en la enseñanza elemental carece- 



— 154 — 

mos de una Geografía graduada, y de enseñanza racional y prácti- 
ca, y yo pregunto: ¿Cómo vamos á tener buenos geógrafos y per- 
sonas que de esta ciencia hagan su especialidad, si principiamos 
por no sembrar con semilla adecuada? 

Es indispensable, señores, que las generaciones futuras tengan 
un más grande amor á la Geografía, y con ella á la Cartografía, 
que sea una gran legión los que á sus estudios se dediquen^ y toman- 
do por base las enseñanzas de aquellos eminentes geógrafos y car- 
tógrafos de los siglos XIV al xvi, ocupemos por nuestros estudios el 
lugar preeminente en la cultura de las naciones que aquéllos al- 
canzaron. 

Para llegar á ello, hay que constituir una base sólida desde la 
primera enseñanza, y á este ftn me permito proponer que «de los 
fondos destinados á este Congreso se asigne una cantidad equitati- 
va para premiar en libre concurso una Geografía elemental gra- 
duada». 

La segunda proposición consiste en que, siendo España la na- 
ción que más cartógrafos puede presentar como hijos suyos, se pro- 
ceda á un estudio concienzudo y lo más completo posible de nues- 
tra Cartografía antigua, que á la vez que reivindicaría la naciona- 
lidad española de muchos de sus autores, que hoy figuran como ex- 
tranjeros, serviría de base para estudios sucesivos y como pedestal 
del monumento de nuestros descubrimientos marítimos. 

De estos dos puntos de vista nos estamos ya preocupando en la 
Sociedad de Geografía Comercial de Barcelona, yno tardará en apa- 
recer un estudio sobre la Cartografía antigua con la reproducción 
de mapas inéditos; mas entiendo que nuestra acción particular ten- 
dría de ser ampliada por el Estado. 

Al presentar estas dos proposiciones, que someto á vuestro crite- 
rio, me guía á la vez el propósito de que se haga algo práctico y 
duradero, como recuerdo de este Congreso y de la conmemoración 
del IV Centenario del descubrimiento del Pacífico. (Aplausos.) 

El Sr. Presidente: Una observación me permito hacer respecto 
de la primera propuesta del Sr. Más. Es muy conveniente que se 
enseñe bien la Geografía; pero este Congreso tiene un objeto muy 
especial, pues su carácter es solamente geográfico é histórico, que 
no alcanza más que hasta principios del siglo xix, y claro es, 



— 155 — 

como dentro de este concepto general histórico hay que tomar los 
varios aspectos de las Memorias que sobre Geografía se han presen- 
tado, no sé hasta qué punto podemos disponer de los fondos del 
Congreso para una obra que uo encaja en su objeto especial, como 
es la que propone el Sr. Más. 

Y ya que estoy en el uso de la palabra, confirmaré algunas de las 
indicaciones que con tanto acierto ha hecho el Sr. Latorre referen- 
tes á lo conveniente que es trabajar mucho aquí, en nuestro país, 
para dar á conocer el esfuerzo enorme que se hizo en el trascurso 
del siglo XVI por los españoles para descubrir las tierras oceánicas. 
En efecto; las tierras oceánicas han sido descubiertas por nave- 
gantes españoles, mucho antes, casi un siglo antes, de que llegaran 
navegantes de otras nacionalidades. Y sin entrar en discusiones 
respecto á lo que dice Collingridgeen una obra notabilísima por él 
publicada, de la cual, por cierto, dedicó un ejemplar á S. M. el Rey, 
indicaré que muchos de los nombres españoles y portugueses que 
figuran en mapas del siglo xvi han persistido hasta nuestros días en 
los mismos atlas ingleses, alemanes y franceses, como la isla situada 
cerca de Tasmania, que aún se llama isla María, el arrecife Piedra 
Blanca, y el conjunto de islas cercanas á la costa oriental de Austra- 
lia que también llevan nombres españoles. Es de notar asimismo que 
los primeros navegantes españoles y descubridores españoles le 
dieron, en honor y recuerdo de la Casa de Austria, entonces reinan- 
te en España, el nombre de «Austrialia del Espíritu Santo», que más 
tarde se convirtió por el uso en el de Australia. (Muy bien.) 

Sin discusión quedan aprobadas las Memorias Traza de las cos- 
tas descubiertas de 1502 d 1519 desde Nombre de Dios hasta Florida; 
Descripción anónima del Perú y de Lima d piñncipios del siglo XVII. 
compuesta por un judio portugués y dirigida d los Estados de Ho- 
landa; Un precursor del canal de Panamá. Rectificación histórica, y 
El primer portulano holandés de la mar del Sur del año 1622 (con un 
retrato de Balboa), de los Sres. D. Francisco del Paso y Troncoso, 
D. José de la Riva y Agüero, D. Juan B. Sosa y D. F. C. Wieder. 
El Sr. Silva: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Silva: Lo que voy á exponer á la Sección es un proyecto 
sobre las ciudades donde han de celebrarse los Congresos sucesivos. 



— 150 - 

Este es un Congreso de carácter circunstancial que se celebra 
con motivo del descubrimiento del Océano Pacífico por Vasco Nú- 
ñez de Balboa, y como habrán podido observar los Congresistas, 
tiene un carácter de familia más bien que ñesta de raza; pero des- 
pués debemos llegar á algo que tenga un carácter general y legar 
desde tierras españolas una obra que interese al mundo entero, 
porque la obra de España debe ser conocida más allá de los Piri- 
neos y debe trascender á toda Europa y, sobre todo, al Nuevo 
Mundo. Creo también que tiene ó debe tener aquel aspecto que se 
refiere á la parte antecolombina. Pues bien, fundado en estas ideas 
raías, yo me permito proponeros que se tome el acuerdo de que en 
estos Congresos tengan entrada todas las naciones, con lo cual se 
les dará un carácter internacional. 

Por nuestra parte, los naturales del Sur de América, de proce- 
dencia hispana, no tenemos interés ninguno en segregamos ó sepa- 
rarnos del resto de los países extranjeros, y compartiendo estos 
Congresos con las grandes metrópolis podríamos celebrarlos en Pa- 
rís, en Lisboa y aun en Inglaterra y Alemania por la gran impor- 
tancia que el movimiento científico americanista tiene en estas na- 
ciones. 

Todas estas cuestiones han sido estudiadas profundamente en 
Alemania por los socialistas que están interesados en el régimen 
comunista. 

Por lo dicho anteriormente creo yo que, dando á este Congreso 
el carácter ó aspecto internacional propuesto por mí, se consegui- 
ría hacer que la obra de España se conociera y discutiera en am- 
plia libertad, á la par que la de los franceses, holandeses, ingleses 
y portugueses. (Continúa pronunciando el orador conceptos que no 
se entienden claramente.) 

Además, la celebración del próximo Congreso en Sevilla con 
motivo de la Exposición hispano-americana de 1916, constituiría 
como una segunda sesión del actual. 

Mi deseo sería que el Comité Ejecutivo organizara esta serie de 
Congresos americanistas, pero sin olvidar que nosotros, los sud-ame- 
ricanos, no podemos prescindir de países como Alemania é Inglate- 
rra, por el gran valor que tienen en el mundo. (El St'. Duque de 
Amialfl pide la palabra.) 



— 157 — 

Y para terminar he de manifestar á los Congresistas que mi pro- 
posición es que el próximo Congreso, del cual podiemos considerar 
á éste como introductivo, sea internacional de Historia y Geogra- 
fía del Nuevo Mundo, con sede en Buenos Aires ó en donde se fije. 
El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Duque de Amalfi para 
contestar al Secretario Sr. Silva. 

El Sr. Duque de Amalfi: Las razones expuestas tan elocuente- 
mente por el Sr. Silva son sumamente atendibles y respetables; 
pero entiendo que tienen un defecto capital y primordial, y es que 
de prevalecer la proposición del Sr. Silva, los Congresos que se 
celebi'en posteriormente serían unos Congresos completamente dis- 
tintos, y en manera alguna la prolongación del actual. La natura- 
leza de este Congreso, según indican su denominación y los traba- 
jos que han sido sometidos á él, es de Historia y Geografía hispano- 
americanas — fijaos bien— y en el instante que ostentara el carácter 
que S. S. propone sería Pan-americano y no Hispano-americano. 

Nosotros, el Comité Ejecutivo del Congreso, á que tengo la honra 
de pertenecer, hemos considerado que su importancia es tal, que no 
debe quedar sustraído al examen de las demás naciones; nosotros no 
hemos querido aislar el Congreso y reducirlo únicamente á las deli- 
beraciones de los pueblos de raza ibérica, y tanto es así, que han 
sido invitadas semi-oficialmente, puesto que tenemos un carácter 
semi-oficial, todas las naciones que poseen colonias en América. 

La presencia aquí del dignísimo Representante de la República 
francesa, es una prueba elocuente de que hemos hecho esta invita- 
ción. Los Estados Unidos han sido también invitados, y acaso por 
circunstancias de momento no están representados aquí. Holanda 
fué también invitada, é Inglaterra igualmente; pero ésta se negó á 
asistir, acaso por considerar que la denominación de «hispano-ame- 
ricanas» la excluía (El Sr. Silva: Ve S. S. los inconvenientes de con- 
cepciones familiares); pero puesto que hay Congresos hispano- 
americanos, como se ha indicado aquí, el Congreso hispano-ame- 
ricano debe ser como el crisol donde se funda el conocimiento de 
todos los asuntos que pertenecen á nuestra raza, que significa aspi- 
raciones concretas, ó mejor dicho, orientaciones intelectuales que 
nos son comunes, como decía muy bien el Sr. Martinenche. 

Por consiguiente, creo que la finalidad de este Congreso es indc- 



- 158 — 

pendiente del carácter pan-americano, y cuantos individuos perte- 
nezcan á un Congreso liispano-americano, se liayan adiestrado en él 
y templado sus armas de combate, estarán bien capacitados y en 
absoluta libertad para acudir á ellos, en los cuales harán valer la 
importancia de nuestra raza en la Historia, tanto de la madre pa- 
tria como de las naciones que fueron sus colonias y hoy son sus hi- 
jas. {Muy bien.) Pero entiendo, repito, que en el momento en que se 
aceptara la proposición del Sr. Silva, este Congreso se considera- 
ría disuelto en la sesión de clausura; así es que mientras conserve 
propiamente la denominación de hispano-americano , debe seguir 
funcionando con arreglo á las normas establecidas. 

Respecto al caso concreto de la celebración en Sevilla del pró- 
ximo Congreso, ó sea el que ha de coincidir con la Exposición 
de 1916, no veo ningún inconveniente en que sea continuación de 
éste. Creo que sería una cosa de gran importancia el que en Sevilla 
se celebrara, y me parece que precisamente el éxito de esa Expo- 
sición estaría en la celebración del Congreso en Sevilla, que es la 
Meca del americanismo. 

Además, el Sr. Silva juzga de una manera pesimista los ele- 
mentos culturales y la actuación de los españoles, no sólo por lo 
que se refiere al período de los virreinatos y á los posteriores, sino 
por lo que respecta á los estudios prehistóricos. Hay eminentes es- 
pañoles que se han ocupado de esto, y voy á citar un nombre, que 
creo que en mis labios no parecerá sospechoso, dados mis anteceden- 
tes católicos, de los que me siento cada día más orgulloso. Me re- 
fiero al Sr. Pi y Margall, que hizo estudios muy dignos de conside- 
ración sobre la historia de América anterior á la conquista. Por con- 
secuencia, nosotros, sin acudir al extranjero, tenemos elementos 
propios para demostrar nuestra capacidad en esta disciplina ame- 
ricana, y creo que como todos los individuos que pertenecen á este 
Congreso están capacitados para acudir á las otras Asambleas, de- 
bemos perseverar en la misma orientación que hasta ahora hemos 
seguido. Esta será una especie de escuela en la que se educarán 
para hacer valer ante la Europa entera todos nuestros merecimien- 
tos, y que prevalezcan siempre y en todo lugar los dictados de la 
Justicia, atropellada por la pasión sectaria cuando se trata de juz- 
gar á la insigne nación española. {Muy bien. Grandes aplausos.) 



— 159 — 

El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Riva y Agüero: Veo, Sr. Presidente, que nos vamos olvi- 
dando de lo que resolvió ayer la Sección de Historia, y esta contra- 
dicción en que incurrimos es tanto más singulai- cuanto ([ue estos 
señores asistieron á dicha sesión. 

En el día de ayer, á propuesta del Sr. Meany, delegado de Gua- 
temala, resolvió la Sección de Historia llevar á la sesión general 
del Congreso, porque creo que no tenemos facultades para más, la 
proposición de que en lo sucesivo se celebraran Congresos análogos 
á éste; vino entonces una adición del Sr. Jijón Caamaño, en la que 
decía que, existiendo Congresos americanistas de esta índole, que 
se celebran con frecuencia, era conveniente invitar á los miembros 
del Congreso que se reunirá el presente año en Washington, y el 
próximo en La Paz, para que se adhirieran á los que en lo futuro se 
celebren como continuación del actual. Tanto la primera propues- 
ta como la seganda fueron aprobadas, y en seguida se dijo que el 
próximo Congreso Hispanoamericano, que había de considerarse 
como continuación de éste, se reuniría en Sevilla, y alguien recor- 
dó también, no sé si aquí ó fuera de la sesión, en corrillos (pero tiene 
importancia, porque no es incompatible la asistencia á los dos Con- 
gresos), que en el mismo año de la Exposición Hispano-americana 
iba á celebrarse el Centenario de la Argentina, á que el Sr. Silva 
se ha referido, y me hicieron observar que como aquel Centenario 
iba á celebrarse en meses pctteriores á la Exposición de Sevilla, 
podían los concurrentes al Congreso de 1916 asistir también al or- 
ganizado en aquella República. 

De modo que yo pregunto: ¿vamos á desautorizar lo resuelto 
por la Sección de Historia? ¿Vamos á renegar de lo que hemos acor- 
dado ayer, ó nos sometemos á ese acuerdo, cuyas líneas generales 
me permito recordar y son las siguientes!-^: 

1.''^ Celebración periódica de Congresos semejantes á éste, y que 
la próxima reunión tenga lugar en Sevilla el año 1916. 

2.''^ Invitación al Congreso Americanista que se reúne este año 
en Washington y el año que viene en La Paz, para que nos honre 
con su reunión ese mismo año 1910 en Sevilla; y 

3.'** Que los sucesivos Congresos se reúnan alternando un año 



— 160 — 

en España y otro año en una capital de las Repúblicas hispano- 
americanas. 

Yo quisiera saber á qué debo atenerme, puesto que además de 
Congresista tengo el carácter de Secretario, y necesito saber lo que 
el Congreso determina, para, de acuerdo con ello, redactar el acta. 

El Sr. Ayala: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Ayala: Yo, realmente^ no debía hacer ahora uso de la pa- 
labra; pero creo que importa resolver y aclarar aquí si persistimos 
en el acuerdo de la sesión anterior ó si cambiamos de pensamiento. 
Hemos olvidado por un momento el carácter de este Congreso de 
Historia y Geografía. Además, yo creo que no debemos confundir- 
lo ni con Congresos Americanistas, ni con ningún otro, porque si se 
trata de nuestra Historia y de nuestra Geografía, fiquiénes mejor 
que nosotros las han de estudiar? 

El Sr. Larrea: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Larrea: Aun cuando la Sección de Geografía es ente- 
ramente independiente de la de Historia, me parece muy opor- 
tuno indicar que no debemos olvidar la decisión tomada por esta 
última. Debo, por otra parte, hacer constar que el Congreso de 
americanistas se preocupa principalmente de la arqueología ame- 
ricana, sin olvidar por eso la parte colonial é historia de la Inde- 
pendencia. Este Congreso ha tenido también un carácter colonial 
de Historia y Geografía, según los límites que señala el Reglamen- 
to. Por tanto, creo que la intención de la Sección de Historia al 
aprobar la moción á que me refiero, fué la de que éste sea el pri- 
mero de una serie de Congresos Hispano-americanos de Historia y 
Geografía. 

El Sr. Silva: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Silva: En contestación á las manifestaciones expuestas 
por el Duque de Amalfi, he de hacer constar que á mí me parece 
que España no debe tener interés determinado en tratar en su pro- 
pia casa los asuntos que se refieren á su historia, y, por consiguien- 
te, no hay razón ni motivo alguno para que Sevilla sea la sede 
donde hayan de celebrarse todos estos Congresos: debe dárseles un 



— IGl — 

carácter internacional, y desde luego no creo que el próximo deba 
celebrarse en Sevilla. Creo que el carácter hispano-americano de 
estos Congresos no debe ser motivo para que se celebren siempre 
de los Pirineos para abajo, aparte de que tratando todos los asun- 
tos referentes á la Geografía é Historia de la América española en 
Francia, Inglaterra, etc., todas las cosas de España podrían tras- 
cender más allá de los límites de su casa. 

El Sr. Duque de Amalfi: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Duque de Amalfi: He pedido la palabra solamente por- 
que tengo un vivísimo interés en dejar sentado que los que vivimos 
aquende el Pirineo, vivimos en el mundo. (Grandes aplausos.) 

En primer lugar, si se mira la cuestión desde el punto de vista 
de los sentimientos católicos, tan extendidos en la humanidad, tan' 
arraigados no ya en España, sino en Europa entera, quitando la ora- 
ción enseñada por Jesucristo en el Huerto, las plegarias más prin-' 
cipales se deben al ingenio de los españoles. Sabemos todos que' 
Osio, Obispo de Córdoba, fué el que definió el Símbolo Niceno, y- 
Don Pedro de Mozo, Obispo de Compostela, fué el que escribió la 
Salve. Por consecuencia, los extranjeros que profesan la Religión' 
católica, que son muchos, tienen conocimiento de la existencia de- 
España, siendo esto tan evidente que hasta las plegarias cotidianas- 
que se dirigen al Todopoderoso, son un modo directo de recordar qutí 
han existido y existen los españoles. Pues bien, en todas las mani- 
festaciones del culto católico viene á suceder lo mismo, y el insigne 
Presidente de esta Sección, D. Ricardo Beltrán y Rózpide, acaba 
ahora mismo de decir, para amplificar conceptos expuestos por el' 
Sr. Latorre, que es tal la importancia que tiene nuestra actuación- 
en el mundo, que con una centuria de adelanto habíamos hecho' 
ya el periplo del planeta, y la vida de los españoles ha sido tan' 
intensa, y continúa siéndolo todavía, como lo prueba el hecho de' 
que una gran parte del mundo se expresa en la lengua de Cervan- 
tes. Entiendo, pues, que, como han dicho aquí algunos señores; á 
nadie más que á nosotros interesa estudiar prof andamente la His- 
toria y la Geografía hispano-amcricanas, y cuanto más' las estu-- 
díemos, poseídos de la mejor voluntad para la compenetración de' 
ideas y sentimientos, más capacitados estaremos para ir á los Con- 

11 



— 162 — 

gresos formando un núcleo glorioso que afirme la potencia y el 
valor de nuestra raza. 

No tengo más que decir. (Grandes aplausos.) 

El Sr. Silva: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Silva. 

El Sr. Silva: También el Sr. Duque de Amalñ ha confundido mis 
palabras. Yo, al decir eso, he querido solamente dar á entender que 
las obras que se hagan en Francia, por ejemplo, tienen una gran 
trascendencia mundial. Por lo demás, estoy conforme con S. S. y 
soy el primero en admirar su disertación. 

El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. ' 

El Sr. Riva y Agüero: Después de las palabras que ha pronun- 
ciado el Sr. Silva, reduciré á la mitad lo que pensaba decir. 

Me limitaré a rectificar algunos conceptos que he oído á los se- 
ñores Ayala y Larrea, para precisar el alcance del voto que emiti- 
mos ayer. Se propuso que se invitara á los miembros del Congreso 
Americanista para el próximo de Sevilla y para los posteriores que 
se celebren, no ya en las ciudades de España y de América, sino 
también en las europeas, porque el sentido de la moción del Sr. Caa- 
maño era que habían de fusionarse ambos Congresos; pero después 
ha predominado aquí otro concepto: el colonial, como ha dicho muy 
bien el Sr. Larrea. 

En el Congreso Americanista de Washington, que es continua- 
ción de los que se han celebrado en Lima y Santiago de Chile, han 
predominado los estudios arqueológicos de la época prehispánica, y 
en éstos ocupan lugar preferente los nombres de Pi y Margall, como 
ha recordado el Sr. Duque de Amalfi oportunamente, Jiménez de 
la Espada y toda la pléyade de escritores americanistas españoles 
que han tratado de las antigüedades indígenas, cuyas declaraciones 
de texto y examen crítico constituyen la tarea primaria para la for- 
mación de la Historia americana, según lo declaraba la Memoria del 
Sr. Altaraira. 

Tanto es así, que conviene integrar la parte colonial de estos 
Congresos con la parte prehispana, y por eso en los primeros días 
de las sesiones de este Congreso preguntaba yo á la Mesa si, dado el 
espíritu del mismo, había latitud para tratar de las razas y antigüe- 



— 163 — 

dades indígenas, y según el programa, ya he visto que no encaja 
perfectamente en el cuadro de temas á discutir, lo cual constituye 
una razón más para que en los posteriores Congresos se amplíe el 
cuadro de temas. {Muy bien. Varios Sres. Congresistas muestran s^l 
aprobación d las palabras del 8r. Riva y Agüero.) 

El Sr. Vicepresidente (Candan): Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr.Vicepresidente (Candau): Hay aquí, según parece, una con- 
fusión que conviene aclarar. 

Tengo entendido que el Sr. Silva ha propuesto una cosa distinta 
á la que nosotros hemos acordado ayer ( Varios señores interrumpen 
y entablan diálogos): que como derivación de este Congreso se forme 
y se constituya uno nuevo independiente del actual. {Murmullos.) 
Este es un Congreso de Historia y Geografía Hispano-americanas, y 
lo que propone el Sr. Silva es un Congreso de Geografía é Historia 
internacional europeo-americano (El Sr. Silva: No; hispano-ameri- 
cano por su contenido), puesto que á él van á acudir los representan- 
tes de todos los países que tengan ó hayan tenido colonias en Amé- 
rica. 

{Siguen los murmullos y los diálogos entre los Sres. Congresistas.) 

Lo único en que yo quiero insistir es en que se celebre en Se- 
villa. 

El Sr. Silva: Perfectamente; pero un Congreso podía celebrarse 
en España y otro en América, alternando. 

El Sr. Martinenche: Pido la palabra. 

Eli Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Martinenche: Está entendido y acordado que el próximo 
Congreso Hispano-americano se celebrará en esta misma ciudad de 
Sevilla. Ahora bien, lo único que quiero agregar es que un Congre- 
so de esta índole podrá celebrarse algunas veces, ya que no siem- 
pre, en otros países distintos de América y de España. Lo digo, 
porque yo, que tengo el orgullo de ser primo hermano vuestro {Ri- 
sas) creo que sería interesante exponer en París el resultado de to- 
dos los trabajos que se discutan ó puedan discutirse en América y en 
España. Lo digo, además, en nombre de mi país, invitando á todos 
los Sres. Congresistas y ofreciéndoos la ciudad de París, poniendo 
á vuestra disposición todos los recursos y medios de que podamos 



— 164 — 

disponer. Desde luego puedo aseguraros en mi nombre y en el de 
mis compañeros en la Sociedad de Geografía que represento, que en- 
contraréis una acogida cariñosa en aquella capital. (Grandes y pro- 
longados aplausos.) 

El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Riva y Agüero: Cuando se resolvió ayer que se invitara á 
todos á aquel Congreso americanista de que nos dio cuenta cabal 
el Sr. Jijón Caamaño, se acordó no sólo implícita, sino explícita- 
mente, que la sede de los sucesivos no fuera únicamente España, 
sino también algunas otras naciones, porque invitando á todos 
aquellos americanistas que tratan de asuntos americanos, aunque 
sean extranjeros, era forzoso que alguna vez fuéramos á otra sede. 

Hemos acordado que el próximo Congreso sea en Sevilla con 
carácter colonial, pero tratándose también en él los asuntos i'ela- 
cionados con los trabajos de los españoles. Después podrán acudir 
los Congresistas al Congreso que se celebre en la Argentina con mo- 
tivo del Centenario á que aludía el Sr. Silva, y después se celebra- 
rán en ciudades de España, de América y de las naciones europeas. 
Todo esto está acordado y no hay para qué volver sobre ello. {Muy 
bien.) 

El Sr. Rodríguez del Busto: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Rodríguez del Busto: No voy á tratar de este asunto, por- 
que está completamente discutido. Para pedir la toma en conside- 
ración, que es lo que corresponde para tratar la proposición del 
Sr. Silva, se necesitaría la adhesión de las dos terceras partes de 
los presentes, y veo que éstos, por el contrario, no están conformes 
con su espíritu. 

Voy á tratar un punto que ha tocado el Sr. Riva y Agüero, en 
el que difiero un poco y pretendo que él mismo cambie de opinión. 

La limitación de los asuntos que puede estudiar este Congi'eso 
me parece que hade resultar ineficaz y perjudicial; yo creo que la 
manera de evitar roces con España y las Repúblicas americanas, 
ó roces entre sí, no es suprimir las discusiones de los puntos en de- 
bate ó en litigio, sino la franca y sincera discusión científica de 
todos los extremos, aun de los más peligrosos, y así procedí yo con 



— 165 — 

esa cuestión ele las escenas de sangre, y así también se pueden tra- 
tar las guerras de las independencias, porque no hay ira ni enfado 
ni aun por los asesinatos cometidos por americanos ni por los co- 
metidos por españoles. 

El Sr. Riva y Agüero: Pido la palabra. 
El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Riva y Agüero: Acerca de la rectificación del Sr. Rodrí- 
guez del Busto no me cabe decir más que por no haberme podido 
explicar con la claridad necesaria á fin de no prolongar la discu- 
sión, no ha entendido bien el alcance que he dado á mi observación 
acerca del estudio de la época independiente. Ante todo, es pres- 
cripción de prudencia elemental en todo período que los Congresos 
no se ocupen en materias históricas recientes, porque vivos están 
los recuerdos, no sólo nacionales, sino individuales, y no ha habido 
el tiempo necesario para la depuración liistórica ni para que se des- 
taquen con claridad los perfiles de los hombres y de las cosas; pero 
aquí no se trata de eso. Su Señoría ha entendido que yo decía que 
eso puede ser origen de descontento con España, y yo no he queri- 
do decir eso. Para nosotros los peruanos la cosa no tendría incon- 
veniente alguno, porque se nos censuró el haber sid > algo reacios 
en el movimiento de la independencia. Pero no estaba ahí la difi- 
cultad. 

Cuando nos separamos de la madre España no rompimos con 
ella, sino que resultamos varias hermanas autónomas. La cuestión 
está en la división de la hijuela entre las distintas hermanas, y si 
tratamos de la independencia en los Congresos posteriores, esto va 
á ser un semillero de disgustos y se convertirá en un conjunto de 
quisquillosidades y conflictos que á todos importa apartar del solar 
de nuestra madre, á quien no venimos á turbar con nuestras pre- 
tensiones, sino á rendir el testimonio de nuestro afecto. (May bien.) 

Lo que he querido decir es que no debe tratarse de esa época de 
la independencia, porque ahí está el origen de nuestras cuestiones 
de límites; no he querido decir otra cosa. (Aplausos.) 

El Sr. Pres'dente: La conclusión debe ser la siguiente: 

«La Sección de Geografía del Congreso hace suyo el acuerdo de 
la Sección de Historia, y quiere que conste de una manera clara y 
terminante que estos Congresos, á que se refería la Sección de His- 



— 166 — 

toria, puedan también celebrarse en las capitales ó grandes centros 
de Europa.» 

Así quedó acordado. 

El Sr. Calderón: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Calderón: He pedido la palabra para proponer al Con- 
greso un voto de gracias para el Sr. Presidente por su acertada di- 
rección en estos debates, como á los demás señores que componen 
la Mesa. (Grandes aplausos.) 

El Congreso así lo acuerda. 

El Sr. Secretario da cuenta á la Sección de la propuesta de pe- 
tición de la Gran Cruz de Alfonso XII para el Sr. Torres Lanzas, 
formulada por varios Sres. Congresistas. {Grandes aplausos.) 

El Sr. Manjarrés: Por aclamación. {Aplausos.) 

Así se acuerda. 

El Sr. Más: Pido la palabra. 

El Sr. Presidente: La tiene S. S. 

El Sr. Más: Yo me adhiero al voto de gracias al Sr. Presidente; 
pero pido un voto de gracias también para la Comisión organizado- 
ra de este Congreso, cuyo éxito creo se debe en parte á dicha Co- 
misión. {Muy bien. Aplausos.) 

El Sr. Presidente: Gracias muy fervorosas al Congreso por estas 
muestras de gratitud con que me ha honrado, y á la Comisión de 
que tuve el honor de formar parte. Aquí hemos coincidido, mejor 
dicho, hemos convivido unos cuantos días dentro del ambiente de 
fraternidad que trae siempre la labor intelectual, labor intelectual 
que en este cuso nos une con más fuertes lazos, puesto que se refiere 
á la geografía de tierras que han sido nuestras. 

Es preciso perseverar en esta tarea, en esta labor, y para ello 
ya tenemos abierto el camino, porque nada mejor, y así se va á ha- 
cer, que aprovechar la oportunidad que nos otrece este ciclo de 
Congresos que ahora empieza: Congreso Internacional de America- 
nistas en Washington, en Setiembre ú Octubre de este año; Con- 
greso Internacional de Oceanografía en Madrid, en Mayo de 1915; 
Congreso Internacional de Geografía en San Petersburgo, en Junio 
ó Julio del mismo año; serie de Congresos de todas clases, entre 
ellos históricos y geográficos en San Francisco de California, desde 



— 167 — 

I.** de Enero hasta fin de Setiembre ó principios de Octubre del mis- 
mo año de 1915; Congreso Internacional de Americanistas, creo que 
también en La Paz en 1915 ó 1916, y, por último, Congreso de His- 
toria y Geografía en esta misma ciudad de Sevilla con motivo de la 
gran Exposición Hispano-americana del mismo año de 1916. 

No nos despidamos, pues, sino hasta muy pronto. Hasta Ma- 
drid, Sevilla, San Petersburgo, Washington ó hasta donde podamos 
volver á encontrarnos para continuar trabajando en esta digna, no- 
bilísima misión en que nos hemos empeñado. 

Por último, mi felicitación entusiástica á todos los señores que 
con sus Memorias, sus informes, sus discursos, han tomado parte en 
las tareas de este Congreso; discursos, informes y Memorias que han 
venido á dar la razón del contento que yo siento al encontrarme 
presidiendo esta doctísima reunión de hombres que tanto valen, de 
maestros verdaderos en la difícil tarea de las investigaciones cien- 
tíficas é históricas. 

He dicho. (Aplausos.) 

No habiendo más asuntos de qué tratar, se levanta la sesión. 

Eran las doce de la mañana. 



SESIÓN DE CLAUSURA 



CELEBRADA 



EL día 1." DE IVIAYO DE 1914 



Abierta la sesión á las tres y treinta y cinco de la tarde, bajo la 
presidencia del Excmo. Sr. D. Fidel Fita, el Sr. Secretario, D. Je- 
rónimo Becker, dio lectura á las conclusiones aprobadas por las 
Secciones de Historia y de Geografía, á saber: 

1.*^ El Cong-reso hace fervientes votos por la paz de América. 

2.^ Acordar la celebración periódica de Congresos como el pre- 
sente, alternando en las ciudades españolas y las poblaciones de 
América y en las diversas ciudades europeas, comprendiendo los 
temas no sólo la época de la colonia, sino los tiempos anteriores al 
descubrimiento. 

El próximo celebraráse en Sevilla durante la Exposición, invi- 
tando á adherirse al Congreso de Americanistas que este año se ce- 
lebra en AVashington y el inmediato en La Paz. 

3.^ Pedir al Gobierno se mantenga abierta la Exposición de 
documentos y mapas hasta la clausura de la Exposición Americana 
de Sevilla. 

4;* El Congreso declara que España, como nación, no fué res- 
ponsable de los excesos realizados durante la conquista y coloniza- 
ción americana. 

5.^ El Congreso hace constar su vivo deseo de que en todos 
los países de la América española se mantengan en vigor, perfeccio- 
nándolas, todas las medidas necesarias para el mejoramiento moral 



— 169 — 

y material de los indios de América, siguiendo el alto ejemplo que 
España dio siempre en favor de los aborígenes de América. 

6.* El Congreso declara conveniente la realización del proyecto 
de creación de un Centro Internacional de Investigaciones Históri- 
cas con sede en Madrid ó Sevilla. Este Centro, constituido en forma 
similar á la de la Oficina de las Repúblicas americanas de AVashing- 
ton, costeado por suscriciones anuales de cada Gobierno americano 
y secundados por los Gobiernos español y portugués y particulares, 
será administrado por delegados ó representantes diplomáticos. 

Los Gobiernos y las instituciones americanas y españolas que 
mandasen realizar estudios en los Archivos americanos de Europa 
comunicarían al Centro el tema de sus investigaciones. 

Los fines del Centro serán: acopiar bibliografías de Historia y 
Geografía americanas; formar una biblioteca exclusivamente dedi- 
cada á catálogos de Archivos, de Museos y de Bibliotecas, á obras 
generales de historia colonial y geografía americana; tomar razón 
de los temas investigados por delegados de Gobiernos y particula- 
res y facilitar su conocimiento á quienes lo soliciten; publicar una 
revista dedicada á divulgar bibliografías, á dar cuenta de las in- 
vestigaciones realizadas y á reseñar las que se lleven á cabo en los 
diferentes Archivos. 

7.''^ El Congreso acuerda solicitar del Gobierno que los Archi- 
vos generales de protocolos de las capitales y ciudades más impor- 
tantes sean declarados histórico-provinciales y entregados al Cuer- 
po facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. 

En esos Archivos sólo se comprenderán los fondos anteriores á 
la segunda mitad del siglo xix. 

8.*^ Se acuerda elevar al Gobierno de S. M. una moción, pi- 
diendo la Gran Cruz de Alfonso XII para el Sr. Torres Lanzas. 

9.* El Congreso acuerda felicitar al Sr. Ministro de Instrucción 
pública por su idea de crear uu Centro de Estudios Americanistas 
y rogarle se completen éstos con la creación de una Cátedra de 
Geografía. 

10. Que se den las gracias más expresivas al Excmo. Ayunta- 
miento de Sevilla por su acuerdo, realizado ya, de dar el nombre 
de «Núñez de Balboa» á una calle recientemente abierta en esta 
ciudad. 



— 170 - 

11. Expresar oficialmente el deseo del Congreso de que, en la 
ciudad donde nació Balboa, en las poblaciones de Extremadura 
donde haya vinculadas aún familias que se consideren proceden- 
tes de la de aquél, y en Cádiz, Huelva y Badajoz, titulasen alguna 
calle ó plaza con el nombre de «Balboa», si no las hubiese así lla- 
madas. 

12. Acudir también á los Poderes públicos, en súplica de que 
se ponga el nombre ilustre de «Núñez de Balboa» á una unidad de 
nuestro Ejército, de las que actualmente existen, si hay alguna 
cuyo nombre no responda hoy á ningún fin histórico ni prehistóri- 
co; y si no pudiera ser esto, que se declare de Real orden que el 
primer Cuerpo que se organice lleve ese nombre esclarecido. 

13. Dirigir igualmente un ruego á los dignísimos representan- 
tes americanos para que manifiesten á sus Gobiernos el anhelo de 
este Congreso de que, en las poblaciones relacionadas con el movi- 
miento histórico del Centenario, se perpetúe también el recuerdo 
de Núñez de Balboa, dando su nombre á alguna vía pública, plaza 
ó puerto importante, cuya realización recibirá España con profundo 
reconocimiento. 

Y, respecto á la República de Panamá, exponer la idea de que 
en el punto dé la montaña que designe la tradición por haber sido 
aquel desde el cual Núñez de Balboa vio el buscado mar del Sur, 
se elevara un primitivo pedestal en una de cuyas piedras se graba- 
rá la siguiente inscripción: «Desde este punto contempló, asom- 
brado, el llamado Mar del Sur, ó sea el Océano Pacífico, el pri- 
mer europeo. Fué el español Vasco Núñez de Balboa, guiado hasta 
allí por el indio hijo de un jefe indígena del mismo país. 25 de Se- 
tiembre de 1513.» 

Quedan aprobadas. 

El Sr. Presidente: Se va á proceder al nombramiento de la Co- 
misión permanente encargada de la ejecución de los acuerdos y 
preparación del futuro Congreso. 

La Mesa trae una lista que el Congreso tendrá la bondad de de- 
cir si se aprueba ó no. 

El Sr. Secretario: Comisión encargada de la ejecución de los 
acuerdos de este Congreso y preparación del de 1916: 

Excmo. Sr. D. Fidel Fita, Presidente. 



— 171 — 

limo. Sr. D. Antonio Collantes de Terán. 

Excmo. Sr. D. Eicardo Beltrán y Eózpide. 

Excmo. Sr. Marqués de Laurencín. 

Excmo. Sr. Duque de Amalfi. 

Excmo. Sr. Marqués de Torrenueva. 

Excmo. Sr. D. Manuel Hoyuela. 

Queda aprobada. 

El Sr. Presidente: Procede el nombramiento de la Comisión de 
actas, cuya lista se servirá leer el Sr. Secretario. 

El Sr. Secretario: Comisión encargada de la publicación de las 
Actas y Memorias del Congreso: 

limo. Sr. D. Vicente Vera. 

Sr. D. Joaquín de Ciria. 

Excmo. Sr. D. Jerónimo Becker. 

Queda aprobada. 

El Sr. Presidente: El Excmo. Sr. D. Enrique Larrain Alcalde, 
Ministro Plenipotenciario de Chile, tiene la palabra. 

El Sr. Larrain: Eminentísimo Señor. Señores: No es solamente 
un deber de cortesía internacional lo que me mueve á asumir la re- 
presentación de los delegados de América en esta Asamblea de 
vinculaciones históricas y de solidaridad de raza, sino un senti- 
miento de sinceridad verdadera para expresar nuestro agradeci- 
miento á los promotores y organizadores de este Congreso, y á las 
autoridades y sociedad de esta metrópoli cultísima, que han sabido 
rodearnos del halago de su hospitalidad hidalga y generosa. 

Francamente, no podríamos despedirnos de vosotros sin pronun- 
ciar, en vez del adiós de la partida, el «hasta luego» que nos dic- 
tan los anhelos de nuestra esperanza; y por esto los delegados de 
América no titubean en contraer solemnemente el compromiso de 
recabar con su mejor empeño la aceptación, por parte de sus respec- 
tivos Gobiernos, de la invitación á la gran Exposición Hispano-ame- 
ricana que ha de celebrarse en Sevilla en 1916, como un afianza- 
miento de vínculos que estrechan la sangre y la tradición, y como 
manifestación real y eficaz de los esfuerzos vigorosos y tangibles de 
la raza hispano-americana por llegar á ocupar el puesto que en la 
moderna civilización le deparan sus gloriosos antecedentes y sus 
preclaros destinos. 



— 172 — 

De esta manera habremos de volver seguramente muy pronto á 
cobijarnos en esta hermosa capital de Andalucía, guardadora de la 
Historia del Nuevo Mundo descubierto y del Nuevo Mundo conquis- 
tado, cuna de grandiosos hechos y de titánicas epopeyas; y al des- 
cubrir entonces el camino en tan corto tiempo recorrido, al demos- 
trar que ese suelo de America, tan fértil para la libertad y para la 
gloria, empieza, apenas rayado el surco, á ser fecundo para el pro- 
greso, nuestros afectos y nuestros corazones abrazarán nuevamente 
la vieja España, que estamos habituados á llamar nuestra madre pa- 
tria, y volveremos á repetir en su seno, con nuestra sinceridad in- 
génita, la palabra leal y cariñosa que une á los hermanos, la pala- 
bra que sabemos pronunciar con el acento que mata á la duda, esa 
palabra: «confraternidad», que regocija á los hombres y entreabre 
á las naciones dilatados horizontes de prosperidad y grandeza. 
{Aplausos.) 

Sean los últimos votos de los delegados de América en el mo- 
mento de la clausura de este Congreso por la prosperidad de Sevi- 
lla hospitalaria, de la gloriosa madre España y por la ventura per- 
sonal de su augusto Soberano. {Grandes aplausos.) 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Excmo. Sr. Alcalde de 
Sevilla. 

El Excmo. Sr. Alcalde de Sevilla (Marqués de Torrenueva): 
Tengo necesidad de disculpar al Sr. Presidente de la Diputación 
provincial de Sevilla, encargado de pronunciar algunas palabras 
en este Congreso, por su ausencia obligada é involuntaria. 

En el día de hoy, por ministerio de la ley, se reúne la Asamblea 
provincial á una hora determinada, y el Sr. Rodríguez Jurado, al 
adquirir el compromiso de venir aquí, creyó sin duda que á la hora 
para la cual estaba citado el Congreso habría cumplido con esos de- 
beres ineludibles. 

Yo creo que de un momento á otro se presentará, y como el Con- 
greso no puede detener su sesión, me creo en el deber, como Al- 
calde de Sevilla y autoridad que representa la ciudad, de manifes- 
tar esta coincidencia desagradable para que no aparezca que el se- 
ñor Rodríguez Jurado, Presidente de la Diputación provincial, no ha 
guardado la cortesía y la exactitud que una Asamblea de esta natu- 
raleza merece. Sólo á esa fatal coincidencia se debe su ausencia en 



— 173 — 

este acto: quizá creyera que tenía tiempo para acudir á él, y cual- 
quier incidente de los que ocurren en todo Cuerpo deliberante se lo 
haya impedido. 

Repito, pues, que creo es un deber mío dar esta explicación al 
Congreso, y no debo decir más, porque después de lo manifestado 
aquí con referencia á la labor realizada por las Secciones, no me 
considero con las condiciones suficientes para improvisar un dis- 
curso; pero sí debo decir á los Sres. Congresistas que Sevilla ha 
sentido una gran satisfacción con la celebración de este Congreso, 
y que>debe á todos los Sres. Congresistas un gran agrandeciraiento 
por su propósito para el porvenir de esta ciudad de España. Sevilla 
está siempre dispuesta á recibir en su seno á todas las Asambleas 
de esta naturaleza, que son ciertamente las que han de promover 
con más desinterés y eficacia las relaciones entre los Estados ame- 
ricanos y el español, porque por muj' cordiales, sinceras y desinte- 
resadas que sean las relaciones comerciales, ningunas son tan fran- 
camente imparciales y tan desinteresadas como las relaciones que 
se establecen entre los hombres de ciencia que sienten un amor 
común. 

Vuelvo á decir que lamento muchísimo haber tenido que dirigir 
estas palabras, porque seguramente, de lo contrario, habríais te- 
nido ocasión de admirar las dotes del Sr. Presidente de la Diputa- 
ción provincial, quien por un deber de su cargo no se halla aquí 
presente en estos momentos. {Grandes api cm sos.) 

El Sr. Presidente: El Emmo. Sr. Cardenal- Arzobispo de Sevilla 
se va á dignar hacer uso de la palabra. 

El Emmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Sevilla: Señoras y señores: 
Tampoco tengo yo aptitudes para pronunciar un discurso, ni menos 
para improvisarlo, pero no puedo ni debo negarme á las indicacio- 
nes que me ha hecho el Excmo. Sr. Presidente del Congreso rogán- 
dome que dirija algunas palabras, las cuales han de ser muy breves 
y sencillas, pero me es muy grato pronunciarlas para manifestar la 
profunda satisfacción experimentada por mí esta mañana, y que ha 
experimentado toda Sevilla, por la nota simpática y piadosa que ha 
dado el Congreso asistiendo á la misa solemne celebrada en el altar 
de la veneranda imagen de Nuestra Señora de la Antigua. 

Señores, nada de lo que pueda afectar á la América española 



— 174 - 

puede ser indiferente para la Iglesia Católica en general, y en par- 
ticular para la Iglesia de Sevilla. 

Cuando no hace muchos años (en 1892) se celebró el IV Centena- 
rio del descubrimiento de América, el Romano Pontífice León XIII 
pronunció á la faz del Universo estas palabras: «Cristoforus Colom- 
bus noster est» (Cristóbal Colón es nuestro). Pues bien, con la misma 
razón y con la misma justicia puedo afirmar hoy: «La América es: 
pañola es nuestra, es de Sevilla». Y de Sevilla son las iglesias de 
América; de Sevilla es la fe de América; de Sevilla es la literatura 
de América; de Sevilla son los encantos de América y todo cuanto 
en América resplandece, porque la Iglesia de Sevilla ha sido la ma- 
dre de aquellas iglesias de América. Por eso la Iglesia de Sevilla 
puede llevar el título de patriarcal é ilustre. 

{En este momento entra en el salón el Sr. Rodríguez Jurado, Pre- 
sidente de la Diputación provincial de Sevilla.) 

Sin duda, para que nunca se borren las relaciones que deben 
existir entre la Iglesia de Sevilla y las de la América española, la 
Divina Providencia ha dispuesto que reposen bajo las bóvedas de 
nuestra Santa Iglesia Catedral las cenizas del descubridor, como 
indicaba muy bien el Rvdo. P. Fita el día de la inauguración del 
Congreso, y allí mismo, en el recinto bendito de nuestra grandiosa 
Basílica, está la imagen de la Virgen de la Antigua, que fué alenta- 
dora de los grandes ideales de aquellos hombres cuya gloria y cuya 
memoria habéis recordado en estos días. 

Yo os felicito, pues, amados Congresistas, por vuestros trabajos 
y por vuestras intenciones; y cuando vayáis ahora, con la bendición 
de Dios, á vuestras tierras y á vuestras casas, no olvidéis que entre 
las muchas virtudes, entre los muchos sacrificios admirados por vos- 
otros en Vasco Núñez- de Balboa y en todos sus compañeros, hay 
una virtud que resplandece y sobresale entre todas, que es la santa 
virtud de la caridad. 

Por el amor de Dios, por el amor al prójimo murió Núñez de Bal- 
boa; por el amor de Dios y por el amor al prójimo murieron muchos 
conquistadores que fueron á la América española. Pues bien; mien- 
tras se cultive en España y en la América española la planta divina 
de la caridad, mientras exista este lazo de la fe entre ambos pueblos, 
nadie podrá desatarlo, porque ese lazo no es de la Tierra: ese lazo 



— 175 — 

es del Cielo; y así se mantendrá vivo y robusto el espíritu de la raza 
hispano-americana, con esa lengua magnífica en la cual han can- 
tado sus canciones los poetas de ambos mundos y en la que han pre- 
dicado el Evangelio los más insignes oradores sagrados y se han es- 
crito las más piadosas plegarias. Así será como se mantendrá viva, 
incólume, fuei'te y robusta la raza hispano-americana, sobre todo 
con la gracia divina de la religión católica, esparcida por el mundo, 
que es la única que dignifica y eleva á las naciones. He dicho. 

{Muy bien. Grandes aplausos.) 

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Excmo. Sr. D. Adolfo Ro- 
dríguez Jurado, Presidente de la Diputación provincial de Sevilla. 

ElSr. Rodríguez Jurado: Eminentísimo Señor, Excelentísimo Se- 
ñor, Señoras y señores: Sean mis primeras palabras para pediros 
disculpa por la involuntaria tardanza en que he incurrido esta tarde. 
Yo quería haber concurrido á esta sesión desde primera hora, pero 
deberes oficiales ineludibles me han retenido hasta este momento. 

Si yo no ostentara aquí otra representación que la de mi modes- 
tísima persona, seguro es que hubiera permanecido en este solemne 
acto completamente silencioso y mudo; mudo y silencioso, porque 
á ello me obligaba siempre mi propia insignificancia ante tan bri- 
llante y espléndido concurso y porque nunca- gusté de exhibir pú- 
blicamente mi palabra, siempre perezosa y torpe, que jamás pudo 
brotar con la fuerza torrencial de la elocuencia, sino como brota 
el modesto arroyo al nacer, que apenas logra elevar el nivel de sus 
aguas. Pero por razón del cargo que tan inmerecidamente ocupo, 
como representante de una de las Corporaciones populares de Se- 
villa, yo me creía en el deber, que con mucho gusto cumplo en esta 
tarde, de venir á saludaros, ya que el ilustre procer que para honra 
y gloria de Sevilla preside la Corporación municipal hubo de ofrece- 
ros el saludo y el cariño de Sevilla en la sesión inaugural. 

Vinisteis á celebrar este Congreso; aportasteis todo el inmenso 
caudal de vuestros conocimientos científicos; trajisteis todo el in- 
apreciable tesoro de vuestra cultura; formasteis este espléndido y 
brillantísimo concurso; discutisteis con notoria competencia puntos 
muy interesantes para las ciencias geográficas é históricas; sentas- 
teis seguramente conclusiones que serán grandes avances en el te- 
rreno de la ciencia moderna; pero todo eso, con ser tan hermoso, 



— 176 — 

con ser tan grande, con ser tan patriótico y tan bello, tiene en mi 
sentir — y permitidme que os lo diga — una importancia secundaria, 
porque lo grande, porque lo hermoso, porque lo bello, porque lo pa- 
triótico y sublime que tiene este acto es su representación, su signi- 
ficación como fiesta de paz y de amor, y el que vengan hoy repre- 
sentaciones de aquellos Estados, que un día fueron nuestras colonias, 
á fundirse en apretado abrazo con la que siempre fué el corazón de 
la España americanista. {Muy bien.) 

Días de júbilo y de regocijo fueron para España aquellos en que 
el primer almirante, surcando los mares de Occidente con la flota 
de Isabel, plantaba allá, en ignorados territorios, el estandarte de 
Castilla con la enseña de la Cruz. Comenzaba el período de nuestra 
grandeza, de nuestro esplendor, de nuestro poderío. Era que el in- 
vencible león de Castilla, avasallando los mares, llegaba á escribir 
allá en las calurosas arenas de un nuevo mundo, la memorable frase 
que constituyó la más preciada divisa del escudo de nuestros reyes. 

Días de júbilo, de regocijo, de entusiasmo y de alegría fueron 
para España aquellos en que Vasco Núñez de Balboa, después de 
mil penalidades, vadeando ríos, saltando riscos, trepando monta- 
ñas inaccesibles, atravesando pantanos y soportando innumerables 
fatigas, llegaba á divisar un nuevo mar y, hollándolo con sus plan- 
tas, tremolando la bandera española en una mano y empuñando la 
espada desnuda con la otra, tomaba posesión de aquel grande Océa- 
no en nombre de su Soberano. 

Días de júbilo, de regocijo y de entusiasmo fueron aquellos en 
que los Hernán Cortés, los Pizarro, los Grijalba y tantos otros con- 
quistaban nuevos territorios para España y hacían que naves es- 
pañolas surcaran aquellos mares. Días de júbilo, de regocijo y de 
santa alegría fueron para la España vieja aquellos en que vio cómo 
se asimilaban á nuestro territorio y á la Corona de Castilla aquellos 
encantadores parajes que con la grandiosidad de sus bosques, la 
virginidad de sus selvas y de sus ríos, con la amenidad de sus va- 
lles y el maravilloso y variadísimo plumaje de sus aves, parecían' 
como un remedo del Paraíso terrenal, como el jartlín de las Ilespé- 
ridcs, como el Edén de los musulmanes, como los Campos Elíseos 
dei clásico gentilismo. 

Pero todo eso, con haber sido tan satisfactorio y tan grande para' 



— 177 — 

la España vieja, no tiene, en mi sentir, semejanza con la satisfacción, 
con la alegría que experimenta la España del siglo xx al ver reuni- 
das en esta Casa de la Contratación de Indias á tantos egregios va- 
rones que vienen á aportar algo, que vienen á laborar por algo que 
vale y representa y significa más que el oro y la plata y las perlas 
del mar que venían á esta Casa de Contratación, y ese algo es el 
estrechar los vínculos sagrados del amor más puro, del amor más 
grande y más sincero de todos los amores humanos, si humano pue- 
de llamarse al amor sacrosanto de una madre como es España, y 
de esa madre, su corazón, que es Sevilla, los recibe y los estrecha 
entre sus brazos. (Muy bien. Grandes aplausos.) 

Imaginaos, pues, señores, si no ha de ser esta fecha memorable 
para Sevilla; decidme si esto no ha de quedar grabado en las pági- 
nas de su historia y si no ha de ser uno de sus timbres más gloriosos: 
Sevilla no podrá olvidar jamás esta fecha, ni esta solemnidad. La 
gratitud de Sevilla y su provincia es inmensa, y yo, que no vengo á 
hacer un discurso, que sólo vengo á saludaros, voy á terminar diri- 
giendo ese saludo en primer término al ilustre sacerdote que nos 
preside, gloria de la mentalidad española y cuyo nombre habrá de 
esmaltar las páginas de nuestra Historia; yo saludo y felicito á to- 
das las representaciones de Centros y Academias que con el hermo- 
so bagaje de su cultura han venido á dar brillantez y esplendor á 
esta solemnidad; yo felicito y saludo también á las autoridades que 
han venido á prestar su concurso. Y á vosotros, los que represen- 
táis Estados americanos, en realidad yo no sé qué deciros; la pala- 
bra humana, con ser tan fecunda y varia que pone hasta el color 
en las descripciones de la naturaleza, la violencia en las pasiones, y 
la ternura en los sentimientos, ese don divino, que lo mismo retra- 
ta lo que es del mundo de la materia, que lo que es del mundo del 
espíritu, resulta en ocasiones impotente para expresar con fidelidad 
las ideas, los sentimientos, los afectos del alma. 

Quisiera pulsar la lira como aquellos sevillanos que se llamaron 
Gutiérrez de Cetina, Baltasar del Alcázar, Juan de Malara, Argote 
de Molina y el divino Herrera; yo quisiera aprisionar en mi pala- 
bra cuanto significa belleza, encanto y poesía en esta tierra sevi- 
llana, y, formando con todo ello artístico ramillete de soberana y 
arrebatadora elocuencia, ofrecéroslo en testimonio del más grande, 

12 



— 178 — 

del más sincero y del más puro sentimiento de confraternidad y de 
amor (Aplausos); amor que será eterno y perdurable hasta la con- 
sumación de los siglos. 

Cuando regreséis á vuestros hogares; cuando os pongáis en co- 
municación con vuestros compatriotas; cuando les trasmitáis las 
impresiones que recogisteis en Sevilla, bien está que les habléis de 
nuestro suelo y de nuestro cielo, del perfume de nuestras flores y la 
fragancia de sus azahares; bien está que les digáis cómo habéis visto 
que guardamos cual en preciado relicario todo ese inmenso tesoro 
artístico y monumental que habéis visto, en mucha parte debido á 
aquellas riquezas que nos aportó el continente americano; bien está 
que les deis cuenta de las conclusiones de este Congreso; pero no ol- 
vidéis decirles que Sevilla os ha recibido con los brazos abiertos; que 
Sevilla 710 os ha dejado, que en el corazón de cada sevillano tienen 
aquellos hermanos de allá levantado un trono, un altar donde de- 
positamos todas nuestras devociones, porque al fin y al cabo somos, 
como antes dije, el corazón de la España americanista, y tan eter- 
no é inextinguible ha de ser este amor y este afecto, que si llegara 
un día en que la noble y vieja España pudiera morir; si llegara un 
momento en que pudiéramos desaparecer del mapa de nuestro pla- 
neta; si por efecto de hondas conmociones geológicas hubiera de 
sepultarse en el fondo de los mares la Península ibérica, y desde los 
Pirineos hasta las costas americanas hubieran de entrelazarse y 
confundirse para siempre las aguas del Atlántico con las del mar de 
los poetas, ese mar que nos cubriera se encargaría de recoger nues- 
tro último suspiro y llevándolo en sus ondas haría que repercutiera 
en las costas americanas. {Grandes aplausos.) 

Ese mar, en todas sus mudanzas y en todos sus estados, perfec- 
tamente azotado por los huracanes, continuamente acariciado por 
el céfiro, inmóvil bajo el peso de una atmósfera de plomo, dorado 
con los rayos del Sol, tachonado con las estrellas del firmamento, 
tenebroso y negro como la oscuridad de una noche, como la boca 
de una tumba, siempre, con el murmurar ó con el bramar de sus 
olas, estaría cantando como epitafio eterno: «Aquí yace la antigua 
y noble España, señora que fué del mundo y madre amantísima de 
la América latina.» 

He dicho. {Grandes y prolongados aplausos.) 



— 179 — 

El Sr. Presidente: Eminentísimo Señor, señoras y señores: Las 
próvidas resoluciones, maduramente acordadas por este sabio Con- 
greso, que os ha leído su Secretario general; las dos Comisiones que 
se han elegido del seno del mismo Congreso, una para promover 
eficazmente y con la debida ^estabilidad la ejecución de los referi- 
dos acuerdos, otra para la cabal redacción y esmerada impresión 
de sus actas, y, por último, los discursos elocuentísimos que elevadí- 
mas autoridades se han dignado pronunciar y habéis oído con mar- 
cada satisfacción y agradecimiento, me imponen la obligación de 
ser muy conciso al dirigiros la palabra, modesta y tímida como 
mía, pero llena de confianza en vuestra benevolencia, antes de clau- 
surar ó dar cumplido remate y término venturoso á nuestra inter- 
nacional Asamblea. 

Rey de los siglos inmortal. Dios, como lo demuestra la Historia 
y lo razonó San Agustín, respetando la dignidad y libertad del 
Hombre, le ha dado el poderío y propiedad de toda la tierra, tra- 
zándole la vía de un continuado progreso material, moral é inte- 
lectual y suscitando de tiempo en tiempo grandes espíritus que le 
impidan desfallecer y le alienten y guíen para proseguir su carre- 
ra. Por ello excitó é iluminó con el resplandor de su gloria los ge- 
nios inmortales de Cristóbal Colón, de Vasco Núñez de Balboa, de 
Fernando de Magallanes y de Sebastián Elcano, á fin de que en el 
exiguo plazo de treinta años lograse toda la Humanidad darse la 
mano fraternalmente sobre las olas de ambos Océanos y sobre la 
faz de las islas y continentes de los tres mundos, que de polo á polo 
arrullan uno y otro mar, espejos del cielo inmenso. En distancia de 
cuatro siglos ^;cuánto no ha variado la faz de la civilización, cuán- 
to no han progresado, por virtud de la concordia y esfuerzos de las 
aunadas inteligencias, la ciencia de lo pasado, el goce de lo presen- 
te y la esperanza de lo porvenir? De ello buen testimonio da este 
Congreso Geográfico é Histórico Hispano-americano, donde la pa- 
tria española resurge indudablemente á nueva vida, rodeada por el 
amor y prestigio de tantas naciones, que se enaltecen de consuno 
así con pasadas glorias de maravillosos descubrimientos como con 
generosas inñuencias de verdadera cultura, de benéfico gobierno, 
de católica religión y de administración sapientísima. No han pe- 
recido, no, en la América latina las razas indígenas ni sus lengua- 



— 180 — 

jes ni su sangre, que no se desdeñaron los españoles de mezclar con 
la suya; y lo que más es de notar, la misma raza negra, cuyo gran- 
de Apóstol fué San Pedro Claver, no yace menospreciada, antes 
bien, como lo cantó el gran poeta sevillano Alberto de Lista, ha- 
blando con Jesucristo, para nuestros amantes corazones, 

«El tártaro, el lapñn, el indio rudo, 
el tostado africano, 
es un hombre, es tu imagen, es mi hermano.» 

A la religión cristiana esto se debe, y sólo ella podía realizarlo. 
La dignidad, libertad y majestad de la mujer, tan postergadas y 
envilecidas en países no cristianos, se levantaron resplandecientes 
y coronadas de honor y de gloria con el ideal sublime y verda- 
dera realidad de la más pura de las Vírgenes, Inmaculada Madre 
de Dios, emperatriz de cielos y tierra. Por esta convicción y acen- 
drado entusiasmo de veneración religiosa, nuestro Congreso, aten- 
to á la invitación del Excmo. Cabildo Catedral Hispalense, nom- 
brando una Comisión de su seno que lo representase en tan solemne 
acto, se ha postrado esta mañana ante los pies de la mozarábica 
imagen de Nuestra Señora la Virgen denominada la Antigua, junto 
á la tumba de Cristóbal Colón, y la ha invocado no con culto abso- 
luto, sino relativo al original, que esta imagen bellísima representa, 
para que asegure y perpetúe el buen éxito de nuestra labor; y des- 
pués de darle gracias por la protección que dispensó al descubridor 
del Nuevo Mundo y al del Océano Pacíflco, no ha podido menos de 
recordar lo que ella simboliza, rosa mística de divino amor, rodea- 
da de espíritus angélicos que entonan el Ave María y en el acto 
y con el ademán de la presentación del Niño Jesús en el Templo 
de Jerusalén cuando ella escuchó de los labios del anciano Simeón 
que el Verbo eterno, Hombre-Dios Salvador, había de ser luz evan- 
gélica revelada á todas las naciones del Orbe, como en efecto se ha 
cumplido esta profecía y se cumplirá hasta el fin del mundo. 

Si la Historia, como bien lo expresó el más celebre de los ora- 
dores latinos, es testigo de los tiempos, luz de la verdad y maestra 
de la vida, ¿cómo no ensalzar tantos trabajos y estudios como este 
Congreso ha puesto por obra y acumulado en pro de la Historia 
hispano-americana? Y si la Geografía tiene por objeto manifestar 



— 181 — . 

la distribución, la vida, las costumbres y el carácter propio de toda 
la humanidad que ha vivido y vive sobre el orbe terráqueo, ¿qué 
frutos tan copiosos no vemos ya obtenidos por los sabios que en este 
Congreso han escogido esta rama del humano saber para vigori- 
zarla y acrecentarla con tan prolija como provechosa cultura? 

Otros Congresos históricos y geográficos y quizás de año en año 
con igual propósito sucederán al presente, así como éste se ha visto 
precedido de otros sobremanera loables y de cuya riqueza cientí- 
fica hemos cobrado la herencia; pero no cabe dudar que al edificio 
en construcción de la historia y geografía de América hemos aña- 
dido no poco ensanche y altura, si bien aguardamos que más y más 
se dilate y levante en todo el curso del presente siglo. 

No he de prolongar ya esta alocución, en la que por ventura he 
podido cansar vuestra benévola atención dejándome llevar de la 
admiración y entusiasmo que excita en mi alma tamaña obra del 
Congreso, señores. 

Termino felicitando con la expresión del más profundo agrade- 
cimiento en nombre de este Congreso á la ciudad de Sevilla y á 
todas sus autoridades por el noble concurso que han prestado con 
su presencia y generosos obsequios á nuestra reunión, y propongo 
que en nombre del mismo se envíen telegramas de adhesión y gra- 
titud á los Excmos. Sres. Ministro de Estado y Presidente del 
Consejo de Ministros y á la Majestad Católica de nuestro Soberano 
el Rey Don Alfonso XIII. 

He dicho. (Grandes aplausos.) 

¿Aprueba el Congreso esta proposición? 

Por unanimidad quedó aprobado. 

El Sr. Presidente: ¡Viva América! ¡Viva España! ¡Viva el Rey! 

(Todos los concurrentes al acto prorrumpen en entusiásticos 
vivas.) 

Queda clausurado este Congreso. 



MEMORIiVS 



NECESIDAD DE ONÁ BiBLIO&RAFÍA CRÍTICA 

DE 

LAS FUENTES ORIGINALES DE LA HISTORIA AMERICANA 

POR 

DON RAFAEL ALTAMIRA 



Lo que se ha llamado Historia de la Historia, ó para mayor pre- 
cisión, Historia de la Historiografía, es aún, en grandísima parte, 
un estudio lleno de vacíos y deficiencias. Algunos de sus aspectos 
ó cuestiones se han cultivado, sin duda, con cierta intensidad, aun- 
que no la misma para todos los países y épocas: verbigracia, el as- 
pecto relativo á la manera de entender y escribir la Historia cada 
autor (su concepto de aquélla y su método), y, en menor escala, por 
lo que á nosotros se refiere, el de las fuentes de que proceden los 
respectivos relatos, á la manera como se ha hecho, muy amplia- 
mente, en la Historia Literaria, con los grandes autores ó con los te- 
mas repetidos en varios países y épocas. Y por ser asunto capital en 
aquellos puntos de historia discutidos con algún empeño, también 
se ha ido estudiando, á medida que avanzaban las exigencias de la 
crítica, la cuestión de la autenticidad de algunos historiadores pri- 
mitivos y de documentos de gran importancia. 

Mas aparte todo lo que aún resta por hacer en este orden, prin- 
cipalmente con relación á España, donde trabajos como el de Me- 
néndez y Pidal sobre la Crónica general ó el de Cirot sobre el Pa- 
dre Mariana, son singulares y esporádicos, hay otros aspectos que 
no se han estudiado más que en casos reducidísimos (y por de con- 



— 186 — 

tado, nunca sistemáticamente), insuficientes para poder trazar el 
cuadro crítico de nuestra historiografía fundamental: verbigracia, 
el de los motivos que llevaron á escribir de historia á tales ó cuales 
autores. 

Esos vacíos, evidentes y graves respecto de la mayoría de nues- 
tra Historia, son mayores en lo referente á la de América. En ge- 
neral, todo está por hacer en la apreciación crítica de sus fuentes 
originales, que en una grandísima cantidad son todavía para nos- 
otros — y continuarán siendo por razones harto sabidas, — no docu- 
mentos (en la acepción estricta de la palabra), sino relatos, es de- 
cir, historiografía pura, obra intencional de composición litera- 
ria; y esos relatos (los primitivos cronistas y viajeros) son los que 
se manejan ordinariamente, y los que sirven para componer expo- 
siciones modernas ó para fundar y discutir juicios sobre nuestra 
conquista y colonización. No estará demás añadir que esa clase de 
obras, testimonios contemporáneos de los sucesos, no sólo existe con 
relación á los tiempos iniciales de la penetración española en Amé- 
rica, sino también con respecto á tiempos mucho más cercanos; por 
ejemplo, el siglo xviii, para cuya historia colonial son textos cali- 
ficados como de primera importancia muchos que son historiografía 
ó cosa de muy análoga condición, como las Noticias secretas atri- 
buidas á Jorge Juan y Ulloa, y respecto de las cuales la primera 
cuestión que debería ser planteada es la de su autenticidad (1). 

Conviene, pues, detenerse á considerar el verdadero estado en 
que se halla el estudio crítico de toda esa masa de materiales que, 
bueno será repetirlo, constituye la mayoría de los que se manejan 
comúnmente, y, en muchos casos, forman la base indiscutida de 
toda construcción. Lo cierto es que ni aun se plantea la duda res- 
pecto de la validez científica de su uso, como si no hubiera lugar á 
ella; y bien lo demuestran las más de las historias generales ó par- 
ciales de nuestra colonización que corren por ahí y sirven de funda- 
mento á las opiniones generales de propios y extraños: Herrera ó 



(1) De la literatura hi.^tórica colonial del siglo xvíii traté' especial- 
mente en la comunicación Some aspects of spanish colonial History, leída 
en la Sección IV h) del Congreso Internacional de Ciencias históricas ce- 
lebrado en Londres (Abril 1913). 



— 187 — 

Gomara, Las Casas ú Oviedo, Solís ó Acosta, Motolinia ó Díaz del 
Castillo, Cervantes de Salazar ó Núñez Cabeza de Vaca, las prime- 
ras relaciones inglesas y holandesas, etc., todos se usan indistinta- 
mente y con ig-ual autoridad, cuando una noticia suya, un párrafo 
cualquiera, sirve para apoyar la tesis ó el cuadro preconcebidos. 

No basta que en alg-unas ediciones de estos textos se hagan re- 
servas críticas más ó menos amplias. Tras de que casi siempre son 
incompletas y están lejos de abrazar la totalidad del problema críti- 
co de los autores, no suelen trascender de un limitado círculo de eru- 
ditos especialistas ó celosos de la seguridad científica de sus fuen- 
tes; pero la mayoría de los escritores — y claro es que de los lecto- 
res — continúa ignorando el respectivo valor de los testimonios que 
cita ó que ve emplear, salvo para algunos casos especialísimos, 
como el relativo á Colón, en que el calor de la controversia ha hecho 
apurar el rigor de las investigaciones y de la estimación de pruebas. 

El estudio á que vengo refiriéndome hay que plantearlo de una 
vez en su totalidad y ampliamente, examinando con minuciosidad 
(y exponiendo el resultado del examen en forma precisa y utiliza- 
ble para todo el que como historiador, político ó polemista de cual- 
quier género haya de entrar en el campo americanista colombiano 
y postcolombiano), las siguientes cuestiones: 1.^, autenticidad del 
relato y condiciones del texto que se utiliza (crítica de la edición 
corriente); 2.*^, fuentes de que procede, para depurar el origen de 
las noticias que trae; 3.^, punto de vista del autor, motivos que le 
llevaron á escribir y su filiación en orden á las opiniones ó bandos 
que con referencia al asunto dividían en su época á quienes podían 
escribir de materias americanas; -í.^, las demás exigencias acostum- 
bradas de la buena crítica histórica. 

La necesidad de este estudio respecto de los cronistas y viajeros 
primitivos, ó de los relatos posteriores que tienen, con relación á 
los asuntos de que tratan, la cualidad de fuentes originales, es sin- 
gular para la historiografía americanista, por la perturbación que 
en ella introdujeron las guerras de pluma ó de opinión que acom- 
pañaron siempre en Europa á las contiendas políticas entre las na- 
ciones rivales por el señorío del mundo, guerras en que se acogie- 
ron y utilizaron todas las exageraciones, todas las calumnias, to- 
dos los argumentos de desprestigio que se venían á las manos, y por 



— 188 — 

la no menor pasión que las especiales cuestiones americanas levan- 
taron, según se ve en Las Casas, en Motolinia, en los escritos rela- 
cionados con las contiendas del Perú, en los influidos por las lu- 
chas entre las Ordenes religiosas, etc., etc. Y es tanto mayor esa 
necesidad, cuanto que alborea con gran empuje de luz en la histo- 
riografía actual de América, la reivindicación de España en no po- 
cos puntos que antes se fallaban sin apelación contrariamente á 
nuestro crédito y á nuestra humanidad. 

Aun antes de esto, y como lógicamente debía esperarse, esa ne- 
cesidad á que se reñere la presente nota había sido vista y apunta- 
da por algunos de los más ilustres cultivadores de la bibliografía 
americanista. El benemérito D. Juan Bautista Muñoz, en el prólogo 
de su Historia del Nuevo Mundo (1793), luego de breves pero certe- 
ros toques críticos en los puntos que examina de los primitivos his- 
toriadores, escribió el siguiente párrafo: 

«Los que han escrito después, cuanto á los primeros tiempos en 
particular, se han servido de los precedentes autores con poca crí- 
tica. Ninguno veo que, cautelándose con una desconfianza metódi- 
ca, los haya estudiado y comparado detenidamente, ninguno que 
por medio de un maduro examen haya siquiera cogido el fruto que 
era capaz de producir lo que hay impreso en el asunto.» 

¡Lástima que Muñoz no terminara su obra, para decirnos al ñnal 
— según lo prometió— el modo cómo se había servido de cada fuen- 
te, lección de crítica que ni aun podemos sospechar (á menos de 
hacer otro estudio análogo al que nos falta), de las páginas sin una 
nota que forman el único tomo de la Historia! 

Parecida recomendación hizo años después (1825) Navarrete, en 
la Introducción á su admirable Colección de los viajes y descubri- 
mientos (pág. Lxxvii). Más de propósito, por la cualidad de su 
obra, Harrisse, en el prólogo al tomo I (1886) de su Biblioteca Ame- 
ricana vetiistissima, expone un amplio programa (1), una idea muy 
completa de lo que debería y necesitaría ser la bibliografía ame- 
ricanista, abrazando una parte considerable de la totalidad de las 
exigencias críticas que hemos expuesto, á saber: la más ligada 
con la historia externa de cada libro, sus ediciones y variantes. A 



(1) Introduction, 1, 11, lii. 



— 189 — 

veces, el pensamiento de Harrisse, indeciso, parece ir á Ja com- 
prensión total del problema, como cuando habla de investigar la 
historia personal de cada autor y las fuentes de que hubo de ser- 
virse; pero luego retrocede, preocupado con el temor de confundir 
la hibliografia con la historia literaria. Aun dentro de los límites 
que se traza, confiesa (lii) que no ha podido realizar lo que se pro- 
puso; y así, una vez más, vemos defraudadas las ilusiones de poseer 
el trabajo que por tantas razones nos es preciso. 

No intento presentar ahora ese estudio, que requiere una labor 
larga y pesada; pero he creído favorable el momento de la reunión 
de este Congreso americanista en tierra española, para lanzar una 
excitación que vivamente deseo halle eco favorable en alguno ó en 
varios de los Congresistas capaces de acometer la empresa. Buen 
modelo para una parte considerable del programa que significa, nos 
dejó Menéndez Pelayo en aquel elegante, sobrio, clarísimo y funda- 
mentado estudio De los historiadores de Colón, cuya primera parte 
va dedicada á los cronistas primitivos, de que principalmente he 
hecho mérito. La certeza de sus juicios respecto del valor de cada 
uno de ellos en general, y particularmente en el tema concreto á que 
se limitaba en aquella ocasión, cada día aparece más confirmada, y 
muy recientemente lo ha sido con relación á Herrera, mediante el 
hallazgo del manuscrito original de Cervantes de Salazar, cuya pre- 
sentación oficial y ofrecimiento á España tuve el honor de recibir, 
como delegado de nuestro (4obierno, en el Congreso Internacional de 
Americanistas de 1912, aunque luego enturbiase aquella satisfacción 
— debida al simpático españolismo de la descubridora, Mrss. Nut- 
tall — la pena de no ver coronadas por el éxito mis gestiones para 
que el manuscrito se publicase en España (1). 

Pero Menéndez y Pelayo ni llevó más adelante su trabajo, abra- 
zando nuevos grupos de historiadores primitivos, ni en el mencio- 
nado agotó— porque no era ese su propósito — el cuestionario crítico 
que conocía tan bien como el primero, nutriendo, además, sus ob- 
servaciones de conjunto, con pruebas y con aquel aparato erudito 



(1) Según parece, también habia sido descubierto y copiado por el 
erudito mejicano Paso y Troncoso, que al propio tiempo preparaba su pu- 
blicacióu. 



— 190 — 

indispensable para el total tratamiento del asunto. Con todo, repi- 
to, es un modelo que no podría olvidar sin daño quien ahora em- 
prendiese la obra con propósito más ambicioso; y después de él, 
nadie, que yo sepa, ha continuado, y menos completado, esa nece- 
saria labor, como no sea en puntos muy reducidos y concretos que 
aguardan quien los enlace y utilice para el cuadro general. El re- 
ciente bosquejo de Federico Weber, Beitrage zur Cliarakteristik der 
alteren Geschichtsschreiber über Spanisch-Amerika (Leipzig, 1911), 
que por su título induce á pensar que representa lo preconizado en 
esta nota, no conviene precisamente con ella, aunque sea ya un 
buen Manual de bibliografía americanista con informes biográficos 
sobre los diferentes autores en él comprendidos (1). La obra cuya 
necesidad razono aquí, exige algo más, tanto con relación á los tér- 
minos generales de la crítica histórica, como con referencia á las 
particulares necesidades de nuestro punto de vista español, difícil 
de adoptar por ningún autor extranjero. Más camino llevan en la 
dirección que señalo, la interesante tesis doctoral de D. José de la 
Riva y Agüero sobre La Historia en el Perú (Lima, 1910), aunque 
sólo trata de algunos primitivos, y el estudio de D. Jorge Cabral, 
Los cronistas juridicos y religiosos de la conquista, publicado en los 
Anales de la Facilitad de Derecho y Ciencias sociales, de Buenos 
Aires (tomo III, 2.''^ parte, 2.^ serie, año 1913). Quien siguiendo 
esas diferentes iniciativas señaladas y aprovechando los estudios 
críticos individuales que á veces hicieron hombres de tan extra- 
ordinaria competencia como Jiménez de la Espada, Markham, Me- 
dina y otros, trazara el cuadro general de las «fuentes originales» 
— punto á que concreto mi aspiración — de la historia americana, 
con todo el aparato crítico consiguiente para fijar de una vez el 
valor absoluto y relativo de cada una, en conjunto y en cada parte 
de ellas y, por tanto, la validez científica de su uso en las construc- 
ciones y polémicas modernas, prestaría un servicio inapreciable á 
los estudios americanistas y á la cultura general, en que ellos jue- 
gan necesariamente, y cada día con mayor participación. El rigor 
que esto introduciría en el manejo de esas fuentes para los especia- 



(1) Respecto de él habría que formular no pocas criticas de pormenor; 
pero ahora sólo me refiero al conjunto. 



— 191 - 

listas futuros y para todos los que, sin dedicarse á la Historia, la 
emplean en la resolución ó aclaración de tesis políticas, jurídicas, 
sociológicas, etc., influiría además hondamente en la lógica histó- 
rica, verdaderamente desatendida en los más de los polemistas, en 
quienes no es raro ver aducir, como base capital de asertos, afir- 
maciones sin pruebas de los mismos autores de quienes han comba- 
tido, con datos precisos, otras afirmaciones no más fundadas que la 
que, por comodidad de la argumentación, aceptan gratuitamente, 
con curiosa quiebra de rigor lógico. 

Pero, además, conviene decir que sin que ese trabajo de des- 
broce y limpia quede hecho, no podrá empezarse á construir cien- 
tíficamente nuestra historia colonial en lo que depende del aprove- 
chamiento de tales cronistas y viajeros (principalmente españoles, 
pero también, á veces, de otros países), que constituyen las «fuentes 
originales» de aquel largo período, casi siempre barajadas y com- 
binadas sin bastante rigor hoy día. De ahí la principal necesidad 
de la obra á cuya ejecución os invito. 

Madrid, Abril de 1914. 



TRATO DE ESPAÑA 



LOS INDIOS DE AMERICA 



DON ÁNGEL M/ CAMACHO 



Es ya un hecho universalraente reconocido el de que la Historia 
no debe limitarse á una simple narración de hechos, sino que ha 
de abarcar la vida de las naciones, bajo todos sus aspectos, políti- 
co, económico, social ó de cualquier otro género; y si alguna vez 
puede ser interesante la investigación de un hecho dudoso, importa 
mucho más el profundizar en la psicología de los pueblos, agru- 
pando datos y documentos auténticos que puedan dar luz sobre su 
vida íntima y las normas de conducta que predominaron en la épo- 
ca objeto de nuestros estudios. 

Al reunirse el Congreso de Historia y Geografía Hispano-ameri- 
canas habrán de presentarse seguramente notables estudios rela- 
cionados con hechos ocurridos en América durante la soberanía 
española en aquel continente, y no estará demás que entre ellos 
figure algún trabajo encaminado á poner de manifiesto el criterio 
de España en orden á la colonización, y especialmente en sus rela- 
ciones con los indígenas. 

Muchos son los injustificados cargos que España ha sufrido en 
los tiempos antiguos y en los modernos, acusándola, sin prueba 
alguna justificativa, de errores, violencias, agravios é infracciones 

13 



— 194 — 

de todo género de derechos, hasta el punto de que, no ya los ex- 
tranjeros, sino aun los mismos españoles, llegaron á aceptar como 
hecho axiomático el de nuestro atraso é incapacidad para un buen 
régimen colonial, fomentándose así una acusación que nos despres- 
tigia y denigra ante las demás naciones que se consideran más ci- 
vilizadas. 

Todo cuanto se haga por destruir esa falsa leyenda reviste un 
carácter de excepcional importancia patriótica, y por ello hemos 
creído de interés la demostración documentada de que España no 
es culpable, como generalmente se supone, de haber tratado des- 
piadadamente á los indios que poblaban la América, por ella des- 
cubierta, en tiempos gloriosos para nuestra querida Patria, sino 
que, por el contrario, siempre se interesó, quizás algunas veces con 
románticas exageraciones, que muchos consideran como nueva 
prueba de nuestro ingénito quijotismo, por la suerte de las atrasa- 
das razas que ella trajo á la civilización, labrando los sólidos ci- 
mientos que más adelante habían de servir de base para el engran- 
decimiento y prosperidad del Nuevo Mundo. 

Es ley constante en las relaciones individuales y sociales, que 
cuando una persona ó nación escala por esfuerzo propio ó por acci- 
dentes de la próspera fortuna un puesto elevado sobre los que le 
rodean, tiene que sufrir los celos, envidias y rivalidades de los 
que, justificando el calificativo que algunos les dan de roedores de 
reputaciones, no se aquietan humildemente con soportar la dicha 
ajena; y por eso no es extraño que, cuando en el siglo xv España 
tuvo la gloria, á ninguna otra comparable, de descubrir un nuevo 
mundo, aumentando su riqueza y poderío con dilatados territorios, 
que permitieron decir poco después que en sus dominios no se po- 
nía el sol; no es extraño, repito, que ese trascendental é importan- 
tísimo acontecimiento histórico, que elevaba á España de un golpe 
muy por encima de las demás naciones, despertara al mismo tiem- 
po recelos y envidias, que se tradujeron en verdaderas calumnias, 
fácilmente divulgadas, para oscurecer el brillo de esa bella aureola 
de gloria y poderío. 

Entre esas deshonrosas imputaciones se encuentran la de que 
España trató injustamente á los indios pobladores de América; y 
esa acusación encontró fácil eco entre sus enemigos, que buscaban 



— 195 — 

un pretexto para sus tendencias separatistas, y más aún entre las 
naciones extranjeras que los apoyaban, fingiendo una hipócrita 
adhesión á España. 

Como prueba irrecusable de esa acusación se ha invocado siem- 
pre, y aún hay muchos que lo aceptan sin discusión, el abrumador 
testimonio de Fr. Bartolomé de las Casas, Obispo de Chiapa, que 
en sus diversas obras cita repetidos hechos, justificados con testi- 
gos de mayor excepción, para acreditar las crueldades y malos 
tratos que los indios sufrieron en los primeros tiempos del descu- 
brimiento. Esos cargos fueron refutados por Saavedra Fajardo, 
Juan Ginés de Sepúlveda, el Obispo Darién y especialmente por el 
capitán Bernardo Vargas Machuca, en sus Discursos apologéticos 
en controversia del tratado que aquél escribió sobre Destrucción de 
las Indias; pero conviene aportar otros datos, auténticos é irrecu- 
sables, para demostrar que España se preocupó constantemente 
por mejorar la condición de esos indios y castigar á los que concul- 
caban las leyes repetidamente promulgadas. 

Debemos comenzar poniendo de manifiesto el carácter y cir- 
cunstancias especiales del autor de esas obras. Se trata de un 
fraile elevado al cargo de Obispo en América y dominado por su 
ardiente fe católica y su entrañable amor á los más sencillos prin- 
cipios evangélicos, que no permitían atenuaciones ó disculpas para 
todo aquello que estuviera en desacuerdo con los sanos y espiritua- 
les preceptos de la más pura moral cristiana. Únase á esto su con- 
dición bondadosa y pacífica, su carácter sencillo y su desconoci- 
miento de las impurezas de la realidad, y se comprenderá ya que 
estuviera en completo desacuerdo con el espíritu guerrero, ambi- 
cioso y audaz de los atrevidos capitanes y navegantes que acome- 
tieron la empresa titánica del descubrimiento de tan lejanas tierras, 
que bien puede considerarse como el acontecimiento de más épica 
grandeza que la Historia registra. 

Su obra titulada Brevísima relación de la destrucción de las In- 
dias, constituye una acusación fiscal apasionada y severa, por los 
hechos que atribuye á los españoles en las distintas provincias de 
América, acumulando datos verdaderamente horripilantes y refi- 
riendo actos de tal crueldad é injusticia, que con razón pudo decir 
D. Antonio M. Fabié en su Vida y escritos de don Fray Bartolomé 



— 196 — 

de las Casas, Obispo de Chiapa, que «este opúsculo ha sido la pie- 
dra de escándalo lanzada contra España por todos los émulos de 
nuestra grandeza, y por cuantos eran nuestros enemigos, en un 
tiempo en que teníamos tantos suscitados por el temor de nuesti-o 
inmenso poder en el Antiguo y en el Nuevo Mundo». 

Esforzáronse los autores que antes citamos en refutar esa obra, 
demostrando que contiene graves errores, que exagera notoria- 
mente los hechos, que acepta como verídicas, falsas relaciones, que 
desconocía el verdadero carácter de los indios, por no haber tratado 
á los que se levantaban en armas, sino á los que, sumisos ó hipócri- 
tas, frecuentaban los conventos, y que no tenía la menor idea de 
las exigencias de la guerra, que obligaba á los capitanes de aquel 
puñado de hombres á defenderse de enemigos astutos y traidores. 

Debemos hacer constar que el mismo Fr. Bartolomé de las Casas 
atenúa algo sus cargos en su obra más fundamental Historia de las 
Indias, pues aunque refiere también hechos injustos y crueles, lo 
hace en términos más comedidos, que ponen al descubierto la sen- 
cillez evangélica de su carácter, sin emplearlas frases apasionadas 
y violentas de aquel opúsculo, donde se destruye la fuerza de la se- 
vera acusación por las evidentes exageraciones y errores en que 
incurre. 

Sin inclinarnos á uno ni á otro bando, hemos de reconocer que 
sus censuras al propósito del Almirante de conducir á Castilla algu- 
nos indios, «como contrario al derecho divino y natural, y constitu- 
tivo de gran pecado»: y lo mismo la disculpa que hace por la resis- 
tencia de los indios, «que tenían justo título para defender su tierra 
de toda gente», y la acusación que lanza contra los que castigaban 
sus delitos, «violando así la jurisdicción de sus caciques, sin em- 
plear los medios de paz, amor y dulzura que nos manda la suave 
ley evangélica»: todo ello bajo el aspecto de la pura moral orto- 
doxa, es incontestable, aun cuando el Fiscal de la Real Audiencia 
de Panamá, en su Epístola y parecer que inserta en su obra Vargas 
Machuca, procura justificar la guerra con textos teológicos, y es- 
pecialmente la Bula de Alejandro VI, que dividió entre portugueses 
y españoles las tierras de América. 

Las violencias consiguientes á un estado de guerra han de ser 
siempre censuradas por los que sigan «la suave ley evangélicfi», y 



— 197 — 

los derechos del conquistador serán constantemente puestos en tela 
de jaicio por los que se inspiran en los eternos principios de la jus- 
ticia universal; pero recordemos que venimos refiriéndonos á he- 
chos acaecidos á fines del siglo xv y principios del xvi, en que eran 
generales, y no exclusivos de España, la rudeza y la barbarie: lo 
cual, si no disculpa, al menos explica aquellos actos que todavía 
hoy, después de cuatro siglos de civilización, vienen repitiéndose 
por las naciones que alardean de cultura y que pretenden sentar 
las bases del Derecho internacional público. 

Convenimos también con el Obispo de Chiapa en que es censu- 
rable la conducta de los que realizaron en 1511 la expedición á las 
islas de los Lucayos, para trasportar en los navios mucha gente con 
astucia y mañas, comparándola con «lo que refieren las historias 
de aquel Alexandro Magno, que traia en el mundo el mismo oficio 

que los españoles han traido y traen por todas estas Indias sub- 

jetando y usurpando los reinos ajenos y gente que nada les debian». 
La acusación no tiene réplica, dentro de los severos principios de 
la moral y la justicia, siendo de lamentar que no hayan prevale- 
cido en las relaciones internacionales, donde aún domina el im- 
perio de la fuerza como suprema razón, y si España alguna vez 
pecó, y hoy día quizás peque, por esa falta, carecen de autoridad 
las demás naciones para censurarla lanzando la primera piedra, 
cuando todas ellas tienen sus tejados del más frágil vidrio. 

Aun aceptando esos cargos en toda su rudeza, y sin descartar lo 
que pudiera notarse en ellos de exagerado sentimentalismo y de sen- 
cilla unción evangélica, algo distante de la prosaica realidad, pu- 
diéramos recordar con el capitán Vargas Machuca que, como dice 
San Bernardo, muy mal se remedia un escándalo con otro, de ma- 
nera que si algún desalmado particular lo causó, como pudo ser, 

no era justo que en general á todo el mundo se escandalizara y 

pienso que dio armas á cualquier enemigo para que cuando menos 
lo hiriese en el honor de su patria». Sin embargo, dejaremos en 
pie esas acusaciones, sin buscar siquiera atenuación ó disculpa para 
los aventureros del siglo xv, que cruzaron mares lejanas y descono- 
cidas con un propósito que cuando menos debe calificarse de teme- 
rario, si bien podemos decir que esos abusos denunciados, esas in- 
justicias puestas de relieve y esa opresión que tanto se exagera son 



— 198 — 

actos puramente individuales, de los que no debe ser responsable 
la madre Patria, á menos que se justificase que ella los amparaba y 
protegía. 

El mismo Fr, Bartolomé de las Casas reconoce que sus quejas 
fueron atendidas, y que los Reyes proveyeron á ellas inspirándose 
en un espíritu que aplaude, como cuando habla en su Historia de 
las Indias, de Ja carta de la Reina Isabel, fechada en 20 de Diciem- 
bre de 1503, porque atiende «al ñn principal de la conversión y cris- 
tiandad destas gentes». También celebra las Instrucciones dadas 
por el Rey en Avila á Pedrarias, donde se contienen varios capítu- 
los que encargan atraer á los indios con buenas obras, sin que «se 
les quebrante ninguna cosa que les fuere prometida», y excusando 
«de forzallos y maltratallos»; prohibe que se les quiten sus mujeres é 
hijos, y dicta otras reglas encaminadas á su buen tratamiento. Y en 
la misma obra cita otras Instrucciones que en igual sentido se dieron 
á los frailes de Sant Hierónimo, las leyes dictadas en Burgos, «para 
estorbar algo de la opresión que lo's indios padecían», poniéndolos 
en libertad, «y sacándolos del poder del diablo», y la autorización 
que se le concedió, por mandado de la Reina y del Rey en 17 de 
Setiembre de 151G, para que entendiese en la reformación de las In- 
dias, y en «todas las cosas que tocaren a la libertad e buen trata- 
miento e salud de las ánimas y cuerpos de los dichos Indios», todo 
lo cual demuestra que España no se hacía solidaria de la reprobada 
conducta de alguno de sus hijos. 

En todas las naciones, aun las más civilizadas, hay delincuentes 
y criminales, que realizan actos contrarios á la moral y al derecho, 
y no por ello se formula un severo cargo contra la colectividad, 
siempre que ésta, en sus leyes, trate de corregir los abusos y de cas- 
tigar las infracciones á los eternos principios de la justicia y á las 
severas exigencias de la ética. Nunca hemos oído que se censure á 
cualquiera de las naciones cultas, aunque su estadística criminal 
acuse un elevado margen, siempre que sus leyes estén dictadas con 
arreglo á sanos principios y se inspiren en las reglas consagradas 
por el derecho natural y divino. Si algunos españoles, pocos ó mu- 
chos, los que tuvieron la osadía de trasportarse á América, afron- 
tando riesgos incalculables para dominar allí á los indios, que les 
sobrepujaban en proporción asombrosa, cometieron pecados, fal- 



— 199 — 

tas ó delitos que merecieran severas censuras de los representan- 
tes de la Ig-lesia, y castigos crueles de las autoridades de su país, 
será muy triste para los que quisiéramos que todos nuestros compa- 
triotas fueran impecables; pero no puede por ello censurarse á Es- 
paña, si al propio tiempo no se acredita que esos actos individuales 
obedecían á un criterio colectivo nacional, y que el país, represen- 
tado por sus Reyes y legisladores, tenía la norma de tratar con des- 
potismo é injusticia á los indios que poblaban la América. 

Comprobemos los hechos, y en vista de ellos podremos deducir 
con entera imparcialidad si España es responsable del cargo que se 
le dirige. 



Todo el libro VI de la Recopilación de leyes de los Reinos de las 
Indias, se dedica á los indios, comenzando por la 1.^ del tít. I, pro- 
cedente de Felipe II, en Madrid á 24 de Diciembre de 1580, D. Car- 
los II y la Reina Gobernadora, donde se encarga á los Virreyes, Pre- 
sidentes y Audiencias el cuidado de mirar por los indios, para que 
vivan sin molestia ni vejación, haciendo guardar las leyes que les 
favorecen, amparan y defienden de cualesquier agravios. 

En la ley 2.* se comprenden varias disposiciones de 1514 á 1556, 
concediendo entera libertad á los indios é indias para casarse con 
quien quisieren, así con indios como con naturales de estos reinos 
ó españoles nacidos en las Indias; conteniendo las demás leyes del 
mismo título diversas órdenes para regularizar y favorecer su con- 
dición. 

El tít. II trata de la libertad de los indios, dictando minuciosas 
reglas para evitar que se hagan cautivos ó esclavos; en el III se ha- 
bla de las reducciones y pueblos de Indias; en el IV, de la adminis- 
tración de los bienes de comunidad; en el V, de los tributos y tasas, 
que deben ser moderados, pagándose en frutos; en el VI se trata de 
los protectores y defensores de indios encargados de ampararlos; el 
título VII se dedica á los caciques; el VIII, á los repartimientos, enco- 
miendas y pensiones, y el IX habla de los encomenderos de indios. 

Insértase en la ley 1.^, tít. X del citado libro VI la clausura 



— 200 — 

del testamento de la Reina D.^ Isabel, donde encarga no consien- 
tan que los indios «reciban agravio alguno en sus personas y bie- 
nes; mas manden que sean bien y justamente tratados», y á conti- 
nuación las 23 leyes de este título procuran el buen tratamiento y 
el castigo de los agravios que se les hagan. Las 49 leyes del tít. XII 
tratan del servicio personal de los indios, que se prohibe por las ve- 
jaciones y molestias que les proporcionan; detallando además en 
el tít. XIII los servicios que no deben practicar por ser peligrosos, 
procurando siempre que su trabajo sea voluntario, y dictando por 
último varias disposiciones especiales para los indios de Chile, Tu- 
cumán, Paraguay y Río de la Plata, como también á los Sangleyes, 
ó chinos y japoneses que acudían á Filipinas. 

En la imposibilidad de analizar detenidamente esas leyes, dicta- 
das en distintas épocas y recopiladas en un cuerpo oficial, nos limi- 
taremos á consignar que todas ellas se inspiran en un elevado cri- 
terio de moralidad y justicia, en el deseo de considerar á los indios 
como protegidos, más bien que como subditos, y siempre se dictan 
reglas atinadas para corregir abusos, castigando con mano firme á 
los que infringieren las órdenes promulgadas, que eran obligatorias 
lo mismo para los particulares que para las autoridades de todo or- 
den, tanto civiles como militares, judiciales y eclesiásticas, sin ex- 
cluir á los Virreyes, representantes directos del Poder central. 

Hasta aquí hemos aportado datos que están á disposición de 
cuantos quieran examinar nuestras antiguas leyes, y ahora vamos 
á referirnos á otros documentos de mayor interés, que tienen carác- 
ter oficial, no habiéndose publicado algunos de ellos hasta hace po- 
cos años por su índole reservada. 

Entre los valiosos é importantísimos documentos que se en- 
cuentran en el Archivo General de Indias de Sevilla, encontramos 
innumerables datos, que pueden servir para confirmar que las au- 
toridades de España siempre se preocuparon por los indios, dictando 
repetidas disposiciones para favorecer y mejorar su condición, co- 
rregir abusos ó castigar infracciones; y así encontramos las Orde- 
nanzas de Valladolid en 23 de Junio de 1513, que dictan varias re- 
glas con ese objeto, disponiendo que se les hagan bohíos en la isla 
de San Juan, se les permita hacer sus arj^eitos los días de fiesta, 
prohibiendo que las mujeres embarazadas vayan á las minas, deta- 



— 201 — 

liando la comida, ropa y habitación que babía de dárseles, y orde- 
nando que no se dé palo ni azote, sino al indio propio (1). 

Análogas disposiciones se dictan en las Ordenanzas de 9 de üi- 
ciembre de 1518, procurando el buen tratamiento de los indios de 
la Isla Española, para lo que disponen que se traigan á vivir con los 
españoles, dándoles bohíos y los efectos que señalan para sus estan- 
cias, con comida competente, permitiéndoles hacer los arreitos los 
domingos y días de ñestas, como acostumbran, y prohibiendo que se 
les den palos ó mal trato (2). Otras reglas semejantes se encuentran 
en las Ordenanzas de Barcelona, fecha 20 de Noviembre de 1542 (3). 

La Real cédula de 21 de Mayo de 1511 prohibió que se cargara 
á los indios y que llevaran á cuestas alguna cosa de peso; reprodu- 
ciéndolo en 31 de Mayo de 1538, para castigar á los españoles que 
carguen á los indios con mercaderías ó bastimentos, habiendo allí 
bestias de carga: lo que también se recomienda á la Audiencia del 
Nuevo Reino por Real cédula de 1.*^ de Junio de 1549, disponiendo 
en otra orden del mismo año que sólo se les cargue, en caso de ne- 
cesidad, con cargas moderadas (4). 

En 1518 se dice que entre los indios hay muchos que tienen tan- 
ta capacidad y habilidad, que podrían vivir por sí en pueblos polí- 
ticamente, como viven los cristianos españoles, sin estar encomen- 
dados, y por ello se ordena que todos los indios que pidieren liber- 
tad para vivir política y ordenadamente, se les diera, pagando su 
tributo anual (5). 

Por las Ordenanzas de 17 de Noviembre de 1526 se procura el 

(1) Archivo General de Indias de Sevilla, estante 139, cajón 1.°, le- 
gajo 5, lib. IV, fol. 83. (Aun á trueque de ser molestos, no hemos querido 
omitir la indicación del lugar donde se encuentran los originales de cuan- 
tos documentos citamos. Sólo asi nuestros datos pueden comprobarse, 
acreditando que acudimos á fuentes auténticas y que los hemos recog-ido 
de primera mano, deplorando únicamente que la falta de tiempo no nos 
permita hacer un estudio más detenido y prolijo de los importantíi^imos 
documentos que atesora nuestro Archivo General de Indias, y que ven- 
drían á confirmar los asertos que hacemos.) 

{■¿) Archivo citado, 1 39-1-5, lib. VII, f oís. 158 v. á 168, y lib. VIII, fol. 231. 

(3) ídem, 139-1-9, lib. XX, fols. 106 á 115, y lib. XXII, fol. 119. 

(4) ídem, 41-6-1/24, lib. I, fol. 76 v.; 2/25, libs. VII y VIII; 116-5-6, 
libro I, fols. 53 y 139; 1-13, lib. XXX, fols. 46, 49 y 459. 

(5) ídem, 41-6-1/24, lib. II, fol. 183 v. 



— 202 — 

buen tratamiento de los indios en todas las tierras descubiertas; 
en 1527 se manda suspender el excesivo trabajo que tienen los indios 
en las minas de oro de la Fernandina; y en 1528 se repite la orden 
para que los indios que estén vacos en Cuba se pongan en aquella 
libertad y manera de vivir que sea de justicia y razón, mandando 
que sean bien tratados y hagan el servicio que deben, castigando 
conforme á Ordenanzas á quien los trate mal (1). 

En 1503 se había mandado á Fr. Nicolás de Ovando que diera 
licencia á todos los indios que quisieran venir voluntariamente á 
España; pero sin duda se cometerían abusos cuando por Eeal cédula 
de 1543 se prohibe traer indios, aunque digan que se quieren venir 
y traigan licencia, autorizando en 1515, tanto á los indios como á 
las indias, para casarse con quien quisieren, así con indios como con 
naturales de España, sin ponerles impedimento alguno (2). 

En 1537 y 1538 se mandó al Gobernador de Cartagena que na- 
die sacara á los indios de la provincia, sino que vivieran en su tie- 
rra; y por Real cédula de 22 de Febrero de 1549 se ordenó á la Au- 
diencia del Nuevo Reino que hiciera cumplir lo mandado, evitando 
que ninguna persona de las que tienen indios encomendados ó de 
otra manera los echen á las minas; lo que se amplía en otra Real 
cédula de 30 de Marzo de aquel año á la misma Audiencia, para 
que no permita que los indios hagan servicios personales en minas, 
casas, etc., por vía de tasación ó permutación, aunque sea volun- 
taria, en vez de los tributos que deben pagar de los frutos natura- 
les é industriales, reproduciendo las órdenes para que sean bien 
tratados y se les dé un competente jornal por su trabajo; como tam- 
bién se ordena en el mismo año á la citada Audiencia que nadie 
eche indios á sepulturas ni hoyos, por ser gran trabajo; y en 1554 
que no se permita venderlos, ni aun con el pretexto de que venden 
las estancias en que se hallan (3). 

Con fecha 29 de Diciembre de 1593 encontramos una Carta del 



(1) Archivo citado, 139-1-7, lib. II, fol. 382; Ídem, lib. XII, fol. 34, y 
lib. XX, folios 22, 198 y 204, é idem, lib. XIII, fol. 54. 

(2) ídem, 139-1-4, lib. I, fol. 120 v., y lib. II, fols. 302 y 311; 139-1-13, 
lib. XXX, fols. 10 y 12, y 41-6-1/24, lib. I, fol 76 v. 

(3) ídem, 41-6-2/2, libs. VII y VIII; 116-5-6, lib. I, fols. 16, 17, 39, 91, 
294 y 400; Ídem, fols. 96 y 169, y la última, idem, fol. 310. 



— 203 — 

Rey á los Obispos de Cuzco, Santiago de Chile y otros, donde les 
dice: «He sido informado que no poneys las personas que conbe- 
nian en las dotrinas de Indios ni con la libertad que seria justo.» 
Y agrega que atendieran más «a los intereses particulares y a la 
dotrina y bien espiritual que debian procurar a los Indios sus feli- 
greses, y porque ansi como es grande el provecho que un buen mi- 
nistro hace entre esas nuevas plantas, al contrario el destraido, 
cobdicioso y descuidado estraga y pervierte quanto sea trabajado 
y procura para el bien de aquellas almas, os Ruego y encargo ten- 
gan de aquí adelante gran quenta con el remedio de cossa tan ym- 
portante de manera que no aya ocasión de hacerse lo que hasta 
aquí, ni de que por no se hacer ni cumplir lo que es tan propio de 
vuestra obligación, se aya de proveer de mayor remedio» (1). 

Importantísima es una Real cédula de 22 de Marzo de 1697, que 
comienza así: «Porque teniendo presentes las leyes y cédulas que 
se mandaron despachar por los Srs. Reyes mis progenitores y por 
mí encargando el buen tratamiento, amparo, proctecion y defensa 
de los Indios naturales de la América, y que sean atendidos, man- 
tenidos, favorecidos y honrados como todos los demás vassallos de 
mi Corona.» Manda que se permita ordenar de sacerdotes á los in- 
dios y se admita á las mestizas en los Monasterios; que los caciques 
ó indios principales deben tener las preeminencias y honores que 
se confieren á los nobles hijosdalgo de Castilla, «guardando en lo 
posible sus antiguos fueros ó privilegios», como se dispone en las 
de Recopilación; que á los indios inferiores, ó sea los que fueron va- 
sallos de caciques, «también se les deue contribuir con todas las 
prerrogativas, dignidades y honras que gozan en España los lim- 
pios de sangre que llaman del estado general»; 'manda á las autori- 
dades la observancia de esas leyes y que «las guarden, cumplan y 
executen y hagan guardar, cumplir y executar precissa e ynviola- 
blemente, declarando de nuebo que atenderé y premiaré siempre a 
los descendientes de Indios gentiles de vnos y otros reinos de las 
Indias, consolodándolos con mi Real amparo y patrocinio», y dispo- 
ne que gocen la remuneración, «según y como los demás vassallos 
mios en mis dilatados dominios de la Europa, con que han de ser 



(1) Archivo citado, 139-1-13, lib. XXX, fol. 446. 



— 204 — 

igUciles en el todo los de vna y otra América sin que obste a los 

de las Indias la descendencia de la gentilidad y para que aquellos 
naturales se hallen desde luego en el consuelo que mi benignidad les 
franquea y puedan también solicitar y pretender los honores y ve- 
neficios ofrecidos a sus méritos, estando justificados» (1). 

El interés demostrado en España por el buen trato de los indios 
no se satisface con colocarlos en un régimen de estricta igualdad 
con los peninsulares, sino que teniendo en cuenta su condición in- 
ferior, quiere que se les mire con singulares predilecciones, de 
igual manera que la madre, amante de todos sus hijos, protege es- 
pecialmente al más débil, como medio de contrarrestar los abusos 
de la faerza, tan arraigada en nuestro carácter, aun tratándose de 
hermanos; y así vemos que desde los primeros tiempos del descu- 
brimiento de América se dijo por cédula Real, fechada en 29 de Di- 
ciembre de 1593, y dirigida á los Presidentes y Oidores de las Au- 
diencias, que había sido informado el Rey que los delitos cometidos 
por los españoles contra los indios no se castigaban con el debido ri- 
gor, y agrega que «no se ha de dar lugar a que en el castigo de los 
delitos se haga diferencia ni distinción de personas despañoles a 
Indios, antes éstos sean mas amparados, como gente mas miserable 
y de menos defensa, os mando que de aquí adelante castiguéis con 
mayor rigor a los españoles que ynjuriaren, ofendieren o maltrata- 
ren a los Indios, que si los mesmos delitos se cometieren contra es- 
pañoles» (2). 

Para no detallar todos los documentos donde se contienen pres- 
cripciones favorables á los indios, nos limitaremos á recordar que 
en 1601 se ordenó al Virrey del Perú que se diera buen trato á los 
indios, autorizándolos para que se contraten libremente para servir, 
reiterándose esa disposición en 1624, como también en 1633, 1660 
y 1662 se dice al mismo Virrey del Perú que quite el servicio per- 
sonal y los reduzca á tributos en frutos y especies (3). 

Para no ser más extensos, concluiremos refiriendo que con moti- 



(1) Archivo citado, 139-1 17, lib. XLIV, fol. 55 v. 

(2) ídem, 139-13, lib. XXX, fol. 446 v. 

(a) ídem, 139-1-14, lib. XXXII, fols 2 al 47: 139-1-15, lib. XXXVII, 
fols 162 al 167; ídem, lib. XXXVIII, fol. 80: 139 1-16, lib. XL, fols. 102, 376 
y 379, y lib. XLII, fol. 207. 



— 205 — 

vo de los perjuicios que se seguían por la exacción de la alcabala 
que se impuso sobre el trigo, maíz y otras semillas, reclamaron va- 
rios labradores vecinos de Méjico, y es curioso el informe que el 
Consejo de las Indias elevó á S. M. en 25 de Febrero de 1773, por las 
noticias que contiene sobre su manera de vivir. Dice que «los In- 
dios y gente pobre de aquel Eeyno afianzan únicamente su manu- 
tención en la semilla del maiz, sirviéndoles de desayuno por la ma- 
ñana desleído y cocido en agua, a cuya bebida llaman ilioZe; al me- 
diodía se alimentan con él reducido a tortillas con un poco de chile 
o pimiento, y la refacción de la noche se reduce a lo propio, prepa- 
rado por las Indias para sus maridos e hixos, por no tener con que 
costear la manufactura de los extraños; siendo esta la causa de no 
gastar carbón para cocer su sustento y valerse de la leña que ellos 
mismos o sus mujeres cortan en los montes: o quando no les es ase- 
quible por la estación de aguas recurren a palitos, palma, nogal 
seco, boñiga y otros arbitrios», resultando de todo ello que las ca- 
banas estén siempre llenas de humo y que necesitan las indias lle- 
var la comida á sus maridos una ó dos leguas, para que éstos ga- 
nen su reducido jornal todo el día (1). 

El nuevo régimen constitucional creado por las Cortes de Cádiz 
de 1812 fué aún, si cabe, más favorable á los indios, pudiendo con- 
vencernos de ello al registrar la colección de sus Decretos, donde 
encontramos en primer lugar el de 5 de Enero de 1811, en el que se 
expone que «mereciendo a las Cortes aquellos dignos subditos una 
singular consideración por todas sus circunstancias», se ordena á 
los Virreyes y demás autoridades que «se dediquen con particular 
esmero y atención a cortar de raíz tantos abusos reprobados por la 
religión, la sana razón y la justicia, prohibiendo con todo rigor 
que, baxo de ningún pretexto por racional que parezca, persona 
alguna constituida en autoridad eclesiástica, civil o militar, ni otra 
alguna, de qualquier clase o condición que sea, aflija al Indio en su 
persona, ni le ocasione perjuicio el mas leve en su propiedad»; de- 
claran las Cortes «que merecerá todo su desagrado y un severísimo 
castigo qualquiera infracción que se haga a esta solemne declara- 
ción de la voluntad nacional^ y que será castigado con todo el rigor 



(1) Archivo citado, 96-3-7. 



— 206 — 

de las leyes el que contraviniere a esta su soberana voluntad», y se 
adoptan diversas disposiciones para que conste «a aquellos dignos 
subditos el desvelo y solicitud paternal, con que la Nación entera, 
representada por las Cortes generales y extraordinarias, se ocupa 
en la felicidad de todos y cada uno de ellos». 

Por otro Decreto de 9 de Noviembre de 1812 se declaran aboli- 
das las mitas ó repartimiento de indios, y todo servicio personal 
que presten á los particulares ó corporaciones; y en 8 de Setiembre 
de 1813 se declara también abolida la pena de azotes en todo el te- 
rritorio, incluso las provincias de Ultramar, advirtiendo á sus pá- 
rrocos que no podrán valerse de esa pena, «ni por modo de castigo 
para con los Indios, ni por el de corrección, ni en otra conformidad, 
qualquiera que sea», debiendo procederse contra los que «traspa- 
sando los límites de sus facultades se atrevieren a encarcelar o tra- 
tar mal a los Indios». 

Además de estas disposiciones generales legislativas, encontra- 
mos en el mencionado Archivo de Indias de Sevilla Reales cédulas, 
Cartas y comunicaciones, relacionadas con este mismo asunto, que 
revisten verdadero interés, y para confirmación de nuestro aserto, 
entresacamos de ellas algunas que sucintamente vamos á indicar. 

El Virrey de Nueva España, D. Francisco Venegas, se dirige en 
carta núm. 186, fechada el 28 de Julio de 1811, al Ministro de Ha- 
cienda, remitiéndole testimonio para la libertad del pago de tribu- 
tos á los indios, y acordando que quedaran también exentos del 
pago de alcabalas; y en 9 de Mayo de 1813 escribe el Gobernador 
de Honduras, en Comayagua, al Secretario de Estado y de Gober- 
nación de Ultramar, dándole cuenta de haber circulado para su 
puntual observancia el Decreto de 9 de Noviembre de 1812, sobre 
abolición de las mitas y demás servicios personales, y participán- 
dole que desde que vio la Constitución abolió él la única carga que 
sufrían en aquella provincia los indios, que era la conocida con el 
nombre de Tapianes (1). 

Fechada en 10 de Setiembre de 1813 encontramos también una 
comunicación, dirigida por el Obispo del Nuevo Eeino de León á 
D. Ciríaco González Carvajal, Ministro de la Gobernación de Ul- 



(1) Archivo citado, 90-7-22, y 100-3-19 (5). 



— 207 — 

tramar, en la que, con motivo de órdenes recibidas para difundir 
entre los indios la enseñanza del idioma castellano, procura «disi- 
par el errado concepto que ay se tiene de los criollos. Su carácter 
personal y las vanas ideas con que se creen capaces y en disposi- 
ción de sacudir la dependencia de la Península cierra todas las 
vias a su instrucción y desengaño. Cada dia se aumenta el orror a 
nuestro Gobierno: el miedo de nuestras armas es lo único que los 
contiene. Se les ve todos los dias caminar con serenidad a la muer- 
te, despreciando los auxilios cristianos; y quando se trata de nues- 
tras ventajas sobre los Franceses lo gradúan todo de ficciones y 
mentiras, y no es posible llevarlos al convencimiento. Confiesan 
ellos mismos que son inútiles para el Gobierno público, y sin em- 
bargo detestan el nuestro. Los beneficios dispensados por nuestro 
ministerio, libertándolos de cargas y tributos, les ha hecho insolen- 
tes en vez de agradecerlos, y creen que es un defecto de nuestra ti- 
midez, más bien que un rasgo de nuestra humanidad. Bajo este 
principio se figuran y prometen como por necesidad nuevas gra- 
cias, que todas servirán para acrecentar su odio, y tal vez precipi- 
tarlos en orrores mayores que los pasados». Después de esta curio- 
sa pintura del carácter de los indios, concluye diciendo que «se ne- 
cesita mucho pulso para emplear alternativamente el rigor y la 
blandura». Al margen de esa carta se encuentra un Decreto dicta- 
do en Palacio á 15 de Marzo de 1814, que dice: «Enterado y que 
espera de su ilustración i celo procurará atraer i reducir a los In- 
dios» (1). 

Con motivo del nuevo cambio de régimen en España, que abo- 
lió de una plumada toda la obra de las Cortes de Cádiz, se dirigió 
en 1814 una Real orden á D. Ramón de Posadas, para que informa- 
ra si convendría hacer alguna variación en los tres Decretos que 
aquéllas dictaron sobre la supresión del servicio personal en In- 
dias, y la contestación fué negativa, agregando algunas reflexio- 
nes que demuestran el deseo que constantemente inspiraba á Es- 
paña de mejorar la condición de los indios, y el hecho de que el in- 
terés se sobrepusiera en ocasiones á la justicia, dando ocasión á 
repetidas órdenes confirmatorias. Dice así: «El servicio personal, 



(1) Archivo citado, 101-2-20 (17). 



— 208 — 

prohibido expresamente, después de expedientes repetidos segui- 
dos con una obstinación de que hay pocos ejemplares; las leyes y 
títulos enteros del Código de Indias, clamando por su observancia, 
hacen ver que el interés ha tenido siempre más poder que la justi- 
cia» (1). 

Las duras exigencias de la lucha sostenida con ardor en toda 
América, en demanda de su independencia, y la necesidad inelu- 
dible de emplear la fuerza como único medio de contrarrestar aque- 
llas repetidas y constantes sublevaciones, no impidieron que los 
mismos representantes del poder militar clamasen, no ya sólo en 
favor de los indios, naturales de América, sino también por los ne- 
gros, importados de África, á quienes se distinguía con el nombre 
de castas; y así vemos que el Capitán General interino de Caracas, 
en carta reservada núm. 42, fechada en 22 de Julio de 1815, y di- 
rigida al Secretario de Estado y del Despacho Universal de Indias, 
representa la conveniencia y utilidad de mejorar su estado y con- 
dición, diciendo que «la introducción de los negros en América dio 
origen á la clase de gentes conocida bajo el nombre vulgar de cas- 
tas»; que, á consecuencia de las causas que señala, entonces cons- 
tituían los nueve décimos de la población, y aconsejaba que «para 
ganar la opinión de esta clase, haciéndoles tomar interés por la 
existencia de la sociedad, que hoy mirarán con odio, ó á lo menos 
con desafecto, no se ha de aguardar á los últimos momentos, en 
que las concesiones que se les hagan tendrán el aspecto de forza- 
das por el peligro». Concluye proponiendo que se mejore en gene- 
ral su estado civil; que se confirme el Decreto de 29 de Enero de 
1812, publicado con aceptación y aplauso de las mismas, y que, 
para recompensar sus servicios, se les conceda privilegios de blan- 
cura, á semejanza de las cartas de ciudadano que ideó la Consti- 
tución» (2). 

La exquisita corrección de España llegaba hasta el extremo de 
prohibir toda palabra que pudiera molestar á los naturales de Amé- 
rica, recordándoles su condición de vencidos; y á ello obedecen re- 



(1) Archivo citado, 133-1-7 (117), y Estado América en general, 2 
(146 y 147). 

(2) Archivo General de Indias, 13M-21 (27). 



— 209 — 

petidas disposiciones de Felipe II, en la Ordenanza 29 de poblacio- 
nes; Felipe IV, en Madrid, á 11 de Junio de 1621, y de D. Carlos y 
la Reina Gobernadora, recordados en Cédula de 13 de Mayo de 1780, 
que se contienen en la ley 6.*^, título I, libro IV, de la Recopilación 
de Indias, expresando que «por justas causas y consideraciones con- 
viene que en todas las capitulaciones que se hicieren para nuevos 
descubrimientos se excuse esta palabra conquista, y en su lugar se 
use de las de pacificación y población, pues habiéndose de hacer con 
toda paz y caridad, es nuestra voluntad que aun este nombre, inter- 
pretado contra nuestra intención, no ocasione ni dé color á lo capi- 
tulado, para que se pueda hacer fuerza ni agravio á los indios». 

Terminaremos diciendo que de tal manera inspiró á los españo- 
les ese criterio, que en toda ocasión trataron de ajustar su conduc- 
ta al mismo propósito, como se desprende de la carta dirigida por 
Andrés Bechi al Rey, con fecha 30 de Agosto de 1816, donde, re- 
cordando la ley antes citada, expone, por conducto del Secretario 
de Estado D. Pedro de Ceballos, ser antipolítico el restablecimien- 
to del Paseo del Pendón el día de San Hipólito en Méjico y demás 
de ambas Américas, porque es un homenaje ó vasallaje odioso al 
pueblo, especialmente á los indios, que les recuerda la pérdida de 
su libertad y sujeción ominosa á los Reyes de España. Esta carta se 
mandó pasar al Virrey (1). 



Compruébase con los datos que hemos extractado, que si en nues- 
tros antiguos y dilatados dominios de América pudieron cometerse 
abusos, vejaciones ó injusticias con los indios, tienen esos hechos 
una explicación natural y lógica, aunque no tratemos de disculpar- 
los; y enfrente de aquellos rudos aventureros, que alguna vez demos- 
traron sus bajos instintos, ú obedecieron á su incultura y escasa edu- 
cación, surgen hombres, como Fr. Bartolomé de las Casas y otros 
muchos, que, dejándose llevar de su ardor apostólico y de su celo 
evangélico, representaban al Rey y á sus Ministros, realizaban fre- 



(1) Archivo General de Indias, Estado México, 23-23. 

14 



— 210 — 

cuentes viajes y formalizaban quejas, exagerando quizás la nota de 
los vicios que pretendían extirpar, animados de su ferviente deseo 
de favorecer á los indios, que deseaban ver tratados como hermanos 
con toda la dulzura, caridad y amor que recomiendan las más pu- 
ras doctrinas de la religión que ellos profesaban y defendían. 

Pero lo que más nos importa acreditar, y eso nos parece que está 
suficientemente justificado, es que esos abusos fueron siempre de ín- 
dole particular, sin que pueda reñuir de ellos la más leve responsa- 
bilidad para la nación española, que no cesó de dictar leyes, inspi- 
radas en los más justos principios, y que continuamente, en todo el 
período de nuestra dominación, desde la época de los descubrimien- 
tos hasta los últimos años, en que debiera estar preocupada por la 
guerra de la independencia dentro de la Península, y por las luchas 
separatistas en todos los territorios americanos, siempre procuró 
atender al buen trato y mejoramiento de la situación de los indios, 
dictando órdenes públicas é instrucciones reservadas, lo mismo á los 
Virreyes que á las superiores autoridades eclesiásticas y á todos los 
subditos, sin descuidar severas censuras y anuncios de graves casti- 
gos á los que se permitieran infringir las órdenes promulgadas. 

No pudiendo culpar á España por los abusos, faltas ó delitos 
que algunos de sus hijos realizaron, tenemos que juzgarla por sus 
actos oficiales, ó por sus instrucciones reservadas, y como unas y 
otras obedecen al mismo propósito y se inspiran en igual deseo, tra- 
ducidos en órdenes repetidas, según atinada frase que antes copia- 
mos, con una obstinación de que hay pocos ejemplares, hemos de re- 
conocer, como timbre de gloria para nuestra Patria, que constante- 
mente procuró el bienestar de los indios, á quienes deseaba se tra- 
tase, no ya igual, sino con preferente cariño que á los nacidos en 
la Península, por lo mismo que estimaba que su debilidad é incul- 
tura exigían mayores atenciones por parte de los que pudieran 
creerse más inteligentes, cultos y civilizados. 

Si nos fuera lícito comparar ahora esa noble conducta de España, 
en sus relaciones con los habitantes de los países que ella descubrió 
y dominó, con la que han seguido y aún siguen otras naciones, que 
buscan siempre ocasión y pretexto para motejarnos y calumniarnos, 
se vería cómo nuestros acusadores son culpables, en su régimen co- 
lonial, de faltas gravísimas, que nosotros nunca cometimos, y de 



— 211 — 

delitos colectivos, que los españoles rechazaban, vituperaban y cas- 
tigaban. 

Bien á nuestro pesar omitimos ese estudio comparativo; pero no 
podemos excusarnos de citar un documento de los que se encuen- 
tran en el Archivo General de Indias, que por su carácter oficial, 
por la época en que se escribiera y por las noticias que contiene, 
reviste para nosotros verdadera importancia. 

Se trata de una carta reservada, dirigida desde Philadelphia 
por el Ministro de S. M. en los Estados Unidos, D. Luis de Onís, al 
Duque de San Carlos, en 4 de Octubre de 1814, donde, además de 
otras noticias, le da cuenta de que «el General Jakson, también 
americano, después de haber derrotado a los indios creeks, ha hecho 
un tratado de paz con ellos, por el qual se obligan a ceder a esta 
República 23 millones de huebras o fanegadas de tierra. Esto hará 
ver a V. E. que el sistema de exterminar a los indios, de ir exten- 
diendo los límites por todos lados, y, en una palabra, de engrande- 
cerse a costa de los vecinos, no se piensa todavía en abandonar, y 
que no se desperdicia ocasión ninguna que se presente de promo- 
verlo y de verificarlo» (1). 

Es decir, que mientras España dicta leyes para colocar á sus 
Indios en un régimen de igualdad, y aun preferencia, con respecto 
á los peninsulares, otras naciones siguen en su propósito de exter- 
minar á los indios, criollos del país que ocupan, encerrándolos 
cada vez en más reducido territorio, acorralándolos y persiguiéndo- 
los en las selvas que todavía no necesitaban para su creciente y 
advenediza población, y dejándolos abandonados á sus propias 
tuerzas y salvaje condición, hasta que nuevas batidas les permitie- 
ran obtener fáciles victorias, consagradas con tratados de paz, que 
se debieran á la violencia, obteniendo nuevos avances de millones 
de fanegadas de tierra en el territorio á ellos reservado. 

Cargos aún más graves dirigen respetables autores á otras na- 
ciones, y nos concretaremos á citar á Lord Macaulay, que al tratar 
de Lord Clive, á quien defiende como un héroe, superior á los des- 
cubridores de América, nos refiere hechos vergonzosos, que no po- 
demos detallar, y dice que «su conducta en la India está explicada 



(1) Archivo citado, 146-3-8 (8). 



— 212 — 

por la manera que tenía de considerar la política de Oriente: la 
creía un juego, en el cual, para ganar, estaba permitido hacer 
trampas» (1). 

Más adelante, y en la misma obra, dice que «los procónsules ro- 
manos, que robaban en un bienio en las provincias sometidas á su 
autoridad lo bastante para edificar suntuosos palacios en las ribe- 
ras de la Campania, para beber el néctar en copas de ámbar, ali- 
mentarse de las aves más preciosas y divertirse haciendo combatir 
ejércitos de gladiadores», quedaron sobrejnijados en la India, agre- 
gando la cita de innumerables perfidias, fraudes, perjurios, violen- 
cias y tiranías, que no eran ya sólo imputables á un individuo, 
puesto que se colmó de honores al mismo Lord Clive, á quien el 
Key Jorge III elevó al rango de Par de Irlanda, y le encargó repe- 
tidas veces del mando, á pesar de que el referido Macaulay sostiene 
que «mejor parecía un gobierno del genio del mal que el gobierno 
de tiranos humanos», acusándole de que falsificaba documentos, 
rompía solemnes compromisos y faltaba descaradamente á ellos, 
realizando actos que su mismo apologista califica de dolos é infa- 
mias, por las que su nación granjeaba algo, «menoscabando y 
hollando la fe pública», lo cual no era obstáculo á que Pitt le rin- 
diese testimonio de respeto en la Cámara de los Comunes, «como 
un general formado por Dios mismo» (2). 

Enfrente de esa conducta recordaremos que España, á princi- 
pios del siglo XVI, época de general barbarie, dictaba unas Ins- 
trucciones, citadas por Fr. Bartolomé de las Casas, donde se con- 
tiene el siguiente primer capítulo: «Habéis de procurar por todas 
maneras y vias, que viéredes o pensáredes, que para ello han de 
aprovechar, y por todas las otras vias y formas que se pudiere 
tener algunas esperanzas que se podrá hacer, atraer con buenas 
obras a que los Indios estén con los cristianos en amor y amistad, 
y que por esta via se haga todo lo que se hubiere de hacer con 
ellos, y para que ello mejor se haga, la jirincipal cosa que habéis de 
procurar es no consentir que por vos ni por otras personas no se les 
quebrante ni7iguna cosa que les fuere prometida, sino que, antes que 



(1) Estudios históricos. Traducción de la «Biblioteca clásica», pág. 1 17- 
^.2) ídem, págs. 145 y 147. 



— 213 — 

se les prometa, se mire con mucho cuidado si se les puede guar- 
dar, y si no se puede bien hacer que no se les prometa, pero pro- 
metido se les guarde enteramente, de manera que los pongáis en 
mucha confianza de vuestra verdad; y no habéis de consentir que 
se les haga algún mal, ni daño, porque de miedo no se alboroten 
ni se levanten, antes habéis mucho de castigar a los que les hicie- 
ren mal o daño sin vuestro mandado, porque por esta via vernán 
antes a la conversión y al cognoscimiento de Dios, y de nuestra 
sancta fe católica, y más se gana en convertir 100 de esta manera 
que 100.000 por otra via» (1). 

Como nuestro ánimo es sólo defender á España de injustificados 
cargos y no el de culpar á las demás naciones, omitiremos otros 
muchos datos de todos conocidos, y únicamente recordaremos que 
mientras nuestra Patria publicaba la ley 18, tít. I, lib. IV, de la Re- 
copilación de Indias, prohibiendo la importación de vinos del Perú, 
fundándose en que «por ser fuertes, nuevos y por cocer causan a 
los Indios generalmente muy grande daño, con que se acaban muy 
apriesa», se sostiene en otros países el comercio del opio y se fo- 
menta la exportación de bebidas alcohólicas, para envenenar á 
razas atrasadas, y contribuir á que rápidamente degeneren y pier- 
dan la fuerza y vigor de que antes gozaban. 

Dejemos á otros la responsabilidad de sus actos, pero reconóz- 
case al menos que España se ha distinguido siempre, llevada quizás 
de un exceso de romanticismo, por su justicia, lealtad y cariño 
para con los indios que trajo á la civilización, y que si en el orden 
político y colonial sufrió errores, cuyas consecuencias hoy deplora, 
en el aspecto social y en las relaciones oficiales con sus colonos ha 
dejado un ejemplo digno de imitar, que coloca muy alto el honor 
patrio. 

Sevilla y Abril 1914. 



(1) Fr. Bartolomé de las Casas, en su obra Historia de las Indias, 
tomo IV, pág. 139. 



ÜN TESORO DOCUMENTAL HISTÓRICO 

CASI DESCONOCIDO 

POR 

DON JOSÉ GESTOSO 



Estimulado por el que creo cumplimiento de deberes inexcusa- 
bles, me atrevo á distraer la alta atención del Congreso para tra- 
tar de un asunto de capital interés, que sin duda podrá ser resuelto 
favorablemente si la doctísima Asamblea, una vez persuadida de la 
gravedad é importancia que entraña, le presta decidido apoyo, acu- 
diendo á los Poderes públicos para que, sin vacilaciones ni distin- 
gos, olvidando añejas disposiciones, opuestas en absoluto á los ac- 
tuales derroteros del espíritu, establezcan un nuevo estado de de- 
recho, que, ciertamente, se impone en virtud de las justas exigen- 
cias de los hombres estudiosos é inteligentes, en armonía con el 
criterio informativo de los estudios históricos. Así lo demandan el 
prestigio nacional y el amor patrio, que ha tiempo vienen recla- 
mando la reforma á que se refiere la presente moción. 

Existen en todas las capitales de España y en las villas cabezas 
de partido grandes depósitos de documentos antiguos que constitu- 
yen los llamados Archivos de protocolos, los cuales no son otra 
cosa que las colecciones de cuantas escrituras se otorgaron en di- 
chas localidades, especialmente desde la segunda mitad del siglo xv 
hasta nuestros días. Si tenemos presentes las exigencias de las cos- 
tumbres en tan largo período de tiempo, no hay que decir que en- 
tonces fueron elevadas á escritaras ante escribanos depositarios de 



— 216 — 

la fe pública cuantas transacciones, pactos, contratos, etc., se cele- 
braban entre partes, lo mismo tratándose de la venta de pueblos, 
lugares y señoríos, que de la compra de unas cuantas varas de 
paño, de la pintura de un cuadro, de la talla de una imagen, de la 
escritura material de un códice ó libro piadoso, del bordado de un 
ornamento, de la hechura de un traje, de la obra de una a!lhaja ó 
de un mueble de más ó menos precio. 

La compraventa de esclavos, las obligaciones contraídas entre 
autores y actores para la representación de obras teatrales, las de 
saludadores y médicos que en plazo determinado se comprometían 
á sanar á sus confiados enfermos, la de los que se alistaban para 
formar parte de los ejércitos y armadas de S. M., las de perdones 
otorgados por esposos ofendidos, las fianzas de delincuentes bien 
para que los dejasen discurrir libres de hierros por el interior de 
las cárceles ó por la ciudad misma, las de aprendices con maestros 
insignes en todas las artes ó de ciegos rezadores que de los suyos 
aprendían devotas oraciones para obtener limosnas, los de autores 
de libros con impresores; en suma, cuanto era objeto de un conve- 
nio, lo mismo importante que en extremo baladí, juzgado según las 
costumbres actuales, todo acto entre personas, familias ó público, 
era objeto de escritura notarial, siempre reveladora del espíritu, 
creencias, preocupaciones y altos alientos ó menguados propósitos 
de aquellas generaciones; á cuyo caudal inapreciable hay que aña- 
dir las cartas dótales y de arras, los testamentos y codicilos, inven- 
tarios de muebles é inmuebles, de alhajas, ropas, materiales y úti- 
les de fabricación de insignes artífices, todo lo cual ofrece á nues- 
tra vista el cuadro más completo de las costumbres patrias, con la 
manera de sentir, de pensar y de producir de aquellas sociedades, 
ó erróneamente conocidas, ó bien ignoradas por la presente, á pe- 
sar de lo mucho escrito, sin más garantía de exactitud, en la ma- 
yor parte de los casos, que la buena fe ó la honrada palabra de los 
historiadores. 

Para formar, por tanto, exacto concepto de la España antigua, 
siquiera sea á partir de la época gloriosa de los Reyes Católicos 
hasta el siglo xviii, lo diremos de una vez, hay que registrar los 
Archivos de protocolos, tesoro sin igual de noticias, bien apreciado 
y aprovechado por la perseverante é inteligentísima labor de emi- 



— 217 — 

nentes eruditos, como Pérez Pastor, Rodríguez Marín , Amézua, To- 
ribio Medina y alg-uno más; merced á la cual conocemos á fondo 
las biografías de ilustres varones, con todos los atractivos de la rea- 
lidad, exhumados del olvido en que yacían; y en sus intimidades 
sociales y familiares, que en alto grado contribuyen á apreciar sus 
personales caracteres, ofreciéndose á nuestra vista, dentro del cua- 
dro social de su época, descrita ésta también con las severas y su- 
gestivas tintas de la verdad; que tales prodigios obran la erudición 
y el talento unidos. Si, pues, hoy para escribir historia exige la 
crítica, en primer lugar, que ésta ha de estar documentada, sin re- 
currir á invenciones ni fantasías, ¿á qué fuentes más puras y cris- 
talinas hemos de acudir que á nuestros Archivos? Y dentro de és- 
tos, ^;cuáles más ricos y fehacientes que los de protocolos? 

Pues ninguno de los modernos investigadores hubiera podido ja- 
más contribuir, como han contribuido, á levantar el grandioso mo- 
numento del saber patrio, sin haber acudido á los Archivos de pro- 
tocolos, gracias á la complaciente amistad personal de alguno de 
los archivistas, que por tal concepto prestóse gustoso á permitir la 
investigación, pues en la mayor parte de las ocasiones, no contando 
con aquélla, también se les negó el examen de documentos. Puede 
afirmarse, por tanto, que no es posible hoy completar ningún tra- 
bajo de erudición, sin acudir á estos inagotables veneros, que en- 
cierran tantos y tan importantes datos, que ningún escritor con- 
cienzudo puede ni debe prescindir de ellos. 

Brevísima y ligeramente expuesto el interés excepcional que en- 
trañan nuestros Archivos de protocolos, veamos su origen y organi- 
zación actual (si así puede llamarse con rarísimas excepciones al 
hacinamiento de legajos), estado en que se encuentran y servicios 
que prestan á la cultura general, para exponer después las refor- 
mas de que deben ser objeto, si no queremos que tan gran caudal 
desaparezca, sin beneficio ni utilidad al presente para nadie, y, lo 
que sería imperdonable, con mengua manifiesta del propio decoro 
y del honor nacional, que á toda costa debe salvarse. 

Desde los comienzos del siglo xv en que tuvieron su origen los 
protocolos ó legajos de escrituras públicas, cada escribano custo- 
diaba los respectivos á su oficio, y en tal virtud, existían tantos Ar- 
chivos como escribanías públicas; Archivos que á medida que en- 



— 218 — 

grosaban con el trascurso de los años y de los siglos, íbanse convir- 
tiendo en pesada carga para los funcionarios que los custodiaban, 
la mayor parte de los cuales carecían de sitios apropiados para 
instalarlos en las casas que habitaban, y de ahí que muchos de los 
dichos funcionarios depositaran los libros de escrituras, especial- 
mente los más antiguos, y por tanto los más interesantes, ya en las 
azoteas de sus viviendas, resguardados por cobertizos de tablas, ya 
en habitaciones bajas y en patinillos interiores, cuando no en sóta- 
nos y otros lugares, donde la humedad y las alimañas se cebaron 
en ellos, sin que, por lo general, nadie se ocupara en atender á aque- 
llos papeles viejos, que consideraban como enojosa impedimenta; y 
así se explica que sean numerosas las faltas que se advierten en 
los legajos de cada oficio, siendo pocos los que de éstos conservan 
la documentación del siglo xv, careciendo otros de años enteros, 
sin que ninguno tenga sus índices completos, muy por el contrario, 
faltos de hojas, estropeados y en el mayor desorden; habiendo mu- 
chos protocolos en lamentable estado de conservación, corroído su 
papel por la polilla ó hecho masa por efecto de la humedad. Ya in- 
tentó poner remedio á estos males la ley del Notariado de 28 de 
Mayo de 1862, la cual, después de declarar en su art. 36 que los 
protocolos pertenecen al Estado, dispuso en el 37: que hubiera en 
cada Audiencia y bajo su inspección un Archivo general de escri- 
turas públicas, cuyos Archivos habrían de formarse con los proto- 
colos de los Notarios, comprendidos en el territorio de cada Au- 
diencia, que contaran más de veinticinco años de fecha, quedando 
los veinticinco protocolos más modernos bajo la custodia del Nota- 
rio á cuyo cargo estuviese la Notaría, quedando obligado á entre- 
gar cada año al Regente de la Audiencia el protocolo que debía pa- 
sar al Archivo general. Este precepto legal no llegó á realizarse 
porque á su ejecución se opusieron muchas causas, entre ellas, la 
muy atendible de que no había Audiencia que contara con suficiente 
local para reunir en él los protocolos de todo su territorio; y así 
continuaron las cosas hasta que se dictó el Real decreto de 8 de 
Enero de 1869, en el que después de hacerse gran encomio de la im- 
portancia de los protocolos y de ponderar la necesidad imperiosa 
de acudir á su conservación, se organizan los Archivos generales y 
se dispone que se establezcan en cada distrito notarial, en la po- 



— 219 — 

blación donde resida el Juzgado de primera instancia; constituyén- 
dose con los protocolos de más de treinta años de fecha, y encar- 
gando de su custodia á un Notario, elegido por el Ministerio de Gra- 
cia y Justicia, de entre los que residan en el lugar del Archivo, 
debiendo sufragar estos Notarios todos los gastos de custodia, con- 
servación, etc., y percibiendo en cambio por guarda, busca y ex- 
pedición de copias, los derechos arancelarios. Estas mismas dispo- 
siciones se reprodujeron en el Reglamento para la ejecución de la 
ley del Notariado, fecha 9 de Noviembre de 1874, si bien en cumpli- 
miento del citado Real decreto de 1869 se constituyeron dichos Ar- 
chivos y, por tanto, el de Sevilla, formándose éste con los protocolos 
de más de treinta años de fecha correspondientes á las veinticuatro 
Notarías que á la sazón existían en esta ciudad, más los de los pue- 
blos agregados al territorio de los cuatro Juzgados de primera ins- 
tancia que entonces había en esta capital. 

Efectuada la entrega de los respectivos protocolos por los Nota- 
rios, establecióse en el edificio del ex Convento de San José el Ar- 
chivo general, siendo nombrado su jefe el limo. Sr. D. Adolfo Ro- 
dríguez Palacios, á cuya memoria hemos de rendir público testimo- 
nio de gratitud, pues merced á su bondadosa amistad debimos, jun- 
tamente con el maestro Rodríguez Marín, y durante un período de 
diez años, la íntima complacencia de investigar los legajos del Ar- 
chivo General, y gracias á su deferencia y generosidad pudimos 
ambos ilustrar con interesantes y desconocidos datos algunos de 
nuestros libros. 

Denunciado por ruinoso el edificio de San José, el Archivo fué 
trasladado al local que hoy ocupa, nave de la ex iglesia de San 
Laureano, que está terrizo, es húmedo y falto de ventilación, cir- 
cunstancias todas que no han de contribuir ciertamente á la con- 
servación de papeles antiguos. 

Acaecido el fallecimiento de aquel tan excelente amigo en 1907, 
su sucesor en el cargo no ha querido continuar otorgándonos el 
favor, y en su virtud, miles de notas de documentos que tomamos 
entonces, para evacuarlas en el trascurso de los años, quedarán 
malogradas; todas, como es de suponer, de muy subido valor para la 
liistoria particular de Sevilla y para la general de España. Siendo 
potestativo en los Notarios archivistas, según la vigente ley por que 



— 220 — 

se rigen, abrir ó cerrar las puertas de los Archivos generales de 
protocolos (cerrados la mayoría de las veces), queda á su arbitrio 
conceder ó no licencia á los estudiosos investigadores, y tal facultad 
no debe residir bajo ningún concepto en un particular, ni puede de- 
pender de la voluntad de un individuo el aprovechamiento de lo 
que merece por tantos títulos ser, y es, patrimonio de la Nación, 
como todos los demás Archivos del Estado. 

Para que pueda apreciarse, siquiera sea aproximadamente, la ex- 
cepcional importancia de la documentación histórica del Archivo de 
protocolos de Sevilla, baste considerar lo que fué esta ciudad á raíz 
del descubrimiento del Nuevo Mundo, el auge extraordinario que 
alcanzó en ella el comercio de todas las naciones, la ostentosa ri- 
queza de sus naturales, que la hicieron emporio de la ciencia, de las 
artes y de las letras con la decidida protección que le dispensaban; 
aumentadas tales grandezas con el establecimiento de la famosísima 
Casa de la Contratación, con sus geógrafos, pilotos, cartógrafos y 
cosmógrafos, así propios como extraños, capitanes de flotas, nave- 
gantes, armadores, y, en suma, todo el bizarro personal que á ella 
acudía, ya para concertar expediciones de descubrimientos, ya para 
obtener la protección en sus empresas del prestigioso Tribunal que 
entendía en todos sus múltiples asuntos que le estaban encomenda- 
dos; ya para ajustarse al cumplimiento de los mandatos del Monar- 
ca, en cuanto á la disposición de las altas empresas de colonizar, 
evangelizar y poblar aquellas partes que se iban descubriendo. No 
tuvo entonces Sevilla rival ninguna entre las ciudades' españolas; tan 
grandioso fué su florecimiento durante todo el siglo xvi especial- 
mente, y á ella acudieron cuantos hombres de corazón, cuantos osa- 
dos aventureros, opulentos comerciantes, insignes artistas y sabios 
en las ciencias referentes á la navegación, pretendían entonces 
abrirse paso y conquistar riquezas y glorias. Y si así ocurría, y si 
entonces, como al principio dijimos, todo convenio entre partes era 
objeto de contrato ante escribano público, ¿cómo extrañar que los 
legajos del Archivo de protocolos contengan los más preciosos docu- 
mentos relativos á la historia de España y de América unidas, en 
cuantas expediciones de todo género, apresto de armadas para des- 
cubrir y colonizar, y, en suma, para las innumerables empresas que 
se proyectaban? Así es, en efecto, y díganlo si no las investigaciones 



— 221 — 

de Henri Harrise, de Asensio, de D. Toribio Medina y de ios con- 
tados americanistas que hace años acudieron á él en demanda de 
datos para ilustrar determinados puntos: pero si aún no se nos pi- 
diese comprobar nuestro aserto, acompañamos esta moción con dos 
ejemplares de nuestros folletos Algunos datos para la historia de 
América y La Imprenta en México. En el primero aparecen ya do- 
cumentos íntegros, ya extractos de otros y ya, en algunos, notas 
simplemente, pues no nos han permitido evacuar aquéllas, copiando 
los originales referentes á varones tan memorables como D. Fernan- 
do Colón y Hernán Cortés, Juan de la Cosa, Américo Vespució, Die- 
go de Lepe, Diego de Nicuesa, Andrés de San Martín, etc. 

En cuanto al segundo documento, cuya primera copia tuvimos 
el gusto de facilitar al doctísimo Medina, contiene el contrato entre 
el impresor Juan Cromberger y su oficial Juan Pablo para estable- 
cer la primera imprenta en México. 

Si el Archivo General de Protocolos de Sevilla hubiese estado á 
disposición de entusiastas investigadores, es segurísimo que al ini- 
ciarse la celebración del presente Congreso habríamos podido apor- 
tar una colección de documentos con los cuales se ilustrase la bio- 
grafía del glorioso descubridor del Pacífico. Sépanlo, pues, los espa- 
ñoles y los americanos: en Sevilla existe un Archivo inexplorado, 
con 18.000 legajos, filón riquísimo que no puede investigarse mien- 
tras continúe vigente la actual ley del Notariado. 

Expuestos ya el origen, organización, estado en que se encuen- 
tra, tan poco favorable para prolongar la vida de sus documentos, 
y servicios que deja de prestar á la cultura pública el Archivo de 
Protocolos de Sevilla, sólo nos resta añadir en cuanto á esta parte 
de la presente moción, que excepto alguno que otro, rarísimo entre 
los demás existentes en las capitales españolas, todos se encuentran 
en análogas ó mucho peores condiciones que el nuestro, y si tenemos 
en cuenta el abolengo de ciudades como Toledo, Valencia, Zarago- 
za, Barcelona, Salamanca, Córdoba y otras, en que tan gallarda- 
mente florecieron todas las manifestaciones del saber humano, no 
puede dudarse que en sus legajos han de contenerse preciosos datos, 
dignos de salvarse para la Historia patria. En cuanto á los que aún 
se conserven en pueblos cabeza de partido, más adelante indica- 
remos lo que en nuestro sentir debe hacerse con ellos. 



— 222 — 

Conocidos los males, apliquémosle el remedio. 

Desde la publicación de las leyes desamortizadoras, comenza- 
ron á perder su importancia para la vida jurídica de relación los 
protocolos antiguos. Dado el g-olpe de muerte á los mayorazgos, pa- 
tronatos, capellanías y demás fundaciones de carácter perpetuo, 
cuyos títulos radican en los antiguos protocolos, cada día ha sido 
menos preciso el acudir á éstos. Vino más tarde la trascendental re- 
forma introducida por la ley Hipotecaria en la contratación sobre 
la propiedad inmueble, y las escrituras antiguas siguieron per- 
diendo á paso de gigante su utilidad como prueba legal para acre- 
ditar los derechos de la familia, así en las íntimas afecciones del 
hogar como en sus relaciones sociales y los derechos del múltiple 
conjunto de individuos y de colectividades, cuyos intereses son la 
base sobre la que gira la aplicación de la ley común y se desen- 
vuelven los principios de derecho en la diversidad de las relaciones 
jurídicas de los pueblos, y cuando más tarde aún se promulga el 
Código civil que nos rige, cuyas disposiciones operaran tan radica- 
les cambios en el derecho familiar y en el hereditario y en la pres- 
cripción del dominio y en las de las acciones, consignando entre 
otros preceptos los contenidos en sus artículos 781, 785, 1559, 1963 
y muchos más que sería prolijo citar, quedó de tal manera fijada 
en un máximum de treinta años la utilidad legal de las escrituras 
públicas, que hoy saben hasta los más profanos, que basta para la 
contratación, titulación inscrita que abarque dicho período de tiem- 
po, siendo contado el caso que precise acudir á documentos de ma- 
yor antigüedad, y todo esto motiva que los actuales archiveros de 
protocolos, rara vez tengan que expedir copias ó testimonios de los 
documentos antiguos que custodian, porque, por punto general, 
ningún litigante los necesita como medio de prueba en los pleitos, 
ni los contratantes sobre la propiedad inmueble para la formación 
de titulaciones. 

No habrá, pues, inconveniente en extraer de los Archivos de 
protocolos toda la documentación antigua, dejando en poder de los 
actuales Notarios archiveros un número de años, que podría ser el 
de cincuenta ó sesenta, más que suficiente á las actuales necesida- 
des de la vida del derecho, y con todos los demás formar Archivos 
públicos Histórico -provinciales , donde esos antiguos documentos 



— 223 — 

llenaran su actual finalidad como riquísimos veneros de investiga- 
ciones históricas, sin perjuicio de que en caso de ser necesarias al- 
guna vez para los fines legales antes expresados, se pudieran expe- 
dir los traslados y testimonios que las partes interesadas solicita- 
ran, y estos nuevos Archivos bien pudieran instalarse en locales 
facilitados por los Ayuntamientos y Diputaciones provinciales, en 
aquellas capitales más importantes de España, á lo que segura- 
mente se prestarían, pues si estas Corporaciones, según se expresa 
en el preámbulo del referido Real decreto de 1869 hubieran ya de 
prestar atención muy preferente á los Archivos notariales, salván- 
dolos de inminente ruina en época en que muchos de ellos queda- 
ron abandonados, y convirtiéndose en fieles custodios de los mis- 
mos, cuando sólo se reconocía en esa documentación el valor de su 
aplicación legal, mucha más atención y decidido concurso le pres- 
tarían hoy al saber que esos protocolos son guardadores también 
de nuestra historia y de valiosísimos antecedentes para ilustrar las 
vidas de los grandes hombres. 

En virtud de todo lo expuesto, tenemos la honra de someter al 
superior criterio del Congreso el articulado siguiente, por si se 
digna tomarlo en consideración, y recabar del Gobierno de S. M. la 
publicación de una ley que reforme la actual vigente del Notaria- 
do, con respecto á la organización de los Archivos, cuya custodia 
corre á su cargo: 

I.*' Los Archivos generales de protocolos de las capitales más 
importantes de España serán declarados Histórico-provinciáles , así 
como las de aquellas otras que lo soliciten. 

2.° Los Ayuntamientos y Diputaciones provinciales de dichas 
ciudades facilitarán locales para su instalación. 

3.° Los citados Archivos objeto de la reforma, se entregarán 
en el término de seis meses, á contar de la fecha de la publicación 
de la ley en que aquélla se disponga, al Cuerpo General de Archi- 
veros, Bibliotecarios y Arqueólogos. 

4.° Su régimen y organización serán los mismos que rigen 
para los demás del Estado, Histórico Nacional, de Indias, de Si- 
mancas y de Alcalá de Henares. 

5.° Quedarán en poder de los Notarios los protocolos de la se- 
gunda mitad del siglo xix. 



— 224 — 

6.'' Una vez instalados y organizados los Archivos Histórico- 
provinciales , y cuando las circunstancias lo permitan, se aumenta- 
rán sus fondos con la documentación de los notariales pertenecien- 
tes á las cabezas de partido. 

Sala de sesiones del Congreso de Historia y Geografía hispano- 
americana, Sevilla 25 de Abril de 1914. 



ESPAÑA Y LOS INDIOS DE AMERICA 



DON LUCIANO HERRERA 



A ninguna nación le conviene tanto como á España el esclare- 
cimiento de la verdad histórica en orden á su vasta actuación de 
potencia colonial en América; pero es la Historia, la verdadera 
Historia, aquella madre de la Verdad y émula del Tiempo, la lla- 
mada á enseñorearse como soberana definidora y arbitro de la Jus- 
ticia, derramando los torrentes de luz de la sana Crítica, para co- 
rregir las deformaciones de una óptica moral perturbada por la 
pasión y el prejuicio. 

Esta tarea no es, como pudiera creerse á primera vista, una sim- 
ple curiosidad, que podría confinarse en los dominios de la docta y 
fría erudición, no; pues nada tiene tan gran eficacia como la Ver- 
dad en la vida de relación; y la Humanidad, viajera de los siglos, 
no se reconforta sino al calor vivificante del sol de la Justicia. 

Ya es tiempo de que la historia de la acción de España en Amé- 
rica, que se ha escrito hasta el presente, como si dijéramos, de allá 
para acá, se escriba de aquí para allá; y las circunstancias no pue- 
den ser más propicias. 

Para comenzar este modesto trabajo, que por ser documentado 
será naturalmente desprovisto de toda amenidad externa en su des- 
arrollo, se hace necesaria una pequeña digresión. 

Durante muchos años, trascurridos después de la emancipación 
de las antiguas colonias de la América española, y, ya sea en 

13 



— 226 — 

documentos de carácter oficial, ya sea en arengas particulares 
de índole patriótica, con ocasión de lo que podría llamarse fecha 
inicial del calendario cívico, se han repetido hasta hace poco 
tiempo, á título de memorial de agravios y por ende de motivos 
de justificación histórica de la independencia, algunos cargos 
contra España referentes á su acción política y administrativa en 
América. 

No hacía falta, en verdad, la pagana y constante inmolación 
de esa gran víctima como holocausto á los manes de los héroes de 
la independencia americana. A la gloria indudable de esos héroes, 
entre los cuales descollaron no pocos de altísima estatura moral, 
habría bastado el perfume de la gratitud, incienso de la legítima 
gloria, y el constante reconocimiento y exaltación de nobles virtu- 
des, que quedaron sin imitación y que parecieron apagarse en la 
memoria de las generaciones sucesivas, cuando cayó sobre los pue- 
blos de América la caliginosa noche de las convulsiones civi- 
les, que siguieron muy de cerca al período de la independencia, 
á la vista de los artífices de la gran obra^ hasta el punto que Bolí- 
var, el más grande de los guerreros del Nuevo Mundo, llegó á ex- 
clamar en momentos de trágica é infinita amargura: «¡Los que he- 
mos trabajado por la independencia de América, hemos arado en 
el mar!» 

Está fuera del alcance de este trabajo el hablar del hecho mis- 
mo de la emancipación americana. Los pueblos de América la de- 
seaban, laboraron por ella con el tesón heredado de sus progenito- 
res españoles, y la obtuvieron por el esfuerzo de su brazo. Toda 
obra de emancipación tiene algo de grande y hermoso, ya sea que 
se la considere como el desdoblamiento de una vida anterior, ó 
como noble y justo anhelo de mejora, ó bien como aspiración natu- 
ral á tomar virilmente el lote de la responsabilidad, que es el con- 
trapeso de la independencia conquistada. 

Nuestra labor, más modesta, es la de rectificación; rectificación 
serena de algunos errores, que han medrado, primero, al calor de 
la exaltación natural de la lucha, y luego, por ignorancia, cuando 
no por olvido. 

Sólo tres puntos, de íntima correlación, abarcaremos aquí. Se- 
remos breves en su elucidación, tanto por no dar demasiada exten- 



— 227 — 

sión á este trabajo, como porque las rectificaciones resultarán, me- 
nos que de largas y abstractas disquisiciones, de la exhibición de 
documentos, que en tratándose de la historia jurídica hacen fe com- 
pleta. 

Esos puntos son: 

a) De la esclavitvd á que fueron oficialmente sometidos los ha- 
bitantes de América, dcspucs de la conquista ; 

b) De la crueldad con que fueron tratados los indios por Es- 
paña, y 

c) Be la ausencia de previsión y de la falta de instituciones tu- 
telares en favor de la raza conquistada. 

Por razones de método cabría aquí la trascripción de algunos 
de los documentos en que corren tales afirmaciones; documentos 
emanados de personas y de entidades investidas de carácter públi- 
co; documentos emanados de personas conocidas por su posición ó 
por su saber. Pero, fuera de que la labor de trascribir manifiestos 
errores no es muy útil, los tiempos que corren la harían poco gra- 
ta. Todos los americanos conocen esos documentos: los encontraron 
en los libros de primera enseñanza, que el celo de las generaciones 
anteriores puso en sus manos para mantener encendido el fuego de 
la libertad; los oyeron en los Parlamentos y en las tribunas levan- 
tadas al aire libre del foro, y los han escuchado después en los ban- 
cos de los liceos. Y es remarcable el fenómeno de que siendo ordi- 
nariamente los hechos la fuente de información documental, ha pa- 
sado mucho tiempo en que los documentos aquéllos han tenido la 
pretensión de orientar la Historia y la han llevado por los tortuosos 
senderos del error. 



1. — Esclavitud de los indios. 



La esclavitud existía como institución social y civil al tiempo 
del descubrimiento de América, y en España su reglamentación 
existía de acuerdo con la legislación romana. La conquista y la 
guerra eran fuentes de ese derecho, y España habría podido alegar- 
los, tanto por las ideas dominantes, como por el inmenso poderío 



que ella poseía. Sin embargo, el hecho histórico, que no puede per- 
derse de vista ni debe someterse á discusión, es el de que la con- 
quista de América no fué para España ni empresa comercial, ni de 
expansión imperialista, como dicen ahora, sino obra de altísima 
civilización; España fué á América para atraer ese mundo ignorado 
á la comunión civilizadora del Cristianismo. Era ese el espíritu do- 
minante en la época, el criterio único que informaba la política in- 
terna y externa de España y el alma mater de su vida nacional. 
Ese hecho tiene que hacerse resaltar como punto de partida, y á 
pesar de toda diferencia confesional, pues de otro modo no podría 
escribirse una página de Historia. 

La esclavitud existía en España; pero es de advertir que las dis- 
posiciones que la reglamentaban eran las más humanas, y, por 
ende, las más favorables á los esclavos de cuantas se contenían en 
los Códigos de todos los países conocidos. Aún más, en las mismas 
leyes españolas se consignaron manifestaciones de antipatía á la 
institución, y en el preámbulo del título V, Partida IV, se lee: 

« que la servidumbre es la mas vil e la mas despreciada cosa 

que los omes pueden ser y ca assi como es la mas vil cosa deste 
mundo (que pecado non sea), e la mas despreciada, assi la libertad 
es la mas preciada e cara», «e la servidumbre es cosa que aborre- 
cen los omes naturalmente». Y en el título final se lee: «Regla es de 
derecho que todos los juzgadores deben ayudar a la libertad, por- 
que es amiga de la natura, que la aman, no tan solamente los omes 
mas aun todos los otros animales.» 

España repudió toda idea de esclavitud respecto de sus vasallos 
de Indias; y no como quiera, sino que consignó su repudiación ex- 
presa en solemnes declaraciones emanadas de la Corona y que te- 
nían toda la fuerza de leyes, como pasa á verse por los siguientes 
documentos: 

«En conformidad de lo que está dispuesto sobre la libertad de 
los indios; es nuestra voluntad y mandamos que ningún adelanta- 
do, gobernador, capitán, alcalde, ni otra persona de cualquier es- 
tado, dignidad, oficio ó calidad que sea, en tiempo ú ocasión de paz 
ó guerra, aunque sea justa y mandada hacer por Nos, ó por quien 
nuestro poder hubiere, sea osado de cautivar indios naturales de 
nuestras Indias, Islas y Tierrafirme del Mar Océano, descubiertas 



— 229 — 

ni por descubrir, ni venderlos por esclavos, aunque sean de las is- 
las y tierra que por Nos ó por quien nuestro poder haya tenido y 
tenga, esté declarado que se les pueda hacer justamente guerra, ó 
los matar, prender y cautivar, excepto en los casos y naciones que 
por las leyes de este título estuviere permitido y dispuesto, por 
cuanto todas las declaraciones y licencias hasta hoy hechas que en 
estas leyes no estuvieran recopiladas, y las que se dieren ó hicie- 
ren, no siendo dadas y hechas por Nos con expresa mención de 
. esta ley, las revocamos y suspendemos en lo que toca á cautivar y 
hacer esclavos á los indios en guerra, aunque sea justa y hayan 
dado y den causa á ella, y al rescate de aquellos que otros indios 
hubiesen cautivado con ocasión de las guerras que entre sí tienen. 
Y asimismo mandamos que ninguna persona en guerra, ni fuera de 
ella, pueda tomar^ aprehender, ni comprar, vender ni cambiar por 
esclavo ningún indio, ni tenerlo por tal, con título de que le hubo 
en guerra justa, ni por compra, rescate, trueque ó cambio, ni otro 
alguno, ni por otra cualquier causa, aunque sea do los indios que 
los mismos naturales tenían, tienen ó tuvieren entre sí por escla- 
vos, pena de que si alguno fuera hallado ó tiene por esclavo algún 
indio incurre en perdimento de todos sus bienes, aplicados á nues- 
tra Cámara y Fisco, y el indio ó indios sean luego vueltos y resti- 
tuidos á sus propias tierras y naturalezas, con entera y natural li- 
bertad, á costa de los que así los cultivaren ó tuvieren por escla- 
vos. Y ordenamos á nuestros Justicias que tengan especial cuida- 
do de lo inquirir y castigar con todo rigor, según esta ley, pena 
de privación de sus oficios y cien mil maravedís para nuestra Cá- 
mara, al que lo contrario hiciere, y negligente fuere en su cumpli- 
miento.» 

Esta ley, que es un resumen de las Cédulas Reales dictadas por 
el Emperador Carlos V en Granada (152G), Madrid (1530), Medina 
del Campo (1532), Madrid (1540), Valladolid (1542), Castellón de 
Arapurias (1548), bastaría como prueba irrecusable del celo con que 
los Monarcas españoles atendían la causa de la libertad de los in- 
dios; pero con ser, como lo es, tan apremiante, no faé la única, ni 
la última; y con posterioridad se dictaron muchas disposiciones, ya 
á título reglamentario, ya para definir los menores casos y evitarlo 
imprevisto. 



— 230 — 

«Averigüen los Virreyes — ordenaba el Emperador Carlos V en 
su Cédula de Fuensalida, de 26 de Octubre de 1541— si algunos en- 
comenderos han vendido ó venden los indios de sus encomiendas 
pública ó secretamente, y á qué personas, y si hallaren que alguno 
hubiere cometido tan grave exceso le castiguen severa y ejemplar- 
mente y pongan á los indios en su libertad natural, y por el mis- 
mo hecho quede privado de la encomienda y de poder conseguir 
otra.» 

«Que los caciques y principales no tengan por esclavos á sus su- 
jetos, y el que contraviniere incurra en las penas instituidas por 
la ley antecedente, quedando libres los indios.» (Del mismo Em- 
perador y de la Emperatriz Gobernadora. Toledo 6 de Noviembre 
de 1588.) 

La Real Cédula expedida por D. Felipe III, en Aranjuez, á 26 de 
Mayo de 1609, dice: 

«No se puedan prestar los indios ni pasar de unos españoles á 
otros, ni enajenarlos por vía de venta, donación, testamento, paga, 
trueque ni otra forma de contrato, con obrajes, ganados, chacras, 
minas, ó sin ellas, y lo mismo se entienda en todas las haciendas 
de esta calidad, ó de otros géneros que se beneficiaren con indios, 
ni de su servicio en las escrituras que otorgaren los dueños de he- 
redades y haciendas referidas, ni en otra forma alguna, porque son 
de su naturaleza libres como los mismos españoles; y así no se han 
de vender, mandar, donar y enajenar con los solares donde estu- 
viesen trabajando, sin distinción de los que son de mita ó acudan 
voluntariamente á trabajar en ellos; y el que á esto contraviniere, 
si faere de baja condición, incurra en pena de vergüenza pública 
y destierro perpetuo de las Indias, ora compre, ó venda, ó reciba, 
ó done los indios en alguna de las formas susodichas; y si tu- 
viera calidad ó estado que no permita la ejecución de estas penas, 
sea condenado en perdimento de los indios, y quede incapacitado 
de recibir ningún repartimiento de este género, y pague más dos 
mil ducados, aplicados por tercias partes, las dos para el Juez y 
denunciador, y la tercera para los indios contenidos en la escritura 
ó contrato; y desde luego anulamos y revocamos las dichas escritu- 
ras y las damos por ningunas y de ningún valor y efecto; y lo mis- 
mo sea y se guarde en cualquiera de los casos referidos, aunque no 



— 231 — 

interveng'an escrituras; y los escribanos ante quien pasaron S3an 
privados de sus oficios y pagaren dos mil ducados, aplicados en la 
misma forma; y los Justicias que disimulasen algún delito de éstos, 
incurran en pena de otra tanta cantidad, con la misma aplicación, 
y en destierro de las Indias.» 

Aún más: por Cédulas de Setiembre de 1556 y Mayo de 1667, 
emanadas, respectivamente, del Emperador Carlos V y del Rey Fe- 
lipe IV, se declaró «que lo resuelto acerca de la libertad de los in- 
dios se entienda, guarde y ejecute aunque sean del Brasil ó demar- 
cación de Portugal llevados á nuestras Indias, que en ellas también 
declaramos que ha y debe tener lugar». 

Eesumen de las dos leyes sobre la materia. 

Ley IV: «Que los indios de Marañón llevados á los puertos de 
las Indias sean puestos en libertad.» 

Ley V: «Que los indios del Brasil, demarcación de Portugal, sean 
libres en las Indias.» 

Declarada de modo tan solemne la libertad de los indios, se le- 
gisló para que los tales gozasen de las prerrogativas de su estado 
jurídico; y las Cédulas Reales expedidas en los siglos xvi y xvii apa- 
recen refundidas en cuarenta y ocho leyes, de las que resumimos 
las principales así: 

Ley I: «Que los indios sean favorecidos y amparados por las Jus- 
ticias eclesiásticas.» (D. Felipe II, en Madrid á 24 de Diciembre de 
1580. D. Carlos II y la Reina Gobernadora.) 

Ley II: «Que los indios se puedan casar libremente y ninguna 
Real orden lo impida.» (Cédulas de D. Fernando V y D.^ Juana en 
Valbuena á 19 de Octubre de 1514, y en Valladolid á 5 de Febrero 
de 1515. D. Felipe II y la Princesa Gobernadora allí á 22 de Se- 
tiembre de 1516.) 

Ley III: «Que no se permita casar á las indias sin tener la edad 
legítima.» (D. Felipe II, en Tomar á 17 de Abril de 1581.) 

Ley IV: «Que los indios ó indias que se casaren con dos mujeres 
ó maridos sean castigados.» (El Emperador Carlos V y la Princesa 
Gobernadora, en Madrid á 13 de Julio de 1530.) 

Ley V: «Que ningún cacique ni indio, aunque sean infieles, se 
case con más de una mujer.» (El Emperador Carlos V, en Madrid á 
17 de Diciembre de 1551.) 



— 232 — 

Ley VI: «Que los indios no puedan vender sus hijos para con- 
traer matrimonio.» (D. Felipe IV, en Madrid á 29 de Setiembre 
de 1628.) 

Ley VII: «Que la india casada sea del pueblo de su marido, y 
viuda se pueda volver á su origen y tener los hijos consigo.» (Don 
Felipe III, en Madrid á 10 de Octubre de 1618.) 

Ley VIII: «Que la india que tuviere hijos de español y se quisie- 
se venir con ellos á mudar de domicilio, lo pueden hacer.» (D. Car- 
los V, en Burgos á 21 de Mayo de 1527.) 

Leyes IX y X: «Que los indios no se dividan de sus padres.» (Don 
Felipe III, Madrid 1618.) 

Ley XI: «Que los indios puedan poner á sus hijos á oficios.» (Don 
Carlos II y la Eeina Gobernadora.) 

Ley XII: «Que los indios se puedan mover de unos lugares á 
otros.» (D. Carlos V, en Valladolid á 3 de Noviembre de 1536.) 

Ley XXI: «Que los indios se empleen en sus oficios y labranzas 
y anden vestidos.» (D. Carlos y el Príncipe Gobernador, en Madrid 
á 5 de Junio, y en Monzón á 11 de Julio de 1552.) 

Ley XXII: «Que los indios puedan criar toda especie de gana- 
do mayor y menor.» (Los mismos, en Madrid á 17 de Diciembre 
de 1551.) 

Ley XXIV: «Que entre indios y españoles haya comercio libre 
á contento de las partes.» (D. Carlos V, en Burgos á 6 de Setiembre 
de 1521, Valladolid 1523 y Toledo en Mayo de 1524.) 

Ley XXXIII: «Que no se consienta que los indios reciban agra- 
vio ni molestia de los españoles en los mercados que celebren.» 

Ley XXXIX: «Que no haya concierto sobre el trabajo y granje- 
ria de los indios». 

Ley XLIII: «Que los indios tengan libertad en sus disposi- 
ciones testamentarias.» (D. Felipe II, en El Pardo á 16 de Abril 
de 1580.) 

Fuera de estas leyes que declaran la libertad de los indios en 
las principales fases de la actividad humana, hay muchísimas otras 
que sería prolijo trascribir, en las que se han consignado providen- 
cias de admirable previsión, y en las que el humanitarismo cristia- 
no es el punto dominante de su espíritu y de sus disposiciones. 

La pretendida esclavitud de los indios, de que se habla en una 



obra de no muy antigua data (1902), escrita con pretensiones de in- 
formación histórica y crítica, es un error que va contra el testi- 
monio de la Historia y hasta de la buena fe. 



II.— Crueldad con que fueron tratados los indios por España. 



La conquista de América fué empresa laboriosa y difícil en todos 
sentidos. Ella requería, no sólo los soberanos arrestos de la raza es- 
pañola, sino inmensos recursos de los que no disponía España en una 
época en que la defectuosa organización económica y ñscal, y los 
enormes gastos hechos en las guerras de reconquista, habían ago- 
tado, ó poco menos, su tesoro. El descubrimiento y la conquista de 
América en tales circuntancias, casi parece un delirio: el delirio de 
un país, presa en esos momentos históricos de la flebre de los idea- 
les generosos. Una Eeina, cuya figura colosal apenas cabe en el 
marco de la Historia, ofreció sus joyas para la empresa, y un pu- 
ñado de valientes puso en paro su vida para esa obra, que nunca 
tuvo, volvemos á repetirlo, otro móvil que el de extender el domi- 
nio de la Cruz. Empero, en esa empresa, como en toda labor confiada 
á los hombres, hubo graves errores y deplorables faltas. Los hábitos 
de violencia adquiridos en largos años de guerras contra un ene- 
migo secular, habían hecho á los hombres duros y violentos. Las 
dificultades para la penetración material en las casi inaccesibles tie- 
rras de América, y las no menos grandes para la ocupación pacífica 
de regiones habitadas por naturales que rechazaban al invasor y en 
donde había que ganar siempre en desigualdad del número el palmo 
de tierra sobre que se pisaba, dieron á esa empresa toda la natural 
aspereza de la lucha. España, empero, nunca prohijó los abusos, 
puesto que siempre salió al encuentro de la violencia, de la injus- 
ticia y de la ambición, en los comienzos mismos de la tarea; y la 
gran Reina Isabel, que murió poco después de ver coronada la em- 
presa que ella había soñado como el más grande homenaje á su Dios 
y como el mejor presente á su reino, consignó en su última volun- 
tad el vivo anhelo de que los indios de América fueran tratados 



— 234 — 

como sus verdaderos hijos y legítimos vasallos, según aparece en la 
siguiente cláusula de su Codicilo, dictado en Medina del Campo á 23 
de Noviembre de 1504: 

«Cuando nos fueron concedidos por la Santa Sede Apostólica las 
Islas y Tierrañrme del Mar Océano descubiertas y por descubrir, 
nuestra principal intención fué al tiempo que lo suplicamos al Papa 
Alejandro VI, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, 
de procurar inducir y traer los pueblos de ellas y los convertir á 
nuestra Santa Fe Católica y los doctrinar y enseñar buenas cos- 
tumbres, y poner en ello la diligencia debida, según más larga- 
mente en las Letras de dicha concesión se contiene. Suplico al Rey 
mi Señor muy afectuosamente, y encargo y mando á la Princesa 
mi hija, y al Príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan, y 
que esto sea su principal fin, y en ello pongan mucha diligencia y 
no consientan ni den lugar á que los indios, vecinos y moradores 
de las dichas Islas y Tierrafirme ganadas y por ganar, reciban 
agravio alguno en sus personas y bienes; mas manden que sean 
bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo 
remedien y provean de manera que no se exceda cosa alguna de la 
que por las Letras Apostólicas de dicha concesión nos es inyungui- 
do y mandado.» 

Esta cláusula testamentaria, acogida como soberano mandato, 
inicia las leyes especialmente dictadas para el buen tratamiento de 
los indios; pues de esto se hizo un ramo especial de legislación. La 
siguiente Cédula del Emperador Carlos V, de Diciembre de 1528, 
encabeza las leyes sobre tan interesante materia: 

«Deseando la conservación y acrecentamiento de nuestras Indias 
y conversión de los naturales de ellas á la Santa Fe Católica y para 
su buen tratamiento hemos mandado juntar en esta Recopilación 
todo lo que está ordenado y dispuesto en favor de los indios y aña- 
dir lo que ha parecido necesario y conveniente, y porque nuestra 
voluntad es que se guarde y particularmente las leyes que fueren 
en favor de los indios inviolablemente: Mandamos á los Virreyes, 
Audiencias y Gobernadores y á los demás Jueces y Justicias que las 
guarden y cumplan y hagan guardar, cumplir y ejecutar en todo y 
por todo, sin embargo de apelación ó suplicación so las penas en 
ella contenidas y demás de nuestra merced, y de perdimento de to- 



— 235 — 

dos sus bienes para nuestra Cámara y Fisco y suspensión de su be- 
neficio.» 

Otra Cédula del Rey Felipe II, dictada en Agosto de 1595, dice: 

«Rogamos y encargamos á los Arzobispos y Obispos que en todas 
las ocasiones de flotas y armadas nos envíen una relación muy par- 
ticular del tratamiento que se hace á los indios en sus distritos: Si 
van on aumento ó disminución; si reciben molestias y vejaciones y 
en qué cosas; si les falta doctrina y adonde; si gozan de libertad ó 
son oprimidos; si tienen protectores y qué personas lo son; si los ayu- 
dan y deñenden, haciendo ñel y diligentemente sus oficios, ó con 
descuido, ó negligencia; si reciben algo de los indios; qué instruc- 
ciones tienen y cómo las guardan; lo que convendría proveer para 
su mejor enseñanza y conservación y lo que más les ocurriere acerca 
de ello dirigido á nuestro Fiscal del Consejo de Indias á cuyo en- 
cargo esté su protección, para que pida lo que toca á su obligación, 
y Nos proveamos lo conveniente al descargo de nuestra conciencia 
y castigo de los que fueron omisos,» 

No siendo posible trascribir por extenso todas las Cédulas Rea- 
les que versan sobre protección de los indios, véase el siguiente ex- 
tracto de las principales: 

«Que los Virreyes y Audiencias se informen si son maltratados 
los indios y castiguen á los culpables.» (D. Felipe II en 1563, D. Fe- 
lipe IV en 1635.) 

«Que los justicias Reales procedan contra culpados en malos tra- 
tamientos y los castiguen severamente.» (El Emperador Carlos V, en 
Valladolid á 26 de Junio de 1523; D. Felipe II, en Lisboa á 11 de Ju- 
nio de 1582.) 

«Que se atienda mucho cómo los Corregidores acuden al buen 
trato de los indios.» (D. Felipe II, 1595.) 

«Que los indios no sean agraviados sobre traer bastimentos á las 
ciudades.» (El Emperador Carlos V, 1552.) 

«Que los indios no sean apremiados á traer aves á los ministros, 
sino que vendan públicamente.» (D. Felipe II, en el Bosque de Sego- 
via, 13 de Julio de 1573.) 

«Que los indios no sean obligados á hacer barreras en tiempo de 
fiestas, ni limpiar las calles sin paga.» (D. Felipe IV, Madrid 1631.) 

«Que las indias no sean encerradas para que hilen y tejan lo que 



— 236 — 

han de tributar sus maridos, en ningún caso, y tengan libertad 
para hacer esto en sus casas, de modo que no se les haga ni reciban 
agravios.» (D. Carlos V, en Valladolid á 9 de Octubre y 9 de No- 
viembre de 1549.) 

«Que siendo necesario ocupar indios en algún trabajo personal, 
sea en tiempo que se ordena sin perjuicio de sus sementeras, y en- 
tonces sea la paga de sus jornales con mucha puntualidad y preci- 
samente en la misma mano de los mismos jornaleros.» (D. Carlos V, 
Ordenanza II de 1528.) 

«Que los indios de señorío, siendo agraviados, se pueden quejar 
en las Audiencias y pedir satisfacción del agravio, y que se les haga 
justicia y no se les ponga impedimento.» (D. Felipe II, en el Bosque 
de Segovia á 10 de Agosto de 1562.) 

«Qae todos los ministros y residentes en las Indias procuren el 
buen tratamiento de sus naturales.» 

«Que los prelados informen siempre del estado, tratamiento y 
doctrina de los indios. Que se guarden las leyes y provisiones, sobre 
que los curas y religiosos traten bien á los indios.» 

«Que los indios no sean molestados sobre ir al mercado, distante 
más de tres leguas.» 

«Que no se traigan indios á buscar sepulturas ni hacer hoyos 
para sacar tesoros.» 

«Que ningún español ande en hamacas ó andas, sin notoria en- 
fermedad.» 

Estas Ordenanzas están expedidas por los Reyes de España, 
desde el Emperador Carlos V hasta el Rey Felipe IV en 1651. 

Esta al parecer nimia prolijidad en las Ordenanzas Reales, mues- 
tra hasta qué punto llevaba España su interés en favor de los in- 
dios. Estas leyes fueron emanadas directamente de los poderosos 
Monarcas españoles: ninguna de estas disposiciones fué acto de fór- 
mula oficial ó inconsciente; bien al contrario, consta en los anales 
del Gran Consejo de Indias cómo los Reyes cuidaban de hacerse 
informar en estos pormenores; y en cierta ocasión en que el Real 
Consejo consultó con el Rey Felipe IV una de aquellas disposicio- 
nes, el Monarca, penetrado y tocado por el asunto que tenía entre 
manos, no sólo firmó las providencias, sino que escribió con propia 
mano la siguiente cláusula: 



— 237 — 

«Quiero que me deis satisfacción á mí y al mundo del modo de 
tratar esos mis vasallos, y de no hacerlo, con que en respuesta de esta 
carta vea yo ejecutados ejemplares castigos en lo que hubieren ex- 
cedido en esta parte, me daré por deservido y aseguraros que aun- 
que no lo remediéis lo tengo de remediar y mandaros á hacer gran 
cargo de las más leves omisiones en esto, y por ser contra Dios y 
contra mí y en total ruina de esos reinos, cuyos naturales estimo y 
quiero que sean tratados como lo merecen vasallos que tanto sir- 
ven á la Monarquía y tanto la han engrandecido é ilustrado.» 

Esta hermosa cláusula fué corroborada á guisa de sanción com- 
plementaria por la siguiente, dictada por el Rey Carlos II: 

« y porque nuestra voluntad es que los indios sean tratados 

con toda suavidad, blandura y caricia, y de ninguna persona ecle- 
siástica ni secular ofendidos: mandamos á los Virreyes, Presidentes 
y Audiencias y Justicias, cjue visto y considerado lo que Su Majes- 
tad fué servido de mandar y todo cuanto se contiene en las leyes 
dadas en favor de los indios, lo guarden y cumplan con tan espe- 
cial cuidado, que no den motivo á nuestra indignación y para to- 
dos sea cargo de residencia.» 

El español, amigo de la opulencia, amaba mostrarse con gran 
séquito á su vuelta de América, después de los azares de las legen- 
darias expediciones, y solía traer algunos indios á la Península; y 
como esto podía ser origen de sufrimientos y opresiones, los Reyes 
de España dictaron para prohibirlo disposiciones tan severas como 
las contenidas en la siguiente Cédula del Emperador Carlos V, dic- 
tada en Toledo á 4 de Diciembre de 1528: 

«Prohibimos y expresamente defendemos á todos los vecinos es- 
tantes y habitantes en las Indias é Islas del Mar Océano, de cual- 
quier estado, calidad ó condición, el traer ó enviar á estos reinos, 
ni á otras partes de aquellas provincias, indios ni indias, aunque 
sea con licencia nuestra ó de nuestros Gobernadores ó Justicias; y 
aunque los indios ó indias dijesen que quieren venir con ellos de su 
voluntad y que sea así, pena de que el que los trajese ó enviare, ó 
en alguna forma diese consentimiento, favor ó ayuda, caiga é in- 
curra en pena de 100.000 maravidíes, aplicados por terceras partes 
á nuestra Cámara, juez que los sentenciare y denunciantes, y des- 
tierro perpetuo de las Indias, y que á su costa sean devueltos los 



— 238 — 

indios á las provincias é islas de donde los hubiere sacado. Y man- 
damos que así se ejecute en sus personas y bienes, sin otra senten- 
cia ni declaración, y revocamos y damos por ningunas las licen- 
cias generales ó particulares que Nos hubiéramos dado para traer 
indios á estos reinos; y si el que fuere culpado no tuviese bienes 
para ejecutar la pena pecuniaria referida, mandamos que le sean 
dados cien azotes públicamente y en lo demás se ejecute.» 

Con tales penas conminaban los Monarcas españoles á los que 
violaran las leyes dictadas para impedir el sufrimiento de los indios 
ó su explotación por los poderosos; y esos fieros Monarcas, celosos 
de su autoridad y terribles con los fuertes, consignaban en sus pro- 
videncias expresiones de dulce piedad en favor de los débiles; y en 
la Cédula dictada sobre el mismo asunto por el mismo Emperador 
en Valla dolid á 25 de Noviembre de 1552, se lee: 

«Sin embargo de estar prohibido venir ó traer indios á estos 
reinos, se ha experimentado grande exceso y facilidad en venir ó 
traerlos, y por ser pobres no tenían medios para volverse á sus tie- 
rras, y Nos, teniendo lástima y compasión de que anden pobres y 
mendigos, mandamos que todos los indios ó indias que hubiere y 
vinieren á estos reinos y de su voluntad se quisiesen volver á sus 
naturalezas, puedan pasar libremente á ellas, y los Presidentes y 
Jueces oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla les den 
licencia, y de penas de Cámara de la Casa se les dé y pague lo 
necesario para su flete y matalotaje hasta volver á sus tierras, no 
constando quién los trajo, porque en este caso ha de ser á su cos- 
ta, de que tendrán particular cuidado los de nuestro Consejo de 
Indias.» 

Lejos, muy lejos estuvo España de crear una situación privile- 
giada de sus hijos contra los indios; y sorprende que, no caído en 
desuso el antiguo Derecho quiritario de Roma, en un país en que 
había diferencia de clases entre nobles y plebeyos, se hubiera dic- 
tado una disposición como la siguiente, en que se establece en las 
modalidades del Derecho penal una excepción, no en favor de los 
españoles, sino en favor de los indios: 

«Ordenamos y mandamos, decía D. Felipe II, en Madrid á 19 
de Diciembre de 159fi, que sean castigados con mayor rigor los es- 
pañoles que injuriaren ó ofendieren ó maltratasen á indios, que si 



— 239 — 

los mismos delitos se cometiesen contra españoles y los declaramos 
por delitos públicos.» 

Para dar mayor eficacia á estas leyes humanitarias, España, no 
sólo puso á los indios bajo la protección ordinaria de sus autorida- 
des coloniales; no sólo los encomendó al apoyo benéfico de las auto- 
ridades eclesiásticas, representantes de una Religión de caridad y 
de amor, sino que instituyó el Protectorado de indios, rodeando 
esta institución de todas las garantías de independencia y libertad 
por medio de una reglamentación prolija y sabia, como consta de 
las siguientes leyes que extractamos del título VI, libro VI de la 
Recopilación de Indias: 

Ley III: «Que donde hubiere Audiencia se nombre abogado y 
procurador de indios, con salario.» (D. Felipe III, en Ventosilla á 17 
de Octubre de 1614.) 

Ley IV: «Que sean castigados los ministros que llevaren á los 
indios más de su salario.» (D. Felipe IV, en Madrid á 15 de Junio 
de 1623.) 

Ley V: «Que los protectores generales de los indios no sean re- 
movidos sin causa legítima.» (D. Felipe III, en Madrid á 4 de Julio 
de 1620.) 

Ley VI: «Que los protectores generales no pongan sustitutos.» 
(El mismo, en San Lorenzo á 2 de Abril de 1608.) 

Ley VII: «Que no se den protectores á mestizos.» (D. Felipe II, 
en Madrid á 20 de Noviembre de 1578.) 

Ley IX: «Que los indios bogas del río Magdalena tengan también 
protectores.» (D. Felipe II, en Madrid á 13 de Febrero de 1593.) 

Ley X: «Que los Virreyes, Presidentes y Gobernadores den 
grata audiencia á los protectores.» (D. Felipe IV, en Madrid á 27 
de Marzo de 1622.) 

Ley XII: «Que los protectores envíen relaciones á los Virre- 
yes y Presidentes del estado de los indios, y éstas se remitan al 
Consejo.» (D. Carlos II y la Reina Gobernadora, en San Lorenzo á 
26 de Agosto de 1596.) 

Ley XIV: «Que los eclesiásticos y seglares avisen á los protec- 
tores, procuradores y defensores si algunos indios no gozan de li- 
bertad.» (El Emperador D. Carlos V.) 

En los comienzos de la reducción, ó mejor dicho, al iniciarse la 



— 240 — 

convivencia entre los conquistadores españoles y los indios fueron 
éstos puestos bajo la tutela moral de aquellos servidores beneméri- 
tos de España, á los que en pago de sus grandes servicios al Rey se 
habían repartido tierras y dominios; y éste fué el origen de las en- 
comiendas, institución que pudo bastardear de su origen, como toda 
obra humana, pero que fué dictada por alta previsión, conservando 
cierta reminiscencia con el derecho feudal, pero sujeto á muchas 
restricciones sobre el derecho de los encomenderos, que quedó defi- 
nido y controlado por la ley escrita, sujeto á la vigilancia de los 
oidores y visitadores y amenazado por las más severas sanciones. 

Para dar una idea generalísima de esta institución, extracta- 
mos las Cédulas Reales expedidas por el Emperador Carlos V y el 
Príncipe Gobernador, en Valladolid, de 1554: 

«El motivo y origen de las encomiendas, dicen las Reales Cédu- 
las, fué el bien espiritual y temporal de los indios y su doctrina y 
enseñanza en los artículos y preceptos de nuestra Santa Fe Cató- 
lica, y que los encomenderos los tuviesen á su cargo y defendiesen 
á sus personas y haciendas, procurando que no reciban ningún 
agravio; y con esta cualidad inseparable les hacemos merced de los 
encomendar de tal manera, que si no lo cumpliesen, sean obligados 
á restituir los frutos que han percibido y perciben, y es legítima 
causa para privarlos de las encomiendas. Atento á lo cual manda- 
mos á los Virreyes, Audiencias y Gobernadores que con mucho 
cuidado y diligencia inquieran y sepan por todos los medios posi- 
bles si los encomenderos cumplen con esta obligación; y si hallasen 
que faltan á ella procedan por todo rigor de derecho á privarlos de 
las encomiendas y hacerles restituir las rentas y demoras que hu- 
bieren llevado y llevaren, sin atender á lo que son obligados, las 
cuales proveerán que se gasten en la conversión de los indios.» 

Siguieron á éstas innumerables disposiciones reglamentarias, 
cuya trascripción sería prolija; he aquí el resumen de las princi- 
pales, con indicación del Monarca que las dictó: 

«Que los encomenderos soliciten la reducción y doctrina de los 
indios.» (D. Felipe II.) 

«Que los encomenderos negligentes en cumplir la obligación de 
la doctrina no perciban los títulos, y los que la impidieren sean 
privados y desterrados de la Provincia.» (D. Carlos V.) 



— 241 — 

«Que los encomenderos sean obligados á la defensa de la tierra.» 
(Don Carlos V.) 

«Que los encomenderos, sus mujeres, padres, hijos, deudos, 
huéspedes, criados y esclavos no entren ni residan en los pueblos 
de sus encomiendas, y que el encomendero pague los daños é in- 
tereses á los indios, por su familia, deudos y huéspedes.» (D. Car- 
los V.) 

Don Felipe II y D. Felipe III: 

«Que los encomenderos no tengan estancia en los términos 
de sus encomiendas, ni se sirvan de los indios; que no tengan obra- 
jes en sus encomiendas ni cerca de ellos, para evitar que ocupen á 
los indios; que no puedan los encomenderos criar ganado de cerda 
en sus pueblos ni en términos donde los indios tuvieren labranzas, 
ú otras en que resulten daños.» (D. Carlos V y D. Felipe IV.) 

«Que ningún encomendero pueda tener en su casa indios de su 
repartimiento; que ninguno alquile sus indios ni les dé en prenda.» 
(Don Carlos V.) 

«Que ningún encomendero pueda ser escribano, y el que lo sea 
escoja la encomienda ó la escribanía.» (D. Felipe II.) 

Y, por último, dice el Emperador Carlos V en su Cédula de 20 de 
Mayo de 1532: «mandamos que los encomenderos hagan juramento 
judicial ante el Gobernador de que tratarán bien á sus indios.» 

No fué, pues, la encomienda una gollería palaciega, como se ha 
creído; fué una merced Real, es verdad, pero discernida bajo las 
leyes del honor, y vinculada al solemne juramento de poner en 
salvo los derechos naturales de los indios, su libertad y su dignidad 
de hombres. 



111. — Ausencia de previsión y falta de instituciones tutelares 
en favor de la raza conquistada. 

De dar á esta parte la debida extensión, no uno, sino muchos vo- 
lúmenes serían necesarios para abarcar todas las fases de la acción 
de España en América, y este trabajo carecería, no obstante, de ori- 
ginalidad. 

16 



— 242 — 

La acción de España se orientó siempre en la idea dominante de 
ganar el Nuevo Mundo á la civilización cristiana. Las primeras es- 
cuelas de lengua castellana se fundaron especialmente por la nece- 
sidad de inculcar á los indios la doctrina y los misterios de la reli- 
gión, cosa difícil de hacer en las lenguas aborígenes, como dice la 
siguiente Cédula del Emperador Carlos V, en Valladolid á 7 de Ju- 
nio y á 17 de Julio de 1550: 

«Habiendo hecho particular examen si aun en la más perfecta 
lengua de los indios se pueden explicar bien y con propiedad los 
misterios de nuestra Santa Fe Católica, se ha reconocido que no es 
posible, sin cometer grandes disonancias é imperfecciones; y aun- 
que están fundadas cátedras donde sean enseñados los sacerdotes 
que hubieren de doctrinar á los indios, no es remedio bastante, por 
ser mucha la variedad de lenguas. Y habiendo resuelto que con- 
vendría introducir la castellana, ordenamos que á los indios se 
les pongan maestros, que enseñen á los que voluntariamente la 
quisieren aprender, como les sean de menos molestia y sin costa 
Y ha parecido, que esto podrían hacer bien los sacristanes, como 
en las aldeas de estos reinos enseñan á leer y escribir y la doctrina 
cristiana.» 

No pasaron muchos años, aun antes de que estuvieran totalmen- 
te descubiertas las tierras de América, y cuando apenas comenza- 
ban á crecer y florecer las incipientes capitales, ya se pensó en lle- 
var allá el pan del espíritu; y por Cédulas Eeales del Emperador 
Carlos V (Setiembre de 1551) y del Eey Felipe II (Octubre de 1562), 
se dispuso la fundación de las Universidades de México, de Lima y 
otras: 

«Para servir á Dios Nuestro Señor y bien público de nuestros 
Reynos conviene que nuestros vasallos, subditos y naturales ten- 
gan en ellos Universidades y estudios generales donde sean instruí- 
dos y graduados en todos cursos y facultades, y por el mucho amor 
y voluntad que tenemos de honrar y favorecer á los de nuestras In- 
dias, y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia, creamos, 
fundamos y constituímos en la ciudad de Lima, de los reinos del 
Perú, y en la ciudad de México, de la Nueva España, Universida- 
des y estudios generales, y tenemos por bien y concedemos á todas 
las personas que en las dichas dos Universidades sean graduadas, 



-- 243 — 

que gocen en nuestras Indias, Islas y Tierrafirme del Mar Océano, 
de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que 
se gradúan en la Universidad de Salamanca, así en el no pechar 
como todo lo demás». 

La Real Cédula de Felipe II dice: 

«En las ciudades de Santo Domingo de la Isla Española, Santa 
Fe del Nuevo Reino de Granada, Santiago de Guatemala y Santia- 
go de Chile, está permitido que haya estudios y Universidades y 
que se ganen cursos y den grados en ellos por el tiempo que ha pa- 
recido conveniente, para lo cual hemos impetrado de la Santa Sede 
Apostólica breves y balas y les hemos concedido algunos privile- 
gios y preeminencias.» 

En México existían el Colegio de Tlaltelco para indios y los de 
San Juan de Letrán y la Concepción para mestizos. 

La Universidad fué fundada por las Cédulas Reales citadas del 
Emperador Carlos V, fecha en Toro á 22 de Setiembre de 1551, y 
del Rey Felipe II, en Madrid á 17 de Octubre de 1562. 

. La Universidad de Cuba fué erigida por Bala de Inocencio III 
en 12 de Diciembre de 1721, confirmada por Real Cédula de 5 de 
Enero de 1728. 

La Universidad de Santo Domingo se remonta á los tiempos de 
Carlos V y del Papa Paulo III (1538). 

Ya en 1696 existía en Venezuela el gran Colegio de Letras y 
Teología que había fundado D. Diego Baños y Soto Mayor, natural 
de Santa Fe de Bogotá, hasta que por Cédala de Felipe V de 1721 y 
Bula Apostólica de Inocencio XIII de 19 de Agosto de 1722 fué con- 
vertido el Seminario Tridentino en Universidad Real y Pontificia 
con los mismos derechos y prerrogativas de los demás de América, 
y con las Facultades de Derecho civil y de Medicina, 

Por Real Cédula de 27 de Abril de 1554 se ordenó á la Chanci- 
Uería del Nuevo Reino de Granada proceder á fundar un Colegio 
para indios. Por Cédula Real de 18 de Febrero de 1555 se mandó 
crear otro Colegio para huérfanos españoles y mestizos. El Semina- 
rio de San Luis, convertido después en el célebre Colegio de San 
Bartolomé, fué organizado definitivamente en 1592. Estos y otros es- 
tablecimientos existían ya cuando quedó definitivamente fundada 
la Real y Pontificia Universidad de Santo Tomás (1627). Después 



— 244 — 

fueron fundados varios Colegios en las ciudades de Honda, Cartage- 
na, Pamplona y Antioquía, y había más de veinticinco colegios en 
todo el Nuevo Eeino, hasta 1653 en que se fundó el muy célebre Co- 
legio del Rosario. Para la capilla de éste, una Reina española bordó 
una artística imagen de la Virgen que aún se conserva. 

En el Ecuador se había establecido por los franciscanos el Co- 
legio de San Andrés en 1556, Colegio que fué reconocido y do- 
tado por Real Cédula de Felipe II de 1562. Pero la enseñanza 
para los hijos de españoles, dice un respetable historiógrafo, la 
propiamente literaria ó de Humanidades, fué introducida por los 
Padres de la Compañía de Jesús, cuyo Colegio de Quit'o contaba 
en 1505 más de ciento ochenta estudiantes, siguiendo cuarenta de 
ellos el curso de Artes. Los agustinos fundaron la Universidad de 
San Fulgencio en 1586. La Universidad Real y Pontificia fué fun- 
dada en 1620. 

La Universidad de Lima fué fundada por Real Cédula del Empe- 
rador Carlos V y su madre D.^ Juana, dictada en Valladolid á 21 
de Setiembre de 1555. Sus cátedras eran: Filosofía, Jurisprudencia, 
Teología y Medicina. En el Cuzco se había fundado otra Universi- 
dad en 1598, y además de la pequeña Universidad de Huananga 
existían ya Colegios en Arequipa y Trujillo. 

Llamar oscurantista á una nación que dio de sí todo lo que te- 
nía, y que puso el acervo de su cultura al servicio y para el benefi- 
cio de sus colonias, es por lo menos una falta de sindéresis. 

Situación tan definida no podía echarse en olvido; pues ¡cosa sin- 
gular! la solución de continuidad que la emancipación debía pro- 
ducir en la vida de las nuevas naciones americanas no fué tan 
grande como hubiera podido creerse, dado el encarnizamiento de 
la lucha que la había precedido; y si se exceptúan las flamantes 
Constituciones en que, oportuna ó inoportunamente, esos pueblos 
nuevos trataron de cristalizar el espíritu déla Revolución francesa, 
lo demás siguió durante algún tiempo como antes. Las costumbres 
españolas, impregnadas al mismo tiempo de la noble disciplina 
cristiana en el gobierno de las familias y de la sana alegría en el 
espíritu de los pueblos, siguieron informando la vida común de 
aquellas sociedades, y las leyes españolas continuaron vigentes en 
ellas. Cuando se disipó el humo de los combates y se pensó en po- 



— 245 — 

ner un poco de orden aquí y allá, la juventud americana volvió á 
los mismos Centros de enseñanza que antes existían, á esos vetus- 
tos y severos edificios en donde ya se había distribuido por la ma- 
dre patria el pan del saber y en donde se habían formado los hom- 
bres de la trasformación emancipadora, que no fueron brotes sali- 
dos de la hez ni superfetaciones del espíritu revolucionario, sino 
espíritus elevados y selectos, cuyas inteligencias se habían sazona- 
do al calor de la sabiduría española y cuyas voluntades se habían 
templado al influjo del ejemplo de las cívicas virtudes que les depa- 
raba la historia de España. 

La exclusión de los indios de las labores gubernamentales es 
otro lamentable error; España deseaba que los naturales de Amé- 
rica se iniciasen en las funciones administrativas, especialmente 
en el régimen municipal; ya desde 1530, la Emperatriz Goberna- 
dora dii'igió, á guisa de motu proprio, una epístola á la Audiencia 
de Nueva España, de la que copiamos este remarcable pasaje: 

«Así ha parecido que para que los indios naturales de aquella 
provincia comenzasen á entender nuestra manera de vivir, así en 
su gobernación, como la policía y cosas de la república, sería pro- 
vechoso que hubiere personas de ellos que juntamente con los Re- 
gidores españoles que están provehídos, entrasen en el Regimiento 
y tuviesen voto en él, y asimismo que hubiese en cada pueblo un 
alguacil de ellos; porque además de los provechos dichos, parece 
que esto los haría tomar más amor con los españoles y parecerles 
ya bien nuestra manera de gobernación; y de aquí en adelante se 
seguiría otro más principal provecho, que es que por esta vía pare- 
ce que vendrían más presto en conocimiento de nuestra Santa Fe 
Católica. Y así vos mando enviar diez títulos en blanco de regido- 
res y ocho cédulas de alguaciles; por ende, después que hayáis en- 
tendido y platicado las cosas de aquella tierra, informándoos de las 
personas más calificadas de la ciudad de México y que parezca que 
tengan más habilidad é inclinación á la cosa pública, llamaréis dos 
de ellos de Regidores y otro por Alguacil, y de nuestra parte les 
hablaréis, dándoles á entender esta instrucción nuestra, y llenos 
sus nombres en ellos dareisles sus títulos y les haréis recibir en el 
Ayuntamiento y hablaréis á los alcaldes y regidores que los traten 
muy bien y con mucho amor, etc., etc.» 



— 246 — 

Después, por Real Cédula de 12 de Marzo de 1697, sobrecartada 
en otra de 25 de Febrero de 1725, se declaró solemnemente «que 
los indios podían obtener todos los empleos y dignidades, así ecle- 
siásticas como seculares». 

Y si del orden espiritual y moral de la capacidad gubernativa 
pasamos al orden de los intereses materiales, España, que tenía so- 
bre el suelo de América el dominio eminente con los títulos que le 
daban el descubrimiento, la conquista y la ocupación de esas tie- 
rras, con beneplácito de la comunidad de las naciones, no hizo ex- 
clusión odiosa alguna para la posesión, beneficio y lucro de las ri- 
quezas de ese suelo; y el oro, ese que, según se dice, fué el único 
móvil que impulsara la actividad española, no fué siquiera objeto 
de monopolio en favor de los españoles; y no podrá encontrarse, 
probablemente, una disposición más liberal, aun en la legislación 
minera de los pueblos modernos que tienen colonias, como la con- 
tenida en la siguiente Cédula del Emperador Carlos V, dictada en 
Granada á 9 de Diciembre de 1569: 

«Es nuestra merced y voluntad que todas las personas, de cual- 
quier estado, condición, preeminencia y dignidad, españoles é in- 
dios, nuestros vasallos, puedan sacar oro, plata, azogue y otros me- 
tales, por sus personas, criados ó esclavos, en todas las minas que 
hallaren, ó donde quisieren y por bien tuvieren, y los coger y la- 
brar libremente, sin ningún genero de impedimento, habiendo dado 
cuenta al Gobernador y Oficiales reales, y para el efecto contenido 
en la ley siguiente, por manera, que las minas de oro, plata y los 
demás metales sean comunes á todos, y en todas partes y términos, 
con que no resulte perjuicio á los indios, ni á otro tercero, ni esta 
permisión se extienda á los Ministros, Gobernadores, Corregido- 
res, Alcaldes mayores y sus tenientes letrados, alcaldes y escriba- 
nos de minas, ni á les que tuvieren especial prohibición; y cerca 
de señalar, tomar las minas y estacarse en ellas, se guarden las 
leyes de Ordenanza hechas en cada provincia, siendo por Nos con- 
firmadas.» 

Para especializar la disposición en favor de los indios, el Rey Fe- 
lipe II dictó en 1575 la siguiente: 

«Mandamos que á los indios no se les ponga impedimento en 
descubrir, tener y ocupar minas de oro, ó plata, ú otros metales, y 



— 247 — 

labrarlos como los pueden hacer los españoles, conforme á las Or- 
denanzas de cada provincia, y que puedan sacar los metales para 
su aprovechamiento y paga de tributos; y que ningún español ni 
cacique tenga parte ni mano en las minas que los indios descu- 
brieren, tuvieren y beneficiaren.» 

Cuando se revisan las leyes agrarias dictadas en los comien- 
zos y en todo el curso de la colonización, es cuando más se admi- 
ra el espíritu de equidad de los Monarcas españoles, su amor á los 
habitantes de América y la orientación justiciera de sus disposi- 
ciones. En ninguna circunstancia, y ya sea al reglamentar el re- 
partimiento de tierras entre los pobladores españoles, ya sea para 
la entrega de las encomiendas á los grandes y meritorios servido- 
res del reino, ya, en fin, en tratándose de limitación de tierras, 
para fundar ciudades, hecho en el cual estaba interesadísima la 
Corona; en ningún caso, decimos, dejó de hacerse la salvedad de 
que todo debía entenderse y hacerse sin perjuicio de los indios, 
pues España mantuvo siempre el principio de la propiedad en favor 
de éstos. 

De las innumerables Cédulas y Ordenes Reales que reglamenta- 
ron tan importante negociado, extractamos las siguientes: 

«Habiéndose de repartir las tierras, aguas, abrevaderos y pas- 
tos entre los que fueren á poblar, los Virreyes ó Gobernadores que 
de Nos tuvieren facultad hagan el repartimiento con parecer de los 
Cabildos de las ciudades ó villas, teniendo consideración á que los 
Regidores sean preferidos, si no tuvieran tierras y ciudades equi- 
valentes, y álos indios se les dejen sus tierras, heredades y pastos» 
de modo que no les falte lo necesario y tengan todo el alivio y des- 
canso posible para el sustento de sus casas y familias.» (El Empe- 
rador Carlos V, en Barcelona á 4 de Abril de 1532.) 

«Mandamos que las estancias y tierras que se dieran á los espa- 
ñoles sean sin perjuicio de los indios y que las dadas en su perjui- 
cio y agravio se vuelvan á quien de derecho pertenezcan.» (D. Fe- 
lipe II, en Madrid á 11 de Junio de 1594.) 

«Para más favorecer y amparar á los indios y que no reciban 
perjuicio: Mandamos que las composiciones de tierras no sean de 
las que los españoles hubieren adquirido de indios contra nuestras 
Cédulas Reales y Ordenanzas, ó poseyeren con título vicioso, por- 



— 248 — 

que en esto es nuestra voluntad que los fiscales protectores ó los de 
las Audiencias si no hubiere protectores fiscales, sigan su Justicia, 
y el derecho que les compete para pedir nulidad contra semejantes 
contratos. Y encargamos á los Virreyes, Presidentes y Audiencias 
que les den toda asistencia para su entero cumplimiento.» 

«No sea admitido á composición de tierras el que no las hubiera 
poseído por diez años, aunque alegue que las está poseyendo, por- 
que este pretexto solo no ha de ser bastante, y las comunidades de 
indios sean admitidas á composición con prelación á las demás per- 
sonas particulares, haciéndoles toda conveniencia.» (D. Felipe IV, 
en Zaragoza á 30 de Junio de 1646.) 

El comentario huelga para llegar á la conclusión de que el cargo 
de despojo de los indios hecho á España va contra los principios más 
elementales del buen sentido. 

Para establecer al través del tiempo algunos pormenores de la 
vida de relación de un pueblo, es indispensable buscar las leyes, 
como exponente de esa vida y como orientación de las costumbres. 
En tratándose de la América colonial no se puede prescindir de la 
ley escrita, como quiera que fué ésta la que informó las costumbres 
en regiones en que no las había, sino muy primitivas para que hu- 
bieran podido reflejarse en las leyes; y esto es tanto más efectivo, 
cuanto que América fué sometida á un régimen especial de legisla- 
ción administrativa, dentro de los lincamientos generales del Dere- 
cho público y de las leyes civiles vigentes en España. Por eso, aun 
á riesgo de hacer árido nuestro trabajo, dándole un tono casi nota- 
rial, hemos prescindido de la simple exposición para ajustamos al 
sistema documentarlo exigido. De ahí que todas nuestras afirmacio- 
nes hayan sido corroboradas con el texto de una ley. 

Si alguien creyere que en la mayoría de los casos la ley pudo 
quedarse escrita, ignora el carácter que tenía en aquellos tiempos 
la justicia española; ignora que si de algo podían tacharse las leyes 
penales era de una reconocida severidad contra los malvados, é ig- 
noran asimismo cómo las leyes de residencia dejaban á los altos 
funcionarios coloniales desarmados después de dos años de cumplido 
su mandado, y á merced de las acusaciones que podían hacérseles 
por el más mínimo agravio. Cuando se han hojeado las numerosísi- 
mas causas de residencia, elevadas no sólo por graves delitos, sino 



— 249 — 

por minúsculas faltas, hay que inclinarse delante de la justicia es- 
pañola, que alcanzó en muchas veces las más altas cumbres del po- 
der personal. 



Vamos á hablar ahora de una institución que al correr de los 
tiempos ha quedado barajada en el olvido, pero que constituye un 
timbre de honor para España, como obra de alta previsión en favor 
de una raza. Llamaremos esta institución de los Resguardos de in- 
dígenas. 

Puede considerarse como origen de los Resguardos la siguiente 
Cédula expedida por el Rey Felipe IV en Madrid á 16 de Marzo 
de 1642: 

«Ordenamos que la venta ó beneficio y composición de tierras se 
haga con toda atención y que á los indios se les dejen con sobra 
todas las que les ¡pertenecieron, así en particular como por comuni- 
dades, y las aguas y riegos; y las tierras en que hubieren hecho ace- 
quias ú otro cualquier beneficio, con que por industria personal suya 
se hayan fertilizado, se reservan en primer lugar y por ningún caso 
les pueda vender ni enajenar; y los Jueces que á esto fuesen envia- 
dos, especifiquen los indios que hallaren en las tierras y las que de- 
jaren á cada uno de los tributarios viejos, reservados, caciques, go- 
bernadores, ausentes y comunidades.» 

Por ésta y por las demás Ordenanzas Reales citadas se ve que no 
siendo bastante á defender el derecho de los indios contra la codicia, 
no sólo de los españoles, sino de los mestizos, sus descendientes, las 
leyes dictadas en favor de los primeros, se optó por reservar á los 
indios grandes zonas de tierras en contorno de las ciudades, para 
atraerlos más á la civilización. España comprendió que, dado el in- 
cremento de valor que por la acción natural del tiempo debían ad- 
quirir las tierras inmediatas á las villas y ciudades, los indios, como 
raza inferior, no podrían convivir con los blancos y los mestizos, 
sino al amparo de leyes especiales que aseguraran su derecho de 
propiedad. Los Resguardos fueron, pues, los terrenos reservados á 
los indios con el carácter de trasmisibles á sus descendientes ó á la 



— 250 — 

comunidad, pero inenajenables á terceros bajo la nulidad de que 
habla la Cédula trascrita más arriba, en la que se dispuso que se 
tomara nota de esos terrenos y se empadronara debidamente á sus 
poseedores indígenas, á quienes se puso bajo el régimen especial de 
la comunidad, que permitió conservar siempre esos terrenos, secues- 
trándolos, por decirlo así, del comercio, é instituyendo un sistema 
agrario de privilegio en favor de los indios. 

Hasta donde fué humanamente posible, y debido á la suave ac- 
ción catequizadora de la Iglesia, á la protección especial que la 
Corona estableció en favor de los indios, como se ha visto, y al am- 
paro de su derecho de propiedad en la forma de Resguardos, los in- 
dios iban reduciéndose á la vida civilizada por el contacto con la 
raza blanca, con la que iban compartiendo, poco á poco, por el co- 
mercio y por el trabajo, la vida en los centros poblados. 

Al advenimiento de la emancipación, los llamados Resguardos 
corrieron varia suerte: en algunas naciones se conservó la institu- 
ción, perfeccionándola con nuevas disposiciones adaptables á los 
tiempos y á las circunstancias; en otras faé olvidada, si no abolida, 
considerándola como error colonial que establecía con la diferencia 
de clases la diferencia en las leyes sobre el derecho de propiedad, 
respecto de individuos libres é iguales ante el Derecho, como se de- 
cía, campanuda é inocentemente. Se creyó que la independencia ha- 
bía igualado de hecho la condición personal de los hombres; y esos 
terrenos de Resguardos, que eran una especie de vinculación especial 
de la propiedad, fueron declarados enajenables. La catástrofe no se 
hizo esperar: el indio imprevisor vendió sus Resguardos al mestizo 
codicioso, y, ó se hizo esclavo de éste, ó volvió miserable y embru- 
tecido á las selvas de donde había sido sacado por España. 

No hemos podido seguir en cada una de las naciones de la Amé- 
rica española la marcha de esta institución. Para nuestro propósito 
bastaría dejar constancia de que ella existió hasta los comienzos 
del siglo xrx, en que terminó el dominio de España en América. 
Con todo, hemos concretado nuestra investigación á uno de esos 
países: la República de Colombia, cuya representación tenemos la 
honra de compartir aquí. Esta joven nación fué la que mostró más 
aptitudes para las Ciencias y las Letras, durante el régimen colo- 
nial, y reveló en los comienzos de la emancipación un gran sentido 



— 251 — 

jurídico y una excelente preparación para las labores gubernati- 
vas. Estas condiciones, unidas á la valentía de su raza y á la gran 
fuerza militar que desplegó en la guerra de Independencia, en la 
que sus ejércitos se pasearon triunfantes desde las orillas del Orinoco 
hasta el Potosí, habíanle dado una incontestable hegemonía en el 
Continente, hegemonía que perdió por desgracia, por haber entrado 
después en la vía tortuosa de las guerras civiles, en las que derro- 
chó su riqueza y malgastó las grandes y notables energías que hoy 
recupera por la paz y el trabajo. En Colombia, el antiguo virrei- 
nato de Nueva Granada, se conservó y perfeccionó la institución 
de los Resguardos de indios; y es allí precisamente en donde la raza 
indígena ha conseguido realizar relativamente mayores progresos, 
seleccionándose y casi fundiéndose con la raza blanca, y abrién- 
dose camino y acceso hasta las más altas funciones públicas. 

He aquí la sinopsis del Derecho colombiano sobre esta materia, 
en casi un siglo, á partir de 1821 hasta 1903, Es una floresta tropical 
de leyes, que voy á enumerar brevemente, no por pueril alarde de 
una tan fácil erudición jurídica, sino para hacer resaltar más la im- 
portancia que se dio á la institución de Resguardos. Es claro que no 
todo fué acierto en esta legislación, y más de una vez se dio el caso 
de derogar en una legislatura una ley aprobada en la anterior, 
buscando siempre el acierto por una orientación justiciera en favor 
de los indios. 



Derecho nacional colombiano. 



El Congreso de 1821 expidió la ley de 11 de Octubre (Ley 1.^ 
P. 6.^, T. 1.°, R. G.) (1) titulada «Sobre abolición del tributo y 
repartimiento de los Resguardos de indígenas». El art. 1.^ dice: «Los 
indígenas de Colombia, llamados indios en el Código español, no 
pagarán en lo venidero el impuesto conocido con el degradante 
nombre de tributo; ni podrán ser destinados á servicio alguno sin 
pagárseles el correspondiente salario.» 



(1) R. G. Recopilación granadina. Primera compilación de las leyes 
colombianas. 



— 252 — 

Según esa ley, los Resguardos ele tierras poseídas por los indios 
en comunidad ó en porciones distribuidas á sus familias debían re- 
partírseles en pleno dominio luego que lo permitiesen las circunstan- 
cias, previa la formación de listas de los indígenas y de los datos 
sobre la extensión de los Resguardos. Se creó el pequeño Cabildo 
para la administración económica de los bienes de la comunidad y 
los protectores de indígenas para representar los interés comunales. 

El 3 de Agosto de 1824 el legislador estableció que el Poder Eje- 
cutivo haría distribuir de las tierras baldías, fanegadas proporcio- 
nadas á cada una de las tribus de indígenas que quisieran abando- 
nar su vida errante y formar parroquia. 

Cabe hacer aquí una anotación en obsequio de la verdad, siquie- 
ra se trate de una ley expedida en nuestro país, en la que se nota 
el tono arrogante de sus primeros actos de soberanía. 

Se ha exagerado y desfigurado, por consiguiente, lo relativo al 
tributo de los aborígenes. España fué siempre altruista y humani- 
taria. 

El tributo fué menos que un arbitrio fiscal, un medio indirecto 
de dignificación, para hacer adquirir al indio amor al trabajo, bajo 
el acicate de alguna obligación. El tributo fué siempre suave y nun- 
ca fuéexigible sino después de cinco años de la reducción del in- 
dio en general, y de diez años en el caso de la siguiente Cédula 
Real expedida por D. Felipe II, y que dice: 

«Ordenamos que si los indios infieles se redujesen de su volun- 
tad á Nuestra Santa Fe Católica, recibieron el bautismo solamente 
por la predicación del Santo Evangelio, no puedan ser encomenda- 
dos ni paguen tasas por diez años ni compelidos á ningún servicio; 
pero bien podían, si quisiesen, concertarse para servir, y las justi- 
cias tengan cuidado de que no se les haga agravio y así se ejecute.» 

Esta ley fué interpretada y ampliada por Cédula del mismo Rey 
expedida en Octubre de 1618: 

«Aunque no han de ser compelidos á mitas ni tasas los indios 
recién convertidos, por el tiempo que está dispuesto, es bien que por 
lo menos desde los cinco años de su reducción, vayan entendién- 
dose en lo susodicho, por medios suaves y aficionándose á ganar 
jornales y trabajos para esto: y que así mismo conozcan el modo de 
gobierno político de los indios antiguos, dándoles Alcaldes.» 



— 253 — 

Ese era el impuesto conocido con el degracUmte nombre de tri- 
buto, de que habla la ley dictada por la Joven Colombia. 

La ley de 1.° de Mayo (6.^ de la P. 6.^, T. I.*', R. G.) dispuso que 
las tribus de indígenas de la Goagira, Darien, Mosquitos y demás 
no civilizadas serian protegidas y tratadas como colombianos dig- 
nos de consideración, y que el Gobierno debía adoptar las provi- 
dencias necesarias para la civilización de dichas tribus. Destinóse 
al efecto la cantidad de 100.000 pesos anuales. 

El 15 de Octubre de 1828 el Libertador expidió un Decreto que 
consta de 35 artículos, comprendidos en siete títulos, que tratan: el 
I.*', de nombres, tasa y tiempo de la contribución que deben pagar 
los indígenas; el 2.°, de los recaudadores, sus obligaciones, fianzas y 
gratificaciones; el 3.°, de las exenciones que deben gozar los indí- 
genas; el 4.°, de los Cabildos y demás empleados de los indígenas; 
el 5.*', délos Resguardos y tierras de los indígenas; el 6.", de los 
Protectores generales y particulares de los indígenas, y el 7.° esta- 
blece los estipendios de los curas; y en cuanto á la observancia del 
Decreto, que «su ejecución» podía ser gradualmente en todo ó en 
parte según las órdenes sucesivas del Gobierno. 

Este Decreto no forma parte de la Recopilación granadina, pues 
no se mandó incluir en ésta, según la ley de 4 de Mayo de 1843. 

La ley de 6 de Marzo de 1832 (Ley 2.*, P. 6.^, T. I.*', R. G.) dis- 
pone que el Poder Ejecutivo dictara providencias eficaces para que, 
á más tardar dentro de un año, quedasen cumplidas las disposicio- 
nes de la ley de 1821 acerca de la distribución de los Resguardos 
entre los indígenas. Según esta ley, antes de verificarse la distri- 
bución debían separarse de los Resguardos de ocho á veinte fanega- 
das en área de la respectiva población y sus contornos; y se dispone 
que ningún indígena pueda vender la porción de tierra que se le 
adjudique antes de diez años, sino cuando variase de domicilio con 
previa licencia del Jefe político del cantón. 

La ley de IG de Marzo de 1832 (Ley 13, P. 2.'\ T. 4.°, R. G.) des- 
tinó las haciendas de las misiones de Granapolo, Macuco, Surime- 
na y Casimenaa al sostenimiento de aquellos pueblos y á la civili- 
zación de los indígenas errantes en Casanare. 

La ley de 15 de Mayo de 1833 (Ley 14, P. 2.'\ T. 4.'\ R. G.) fa- 
cultó al Poder Ejecutivo para dictar los reglamentos necesarios para 



— 254 — 

evitar el fraude contra los indígenas, y dispuso que éstos quedaren 
exentos de toda contribución personal, civil y eclesiástica por el 
espacio de veinte años. 

El 2 de Junio de 1834 (Ley 3.% P. 6.^, T, 1.°, R. G.) se dictó una 
ley acerca del repartimiento de los Resguardos con el fin de adicio- 
nar las disposiciones del de Mayo de 1832. En ella se dispuso que 
las parroquias de indígenas que no tenían Resguardos se les repar- 
tirían bienes baldíos. Los indígenas en sus pleitos serían considera- 
dos como pobres de solemnidad con intervención de los protectores 
de indígenas. 

La ley de 28 de Mayo de 1840 (Ley 15, P. 2.^, T. 4.°, R. G.) 
arregló la administración de las haciendas de misiones del Meta. 

En la ley de 28 de Abril de 1842 (Ley 16, P. 2.^, T. 4.°, R. G.) 
se mandó establecer uno ó más colegios de misiones para Casanare, 
San Martín, Andaqui, Mocoa, Guajira y Veraguas. 

La ley de 23 de Junio de 1843 (Ley 4.-'^, P. 6.^, T. 1°, R. G.) pro- 
hibió á los indígenas enajenar sus Resguardos y señaló como pro- 
tectores á los personeros municipales y á los agentes fiscales. 

Los personeros debían además representar á los indígenas en 
las acciones que tuviesen que entablar en defensa de sus derechos. 

La ley de 17 de Mayo de 1844 (P. 2.^, T. 4.«, R. G.) dispone que 
los curatos en que se establezcan casas de escala serán encomen- 
dados á sacerdotes misioneros. 

La ley de 27 de Abril de 1847 (Ley 2.'"^, P. Q^, T. 1.°, Apéndice á 
la R. G.) aprobó el art. l.°del Decreto expedido en la Cámara provin- 
cial de Bogotá el 22 de Setiembre de 1846 sobre administración é in- 
versión de las cantidades procedentes de Resguardos de indígenas. 

La ley de 29 de Marzo de 1848 (Ley 4.^, P. 6.^, T. 1.°, Apéndice 
á laR. G.) exceptuó del alistamiento y del servicio militar del ejér- 
cito á los indígenas. 

La ley de 29 de Mayo de 1849 (Ley 5.''^, P. 6^, T. l.«, Apéndice 
á la R. G.) dispuso que en los territorios de Casanare y San Mar- 
tín donde hubiera indígenas que no tuvieran Resguardos, se darían 
á aquéllos de una á dos leguas cuadradas de terreno baldío. 

La ley del 20 de Mayo de 1851 dispuso que el Poder Ejecutivo 
promoviese el establecimiento de una colonia en el territorio goajiro 
y señaló medios de fomentarla. 



— 255 — 

La ley de 12 de Abril de 1852 adicionó las leyes orgánicas del 
territorio goajiro. 

La ley de 7 de Marzo de 1860 destinó 2.000 pesos anuales para 
los gastos de reducción de tribus salvajes que habitasen los baldíos 
de la Confederación. 

La ley 40,, de 5 de Junio de 1868, sobre civilización de indíge- 
nas, declara que las tribus y familias de indígenas no civilizados 
que existan en la República serán protegidas y tratadas como co- 
lombianos dignos de atención y especial cuidado del Gobierno, y 
se autorizó al Poder Ejecutivo para adjudicar en propiedad hasta 
25 hectáreas de tierras baldías á cada una de las familias indíge- 
nas que quisieran abandonar su vida errante. 

La ley anterior fué derogada por la ley de Junio de 1870 
(Ley 45), titulada «Sobre reducción de indios salvajes», la cual dis- 
pone que el Poder Ejecutivo de la Unión, haciendo uso de las auto- 
rizaciones que le conceden la Constitución y la misma ley, procure 
por todos los medios posibles la reducción á la vida civil de las tri- 
bus salvajes de indígenas que viven en la República y la coloniza- 
ción del territorio que ocupan. Para lograr el objeto de la ley, que- 
daba facultado el Poder Ejecutivo, entre otras cosas: para celebrar 
contratos; para establecer grupos de población que sirviesen de 
centro á las misiones; para destinar una parte de la fuerza pública 
á la fundación de colonias; para conceder hasta diez hectáreas de 
tierras baldías á cada familia que se estableciese en las colonias; 
para auxiliar á los colonos y á las familias de indígenas que se re- 
dujesen á la vida civil con herramientas, animales, semillas y de- 
más objetos indispensables para su establecimiento; para solicitar 
el apoyo de las iglesias cristianas del país para conseguir la reduc- 
ción; para abrir en el presupuesto un crédito anual hasta de 25.000 
pesos para atender á los gastos que ocasionara la colonización. La 
ley, que tiene cinco artículos, manda que el Poder Ejecutivo preste 
preferente atención á la civilización de los indígenas goajiros. Fué 
adicionada por la ley 66, de 1874, 

La ley 11, de 27 de Abril de 1874, sobre fomento de la coloniza- 
ción de los territorios de Casanare y San Martín, dispuso la cons- 
trucción de un camino de Bogotá al río Meta, y que el Gobierno de- 
bía adoptar los medios necesarios para ponerse en comunicación 



— 256 — 

de las tribus no reducidas de los dos territorios para fomentar su 
civilización. Las reducciones tendrían, entre otras bases, las si- 
guientes: reconocimiento del derecho de propiedad de las tribus 
en el territorio que ocupasen con trabajos agrícolas; reconocimien- 
to de sus autoridades y leyes en sus relaciones interiores; arreglo 
de relaciones comerciales; prohibición del comercio de licores y de 
armas de fuego; influencia del Gobierno y de las misiones, en el 
sentido de que los indios tengan costumbres análogas á las republi- 
canas; establecimientos permanentes de misioneros y sostenimiento 
de comisarios del Gobierno ante los indios. 

La ley 53, de 1874, tuvo por objeto fomentar la colonización del 
territorio del Caquetá y promover la navegación de los ríos Putu- 
mayo y Ñapo. 

La ley 66, del mismo año, sobre reducción y civilización de in- 
dígenas (30 artículos), divide el territorio colombiano en seis Co- 
rregimientos, á saber: el de Bogotá, capital Bogotá; el de Boyacá, 
capital Tunja; el de Magdalena, capital Santa Marta; el de Pana- 
má, capital Panamá; el de Cauca, capital Popayán, y el de Santan- 
der, capital Socorro. En cada capital habrá una Junta general en- 
cargada de inspeccionar y reglamentar la reducción y civilización 
de los indígenas del respectivo territorio. Componían las Juntas, 
entre otras personas, el Director de las misiones en la Diócesis ó su 
delegado, y el Eector del Colegio de éstas. 

La ley 99, de 1876 (3 de Julio), autorizó al Poder Ejecutivo 
para lograr la colonización y civilización de los indígenas del Sa- 
rare. 

La ley 1.^, de 1887, destina del Tesoro Nacional la suma de 
2.000 pesos anuales para el sostenimiento de las misiones católicas 
del Caquetá, establecidas por el Obispo de Pasto. Destina además 
1.800 pesos para costear el trasporte de misioneros para la Goajira 
y la Nevada. 

La ley 153, de 24 de Agosto del mismo año, en su parte 8.^, 
«Legislación de tribus bárbaras», facultó al Gobierno para modi- 
ficar, por medio de decretos y reglamentos, el derecho común para 
la reducción y régimen de las tribus bárbaras y salvajes en la Re- 
pública. 

En el art. 25 del Convenio celebrado con el Sumo Pontífice, y 



— 257 — 

aprobado por la ley 35, de 27 de Febrero de 1888, se estipuló que 
el Gobierno de Colombia se obligaba á asignar á perpetuidad una 
suma anual de 100.000 pesos para destinarla, entre otras varias co- 
sas, al auxilio de misioneros. 

La ley 89, de 1890, determinó la manera cómo deben ser gober- 
nados los salvajes que vayan reduciéndose á la vida civilizada; 
contiene 42 artículos, distribuidos en seis capítulos, que tratan, 
respectivamente, de disposiciones generales, organización de los 
Cabildos de indígenas, de los Resguardos, de los protectores de in- 
dígenas, de la división de terrenos de Resguardos y de la renta de 
éstos. 

Por esta ley los indígenas fueron asimilados á la condición de 
menores de edad para el manejo de sus porciones en los Resguardos. 

Por autorización expresa del art. 41 de dicha ley, el Goberna- 
dor del Departamento del Cauca expidió el Decreto núm. 74 de 1898, 
que reglamenta íntegramente la materia. 

La ley 13 de 1903 ordenó que la Parcialidad de Timbio en la 
Provincia de Popayán, en el Departamento del Cauca, se rigiera 
por las leyes comunes de la República, y ordenó la división deüni-. 
tiva de los terrenos y demás bienes comunes que hoy forman el 
Resguardo de la Parcialidad, siguiendo para esta división los trá- 
mites de la leyes vigentes. Que mientras se efectúa la división, los 
indios seguirán gozando en calidad de usufructuarios la porción 
del Resguardo que respectivamente ocupan. 

El artículo único de la ley 5.*^ de 1904 derogó la ley anterior, y 
dispuso que los indígenas de la Parcialidad de Timbio quedasen 
sujetos á las disposiciones de la ley 89 de 1890. 



Es preciso hablar con franqueza: el problema indígena existe 
en todos los países de América, por más que otra cosa se diga. 
Confesado é inconfesado, el indio es para esos países como el pa- 
riente desvalido y desgraciado, para las familias que han llegado 
á la prosperidad: un embarazo y en ocasiones una afrenta. En 

17 



— 258 — 

aquellos países que adoptaron la solución española se ha ido por la 
buena vía para mejorar la condición personal y jurídica de los in- 
dígenas. 

España, siglos antes de que se hubieran celebrado los Congre- 
sos y Convenciones que han fijado las bases del Derecho de gentes 
moderno; siglos antes de la Revolución francesa y de las declara- 
ciones y proclamaciones sajonas de que hoy se ufanan algunos pue- 
blos, en donde sin embargo, cuando ha llegado el caso se ha es- 
trangulado con férrea y cobarde mano el derecho de los débiles; 
cuando ninguna presión de temor ó halago podía influir en sus de- 
terminaciones; España, decimos, se alzó para declarar el derecho 
de propiedad en favor de los indios de América. Para civilizar á 
éstos, no sólo los amparó con su gloriosa bandera y los puso bajo 
el estandarte de la Cruz, sino que supo hallar el medio práctico de 
afirmar su independencia por la posesión asegurada del suelo de 
sus mayores. 



Y puesta ya en alto la labor de la Madre Patria, es de justicia 
reivindicar aquí para Colombia el honor de haber sido siempre la 
primera, no sólo en conservar el legado altruista, sino también en 
alzar la voz ante las demás naciones de América, en favor de los 
indios, especialmente en la región amazónica, en donde ha habido 
mucho que deplorar; y en los momentos mismos en que escribimos 
esta parte de nuestro trabajo, coincidencia singular, llega á nues- 
tras manos una comunicación de la Cancillería colombiana, diri- 
gida con fecha 27 de Enero de 1914 á los Agentes diplomáticos de 
Colombia, la que creemos procedente trascribir en seguida: 



— 259 — 



CIRCULAR DEL MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES 

A LOS A&ENTES DIPLOMÁTICOS DE COLOMBIA EN AMÉRICA 



oiBogotá, Enero 27 de 1914. 



»Señor Ministro de Colombia en. 



» Aproximándose la época de la reunión de la quinfa Conferen- 
cia panamericana, el Gol3Íerno de Colombia se ha preocupado de 
la elección de los puntos que en ella han de tratarse; porque con- 
sidera que estas solemnes reuniones, á las cuales concurren todos 
los países del Continente, deben aprovecharse para el estudio y re- 
solución de aquellos puntos que interesan al Derecho público ame- 
ricano se relacionen con altos principios de humanidad y de civili- 
zación, á los acertados temas señalados por la Comisión del Pro- 
grama, cree Colombia que pudieran agregarse otros, verbigracia, 
el de la protección por los Gobiernos americanos de las tribus indí- 
genas que habitan en el Continente. Notoria es la importancia que 
á este asunto se está dando en los Estados Unidos y en Inglaterra. 
Voces elocuentes se han levantado allí, en el Parlamento y en la 
prensa, para reclamar protección en favor de los indígenas y soli- 
citar el castigo de los crímenes cometidos contra ellos por gentes 
que se llaman civilizadas. Por su parte, el Sumo Pontífice ha hecho 
un paternal llamamiento á los sentimientos cristianos de los Go- 
biernos y pueblos de América á fin de que se atienda á la civiliza- 
ción de las tribus y se las proteja contra las crueldades de que son 
víctimas. Dados estos antecedentes, parece que es sazón oportuna 
para que las naciones americanas, interesadas en demostrar que 
no son inferiores á los pueblos de otras razas en humanidad, civili- 
zación y cultura, aprovechen una ocasión única, en que los repre- 
sentantes de todas ellas se reúnan en Conferencia fraternal y amis- 
tosa, para tomar, por propia iniciativa, sin presión ni sugestión 
extraña, una resolución de carácter general en favor de los más 



— 260 — 

desvalidos de nuestros hermanos, de los que más necesitan el apoyo 
de los que gozamos el beneficio de la civilización cristiana, para 
ayudarlos á salir de las tinieblas de la idolatría y de la barbarie, 
y para ampararlos contra la explotación inicua de gentes de todas 
las razas. El estudio de este asunto no es cosa vana, ni se presenta 
como tema de discusiones académicas: tiene un carácter de actua- 
lidad palpitante, é interesa al buen nombre de los Gobiernos ame- 
ricanos. Lejos de ser extraña su inclusión en los trabajos de la 
Conferencia, tiene allí su puesto indicado. Cierto es que no faltan, 
en la legislación especial de estos países, disposiciones importantes 
sobre reducción de indígenas; cierto que en varias Repúblicas, los 
mision.eros y las autoridades civiles han ejercido una acción eficaz y 
benéfica en las regiones ocupadas por las tribus; pero estos mismos 
honrosos antecedentes persuaden de la conveniencia de que los es- 
fuerzos hechos hasta ahora reciban la confirmación solemne de una 
Asamblea panamericana, que demuestre el propósito colectivo de 
proceder de acuerdo para apresurar la realización de un nobilísimo 
ideal, el de elevar á los indígenas á la condición de cristianos y de 
ciudadanos. Yo me permito encarecer á usted qae haciendo valer 
estas y otras consideraciones que no se ocultan á su recto criterio, 
procure obtener de ese Gobierno una adhesión á la iniciativa de 
Colombia en este asunto, á fin de que la Conferencia lo considere, 
aun cuando no se haya incluido oficialmente en el programa for- 
mado por la Comisión. 

»No es ésta la primera ocasión en que Colombia llama la aten- 
ción en documentos diplomáticos sobre este asunto. En 1894, el en. 
tonces Ministro de Relaciones Exteriores D. Marco Fidel Suárez, en 
la Memoria que presentó al Cuerpo legislativo dio cuenta de las 
protestas formuladas en nombre de la República, contra el trata- 
miento inhumano aplicado á las tribus de indígenas; y, posterior- 
mente, la Cancillería colombiana no ha perdido ocasión de expre- 
sar el sentimiento nacional conmovido por la triste situación en 
que aquéllas se encuentran: é interesado en el pronto y enérgico re- 
medio de los abusos cometidos por traficantes y explotadores, el 
Ministerio, al solicitar el estudio de esta cuestión humanitaria, no 
se guía por consideraciones de carácter transitorio, sino que conti- 
núa una honrosa tradición de nuestra diplomacia. Ruego á usted 



— 261 — 

que así lo haga valer ante ese Gobierno para que quede más clara- 
mente precisada la gestión de Colombia en este particular. 
»Soy de usted muy atento y seguro servidor, 

El Ministro de R. E.» 



CONCLUSIÓN 



El tiempo ha hecho por sí solo una inmensa labor de rectifica- 
ción. No faltan, en verdad, ecos destemplados; pero ante la sana 
crítica es preciso aceptar con lealtad y buena fe el hecho de que 
España ni esclavizó á los americanos, ni autorizó ni toleró los abu- 
sos cometidos en América, ni dejó un solo instante de laborar por el 
bien de sus colonias, á las cuales dio todo cuanto tenía: su religión, 
su lengua, su cultura cristiana, la sangre de sus venas y el inva- 
luable caudal de las energías nacionales que fué preciso consumir 
generosamente para fundar veinte naciones. 



IDEAS ACERCA DEL GOBIERNO DE AMÉRICA 

DEL 

LICENCIADO MUÑATONES DE BRIVIESCA 



DON J. JIJÓN Y CAAMAÑO 



En el Museo Británico guárdase un interesante códice rotu- 
lado Visita del Consejo de Indias, y catalogado con la signatura 
Add. Mss. 33.983. 

Contiene, originales, dicho manuscrito muchas declaraciones 
prestadas ante el Licenciado Juan de Ovando, Visitador del Consejo 
de Indias en 1567 y 68, por los más conocidos tratantes en aquel 
Tribunal, llenas de curiosas noticias acerca de los hombres y de las 
cosas de aquel tiempo, que por estar aún tan cercano al de la paci- 
ficación de América y de los días en que en las recién conquistadas 
colonias se formó una sociedad regular, tienen extraordinaria im- 
portancia; mas si en ellas abundan peregrinas noticias, nótase en 
casi todas falta de elevadas concepciones políticas, pues sus auto- 
res, que con sutilidad y no poca malicia y aun en ciertas ocasiones 
con malignidad, analizan los actos de sus contemporáneos, respetan 
en general el sistema con que se administraba aquellos nuevos paí- 
ses; no faltaron, sin embargo, entre los declarantes espíritus más 
elevados, quienes creyeron que muchos de los males que entonces 
se sentían en Indias tenían causas más profundas y dependían de 
la organización misma del Gobierno. 

Entre éstos es quizás el más notable el Licenciado Muñatones 
de Briviesca, hombre perito en cosas del Perú por haber sido Visi- 



— 264 — 

tador de aquel virreinato en compañía del Conde de Nieva y de los 
Licenciados Diego Vargas y Carvajal y Ortega de Melgosa. 

En esta notable exposición examina el antiguo Visitador los me- 
dios de vincular América á España, y cree el más eficaz de todos el 
hacer que las colonias dependan económicamente de la Metrópoli, 
«porq® tanto en aquellos estos dependerán destos quanto tuuieren ne- 
cessidad de cosas destos Reynos yno mas ni allende». Como arbitrio 
auxiliar al mismo fin, tiene el riguroso cumplimiento del Patronazgo 
real en todos los beneficios «criados y que en adelante se criaren». 

Pero en lo que se muestra verdaderamente perspicaz el Licen- 
ciado Muñatones es en manifestar la necesidad de que «la gouer- 
nacion y lo tocante aella yentradas q® sesuelen mandar tiazer como 
cosa q® acaso dize estado de guerra ytodo lo demás que depende 
desto se deuia de tratar distinctamente déla administration de 
just^y que assi la audiencia o audiencias de aquellos estados sola- 
mente tratassen de pleitos y causa(s) entre partes», pues los Oido- 
res que las componen ni entienden de asuntos de administración y 
gobierno, ni conocen la tierra en la que mandan, ya que son nue- 
vos en ella, fácil y frecuentemente removidos de sus cargos. 

Propone la formación de un Consejo que trate del gobierno del 
país y «las cosas concernientes ala quietud sosiego y paz de aque- 
llos estados ya la groseza dellos y a la población de aquellos esta- 
dos q^ es la cosa mas principal y maspertinte y acultiuar la tierra 
ya beneficiarla y poner ordenenella y en otras cosas muchas q® en 
este fin seenderezgan». 

Este Consejo debía componerse de dos individuos por cada pro- 
vincia, elegidos entre las personas más cuerdas y de más experien- 
cia de ellas que fuesen á residir en la Ciudad de los Reyes, que 
juntamente con el Virrey ó Presidente y uno ó dos Oidores, los más 
antiguos deliberasen y resolviesen libremente acerca de lo que al 
«bien y buen gouierno y beneficio publico conuiniesse». 

Propone también la separación de la justicia civil, de la crimi- 
nal, confiando la primera á los Oidores y la segunda á Alcaldes de 
Corte, así como la reducción del número de Audiencias. 

Si el proyecto del Visitador del Perú de establecer un Consejo 
formado por «personas de aquellas provinciaS'> que «con parecer 
de todos» sus miembros resuelva las cuestiones de gobierno nos sor- 



— 265 — 

'prende grandemente, sus ideas acerca del Consejo de Indias no pue- 
den menos de abismarnos; en efecto, nos dice que «tiene a los del 
consejo por letrados y porsuficientes pra la determinación denego- 
cios ypleitos pero pragouerlos negocios del perú ygouernacion de 
aquellos estados q® no anestado ni están ni tiene experiencia para 
gouernacion dellos le paresce aeste que depone queellos ni otros nin- 
nosque alian o ayan estado pueden gouernarsno aciegas», y que para 
«descargo de la consciencia Real» y «porque cessassé tantos daños y 
gastos q^ los subditos y naturales de aquellos Eeynos y estados por 
venir acá Reciben» se cree en Panamá un Tribunal ante el cual se 
resuelvan «todas las causas y pleytos formados Entre partes» «como 
se hace en Sicilia ñapóles milan y flandes», con lo cual «cessaria el 
consejo de las yndias de aqui déla corte y que aqui bastarla tener- 
su mag* dos del consejo de yndias q® pudiessen Referir a su mag* las 
causas granes y cosas deestado buen gouierno y hazienda los qua- 
les dos podrían ser del consejo Real con el presidente del». 

Las razones que aducía el Licenciado Muñatones para elegir la 
ciudad de Panamá para sede de ese Tribunal eran: ser dicho puerto 
lugar céntrico en los dominios españoles, á donde era fácil ir de to- 
das las partes de América, así de Chile como de Nueva España; 
para que se formase en Panamá una población considerable que fá- 
cilmente defendiese de invasiones de corsarios aquel estratégico si- 
tio y que sirviese de base de operaciones en caso de que fuese nece- 
sario pacificar nuevamente el Perú. 

Aparte de estas reformas trascendentales, que de haberse llegado 
á ejecutar habrían trasformado la situación política del Nuevo Mun- 
do, proponía Muñatones otras más ó menos acertadas y que corres- 
pondían, algunas de ellas, á necesidades por todos sentidas en aquel 
entonces: tales como la rigurosa prohibición á los Oidores de con- 
traer parentescos en los territorios de su jurisdicción, la venta de las 
tierras vacas, el no permitir fácilmente se junten ejércitos con pre- 
texto de entradas á tierras de gentiles, la prohibición del comercio 
de unas colonias con otras, la mejor orden en la navegación y la ma- 
yor explotación de la riqueza del suelo, así agrícola como minera. 

Para dar incremento á la minería cree necesario comisionar á 
una ó dos personas que, juntamente con un Oidor, juzgasen definiti- 
vamente de todo lo concerniente á ella y fijasen lo que en cada caso 



— 266 — 

debiera pagarse al Rey en razón de quintos tomando en cuenta la 
riqueza del mineral. 

Acerca de la debatida cuestión de la perpetuidad de los reparti- 
mientos, tenía el de Briviesca una opinión media, esto es, que sólo 
debían ser perpetuos aquellos concedidos á los primeros conquista- 
dores, á quienes tanto debía la Corona de Castilla. 

La personalidad de Muñatones de Briviesca ha sido general- 
mente tratada con dureza por los historiadores del Perú; nosotros en 
este corto estudio no podemos ocuparnos de ella, pero sinos ha pa- 
recido conveniente llamar la atención de los Sres. Congresistas so- 
bre el olvidado Visitador del Perú, que en pleno siglo xvi quiso dar 
á las colonias americanas una saludable autonomía confiando su 
gobierno á Consejos residentes todos en ellas y formados por natu- 
rales de ellas. 

Si tan liberales reformas en la administración colonial se hubie- 
sen ejecutado, no digamos en el siglo en que fueron concebidas, sino 
á principios de la pasada centuria, hubieran aún entonces satisfe- 
cho las legítimas aspiraciones de gran número de criollos y unido 
quizás por algún tiempo más la Metrópoli con sus dominios de Ul- 
tramar. 

Los que estudian el pasado de España, acostumbrados están á 
encontrar en el siglo de oro pensadores más ó menos solitarios, que 
pueden tenerse como precursores de doctrinas que, nacidas en épo- 
ca más propicia y en otros países, han contribuido grandemente á 
la formación del mundo moderno; así no les extrañará el que un 
mandatario español idease un sistema de gobierno colonial que pre- 
ludia las sabias organizaciones empleadas por otros pueblos, ahora 
más venturosos, que merced á ellas han sabido conservar y aumen- 
tar sus dominios. 

Si los consejos del Licenciado de Briviesca hubiesen sido escu- 
chados por los Eeyes de España, sus subditos de América se hubie- 
sen gobernado por sí mismos, y vuéltose más asequible la justicia 
que tan tardíamente, y sólo á costa de excesivos gastos, podía ob- 
tenerse, siendo necesario atravesar los mares en su busca; y en tal 
caso, innecesario nos parece insistir acerca de cuánta mayor pros- 
peridad hubiese habido en América y cuan distintas serían sus re- 
laciones con España. 



LA ENSEÑANZA DE LA GEOGRAFÍA 



CASA DE CONTRATACIÓN 



DON GERMÁN LATORRE 



L — Desenvolvimiento de la ciencia geográfica en Sevilla 
durante el siglo XVI. 

Pertenece á la categoría de los lugares comunes, mandados reti- 
rar afortunadamente, la absurda negación de la ciencia española; 
consideraciones religiosas y políticas favorecieron su propaganda 
por el extranjero, y nosotros candidamente asentimos á lo que in- 
fundadamente nos importaban y tanto nos ha perjudicado. 

La Ciencia española, sobre todo en el siglo xvi, que va á 
ocupar nuestra atención, se extiende por todas y las más diversas 
actividades, como observamos, aparte de otras muchas fuentes, si 
se fija nuestra observación en el «Inventario bibliográfico» de La 
Ciencia española, de Menéndez Pelayo; en los Apuntes para una Bi- 
blioteca española del siglo XVI, de Felipe Picatoste, ó los Discursos 
leídos ante la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Natu- 
rales por D. Acisclo Fernández Vallín (1). 

El conocimiento procedente de la lectura de estas obras, sim- 
ples catálogos biográficos ó bibliográficos, pecará tal vez de super- 



(1) La obra de Menéndez Pelayo, t. III, págs. 346 y sig. Madrid, 1880. 
ídem de Picatoste, págs. 375 y siguientes. Madrid, 1891. 
Ídem de Fernández Vallin, caps. III y IV, págs. 69 y sig. Madrid, 1893. 



— 268 — 

ficial, pero es suficiente para desvanecer las últimas dudas que so- 
bre este punto trascendental para la cultura española se abrig-uen. 

España no ha sido una excepción en el concierto universal; ha 
tenido siempre una Ciencia propia, Ciencia que en este siglo xvi de 
su preponderanisa política, la hace ir al frente de todos los pueblos 
é imponer sus maestros y sus enseñanzas en toda Europa. 

Ahora bien; reconozcamos en la Ciencia patria dos característi- 
cas, hijas de la idiosincrasia nacional, que profundamente han con- 
tribuido á su demérito, que ha llegado hasta la negación; nuestra 
Patria no ha tenido la fortuna de que se realizasen en ella descu- 
brimientos ó inventos extraordinarios en la Ciencia de esos que va- 
rían sus moldes é imprimen cauce nuevo á su actividad: en filosofía, 
el método cartesiano ó el sistema kantiano; en la mecánica del Uni- 
verso, el sistema cosmogonófico de Copérnico ó la gravitación uni- 
versal de Newton; y así tantos y tantos otros; la Ciencia española, 
también inventora y descubridora, se ha movido con alas más mo- 
destas, en segundo lugar; no ha formado sistemas ni escuelas, sino 
más bien esta tendencia individualista de la raza la ha dotado de 
falta de trabazón, de liga entre sus miembros, que, faltos de coope- 
ración y á veces con la enemiga de las propias instituciones, han 
tenido que contar solamente con sus fuerzas. 

Únase á ello la carencia absoluta áe propaganda, otra caracte- 
rística de nuestra raza, la del refrán de el buen paño, en el arca se 
vende, y la antipatía con que se mirara el Estado de Felipe II con 
su política de intolerancia, antipatía fomentada por el partido an- 
tipapista europeo y sus jefes Guillermo de Orange é Isabel de In- 
glaterra, y tendremos una explicación exacta de la negación en la 
existencia de nuestra Ciencia y de su carácter. 

La Geografía es cultivada extraordinariamente en nuestro siglo 
de oro, y España contribuye poderosamente á su formación cientí- 
fi^ca, prácticamente, con sus descubridores, con la inmarcesible glo- 
ria de los descubrimientos y conquistas de Ultramar y teórica- 
mente, con publicaciones innumerables de diarios de navegación, 
descripciones de nuevos países, problemas geográficos del magne- 
tismo terrestre, de las longitudes, de las proyecciones, etc , etc. 

Sevilla se considerará con toda justicia capital intelectual de 
España en esta época, como era también capital económica. Y no 



— 269 — 

hay en esto la menor sombra de apasionamiento. En Sevilla expli- 
can Cosmografía Alonso de Chaves, Diego Ramírez de Arellano, 
Alonso de Santa Cruz y Rodrigo Zamorano, ilustres geógrafos, glo- 
rias de la Casa de Contratación; Diego Rivero, Astrología y cons- 
trucción de mapas; Hidrografía, Pedro Mejía; Matemáticas, Gon- 
zalo Custo, Andrés de Espinosa y Diego Pérez de Mesa. 

Y si nos fijamos finalmente en la Geografía, sevillanos son ó aquí 
hacen sus estudios, sus inventos y publican sus obras Benito Arias 
Montano (Naturce Historia prima in magis operis coopere pars, Am- 
beres, 1601), sentando por primera vez los principios é indicando los 
efectos de la presión atmosférica; Martín Cortés (Breve comjyendio de 
la sphera y de la arte de nauegar, Sevilla, 1551), que estudia el de- 
crecimiento de los intervalos entre los paralelos mucho antes que 
Wrigt y Mercator; presenta asimismo la teoría de la diversidad del 
polo magnético y del terrestre cuarenta años antes que Sanuto, y 
escribe un tratado, ya citado, que se impuso en Inglaterra durante 
toda la centuria; el portugués Francisco Falero (Tratado del esphera 
y del arte de marear con el regim^iento de las alturas, etc., Sevi- 
lla, 1535), y el sevillano Martín Fernández de Enciso (Suma de Geo- 
grafía, etc., Sevilla, 1519), los dos primeros geógrafos que reducen 
á reglas y preceptos el arte de navegar; Andrés García de Céspedes 
(Regimiento de navegación, etc., Madrid, 1606; Hidrografía, Ma- 
drid, 1606, etc.), que inventa y construye gran número de instru- 
mentos de matemáticas y astronomía, corrige las tablas de D. Alfon- 
so X y Copérnico y reforma muchas cartas de marear, rectificándo- 
las; el boticario de Sevilla Felipe Guillen, citado por Santa Cruz, 
inventando la brújula de variación, que mereció una pensión del 
Rey de Portugal; el sevillano asimismo Pedro Medina (Arte de nave- 
gar, etc., Valladolid, 1545; Regimieto de navegado, Sevilla, 1552), 
que impuso su obra, como hiciera Martín Cortés en Inglaterra, du- 
rante muchos años en Francia; Antonio de Nebrija, que rectifica las 
medidas longitudinales romanas y mide un grado de meridiano; el 
sevillano Juan de Oviedo (Traza de la comunicación entre el Gua- 
dalquivir y el Guadalete); el portugués Vasco de Pina, vecino de Se- 
villa, que corrige las tablas de Copérnico, aplicándolas al cálculo de 
las declinaciones del Sol referidas al meridiano de la isla de Santo 
Domingo, y construye las Tablas desde 1583 á 1680; el vecino y tal 



— 270 — 

vez hijo de Sevilla Andrés de Eío Riaño (Hidrografía, Sevilla, 1585; 
Tratado de un instrumento por el cual se conocerá la nordestación ó 
noroestación de la aguja de marear navegando) , inventor de un ins- 
trumento para conocer la variación de la aguja y determinación de 
la longitud; Andrés de San Martín, que demuestra los errores de las 
tablas astronómicas, que no correspondían con los movimientos ce- 
lestes; Alonso de Santa Cruz (Islario, Libro de las longitudes, etc.), 
figura extraordinaria de la Ciencia española, primer constructor de 
cartas esféricas, de cartas de variaciones magnéticas y de instrumen- 
tos para la determinación de las longitudes, y el ya citado también 
Rodrigo Zamorano (Compendio de la arte de navegar, Sevilla, 1582), 
que introduce en las tablas astronómicas las reformas del Calendario. 

Maestros é inventores, glorias unos y otros de la Geografía pa- 
tria, residían en Sevilla, y se ausentaban de ella, bien llamados 
por el Emperador Carlos V, como Alonso de Santa Cruz, y antes 
Américo Vespucio, Díaz de Solís, Pinzón y Juan de la Cosa por el 
Rey Católico, para encauzar los descubrimientos geográficos ó re- 
solver grandes problemas geográficos, como el de las longitudes, ó 
partían al Nuevo Mundo, como estos últimos y tantos otros, enri- 
queciendo el caudal del descubrimiento y conquista ultramarina. 

La Casa de Contratación, fundada por Real Cédula de 1503, es 
la institación que á todos los une, siendo la historia de ellos la be- 
nemérita historia de la Casa. 

Al examen de un aspecto poco conocido, pero muy interesante, 
de la famosa Casa de Contratación, nos dedicamos, pues, en este es- 
tudio (1). 



(1) Con respecto á la prelacióa de fueates, conforme á la sucesión ero 
nológica, al contenido de las obras y á la misma declaración de los auto 
res, podemos fijar este orden: 

Reales Cédulas (son otras tantas leyes). Recopilación de leyes de los 
reinos de las Indias. Madrid, 1641. 

Norte de la Contratación de las Indias Occidentales. Joseph de Veitia 
Linage. Sevilla, 1672. 

Biblioteca Hispana Vetus. Nicolaus Antonio. Madrid, 1788. 

Biblioteca Marítima Española. Martin Fernández de Navarrete. Ma- 
drid, 1851. 

Y, finalmente, las citadas obras de Picatoste, Menéndez Pelayo, Va- 
Ilín, Cesáreo Fernández-Duro, etc. 



— 271 - 



II. — Aspecto científico de la Casa de Contratación. 

Fúndase la Casa de Contratación en Sevilla por Cédula de Isa- 
bel la Católica de 14 de Enero de 1503. 

Las funciones de esta institución son bien amplias desde su co- 
mienzo: tiene jurisdicción en los dominios de Ultramar y asimismo 
la administración, funciones que luego pasan á las Reales Audien- 
cias, de nueva creación, y al Consejo de Indias, quedando arroga- 
das á la Casa las referentes á la vida marítima, tan intensa en es- 
tos siglos entre las colonias y la Metrópoli. 

Desde sus comienzos se deslindan los dos principales aspectos 
de la Casa de Contratación: el económico y el científico. 

El primero es de una importancia suma en consideración; él va 
unido á la política mercantil empleada en España con sus colonias; 
fuertemente juzgada ha sido, sus enormes defectos se unen con 
grandes aciertos; pero para formar un exacto é imparcial juicio ad- 
virtamos que esta política mercantil es hija de la época y confor- 
me al sistema empleado, y no tal vez con tanto acierto, en Europa. 

Con respecto á este carácter comercial, al que corresponde el 
propio nombre de la Casa, dice Armstrong: «La Casa de Contrata- 
ción fué al mismo tiempo un Ministerio de Comercio, un tribunal 
mercantil y una oficina de liquidación para el comercio america- 
no» (1). 

¿Fué esto sólo la Casa de Contratación? 

Algunos autores, entre ellos Gailord Bourne (2), olvidan casi en 
absoluto el aspecto científico de la institución, con flagrante injus- 
ticia, y cuando no lo olvidan le conceden tan escaso valor como 
muchos al anteriormente citado. 

No, la Casa de Contratación llena un fin de cultura, sobre todo 
de enseñanza de la Geografía, que hace de ella la primera institu- 
ción de Europa en este respecto. 



(1) The Emperor Charles V, t. II, pág. 47. 

(2) España en América, traduccióu de Zayas. Habana, 1906, cap. XV, 
página 194. 



— 272 — 

Navarrete, que considera en su justo valor este interesantísimo 
aspecto de la Casa de Contratación, al referirse á su fundación,. así 
se expresa: «Se creaba en Sevilla una Universidad particular para 
promover los adelantamientos de la marina; reuniendo los estudios 
teóricos de las Ciencias auxiliares á lo que la experiencia y obser- 
vación iba manifestando á los navegantes españoles, que con por- 
fiado empeño continuaban en todas direcciones los descubrimien- 
tos comenzados por el almirante Colón» (1). 

Picatosto, en su obra ya citada, dice que «la Casa de Contrata- 
ción fué un Centro científico de grandísima utilidad, la visitaban 
los extranjeros, solicitando alguna vez en vano pertenecer á ella, 
porque este privilegio sólo se adquiría, por solicitud, del Rey, con 
informe de la Casa, para traer de catedráticos los hombres eminen- 
tes de cualquier nación. Así vino á ella Sebastián Caboto, inglés, 
pidiéndose y recomendándose su venida á Mr. Wlive, Capitán Ge- 
neral de Inglaterra». 

También el citado autor la denomina verdadera Escuela Poli- 
técnica, que tanto enseñó á Europa, conforme lo prueban los testi- 
monios de Roberto Edén y de Guillermo Bourne en aquellos tiempos, 
y el de Alejandro Humboldt y otros escritores en los modernos (2). 

Esta actividad científica de la Casa de Contratación se manifies- 
ta sobre todo en la Geografía y en sus ciencias auxiliares. Los na- 
vegantes que iban á descubrir sentaban en ella sus capitulacio- 
nes durante la travesía, así como en la nueva tierra; en sus costas, 
como en su interior, los pilotos iban anotando las variaciones de 
la aguja, las determinaciones de longitudes y de latitudes, los fe- 
nómenos atmosféricos y los fenómenos marítimos, escollos, bajos, 
bahías, promontorios y demás accidentes costeros, la naturaleza 
del suelo y de los indígenas; estos diarios y materiales aportados 
enriquecían á la vuelta el arsenal científico de la Casa, así como los 
planos, croquis y mapas su tesoro cartográfico. 

Así estaba ordenado, y ello se cumplía; esta ciencia, pues, de la 
Casa de Contratación es esencialmente práctica y aplicada á las em- 
presas coloniales de la Metrópoli, es una ciencia viva, enemiga de 



(1) Historia de la náutica, parte 3.'*, pág. 131. 

(2) Ob. cit., pág-. 280. 



— 273 — 

la abstracción y de la hipótesis, con sus errores propios de la cien- 
cia de la época, pero incesantemente rectificados por la observa- 
ción y la experiencia. 

A la Casa de Contratación se debe la organización de estas ex- 
pediciones: la de Juan de la Cosa (reconocimiento de la costa de 
de Venezuela), la expedición proyectada á la Especiería por Vicente 
Yáñez Pinzón y Américo Vespucio á raíz de las juntas de Toro, la 
de Vicente Yáñez Pinzón (expedición al Yucatán), la del mismo Yá- 
ñez Pinzón y Juan Díaz de Solís en busca de un paso ó canal na- 
vegable para la Especiería, las de Nicuesa y Hojeda con Juan de la 
Cosa (á Darien y América Central), la del citado Solís, también en 
busca del paso y en la que halló su muerte (descubrimiento del Río 
de la Plata); finalmente, la de Hernando de Magallanes en su épica 
vuelta al Mundo, saliendo por el río de Sevilla de la banda de 
Triana con gran solemnidad y ostentación y volviendo años des- 
pués los despojos de esta expedición gloriosa en un miserable na- 
vio al mismo lugar de donde partiera. 

Pero á más de ello, esta ciencia práctica de la Casa de Contra- 
tación se aplica al estudio de la flora y de la fauna de los nuevos 
países, de las especies aclimatables en Europa y también de las es- 
pecies europeas allá aclimatables asimismo. 

Dedica su actividad á la cartografía, elaborándose cartas de ma- 
rear para los pilotos que hacían el viaje de las Indias, y se forma- 
ba asimismo el Padrón general de Indias en la Casa, sucesivamente 
aumentado y rectificado conforme á los nuevos descubrimientos. 
¡Lástima que se haya perdido este inapreciable tesoro de la Ciencia 
por posteriores depredaciones y siniestros ocurridos en la Casa!.... 

Hay entre todos los demás tres problemas geográficos á los que 
se aplica sobre todo la atención de la Casa de Contratación y sus 
hombres, por interesar más que los otros la navegación á las In- 
dias y sin cuya resolución tal navegación había de ser siempre 
incierta, precaria y de eventual resultado. Las corrientes marinas 
(Gulf-Stream, torrente del mar, así conocido por el piloto Andrés 
Morales); el magnetismo terrestre y sus efectos sobre la estabilidad 
de la aguja imantada, causa del terror primero y la incertidumbre 
después de los navegantes, para lo que se descubrieron instrumen- 
tos como el del boticario sevillano Guillen, ya citado; y, finalraen- 

13 



— 274 — 

te, el problema de la determinación de las longitudes, sobre lo cual 
hubo juntas de cosmógrafos convocadas por el Monarca y los par- 
ticulares, se publicó la obra ya citada también de Alonso de Santa 
Cruz, señalando los métodos en uso, y se acudió á un concurso, 
primer concurso científico de que se tiene noticia, con un premio 
de 6.000 ducados de renta perpetua y 2.000 ducados de renta vita- 
licia al que inventase un método exacto de cálculos de longitu- 
des (1). 

Hemos de examinar en las siguientes páginas este Centro de es- 
tudios geográficos, donde tan práctica y sabiamente se elaboraba 
la Ciencia conforme al cuadro sinóptico siguiente: 



El Instituto geográfico de la Casa de Contratación. 

1) Su fundación. 

! a) El local. 

i h) Los cargos y sus hombres. 

2) Su funcionamiento.. c) Las clases. 

i d) El material científico. 
\ e) Los exámenes. 

3) Sus vicisitudes históricas. 



III.— El Instituto Geográfico de la Casa de Contratación. 

1) Su fundación. 

Esta manifestación científica, que tanto hizo por la Ciencia geo- 
gráfica, de la actividad interna de la gloriosa Casa de Contratación, 
es lo que nos va á ocupar, pues, en las siguientes páginas. 



(1) Recomendamos al lector que desee conocer al detalle esta activi- 
dad externa de la Casa de Contratación, Los trabajos geográficos de la 
Casa de Contratación, Manuel Puentes y Olea. Sevilla, 1900. 

Hace, sin embargo, esta obra, que por lo demás es muy completa, caso 
omiso de la actividad interna en los estudios geográficos de la Casa, ó 
sea su funcionamiento, que es á lo que se dedica el presente estudio. 



— 275 — 

Así como encontramos en los autores contemporáneos riquísimo 
arsenal de noticias sobre las empresas de descubrimiento y con- 
quista de las expediciones organizadas por la Casa, se muestran muy 
parcos en lo que se refiere á su vida interior, y aunque alg-o se re- 
fieran á la poderosísima corriente de tráfico comercial, cuyo centro 
ella venía á ser en lo que nos interesa, ó sea en la actividad cientí- 
fica, apenas si hallamos noticia ó dato de valor en ellos. 

Tal cosa ocurre con las conocidas Décadas de Herrera, y, lo que 
parece más extraño aún, en los Anales de Diego Ortiz de Zúñiga. 
En esta obra, que dedica toda su»atención á toda clase de sucesos 
que en Sevilla ocurrieran, apenas si da cuenta de la fundación y 
más tarde de la organización en líneas generales del Tribunal y 
Audiencia Real de la Contratación de las Indias (1). 

fíDónde, pues, encontramos las fuentes para nuestro trabajo? 
En las Reales Cédulas, otras tantas leyes de Indias que se con- 
tienen en la ya citada Recopilación, comentadas más tarde por 
Veitia Linage, y, como complemento, la riquísima documentación 
del Archivo de Indias (2). 

El Tribunal y Audiencia Real de la Contratación, fundada por 
Cédula de 1505 de la Reina Católica, teniendo á su frente á un fac- 
tor, un contador y un tesorero, fué aumentando de cargos en tal 
forma, que en el siguiente siglo se componía de dos Salas: una de 
jueces oficiales de capa y espada, que es la primitiva y principal, 
y otra de oidores letrados. Pertenecen á la primera los cargos ya 
citados de factor, contador y tesorero, más un alguacil mayor y un 
alcaide, servidos por tenientes de las Casas de nobleza, donde es- 
taban vinculados (3), además de algunos supernumerarios, cuyo 
número dependía de la voluntsd real. La Sala de oidores, creada, 
en 1583, tiene dos jueces y un fiscal, aumentados con otra plaza 
en 1594, y los correspondientes supernumerarios. 



(1) AnnaJes edeaiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciu- 
dad de Sevilla, lib. XXI, pág. 422; lib. XV, pág. 559. Sevilla, 1677. 

(2) Recopilación de leyes de los reinos de Indias, lib. IX, tit. XXIII 
(40 leyes). Madrid, 1811. 

Veiti.a, ob. cit. 

(3) El de alguacil mayor en la casa del Duque de Medina de las To- 
rres V el de alcaide en la de los Condes de Castrillo. 



— 276 — 

En torno de unos y otros hay relatores, escribanos de Cámara, 
receptores, etc., etc 

Así están subordinados á los anteriores ministros los del Consu- 
lado (un prior y dos cónsules); la Universidad de mareantes, la de 
cargadores de las Indias y el Tribunal de Contaduría de Averías. 

Tales son las líneas generales de organización de la Casa y en- 
tidades subordinadas (1). 

El Instituto Geográfico de la Casa se funda por varias Cédulas 
sucesivamente, y de todas ellas es indudable que ocupa el primer 
lugar por su antigüedad en la serie, la que lleva la fecha de 1507, 
por la que fué creado el cargo de Piloto Mayor de la Casa en la per- 
sona de Américo Vespucio. Convocados por el Rey el citado año, 
los ilustres navegantes Solís, Pinzón, Cosa y Vespucio, quedó acor- 
dado que los tres primeros partirían á descubrir (ya citamos esta 
expedición) y el cuarto permaneciera en Sevilla con el título de Pi- 
loto Mayor de la Casa de Contratación. 

No quiere esto decir que fuera el único Piloto Mayor, pues tam- 
bién se crearon por sucesivas Cédulas los de la Armada Real de la 
guardia de la Carrera de Indias y de las flotas de Nueva España: 
la prelación se mantuvo en el de la Casa que graduaba á los de la 
Carrera de Indias, de los que se elegían después los de galeones y 
flotas, aunque lógicamente, como observa Veitia, fuera primero el 
de las Armadas, «pues si hubiera faltado quien hubiera merecido 
sei'lo de ellas conduciéndolas al descubrimiento de aquel Nuevo 
Mundo, ni hubiera Casa de Contratación, ni por lo tanto Piloto Ma- 
yor de ella» (2). 

Por la importancia de la misión científica que el Piloto Mayor 
debía de llenar, arrancamos desde 1507 la fundación del Centro 
Geográfico. 

Este cargo se completa con la creación de los de cosmógrafo, 
que fueron dos los principales, aunque no los únicos: primero, el 
cosmógrafo fabricador de instrumentos, cuyo origen se remonta 
á 1524, en cuya fecha ya lo desempeñaba Diego Ribeiro y después 
por Cédula lo ocupa Chaves en 1528, y segundo, el cosmógrafo en- 



(1) Ortiz de Zúñiga, ob. cit., lib. XV, págs. 559 3" 560. 

(2) Veitia, ob. cit., pág. 140. 



— 277 — 

cargado del desempeño de la cátedra de Cosmografía y arte de 
marear, fundada por Real Cédula del Príncipe D. Felipe, fechada 
en Monzón el 4 de Diciembre de 1552. 

Hace observar el ya citado Veitia (1), que antes de la creación 
del primer cargo de Cosmógrafo, ya Díaz de Solís y Vespucio en 1514 
y la Junta de Pilotos de Hernando Colón de 1516 formaron padro- 
nes ó cartas de marear, pero tanto uno como otros no llevaron más 
título que el de Pilotos. 

Advirtiendo que con la creación de los cargos venía la función 
á la que se destinaban: así, al de Piloto Mayor los exámenes de Pi- 
lotos y Maestres para la carrera de las Indias; á los de Cosmógrafos, 
las respectivas cátedras, principales enseñanzas, aunque no únicas, 
como veremos, que en la Casa se daban; no es aventurado decir que 
por las Reales Cédulas antes citadas, complementadas por otras más 
secundarias, se fué formando este Instituto Geográfico, cuyo funcio- 
namiento se ha de ver luego. 

Y es natural que no saliese de manos del legislador en una sola 
pieza, como acostumbramos á ver en las Instituciones de nuestros 
días, pues esto se va aumentando y creciendo; se rectifica lo inútil, 
se le imprime desde sus comienzos su carácter práctico, y todo ello 
conforme lo requieren las necesidades á que tiene que subvenir des- 
de su creación. 

2) Su funcionamiento. 

Ocupémonos sucesivamente del local, de los cargos, de las clases 
y sus enseñanzas, délos instrumentos científicos y, finalmente, de los 
exámenes. 

El local. — El Tribunal y Audiencia Real de la Contratación, fun- 
dado como vimos en 1503, tuvo primero su asiento en la Atarazana, 
y en el mismo año quedó trasladado al cuarto de los Almirantes , en 
cl Alcázar viejo. Aún hoy, con el nombre de la Contratación se co- 
noce una hermosa habitación de la galería alta del actual Alcázar, 
construida en el siglo xvi, que formó parte de la Casa y cuyo techo 
lleva las fechas de 1503 y 1885 en que fué ejecutada y restaurada; 



(1) Ob. cit., pág. 146. 



— 278 — 

parte de esta primitiva instalación corresponde hoy á la Plaza del 
Deán Miranda, pues conocida es la gran extensión que abarcaba el 
Alcázar en aquellos tiempos, á cuyo emplazamiento, en buena parte 
de él, corresponden hoy varias manzanas de casas particulares, pla- 
zas y calles (1). 

La construcción del actual edificio de la soberbia Casa Lonja, 
debida á los acuerdos entre Felipe II y la Universidad de Mercade- 
res de Sevilla y ejecutada conforme á los planos de Herrera entre 
los años 1585 y 1598, fué producto del aug-e que alcanzaran las 
transacciones comerciales con las colonias y evitar al mismo tiempo 
el vergonzoso espectáculo del comercio establecido en el Patio de 
los Naranjos de la Iglesia Catedral, y aun dentro de ella, en sus mis- 
mas naves. 

La sala de lectura de la Cátedra de Cosmografía tuvo primero su 
asiento en la Casa de Contratación, pero más tarde, cuando se habi- 
litó mejor el nuevo edificio de la Lonja, trasladóse á una sala de ella 
donde se juntaban también la Universidad de Mareantes (2) y allí 
se seguía leyendo cuando Veitia escribió la obra citada, el cual cree 
más conveniente la lectura en su primitivo lugar (3). 

Como las lecturas de las cátedras tenían su propio local, también 
los exámenes lo poseían asimismo. Primero en la Sala de Gobierno 
de la Casa, claro es que en el local primitivo al que ya hemos hecho 
alusión; pero pronto surgió la cuestión inevitable de preferencia, 
muy dentro de las costumbres de la época, sobre lo inadecuado del 
sitio de celebración de exámenes. 

En efecto, el Fiscal D. Juan Antonio Avello de Valdés, repre- 
sentó, haciendo los consiguientes reparos sobre lo indecoroso que 
era para el Tribunal de la Casa de Contratación que el principal y 
más autorizado sitio de él se ocupase por otros Ministros que por 
los superiores, pues hay que advertir que el Tribunal inferior de 
exámenes ocupaba los mismos asientos en idéntico lugar que el 
Presidente y jueces de la Casa tenían para despachar. De esto se dio 



(1) Véanse para más detalles las obras del Sr. Gastoso, Guia histórica 
descriptiva del Alcázar de Sevilla^ y especialmente Sevilla Monumental 
y Artística, T. I. Sevilla, 1892. 

(2) Cédula, Madrid 24 Mayo 1622. L. 3, t. 19, Hb. 3. 

(3) Veitia, ob. cit., pág. 144, 



— 279 — 

cuenta al Consejo de Indias después de muchos días de controversia, 
quien haciendo la observación que no se hacía por las personas tan 
estimables, sino por el local, ordenó que en adelante se hicieran los 
exámenes de Pilotos y Maestres en la misma Casa, si bien dentro de 
la Sala del Tribunal del Consulado. 

Los cargos. — Los cargos que en la vida de este Centro científico 
inñuyeron más, fueron los de Piloto Mayor de la Casa de Contrata- 
ción y los de Cosmógrafos. 

El Piloto Mayor, cuyo origen nos es ya conocido, fué el famoso 
navegante á quien debe su nombre, junto con la decisiva partici- 
pación del geógrafo alemán WaldseemüUer, el Nuevo Mundo. Amé- 
rico Vespucio recibió este cargo (Burgos, 22 de Marzo de 1507), y 
con él la facultad de examinar pilotos, con 50.000 maravedises de 
salario. 

¿Cómo se provee este cargo? Cuando queda vacante se da cuen- 
ta á S. M. el Rey en su Consejo Supremo de Indias, y en cumpli- 
miento de las Ordenanzas se ponen edictos en Sevilla y se envían á 
las Universidades de Salamanca, Valladolid y Alcalá de Henares, 
y en las partes donde se tienen noticias que viven Pilotos que na- 
vegan, á saber: Cádiz, Sanlúcar de Barrameda, Puerto de Santa 
María y Ayamonte; fórmase tribunal y se verifica la oposición con- 
forme á las reglas taxativas que indican las Ordenanzas. 

Los Cosmógrafos catedráticos de la Casa y que contribuyen 
también en los exámenes de Pilotos y Maestres eran dos por lo ge- 
neral, el catedrático de Cosmografía y arte de marear y el cate- 
drático fabricador de instrumentos. El primer cargo se provee en 
la misma forma que el de Piloto Mayor, pero para el segundo, 
«como su habilidad no es de las que se aprenden en Universidades, 
se envían edictos á la Corte, que se fijan en el Consejo y se ponen 
en la Casa de Contratación, y la oposición se hace aquí». 

La oposición de Piloto Mayor requería más garantías y formali- 
dades que la de los Cosmógrafos, porque es preeminente en grado y 
lo debe ser en sabiduría, como expresa el ya citado Veitia (1), y se 
ha de procurar que quien hubiera de ocupar esta plaza sea de la 
más aventajada sabiduría que pudiera hallarse, no sólo en el Arte 



(I) Veitia, ob. cit., pág. 139. 



— 280 — 

de Navegación, sino en las otras matemáticas, pues no sólo ha de 
ser examinador de todos los Pilotos de carrera de Indias, sino Cen- 
sor del catedrático de Cosmografía y del fabricador de instrumen- 
tos, pues éstos los debe reconocer y censurar, así como examinar á 
los marineros que hubieran oído la dicha clase para graduarse de 
pilotos (L. de 1598). 

La misión del Piloto Mayor es sobre todo examinar y dar grado 
á los pilotos, aparte de la que tiene en unión de los cosmógrafos 
que más adelante veremos. 

El Piloto Mayor no puede desempeñar sin imposición de pena, 
el oficio de ambos cosmógrafos; el del lector «para evitar la par- 
cialidad en pro de sus discípulos por la afección que á ellos pro- 
fese (1), y el del fabricador «porque habiendo de ser censor de los 
que se hubieren de usar en la Casa, mal vería las faltas de los que 
él hiciera por ser cosa clara que no ha de decir mal de su obra el 
Maestro de ella» (2). 

Hubo una excepción, sin embargo, de la regla en Rodrigo Za- 
morano. 

El Piloto Mayor, aparte de su misión de examinador y censor 
de los cosmógrafos, junto con los cosmógrafos han de aprobar y 
marcar las cartas de marear, teniendo marcas para ello, así como 
los demás instrumentos; las marcas estarán en la Casa en un arca 
con dos llaves, teniendo una el Piloto Mayor y otra el Cosmógrafo 
más moderno, para que no se puedan vender ni usar sin ser apro- 
badas por los tres. 

Para ello se juntarán los lunes y no se podrán vender intrumen- 
tos sin marca bajo pena de treinta ducados (3). 

Por Cédula posterior (Madrid, 21 Octubre 1564) (4), ordenábase 
que si fuera necesario asistir otros días de la semana además de 
los lunes, señalasen el Presidente y los jueces los que les pareciese, 
y que Sancho Gutiérrez, que á la sazón parecía ser el Cosmógrafo, 
asistiese con la piedra imán para cebar las agujas, y aunque en la 



(1) Orel, com., n. 130, f. 46, L. 4., tit. 19, lib. 3. 

(2) Ord. com., n. 131, f. 48, L. 4, tit. 19, lib. 1. 

(3) Ord. com., n. 141, L. 'M, 31, tit. 19, lib. 3. 

(4) L. 4, pág. 184. 



— 281 — 

Ordenanza consta que este acto de sellar y marcar los instrumen- 
tos se encaminaba á los que fabricasen otras personas, fuera del 
Cosmógrafo de la Casa, ordenóse que para estas aprobaciones con- 
curriesen dos pilotos prácticos nombrados por el Presidente y jue- 
ces, y que cuando se censurase instrumento hecho por el Cosmó- 
grafo de la Casa, su autor no tuviera voto. 

En el caso que el astrolabio no estuviese bien y fuera defectuoso 
débese de romper y volver á fundir, y si la carta tuviera error, en 
vez de sufrir enmienda si no la tiene, se corte y quede en la Sala 
del Tesoro para que no se pueda usar, y en lo tocante teniendo 
algún daño y la rosa de la aguja algún error, se corten ó se enmien- 
den si con ello quedan bien. 

En estos días de junta empiecen ante todo por examinar (1), y 
luego si les queda tiempo tras de marcar los instrumentos vean el 
padrón general para añadir lo necesario. Claro es que esto último 
terminó cuando se imprimió como Carta oficial de la Casa la de 
Sebastián de Questa (2). 

Aparte del sueldo, los Cosmógrafos obtenían una moderada ga- 
nancia con las cartas é instrumentos que vendían y de los que te- 
nían monopolio, advirtiendo que por cebar agujas con la piedra 
imán de la Casa no debían cobrar derechos algunos. 

Estas rectificaciones en el Padrón general de la Casa, (^ue se refle- 
jaban en las cartas de marear que se vendían en su nombre, proce- 
dían de esta obligación fijada por las leyes á maestres y pilotos. Han 
de hacer diarios de navegación y de todo lo que les sucediere y su- 
pieren; entregándolo á la vuelta al Catedrático de Cosmografía, lo 
cual se entiende en el caso que tengan alguna novedad que adver- 
tir. El piloto en cualquier puerto á donde aportare ó tome tierra, 
vea la altura del Sol y nótela ante el escribano del navio, y la razón 
de los bajos é islas que descubriere, y traiga estas notas para entre- 
garlo en la Casa de Contratación (3). 

Acerca de este monopolio de fabricación de los cosmógrafos de 
la Casa así como también la imprecisión en el número de cargos y 



(1) Ord. com., n. 142, 1. 2, 33, 19, 1. 7. 

(2) Lib. de 1657, fol. 117. 

(3) Cédula 27, 14 de Marzo de 1575. 



— 282 — 

funciones, es conveniente fijar la atención en algunos documentos 
del Archivo de Indias. 

En un expediente sobre el nombramiento de Cosmógrafo á fa- 
vor de Jerónimo Martín en 1592 (1), éste dice que él ha hecho 
nueve viajes á las Indias, pero ahora ya no puede, por lo que se de- 
dica á fabricar cartas é instrumentos en Sevilla; pero el Cosmógrafo 
de la Casa quiere hacer estanco de ello, por lo que pide se le nom- 
bre también Cosmógrafo, pues conforme á las ordenanzas de la Casa 
debe haber más Cosmógrafos, como fueron Chaves, Sancho Gutié- 
rrez, Diego Gutiérrez y Luis Gutiérrez, todos juntos y en un tiempo 
con títulos y salarios de Su Alteza, y al presente no hay más de uno, 
el cual por ser uno sólo y no hace más que cartas, y no tantas como 
son menester, por lo que se proveen los pilotos de ellas y de los de- 
más instrumentos en Lisboa y navegan con ellos, lo cual resulta 
mucho daño para Su Alteza, que no ocurriría si hubiera las perso- 
nas que se requieren para hacer los dichos instrumentos en Sevilla. 

A estas afirmaciones: 1.**, que sólo había un Cosmógrafo cuando 
debía de haber más; 2.^, que no fabricaba los instrumentos que ha- 
cían falta, y 3.^, que de aquí procedía el daño de adquirirlos los 
pilotos en Lisboa con perjuicio de los intereses del Estado, contestan 
los oficiales de la Casa, que ha solido haber además del Piloto Ma- 
yor y el Catedrático, dos Cosmógrafos á un tiempo, como lo fueron 
los hermanos Gutiérrez, que hacían instrumentos para los pilotos y 
asistían á los exámenes y Juntas referentes á la navegación; Sancho 
Gutiérrez con 10.000 maravedises de salario y Diego con 6.000 en la 
Hacienda de V. M. y muertos estos dos vino en 1584 D. Domingo de 
Villarroel, con título de Cosmógrafo, en lugar de Sancho con los 
10.000 maravedises en la Real Hacienda, más 70.000 en penas de Cá- 
mara, y después acá no ha habido ni hay al presente otro Cosmó- 
grafo, aunque sería de importancia que lo hubiera y que este arte 
tan necesario fuese favorecido y se animen algunos á estudiarle 

Se pide, pues, el nombramiento de Cosmógrafo de la Casa á favor 
de Martín para que haga los instrumentos de navegación y asista á 



(1) Simancas. Keal Armada. Gobierno. Paineles pertenecientes á buen 
grobierno de Jas Armadas y servicios de algunos empleados de ella, 1567- 
JG09-2-5-V,e. 



— 283 — 

los exámenes de los pilotos y maestres con voto, como los demás 
cosmógrafos lo han tenido, y que le den los 10.000 maravedís de sa- 
lario y con ellos y los aprovechamientos que tendrá de hacer los 
instrumentos se podrá sustentar (1). 

Las clases y sus enseñanzas.— 'Nos referimos sobre todo á la de 
Cosmografía y arte de marear. Pero ésta no es la única; se sabe po- 
sitivamente que en algunas épocas la Casa tuvo clase de Hidrogra- 
fía, de Matemáticas, de Artillería. 

El autor de Silva de varia lección, Pedro de Mexía, desempeñó 
la cátedra de Hidrografía, como Andrés de Espinosa, á partir 
de 1576, la de Matemáticas y Artillería. 

Ahora bien, ¿estas cátedras eran de libre creación ó de fundación 
oficial? 

En este punto fáltannos datos categóricos, por lo cual nuestra 
atención se ha de fijar sobre todo en la de Cosmografía y arte de 
marear; fué esa la enseñanza oficial de la Casa. 

Anteriormente se ha dado noticia de los cosmógrafos catedráti- 
cos y del local que tenían reservado para su uso. La forma de dar 
estas enseñanzas era la lectura en primer lugar, y la práctica en 
segundo, sobre los instrumentos que habían de ser utilizados por los 
futuros pilotos. 

Se había de leer cada día una lección ó más, á la hora ú horas 
que el Presidente y jueces señalaren, que sean más convenientes 
para los que han de oir esta facultad. 



(1) De la riqueza documental del Archivo de Indias en este punto po- 
dríamos decir mucho; he aquí algunas notas de lo más interesante en la 
materia: 

Sobre los cosmógrafos que hay en la Casa de Contratación, Pto. 2-5-Vj6"^- 8- 

Sobre pilotos y sus falsedades, 153-1-8. 

Errores del oficio de Cosmógrafo, Pto. 2 5-Vii v. 16. 

Cosmógrafos, B.^ T. I f. 193-T. 3, pág. 77. 

Titules y nombramientos, 32-3-Vi?4 ^/ss- 

Memoria de los pilotos de la Casa de Contratación, Pto.2-5-V)5n.L. v.5. 

Carta de navegar de los pilotos de la Casa, 109-1-7. 

Y gran número de documentos sobre pilotos y cosmógrafos de la Casa: 

Juan de la Cosa. 

Americo Vespuccio. 

Diego Ribeiro. 

Alonso de Santa Cruz, etc., etc. 



— 284 — 

¿Y quiénes eran los alumnos? 

Los que han de ser examinados de pilotos y maestres, para evi- 
tar los inconvenientes que este desconocimiento había de acarrear- 
les en su oficio, y por lo cual no se les admitía á examen sin haber 
justificado esa asistencia y haber demostrado dichos conocimientos. 

¿A qué se referían estas enseñanzas? En la Real cédula de Mon- 
zón, citada ya, se expresan (1): 

1) Lectura del Tratado de la esfera, ó á lo menos los dos pri- 
meros libros de ella. 

2) Lectura del Regimiento de la navegación para saber la al- 
tura del Sol y del Polo. 

3) Lectura de la Carta para echar el punto y saber el lugar 
donde se halla la nave. 

4) Lectura del uso y fábrica de los instrumentos para navegar. 

5) Lectura de cómo se han de marcar las agujas y determinar sus 
variaciones, para que sepan en cualquier lugar que estuvieren si nor- 
destean ó noroestean, que es una de las cosas que más importa saber 
por las ecuaciones y resguardos que han de dar cuando navegan. 

6) Lectura del uso de un reloj general diurno y nocturno, y 

7) Lectura, que sepan de memoria y por escrito los días de 
luna del año y los días de marea, para asegurar las recaladas á las 
costas, las entradas y salidas de los puertos. 

He aquí, pues, lo que podríamos llamar cuadro oficial de ense- 
ñanzas sobre las que vamos á hacer algunas observaciones. 

Con respecto al Tratado de la Esfera, advirtamos el gran valor 
que tenían en esta época dichos conocimientos, donde la verdad 
aparece ahogada con falsas reglas empíricas ó trascendentales 
errores sobre el orden del Universo y del Planeta. 

Y eso que estamos ya en el gran período, en la Historia de la 
Ciencia moderna, de las rectificaciones, y el ídolo do Tolomeo lo 
iban derribando la observación y la experiencia de las generaciones 
del Renacimiento. 

Los primeros tratadistas conocidos en esta generación de geó- 
grafos del Renacimiento son Martín Fernández de Enciso, Fran- 
cisco Palero y Pedro de Medina. El primero publica su obra 



(1) Cédula de 4 de Diciembre de 1552. Ordenanza 218. 



— 285 — 

en 1519 (1); es, por lo tanto, el que tiene la primacía en estas pu- 
blicaciones. Fernández de Enciso es figura interesantísima, no sólo 
como cosmógrafo, sino como descubridor; su nombre va unido á 
los primeros descubrimientos y colonizaciones en el Nuevo Mundo; 
las visicitudes de su enemistad con Vasco Núñez de Balboa hacen 
que su figura ocupe uno de los primeros lugares en los anteceden- 
tes próximos al descubrimiento del mar Pacífico. La obra de Falero 
se publica en 1535 (2) y la de Pedro de Medina en 1561 (3). 

Dentro del gran número de publicaciones de esta índole pode- 
mos señalar tres principales, cuyo valor para nosotros tiene que ser 
mayor puesto que sirvieron de texto en nuestro Centro de Estudios, 
y alguna como la de Martín Cortés estuvo mucho tiempo en boga y 
de texto asimismo en Gran Bretaña. 

Nos referimos á los Tratados de la esfera de Pedro Apiano (4), 
de Sacrobusto, traducido por Jerónimo de Chaves (5) y de Martín 
Cortés (6). 



(1) Suma de Geografía 7¡ trata de todas las partidas z provincias del 
Mundo : en especial de las Indias : z trata lárgamete del arte del ma- 
rear : júntamete con la esphera en romáce : con el regimiéto del Sol z del 
Norte : nueuamente hecha. Sevilla, 1519. 

(2) Tratado de la Esphera y del arte del marear con el regimiéto de 
las alturas : co algüas reglas nueuaméte escritas muy necesarias. Sevi- 
lla, 1535 

(3) Suma de Cosmographia. Contiene muchas demostraciones reglas y 
auisos de astrologia física y nauegacion. Facíalo el Maestro Pedro de Me 
dina el que compuso el arte de nauegar. Año de 1561. 

(4) Libro de la Cosmographia de Pedro Apiano, el qual trata la des 
cripcion del mundo y sus partes, por muy claro y lindo artificio, aumen- 
tado por el doctísimo varen Gemma Frísio, doctor en Medicina y mate' 
mático excelentísimo con otros dos libros del mismo Gemma de la materia 
jnísma. Agora nueuamente traducido en romance castellano. Ambe- 
res. 1548. 

(5) Tratado de la sphera que compuso el doctor Joannes de Sacro- 
busto con muchas addítíones. Agora nueuamente traducido del latin en 
lengua Castellana por el Bachiller Hieronymo de Chaves; el qual añidió 
muchas figuras, tablas y claras d'monstracíones, juntamente con unos bre- 
ues Scholios necessarios a mayor illucidatíon ornato y perfectio di di- 
cho tractado. Sevilla, 1545. 

(6) Brébe compendio de la sphera y de la arte de navegar con nueuos 
instrumentos y reglas, esemplíflcado con muy subtíles demonstraciones. 
Compuesto por Martin Cortes natural de Bujaraloz, en el Reino de Ara. 
gon y de presente vecino de la ciudad de Cádiz. Sevilla, 1551. 



— 286 — 

Veamos el contenido de estas obras y, por lo tanto, lo que era 
enseñado en las lecturas de la Casa de Contratación. 

El texto de la obra de Apiano se refiere, en primer lugar, á la 
Cosmografía, que divide en cuatro partes. En primer lugar, la esfe- 
ra, con los círculos, los climas, los planetas y los problemas á 

ellos referentes; después viene la descripción general de la Tierra. 
Estas dos primeras partes eran, como hemos visto en la Real Cédu- 
la, las que se leían después con intercalaciones de Apiano; colabo- 
ran en la obra, asimismo, Gemma Fissio, López de Gomara y Jeró- 
nimo Giraba. 

El texto de la obra de Sacrobusto, muy ampliada, comentada y 
explicada por el cosmógrafo de la Casa, Jerónimo de Chaves, tiene 
también cuatro partes, que son cuatro libros: el primero trata de 
la forma del mundo; el segundo, de los diez círculos de la esfera; 
el tercero, de la diversidad de climas y días; el cuarto, de los movi- 
mientos de los planetas y eclipses. 

Estas obras van muy acompañadas de buen número de grabados. 

El texto de la obra de Cortés tiene tres partes, á su vez dividi- 
das en capítulos (20-20-40): 1.^, el mundo en general, la esfera y su 
división, número, orden y propiedades de los cielos, redondez de 
la Tierra, círculos y zonas, latitudes y longitudes, ámbito de la 
Tierra y sus climas y definiciones de términos cosmográficos; 
2.'\ movimientos del Sol y de la Luna y sus efectos, curso del Sol 
en el Zodíaco, signos, conjunciones y oposiciones, declinación del 
Sol, eclipses, el año y el mes, construcción de relojes solares é ins- 
trumentos horarios, mareas y algunos meteoros; y 3.-'^, uso de ins- 
trumentos náuticos, vientos, composición de la carta de marear, el 
imán y variación de la aguja, uso del astrolabio, altura del polo, 
la ballestilla y un instrumento especial para contar las horas. 

Ya dijimos lo preceptuado en la Real disposición que obligaba á 
leer los dos primeros libros del tratado; más adelante, en épocas de 
franca decadencia de los estudios geográficos, aún es mucho mayor 
la lenidad, y estos conocimientos, capitales en todo navegante, son 
casi por completo olvidados. 

El Regimiento de navegación está muy relacionado con el Tra- 
tado de la esfera, de tal modo, que así como ésta podía constituir 
la parte teórica de la enseñanza, aquélla puede constituir la parte 



— 287 — 

práctica, y esta relación se evidencia más todavía si se observa 
que en muchos tratados de la esfera éstos van acompañados del re- 
gimiento de naveg-ación, como ocurre en la obra de Martín Cortés, 
ya citada. 

De estos regimientos de navegación puros, sin mezcla de nocio- 
nes especulativas, sobre Cosmografía, citamos dos, aunque el último 
tiene en alguna de sus partes conocimientos pertenecientes al trata- 
do de la esfera: el de Andrés García de Céspedes (1) y el de Rodri- 
go Zamorano (2); los dos fueron cosmógrafos sobresalientes de la 
Casa; en el segundo se dio la excepción de reunir también el cargo 
de Piloto Mayor, acumulación expresamente prohibida por las Or- 
denanzas. La obra del primero es escogida principalmente para 
servir de texto á los pilotos y encargada por S. M. el Rey, y en su 
nombre por su Consejo de Indias, como antecede al texto. 

El texto de la obra de Céspedes contiene en sus cincuenta y tres 
capítulos un tratado completo de Astronomía práctica y de nave- 
gación, con el uso de los instrumentos, la explicación de algunos 
nuevos y el juicio de los diversos métodos seguidos en las determi- 
naciones astronómicas. 

El texto de la obra de Zamorano contiene dos partes: en la pri- 
mera (20 capítulos) se comprende la definición de la Cosmografía y 
de la esfera, la figura de los cielos y del mundo y la explicación de 
los círculos y de los vientos; la segunda parte ((30 capítulos) trata 
de la composición y uso del astrolabio, de la altura del Sol, de las 
sombras, de la declinación y sus tablas, de la ballestilla, de los 
arrumbamientos de la brújula, del modo de fijar el punto en el mar 
ó en la carta, de las leguas que comprenden los grados terrestres de 
la carta de marear, de los relojes y de la variación de la aguja, todo 
ello con mucho método y notoria claridad. 



(1) fíegimiento de navegación q mandó hazer el Eei Nuestro Señor 
por orden de su Consejo Real de las Indias a Andrés García de Céspedes, 
su Cosmog-rapho maior, sieudo Presidente en dicho Conseio el Conde de 
Lemos. Madrid, 1606. 

(2) Compendio déla arte de navegar^ de Rodrig'o Zamorano, astrólogo 
y matemático y cosmógrafo de la majestad católica de Felipe segundo, 
Rey de España, y su catedrático de Cosmografía en su Casa de Contrata- 
ción de la ciudad de Sevilla. Sevilla, 1582. 



— 288 — 

Las lecturas restantes de esta cátedra, que versan sobre conoci- 
mientos de uso y construcción de instrumentos náuticos, cartas y 
tablas, son consecuencias procedentes de la misión propia al otro 
cosmógrafo de la Casa. 

Los instrumentos náuticos. — Ocupan un preferente lugar las car- 
tas. Mucho se podría decir aquí de la Cartografía de la Casa de 
Contratación, de las cartas planas y cartas esféricas originales de 
Alonso de Santa Cruz y de los sistemas de proyección inventados y 
probados por los cosmógrafos de la Casa; pero tan interesante tema 
nos alejaría del nuestro, debiendo aquí sólo de pasada decir algo 
de ello. 

El Padrón general de la Casa, mandado hacer por orden de 
S. M. el Rey, las dos épocas características de la Cartografía del 
Centro, son aspectos esenciales del citado tema; la primera época 
distingüese por la libre inventiva del cartógrafo y la consiguiente 
aprobación por los cosmógrafos oficiales, y la segunda por la carta 
oficial de Sebastián de Rueda. 

Es lamentable, y todo aficionado á la Geografía, como todo pa- 
triota, debe sentir la pérdida de este tesoro cartográfico; las escasas 
cartas que de esta época han llegado á nosotros, y que por cierto 
están en el extranjero, apenas pueden dar idea de lo perdido; con- 
tinuados despojos y siniestros produjeron esta obra, y las actuales 
cartas del Archivo de Indias, siendo muy interesantes, son de épo- 
ca bien posterior, sobre todo del siglo xviii (1). 

Aparte de la fabricación de cartas y sus rectificaciones, los ins- 
trumentos náuticos que el catedrático fabricador construía y luego 
el otro catedrático explicaba, eran agujas de marear, astrolabios, 
cuadrantes, ballestillas y relojes. 

Las agujas eran de decisivo valor para la orientación geográfi- 
ca de los marinos; gracias á su perfeccionamiento pudieron aban- 
donar la navegación costera y arriesgarse en alta mar; ya hemos 
dicho la misión oficial de la Casa en cebar, ó sea imantar con la 
piedra imán de la Casa las agujas, inspeccionar y marcar las que 



(i) En un estudio sobre Alonso de Santa Cruz {Boletín del Instituto 
de Ei<tudios Americanistas , Sevilla, 1913) di cuenta de las cartas de esta 
época que se conservan. 



— 289 — 

debían ser utilizadas. Esta labor ocupaba mucha actividad á los 
cosmógrafos de la Casa, así como ésta preocupóse mucho en el pro- 
blema de la variación magnética de dichas agujas, de la desvia- 
ción, bien nordesteando, bien noruesteando, y, finalmente, como 
en España, y en ésta época, lanzóse la primera explicación de este 
problema geográfico, diferenciando los dos polos, el magnético y el 
geográfico. 

El astrolabio, símbolo durante tanto tiempo de los conocimientos 
cosmográficos, y que acompañaba en las representaciones gráficas 
y en la imaginación del vulgo á todo astrónomo y astrólogo, como á 
todo practicante de las ciencias ocultas, es asimismo un instrumento 
preciso para los navegantes de la época en la determinación de lon- 
gitudes y latitudes de los astros, en el cálculo de las horas é inclu- 
sive en sus aplicaciones á operaciones topográficas y geodésicas. 

En sus diversas clases de astrolabio armilar, marino ó redondo, era 
construido por los catedráticos de la Casa, enseñado su uso y cons- 
trucción y previamente marcados en uso por los pilotos de las Indias. 
El astrolabio con todos sus defectos que lo han hecho arrinconar 
y perder el alto papel que en la historia de la Geografía ha jugado,, 
y convertirse hoy día en una curiosidad histórica de los Museos de 
Náutica, era extraordinariamente perfecto en comparación del em- 
pírico instrumento, con el nombre de ballestilla conocido, favorito 
por su fácil conocimiento y manejos de aquellos navegantes. 

Fué utilizada en sus primeros tiempos para averiguar la altura 
del Polo, y por consiguiente la latitud, es decir, las observaciones 
nocturnas de la Osa Menor, sobre todo de la estrella Polar; más 
tarde se aplicó supletoriamente al astrolabio, y cuando el estado de 
la atmósfera no permitía su uso para las observaciones del Sol, la 
rutina le dio un lugar preferente é hizo conservar su uso largo 
tiempo, durante todo el siglo xviii. 

Los cuadrantes ó relojes solares, así como los relojes diurnos y 
nocturnos de toda especie eran empleados, á más de para conocer 
la hora, para las determinaciones de latitudes y de los puntos equi- 
nocciales y solsticiales: como ballestillas, astrolabios, agujas y car- 
tas de marear, también salían de la fábrica de la Casa de Contra- 
tación sujetos como los demás instrumentos á la observación y com- 
probación de pilotos y cosmógrafos. 

19 



— 290 — 

Los exámenes. — Las anteriores enseñanzas eran conducentes al 
examen de maestres y pilotos, minuciosamente regulado en las Or- 
denanzas por sucesivas Eeales Cédulas reunidas luego en el cuerpo 
legal de la Recopilación de las Leyes de Indias. 

Tuvieron especial cuidado en este punto nuestros Monarcas guia- 
dos por un doble objeto, á saber: por el deseo de que fuesen más 
provechosas las expediciones de los navegantes españoles poniéndo- 
los en condiciones de emplear sus conocimientos cosmográficos 
cuando fuera menester, y por evitar los demasiado frecuentes si- 
niestros marítimos, que si á veces procedían de circunstancias for- 
tuitas ó de las imperfectas condiciones en que se hacían las navega- 
ciones de altura, otras veces eran hijas de la imprevisión é igno- 
rancia de los mismos marinos, que de este modo enterraban tantas 
vidas humanas y tantos tesoros en el fondo del Océano. 

Determinemos, pues, la forma en que estos exámenes se verifi- 
caban. 

Es de advertir el gran número de expedientes que en el Archivo 
de Indias se conservan respecto á exámenes, las dudas que suscita- 
ran algunos casos prácticos de ellos y sobre todo la parte más inte- 
resante, ó sea las informaciones, verdaderas hojas de servicios pre- 
sentadas por todo el que deseaba ser recibido á examen (1). 

En sus primeros tiempos se verificaban estos exámenes de pilo- 
tos y maestres de naves con toda solemnidad en la misma Sala de 
gobierno de la Casa, sentándose bajo dosel presidiendo un juez ofi- 
cial de la Casa, que sentaba á su lado al Piloto Mayor y á los dos 
Cosmógrafos (Cédula de 25 de Setiembre de 1604); ya hablamos de 
la representación del Fiscal Avello de Valdés, que le parecía inde- 
corosa tal irreverencia, y del traslado del Tribunal á otra Sala (la 
del Tribunal del Consulado). La presidencia bajo dosel la ocupa el 
Piloto Mayor de la Casa, y á su lado los dos Cosmógrafos por orden 
de antigüedad (2); los diputados de mareantes y los pilotos ocupan 



(1) Examen de Pilotos, 139-1-7, T. 12, folio 185. 

P'o 2-5, 2/15, n. 2, v. 3. 

146-1-11, T. 24, f. 170. 

139-1-5-6 7, y Belmonte, T. 1, f. 200. 

143-3-12. 

(2) Ord. com., n. 133, 134, L. 17, 18, T. 1, 19, f. 3. 



— 291 — 

los bancos colaterales que están en las gradas de este Tribunal, y 
respecto á los últimos, su llamarniento lo hace el Piloto Mayor entre 
los que se hallasen en Sevilla, no debiendo ser menos de seis y sa- 
bios en el mar, siendo obligatoria su presencia, jurando antes de 
comenzar el examen con todo rigor, que intervendrán en el examen 
y darán sus votos fielmente (1). 

El que desea ser admitido á examen y recibir el grado de Piloto 
ó Maestre tiene que cumplir á su vez ciertos trámites. 

Hacía constar que había oido la cátedra de Cosmografía por cer- 
tificación del catedrático y que sabía las reglas y arte de navegar 
y el uso de los instrumentos del piloto, de lo que le examinaba el ca- 
tedrático fabricador; con gran cuidado los cosmógrafos de la Casa 
en el trascurso del examen iban ejerciendo el controle; p«r ejemplo, 
debían avisar á los jueces oficiales de la Casa cuando los exámenes 
no se hacían como debieran para que éstos provean al remedio (2). 
Acerca de cuál cosmógrafo de los dos se debería encargar de esta 
espinosa misión, opina Veitia que el catedrático de Cosmografía por 
ser maestro de los examinandos (3). 

Pero además, antes de dar principio al examen se leía en pre- 
sencia de los examinadores la información, cuyo valor documental 
hemos encarecido, y en donde encontramos un arsenal de noticias 
sobre los maestres y pilotos que hacían el viaje á las Indias. 

¿Cómo se hacía la información"? 

Por el Escribano de Cámara de la Real Casa de Contratación, 
el cual leía luego su trabajo ante el Piloto Mayor, Mayordomo y Di- 
putados de la Casa. 

¿Sobre qué versaba? 

Sobre la edad. Tiene que constar que pasa de los veinticuatro 
años. Sobre su moralidad que es de buenas costumbres, que no es 
de las prohibidas, es decir, de los que por Real cédula no podían 
pasar á las Indias; esto es, los que no fueran cristianos viejos. (Cé- 
dula de 11 de Noviembre de 1567.) 

Y sobre su pericia. Ha navegado por espacio de seis años, que 



(1) Ord. com., n. 118, f. 46, L. 1, n. f-173. 

(2) Ord. com., n. 137, L. 20, f. 19, L. 3, L. 26 de dicho folio. 

(3) Veitia, ob. cit., pág. 174 



— 292 — 

se deben contar por año y no por viajes (Cédula de 24 de Diciem- 
bre de 1647), que esta navegación la ha hecho á las Indias, que es 
hombre diferente y ¡cláusula curiosa! que el testigo que depone le 
encomendaría su navio si de él necesitase. Y por último, al revés 
de los anteriores, se debe de probar con cuatro testigos, dos por lo 
menos pilotos que hayan navegado con él. 

Después de la información y del previo juramento, al que nos 
hemos ya referido, da principio al examen. 

En el examen el Piloto Mayor y los cosmógrafos le hacían todos 
las preguntas que deseaban hacer, á diferencia de los pilotos agre- 
gados, que sólo podían hacer tres. Estas preguntas versaban sobre la 
carta de marear y toma de punto, altura del sol, altura del Norte, 
uso de los instrumentos náuticos á los cuales nos hemos ya referido. 
Después del examen en sus dos grados, diversos en intensidad, 
se procedía á la votación, usando para ello de un curioso sistema, 
también preceptuado en las Ordenanzas, de donde pasó á la Reco- 
pilación de Leyes de Indias. Los examinadores habían de votar por 
haba y altramuz (l&s habas significan la aprobación, los altramu- 
ces la reprobación); en el recuento ó escrutinio el que tuviese más 
habas salía aprobado y el que reunía más altramuces reprobado, y 
el caso de empate, ó sea reuniendo tantas habas como altramuces, 
se consideraba también como reprobación (1). 

Y este sistema se seguía para que al votar hubiera más libertad 
y secreto y se hiciese más presto y mejor. 

El que saliese reprobado no podía por segunda vez ser admitido 
á examen sin que hubiera hecho primero otro viaje á las Indias, in- 
curriendo en pena de treinta ducados el que sabiéndolo se hallase 
presente, así como el que saliese aprobado no podía ser examinador 
hasta haber hecho otro viaje á las Indias también. 

Tal es en definitiva el proceso de los exámenes de pilotos y 
maestres, para los cuales estaban creadas las enseñanzas antes di- 
chas, y de tal modo era restrictiva la legislación en este punto, que 
para la Carrera de Indias no se consideraba Piloto al que no hubie- 
ra recibido el grado del Piloto Mayor y en la forma antedicha, 
aunque se hubiera examinado en otra parte. 



(1) Ord. com. 138, 139, L. 1, tít. XXXVIV, lib. III. 



— 293 — 

3) Sus vicisitudes históricas. 

El que hemos denominado Instituto Geográfico de la Casa de Con- 
tratación de Sevilla tiene su período de esplendor en el siglo xvi, 
su período de decadencia en el siglo xvii y deja de existir en el si- 
glo XVIII, cuando con el advenimiento de los Borbones, se trasfor- 
ma radicalmente la organización délos centros coloniales, perdien- 
do el monopolio Sevilla, llevándose á Cádiz el Tribunal del Consu- 
lado, y tantas otras reformas capitales que son sobrado conocidas, 
materia de la Historia general del Comercio y la particular de Es- 
paña. 

Ya hemos podido observar en las anteriores páginas esta de- 
cadencia á medida que avanzamos en el trascurso del siglo xvi 
y XVII. 

Si es con respecto á los exámenes, la categoría y prestigio va 
disminuyendo, bien en el local, bien en la composición del Tribu- 
nal; por otra parte, los trámites y requisitos se reducen en rigor. 

En efecto, tuvimos ocasión de examinar la obligación de los fu- 
turos pilotos y maestres de asistir á la clase de Cosmografía, así 
como previamente al ser examinados debían de probar, no sólo la 
asistencia, sino los conocimientos adquiridos. 

Con respecto al primer punto, sucesivas disposiciones van reba- 
jando esta obligación; faé preciso en los tiempos primeros haber 
oído un año ó la mayor parte de él la referida lectura; esta obli- 
gación se limitó más tarde á tres meses (Cédula de 3 de Junio de 
1555), luego á dos meses (Cédula de 6 de Octubre de 1567), y final- 
mente, por Carta del Consejo de 1568 se permitió incluir en estos 
dos meses las fiestas. 

Con respecto al segundo punto, sólo se exigió más tarde que su- 
piesen leer el Regimiento de navegación y firmar sus nombres. 

Claro es que algunos se rebelaron contra esta decadencia, y así 
el Piloto Mayor Ruesta, en un impreso Discurso de las partes del 
buen marinero, se refería á ciertos conocimientos especulativos que 
precisaba exigir al que deseaba ser piloto. Pero ¿cómo se compagi- 
naba esto con las disposiciones legales que sólo le exigían saber 
firmar? 



— 294 



IV.— Valor y resultados teóricos y prácticos de este Instituto. 

El valor del Centro que hemos historiado es grande si adverti- 
mos que coincide con una época de renovación en la Historia de la 
Ciencia geográfica. 

En las Universidades y por los eruditos estudiábase ésta como 
todas las ciencias, sujetándose á las estrecheces y los prejuicios que 
procedían de someterse ciegamente al patrón de la Ciencia clásica 
creyendo á ojos cerrados lo que dijeran, si en Filosofía, Aristóteles; 
si en Ciencias exactas, Euclides; en Medicina, Hipócrates y Galeno, 
y en Geografía, Tolomeo. 

Reconozcamos en Geografía una importante diferencia de las 
otras ciencias. Tolomeo había estado semioculto durante la Edad 
Media al mundo cristiano; fué conocido á través de sus traductores 
y comentadores romanos y árabes; con la huida de los sabios grie- 
gos de Constantinopla, á raíz de la invasión turca y toma de la ca- 
pital del Imperio bizantino en 1453, se difunde el conocimiento y 
tras ello el amor por los estudios helénicos; fórmase una generación 
de eruditos que rebuscan en las bibliotecas de los monasterios, sobre 
todo hállanse preciosos manuscritos, y uno de los ídolos que se alzan 
en esta centuria, merced á este capricho de circunstancias y al en- 
cuentro de su Almagesto en griego, pronto traducido y difundido 
merced al reciente invento de la imprenta, es Tolomeo. 

Los eruditos y los universitarios de la época estudian y comen- 
tan copiosamente el Almagesto y las tablas de Agatomedón; su yugo 
no fuera impuesto en edades anteriores con el rigor del aristotélico ó 
hipocrático, pero la humanidad sabia tributa al ídolo recién llegado 
al mundo occidental un homenaje y acatamiento que hace some- 
terse á los sabios y tras ellos al vulgo, á lo que Tolomeo dijera y en 
su obra quedara consignado. 

Son curiosísimas las alternativas de este mundo sabio al obser- 
var á fines de la centuria, que en la lucha entablada entre la auto- 
ridad del Maestro y lo que fuera descubriendo la observación y ex- 
periencia de los hombres, llevaba aquélla la peor parte. 

Ante los descubrimientos se va poco á poco rectificando la obra 



— 295 — 

tolemaica, en ia concepción del Universo, en las dimensiones de la 
Tierra, en su contenido superficial, primero admitiendo el Almagesto 
estas rectificaciones, y finalmente abandonándose esta obra como 
incompatible con el concepto verdad de nuestro planeta y de la 
ciencia geográfica. 

En esta contienda científica, frente al mundo sabio con sus erro- 
res heredados y sus prejuicios, está el mundo de navegantes y des- 
cubridores, los herederos de aquellos confeccionadores en las centu- 
rias XIII y XIV de los portulanos en donde maravillosamente se jun- 
tan la acomodación de la realidad por la experiencia á la Geogra- 
fía y el poco conocimiento de los principios científicos. 

Pues bien, á estos últimos pertenece el Instituto Geográfico de 
la Casa de Contratación, destinado, merced á la continua observa- 
ción de sus hijos, primero á rectificar la obra de Tolomeó'y á arrin- 
conarla después. Marca su aparición, pues, un paso gigante en la 
Historia de la Ciencia, se ponen en duda ante la importación con 
la realidad los dogmáticos principios del Maestro; esta duda, santa 
duda cartesiana, que se había de difundir ampliamente por las es- 
feras de lo físico y de lo inmaterial, hija de la reñexión y nieta de 
la experiencia, aparece en la Ciencia geográfica antes que en las 
otras ciencias y su portavoz es el Centro sevillano que estudiamos. 

¡He aquí sa formidable valor! 

Grabemos con letras de oro esta frase de un hijo de la Casa, An- 
drés de San Martín, confrontando el resultado de sus observaciones 
con las tablas astronómicas de Eegio Montano, el tipo representa- 
tivo de la generación erudita tolemaica: 

*Y me mantengo en que, quod vidim^us loquimur, quod audivi- 
mus testamur, y que, toque á quien tocare, en el almanak están erra- 
dos los movim,ientos celestes.» 

Los resultados obtenidos por esta Institución geográfica perte- 
necen unos á la teoría y otros á la práctica. 

Se refieren los primeros á la resolución ó al simple planteamiento 
de los problemas más fundamentales en Geografía. 

Y son: conocimiento del magnetismo terrestre y planteamiento 
del problema de su explicación; diferenciación del polo geográfico 
y del polo magnético; localización del polo magnético; estudios en 
las variaciones de la aguja de marear; perfeccionamientos de estos 



— 296 — 

instrumentos; formación de cartas de magnetismo; la orientación 
geográfica en sus problemas de latitudes y longitudes; métodos em- 
pleados en la determinación de longitudes; investigaciones del más 
exacto; concursos para premiar al inventor de un sistema preciso; 
estudio de corrientes atmosféricas y marinas; el torrente del mar 
(Gulf-Stream), su determinación y examen geográfico; cartografía 
más amplia y precisa del planeta; padrón general de la Casa y car- 
tas de sus cosmógrafos; nuevos sistemas de proyección; cartas pla- 
nos y cartas esféricas; bibliografía geográfica de los países descu- 
biertos; diarios de pilotos y obras de cronistas de Indias; botánica 
y zoología colonial; finalmente, perfeccionamiento del arte naval 
conforme á las nuevas necesidades de las travesías por los Océanos. 

Y son los resultados prácticos: evitación, por las enseñanzas y 
exámenes de pilotos y maestres, de muchas catástrofes en viajes por 
mares desconocidos y costas peligrosas, formando un excelente cuer- 
po de navegantes; conocimiento de los grandes Océanos de la Tie- 
rra y descubrimiento de islas y continentes, pues la generación de 
descubridores y conquistadores pertenecía en su inmensa mayoría á 
la Casa y en Sevilla se redactaban las capitulaciones para ir á des- 
cubrir; aplicaciones prácticas de los conocimientos adquiridos en 
las cátedras de la Casa, rectificándose en ella, por el resultado ex- 
perimental aportado, el tesoro de su cultura geográfica, formando 
una sola unidad, de cuya evidente existencia quiero llevar la afir- 
mación al ánimo de los lectores. 

La Casa de Contratación y sus discípulos trabajan en una con- 
junción perfecta, y así por las mismas Ordenanzas se prescribía 
que después de cada viaje los pilotos entregasen su diario á los cos- 
mógrafos de la Casa y se procediese á la rectificación del Padrón 
general y de las cartas, y por otra parte estos resultados, incesante- 
mente rectificados y abiertos á toda rectificación, eran sucesivamen- 
te enseñados á los futuros maestres y pilotos que se prestaban á ha- 
cer el viaje de las Indias. 

¡Admirable cadena sin fin que altera los mezquinos moldes de 
la Ciencia geográfica antigua y la funda sobre sus bases inaltera- 
bles de la observación y de la experiencia!.... 



INSTRUCCIÓN GKNERAL 

ó 

PARECER SOBRE EL MODO DE HACER DESCUBRIMIENTOS 

EisT LAS insrr)iA.s (i) 

POR 

DON GERMÁN LATORRE 



Publicamos íntegro este curiosísimo documento, atribuido á 
Alonso de Santa Cruz, Cosmógrafo de S. M. el Emperador Car- 
los V (2). 

El lector podrá apreciar la experiencia del ilustre geógrafo, que 
no olvida recomendar la humanidad en el trato con los indígenas y 
la investigación científica en todos sus complejos aspectos. 



8B 

Ilüstrísimo Señor: 

Muy noble Señor: 

En los días pasados me dio vuestra Señoría parte de ciertos na- 
vios que determinaba S. mg. de mandar hacer en las provincias de 
la Nueva España y del Perú para que pasen en descubrimiento de 



(1) El manuscrito sólo tiene en su encabezamiento el nombre de Cés- 
pedes, entre cuyos papeles fué á encontrarse. 

(2) Archivo de Indias, Simancas. Islas. Descubrimientos descriptivos 
de poblaciones de varias islas en provincias de Indias. Años 1519-1607, 
1-1-1/18. 



- 298 — 

algunas jslas y tierra firrae de que al presente se tenía noticia en 
los mares occidentales de las dichas provincias y de otras que se 
podrían descubrir en los dichos mares, con las cuales tierras así 
descubiertas con los naturales de ellas se pudiese tener contratación 
por vía de rescates y dádivas y buenas obras que se les hiciese, 
todo lo cual me pareció muy bien, porque allende de se hacer gran 
servicio á Dios, á S. mg. se le tenería notable provecho, y en la 
verdad es mucho mejor que los tales descubrimientos se vengan á 
hacer por industria y expensas de S. mg. que por un particular por 
algunas razones: la primera, porque S. mg. puede mandar hacer 
los navios y prouisiones para ellos en aquellas partes á poca costa 
y por precios convenibles por tener en ellos sus Visorreyes y oficia- 
les que lo pueden muy bien hacer, lo cual no podrá hacer así un 
particular, por muy rico que fuese; la segunda, porque yendo una 
armada en nombre del rey y con sus oficiales, no se harían los ro- 
bos, desafueros y destrucciones en las gentes de las tales tierras 
que se descubran, lo que se hace yendo en nombre de personas 
particulares, porque los tales, por reintegrar de los gastos que han 
hecho, permiten hacerse cosas no bien hechas, procurándolas ha- 
cer justas y lícitas para su disculpa con color que dan para ello, lo 
cual no se haría yendo en nombre de su Alteza, porque los capita- 
nes y oficiales tenerían gran miramiento en no hacer cosa que no 
sirviese al servicio de Dios y de su rey y al bien y provecho de los 
naturales de las tales tierras que se descubriesen; la tercera, por- 
que si esta armada se hace por particulares personas de necesidad 
han de contratar con su Alteza por los gastos que han de hacer en 
las capitulaciones que hicieren les ha de conceder grandes liberta- 
des y exenciones y les ha de hacer grandes mercedes en las tierras 
que descubrieren, dándoles gobernaciones y tierras perpetuas, ade- 
lantamientos y otros oficios, con los cuales después vienen á hacer 
muchos agravios é injusticias (como dicho tengo) á los naturales , 
tomándoles más rentas y tributos de lo que es razón; la cuarta, que 
los capitanes, después que vienen á ser gobernadores, con achaque 
de que la gente que llevaban consigo han trabajado en allanar las 
tierras que así descubren en servicio de Dios y de S. Mg. , los repar- 
ten por ellos, dando á cada uno lugares de los indios para que les 
sirvan y se aprovechen de ellos y de sus haciendas, en las cuale^ 



— 299 — 

los españoles se entrometen desatinadamente, y primero que su Al- 
teza venga esto á saber se pasa mucho tiempo, y primero los natu- 
rales de las tales tierras vienen á ser muertos y desposeídos de lo 
bueno que tienen, todo lo cual no ha lugar de hacer yendo la arma- 
da en nombre del rey, porque la justicia es suya, y los oficiales su- 
yos, y la gente va asalariada, con licencia de poder contratar y 
rescatar ante los oficiales de su Alteza hasta en cierta cantidad, 
conforme á los cargos y oficios que tienen, y las contribuciones y 
ordenanzas que llevan son buenas y santas y en provecho y con- 
servación de los naturales de las tales tierras nuevamente descu- 
biertas; por manera que así por las causas dichas como por otras 
muchas que dejo de decir por no ser prolijo en cosa tan clara y ma- 
nifiesta, es muy bien que S. mg. tome la mano para el hacer de se- 
mejantes empresas, dando á los capitanes y oficiales que en ellos 
fueren las instrucciones de las cosas que deban de hacer y de las 
que se deban de guardar, según que más conviniera al servicio de 
Dios y al bien de los naturales de las tierras que se descubriesen, y 
porque allende de las que assí su Alteza dará puede haber otras 
que también puedan cumplir á su servicio y al provecho y aumen- 
to de su patrimonio real y á la conservación de su memoria y á los 
que escribimos las cosas notables de aquellas tierras nos podrán 
dar más entera claridad y noticia de ellas porné aquí las más prin- 
cipales. Suplicado á Vuestra Señoría sea servido de las mandar po- 
ner con las demás instrucciones importantes que se hubieren de dar 
á los capitanes y oficiales de S. mg., mandándoles, so graves pe- 
nas, que no menos se procuren informar de éstas que de cumplir 
las demás que les fueren dadas y de enviar así mesmo un traslado 
de estas instrucciones á cada Visorrey y provincias de las Indias 
occidentales para que no menos se informe cada uno de las seme- 
jantes cosas que los que hubieren de ir á descubrir las tierras nue- 
vas, pues lo uno y lo otro es servicio de su Alteza y son las si- 
guientes: 

Primeramente, que los capitanes lleven gran cuenta con los 
maestres y pilotos de los navios y procuren saber do se hallaren y 
el apartamiento que han seguido por leguas de la tierra do salieron 
en la armada, así en longitud como en latitud; y para mejor enten- 
der esto sería bien que los capitanes llevasen algunos principios del 



— 300 — 

arte de navegar y los procurassen saber yendo por la mar de los di- 
chos pilotos, pues han de ir ociosos en los navios; porque es gran 
parte para el bien del viaje que el capitán, allende de que sea hom- 
bre prudente y de buen juicio, tenga entendimiento para saber el 
viaje que lleva y á dónde ha de ir á parar para dar placer y con- 
tento á la gente que va con él debajo de su mando y para que no 
pueda recibir algún daño del piloto ó marineros, como ha aconte- 
cido algunas veces. 

La segunda, que los pilotos procuren saber, por instrumentos 
que podrán llevar, ó por alguna cierta manera, lo que el aguja de 
marear fuese nordesteando ó noruesteando, porque llevando este 
aviso á la ida, le podrá ser provechoso á la vuelta para saber en al- 
guna manera do podrán estar. 

La tercera, que en llegando á la tierra que así descubriesen los 
capitanes y oficiales tengan cuidado de saber el sitio de ella si es 
montuosa ó es llana, ó si es llena de anegadizos ó lagunas, y si es 
enferma á los naturales ó á los extranjeros y cómo se llama aquel 
reino ó provincia ó comarca en la propia lengua de su tierra y cómo 
se llama entre nosotros. 

La cuarta, que procuren saber cómo se llaman los ríos que rie- 
gan la tal tierra, así los cabdales como los menores que van á en- 
trar en ellos y dónde nascen y dónde entran en el mar, diciendo 
tal río nace en tal parte ó en tal monte ó en tal lago y corre por tal 
parte y métese en el mar en tal lugar. 

La quinta, hará lo mismo de los montes y sierras y montañas, 
informándose si la tal sierra corre hacia la parte del Oriente ó la 
del Norte ó para otra cualquier parte ó rumbo, ó si es arbolada ó de 
serranía de piedra, los nombres de las cuales cosas los escriba que 
se puedan bien leer, también si oviere algunos lagos grandes ó no- 
tables cuyas aguas tengan alguna virtud, se procure informar de 
todo largo. 

La sexta, si hay en la tierra minas de oro ó de plata ó cobre ó 
plomo ó de cualquier otro metal, y sabrán los quilates del y cerca 
de qué pueblo ó monte ó sierra están y la cantidad que sale de los di- 
chos metales de respecto de la cantidad de tierra de do se produce. 

La sétima, si oviere en la dicha tierra algunas piedras finas, 
como diamantes, rubíes, esmeraldas ó otras cualesquier piedras pre- 



— 301 — 

ciosas, procurarán saber si las hallan allí ó las traen de otras par- 
tes, y si hay alguna pesquería de perlas ó de aljófar ó de coral y la 
manera de cómo se pescan. 

La octava, los animales que oviere en la tierra así de los que en 
estas partes tenemos como de los que no tenemos noticia que sean 
monstruosos, con todas las particularidades que de su naturaleza se 
pudiesen saber, y lo mismo procurarán de las aves y pescados agora 
sean de ríos de agua dulce, ora de la mar. 

La novena, qué mantenimientos son los de la tierra y cuáles los 
que generalmente usan así de los frutos ó simientes como de toda 
manera de especiería ó droguería y otros cualquier olores, y procu- 
ren saber los tiempos en la que cada una destas cosas se coge y 
toma con la sazón en cuanto se pudiese asemejar á los árboles, plan- 
tas, yerbas y frutos que se dan en estas partes, y si usan los natura- 
les medicinas de ello y ellas como nosotros usamos. 

La décima, los reinos y provincias como demarcan las unas con 
las otras, diciendo, tal reino demarca por la parte del monte con tal 
reino ó con tal tierra, y por la parte de mediodía ó de oriente ó de 
poniente con tal y tal y tenrá de ancho tantas jornadas y de largo 
tantas, y se informará asimismo de las cibdades que oviera en los 
tales reinos y de cuál fuese la más principal y si estuviese situada 
al pie de algún monte ó encima del ó si pasase por ella algún río y 
de las leguas que hay de la tal cibdad hasta otro cualquier reino, y 
lo del sitio de las cibdades ha de venir muy particularmente escripto 
porque es la principal cosa que se ha de saber, y si algunas se pu- 
diesen saber por altura siendo cibdades de la tierra adentro, será 
mucho más cierto que por otra manera alguna, y para sentar bien 
estas cosas, se tomarán unas hojas de papel y se pondrán en ellas 
los ocho vientos principales á manera de carta de marear y puédese 
hacer un padrón de leguas para que lo que sentare en ellas sea cierto. 
La once, procurará saber cómo se llama el pueblo de la tierra, 
si es de gentiles ó de moros, y si es de gentiles procurará saber to- 
das sus costumbres acerca de su ciencia ó lo que sienten de la crea- 
ción del mundo y del movimiento y hechura del cielo, y en qué ado- 
ran y si tienen que hay alma y que sea inmortal y que haya paraíso 
para los buenos é infierno para los malos y si tienen noticia de Xpo. 
ó de sus apóstoles ó de otros santos que les hayan ido á predicar. 



— 302 — 

La doce, si tienen templos, la manera de ellos y si tienen sacer- 
dotes y costumbres de ellos acerca de la religión, y si tienen una ó 
muchas maneras de sacrificar, y procurarán saber la manera de ellas 
y si tienen letras y ciencias entre sí, y si son hombres dados al es- 
tudio y pudieren haber algunos libros de ellos los habrán y cuesten 
lo que costaren y trabajarán como traer alguno de la tierra que 
sepa leerlos, porque deprendiendo nuestra lengua los pueda de- 
clarar. 

La trece, sabrán la manera de sus servicios y á qué son más da- 
dos si á las armas ó á la mercadería, y cómo la tratan entre sí y las 
cosas que entre ellos tiene valía, y cuáles son las que tienen en la 
tierra y cuáles les viene de fuera, y toda manera de pesas y medi- 
das que entre sí tuvieren. 

La catorce, procuran asimismo saber la manera de sus trajes y 
costumbres, así en el vestido como en el comer y beber y manera 
de satisfacerlo, y en los casamientos si tienen una ó muchas mujeres 
y la manera que se usa entre ellos y ellas, y si son hombres ociosos 
ó ejercitados y tienen por injuria el adulterio. 

La quince, si tienen guerra y con quién la tienen y la manera de 
ella, y qué armas traen, así ofensivas como defensivas, y si pelean 
á pie ó á caballo, y si en la guerra llevan consigo la.s mujeres y qué 
género de tiendas, y qué es la manera que tienen acerca de los cap- 
tivos y de sus victorias. 

La diez y seis, el estado del rey y la manera de su servicio y 
casa, y si tiene una ó muchas mujeres, y la manera de heredar de 
los hijos, y si el mayor queda por heredero del Estado, y si tuvieren 
entre sí crónicas, y si pudieren volver á nuestra lengua castellana 
lo procuren de hacer, aunque cueste dineros, y si no se pudiesen 
haber al menos se informe de los reyes que oviesen si de antes del 
que en aquel tiempo reinara y procure haber alguna historia de al- 
gunos dellos. 

La diez y siete, procurará saber alguna cosa que sea de la tierra 
y de la naturaleza della, ora sea de las costumbres de las gentes 
ora del estado del príncipe que los gobernase, que aquí no va apun- 
tada ó cualquier otra cosa que sea notable, aunque lo tal se haga 
con alguna costa de S. mg. 

Finalmente, advertirán á que los nombres propios de la tierra y 



— 303 — 

cibdades y de los hombres vengan bien declarados y legibles, por- 
que en esto va mucho, todo lo cual, allende de ser mucho servicio 
de S. mg. que se entienda y sepa, redundará en mucho loor y gloria 
de los capitanes y personas principales que fueron en descubrir las 
tales tierras ó de los visorreyes ó gobernadores que inquirieran las 
tales cosas en las tierras ya descubiertas, pues se han de poner en 
las historias que se hiciesen, sus nombres y la industria que tuvie- 
ron en las descubrir y pacificar y las que fueron descubiertas en las 
mantener en toda quietud y justicia y dado que Vra. Señoría en 
mandar que esto así se haga hará mucho servicio á Dios y á S. mg. 
yo recibiré muy señaladas mercedes (1). 



(1) En una monografía titulada «Los geógrafos españoles deisiglo xvi: 
Alonso de Santa Cruz» {Boletín del Instituto de Estudios Americanistas 
de Sevilla, Junio 1913), tuve ocasión de publicarla. El mismo interés que 
para la Geografía colonial tiene me hace llevarla á este Congreso, 



PROYECTO 



CREACIÓN DE UN CENTRO INTERNACIONAL 



iisrvESTia-A.ciO]NrES histohica-S 



DON ROBERTO LEVILLIER 



Constituyen las líneas que ofrezco á la consideración del Ho- 
norable Congreso, más que una disertación científica, un proyecto 
conveniente para el estudio de la Historia y la Geografía ame- 
ricana. 

He podido comprobar, como encargado de investigaciones histó- 
ricas del Gobierno argentino en Europa, los métodos en uso en va- 
rios Archivos. Pero sólo un ejemplo tomaré, el Centro más impor- 
tante de documentación americana: el Archivo de Indias, sin cuya 
consulta no puede obra alguna de reconstitución colonial, presentar 
visos de seriedad. 

El investigador, gracias á los catálogos y á la amable ayuda de 
los empleados, llega en tiempo relativamente corto á seleccionar y 
reunir los legajos correspondientes al tema que le ocupa. Pero tro- 
pieza con un serio inconveniente, tanto más desagrable cuanto que 
ocurre con lamentable frecuencia. Se ignora lo que fué ya copiado 
y publicado. No quedan rastros, ó muy pocos y muy vagos. La bi- 
bliografía es vastísima y casi desconocida; ni tienen los Archivos 

20 



— 306 - 

medios para reuniría, dividiendo su atención y sus fondos entre mu- 
clios puntos y muclios objetos. De esta serie de deficiencias, resulta 
que se repite labor ajena; que se anulan esfuerzos ya realizados, así 
como se malg-asta tiempo en buscas ya consumadas; que se analizan 
expedientes ya analizados; que se copian pliegos ya copiados; que 
se imprimen asuntos ya impresos, y que se vacila siempre respecto 
de lo que es ó no inédito. 

Para evitar este fastidio y lograr facilidades nuevas en el estu- 
dio, propongo la creación de un Centro Internacional de Investiga- 
ciones Históricas, con sede en Madrid ó en Sevilla. 

Los Gobiernos y las instituciones americanas y españolas que 
mandasen realizar estudios en los Archivos americanos ó europeos 
comunicarían al Centro el tema de sus investigaciones, salvo en el 
caso en que juzgaran imprescindible guardar secreto, lo cual sería 
poco frecuente, sin duda alguna. 

Estas comunicaciones tendrían un gran valor á través de los 
años para facilitar el examen del tema y el conocimiento de los au- 
tores que lo trataron. Así se sabría cuántos han sido los puntos to- 
cados y cuáles los publicados. Ningún Gobierno, ninguna institu- 
ción tendría interés en reservar sus trabajos. 

Este Centro, constituido en una forma similar á la del Burean de 
las Eepúblicas americanas de Washington, costeado por suscriciones 
anuales de cada Gobierno americano, y secundado por los Gobier- 
nos español y portugués y los particulares, sería administrado por 
delegados especiales permanentes ó por los Ministros diplomáticos 
de cada país. Los delegados especiales no tendrían necesariamente 
que ser originarios del país para representarlo. 

Sus fines serían: 

Acopiar bibliografía sobre puntos de historia y geografía ame- 
ricana. 

Formar una Biblioteca exclusivamente dedicada á catálogos de 
Archivos, de Museos y de Bibliotecas, á obras generales de historia 
y geografía colonial americana, antiguas y modernas. 

Tomar razón de los temas investigados por delegados de Gobier- 
no, instituciones y particulares, y facilitar su conocimiento á quie- 
nes lo solicitaren. 

Publicar una Revista destinada á divulgar bibliografía, á dar 



— 307 — 

cuenta de las investig-aciones realizadas y á reseñar las que se lle- 
varan á cabo en los diferentes Archivos. 

Practicar investigaciones de interés general y publicarlas en la 
Revista misma ó en obras especiales. 

Son infinitas é importantísimas las ramificaciones que luego 
irradiarían de este núcleo central. No escaparán al criterio de los 
Sres. Congresistas, pero creo prematuro entrar á examinarlas. Se 
desprenderán con toda oportunidad y lógica de la idea misma, así 
como en la naturaleza se desprenden de los troncos las ramas, de 
las ramas los gajos, de los gajos las hojas, luego de haber fructifi- 
cado la microscópica semilla y de haber abierto el naciente arbus- 
to su triunfal y rígida carrera hacia la vida y la luz. 

Esta idea no es advenediza; palpita en el ambiente, no sólo de 
España, sino también de los países americanos. 

Tiene España más que nadie interés en que su historia colonial 
surja de los monumentales sepulcros que hoy la llevan encerrada 
en un irritante enigma, oscurantismo que ha dado lugar á las más 
extraordinarias leyendas; leyendas á veces hermosas, demasiado; 
leyendas á veces hostiles, demasiado. Allí están como en un pleito 
secular las pruebas fehacientes, irrecusables, oculares, con todas 
las acusaciones, las controversias y los autos finales, y son ellas 
las que, dentro de la relatividad de la verdad histórica, permitirán 
al futuro jurado de tan magna causa pronunciar un veredicto que 
el mundo de estudiosos requiere y espera. 

Pero aun cuando no dedujéramos del patriótico interés de Espa- 
ña su probable actitud, bastaría para no dudar un instante de su 
apoyo generoso, recordar el noble y constante interés con que Su 
Majestad el Rey D. Alfonso XIII y los Poderes públicos han coad- 
yuvado al desenvolvimiento de los estudios coloniales. 

En cuanto á los pueblos de América, tampoco es posible dudar. 
Vinculados como lo están por su historia, no puede ninguno de ellos 
indagar en su pasado sin que los demás tengan el natural derecho 
y sientan la lógica curiosidad de preguntarle: «Hermano, ¿qué bus- 
cáis, qué veis, qué encontráis de nuestra historia en nuestros pape- 
les de familia?» Es que la historia colonial es indivisible y, por 
tanto, lo que á uno interesa, interesa igualmente á todos. No es po- 
sible olvidar que si bien llevan hoy denominaciones distintas, vi- 



— 308 — 

vieron en un ayer no tan lejano, bajo la misma bandera, bajo una 
misma tutela, bajo un mismo régimen económico, administrativo, 
judicial, social, político y religioso. 

Esta circunstancia presta al presente proyecto una significación 
muchísimo mayor que la de una simple comodidad práctica y ra- 
zonada. Lleva en sí un elemento inconfundible de sincera y honda 
confraternidad, la cual hoy más que nunca es necesario fortalecer. 
La tendencia americana actual es separatista, muy especialmente 
en aquellos países de gran inmigración. El nacionalismo incipiente 
-cree necesario detener su vinculación con el pasado más allá de su 
-autonomía criolla. El pueblo, por su parte, hundido en el ambiente 
febril de la lucha de intereses, privado de conocimientos positivos 
sobre la vida de ayer, ignora las razones que existen para que res- 
pete y admita un pasado común, fecundo en la determinación de 
modalidades actuales. Kehusa un mirar hacia atrás; sigue con los 
ojos fijos en el porvenir, obcecado por una visión esplendorosa de 
grandezas económicas y sociales. De esos años de gloria, de sufri- 
mientos, de titánicas luchas y de penurias que van del siglo xv 
al XIX, apenas balbucea algunos rudimentos. Y es la historia de esa 
época, sin embargo, la que da á cada pueblo americano el derecho 
de llamarse autóctono; es la época de gestación originaria, básica 
y perdurable, sin la cual no serían más que un conglomerado hete- 
rogéneo de extranjeros establecidos, pero inestables; sin tradiciones, 
sin historia colectiva, sin arraigo territorial y sin muertos comunes. 
Omitiendo prolongar sus sentimientos hasta la hora inicial de su 
formación, no lograrían jamás experimentar patriotismo en la me- 
dida en que lo debieran, ni podrían tampoco sustentar un ideal que 
no se encontrase amenguado por la supresión injusta de todo el pa- 
trimonio secular que se llama el pasado. Es, pues, ese pasado el 
que debe reconstituirse en toda su magnitud para intensificar en 
los americanos sentimientos de amor á la raza, al suelo y á los pro- 
genitores; para hacer justicia plena á la obra de civilización de Es- 
paña; para coadyuvar, en fin, al inmenso movimiento de simpatía 
y de cariño, que de un lado al otro del Atlántico, arrrastra á los 
hijos de la América de hoy hacia la raza creadora de la América 
de ayer. 



CORRESPONDENCIA GENERAL 



DE LA ISLi DE LA TORTUGA Y COSTA DE SANTO 

RELATIVA A LA PARTE ESPAÑOLA DE LA ISLA DE SANTO DOMINGO 

RECOGIDA Y ORDENADA POR 

AMÉRICO LUGO 

I S40-I 70 I 

Señores: 

Este volumen es el primero de una serie. Mi propósito es reunir 
todo el caudal diplomático contenido en la correspondencia de los 
gobernadores é intendentes de la que fué parte francesa de la isla 
de Santo Domingo en cuanto guarde relación con la que fué parte 
española de dicha isla. Empresa ardua é interesante, sin duda, á 
que acaso no me será posible dar cima. Quisiera iluminar con la 
clara y potente luz de los archivos coloniales franceses la historia 
de Santo Domingo, tal cual resulta del Archivo General de Indias. 
Creo que á partir de 1665, en que Bertrand d'Ogeron echó los ci- 
mientos de la colonia francesa de Santo Domingo, el método racio- 
nal de escribir la historia dominicana es compulsar la versión es- 
pañola de los hechos con la versión ó la apreciación francesa res- 
pecto de esos mismos hechos. 

Comprende este primer tomo desde 1640 hasta 1701. Consta de 
343 números en 351 páginas y contiene correspondencia de los go- 
bernadores Le Vasseur, Fontenay, Rausset, Ogeron, PouanQay, 
Cussy y Ducasse, ó documentos relativos á dichos gobernadores ó 
de su época. Los documentos que sirven de punto de partida son el 



— 310 — 

informe enviado por Poincy á la Compañía de las Islas de Améri- 
ca; el aviso de la conquista de la Tortuga, dado por Poincy al Car- 
denal, y el convenio celebrado entre Poincy y Le Vasseur para el 
establecimiento de la Colonia de la Tortuga. Los dos primeros son 
de 1640; el tercero, de 1641. De esta fecha he saltado á 1652 con la 
copia de los acuerdos entre el mismo Poincy y el caballero de Fon- 
tenay. Sólo á contar de 1662, y sobre todo desde 1664, en que 
Rausset vendió la Tortuga á la Compañía de las Indias Occidenta- 
les, y 1665, en que Ogeron tomó posesión de esta isla en nombre de 
la Compañía, se forma la cadena cronológica, que ya no se rompe 
gracias al depósito obligatorio de la correspondencia. 

Verdaderamente oscuro está en la historia el período de incuba- 
ción del dominio colonial francés en América. Siento no haber en- 
contrado hasta ahora en fuente francesa y en lo que á Santo Do- 
mingo se refiere, papeles anteriores á 1640. Poséolos, sí, en copia, 
de fuente española, relativos á los más antiguos pobladores france- 
ses de la isla; mas debo advertir que este libro está todo formado 
con fondos franceses, sin que se halle en él citado un solo docu- 
mento español. 

La correspondencia aquí trascrita es de Ogeron, Pouan9ay, 
Cussy y Ducasse, los primeros gobernadores que colonizaron la cos- 
ta de Santo Domingo, y por ello útilísima en general para el histo- 
riador dominicano. Dos de ellos sobresalen y dominan aquellos 
tiempos del período colonial francés en Santo Domingo: Ogeron y 
Ducasse. El primero, fundador de colonias admirable; el último, 
varón de ánimo excelso y uno de los más grandes gobernantes que 
ha habido en la isla en todo tiempo, ya se mire hacia la parte fran- 
cesa, ya hacia la parte española. 

Contiene además este volumen cartas, sean originales ó bien tra- 
ducidas, de algunos Presidentes de la Real Audiencia de Santo Do- 
mingo: de D. Francisco de Segura Sandoval y Castilla, una (1680); 
de D. Andrés de Robles, cuatro (1685-1688); de D. Ignacio Pérez 
Caro, una, importante (1693)> y de D. Severino de Manzaneda, sie- 
te (1698-1701); no pocos informes enderezados á la toma de la ciu- 
dad de Santo Domingo; varios documentos sobre límites (núme- 
ros 241, 256, 264, 266, etc.), y finalmente, relatos importantes como 
el del desembarco de los españoles en Petit Goave (núm. 126), el 



— 311 — 

del saqueo de Santiago de los Caballeros (núm. 147), el de la expe- 
dición de españoles é ingleses unidos contra los franceses de la 
isla (núms. 212 y 216), etc. 

Para completar en lo posible la correspondencia, é ilustrarla, 
he ocurrido á Du Tertre, de quien he tomado dos documentos, y á 
Moreau de Saint Mery, el investigador más diligente de la historia 
y la vida colonial dé Francia en Santo Domingo. 

La presentación al Congreso de esta obra está justificada por su 
carácter hispano-americano y aun latino-americano; pues si por un 
lado se refiere á la antigua española, con lo cual interesa á España 
y á la República Dominicana, tiene por otro lado respecto con 
Francia y Haití, con lo cual importa al grupo latino del que forma 
parte toda la América española. 

En cuanto á las muchas imperfecciones y notoria insuficiencia 
de esta suerte de estudio de colonización comparada, pido de ello 
perdón al Congreso en gracia del espectáculo curioso, dramático y 
extraordinario que en sus páginas se ve: la lucha de dos grandes 
naciones europeas por la implantación de sus respectivos sistemas 
é ideales de colonización en una misma isla; lucha épica hasta lo 
fabuloso en sus comienzos, siempre encarnizada por el odio mortal 
que juraron los naturales á los usurpadores y que tuvo por campo 
los más hermosos, dilatados y feraces del Nuevo Mundo. 

Con todos sus defectos, al ofrecerla en nombre de la República 
Dominicana á un Congreso en que es justamente glorificado el nom- 
bre de España, desearía que se me permitiese hacerlo como humil- 
de ofrenda de la hija primogénita á la madre adorada. 



SOBRE LA DENOMINACIÓN DE "LATINA,, 

APLICADA Á LA AMÉRICA ESPAÑOLA 



DON RAMÓN DE MÁNJARRÉS PÉREZ DE JÜNGUITÜ 



Hace alg-ún tiempo se vienen empleando las denominaciones 
«América latina», «Repúblicas latino-americanas», en sustitución 
de «América española», «Repúblicas hispano-americanas». ¿Quién 
es el autor de estas nuevas expresiones tan injustamente afortuna- 
das? ¿De qué país han salido para invadirnos? ¿A qué obedece el 
empeño en propag^arlas? No es nuestro propósito averiguarlo. Pero 
haremos constar que los franceses las adoptan con rara unanimi- 
dad y fervor. En España, la invasión empezó por Barcelona, donde 
rápidamente se extendió en artículos, en geografías, en portfolios, 
en memorias comerciales; bien pronto hemos imitado el ejemplo en 
toda España, con esa facilidad que parece ser privativa de nuestro 
carácter para todo lo que significa dejación y abandono. Ya han 
aparecido estas denominaciones en documentos oficiales, y su bri- 
llante carrera aseméjase en todo á la del arri vista huero y encum- 
brado. 

Se dirá tal vez que no son inexactas, que reparar en su mayor 
ó menor propiedad es una minucia. Importa declarar su trascen- 
dencia. Lejos de ser cierta la expresión francesa le nom ne fait rien 
á la chose, el nombre hace tanto á la cosa, que la variación de 
aquél puede costar la vida á ésta. 

Científicamente no se puede admitir la denominación de Amé- 



— 314 — 

rica latina por falsa política, españolamente no se puede admitir 
porque nos perjudica. 

Hubiese, no ya una unidad antropológica ó bien étnica á quien 
poder llamar raza latina; hubiese siquiera un grupo geográfico, y 
aun así, la propia conveniencia nos aconsejaría no admitir ese con- 
cepto «América latina». Pero felizmente están de acuerdo nuestra 
conveniencia y las enseñanzas histórico-geográñcas, y se puede de- 
cir que nos hallamos en presencia de una de las manifestaciones 
abusivas que se vienen haciendo de la idea del latinismo. Aun to- 
mando la zarandeada palabra raza en su restringida acepción his- 
tórico-geográfica, es ya sabido que ese concepto del latinismo, des- 
alojado de los trabajos científicos, se ha refugiado en clase de tópi- 
co en artículos políticos y literarios. Y también — cosa notable — 
cuando todas las antiguas clasificaciones etnográficas, cuando to- 
das las hipótesis acerca de los orígenes de los pueblos modernos 
vacilan y se tambalean á impulsos de nuevos estudios, esa clásica 
sombra de la raza latina sigue incólume deslizándose en nuestros 
libros de enseñanza. 

Si, pues, naciones latinas no significa otra cosa que naciones 
que han sufrido más ó menos la influencia de Roma y que hablan 
lenguas romanas; si nosotros, españoles, amasados por muchos 
grupos étnicos, tenemos sólo eso de latinos, ¿qué valor puede tener 
la frase «América latina»? 

Puede objetarse que hay en América países á que legítimamente 
toca el calificativo de latinos, admitido que sea el latinismo, ya que 
su origen es portugués ó francés. Pero Méjico, Guatemala, Hondu- 
ras, Nicaragua, Costa Rica, Salvador, Santo Domingo, Cuba, Pana- 
má, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Venezuela, La Ar- 
gentina, Paraguay, Uruguay (preciso es nombrarlos todos), proce- 
den exclusivamente de España: son la América española, poblada 
por hijos españoles, y no hay para qué llamarlos de otra manera. 
Sise cuenta con el Brasil, llamemos en hora buena á ese conjunto 
América ibera; Repúblicas ibero-americanas. ¿Cuál es entonces la 
América latina? ¿Será la Luisiana que fué francesa? Pero la Lui- 
siana es un Estado de la Unión, y, en último caso, si nos interesa 
su recuerdo^ es porque también fué española; por la misma razón 
que nos hace grato el recuerdo de la Florida y el de California y el 



— 315 — 

de Nuevo Méjico. ¿Será esa América latina el Canadá francés, hoy 
del dominio británico? ¿Qué nos importa eso? 

¿Será que la extraordinaria inmigración italiana pueda aducirse 
para considerar á la República Argentina país americano latino? 
Pues en ese caso, Chile pudiera llamarse República germano-ame- 
ricana. 

Nosotros cantamos las dulzuras del latinismo y los franceses ja- 
más lo invocan respecto de nosotros, á no ser que motivos especia- 
lísimos les muevan á halagarnos transitoriamente; pero tratándose 
de América, lo invocan de modo sistemático. 

Dejémonos, pues, de latinismos, digamos raza española y procla- 
memos de una vez y para entendernos, que cuando esto decimos 
dirigiéndonos á los americanos, no damos á la palabra «raza» el va- 
lor científico que en este caso no puede tener, sino el afectivo, el sen- 
timental, el que expresa la unión de todos los que amamos en es- 
pañol aquende el eterno Pirineo y allende los mares, y formamos 
una suma de quebrados de distintos numeradores, pero de un co- 
mún denominador. 

No nos conviene decir «América latina», porque el latinismo, 
que no existe ni en la Geografía, ni en la Historia, ni en los intere- 
ses, ni en las simpatías, ni en el genio, ni en las aspiraciones, no es 
más que una de tantas seductoras concepciones francesas, inven- 
tada para arrogarse el papel de baluarte de la graciosa cultura an- 
tigua contra el germanismo, y que ahora se viste con brillante ro- 
paje y se hace género de exportación para atajar al hispanismo 
naciente. No conviene, porque basta que Francia se haya adjudi- 
cado la misión de hermana mayor latina, que en justicia le corres- 
pondería á Italia (á Italia gala, etrusca y griega), y basta que haya 
inventado eso de América latina en vez de América española, para 
que le hagan coro los que hasta inconscientemente huyen de pro- 
nunciar el nombre de España, sin perjuicio de aprovechar su nom- 
bre, y para que ingresemos en el coro todos los españoles. 

Imaginemos, por un instante, que Francia hubiese descubierto, 
poblado y regido todas las naciones hispano-americanas: hoy se lla- 
marían franco-americanas, y, ¡ay de nosotros si nos atreviésemos á 
sacar á colación el desdichado latinismo! ¡Fueran de ver la indig- 
nación y el desdén! 



— 316 — 

¿Y por qué al Canadá francés no le llaman Canadá latino? 

Pues ténganlo presente los que duden de la trascendencia de 
esos cambios de nombre. Cuando los hispano-americanos no usen 
más que ese sobrenombre de latinos, entonces todos seremos igua- 
les ante la sangre y la Historia: españoles, franceses é italianos. 
Los franceses se ampararán del latinismo para captarnos la amis- 
tad americana, para atajar el avance de nuestro idioma, para se- 
guir funcionando de señuelo brillante; los italianos cobijarán deba- 
jo del latinismo su inmigración. Y nosotros, eternos inocentes, per- 
petuos Quijotes (aunque ahora en su etapa desengañada, bucólica 
y pastoril), ajenos siempre á toda astucia, quedaremos, como de 
costumbre, burlados, y después de haber hecho entrar á medio pla- 
neta en el cauce de la Historia, pasaremos por el trance de ver, 
mientras en el dulce caramillo cantamos endechas de confraterni- 
dad latina, cómo se pierde nuestro nombre, cómo se expulsa nues- 
tro idioma, cómo se extingue nuestro recuerdo, único fin al que van 
derechos estos latinismos. 

Tengo, pues, el honor de proponer al respetable Congreso se sir- 
va adoptar las siguientes conclusiones: 

Declarar que la Historia, la Geografía y la política nos impo- 
nen usar las denominaciones de América española ó ibérica, Repú- 
blicas hispano ó ibero-americanas, según se excluya ó no al Brasil. 

— Solicitar del Gobierno de S. M. use y mande usar estas deno- 
minaciones en toda clase de documentos oficiales. 

— Invitar á todos los escritores, maestros, catedráticos, hombres 
de ciencia y corporaciones nacionales á que por patriotismo hagan 
lo mismo, para evitar la enorme, la imperdonable abdicación que 
envuelven las frases «América latina» y «Repúblicas latino-ameri- 
canas». 

Sevilla, Febrero 1914. 



SOBRE EL NOMBRE DE LA ISLA «(jOADRA Y ?ANCOÜVER 

POR 

DON RAMÓN DE MANJARHÉS PÉREZ DE JUNGUITU 



)) 



Los nombres que impusieron los marinos españoles del siglo xviii 
á los accidentes geográficos de la costa americana del NO. han 
tenido diversa fortuna. Muchos de ellos, como Ensenada de los Már- 
tires, bahía del Susto, monte San Jacinto, Regla, Santiago, etc., 
han desaparecido ó han sido sustituidos por nombres ingleses. Al- 
gunos han continuado en uso: tales son la entrada de Juan Pérez, 
el puerto Bucareli, el canal de Malaspina. Hay que felicitarse por- 
que, en general, los que han subsistido sean los que recuerden á los 
navegantes que buscaban el Paso del Noroeste ó á los virreyes bajo 
cuyos auspicios se formaban las expediciones. 

Pero es lamentable que la grande isla de Quadra y Vancouver, 
llamada así en honor del capitán español D. Juan Francisco de Bo- 
dega y Quadra y del inglés Jorge Vancouver, adversarios caballe- 
rosos, ligados por un cortés afecto, hijo del mismo reconocimiento 
de su valer, haya perdido la mitad de su nombre: se llame isla de 
Vancouver. 

Quadra fué uno de los más inteligentes y osados marinos que 
ilustraron aquellas memorables expediciones destinadas á la inves- 
tigación del Paso del Noroeste, á los descubrimientos de California, 
á la observación de los establecimientos rusos de Alaska y á la de- 
limitación de Nutka, y no merece esta preterición. Hasta los prin- 
cipios del siglo XIX, en todos los mapas se leía la denominación do- 



— 318 — 

ble de la isla: hoy no la expresan ni los mapas españoles: el monu- 
mental y clásico Atlas de Stieler la llama Vancouver, los famosos 
libros de educación que edita Appleton, sigue su ejemplo. Inútil es 
añadir que en ninguna escuela de España se dice de otro modo. 

Pues bien, si no sólo la grande isla de referencia se conoce hoy 
universalmente con este nombre; si Vancouver se llama también la 
opulenta ciudad de la Colombia Británica, cabeza del ferrocarril 
canadiense del Pacífico, y Vancouver otra población cerca de la 
embocadura del Columbia, y un monte de Alaska, y un cabo del 
mismo territorio, y otro de Australia y un puerto de la Tierra de los 
Estados; puesto que el valiente capitán inglés tiene ya, para su jus- 
tísima gloria, tantas veces repetido su nombre en el mapa, ¿será 
mucho pedir que no dejemos en el olvido al español? 

Propongo, en consecuencia, al respetable Congreso se sirva 
acordar: 

I.'' Que se solicite del Gobierno de S. M. adopte como denomi- 
nación oficial única la primitiva de Isla de Quadra y Vancouver. 

2.° Invitar á todos los escritores, profesores y organismos cien- 
tíficos nacionales á no usar, por razones de justicia y de patriotismo, 
más denominación que la expresada. 

3.° Hacer igual invitación al Instituto Geográfico de Justus 
Perthes, de Gota; al Almirantazgo inglés y á la Real Sociedad Geo- 
gráfica de Londres. 

Sevilla, Febrero de 1914. 



PROPOSICIÓN 



DON LEÓN MARTIN Y PEINADOR 



Con motivo de la celebración de este Congreso, y para honrar y 
perpetuar más la memoria de Vasco Núñez de Balboa, el que sus- 
cribe tiene el honor de proponer seg-ún se razona después: 

I.*' Que se den las gracias más expresivas al Excmo. Ayunta- 
miento de Sevilla por su acuerdo, ejecutado ya, de dar el nombre 
de «Núñez de Balboa» á una calle recientemente abierta en esta 
ciudad. 

2.° Expresar oficialmente el deseo del Congreso de que en la 
ciudad donde nació Balboa, en las poblaciones de Extremadura 
donde haya vinculadas aún familias que se consideren procedentes 
de la de aquél, y en Cádiz, Huelva y Badajoz, titularan alguna ca- 
lle ó plaza con el nombre de Balboa, si no las hubiese ya así lla- 
madas. 

3.° Acudir también á los Poderes públicos en súplica de que 
se ponga este nombre ilustre á una de las unidades de nuestro 
Ejército. 

4.° Dirigir igualmente un ruego á los dignísimos Representan- 
tes americanos, en particular de las naciones del litoral Pacífico, y 
entre ellas especialmente al Representante de Panamá, con análo- 
gos fines que después se especifican. 



— 320 — 



EXPOSICIÓN DE MOTIVOS 

Al tener el honor de dirigirme al Congreso, mi deber primero 
será saludar muy respetuosamente al ilustre y querido Presidente 
del mismo Congreso; también á todos vosotros, Sres. Congresistas, 
con el más sincero afecto, y en particular además álos Sres, Repre- 
sentantes extranjeros, y que quizás algunos desde lejanos países y 
con sacrificio no pequeño han venido á esta tierra buena y hospita- 
laria, y á esta Meca del americanismo español, trayendo entre su 
gran bagaje intelectual ese lazo misterioso é indestructible de la 
unión de todos los pueblos, y en especial los de la raza hispano- 
americana. 

Dicho esto, he de manifestar que, independientemente de las no- 
tabilísimas Memorias presentadas á vuestra deliberación, y que 
en número y calidad honran al Congreso; como éste al fin se está 
verificando en honor y con motivo del IV Centenario de Vasco Nú- 
ñez de Balboa, no está fuera de lugar la proposición que tengo el 
honor de presentar á vuestro examen para modificarla y mejorarla 
ó rechazarla. Esta idea, que si no de trascendencia en cuanto se re- 
fiere á los fines científicos del Congreso, la tiene indudablemente en 
el concepto moral y en el deber que todos tenemos de perpetuar de 
un modo visible el recuerdo de hechos importantes de nuestra His- 
toria. 

La manifestación del recuerdo y gratitud nacional, de los gran- 
des acontecimientos ocurridos en la Historia de cada país, exterio- 
rizada por Congresos, Conferencias, etc., no basta para hacer que 
llegue y fructifique en el espíritu del pueblo la idea simbólica que 
representan estos certámenes, porque al poco tiempo la impresión 
se borra y la idea muere para las masas. Es indispensable materia- 
lizar el hecho conmemorado por el nombre del que lo realizó; y los 
monumentos, lápidas, inscripciones y nombres de calles y demás si- 
tios públicos son la forma adecuada para que la idea perdure en el 
trascurso del tiempo, según lo demuestran las que existen aún de 
las antiguas civilizaciones romana, fenicia, egipcia, hasta tocar los 
límites de la prehistoria. 



— 321 — 

En estas consideraciones se fundamenta la proposición, á fin de 
lograr que el recuerdo de estos actos solemnes deje huella duradera 
del hecho que lo motiva. 

En 3Iadrid.—'EA Ayuntamiento de Madrid tituló hace tiempo y 
honró una de sus calles más importantes del ensanche, dándola el 
nombre de Núñez de Balboa. 

Sevilla. — No podía tampoco permanecer Sevilla indiferente á es- 
tas corrientes de recuerdo y admiración. En esta culta y hermosa 
ciudad, soñadora aún con el espíritu oriental que la envuelve por 
su cielo y por su suelo, quedarán vinculados los recuerdos de estas 
fiestas de la inteligencia y del trabajo en honor del esclarecido es- 
pañol Núñez de Balboa; y Sevilla, adelantándose y aun presintiendo 
quizás el anhelo del Congreso, se ha honrado tomando el acuerdo, 
ya realizado hace muy poco tiempo, de dar el nombre de aquel már- 
tir español á una de sus calles recién abiertas en el desarrollo de 
esta hermosa población. 

Y el recuerdo es más delicado, porque la calle asignada mira á 
esa legendaria «Torre del Oro», y casi toca á ese misterioso «Uad- 
el-Kbir», de donde acaso saliera la nave que condujese al héroe des- 
conocido, á quien el destino llevaba hacia la gloria coronada por 
el martirio. 

Sevilla es merecedora de nuestro aplauso, conociendo el entu- 
siasmo y verdadero patriotismo de este pueblo hospitalario é hi- 
dalgo, que tan alto ha sabido poner siempre el nombre y la gloria 
de la Patria, como de los hechos trascendentales de sus hijos más 
ilustres; en este concepto, considero un deber del Congreso dar las 
gracias más expresivas al Excmo. Ayuntamiento por su feliz inicia- 
tiva, que sanciona las altas miras de la hermosa Sevilla; bastando 
para ello recordar el notable y patriótico discurso pronunciado por 
el Excmo. Sr. Marqués de Torrenueva, Alcalde de esta ciudad, en 
la solemne sesión inaugural. 



La región extremeña, y en particular Jerez de los Caballeros, 
patria de Balboa, según la tradición, habrán hecho algo análogo á 
lo que se propone, en más ó menos grado y en formas variadas, pero 

21 



— 322 — 

que ignoro; y si así no fuera, se lo liabrán impedido causas diver- 
sas, seguramente no de su voluntad. Por esta razón se propone lo 
expuesto en el párrafo segundo de la proposición. 



Acción del Gobierno. — Lo realizado anteriormente, con ser muy 
importante, necesita más esfera de acción. La gloria de Núñez de 
Balboa no es sólo circunstancial ó regional, es de todo el país, es de 
la raza, y por tanto también á los Poderes públicos toca coadyuvar 
á esa misma idea de perpetuar con este nombre el recuerdo de la 
acción de un soldado arrojado, valiente y mártir. 

Ya nuestra Marina de Guerra tiene entre la lista de sus buques . 
el nombre de Vasco Núñez de Balboa, aunque sea en uno de los 
modestos cañoneros de segunda, y que algo más mereciera el insig- 
ne descubridor. 

El Gobierno de S. M., cuyas iniciativas y patrióticas aspiracio- 
nes siempre en bien del país no cabe desconocer, acogerá bené- 
volo también la proposición que el Congreso se permite hacerle 
para que, en conmemoración del IV Centenario del descubrimiento 
del Océano Pacífico, y sin perjuicio de cuantas resoluciones pueda 
dictarle su alta sabiduría, se digne proponer y aconsejar á S. M. el 
Rey, que se dé el nombre de Núñez de Balboa á una unidad de 
nuestro heroico Ejército de las que actualmente existen, si hay al- 
guna cuyo nombre no responda hoy á ningún fin histórico y patrió- 
tico, independientemente de la historia gloriosa que cada Cuerpo 
haya conquistado; y si no puede ser esto, que se declare de Real 
orden que el primer Cuerpo que se organice lleve el nombre escla- 
recido de Núñez de Balboa. 

Seguramente nuestro Gobierno admitirá gustoso la propuesta 
del Congreso en la forma que aquél considere más hacedera, por- 
que todo lo que sea enaltecer al Ejército y dar á sus unidades el 
nombre de héroes españoles ó de hechos gloriosos tendrán siempre 
el apoyo de nuestro augusto Monarca. 

Además, esta idea será acogida con singular afecto por el Ejér- 
cito mismo, que se asocia constantemente á estas fiestas de la inte- 



— 323 — 

licencia, según lo prueba la brillantísima representación militar 
que hoy impulsa y comparte nuestras tareas; siendo de justicia ci- 
tar el hermoso libro del docto académico é Intendente de división 
Sr. Altolaguirre, cuya ausencia lamentamos. 

El Ejército se considerará muy honrado con que una de sus uni- 
dades lleve el nombre de Núñez de Balboa; porque el arrojo de 
aquel hombre, su alteza de miras y sacrificio final son ejemplo y 
espejo donde se reñejan los hechos siempre legendarios de nuestro 
Ejército. 



Países americanos. — Finalmente, señores, también el Congreso 
deberá dirigir invitación oficial á nuestros consocios americanos 
que nos honran con su presencia ó están representados, á fin de 
que cuando regresen á su patria respectiva manifiesten á sus Go- 
biernos el anhelo de este Congreso de que en las poblaciones, di- 
recta ó indirectamente relacionadas con el momento histórico á 
que se refiere el Centenario, se perpetúe también el recuerdo de 
Núñez de Balboa, dando su nombre á alguna vía pública ó plaza ó 
puerto importante, ó en la forma que consideren más adecuada; 
cuya realización recibirá España con singular complacencia y pro- 
fundo reconocimiento. 

Pero no basta esto. Hasta en los lugares del mundo hay, como 
en todos los seres, más ó menos suerte. El itsmo de Panamá, que la 
Naturaleza en sus eternas conmociones respetó para servir de en- 
lace á los dos grandes continentes, Norte y Sur de la América, ser- 
virá también para siempre, por su canal, de lazo de unión de los dos 
grandes mares del mundo, y cuya importancia para la actividad 
humana se vislumbra y presume, pero no se puede apreciar en su 
inmensa realidad futura. 

Y en este itsmo, y sobre aquel canal, perdurará para siempre 
un recuerdo y un nombre: el del español Vasco Núñez de Balboa. 

Por lo antes dicho merece especial invitación la Eepública de 
Panamá, que representa aquí el tan distinguido diplomático don 
Juan B. Sosa. 

Mucho ha hecho Panamá para honrar á Balboa, pues hasta ha 



— 324 — 

simbolizado con la efigie de Balboa el signo de su moneda, y más 
proyecta aún, realmente grandioso, como será la Exposición en ho- 
nor á aquel que puede con derecho llamar hijo suyo; y desde aquí 
enviamos la expresión sincera de la gratitud de España. 

Pero todo ello no obsta para rogar al citado representante se 
dignara hacer llegar á su Gobierno una idea, pobre como de quien 
os habla, pero grande por su significación. 

Se reduce á que en el punto mismo de la montaña que la tradi- 
ción designe por haber sido aquel desde el cual el invicto Núñez 
de Balboa vio por vez primera el buscado Mar del Sur, se eleve, no 
un monumento más, sino sencillamente un grupo informe de peñas- 
cos, y en una de sus piedras grabar con grandes letras de bronce un 
letrero que diga: «Desde este punto contempló, asombrado, el llama- 
do Mar del Sur, ó sea el Océano Pacífico, el primer europeo. Fué el 
español Vasco Núñez de Balboa, guiado hasta allí por un indio, hijo 
de un jefe indígena del mismo país. 25 de Setiembre de 1513.» 

Como se ve, repetimos, no se trata de monumentos, sino de ha- 
cer vivir eternamente en un tosco y primitivo pedestal el recuerdo 
del sitio desde el cual el primer europeo y español contempló un 
mar escondido hasta entonces á la actividad de los hombres. 

Esta es, señores, la modesta proposición que tengo el honor de 
someter á vuestro examen y que es, con seguridad, reflejo de lo 
que vosotros pensáis, en el deseo que nos anima de enaltecer y per- 
petuar el recuerdo y el nombre del ilustre extremeño, que, como á 
tantos otros, le inspiró la fe y le impulsó el espíritu arrojado y em- 
prendedor, hoy por desgracia tan menguado, de la antigua raza 
española. 

El Congresista que suscribe no se considera, al presentarla pro- 
posición hecha, sino como portavoz de vuestro pensamiento, que 
seguramente va más allá en cuanto á honrar la memoria de Balboa^ 
y si mereciese ser aprobada, y se realiza alguna de estas ideas, á 
todos vosotros corresponderá la gloria, y al que suscribe la satisfac- 
ción de haber sabido interpretar vuestro pensamiento. 

Sevilla 28 de Abril de 1914. 



EL ESTRECHO DE MAGALLANES 

S LA 

DOMINACIÓN ESPAÑOLA EN AMÉRICA 

POR 

DON ABELARDO MERINO 



Circunstancias especialísiraas, ocupaciones oficiales y trabajos 
de otra índole, me imposibilitan para acudir ante las ilustres per- 
sonalidades de este Congreso con la extensa Memoria que proyecté 
y que es indispensable para desarrollar el tema. 

El asunto, en mi sentir de interés sumo, demuestra que si Espa- 
ña realizó con gigantesco esfuerzo, no sólo el descubrimiento de la 
América, sino también el de la mayor parte de las islas de Oceanía, 
supo igualmente— nación tan prudente como heroica— adelantarse 
á los tiempos, levantando establecimientos y factorías en el único 
paso occidental libre del Pacífico que va á tener, gracias al ingenio 
humano, otro compañero abierto sobre el istmo cruzado, antes que 
por nadie, por el inmortal Vasco Núñez de Balboa. 

El programa á que pensábamos ajustamos, pues sólo el progra- 
ma cabe dar en estas contadísimas cuartillas, es como sigue: 

I.— Precedentes del descubrimiento del Estrecho de Magallanes. 

Descubrimiento de los españoles en la costa oriental de Sud- 
América. — Vicente Yáñez Pinzón llega al Brasil cuarenta y ocho 
días antes de la partida de Cabral.— Trabajos efectuados de 1505 



— 326 — 

á 1507 para buscar un camino directo hacia el Oeste que llevara al 
«nacimiento de la especiería». — Vespucio, Vicente Yáñez Pinzón, 
Juan de la Cosa y Solís son consultados acerca de la gran expedi- 
ción de Febrero de 1507.— Expedición de Pinzón y de Solís en 1508. 
— Vasco Núñez de Balboa, el 25 de Setiembre de 1513 ve el Mar del 
Sur. — Juan Díaz de Solís intenta pasar á reconocerle en 1515: da 
con el rio de la Plata ó mar dulce y muere asesinado á manos de 
los indígenas. 



II.— El descubrimiento no estaba hecho antes de Magallanes. 

Los eruditos alemanes (Ruge, etc.) pretenden actualmente qui- 
tar á Magallanes la gloria del descubrimiento. — Equivocadas bases 
en que se fundan. — El mapa de Martín Behain, anterior á 1507: la 
hoja volante publicada en 1508 á 1509 con la referencia de que dos 
buques portugueses habían hallado en el Brasil y hacia los 40 gra- 
dos de latitud, una comunicación entre los dos Océanos: el mapa de 
Leonardo de Vinci hecho en 1515, reproducido por R. H. Major, en 
su Archaologia, tomo XL, Londres 1865: los globos de Schoner(1515- 
1516) existentes en Francfort y en Weimar, donde hay un estrecho 
de mar entre la Tierra Firme y el «Brasilie Regio».— Las palabras 
de Pigaffeta, «pero nuestro capitán se había informado de que debía 

pasar un estrecho singularmente oculto» : su alcance. — Razones 

y causas del estado de cosas manifiesto en los mencionados antece- 
dentes.— Viajes de los portugueses Cabral y Américo Vespucio. 



III.— El descubrimiento del Estrecho.— Su exploración 
y su estudio geográfico. 

Viaje de Magallanes. — Viajes y reconocimientos efectuados en 
el siglo XVI, en el xvii y en el xviii, por los españoles. — «Relación 
de las cosas que sucedieron en la Armada de Simón de Alcazaba, 
que iba de Gobernador á la provincia de León, en 1534, por parte 



— 327 — 

del mar del Sur; sacada de una copia hecha por Alonso Vehedor, 
Escribano de S. M.»— «Relación del viaje hecho á las islas Molucas 
por la Armada del Comendador García Jofre de Loaysa, redactada 
por el capitán Andrés de Urdaneta.» — «Eelación de la navegación 
del Estrecho de Magallanes, de la banda del Norte, años 1539-40-41.» 
— Otras relaciones.— Explicación de los siguientes versos de Ercilla, 
en La Araucana, referentes al Estrecho: 

«Por falta de pilotos, y encubierta 
causa, quizá importante y no sabida, 
esta secreta senda descubierta 
quedó para nosotros escondida. 
Ora sea yerro de la altura cierta, 
ora que alguna isleta removida 
del tempestuoso mar y viento airado, 
encallando en la boca, le ha cerrado.» 

(Canto I, vv. 65 á 72.) 

Estudios científicos realizados por los españoles en el Estrecho y 
comarcas vecinas. — Mención especialísima del trabajo descriptivo 
de D. Antonio de Córdoba.— D. Francisco Javier Uriarte reconoce 
por espacio de treinta días y en un débil bote aquellos piélagos.— 
D. Dionisio Alcalá Galiano, D. Ciríaco Ceballos y D. Cosme Chu- 
rruca levantan planos de la Tierra del Fuego y de la totalidad de 
su costa, desde Cabo Dunes hasta el Pacífico.— Otros trabajos efec- 
tuados por nuestra marina de guerra. 



IV.— Colonización del Estrecho y de las tierras inmediatas. 

Felipe II manda «poblar y fortificar y cerrar aquel paso, para 

seguridad de las Indias y otras tierras que están en el mar del 

Sur». — Nombramiento de Pedro Sarmiento de Gamboa como Go- 
bernador y Capitán General del territorio. — Principio y fin de la 
Gobernación y Capitanía General del Estrecho de la Madre de Dios. 
—«Sumaria relación de Pedro Sarmiento de Gamboa, Gobernador y 
Capitán General del Estrecho de la Madre de Dios, antes nombrado 
de Magallanes, y de las poblaciones en él hechas y que se han de 



— 328 — 

hacer». — El puerto del Hambre. — Bulnes lleva á la práctica las ideas 
de Sarmiento. — Punta Arenas fundada en 1851. — El presente y el 
porvenir del Estrecho de Magallanes. 



* 
* * 



Como vemos por el cuestionario, España hizo cuanto en su mano 
estuvo (dados los tiempos) por las tierras del Estrecho de Magalla- 
nes, como lo hizo siempre con cuantas más estuvieron bajo su égida. 

Aquellas zonas donde 

«El mar Océano y el chileno 
mezclan sus aguas por angosto seno», 

jamás deben olvidarse de que españoles eran quienes las descubrie- 
ron, las estudiaron é intentaron dotarlas de la vida de la civili- 
zación. 

Ahora, cuando la apertura del canal de Panamá dé nueva y más 
fácil entrada al Pacífico, los barcos dejarán de cruzar los escollos, 
los acantilados, los ásperos y terribles paisajes del Cabo Pilar, de 
la isla Jacques, de los golfos de Otway y Kaultega, del puerto Swa- 
low, del Froward y del monte Cruz. 

Pero la Humanidad jamás deberá dar al olvido que por aquellos 
parajes se inició el reconocimiento y exploración del Grande Océa- 
no y el descubrimiento de buen número de islas enclavadas en éste. 

Por ello, rindiendo una merecidísima ofrenda de gratitud, pro- 
pongo se erija, allí donde juntan las olas de uno y otro mar, un mo- 
numento á Magallanes en cuyo pedestal figuren simbolizadas la 
joven América y España, ya que fueron españoles los que, en bene- 
ficio de aquel territorio, sufrieron todo género de penalidades, in- 
cluso la muerte. 

Madrid 20 de Marzo de 1914, 



TRAZA DE LAS COSTAS DESCUBIERTAS 

3DE 1502 A 1519 

DESDE NOMBRE DE DIOS HASTA FLORIDA 



DON FRANCISCO DEL TASO Y TRONCOSO 



Como ilustración á la Crónica de Nueva España por Francisco 
Cervantes de Salazar, cuyo primer tomo tengo la honra de ofrecer 
al Cong-reso por mano del Sr. Cónsul de México en Sevilla, he pu- 
blicado la carta geográfica puesta en el dicho tomo después de la 
Introducción y antes del texto de Cervantes. — Quedó anunciada en 
un trabajo mío sobre Geografía histórica de Nueva España presen- 
tado al XVIII Congreso Internacional de Americanistas en Mayo 
de 1912, y ofrecí entonces publicarla. Representa la traza de las 
Costas descubiertas de 1502 á 1519 desde Nombre de Dios hasta Flo- 
rida, y es de valor inapreciable para la historia de la Geografía 
en el Nuevo Continente. La traza original está en el Archivo de In- 
dias, y se mandó hacer su reproducción, años atrás, al Sr. Beau- 
chy, fotógrafo de Sevilla: de ella sacaron los Sres. Hauser y Menet, 
en Madrid, la fototipia que actualmente publico, no habiendo po- 
dido hacerlo antes por los motivos ya expresados en el curso de la 
Introducción. 

Esa carta servirá en mi edición para ilustrar los descubrimien- 
tos que hicieron hasta el año 1519 diversos navegantes en aquellas 
costas del Nuevo Continente más tarde conocidas con el nombre ge- 
neral de Indias de Nueva España, y especialmente las navegado- 



— 330 — 

nes de Francisco Hernández de Córdoba, Juan de Grijalva y Fran- 
cisco de Garay, á que alude la Crónica de Cervantes en los Libros 
Segundo y Tercero según se puede ver en dicho volumen (pp. 71-97 
y 221-223). — Como la edición que hago es en 8.°, á esa misma forma 
hube de reducir la carta, que se reprodujo con las dimensiones de 
275 mm. X 200, sin que por ello se haya perdido ninguna inscrip- 
ción ni detalle del original que se custodia en Sevilla y mide 
430 mm. X 310, según consta en el Número 5 de la obra escrita por 
el Jefe de aquel Archivo D. Pedro Torres Lanzas é intitulada Ma- 
pas de México y Floridas (Sevilla, 1900, 2 vol. en 16.°), en la cual 
se dice que tiene á su dorso el mapa la data de 1519. 

Con las mismas dimensiones del de Sevilla se conserva en Ma- 
drid una copia del dicho mapa en el Tomo 76 (folio 246) de la Co- 
lección de papeles que fué de D. Juan Bautista Muñoz y hoy perte- 
nece á la Eeal Academia de la Historia; la cual copia está hecha de 
mano y en el dorso tiene una inscripción que dice: «1519 |1 Garay || 
Tra^a de la costa de tierra || firme i de las tierras nuevas»; rótulo 
que nos indica la procedencia de la carta y su asunto, pues aquel 
diseño sirve para ilustrar el texto muy compendiado y poco fiel de 
una Cédula expedida en Burgos el año 1521 por los Gobernadores 
de España en ausencia de Carlos V; Cédula que se dio á Francisco 
de Garay como testimonio del asiento que con él se tomó para po- 
blar las nuevas tierras descubiertas el año 1519 por sus pilotos, 
asunto comprendido en la misma Cédula y del que no da perfecta 
idea la Colección Muñoz, por lo cual conviene mejor estudiarlo en 
otras dos publicaciones que lo han dado completo: la Colección de 
viajes y descubrimientos de los españoles, por Fernández Navarre- 
te (vol. ni, pp. 147-153), y la Colección de documentos inéditos de 
Indias (vol. 39, pp. 514-25) publicada por Torres de Mendoza y 
otros. 

Esta última Colección no tiene la traza de la costa, sino sólo el 
texto de la Cédula de 1521 y del asiento que se tomó con Garay, 
mientras que la colección de Navarrete, además, publica la carta 
que debe haber tenido por modelo esa traza que dije antes hay en 
el Tomo 76 de la Colección Muñoz, porque ambos diseños, el de Mu- 
ñoz y el de Navarrete, adolecen de las mismas incorrecciones cuan- 
do se les compara con el original que publico en mi edición; aun- 



— 331 — 

que, á decir verdad, se acerca más el diseño de Muñoz al del Ar- 
chivo de Indias, hecho con puño firme y en que la línea de costas, 
en partes, casi es rectilínea, y en lo general es poco sinuosa, mien- 
tras que la traza de Navarrete parece obra de una mano cuyo pulso 
estaba movido y agitado, pues ha dibujado las costas con líneas 
onduladas que no dan idea de la traza primitiva. 

Ese original, como se puede ver en la primera página del citado 
volumen de Cervantes de Salazar, aparece destruido por la hume- 
dad y el uso en el doblez de la hoja, donde falta una superficie lar- 
ga y angosta, con la cual y con cierto remiendo que allí se ve, 
ha desaparecido una parte de las costas septentrionales y orientales 
de Yucatán, pero, por fortuna, siendo corta la superficie destruida 
y teniendo la dirección general de las líneas de la costa, idealmente 
se puede restablecer en esos pequeños espacios el trazo primitivo, 
tal como está en el diseño de Muñoz, quien seguramente mandó ha- 
cer su copia cuando el papel aún no estaba destruido en el do- 
blez.— Á juzgar por la fotografía que hizo el Sr. Beauchy, parece 
haber sufrido el original otra destrucción junto á su ángulo inferior 
derecho, donde falta la costa que del Darién sube al norte y luego 
al oriente rumbo á Cartagena: ese pequeño trazo está en la copia de 
Muñoz; pero felizmente no hace falta para el fin principal con que 
se hizo el diseño del Archivo de Indias. 

Trazas generales como ésta obteníanse comparando y concer- 
tando los diseños parciales que tenía obligación de hacer cada na- 
vegante á medida que iba descubriendo y bojando las costas que 
hallaba en su derrota; las cuales debían quedar asentadas en las 
cartas de los pilotos con sus aguadas y puertos y las provincias en 
que iban cayendo y los nombres de cada cosa, como queda bien 
explicado y se puede ver en la página 109 de la Crónica de Nueva 
España, repasando el capítulo 10.° de las Instrucciones dadas por 
Diego Velázquez á Cortés. Acontecía con frecuencia que, por haber 
tramos ó espacios de costa no explorados, ó porque se concertaban 
mal dos ó más diseños parciales, resultaban defectuosas las trazas 
generales, y es precisamente lo que pasó con la que publico, de la 
cual haré un examen rápido, estudiando las inscripciones coetáneas 
allí puestas, en las que no siempre se habla de los que hicieron ú 
ordenaron las navegaciones que condujeron al descubrimiento de 



— 332 — 

aquellas costas. Iré citando lo escrito por el orden mismo en que se 
fueron haciendo las exploraciones. 

Cuarto viaje de Colón. — Hay en la parte inferior derecha de la 
traza estas cuatro inscripciones ó letreros que apunto, comenzando 
por la izquierda: (1) Tierra firme: (2) Beragua: (3) El Nombre de 
Dios: (4) El Darién. — Excluyendo la última, corresponden las tres 
restantes á la navegación hecha el año 1502 por Colón, durante 
la cual descubrió la Tierra Firme desde Cabo Caxinas (luego lla- 
mado Cabo de Honduras), llevando su exploración hacia levante y 
sur hasta un puerto que llamó del Retrete, situado según opiniones 
al Oriente de Nombre de Dios; así es que todo lo escrito recuerda el 
cuarto viaje del Almirante, aunque no se cite allí su nombre, pues 
él fué haciendo muchas escalas en su derrota, estando en ella seña- 
lados estos dos puntos: El Escudo de Veragua y Puerto de Bastimen- 
tos, que así designó, según Las Casas en la Historia de las Indias 
(Lib. n, cap. 23), al puerto que llamaron otros El Nombre de Dios. 

Si al llegar á las Islas Guanajas por Septiembre de aquel año, 
en vez de seguir á levante, hubiese navegado al poniente, habría 
descubierto la Nueva España; pero de todos modos, fué Colón el pri- 
mer subdito de Castilla que pudo ver las producciones é industrias 
de la civilización maya-quiche, transportadas en aquella gran canoa 
que llegó de occidente mientras estaba su flotilla en la Isla de Pi- 
nos, que así nombró á una de las Guanajas (Op. cit., lib. II, capí- 
tulo 20), primera tierra por él descubierta cerca del continente 
durante su cuarto viaje. De modo que, si no avistó la tierra de 
Anáuac, él fué, antes que otro alguno, quien tuvo la primera noti- 
cia de su cultura. 

En este viaje del Almirante, al decir de Las Casas (Op. cit.. Li- 
bro III, cap. 96), hallóse Antón de Alaminos, entonces mozo y sim- 
ple grumete, quien refería que se inclinaba siempre Colón á nave- 
gar hacia poniente por las latitudes de Cuba, con esperanzas de 
llegar á ricas tierras; versión conciliable con el derrotero incierto 
que siguió durante 60 días de calmas y tormentas que tuvo, y que 
le llevaron hasta los islotes del Jardín de la Reina, junto á Cuba. 
Esto mismo, con más vaguedad y fantasía, refiere Cervantes en su 
Crónica (pág. 72), tal vez por haberlo visto en papeles de Las Casas 
que habría en Santo Domingo de México: lo malo es que no se com- 



— 333 — 

pagina la citada versión con el rol de los tripulantes que llevó 
Colón, publicado en la colección de Navarrete (tomo 1.*^, pági- 
nas 289-95), pues allí no figura el apellido Alaminos, bien que 
haya tres sujetos de nombre Antón, dos de ellos grumetes, con otros 
apellidos; como no se admita de dos cosas una: que se olvidaran de 
ponerlo en el rol, ó que, llegado á piloto, cambiase de nombre, 
cosa mal vista hogaño, pero la verdad es que la gente de mar y 
aun la de tierra gastaba pocos escrúpulos para ciertas cosas en 
aquellos tiempos. 

Viaje de Pinzón y de Solís. — Prosiguiendo á la izquierda en la 
traza, encontramos estas dos inscripciones ó leyendas: (5) Pingones: 
(6) C. o p."' (es decir Cabo ó punta) de las Higueras. — Lo escrito da 
uno de los apellidos del descubridor, Vicente Yáñez Pinzón, quien 
solía viajar con gente de su linaje y llevó esta vez como piloto, se- 
gún dicen, á Juan Díaz de Solís: buenas autoridades refieren el via- 
je al año 1506. Tocaron los navegantes en puntos antes visitados 
por Colón, según consta en la Historia del Almirante (edición de 
Barcia, cap. 89), avistando la costa de Caria, hoy de Mosquitos 
en opinión de Navarrete (Op. cit., 1-288); el Cabo Gracias á Dios, 
la punta de Caxinas que llamaron ellos Cabo de Honduras, y por 
último las Islas Guanajas. Navegando luego, siempre al poniente, 
donde no había estado Colón, descubrieron toda la tierra firme com- 
prendida entre Cabo de Honduras y Punta de Higueras, la Gran 
Bahía de Navidad (hoy Golfo de Honduras), y, sin dar con el Golfo 
Dulce, continuando al norte, alguna parte descubrirían de la pen- 
ínsula de Yucatán, bien que no creo pasaran más allá de lo que hoy 
se llama Honduras Británica. 

Pinzón haría su traza de lo que descubrió, pero no la conozco, 
y, con los datos que tengo á la vista, sólo puedo afirmar que figu- 
raba en ella el Cabo de Higueras ó Hibueras, porque terminante- 
mente lo dice así la carta escrita el 10 de Julio de 1519 al Rey por 
el Ayuntamiento de la Veracruz, publicada por Gayangos con las 
Cartas de Cortés, donde queda escrito (pág. 5) que la Bahía de la 
Ascensión «según opinión de pilotos es muy cerca de la Punta de 
»las Veras (sic por Ibueras), que es la tierra que Vicente Yáñez 
«descubrió y apuntó». Uno de los que pudo afirmar esto, por haber 
estado antes en aquella Bahía con Grijalva, fué Antón de Alaminos, 



— 334 — 

entonces piloto mayor de la flotilla en Veracruz; y cabe dudar si 
acompañaría en el viaje de 1506 á Pinzón, como se dice que antes 
acompañó en el de 1502 á Colón, ó si lo supo de boca de sus conte- 
rráneos, por ser él de Palos como los Pinzones. De los tripulantes 
que acompañaron á Colón durante su cuarto viaje fueron varios 
con Pinzón á las Higueras, uno de ellos nombrado Pedro de Ledes- 
ma, citado, tanto en la Historia del Almirante (loe. cit.), como en 
el rol de la marinería de Colón publicado por Navarrete (vol. I, pá- 
gina 294): nada extraño sería que hubiera ido Alaminos también; 
pero esto no se sabe de cierto. 

Las dos expediciones marítimas antes registradas partieron de la 
Península hispánica, y aquí se organizaron; pero las que siguen 
fueron ya empresas antillanas, pues el descubrimiento de toda la 
cuenca del Seno Mexicano se hizo por medio de flotillas que partie- 
ron de Puerto Rico, de Cuba y de Jamaica, rivalizando los pobla- 
dores de las tres Grandes Antillas en el afán de hallar tierras nue- 
vas; y es cosa bien singular que haya colaborado en todas aquellas 
empresas el piloto Alaminos, pues aun la de Jamaica se hizo á per- 
suasión suya, según es fama. 

Viaje de Juan Ponce de León. — Pasando á la parte superior de- 
recha de la traza que publico, podemos leer al norte de Cuba estas 
dos inscripciones: (7) La Florida que dezian Bemini, que descubrió 
Joan Ponce: (8) Hasta aquí descubrió Joan Ponce. — El primer 
viaje de Ponce, quien organizó su flotilla en Puerto Rico, tuvo lu- 
gar el año 1512, y lo escrito en la traza expresa bien lo que descu- 
brió, dando á entender el derrotero que fué siguiendo en su nave- 
gación, por más que sea tan grosero el diseño en esta parte; pero 
claro se ve haber comenzado el descubrimiento por las costas orien- 
tales, y está bien acentuado el Cabo Corrientes (aunque falta el 
nombre) que dobló Ponce para llegar á la extremidad meridional 
de Florida, pasada la cual siguió bojando al norte por las costas 
occidentales, donde se ven las bocas de dos ríos, y el sitio más al 
norte á que llegó Ponce por esa banda, sacando la impresión de que 
aquello era isla, mientras que con la traza hecha por los pilotos de 
Garay, quedó resuelto ser península. En las cartas de la época se dan 
los nombres de Río de la Paz y Río de Canoas á esas dos bocas pues- 
tas en el diseño, y más al norte se coloca la Bahía de Ponce, como 



— 335 — 

señal de un sitio por éste visitado en sus viajes: el Cabo que llamó 
Corrientes en la costa oriental, esas cartas lo nombran Cabo de Ca- 
ñaveral. 

Antón de Alaminos fué uno de los pilotos de la expedición, que 
duró cerca de ocho meses: entonces adquirió buen conocimiento de 
las Islas Lucayas y de la gran corriente del Golfo de México, puesto 
que Ponce, ya de vuelta, le mandó como piloto, á las órdenes de 
Juan Pérez de Ortubia, para descubrir la Isla de Biminí, que al ñn 
halló (aunque no su fuente prodigiosa que apeteció Ponce); isla que 
sitúan las cartas del tiempo entre las Lucayas del poniente, fron- 
tera de la Florida, y en la orilla del Nuevo Canal de Bahama: toda 
esa experiencia que Alaminos atesoró allí, aprovechó siete años des- 
pués al descubrimiento del viaje de vuelta de las Indias á favor de 
la gran corriente del Seno Mexicano para llegar á España con más 
rapidez, y resultó en beneñcio de D. Hernando Cortés y de su buena 
fortuna, pues Alaminos, mientras Diego Velásquez enviaba naos en 
busca suya por el Canal viejo de Bahama, sacó del Marién de Cuba 
el navio de los procuradores de la Veracruz, lo embocó por el Nuevo 
Canal, y, favorecido por la corriente, se salvó de ser apresado. 

Viajes dispuestos por Diego Velásquez.- Son tres las expedicio- 
nes marítimas por Velásquez dispuestas ó patrocinadas, y, referen- 
tes á ellas, hay en la traza 4 inscripciones muy apartadas una 
de otra, salvo las dos últimas que se hallan juntas casi: (9) Cuba: 
(10) Cogomel: (11) Almería: (12) Seuüla Veracruz. — La 1.^ no es de 
tierra nueva, pero sirve de punto de partida para fijar el sitio 
(Cuba) de donde salieron las tres expediciones en tres años consecu- 
tivos: 1517, 1518 y 1519. No es extraño que tenga tan pocas inscrip- 
ciones la traza: una parte de costa entre Cabo de Higueras y Bahía 
de Ascensión era desconocida; y el resto, desde allí hasta la Vera- 
cruz no había sido explorado por quien presentó la traza general, 
que fué Garay, ni le interesaba muy directamente, porque su pre- 
tensión era que se fijaran los términos entre sus descubrimientos y 
los de Velásquez, de modo que se contentaba con presentarla traza 
de lo descubierto por éste, señalando simplemente la costa con sus 
aguadas y puertos á veces, pero desentendiéndose de los nombres, 
á no ser de aquellos parajes, como Almería y Veracruz, cercanos á 
lo descubierto por sus pilotos. 



— 336 — 

Derrotero de Francisco Hernández de Córdoba. — Este capitán 
fué quien rigió la primera expedición que salió de Cuba en 1517 
con permiso de Diego Velázquez, pero á expensas del capitán y 
otros dos armadores, y sin propósitos bien deliberados para la em- 
presa. — Hernández de Córdoba, según las opiniones más autoriza- 
das, llegó primeramente á la punta nordeste de Yucatán, señalada 
en la traza por un saliente como espolón que allí se ve, y cerca de 
la cual avistó la primera tierra, que llamó Cabo Cotoche. Navegan- 
do luego al poniente, bojó toda la playa septentrional y dobló la 
extremidad noroeste de la península, llamada Cabo Redondo en las 
cartas antiguas, para seguir bo jando la costa occidental, en la que 
descubrió á Campeche, que llamó Lázaro por haber llegado allá el 
domingo así nombrado. Navegando más adelante llegaron á la 
Provincia de Aguanil, según Oviedo (Lib. XVII, cap. 3), anclaron 
frente á Champotón, último paraje á que alcanzó su exploración 
por el Sur, y, rechazados por los indios con muerte de muchos es- 
pañoles, dieron la vuelta interrumpiendo el descubrimiento. Por tal 
desgracia nombraron al sitio Bahía de Mala Pelea, paraje que no 
debe confundirse con otro que lleva el nombre simple de La Pelea 
en las cartas antiguas, algo al norte de Campeche, y que se refiere 
á otro combate sostenido allí por Grijalva un año después con los 
indios del último pueblo. 

En el diseño, por las causas ya dichas, no hay nombres que re- 
cuerden este primer descubrimiento, pero Champotón quedaba ya 
tan cerca de la primera boca de la Laguna de Términos, dibujada 
en la traza, que pudieron haber llegado allá, en un par de días á lo 
más, para proveerse de agua, que tan lejos y con tanta fatiga tu- 
vieron que ir á buscar. Mal herido el capitán, de tres naos que lle- 
vaba, una quemó por falta de gente, y volvió por la misma derro- 
ta, deteniéndose unos días en cierto estero de la costa septentrional 
de Yucatán, al cual nombraron Eío de Lagartos, en busca de agua 
que resultó salobre, y entonces Alaminos, atrevidamente, cruzó el 
Golfo de México para ir á la costa de Florida que ya conocía, cer- 
ca de cuya extremidad meridional anclaron, tomaron agua y regre- 
saron á Cuba, Con el Islario de Alonso de Santa Cruz (edición Inns- 
bruck, lám. IV) se puede fijar el sitio donde Alaminos estuvo, en 
una pequeña bahía con el nombre de Aguada, junto á Los Mártires, 



— 337 — 

islotes que Bernal Díaz (cap. 6) dice bojaron aquel día, ya de vuel- 
ta para Cuba. Sacó Alaminos la impresión de haber descubierto 
una isla, que así lo dice Bernal Díaz también (cap. 3), y no poco 
perjudicó ese prejuicio más tarde á él mismo, y á los navegantes y 
cartógrafos en general: por tal motivo unos llamaban á Yucatán la 
Isla Rica (Las Casas, Lib. III, cap. 113), y más generalmente la Isla 
de Santa María de los Remedios, como en la Crónica de Cervantes 
(página 104) queda nombrada. 

Derrotero de Juan de Grijalva.— Regida por este Capitán y des- 
pachada por Diego Velázquez partió de Cuba el año 1518, á conti- 
nuar los descubrimientos, la segunda flotilla organizada con ese 
objeto. Esta, en parte de su derrota, bojó las mismas costas que la 
primera flotilla, de Cabo Cotoche á Champotón; pero antes de llegar 
al Cabo halló tierras nuevas, pues, desviada más al Sur que la otra, 
descubrió la Isla de Cozumel, que llamó Santa Cruz, por la fiesta 
del día en que fué avistada. Bojada la isla, pasó á la costa oriental 
de Yucatán, y, navegando al Sur, llegó el 13 de Mayo á una gran 
Bahía poco profunda que llamó de la Ascensión, también por ser la 
fiesta de aquel día. Visto el bajo fondo. Alaminos, que iba de pilo- 
to mayor, aconsejó dar la vuelta y seguir bojando al Xorte: hubo 
esta vez alguna reticencia en la conducta del piloto, quizá por ha- 
ber errado en la latitud, pues dio 17 grados á la Bahía, y sin duda 
creyó estar muy cerca de la Punta de las Higueras, descubierta 
doce años antes, y apuntada, por sus paisanos los Pinzones, como 
dije atrás. 

La traza que publico revela tal error, pues claramente se ve que 
fué dibujada mal, y más tarde corregida testando las líneas erradas. 
El primer dibujo forma un seno entrante, dirigido al Noroeste, que 
sin duda expresa la primera idea que tuvieron de la Bahía de As- 
censión los pilotos cuando la reconocieron: el trazo de aquel seno 
está formado por una línea que se interrumpe abajo, sin llegar á la 
Punta de las Higueras: esta costa de Higueras, además, no sólo se 
ve interrumpida por la rotura del doblez de la hoja, sino que al po- 
ner allí la inscripción C. o p^ de las Higueras, el rasgo de la C ini- 
cial se juntó por arriba con la costa, y por abajo se prolongó de- 
masiado, pero quedando siempre un espacio abierto hasta el trazo 
primitivo de la costa oriental de Yucatán. Así entiendo estaría la 

22 



— 338 — 

traza primitiva presentada el año 1519 á nombre de Gar.ay, porque 
seguían creyendo en ese tiempo que Yucatán estaba separado del 
continente. Años más tarde, conocido el error, algún cartógrafo 
por cuya mano pasó el diseño primitivo presentado por Garay testó 
la cuenca del seno y trazó nueva línea más gruesa que cerró el di- 
cho seno y se prolongó hasta juntarse con el rasgo de la C inicial 
ya nombrada: todo aquel embrollo de rasgos fué tomado como la 
delincación fiel de la costa, y copiado así en el Tomo 76 de la Co- 
lección Muñoz (fol. 246) que más tarde publicó en su Colección de 
viajes Navarrete (tomo III, p. 148). Los cartógrafos del siglo xvi, 
averiguado ya que Yucatán no era isla, juntaban de otro modo la 
península con el continente, como se puede ver en las cartas de la 
época. 

Volvamos al derrotero de Grijalva. Navegando éste rumbo al 
Norte descubrió toda la costa oriental de Yucatán que va desde 
Bahía de Ascensión á Cabo Cotoche; y de allí á Champotón siguió 
la misma derrota que hizo Francisco Hernández de Córdoba, el año 
anterior. Tuvo pelea con los indios de Campeche antes de avistar á 
Champotón, y cuando zarpó de aquel pueblo para ir más adelante, 
como tenía vías de agua una de sus naves, para carenarla buscó 
puerto seguro. Hallado en la boca de la Laguna de Términos, lla- 
máronle Puerto Deseado los pilotos (el mismo que años después 
nombraron Puerto Real). Detuviéronse allí varios días, y en junta 
de capitanes y pilotos. Alaminos declaró estar Puerto Deseado en 
18 grados de latitud; ser aquellos los términos de la Isla de Santa 
María de los Remedios, y las costas que adelante se veían hacia Po- 
niente, ser tierra nueva, declaró así mismo que de allí á la Bahía 
de Ascensión había 20 leguas de traviesa por agua, que no podía él 
navegar por ser sus barcos grandes y bajo el fondo en aquella tra- 
viesa. Todo se concierta muy bien con la traza general que publi- 
co y antes consta que se presentó á nombre de Garay, pues el seno 
de la costa oriental de Yucatán, que dije ya figuraba la Bahía de 
Ascensión está en más baja latitud (como quiera que Alaminos la 
puso en 17 grados) que la Boca de Términos, en el Seno Mexican, 
y el fondo de la Laguna de Términos se ve abierto como si el mar 
continuase adelante. Y aun después de averiguado que Yucatán no 
era isla perduró el prejuicio de Alaminos en la longitud que atri- 



— 339 — 

buyo á la Bahía de Ascensión, y los cartógrafos, acomodándosela 
la distancia de 20 leg-uas entre aquel sitio y Boca de Términos, di- 
bujaban las costas orientales de Yucatán muy entrantes hacia Po- 
niente y Sur, como todavía las representó el Cronista Herrera en síi 
Descripción de las Indias, ochenta años después, según se puede 
ver en la carta que lleva en aquella obra este rótulo: «Descripción 
del destricto del Avdiencia de Nueva España». 

De Puerto Deseado siguió navegando al Poniente Grijalva, y des- 
cubrió en la tierra nueva el Eío que lleva su nombre y está en la 
región de Tabasco, advirtiendo que falta en la traza, lo mismo que 
los demás hasta la Laguna de Santa Ana que allí ftgura pero sin 
el nombre: de otro error grave adolece la traza, y es que pone, in- 
mediatamente al Poniente de la Laguna de Santa Ana una punta 
saliente con la cual quiso representar á Roca Partida sin duda, cuya 
situación es mucho más al Poniente; pero también así está en la 
carta del Cronista Herrera ya citada; y hago notar que de tal trans- 
posición y del cotejo con el mapa de las Décadas resulta claro ser 
el Río Tonalá el primero que la traza de Garay pone al Poniente de 
Roca Partida, y el segundo Río el Coatzacualco, ambos demorantes 
al Oriente de Roca Partida. Vemos y comprobamos con todo esto 
que los cartógrafos de tines del siglo xvi estaban tan atrasados como 
los que diseñaron, á raíz del descubrimiento de la tierra nueva, la 
traza que publico.— Cinco bocas de riego, sin nombres, hay al Po- 
niente de Roca Partida: por su orden, y de Sudeste á Noroeste, son: 
el Río Tonalá, en el cual entró á la vuelta Grijalva; el Río Coatza- 
cualco; el de Alvarado, al cual dio su nombre uno de los capitanes 
de Grijalva que lo descubrió; el Río Xamapa que los de la expedi- 
ción llamaron Río de Banderas y es hoy el de Medellín; y el Río de 
Uitzilapa, hoy de la Antigua Veracrnz: pasado el penúltimo ancló 
Grijalva en la Isla de Sacrificios é hizo rescates con los subditos de 
Moteczuma. Yendo por la mar descubrió las nieves perpetuas del 
Monte Citlaltépetl, hoy Pico de Orizaba, y á la tierra nueva impuso 
entonces el nombre general de Santa María de las Nieves, enten- 
diendo bien ser Tierra Firme todo lo que hasta entonces había bo- 
jado desde la Punta de Xicalanco, junto á la Boca de Términos, 
hasta Sacrificios. 

Sea en el fondeadero de Sacrificios como quiere Oviedo (Li- 



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"bro XVII, cap. 15), sea en el de Ulúa, islote vecino, como afirma 
Bernal Díaz (cap. 13), se dividió el 24 de Junio la ñotilla de Gri- 
jalva, compuesta de 4 naves cuyos nombres se conservan: la cara- 
bela Trinidad, que no estaba para seguir navegando, zarpó en viaje 
de vuelta para Cuba, con Pedro de Alvarado como capitán, llevando 
los dolientes, heridos y gente de mar necesaria, como también los 
rescates. Las otras tres naos donde iban de capitanes con Grijalva, 
Francisco de Montejo y Alonso de Avila, continuaron su derrota 
rumbo al Noroeste, navegaron según Oviedo 3 días más, y el 4.° 
día dieron la vuelta, es decir el 28 de Junio; según Bernal Díaz 
(cap. 16) entiéndese que navegaron 4 días más después del 24 de 
Junio, vieron las sierras de Túchpan, siguieron adelante (se com- 
prende que por varios días más) viendo muchos pueblos de la pro- 
vincia de Panuco; es decir, que navegaron desde Ulúa una semana 
por lo menos hasta una punta mala de doblar, y dieron la vuelta. 
Yo me atengo á lo que dice Oviedo, porque su relación es la que 
dieron los pilotos á raíz del descubrimiento; admito pues que lle- 
garan el 28 de Junio más al norte del Río Tecolutla (que pasaron 
tal vez de noche) y al dar la vuelta estuvieran el 29 de Junio, día 
de San Pedro y San Pablo, junto á su boca y le dieran el nombre 
del día: lo cierto es que se ha llamado el Tecolutla y llama, Río de 
San Pedro y San Pablo. Combatió la flotilla con canoas de indios en 
la costa, según Bernal Díaz á la ida, según Oviedo y Las Casas (Li- 
bro III, cap. 113) á la vuelta, no siendo posible precisar, por tanto, 
si serían cuextecos de Túchpan, ó totonacos de Tecolutla, ó nauales 
de la guarnición de Nauhtla. 

Esa punta mala de doblar que, según Bernal Díaz, les deter- 
minó á dar la vuelta, no acepto que fuera Cabo Rojo porque habrían 
visto antes la Isla de Lobos y citádola. Grijalva, para dar la vuelta, 
se atuvo á la opinión de Alaminos que trae Oviedo, y fué: que con 
lo bojado hasta 28 de Junio quedaba resuelto ser de Tierra Firme 
la costa que seguía, é ir muy lejos; que, por tanto, para no consu- 
mir las vituallas inútilmente, convenía mejor volver á Cuba y des- 
cubrir de paso algunas islas. Diez días tardaron en dar la vuelta 
desde allí á la costa de Tabasco cerca del Grijalva que no pudieron 
tomar; 3 días más en retroceder á la boca del Tonalá que llamaron 
ell os Río de San Antón; y allí, por contratiempos, la escala fué larga, 



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pues duró de 10 á 15 días. Zarparon del Río Tonalá muy avanzado 
Julio, y tardaron 3 ó 4 semanas en llegar á la otra escala, en Puerto 
de Términos, nombre que Grijalva dio, probablemente, al que lla- 
man hoy Puerto del Carmen. Asombra que hayan tardado en tan 
corta distancia tiempo tan dilatado, lo que me hace presumir que 
anduvo Alaminos, como entonces decían, arando la mar por todo 
lo ancho del Golfo de México, buscando las islas ricas que deseaba 
descubrir, y que no halló porque no las hay, salvo islotes y arreci- 
fes peligrosos con los que felizmente no tropezaron, porque su de- 
rrota iría más bien al noroeste que al nordeste. De Puerto de Tér- 
minos zarparon el 25 de Agosto, se detuvieron varios días en 
Puerto Deseado pescando, porque les faltaba matalotaje, y llegaron 
el 1.° de Septiembre á Champotón, frente al cual permanecieron dos 
días sin resolverse á expugnarlo. De allí partieron el 3 de Septiem- 
bre y el 29 de aquel mes avistaron la isla de Cuba siguiendo la de- 
rrota más corta sin tocar en Cozumel. 

Derrotero de Cortés y Montejo. — Así lo llamo porque los des- 
cubrimientos de uno y otro se hicieron con la misma flotilla, que 
fué la tercera organizada en Cuba, donde comenzó su armamento á 
fines de 1518; pero habiendo sido los descubrimientos en 1519, áese 
año lo reñero, pues lo cierto es que no se apartaron de las aguas de 
Cuba para ir á las tierras nuevas sino en Febrero de 1519, como se 
puede ver en la Crónica de Cervantes Salazar (pág. 132). Propia- 
mente la flotilla de Cortés, en conserva, no hizo ningún descubri- 
miento, porque fué por donde Grijalva, recalando á Cozumel para 
recoger á Jerónimo de Aguilar, y siguiendo luego la derrota cono- 
cida para ir á la playa de Ulúa; pero un queche, que tenía por ca- 
pitán á Escobar, se adelantó al cruzar el Canal de Yucatán y des- 
cubrió á Puerto Escondido en las Bocas de Términos, adonde Cor- 
tés, con el cuidado de su extravío, lo buscó y recogió de paso para 
Ulúa, como atrás consta en la citada obra de Cervantes (pág. 151). 
Desembarcados en la playa de Ulúa, se impuso buscar otro puer- 
to más abrigado y cercano á poblaciones de donde proveer al ejér- 
cito. Despachó Cortés para tal efecto á Francisco de Montejo con 
2 carabelas en que iban de pilotos Alaminos y Juan Alvarez el 
Manquillo, enviándolos rumbo al noroeste. Habían ya bojado esa 
costa los dos primeros con Grijalva, y es de creer que siguieran la 



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misma derrota. ^;Fueron más allá que Grijalva? Es lo que de cierto 
no se sabe. Herrera pretende que llegaron hasta Eío Panuco; pero 
no hace sino copiar á Bernal Díaz (caps. 16 y 40) y á Cervantes 
(Lib. III, caps. 2 y 7). Este último se contradice, pues en una parte 
pone (:pág. 169) que llegaron casi hasta Isla de Lobos, y en otra 
(pág. 183) que hasta Río Panuco, por haber copiado mal á Gomara 
{Conq. Mex., cap. 29), quien no dice que llegaran al río, sino á Pa- 
nuco, es decir, á la provincia, que comenzaba sobre la mar algo al 
ngrte.del Eío Tecolutla. Todo esto se aclara mejor con Bernal Díaz 
(loe. cit.), el cual escribe que llegaron esta vez á un gran río de la 
provincia de Panuco, donde antes había estado Grijalva, y ya hice 
ver que ni siquiera la latitud de Cabo Rojo alcanzó este último en 
su derrota. Si llegó Montejo al Río Túchpan habrá sido mucho, y lo 
pongo entre los descubridores, porque dudo que Grijalva llegase 
hasta ese río, según expliqué atrás. Reconocería, sí, con más cui- 
dado, la costa del Totonacápan, llegando más al norte del Río Te- 
colutla, y también esto es mérito para declararlo descubridor. 

En la traza que publico hay dos inscripciones tocantes á la ex- 
pedición de Cortés. Quedan sobre la costa del Seno Mexicano: 
la 1.^ dice «Almería»: la 2.^, situada al noroeste, dice «Seuilla Ve- 
racruz». Esta última, realmente, corresponde á dos localidades que 
representaban el núcleo de acción de Cortés cuando éste inició la 
conquista. Sevilla fué nombre que los conquistadores impusieron á 
Cempoala, comparándola con la metrópoli del Guadalquivir, como 
consta en la Crónica de Salazar (pág. 193). Veracruz era nombre 
que recordaba el día de su desembarco en la playa de Ulúa, y ese 
mismo dieron á la villa que fundaron al norte de Cempoala. Parece 
trastornada la colocación de ambas inscripciones, porque la situa- 
ción de Almería ó Nauhtla es al noroeste de Cempoala: sin duda 
por este motivo quien copió la traza de la Colección Muñoz supri- 
mió las dos leyendas, que faltan asimismo en el dibujo de la Colec- 
ción publicada por Navarrete. Trataré á su tiempo este punto en la 
glosa y por ahora diré solamente que Almería era nombre genérico 
para toda la región costera comprendida entre las barras de Teco- 
lutla y de Chachalacas, y sobre la última barra, precisamente, han 
puesto en la traza el nombre Almería. Desde aquí, siguiendo al 
noroeste, se ven sobre la traza otras 4 bocas de ríos: la del Río Juan 



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Ángel (donde dice Veracruz porque algo al norte demoraba la Vi- 
lla Rica); la del Río Palmas ó Misantla; la del Río Naulitla, y la del 
Río Tecolutla ó San Pedro y San Pablo. Algo al norte habían lle- 
gado los descubrimientos de Grijalva y de Montejo, como dije atrás. 

Viaje de los pilotos de Garay.— La flotilla que completó el des- 
cubrimiento de la cuenca del Golfo de México en 1519 se armó en 
Jamaica, donde gobernaba Francisco de Garay, hombre rico y de 
valimiento en Corte, por ser administrador del Real Patrimonio en 
la isla, reputada entonces como proveeduría de donde sacaban vi- 
tuallas los de Cuba y otras partes (ver en la Crónica de Salazar, pá- 
gina 124). Digo todo esto, no por digresión, sino para dar á enten- 
der que, por la frecuencia de comunicaciones con la isla de Cuba, 
pudo muy bien ser informado Garay por Alaminos, como afirma 
Barcia {Ensayo hist. Florida, pág. 3), de los descubrimientos por él 
realizados en 1517 y 1518, persuadiéndole á proseguirlos por su 
cuenta. Quedará explicado asimismo cómo se armó con tal rapidez 
la flotilla de Garay, habiendo fondos, y llevó tan diestros pilotos, 
y se proveyó con abundancia para una larga travesía que duró nue- 
ve meses. Barcia dice que la flotilla fué de 3 naves; pero las colec- 
ciones de Torres de Mendoza {Doc. Ind., vol. 39) y de Navarrete 
(Viajes, vol. 3) documentan el viaje, hacen ver que las naves fue- 
ron 4, y señalan su derrota en el Seno Mexicano. Aseguran algunos 
que fué con la flotilla el mismo Garay; pero Herrera (2.* edic. 
Dec. II, p. 136) dice que fué de capitán de la flotilla por nombra- 
miento de Garay, Alonso Alvarez de Pineda. 

Del tiempo que duró el viaje para ir y volver, y de la época en 
que se juntaron los de Garay con los de Cortés infiérese que habrá 
zarpado la flotilla por Febrero de 1519, de Jamaica, para comenzar 
su derrota. Es lo más probable que haya pasado entre Cuba y la 
Española, siguiendo el Canal viejo de Bahama, y llegando así hasta 
la extremidad meridional de Florida; pero el documento no lo dice: 
de allí en adelante, sí explica la derrota. Se comprende que lleva- 
ban los pilotos de Garay el prejuicio de Ponce y de Alaminos; esto 
es: que la Florida era isla, y la quisieron bojar por la costa occi- 
dental; por eso dicen: «que no pudieron porque le salia la tierra por 
las proas, en derecho donde nasce el Sol»; por lo cual se decidieron 
á costear hacia Poniente «hasta que toparon con Hernando Cortés». 



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Débeles por tanto la Geografía el importante descubrimiento de ser 
la Florida península y no isla. 

En la traza que sirve de ilustración á este volumen hay, siguien- 
do el orden mismo en que se hicieron los descubrimientos, estas 5 
inscripciones ó leyendas, comenzando por la costa septentrional del 
Seno Mexicano: (13) Desde aquí contengo a descubrir Francisco de 
Garay: (14) Eio del Espiritu sancio: (15) Rio Panuco: (16) Tama- 
Tiax, prouingia: (17) Hasta aquí descubrió Francisco de Garay hazia 
el ueste y Diego Velazquez hazia el leste hasta el Cabo de las Higue- 
ras que descubrieron los Pyncones y se les ha dado la poblagion. — 
La 2.* leyenda que dice Eio del Espíritu sancto corresponde á las 
bocas del gran río Mississipí. Al Oriente del mismo se ve otra boca 
ó entrada cuya situación corresponde á la del puerto de Mobile.— 
La 3.^ leyenda dice Rio Panuco. Entre la boca del Río del Espíritu 
Santo y la del Panuco hay, á partir de la de aquel río y rumbo al 
Sudoeste otras 4 bocas, 2 anchas arriba que á mi entender corres- 
ponden á las entradas de dos bahías en Texas y que probablemen- 
te son las de Galveston y la de San Bernardo; más al Sudoeste hay 
otras dos bocas angostas que corresponden: la septentrional á nues- 
tro Río Bravo del Norte, y la siguiente á la barra de Soto la Mari- 
na. — La provincia de Amichel de que habla el documento estaría 
más al Norte de la provincia de Tamahax que sigue, pero la traza 
no ayuda poco ni mucho á encontrar aquel nombre. — La siguiente 
inscripción que dice Tamahax prouingia corresponde por su situa- 
ción al pueblo de Tamiahua, entonces de más importancia, por lo 
cual está puesto como cabeza de provincia. Un poco al Nordeste, 
una pequeña punta saliente fija la posición de Cabo Rojo: cerca de 
la punta se ven islas é islotes que representan á Isla Blanca, Isla 
de Lobos y los Bajos de Tanhuijo; así es que la costa fué muy bien 
reconocida por aquellos expertos pilotos. Más al Sur hay sobre la 
línea de la costa dos nuevas bocas que son: la Barra de Tamiahua 
ó Tanhuijo y la Barra de Túchpan. — La línea de costa que tenía la 
dirección general Nordeste-Suroeste encórvase para formar una es- 
pecie de ancón ó seno al acabar el cual comienza la Costa de Al- 
mería con la dirección contraria: Noroeste-Sudeste, cuya 1.^ barra 
es la del Río Tecolutla, como atrás quedó explicado. Es un cambio 
brusco é imaginario que no responde á la realidad, é ideado sin 



— 345 — 

duda para mejor acentuar los términos á que llegaba lo descubier- 
to por Garay. Cosa es de notar que cerca de un siglo después la 
Carta del distrito de Nueva España publicada por Herrera tenga el 
mismo cambio brusco é ideal de la costa, que choca más en el mapa 
de las Décadas porque forman las dos líneas de la costa un ángulo 
casi recto. Aquel seno hasta donde los de Garay creían haber lle- 
gado antes que otro alguno tiene la inscripción larga cuyo princi- 
pio es: Hasta aquí descubrió Francisco de Garay, etc. Pineda, su 
lugarteniente, pretendía poblar allí, 20 leguas al Norte de la Villa 
Rica, cerca de Náuhtlan; es decir, por Tecolutla, y así lo notificó 
su escribano á Cortés, como se puede ver en este volumen (pági- 
na 222). 

La obra realizada por los pilotos de Garay es admirable, y el 
esbozo general de las costas del Seno Mexicano desde la punta de 
Florida ó Biminí hasta Cabo Rojo es un arco, perfecto casi, expre- 
sando muy bien la idea general que se habían formado ellos, en 
tan larga distancia como recorrieron, de la figura del gran Golfo 
que, si se consulta una carta moderna, se verá cómo los de Garay 
no hicieron más que regularizar algo el trazo natural de la costa 
entre los dos puntos indicados ya. Se aprecia mejoría superioridad 
de aquellos pilotos comparando en la traza esa parte que bojaron y 
diseñaron ellos con aquellas líneas absurdas de la costa de Centro- 
América, ó con las otras entre sí mal concertadas y alguna vez 
grotescas que, desde Punta de Higueras hasta el Río Tecolutla bojó 
y trazó Alaminos, quien resulta, con esta obra, cartógrafo tan me- 
diano al trazar las costas que bojaba, como era intrépido marino y 
hábil gobernando y dirigiendo su nave. — ¡Lástima y grande que no 
se hayan conservado los nombres de aquellos expertos pilotos que 
llevó consigo Alonso Alvarez de Pineda! 

Esta preciosa traza tiene valor histórico más alto quizá del que 
le atribuyo como pieza cartográfica, pero ya me haré cargo de todo 
ello más tarde cuando publique la glosa. 



DESCRIPCIÓN lilMA DEL PERO Y DE LIMA 

Á PRINCIPIOS DEL SIGLO XVII 

COMPUESTA POK UM JUDIO PORTUGUÉS 
Y DIRIGIDA Á LOS ESTADOS DE HOLANDA 

POR 

DON J. DE LA RIVA AGÜERO 



No faltan por cierto descripciones de las diversas épocas del Vi- 
'rreinato peruano y de la Lima colonial, bastando recordar entre 
las generales de aquél la Primera parte de la Crónica, de Cieza; la 
Descripción y población de las Indias, de Fr. Reginaldo de Lizárra- 
g-a; la Historia del Nuevo Mundo, del jesuíta Bernabé Cobo, y el 
Viaje del francés Frezier; y entre las particulares de Lima las de 
los franciscanos Buenaventura de Salinas en su Memorial de Histo- 
rias y Diego de Córdoba en su crónica conventual, la del Dr. Mon- 
talvo, copiada por el dominicano Meléndez, y la del naturalista 
Haencke, publicada hace pocos años en el Ateneo del Perú. Pero una 
de las más ricas, sugestivas y pintorescas permanece inédita en la 
Biblioteca Nacional de París, catalogada por el Sr. Morel-Fatio con 
el número 570 entre los manuscritos castellanos allí existentes. No 
ha sido aún, que sepamos, utilizada ni menos analizada por nadie. 
Lleva por título Discricion general Del Reyno \ del Piru, en par- 
ticular de Lima. Es una esmerada copia, sin dedicatoria ni firma, 
en letra del siglo xvii y en un tomo empastado que al dorso dice 
con letras doradas Discrisio de Lima. Mide 185 mm. por 152. Tiene 
al principio 5 fojas en blanco; la relación se contiene en 235 nume- 
radas; y á continuación, de la 237 hasta la 265, viene una ilfemona 



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de todos los géneros de mercadu \ rías que son necessarias para el 
perú, y sin \ ellas no pueden pasar por que no se fabrican \ en la 
tierra 

Fué el autor un portugués, como lo acreditan infinidad de pala- 
bras de aquel idioma y de formas y giros netamente lusitanos; y 
debió de ser judío, por el odio que manifiesta á la Inquisición, los 
frailes y la Iglesia, el completo silencio que en sus fórmulas y ex- 
clamaciones religiosas guarda acerca del Nombre de Cristo, algún 
recuerdo de la destrucción de Jerusalén por los romanos y el he- 
braico sabor de frases como éstas: «A honra y gloria del Señor del 
Mundo Sólo Dios es firme, y sus cosas firmes y su palabra ver- 
dad. Él nos encamine en todo lo bueno y nos aparte de todo lo 

malo Y todo reino y gentes que al Señor no temen, no pueden 

dejar de tener mal fin, porque todas las cosas deste mundo llegan 
a sus términos limitados.» 

Dedúcese que escribió su relación en Holanda de que para na- 
rrar las incursiones del corsario Spielberg en las costas del Pacífi- 
co, dice: «Entraron por el Estrecho de Magallanes cinco navios de 
estas tierras.» Se dirige al Gobierno de las Provincias Unidas, con 
propósitos á la vez mercantiles y militares, como lo indican las mu- 
chas noticias que da de las mercaderías, puertos, desembarcaderos, 
fuertes, armas, milicias, gente de guerra y posibles defensas de los 
territorios del Perú y sus anexos, y como lo declaran las palabras 
finales: «Con esto hemos concluido con nuestra historia de las In- 
dias, a gloria y honra de Dios y servicio de vuestras señorias a 
quien el se sirva de aumentar y hacer señores de grandes reinos y 
seTiorios para sii santo servicio y bien de vuestras señorias.» 

Residió en Lima por más de quince años, empleado en una tien- 
da de mercaderías, con salario de 9.000 reales, y casó con una crio- 
lla limeña, nieta del Dr. Franco, que en dote le trajo una huerta 
frente á la puerta del Cercado y al monasterio del Prado. Presen- 
ció en la villa de lea, donde vivió de asiento algún tiempo, el te- 
rremoto de 26 de Noviembre de 1605, y en Lima el de 19 de Octu- 
bre de 1619. Sin duda que como infante miliciano en una de las 
compañías regladas de mercaderes, asistió al alarde general que 
hizo el Virrey Marqués de Montesclaros en la Plaza de Armas de 
Lima el año de 1615 y á la defensa del Callao el 22 de Julio del 



— 349 — 

mismo año contra la escuadra holandesa de Spielberg, quien fon- 
deó á la vista del puerto después de haber derrotado en Cañete á la 
nave capitana de D. Rodrigo de Mendoza y de haber echado á pi- 
que á la almiranta mandada por D. Pedro de Pulgar. 

Viajó mucho por el interior del país. Recorrió los caminos de 
Lima al Cuzco y Potosí; y parece testigo de vista en la descripción 
de los de Buenos Aires y Tucumán y las llanuras del Río de la Pla- 
ta. En cambio, la de Chile es tan somera que es de creer que se fun- 
de en testimonios ajenos. A la ida ó al regreso del Perú, tocó en 
Cartagena y la Habana, de que habla con muchas particularidades 
en los últimos capítulos. 

Viene á ser así esta descripción, no sólo del Perú propiamente 
dicho, sino de mucha parte de las Indias Occidentales, porque fue- 
ra de Méjico, la América Central, Venezuela y el Brasil, de que no 
trata, todas las demás colonias americanas están incluidas en ella, 
y con interesantísimos pormenores acerca de su comercio, pobla- 
dores y producciones. La relación de Tierrafírrae y las ciudades de 
Portobelo y Panamá, que lógicamente debía estar al principio, se 
encuentra al fin, porque es grande la arbitrariedad y el desorden 
con que van dispuestas las materias. 

El manuscrito comienza con elogios de las riquezas naturales 
del Perú: «El Piru Prouincia y Reyno Rico y poderoso donde se 
alian ricas minas de plata y oro y azogue y plomo y estaño y co- 
bre: abastesida de todo genero de sustento tierra rica y abundante 
de ganados y todas suertes de sustento y aues y pescados tierra 
templada y limpia de serpientes y animales ponsoñosos y brauos 
tierra de muchas yernas y cosas medicinales.» 

Da luego idea general de las tres regiones, Costa ó Los Llanos, 
Sierra y Montaña; y en seguida describe el itinerario del Callao á 
Panamá viniendo por el mar hasta Paita. En todo el viaje, hasta lle- 
gar al Callao, se invertían entonces de catorce á veinte días. Pasa- 
da la línea equinoccial, toca en Manta, primero puerto y lugar del 
Perú. Halla que tiene buen fondeadero. «A dos leguas por la tierra 
adentro está Porto viejo, villa donde a treinta casas de españoles, 
gente que posehe muchos ganados y pocos dineros.» En Guayaquil, 
encuentra mucho contrato de mercaderías que van de Lima á Qui- 
to, buenas noticias de mercaderes, corte de maderas, construccinó 



— 350 — 

de naves y cultivos de tabaco y zarzaparrilla. En Paita, el puerto 
es grande y espacioso, «limpio de ascollos y baxios, seguro de tem- 
pestades. Pueden en él caber y entrar quantas ñaues quisieren». 
Piura «es lugar abierto y de poca traga». En su comarca se crían 
muchos ganados, yeguas, caballos, muías, vacas, ovejas y cabras, 
muchas gallinas, y hay mucho trigo, maíz y otras cosas. A siete le- 
guas del río de Piura está la Estancia del Negro; y luego por des- 
poblados en que hay algunos bosques y muy poca agua, y esa sa- 
lobre, se llega al pueblo de Olmos de los Arrieros. 

Apartándose aquí de su camino, da muy breve noticia del inte- 
rior que va de Cartagena á Quito, y habla del «novo Reino de Gra- 
nada, donde llueve y hay grandes bosques y culebras que no fazen 
mal»; y de Quito, muy abundante de trigo y ganados, «ciudad 
grande y de bon trato. Fazen muchos paños, bayetas y zapatos de 
baqueta» para los negros. Habla muy poco de Loja, Jaén y Cha- 
chapoyas; y volviendo al camino de la Costa, pasa de Olmos de los 
Arrieros á Lambayeque, Jajanca y Ferreñafe, tierras de mucho al- 
godón y buen corregimiento; y á la villa de Saña, poblada de es- 
pañoles y la mejor y más rica de Los Llanos, que tenía gran trato 
de todas suertes de mercaderías. Su puerto, malo y desabrigado, 
es Chérrepe. De Saña subía el camino para Cajamarca y la Sierra. 
Continuando el itinerario del litoral, pasa de Saña á Pueblo Nue- 
vo; á Guadalupe, monasterio de frailes agustinos; á San Pedro de 
Llocí, que equivocadamente llama San Pedro de Mama (confun- 
diéndolo con la localidad así denominada en las cercanías de Lima, 
á orillas del Eímac); y á Trujillo, «ciudad fértilísima y regalada, 
donde ay corregidor y obisj)0 y monasterios de fraires y monjas y 
teatinos, y grandes casas de Caballeros y ricas tiendas de merca- 
deres». El valle de Chicama es «el mejor y más fértil que tienen to- 
dos los llanos». En él había mucho trigo y harina é ingenios de azú- 
car, olivares de «aceituna más gorda que la de Sevilla», y algodón 
del cual se hacían los pábilos que se llevaban á Lima, á Potosí y á 
todos los asientos mineros, y los sacos en que se ponían las harinas 
que iban por mar á Panamá, Portobelo y otras partes. Se exporta- 
ba igualmente de aquí y de Saña para toda la Costa mucho azúcar 
y conservas. Trujillo tenía 1.500 vecinos españoles, y muchos in- 
dios y negros para la labranza de los campos y el servicio en la 



— 351 — 

ciudad. El río de Santa, «el más recio y mayor de los llanos», se 
pasaba en balsas «feitas de calabagos que llaman mates». La villa 
tenía hasta 70 casas de españoles y algunas de indios, y había ne- 
gros esclavos en ella y en su campiña. Hacíase azúcar y se lle- 
vaba trigo á Lima, vendiéndose en mayor precio que el de los otros 
valles. Guambacho, Casma Alta y Casma Baja, eran lugares de in- 
dios; pero en las haciendas comarcanas vivían algunos españoles. 
En las quebradas próximas, hacia el interior, se hacía algún vino. 
Huarmey tenía algarrobos y abundancia de caballos, ganado de 
cerda y buen pescado. 

Por la Sierra, de Cajamarca se bajaba á Huaylas, donde había 
obrajes de frazadas, bayetas y cordellates de colores, todo lo cual 
se llevaba á Lima para vestir á los negros. 

De Huarmey el camino de Los Llanos seguía á La Barranca por 
catorce leguas. En este espacio, los parajes principales eran: el mal 
paso llamado Salto del Fraile; el gramadal Jagüey de las Zorras, 
sin agua y situado junto al mar, y el lindo río de Paramonguilla. 
Junto á la desembocadura de éste se ve una montaña alta con rui- 
nas indias. «Y por todos estos valles y faldas de las montañas ay 
muchísimos lugares despoblados y cabidos del tiempo que los yn- 
dios eran señores de sus tierras.» Cuando el río de La Barranca ve- 
nía crecido, se pasaba cuatro leguas más arriba, por el ingenio de 
azúcar llamado de Doña Bernarda. De La Barranca se va á Supe, 
«donde se hazen lindos jarros que llevan a Lima». Allí junto «una 
casa de frailes agustinos con sus labranzas y muchas crias de gana- 
dos y muchos modos de frutos por todas suertes Por todos estos 

rios arrimados a la sierra viuen muchos indios alegres y contentos, 
aunque los españoles los traben muy oprimidos y sus doctrinantes 
les cogen todo su bien». 

En Huaura había muchos y muy buenos ingenios de azúcar, y 
se cogía mucho trigo. La villa contaba 100 casas de españoles y 
bastantes más de indios. Trabajábanse las salinas «las más famosas 
y buenas que deue tener el mundo, que para todo él dizen que pue- 
de dar sal esta salina». De Huaura salen á Lima dos caminos: el de 
la orilla del mar y el de las lomas que va á las estancias de Chan- 
cayllo, donde hay agua, y á la villa de Chancay, que tenía 100 ca- 
sas de españoles y muchas de indios, un puente de piedra sobre su 



— 352 — 

río, y en los campos de su contorno azúcar, trigo, maíz, viñas, leña, 
aves y ganados. De aquí, por la Sierra de la Arena, se bajaba á 
una ensenada de pescadores, distante cinco leguas de Lima (An- 
cón) y á los campos de Carabayllo, en los que había junto al mar 
«una estancia de yeguas y muías muy valientes» (¿La MuleríaV). En 
el camino de la Sierra de la Arena (¿Piedras Gordas?) solé de aver 
negros simarrones, que son los que se fuyen de sus amos por ma- 
los tratamientos que les hazen, y otros porque son ladrones y ve- 
llacos». 

Á continuación, y antes de entrar á tratar de Lima, habla de 
Huánuco de los Caballeros, villa de 300 casas de españoles y que 
pondera como verdadero paraíso terrenal por ser la del mejor tem- 
ple del Perú. Llama Marañón al río Mantaro que nace en las sie- 
rras de Bombón y pasa por Jauja y cerca de Huamanga; y agra- 
vando este error geográfico, supone que después de penetrar en 
las montañas, tuerce su curso al Occidente y vuelve á las cerca- 
nías de Huánuco. 



Descripción de Lima. 



Es animada y rica de color la pintura que el judío portugués 
hace de la ciudad de Lima. Celebra con insistencia en varios pasa- 
jes de su relación la suavidad del clima, la igualdad de los días y 
las noches, la benignidad del ambiente, la verdura perenne de los 
campos y el agrado y lucimiento de las casas, casi todas con jardi- 
nes y hermosos balcones, adornados los patios con macetas de ale- 
líes, claveles, albahacas y rosas, y las ventanas de enredaderas y 
de la preciada hierba llamada la congona, que huele á clavos de 
especiería. Se muestra entusiasta de la belleza y desenfado de las 
criollas, á quienes describe vestidas de seda y terciopelos de oro y 
plata, muy adornadas con cadenas de oro, gruesas perlas, sortijas, 
gargantillas y cintillas de diamantes, rubíes, esmeraldas y amatis- 
tas, yendo á visitas en sillas de manos, á hombros de los esclavos 
negros y seguidas de ancianos escuderos españoles, ó arrastradas 
en carrozas de muías ó caballos que conducían cocheros negros. 



— 353 — 

Los hombres blancos, galanes y bizarros, vestidos de sedas y paños 
de Segovia, con cuellos de puntas de Flandes y con medias de seda, 
andaban casi todos á caballo, y cuando salían de Lima, aun á cor- 
tas distancias, llevaban buenas muías, vajilla de plata, cama den- 
tro de un almofrez y séquito de esclavos. 

Las fiestas eran numerosísimas, y las procesiones «con muchas 
danzas, y tanto estruendo, instrumentos e invenciones, que no hay 
ciudad en España en que se haga tanto, ni donde cuelguen las ca- 
lles con más riquezas». Todos los meses jugaban toros y cañas; de 
continuo había comedias y músicas, salidas á holgar al campo, me- 
riendas y banquetes en las huertas y todas las tardes paseos de ca- 
balleros y mercaderes por la ciudad y la campiña. Sobre estos es- 
parcimientos ordinarios, venían los regocijos extraordinarios de las 
entradas de los Virreyes, y los grados doctorales en la Universidad, 
«que hay bien que ver en ellos y oir sus vejámenes» . Admira, como 
era natural en aquel tiempo, lo ancho y recto de las calles «sin ha- 
cer embueltas ni rincones», muy derechas y empedradas, salvo en 
el centro para el tránsito de los coches. Menciona el puente de pie- 
dra que construyó el Marqués de Montesclaros; y los arrabales de 
San Lázaro, al otro lado del río, y el del Cercado, con 800 indios 
ricos y ladinos y con jardines cuyas producciones enumera y alaba 
menudamente. Pero si lo enamoran el clima, alegría y riquezas de 
la ciudad, le causan profundo desvío el Tribunal de la Inquisición 
«tan temido y aborrecido de todas las gentes»; la inñuencia prepon- 
derante de los jesuítas, «que no ha ninguno que sea pobre, y que 
engullan en el Perú muy grandes bocados y no se afogan, porque 
tienen estómago para todo»; el poderío de las demás órdenes religio- 
sas, de cuyos frailes dice: «estos son los que mejor se aprovechan en 
el Perú o los que mejor saben furtar en bon romance»; y los exce- 
sos de las autoridades civiles, corregidores, visitadores y demás 
oficios reales que «todos van forros y a partir, porque el que menos 
roba se tiene por más apocado, y el que más roba se tiene por me- 
jor y más honrado». 

Esta su insistencia en poner de resalto los malos aspectos del ré- 
gimen colonial, esta su actitud de crítica descontentadiza y mordaz, 
natural en quien como él era miembro de una minoría odiada y per- 
seguida, explican sus desfavorabilísimos juicios acerca del carácter 

23 



— 354 — 

criollo. Tiene á los hombres por vanidosos, jactanciosos, embuste- 
ros, y dados á la disipación y á los vicios, y á las mujeres, cuya 
belleza alaba tanto, por livianas y gastadoras en extremo. A ratos 
las páginas de su relación se convierten en la crónica escandalosa 
de la sociedad limeña, aunque sin indicar nombres propios, pero 
dando tantos indicios sobre los autores de ciertos delitos, que no se- 
ría tarea imposible para la erudición acertar á identificarlos. A du- 
ras penas reconoce que hay en el Virreinato y su capital gentes 
buenas, honradas y virtuosas. Algunas veces, contradice sin querer 
sus detracciones, porque habiendo descrito con muy vivos colores 
la codicia, el ansia de dinero y los fraudes en negocios y herencias, 
se le escapa luego reconocer que se socorren mucho los unos á los 
otros, y que el trato mercantil de Lima es el mejor y más sin pesa- 
dumbre que se puede hallar en el mundo, resolviéndose las diferen- 
cias entre mercaderes por arbitros de buena conciencia, con lo cual 
se excusan pleitos. Al paso que dice que son holgazanes los limeños, 
declara que todos, hasta los más grandes caballeros, se dedican al 
comercio y que son «tan diestros en toda suerte de mercadurías que 
no se sabe otro que sepa más que ellos». Tras de pintar tan al vivo 
las exacciones administrativas, viene á confesar: «Se dice quien va 
al Perú de ciento no vuelve uno, jjorque demás de su gran abundan- 
cia y hartura hay en ella pocos tributos, pocos derechos, pocas adua- 
nas, p)ocas alcabalas Forestas causas no quieren los hombres 

volver a España, que en volver en habiendo dineros es cosa fácil.» 
Sus observaciones sobre la moralidad y costumbres del país son muy 
interesantes y merecen tenerse en seria cuenta, pero sin olvidar que 
quien las formula era probablemente un perseguido del Santo Oficio, 
que se dirigía á los enemigos de España procurando lisonjearlos, y 
que aun involuntariamente habían de influir en sus apreciaciones los 
recuerdos de las persecuciones y sospechas de que sus correligiona- 
rios eran objeto en el Perú, que sin duda también á él le alcanzaron, 
y que tenía que haberle agriado el ánimo el ambiente de menospre- 
cio y recelo que rodeaba en Lima á los portugueses judaizantes. 

Para animar á los holandeses á un desembarco, repite mucho 
que Lima carece de murallas, fuertes y defensas, que no hay en ella 
guarnición ni presidio de tropas pagadas, y que las milicias son bi- 
soñas, poco numerosas y de escaso ánimo militar. Indica también 



— 355 — 

el peligro de una sublevación de esclavos, tan temida de los españo- 
les, que prohibían con severas penas á los negros llevar armas. Ha- 
bía más de 40.000 esclavos en la capital y sus alrededores; pero lo 
que les impedía concertarse para un alzamiento eran los odios que 
se profesaban las diferentes castas y razas de ellos. El vecindario 
español, según los datos que trae el judío, no excedía de 4.600 hom- 
bres y un número algo mayor de mujeres. De éstos, 100 eran enco- 
menderos de indios y constituían propiamente el cuerpo de la no- 
bleza, de la cual salían los 24 regidores del Cabildo. De frailes, clé- 
rigos, estudiantes, colegiales, letrados y forasteros, calcula á lo más 
2.500. Había representantes de todas las provincias de España, y no 
faltaban extranjeros, á pesar de las prohibiciones y dificultades que 
establecían las órdenes reales: franceses, italianos, alemanes, fla- 
mencos (uno encontró en el interior, á orillas del Apurimac), griegos, 
raguseses, corsos, genoveses, ingleses, y hasta moriscos y gentes de 
la India y de la China. Entre los españoles era muy viva la enemis- 
tad de los meridionales y extremeños contra los vizcaínos; y de los 
soldados pobres que vagabundeaban por los caminos y que hacían 
oficio de bravos, contra los ricos encomenderos y los empleados 
reales. 

Las compañías de milicias de á pie en Lima eran ocho, cada una 
de á 150 hombres, que eran los zapateros, sastres y oficiales de la 
ciudad. Las de caballería eran de á 600, inferiores aún á las de á pie 
y compuestas por los arrieros, chacarerosy mayordomos de labranza 
del valle. A más de estas fuerzas, existía la guardia del Virrey, que 
era una compañía de gentileshombres lanzas y otra de arcabuceros, 
cada una de á 100 hombres, todos blancos. Los primeros ganaban 80 
pesos ensayados, y el capitán 3.000; y los segundos 100 y 1.000 más 
el capitán. Milicias y guardias juntas, en los alardes que presenció 
el judío, no subían á 1.300 plazas. 

Ganaba el Virrey por entonces 40.000 pesos ensayados al año; 
pero cada vez que iba al Callao á despachar la armada se le abo- 
naban 3.000, y cuando se dirigía á algún otro punto por servicio 
del Rey 10.000 de ayuda de costa. Nombraba á sus más inmediatos 
parientes ó amigos para los dos mejores cargos, que eran el de Gene- 
ral de la Mar y el Callao y el de Capitán de su guardia, cada uno 
con 3.000 pesos. Proveía gran número de corregimientos por tres 



— 356 — 

años, pues los de mayor importancia, que duraban seis años, eran 
provistos directamente por el Rey. «Con los dineros de las cajas rea- 
les tratan los corregidores, y con sus tratos se fazen ricos, porque de 
salario no tienen más de 800 pesos ensayados, excepto algunos par- 
ticulares corregimientos.» Los había que de provechos ilícitos daban 
en tres años 100.000 pesos. Los oidores, alcaldes del Crimen, inqui- 
sidores y maestres de campo ganaban 3.000, y los tesoreros y conta- 
dores 2.000; pero «todos son ricos y poderosos, todos ga,stan como 
príncipes, y son temidos y respetados». Rodeaba al Virrey una ver- 
dadera corte, y eran de gran provecho los oficios de mayordomos, 
mestresalas, gentileshombres de cámara y demás que constituían 
su alta servidumbre. Servíanle de pajes los hijos de los señores más 
ricos y principales del Perú. 

El Palacio, adornado interiormente, con grandes riquezas, tenía 
dos vastos patios. En el del lado de Occidente estaba la escalera que 
subía á las piezas del Virrey, custodiada siempre por 30 alabarderos 
y que daba á la calle que hoy llamamos de Palacio. En la esquina de 
ésta y la plaza de Armas, formando ángulo con las casas de Cabil- 
do, que estaban fronterizas, se encontraba la Casa de Armas donde 
se guardaban las de todas las tropas, algunas piezas de artillería y 
algunos pedreros. Lo restante de este patio lo ocupaban las Cajas 
Reales y la Capilla, situada en el mismo lugar de la actual. Por de- 
trás de ella corría un pasadizo que usaba el Virrey para acudir á 
los locales de la Audiencia y los tribunales restantes, que ocupaban 
el patio de Oriente. En el centro del Palacio estaba el jardín; y de- 
trás, hacia el río, las casas de los criados del Virrey. En la esquina 
que correspondía á las Carnicerías, fronteriza á las casas de don 
Francisco de la Cueva, la Cárcel de Corte, construida en tiempo de 
Montesclaros (actual Ministerio de Gobierno é Intendencia). A este 
lado (que después se llamó calle de la Pescadería) se abría una 
puerta, correspondiente á la que del otro lado conducía á las habi- 
taciones del Virrey. A continuación y en el ángulo de la Plaza 
frontero al Palacio Arzobispal, funcionaba la Sala de los Alcaldes 
del Crimen. 

En el centro de la Plaza había una fuente de agua en una taza 
de piedra. Al lado del Oriente, la Iglesia Catedral «feita por la tra^a 
mayor de Sevilla», con muchas capillas y riquezas de oro y plata 



— 357 — 

labrada; y junto, las casas del Arzobispo. Frente á este lado y al 
Palacio del Virrey se extendían, como hoy, los dos portales. El que 
ya se llamaba de Escribanos, estaba ocupado, á más de los oficios 
de éstos, que le dieron el nombre, por algunas tiendas de guante- 
ros, y por las casas de Cabildo y la Cárcel de la Ciudad. 

De esta esquina, sale la calle que lleva al río y pasa por el Puen- 
te de Piedra, y termina en la Iglesia y hospital de San Lázaro, que 
servía á los enfermos de este mal, situado en el barrio nuevo, que 
hoy llamamos de Abajo del Puente y que ya contaba más de 600 
casas. A la izquierda se tomaba el camino real de Los Llanos. A la 
derecha, delante del cerro de San Cristóbal, la Alameda, con calles 
de naranjos, cedros, olivos, manzanos y álamos, en medio cuatro 
fuentes de agua con tazas de piedra, y en el fondo el monasterio de 
frailes franciscanos con buena casa y huerta, Río arriba y pasando 
junto al cerro, el camino para Lurigancho, lugar de indios á una 
legua de la ciudad, y el camino de la Sierra. 

De la esquina de la Plaza que ocupaba la Sala de los Alcaldes 
del Crimen sale otra calle que pasa junto á la Cárcel de Corte y 
que iba á las Carnicerías (actual de la Pescadería). Tuércese á la 
derecha á la plaza de San Francisco, con su monasterio grande y 
muy rico, situado junto al río, y que con la anexa huerta de los 
frailes ocupaba el espacio de dos cuadras. De allí sube la calle al 
monasterio de Santa Clara, junto al cual corre, en dirección de 
Norte á Sur, la mayor acequia de la ciudad, y sigue al Cercado de 
los indios y al camino de la Caja de Agua, que ocupaba el medio 
de un verde prado, de donde partían el camino al valle de Santa 
Inés y el de la Sierra. 

Del frente de Palacio y de la esquina de las casas del Arzobispo, 
sale otra calle (que hoy sigue llamándose del Arzobispo en su pri- 
mera cuadra) á la cual daban el Colegio de Santo Toribio y las ca- 
sas del Correo Mayor (las de los Carvajales, tronco de los Duques 
de San Carlos, situadas en la esquina de las cuadras que ahora se 
llaman de San José y Aparicio). Desemboca en la Plaza de la In- 
quisición, á cuyo lado Sur estaban la cárcel secreta, capilla y ca- 
sas de los inquisidores; y cuyo lado oriental ocupaban la Iglesia y 
casa de la Caridad, donde se curaban las enfermas menesterosas y se 
recogian arrepentidas y doncellas pobres. Apegado á esta casa se 



— 358 — 

levantaba el Colegio del Key (Universidad de San Marcos y Cole- 
gio Real de San Felipe). Sigue subiendo la calle á la Plaza de Santa 
Ana, en la que se encuentran el monasterio de Monjas Descalzas, 
el Hospital de Indios, que tenía 30.000 pesos ensayados de renta, 
y la iglesia parroquial de Santa Ana. Continúa la calle por el lado 
de las Descalzas; y pasando por la cuadra de la Peña horadada (que 
ya se llamaba entonces así), va á la iglesia del Prado junto á la 
puerta del Cercado de los Indios. Recuerda melancólicamente el 
judío que aquí se hallaba la huerta del Doctor Franco, de la cual 
él fué dueño. Partía para el Oriente un camino que entre chácaras 
de trigo y alfalfares iba hacia la mano derecha al lugar de Late, 
distante dos leguas de la ciudad. Otro camino tuerce para Santa 
Inés y la Sierra; y volviendo al real se pasa por la Rinconada de 
Late, sitio de regocijo, para los limeños, donde había muchos som- 
bríos de hortaliza, pepinos, camotes y maizales. A la izquierda de 
la Rinconada parte el camino para la Cieneguilla. 

Junto á la Catedral pasa otra calle que se dirige al monasterio 
de la Concepción [la cuadra que después se llamó de Judíos], el cual 
«es de monjas, rico y regalado». Va al Hospital de San Andrés, 
grande y buena casa de españoles, y desemboca en la Plaza de 
Santa Ana, en la que se juntaba con el camino real de la Sierra. De 
Santa Ana á la mano derecha, se iba á la calera y horno de ladrillo 
de Alonso Sánchez Calero, que servían 400 esclavos, y al camino 
real de Los Llanos. Subiendo de este punto hacia el oriente estaba 
la Huaquilla de Santa Ana. Aquí había «un grande campo, todo 
en redondo, llano de huertas, y se va a dar a una acequia grande 
de agua». Por allí se dirigía un camino á la Casa de la Pólvora, 
donde se fabricaba mucha y muy fina, y había para ello molino de 
agua y depósito, á un cuarto de legua de la ciudad. 

La calle que de la Plaza salía al Sur junto á la Catedral, recibía 
al principio el nombre de la de los Roperos, por las muchas tiendas 
de vestidos para los negros que la ocupaban. Pasaba por las espal- 
das del monasterio de los frailes de la Merced, é iba á parar al de 
monjas de la Encarnación, «casa la más famosa de Lima, donde ha 
más de 400 mujeres, la mayor parte profesas, y recogidas muchas 
hijas de señores ricos para que deprendan buenas costumbres y las 
sacan para las casar». Tanto las monjas como las seglares recogí- 



— 359 — 

das y educandas tenían esclavas negras para su servicio particular. 
Grandes encarecimientos hace el portugués de este convento. «Hay 
hermosas discretas mujeres, dotadas de mil gracias. Fazen conser- 
vas y colaciones, de tanto modo y tan buenas que no se puede ima- 
ginar cosa de mayor regalo. Tienen una grande y regalada huerta; 
y coge el monasterio y su huerta dos cuadras de largo y una de an- 
cho.» Por esta dirección seguía la calle á los Recoletos Dominicos 
[debe de ser equivocación por franciscanos, que era los que tenían 
la recolección de Guadalupe, situada en aquel lado]. De aquí partía 
el camino que empalmaba con el real de Los Llanos. 

La más famosa y animada de las calles de Lima era á la sazón, 
como lo es todavía hoy, la de Mercaderes, que de la Plaza salía al 
Sur por entre las esquinas de los portales de Escribanos y Botone- 
ros. En ella había «a lo menos 40 tiendas surtidas de cuantas rique- 
zas tiene el mundo. Aqui está todo el principal negocio d el Perú 
porque ha mercaderes en Lima que tienen un millón de hacienda 
y muchos de 500.000 pesos; y de 200 y 100 mil son muchísimos; y 
de estos ricos, pocos tienen tiendas, y envian sus dineros, a emplear 
a España y a México y otras partes, y algunos tienen trato en la 
Gran China. Aqui fian las mercadurías por lo menos por un año, y 
si son memorias grandes las fian por un año y dos y tres, por sus 
tercios la paga La orden de vender y comprar es que ha mu- 
chos años que el Corso, que fue el mayor mercader y mas rico que 
ha tenido el Piru, que sus hijos son Marqueses de Cantillana junto 
de Sevilla; este Corso fizo una tasa ensayada de cuantas mercadu- 
rías se labran y hacen en todo el mundo, y todas se obligo a dallas 
por aquellos precios, y unas mercadurías puso muy altas y otras 
muy bajas, conforme en aquel tiempo tenian el valor; y las merca- 
durías que no hubo en su tiempo y después se fabricaron y se les 
dio nombre, le ponen los corredores su precio y tasa. Y esta tasa se 
conserva hasta hoy en dia. Pues la orden que tienen los mercade- 
res para comprar sus mercadurías es que toman las memorias de 
las mercadurías que les dan los cargadores para que compre con 
los precios que costaron las mercadurías en España o México, y 
luego la van retasando, y unas mercadurías bajan y otras suben 
conformen corren y valen las mercadurías en la tierra, y ansi fazen 
la tasa en corriente, dando a cada genero el valor porque se 



— 360 — 

puede vender en el tiempo que compran; y feita la cuenta y retasa 
por preslo de los pesos ensayados questo se entiende la tasa y la 
hago también por la cuenta corriente, questos son los precios por- 
que se pueden vender las tales mercadurías; y sumado una cuenta 
y otra, reducidas ambas cuentas en corriente, luego se echa de ver 
si se puede ganar o perder; y las propias retasas y cuentas hacen 
los señores que venden, y conforme sube de la tasa o baja estas mer- 
cadurías, ansi compran a tantos por ciento mas o menos de la tasa, 
y después de concertados envian los fardos como vienen de España 
en casa del comprador y alli le van entregando todo por cuenta 
y razón; y siempre se saca de partido cuando se compra que han 
de quitar daños y adiciones. Daños son las cosas que van rotas o 
podridas, o mojadas o manchadas; y adición es ser en los géneros 
de la mercaduría que se vende de diferente calidad o decir ques 
de un maestro y ser en de otro, o dicir que un paño es veinticua- 
treno y ser veintidoceno o no tener en la marca y cosas semejantes. 
Esto se entiende daños y adiciones. Pues y a los quitar nombran de 
cada parte un tercero y a estos les van enseñando todo lo que tiene 
daño o adición; y estos que siempre son mercaderes de buena con- 
sencia quitan lo que les parece que es razón y se rebaja del valor 
de las mercadurías y con esto nunca se vuelve genero de merca- 
duría Y otros compran a la tasa corriente y otros un tanto por 

ciento sobre los costos de Castilla o México; y algunas veces se 
compran géneros sueltos, mas en siendo memorias grandes y sur- 
tidas (que hay algunas de 100.000 pesos) siempre se compran por 
la tasa. Todos los mercaderes son destrísimos en comprar, que hay 
tal mercader que coge todas las mercaderías que salen a la plaza 
para se vender y las retasa todas en poco tiempo; y dalli escoge 
y compra las que mejor le parece. Con esto se puede entender lo 
que son mercaderes de Lima; y dende el Visorrey hasta el Arzobis- 
po, todos tratan y son mercaderes, aunque por mano ajena y disi- 
muladamente». 

Tras esta explicación de los usos del que fué su oficio, hecha en 
lenguaje incorrectísimo y oscuro, pero interesante en sumo grado 
para la historia económica colonial, prosigue el judío describien- 
do aquella recta de la ciudad, con el grande y rico monasterio de 
la Merced y la Recolección de la misma Orden situada más aba- 



— 361 — 

jo, á la salida del camino que por los campos va al mar y al pueblo 
de indios de la Magdalena. 

También sale de la plaza con dirección al mar, hacia el Occi- 
dente, la calle que se llamaba y se llama de las Mantas, tan llena de 
tiendas como la de mercaderes. Más adelante de ella, en la misma 
dirección, no eran ya las tiendas de paños, sino de cereros, confite- 
ros, herreros y caldereros. Luego venían el hospital de marineros 
del Espíritu Santo, el Arco, la iglesia de Monserrate y una serie de 
huertas hasta el río. 

De la esquina de la Armería de Palacio y las casas de Cabildo 
y las de D. Alonso de Carvajal (que deben ser las que fueron primi- 
tivamente de D. Antonio de Ribera y Martín de Alcántara), sale 
de la plaza la calle que lleva al monasterio de frailes dominicos, el 
mejor y más rico de Lima en sentir de nuestro autor. Tenía dicho 
convento siete patios y ocupaba el espacio de dos cuadras. El río 
corría junto á él por la parte del Norte, pero en un espacio que de- 
jaba libre el convento entre la iglesia y el lecho del río, se alzaba la 
Casa de las Comedias. 

Después de describir los principales jirones, que son los antedi- 
chos y que parten todos de la Plaza Mayor, pasa á hablar de otras 
calles principales, como era la que de San Francisco corre de Norte 
á Sur y pasa delante de la Compañía de los Jesuítas, «casa la más 
rica y poderosa de Lima, que tiene hasta los frontales de los alta- 
res hechos de fina y gruesa plata». Célebre era en esta iglesia el 
monumento que se exhibía en Semana Santa (ó como dice portu- 
guesamente el autor en la Semana de en doengas), de terciopelo 
carmesí guarnecido de plata pura, con mil lazos labrados al buril, 
tan alto que llegaba al techo de la iglesia, tan ancho que alcanza- 
ba de la una pared á la otra, y con muy elevados arcos y pilares. 
Dice que eran «infinitas las riquezas contenidas en este convento- 
casa». 

La calle que pasa por las espaldas de los Jesuítas daba al Cole- 
gio de San Martín, que igualmente les pertenecía. Contaba con más 
de quinientos colegiales, hijos de señores de todo el Reino, y cada 
uno pagaba por año 150 pesos por la comida y hospedaje. Reconoce 
que allí se hacía «muy grande estudio de muchas sendas». 

Muy famosa y concurrida era también la calle de los Plateros, 



— 362 — 

que de la Compañía de los Jesuítas iba por el Occidente hacia el mar, 
y á la cual daban el callejón de los Sombrereros que venía de la 
Plaza Mayor (y que luego se llamó de Petateros), el rico convento 
de San Agustín, la iglesia parroquial de San Sebastián, y los moli- 
nos y huertas del lado de Monserrat. Por esta dirección y algo des- 
viada al Sur, hacia el camino del Callao, se encontraba la iglesia 
de San Marcelo, reputada por el autor como la mejor parroquia de 
Lima. 

Habiéndose escrito esta relación verosímilmente varios años 
después de haber salido de Lima su autor, no son de extrañar algu- 
nas leves inexactitudes de ubicación en que incurre, como por 
ejemplo al situar el hospital de San Diego de Convalecientes en la 
misma recta de la Merced y Belén, ó la casa y parroquia de los 
Huérfanos en la calle que bordea el Colegio de San Martín; pero 
fuera de estas pequeneces, tan fácilmente rectificables por quien 
conozca la ciudad, que ha conservado intacta la distribución y si- 
tuación de sus edificios antiguos, es fidelísima y curiosísima la pin- 
tnra que de ella hace el anónimo portugués y que nosotros no he- 
mos podido sino extractar pálidamente. 



Descripción del Callao y alrededores de Lima. 



Con los toques repartidos en las diversas páginas de la relación 
puede reconstituirse el paisaje de los alrededores de Lima, con las 
lomas cuyos pastos, mantenidos por las suaves garúas del invierno, 
servían á muchísimos ganados, y con los árboles y cultivos que 
ocupaban entonces el valle; los numerosos y ricos olivares, que pro- 
ducían mejor aceituna que la de Sevilla y gran suma de botijas de 
aceite; los naranjos y limoneros, en tanta cantidad que se daban 
por nada sus frutos, y con cuyos azahares se hacía muy preciada 
agua de olor; los platanares tan espesos que formaban bosques en 
los que se escondían los negros cimarrones; los camotales y triga- 
les, que á la sazón constituían los más extensos plantíos de la cam- 
piña; las papas, de que se consumía mucha cantidad en los platos 



— 363 — 

populares del locro y el chuño; y las variadísimas especies de árbo- 
les frutales indígenas que sombreaban los campos y cuyo largo ca- 
tálogo trae el autor, insistiendo especialmente en las excelencias 
de las paltas, guayabos, pacaes y pinas, y en lo característico de las 
guanabas, de las tunas que servían de cerca en los jardines y ta- 
pias, y de las trepadoras granadillas. Había también muchos alfal- 
fares y maizales, gran cantidad de legumbres de toda especie, cam- 
pos de ajíes y buenas estancias de azúcar, entre las cuales era la 
mejor la de San Juan, perteneciente á los jesuítas, famosa igual- 
mente por sus olivares. Del trigo no se sembraba sino lo que nece- 
sitaban para el año, porque ya la plaga del gorgojo y palomilla, 
que después ha destruido este cultivo en los valles de la costa, lo 
consumía si lo guardaban. La fanega valía de 10 á 12 reales, lo 
mismo que la del maíz. De la caña de azúcar se hacía mucha miel, 
tanto que en ella se convertían más de los dos tercios de los caña- 
verales, por el gran consumo de la ciudad en los dulces y en la po- 
pular mazamorra, por lo cual llamaban á los limeños pan y miel. 
De esto provenía que no fuera el azúcar tan barata como debiera, 
costando la arroba 28 reales y 24 la botija de miel. El ganado de 
cerda era muy barato y se empleaba mucho la manteca sacada de 
él. De la carne de vaca, la arroba costaba 6 reales, mientras en la 
Sierra un buey gordo valía 4 pesos de á 8 y á veces menos. El cuar- 
to de carnero 2 reales y medio, y las gallinas de 4 á 10. No se hacía 
vino en Lima ni había viñedos en el valle, por lo cual era el vino 
del país artículo caro, traído por mar de otras comarcas, especial- 
mente del Sur. La arroba del nuevo valía 3 pesos de á 8, y más el 
antiguo hasta de diez años. El cuartillo de vino de Sevilla valía co- 
múnmente 4 reales. Consumíase bastante aguardiente , arrope, vino 
dulce y de romero; pero la bebida ordinaria de todas las clases so- 
ciales era la chicha de maíz, de la que era la más delicada una cla- 
ra á modo de vino blanco (¿de jora?). 

Las acequias que regaban las tierras en las seis leguas de exten- 
sión que van desde la Rinconada de Late hasta Carabayllo, estaban 
bordeadas por mucha y olorosa hierbabuena. No se conocía ningún 
animal ponzoñoso, pero sí molestaban nubes de mosquitos y zancu- 
dos, y los piques de la tierra «pequeños enemigos para tanto de 
bueno». De aves, fuera de las de corral, eran preciadísimos los mu- 



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chos halcones de cetrería, que tenían fama de ser los más finos que 
se conocían y de que todos los años llevaban algunos á Madrid para 
la caza del Eey. 

El camino de Lima al Callao, que tiene dos leguas de largo y va 
en medio de huertas y chácaras cercadas, era considerado como uno 
de los más frecuentados del mundo por la gran cantidad de merca- 
derías que se llevaban y traían de la ciudad al puerto en bestias y 
carretas, no sólo para el consumo, sino para pagar los derechos del 
Rey y ser reembarcadas, como ocurría con el oro y la plata de las 
minas. A la salida de la ciudad, junto al camino, estaba por esta 
parte el Peralvillo, lugar de ejecución de los negros malhechores. 

Tenía el Callao 400 casas de españoles, sin contar las de indios 
y negros. Las calles eran, como las de Lima, en cuadras rectas, que 
todas salían al campo. Había varios monasterios y casa de jesuítas. 
Los más de los vecinos eran marineros y gente de mar. En la playa 
se levantaban muchos almacenes y bodegas de vino, y el edificio de 
las casas reales, cuyos muros batía el mar. El puerto, limpio y ca- 
paz, no tenía más defensas que 30 piezas de artillería de bronce, las 
cuales en tiempos del autor estaban puestas en la playa sobre las 
barreras del mar, y dos fuertes que hizo construir el Príncipe de 
Esquilache y en los que suponía nuestro autor que ya por entonces 
habrían colocado y montado las piezas antedichas. En la bahía fon- 
deaban cuando menos 40 navios y fragatas que hacían el comercio 
con Chile, Tierrafirme, Nicaragua y México. De Chile traíanse ya 
cueros, sebo para candelas, frutas en conserva y trigo, siempre que 
no bastaba el del Perú. De Nicaragua, Guatemala y Sonsonate, en 
cambio del vino y los artículos peruanos, traían brea, cochinilla, 
tabaco, cera amarilla, miel de abejas, bálsamo y palo de Mechoacán. 
De Acapulco, en cambio del oro y plata, traían los mercaderes pe- 
ruanos paños finos, sedas, terciopelos, entorchados y pasamanería, 
damascos, tafetanes y sedas mandarinas que venían de la China y 
eran menos caras y apreciadas que las de México. De esta navega- 
ción volvían á Lima los navios por los meses de Octubre y No- 
viembre. 

En el puerto del Callao estaban siempre las naves de guerra Ca- 
pitana y Almiranta, con artillería de bronce fundida en Lima por 
el maestro Juan Bernardino de Tejada, que tenía su oficina junto á 



— 365 — 

San Agustín. Las naves de guerra no se hacían á la mar sino para 
custodiar la plata que de Arica iba á Panamá, que era viaje de 
siete á ocho meses con ida y vuelta, ó cuando había nuevas de ene- 
migos. También había en el puerto una galera, que no servía más 
que para cárcel de malhechores. 

Las fragatas y los barcos pequeños que venían de la parte del 
Sur, entraban al Callao por el angosto brazo de mar que separa La 
I unta de la isla que se llamaba á la sazón de Lobos y que ahora se 
conoce por San Lorenzo. Por detrás de ésta daban la vuelta los na- 
vios grandes. 

Del Callao hacia el Norte, la costa rasa y accesible se extiende 
por media legua á la Boca del Río, y de aquí pasa al río de Cara- 
bayllo, y luego por una montañuela corre á la ensenada de pesca- 
dores de Llancón, á cinco leguas de Lima, de que ya habló el autor 
al describir el camino de Los Llanos. En todos estos desembarcade- 
ros insiste bastante, como si tuviera en la mente facilitar una expe- 
dición holandesa. 

Por la costa del Callao hacia el Sur señala hasta Pachacámac la 
existencia de caminos acomodados y anchos que utilizan los indios 
pescadores, y que, subiendo de la playa por unas altas barrancas, 
dan acceso al valle. Entre estas barrancas tajadas como murallas y 
en las que hay trechos infranqueables, existen fuentes de agua dulce. 
Por esta costa menciona los pueblos de indios de Maranga; de la Mag- 
dalena, punto en que el mar sólo dista en Lima tres cuartos de legua; 
de Sarquillo á una legua de Lima [entre la Huaca Juliana y el ac- 
tual pueblo de Miraflores] y de Surco, más al interior, á distancia de 
dos leguas de la capital. De aquí^ por unos arenales, se va al pueblo 
de Pachacámac, para el cual había otro camino de cuatro leguas, 
también por arenas, y en el que se veían aún las piedras del cons- 
truido por los Incas. [Seguramente el lugar que ahora llamamos de 
La Tablada]. 

En Pachacámac, distante cuatro leguas de Lima por este lado, 
indica que hay una buena playa para desembarcar; y que junto á la 
entrada del río en el mar se ven ediñcios antiguos, «que en su 
tiempo debían de ser muy ricos palacios». Este pueblo de indios de 
Pachacámac está en un regalado valle, que riega el río de la Cie- 
neguilla, poblado de buenas casas de estancias, grandes huertas. 



— 366 — 

con mucho ganado caballar y vacuno, muías, ovejas y cabras, y 
con plantíos de trigo y maíz y grandes melonares. Fervientes elo- 
gios hace de la frescura y apacibilidad de dicho valle, que en di- 
versos pasajes muestra conocer circunstanciadamente [lo cual se ex- 
plica recordando que en él tuvieron grandes posesiones algunos 
judíos portugueses á principios del siglo xvii, como que Manuel 
Bautista Pérez, jefe de la Sinagoga de Lima y ajusticiado por la 
Inquisición en 1610, era dueño de la hacienda de La Cieneguilla]. 



amino de Lima al Cuzco. 



La primera jornada ordinaria de este camino era de Lima á 
La Cieneguilla; y continuando por la quebrada del mismo nombre, 
se pasaba al pueblo de indios de Chontay, que tenía un cacique 
rico, muy templado clima y lindas huertas y jardines; á Sisicaya, 
corregimiento de indios á diez leguas de Lima; y por camino de bos- 
ques y frutales, pasando varias veces el río, se llegaba con dos le- 
guas de cuesta y malos pasos, al Chorrillo, así llamado porque jun- 
to al pueblo hay un río en canal abierto en la peña. Principia ya 
allí la Sierra, y llueve y truena fuertemente. 

Pasábase luego á Guadacheri (Huarochirí), lugar de indios, á diez 
y ocho leguas de Lima, rico y de mucha labranza. Atravesábase lue- 
go por varios lugares de indios chaupiyungas [lo que quiere decir 
Tnedio calientes óentre castaTws y serranos], con sementeras de papas, 
trigo y maíz; y por cuestas y montañas se llegaba al tambillo que 
nuestro portugués llama Lo Callente, que está al pie de la puna de 
Pariacaca, á veintidós leguas de Lima, casi todas de subida. En este 
punto describe los fenómenos del soroche ó mareo de las alturas, y 
el aspecto de aquellas montañas altísimas, que parecen tocar el 
cielo, cubiertas perennemente de nieve. Reputábase la puna de 
Pariacaca como la más temible y rigurosa del Perú, por sus mu- 
chas lagunas, tempestades y malos pasos. De ella se apartaban dos 
caminos. El de la izquierda, denominado de las escalerillas , por los 
escalones de piedra de que está hecho, era espantable con el preci- 



— 367 — 

picio y la muy honda laguna á que daba de un lado y á la que se 
despeñaban las muías en caso de resbalar. Salía este camino á 
Hatunjauja, en el valle de Jauja, sobre el río que el autor tiene por 
el Marañón y es el Mantaro, y que tenía un buen puente de piedra. 
El camino de la derecha se llamaba del atajo. Pasa un gran río, 
que se entra todo por una gran boca, y sumido en ella va más de 
una legua por bajo de tierra. Al aparecer de nuevo el río, se le pasa 
por un puente de rocas hecho por la propia Naturaleza. Llegábase 
á las peñas de Pachachaca, donde se hunde nuevamente el río y 
corre con gran rumor subterráneamente. En estas peñas hay una 
cavidad capaz hasta de doce personas, cada una con su cama; allí 
dormían los caminantes, abrigándose del mucho frío con la leña y 
el carbón que traían de abajo, lo mismo que la comida, pues el pa- 
raje es aridísimo y nevado. Cuando los caminantes eran muchos, y 
no cabían en aquella cavidad, los indios, criados y cabalgaduras 
tenían que dormir á la intemperie y sobre la nieve. Por todos aque- 
llos montes veíanse grandes manadas de vicuñas, cuya lindeza y 
agilidad se detiene á ponderar el autor, explicándonos también las 
propiedades de la piedra bezoar que se les cría en el pecho y de la 
cual dice que nace por el antídoto que comen contra cierta hierba 
ponzoñosa y que crece hasta que las mata. Habla igualmente de 
cómo se utiliza su lana, de cómo se guisa su carne seca ó charqui 
en el locro (porque éste judío parece haber sido gran goloso y no 
desperdicia ocasión de explicar las comidas peculiares del país y 
dar receta de ellas), y de cómo se les caza en los grandes chacos ó 
cacerías de los indios. Veíanse también innumerables guanacos y 
llamas, de color blanco y pardo oscuro, animales de carga, que 
iban con coca hasta Potosí, y de cuyas lanas se hacían muchas 
sobrecamas y finos cumbes ó reposteros de vivos colores, aunque 
menos apreciados que los de vicuña. Pastaban en estas punas gran 
cantidad de vacas y carneros, y vagaban venados y vizcachas. 

De Pachachaca por montañas despobladas se pasaba á la estan- 
cia de Veláustegui [acaso de los Veráustegui, uno de los cuales fué 
posteriormente corregidor de Potosí y Conde de Olmos]. Allí se 
dormía una noche, y por valles hondos se bajaba al río del valle 
de Jauja, vadeándolo ó pasándolo en balsas, ó yendo hasta el puen- 
te de Hatunjauja. 



— 368 — 

Tenía el valle de Jauja 14 lugares de indios, entre los cua- 
les era ya floreciente Huancayo. Había en él dos monasterios de 
frailes doctrinantes, uno de franciscanos y otro de dominicos, y un 
tambo grande y bien proveído para los pasajeros. Producía el mejor 
tocino del Reino, y mucho trigo y maíz, duraznos y otras frutas. 
Criaban gran cantidad de gallinas, cuya carne y huevos se consu- 
mían en Lima, distante cuarenta leguas. Teníase por uno de los 
mejores corregimientos; y eran en él los indios de mejor parecer y 
aspecto que en las otras comarcas. 

Entra el autor á explicar el régimen de los caminos reales y el 
servicio gratuito de los tambos. En ellos el Alcalde de ludios cui- 
daba de suministrar á cada pasajero un indio, el cual traía agua, 
leña, ají y sal para la comida, y la hierba de icho para la cama; y 
otro indio iba á buscar gallinas y á llevar á pastar á las muías. La 
retribución era voluntaria, y los más no pagaban nada. En algunos 
lugares, por estar los indios ocupados en otras tareas, eran las in- 
dias las que servían á los pasajeros. Si un español de éstos deshon- 
raba á una india, tenía multa de 4 pesos, según ley de D. Fran- 
cisco de Toledo. Halla el portugués á los indios medrosos y apoca- 
dos sobre toda ponderación, borrachos, muy feos y chicos de cuerpo, 
y tan llevados por mal que con ruegos nada se logra de ellos y 
sólo hacen las cosas á palos. Se admira al verlos correr por los ca- 
minos tan ásperos, llevando el hato á cuestas y á las bestias de 
rienda, y al contar que las mujeres, acabando de parir, se bañan 
en agua fría con los recién nacidos. 

Después de esta digresión sobre las costumbres de los indios se- 
rranos continúa el itinerario. Del valle de Jauja pasa al tambo de 
Acos; y por unas laderas que bordean el río Marañón [Mantaro] 
llega á Casma, lugar de lindas huertas. Sigue el camino junto al 
río; y pasándole de nuevo por un puente de piedra, tras de algunos 
malos pasos, se llega al punto en que se aparta el camino para el 
mineral de azogue de Huancavelica. Al término de aquél, y á me- 
dia legua de distancia de la boca de la mina, está la villa de Oro- 
pesa de Huancavelica, que tiene 2.000 casas de españoles y 3.000 
de indios, muchos mitayos y mercaderes, un monasterio de frailes, 
iglesia mayor y varias parroquias de naturales. Era siempre corre- 
gidor un gran caballero, y había contadores y oficiales reales. El 



— 369 — 

temple de la villa es fuerte, muy frío y llueve y nieva reciamente. 
Junto al río de ella está una fuente ó puquio de agua caliente, en 
la cual venían á bañarse muchas personas, y que tiene la propiedad 
de petrificar los objetos que en ella introducen. De estas piedras, 
hechas por la acción de las aguas calientes, y que son blandas y 
amarillas, construían las casas. — A catorce leguas de Huancaveli- 
ca está Chocolococha ó Castrovirreina, con ricas minas de plata, 
hasta de 2.380 maravedises de ley. Había en Castrovirreina 500 ca- 
sas de españoles y muchas de indios, y un gobernador de calidad, 
que se enriquecía grandemente en el desempeño de su cargo. Era 
villa de muchos mercaderes, y que hacía gran consumo de buenos 
vinos, los cuales se observaba que mejoraban de gusto al subirlos 
de Los Llanos; pero por ser la tierra la más fría de todo el Perú no 
produce ningún fruto ni sementera, y las españolas allí avecinda- 
das bajaban á parir á lugares más abrigados, porque el demasiado 
hielo mataba á las criaturas. Las minas, á dos leguas de la villa, 
daban entonces á lo menos 900 barras selladas, cada una de á 1.000 
pesos de á 8 reales por término medio, á más de mucha plata para 
vajilla y plateros, que hurtaban sin pagar los derechos, que en este 
asiento no eran el quinto, sino el décimo, porque son pobres las mi- 
nas y de mucho trabajo. Explica luego la manera de beneficiar los 
metales y de sellar y numerar las barras; y después de indicar que 
de Castrovirreina salen un camino para lea. Pisco y Chincha, y 
otro por la puna para Huamanga, prosigue en el de Huancavelica 
para el interior. Aquí encuentra tres lagunas hondísimas, cada una 
de más de una legua, que el viento alborota. Después había un in- 
genio de plata; y pasando junto á otra laguna, se llegaba á monta- 
ñas tan altas y frías como las de Pariacaca y á unas ciénagas peli- 
grosas. Vienen luego las Peñas de las Vizcachas, que son unos ex- 
tensos prados donde andan los llamas del Rey que trajinan con los 
azogues. En tiempo de lluvia, estos pastales se convertían en gran- 
des tremedales y pantanos. 

Volviendo ahora al camino real, que dejó en las orillas del que 
sigue llamando Marañón (Man taro), menciona un puente de. piedra 
cerca del cual desemboca el río Huancavelica. Súbese una cuesta 
grande y se llega al tambo de Picois, encerrado entre altas monta- 
ñas en cuyas laderas hay pueblos de indios, y desde el cual se dis- 

24 



— 370 — 

ting-ue el río metido en tan profundos valles que con ser caudaloso 
parece muy pequeño; vienen luego las Peñas de los frades, delga- 
das y altas como del tamaño de un hombre. Aquí se juntaba el ca- 
mino de Huancavelica. Y por cuestas y laderas pobladas de mu- 
chos lugares de indios se iba á parar al tambo de Parcos. Una cues- 
ta de bajada de dos leguas y media conduce á una isla llamada de 
Huamanga, situada en el mismo río (Mantaro), y en la cual se ha- 
llan las minas de plomo. De aquí tuerce el río para Occidente. Al 
pie de la cuesta pasa un rio que desemboca en este del Marañón 
(Mantaro). Hay en él un puente de criznejas, bien combado en el 
centro. Y para atravesarlo se descargaban las muías y se llevaban 
las mercaderías en hombros de indios ó negros, cuando la mucha 
agua impedía el vado. Sigue el tambo de Azángaro; y á la derecha 
queda el buen corregimiento de Huanta; pero si se pasa el río á 
vado, se va por Vinaque, que tiene muy lindas estancias y huertas 
de recreo de los señores de Huamanga. 

Llégase por fin á Huamanga, ciudad distante setenta y ocho 
leguas de Lima, de clima templado, rica y de buen trato de merca- 
deres, con corregidor, obispo, monasterios de monjas y de las cua- 
tro órdenes de frailes, casa de teatinos (jesuítas) y muchas de caba- 
lleros. 

Saliendo de Huamanga por el camino real, se va entre lugares 
de indios á la estancia de D.* Teresa; y pasando cuestas y ríos pe- 
queños, á la tierra altísima de Vilcas, población de indios, donde 
se ven reliquias de grandes edificios y las piedras más bien labradas 
y asentadas que se pueden hallar en el mundo. Era corregimiento 
que comprendía muchos lugares en su comarca. Bajando una gran 
cuesta se pasa el río de Uramarca, uno de los mayores del Perú. 
En tiempo de aguas, por ser intransitable el vado, se pasaba por un 
puente de criznejas. Dice que este río entra en el Marañón. En sus 
orillas había muchos cañaverales de azúcar. De ellos se subía por 
estancias de ganados y entre lugares de indios al tambo de Ura- 
marca y á Andahuaylas la Grande, situada en un valle famoso muy 
poblado de indios, con sembríos de trigo y maíz. Por estancias de 
ganados se llega al tambo de Pingos, y subiendo una gran cuesta 
al pueblo de Huancarama, donde se hacía alpargatas para todo el 
Perú; subiendo y bajando sierras y atravesando quebradas, se para 



— 371 — 

en el tambo de Cochacasa. De aqaí, entre maizales y trigales, baja 
una áspera cuesta de dos leguas al río de Albancay, con infinidad 
de cañaverales de azúcar y otros plantíos en su valle. Junto á éste 
hay una elevada montaña, cubierta de nieve, donde decían haber 
ricas minas de plata que no se labraban. A vista de muy altos mon- 
tes y profundos valles, se pasa al pueblo de indios y tambo de Cu- 
rahuasi, de donde se baja al soberbio río del Aporima, que es el de 
mayor fuerza y corriente en el Perú. Advierte que el puente y la 
laja de él son dos pasos peligrosos en que poca gente puede de- 
fender el paso á mucha. Allí se levantan peñas elevadísimas, ta- 
jadas y lisas como una alta muralla, y hay monte que tiene cuatro 
leguas de altura. A esta profunda quebrada se desciende por una 
escalera de más de cuatrocientos pasos y en cada escalón puede 
descansar la cabalgadura. El paso es angosto. De la parte del río 
hay una pared que impide que caigan las personas y las bestias. 
La otra banda es de montañas y bosques altísimos, «tierra que no 
pueden gentes andar por ella, por su aspereza y muchas lajas y des- 
peñaderos que tiene. De aquí por el camino de los Incas, iban éstos 
á holgar en una quebrada cuatro leguas más abajo de esta laja; allí 
hay oro en graesas pepitas, y ha habido hombres que á nado han 
ido y las han traído, tan grandes como una nuez». 

Habíase intentado construir sobre el Apurimac un puente de 
piedra, y como en un lado no había como hacer estribo, pensaron 
desviar el río rompiendo una montañuela, pero lo recio de las pe- 
ñas hizo desistir del intento. El puente era como hoy, de tablas, y 
temblaba mucho al paso de las recuas, que lo atravesaban descar- 
gadas, yendo las muías de una en una. Para los riesgos de este 
paso y otros semejantes se aseguraban las mercaderías en Lima, 
y los dueños de recuas se obligaban á pasar los fardos á hombros 
de indios ó de esclavos negros. Para cada 10 muías había un indio 
ó negro cuidador, y muchas recuas eran de 70 á 80 bestias. Al cui- 
dado del puente había un alcalde, y entonces lo era un ñamenco. 

Pasado el Apurimac se dejaba á un lado la fragosísima provin- 
cia de Aimaraes, y hacia el Norte la de Vilvabamba con minas 
de plata pobres, que daban 500 barras al año. Por todas estas tie- 
rras y las ya descritas viajaban muchísimos comerciantes españo- 
les llamados mercachifles, que solían llevar cargas de ropa hasta 



— 372 — 

por el precio de 40.000 pesos. Los corregidores no les permitían vi- 
vir de asiento en esos lugares, por los malos tratamientos que da- 
ban á los indios. 

Después del puente del Apurimac, se iba á un tambo próximo. 
Por las alturas quedaban Mollepata y otros lugares. El camino se- 
guía á Limatambo, á nueve leguas del Cuzco y con grandes señales 
de suntuosos edificios de los Incas; y á Sisíjana (Jaquijahuana), po- 
blado de indios, y en que principia la tierra llana con buenos pas- 
tos y trigales. De aquí se llegaba en una jornada al Cuzco. Todo el 
camino desde Lima es de ciento y cuarenta leguas por altas mon- 
tañas, profundos valles, cuestas y despeñaderos, pero limpio y bien 
cuidado por el mucho trajín que había de gentes y recuas. 



Descripción del Cuzco. 



Es breve y poco importante. Menciona la Fortaleza (de Sacsay- 
huaman), á la que se sube por una cuesta bien áspera y que tiene 
tres murallas cada una de tres piedras superpuestas; dentro de ella 
no había casa ninguna. Las torres y puertas todas de una piedra de 
diez varas castellanas de altura. Junto á la Fortaleza vio la Piedra 
Cansada, que decían traída desde Quito; las dos lajas muy grandes 
y lisas en que por pasatiempo se dejaban resbalar los cuzqueños 
(el Rodadero); y al pie una cueva profunda, de la que contaban 
muchas cosas. Debajo de la Fortaleza, ó sea á las faldas de ella, se- 
ñala los vestigios de los palacios incaicos, y observa que «no tienen 
la gentileza de otras obras antiguas». En las ruinas del Templo del 
Sol (Santo Domingo) midió venticinco palmos de altura en las pa- 
redes de lindas piedras, que á menudo quebraban por curiosidad ó 
codicia, y descubrían que sus cimientos eran de fina plata. Halla 
este convento famoso y rico, y encuentra en las calles del Cuzco 
muchas paredes semejantes á las de él. 

Cuzco tenía 3.000 vecinos españoles y 10.000 indios, distribuidos 
estos últimos en cuatro parroquias y con hospital propio y rico. El 
corregidor, nombrado directamente por el Rey, era siempre un ca- 



— 373 — 

ballero de gran casa y renombre. Percibía 6.000 pesos al año. Las 
rentas del obispo, menoscabadas por la erección de la nueva Sede 
de Huamanga, eran todavía de 20.000 pesos anuales. Había en la 
ciudad ricos conventos de frailes de cuatro órdenes y de monjas, 
una opulenta casa de teatinos y un buen hospital de españoles. 

Le parecen muy grandes las dos plazas principales y admira 
sus portales y tiendas y las fachadas de las casas que salían á aqué- 
llas. De una plaza á otra, sobre el pequeño río Huatany, va á la 
calle de enmedio, llena de muy ricas tiendas. En la calle de los Pla- 
teros se veían en abundancia joyas y aderezos de oro y plata labra- 
da. En el centro de las dos plazas estaban los dos mercados ó tian- 
gues, donde indios é indias vendían piezas de plata, guantes de seda 
con oro para las mujeres, coca, charqui y otros comestibles y ar- 
tículos de la tierra. En la parte de Oriente de la primera plaza se- 
ñala la Iglesia Mayor y la casa de los teatinos, y por este barrio 
los monasterios de dominicos y franciscos. De la parte de Occiden- 
te el de mercenarios, la cárcel de la ciudad, las casas del corregi- 
dor y del Cabildo, y todos los escritorios de los escribanos. Repara 
en las muy buenas fuentes de agua que había por toda la ciudad; y 
en las ricas casas de caballeros, de que había muchos que eran se- 
ñores de indios con buena renta. En suma, «después de Lima, es la 
mejor ciudad del Perú». 

Comprendía en su distrito de ocho á diez corregimientos proveí- 
dos por el Virrey, y los había que en tres años daban de provecho 
100.000 pesos. Se entusiasma con la belleza y fertilidad de los va- 
lles comarcanos, especialmente el de Yucay, abundantísimo en ca- 
ñas de azúcar (probablemente como hoy, sólo en su parte más baja, 
al entrar en el Urubamba en la actual provincia de la Convención), 
y en frutas de muy diversas especies y particularmente en mem- 
brillos, duraznos, melocotones y peras. De todas estas frutas se ha- 
cían conservas que iban á Potosí y otras partes. Valían en el lu- 
gar de 40 á 48 reales por 25 libras de á 16 onzas. Había también 
muchos alfalfares con cantidad de ganado vacuno. Atraídos por 
tanta abundancia, recorrían estos distritos bastantes mercaderes, 
y no escaseaban los soldados jugadores y fulleros que despejaban en 
los tambos á los caminantes. Sólo el vino era caro en las comarcas 
del Cuzco, porque lo traían desde Los Llanos de la costa, aunque 



— 374 — 

hay siempre uvas en algunas partes cercanas al Cuzco, porque con- 
siente cogerlas la variedad del temple de las tierras. Hacía quince 
años que había dado el Eey este valle con título de marquesado de 
Oropesa de Yucay á un caballero que casó con la Coya, que es se- 
ñora de casta de los Incas. (Se refiere al título que concedió D. Fe- 
lipe III á D.^ Ana Coya de Loyola, hija de Martín García de Loyo- 
la y de la Coya D.^ Beatriz, y mujer de D. Juan Henríquez y Bor- 
ja, de la casa de Alcañices.) 



Camino del Cuzco á Potosí. 



Son ciento sesenta leguas de camino llano y tierra muy poblada, 
que se llama el Collao, con muchos ganados y pastos y grandes ma- 
nadas de huanacos cargados de coca. 

Habla con alguna extensión de las ruinas indias y del carácter 
de los naturales al tratar de la localidad que domina las Sepulturas 
(sin duda Tiahuanaco) «donde ha las mas famosas antigallas y edi- 
ficios que se halla en todo el Perú; piedras de tanta grandeza y tan 
bien labradas que exceden a todo encarecimiento en lindeza. Si los 
indios hubieran sabido el arte nuestro de arquitectura y puentes, 
habrían aventajado a todas las naciones del mundo por lo que se 
ve en sus obras. Eran curiosos y de gran ingenio, como se echa de 
ver por estas fábricas antiguas; pero agora con la comunicación de 
los españoles y con el mal tratamiento que les hacen, están muy 
acabados y abatidos; y con el gobierno que tienen agora tan dife- 
rente del que solian tener antigamente Nunca tienen buena vo- 
luntad de los españoles que les cogen cuanto pueden haber y ga- 
nar; y el trabajo de las minas es lo que más les consume. Aman y 
respetan a sus caciques, que hay todavía muchos ricos y poderosos». 

Menciona las minas de oro de Carabaya, entre montañas altísi- 
mas, hacia la parte de los Andes, á cuarenta leguas del Cuzco. Su 
metal tiene 23 quilates y medio, ó lo que es lo mismo, uno más de 
la ley. Sacábanse de allí pepitas de oro del tamaño de simientes de 
rábanos, y otras como garbanzos y avellanas. Á este propósito ex- 



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plica la manera cómo beneficiaban el oro. Dice que la mayor parte 
de él pasaba sin quintar ni pagar derechos; y que en todos los ríos 
de la montaña se encontraba oro volador, ó sea menudo, de 22 qui- 
lates. Describe la gran laguna (el Titicaca), de ochenta leguas de 
cumplido y treinta de largo, con muchos ríos que le entran, y sin 
más desaguadero que el de Zepita, al cual no se le halla fondo y 
que se atraviesa por un puente de palo. Había pescadores que co- 
gían en el lago hasta 300.000 peces, los cuales salaban, haciéndose 
con ellos activo comercio en el Cuzco, Potosí y otros puntos. A ori- 
llas del lago había muchos y muy poblados de indios; el principal 
de ellos era Chucuito, con numerosos vecinos españoles, cuyas Ca- 
jas Reales guardaban siempre 100.000 pesos, y cuyo Gobernador, 
nombrado por el Rey, tenía 10.000 pesos ensayados de renta y 
40.000 de provechos anuales, y era constantemente un gentilhom- 
bre de la Casa Real. Después de Chucuito, venía en importancia 
Juli, con 30.000 indios, «y tienen aquí los Jesuítas tres dotrinas, 
que no saben las riquezas que tienen». Pomata era también rico lu- 
gar. Los mercaderes que traficaban por estas regiones obtenían 
grandes ganancias. 

Sin seguir ya el orden del camino, cita los lugares más flore- 
cientes del alto Perú, como eran Chuquiabo (La Paz), ciudad buena 
y próspera, con obispo y bastantes españoles; La Plata (Chuquisaca, 
actual Sucre), cabeza de Las Charcas, con Presidente, Audiencia 
Real y conventos de todas las órdenes de frailes; Oruro, con minas 
de plata que daban al año 3.000 barras selladas; los valles de Pi- 
tantora y Cochabamba, de donde se llevaban á Potosí muchos ar- 
tículos de sustento y regalo; Copacabana, santuario devotísimo; Be- 
rengela, con buenas minas de plata y una sierra de doce leguas de 
piedra imán; Porco, de donde todos los años se extraía cantidad de 
plata fina; Tarija, que era corregimiento, y Santa Cruz, goberna- 
ción fronteriza de indios de guerra. Con esto pasa á describir el fa- 
moso asiento de Potosí. 



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La villa y minas de Potosí. 



«Potosí, Villa Imperial, la mas feliz y dichosa de cuantas se 
sabe en el mundo por sus riquezas, tiene vecindad de 4.000 casas 
de españoles, parte mineros, parte mercaderes traficantes por todo 
el Reino en mercaderías, cosas de comer y candelas de sebo para 
las minas.» Pululaban en la villa los bravos, jugadores de profesión 
y demás gente maleante. En los alrededores, y en casas de paja, 
moraban más de 40.000 indios mitayos, que todos los meses, con- 
ducidos por sus alcaldes, acudían de sus diversas provincias ó ay- 
llos, algunos de más de cincuenta leguas de camino. Manteníase 
gran comercio de toda especie con Lima y México y Sevilla; y vol- 
víanse á vivir á España muchos hombres riquísimos con el laboreo 
de las minas ó el trato mercantil de la ciudad. El corregidor, que 
era reputado el primero entre todos los del Reino, tenía 10.000 pe- 
sos ensayados de renta cada año (fuera de los provechos indudable- 
mente). El temple es en extremo frío y los campos en contorno es- 
tériles. El Cerro está á un cuarto de legua de la villa. Su hechura 
es á modo de un pan de azúcar ó una campana. Tiene dos leguas 
de subida, y por lo más alto están las bocas de las minas. Por aquí 
bajaban los indios, por escaleras muy anchas hechas de fuertes vi- 
gas y los escalones de cueros de vacas, tan firmes y seguros que no 
se rompían por más trabajo que sustentasen. Tenían sus reparti- 
mientos á manera de plazas, con grandes arcos y bóvedas de pie- 
dra y gruesas maderas. Hacían estos reparos unos debajo de otros, 
y así se mantenía todo el peso de aquel alto Cerro, que estaba agu- 
jereado por todos lados. Había más de 400 dueños de vetas, y algu- 
nos hacían trabajar diariamente 4.000 indios. Los señores de las mi- 
nas tenían mayordomos que entendían en reparar lo que fuere ne- 
cesario y en mandar y vigilar á los indios. Ganaban de salario más 
de 500 pesos al año, sin contar otros provechos. Los indios bajaban 
á las minas llevando en una mano la candela encendida, apoyán- 
dose con la otra en las escaleras y teniendo á espaldas el zurrón de 
cuero para depositar los metales. Cada uno seguía la veta de su 



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amo; y con frecuencia se atoraban en ellas y había que ayudarlos 
á salir. Al acabar el trabajo sacaban en el zurrón ó quipe un quin- 
tal de metales, por término medio, del cual se aprovechaban, cuan- 
do menos, 4 onzas y á veces más de 4 marcos. Los ingenios estaban 
en la Vía Tarapea, á una legua de la Villa. «Aquí están las mejores 
maquinas y artificios que en el mundo nunca se han feito.» En la 
Fundición Real se hacían cada año de 6.000 á 7.000 barras de á 
1.000 pesos cada una, y á más gran suma de reales y mucha va- 
jilla. 



Camino de Buenos Aires. 



Da noticias algo detalladas de las malas ó nulas condiciones de 
defensa en que se hallaba la ciudad de Buenos Aires, como si tu- 
viera en mira alentar para un desembarco en ella. Observa cuida- 
dosamente que los navios no pueden llegar hasta la orilla, sino que 
se quedan á distancia de un tiro de mosquete. En las casas del Go- 
bernador, tan próximas al río que casi batía el agua en ellas, ad- 
vierte que hay un torreón pequeño con cuatro ligeros cañones, pero 
que fuera de esto no hay ninguna otra parte en donde haya obras 
militares defensivas. «Para querer entrar en la ciudad, por cual- 
quiera parte del rio pueden echar gente en tierra, en barcos o lan- 
chas, porque el rio corre muy manso por todas partes y no tiene 
bosque ni montes.» La ciudad tenía tres conventos de frailes y tea- 
tinos (jesuítas), cada uno hasta con doce religiosos; y 400 vecinos 
españoles, algunos muy ricos de dineros. Nota lo llano de la tierra, 
su fertilidad en trigo y frutas, y su grande abundancia de carne, 
«porque son tantos los bueyes y vacas, que no tienen dueño». Esca- 
seaban los indios, y los pocos que existían eran muy enemigos de 
los españoles. 

El camino de Buenos Aires á Córdoba era todo despoblado, y 
por ser tan llano lo andaban los pasajeros en carros tirados por 
bueyes. Encontrábase agua cada seis leguas, y en estos puntos se 
hacían las dormidas; pero indica, con prevención de espía militar, 
«no es agua bastante para mucha gente, aunque se pueden abrir 



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pozos y sacar agua de ellos». En las doscientas leguas de camino 
que calcula de Buenos Aires á Córdoba, no había más que dos es- 
tancias de ganado; pero en todo el trayecto vagaban por los gran- 
des pastales infinita cantidad de caballos, yeguas, toros y vacas sin 
dueño. 

La ciudad de Córdoba del Tucumán contaba hasta 500 casas de 
españoles, «y no tiene ninguna defensa, ni saben por aquella tierra 
lo que es pieza de artelleria». De aquí se caminaban sesenta leguas 
por tierra toda llana y sin montes, para llegar á Santiago del Este- 
ro, ciudad de 400 vecinos, bañada por un apacible río, y acerca de 
la cual repite con significativa insistencia la observación de que 
tampoco tiene defensa militar ninguna. Desviados del camino real 
había por estos puntos muchos lugares de indios. Pasábase á otra 
ciudad, llamada Esteco, distante de Santiago ochenta leguas. En 
su comarca se encontraban algunos lugarejos de indios, gran can- 
tidad de ganado y perdices, se cogía mucho maíz y trigo, y se ha- 
cía algún vino. 

A cuarenta leguas de Esteco pone el lugar de Gogoi (Jujuy), y 
al cabo de este camino otro al cual no da nombre, pero del que dice 
que es tierra muy fría. Repite que todas las llanadas recorridas 
tienen mucha y muy alta hierba é infinito ganado, y advierte que 
se comunican con el Estrecho de Magallanes. 



Viaje de Chile al Perú. 



Después de una breve é insignificante descripción de Chile (en 
la que apenas hemos encontrado dato que merezca retenerse, fuera 
de algunas noticias de comercio que ya hemos utilizado en otros 
pasajes de nuestro extracto), va enumerando los puertos y provin- 
cias de la costa que se extienden de Chile hacia el Callao. Observa 
que esta navegación se hace siempre viento en popa, porque reina 
de continuo el Sur. De Arica dice que como puerto el más próximo 
de Oruro y Potosí, era centro muy importante de su comercio con 
Lima, y considerable villa de españoles. Halla el puerto muy bue- 



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no y seguro, y el morro muy alto. El corregidor, que como nom- 
brado por el Rey duraba seis años, era siempre un gran caballero. 

Pasa después á tratar de la ciudad de Arequipa, que era corre- 
gimiento y obispado y que tenía monasterio de las cuatro órdenes 
mendicantes de monjas y de teatinos, «que siempre estos buscan las 
buenas tierras», agrega preocupado siempre por sus odios religio- 
sos. La comarca producía mucho y muy buen vino, del que se hacía 
gran consumo en Lima y toda la Sierra. A propósito de la erupción 
volcánica del año 1600, cuenta la especie, harto sospechosa, de que 
hasta en Lima se oían los estampidos y truenos, y de que los lime- 
ños creyeron que eran los cañonazos de la escuadra de D. Beltrán 
de la Cueva contra el navio inglés que por aquel tiempo capturó. 
Moquegua en valle fértil y deleitoso y con puerto cómodo á doce 
leguas de su población, mantenía igualmente gran comercio de vi- 
nos que enviaba por todo el Perú y la costa arriba hasta México, en 
botijas y tinajas embreadas. 

Prosiguiendo el derrotero hacia el Callao, y pasando por alto al- 
gunos lugares de poco nombre, se detiene en ponderar la excelencia 
de las viñas de Nasca y Villacuri, cuyos vinos, pasas é higos secos 
competían con los mejores de España. Pero donde más se explaya es 
al tratar de la villa de lea ó Valverde, que fué su lugar de predilec- 
ción entre todos los del Perú. No se cansa de encarecer los encantos 
de su valle, cuya única falta era la escasez de agua del río, que 
no bastaba para regar todos sus terrenos, en la extensión de seis 
leguas que alcanzan, por lo cual dejaban de cultivarse muchos fér- 
tilísimos. Cogíanse hasta 500.000 botijas de vino anuales, de arroba 
cada una. El vino, preciadísimo en el Perú y aun en toda la Amé- 
rica, era blanco. Hacíase igualmente mucha pasa. Dice el autor que 
las viñas eran las mejores y más bien trazadas que había visto en 
el mundo; y por propia experiencia certificaba que guardadas sus 
uvas algunos días variaban de sabor, para tomar el de otras frutas, 
como guindas y moras. Los propietarios tenían en sus viñas buenas 
casas y lagares, con provisión de muchas herramientas y todo lo 
necesario para el beneficio de los vinos, y numerosos negros escla- 
vos. Los indios de los lugares de San Juan y San Martín y otros 
diseminados por toda la campiña, conservaban tierras en las cua- 
les habían plantado viñedos de menor extensión que los de los es- 



— 380 — 

pañoles, á los que por esta causa se les llamaba pegujales. La po- 
blación de Icar, con corregidor provisto por el Rey, alguacil mayor 
y otros ministros de justicia, contaba 500 casas de españoles, tres 
monasterios de frailes. Iglesia Mayor, hospitales de españoles y de 
Indios, gran cantidad de negros, y muy ricas y bien surtidas tien- 
das de mercaderes, entre los que no faltaban algunos extranjeros. 
La gente del vecindario era gallarda y se trataba con mucho rum- 
bo y regalo; y las mujeres eran, á lo menos en la decidida opinión 
de nuestro portugués, las más hermosas y mejor parecidas del Perú. 



Habitación y vestidos de los indios costeños. 



Aquí la vagabunda y desordenada pluma del portugués inter- 
cala una digresión sobre las costumbres, casas y modo de vestir de 
los indios en Los Llanos. Salvo algunos ricos de entre ellos, que 
construían las casas de paredones de adobe, vivían en ranchos 
hechos de cañas bravas atadas con cordeles; y cuando les convenía 
ó les venía en gana, las deshacían fácilmente, y por su mucha leve- 
dad las mudaban en un momento á otras partes, llevándolas á cues- 
tas. Todos, tanto los pobres como los acomodados, que á veces guar- 
daban muy buenos dineros, no tenían más camas que unas esteras, 
sin usar nunca colchones, y de enseres alguna mala olla, mates de 
calabaza y unos queros hechos de palo, en que bebían. Vestían á 
menudo una camiseta de algodón, un calzón de paño de color, y 
por. capa una manta de algodón también de varios colores. A ésta 
llamaban ropa de borrachera. Otras veces vestían una ropa llana, 
de algodón morado, ó leonada, y los indios nobles y principales 
usaban á la española ricos terciopelos y aun telas de oro. Las indias 
principales, mujeres de caciques y otras acomodadas, que en Los 
Llanos vivían entre los españoles, vestían lujosamente, y cuando 
menos llevaban faldellines de paños azul y verde, grana tamanete 
de Milán y rajas de color de Florencia. Las lUcllas ó mantas con 
que se cubrían eran de raso y damasco y telas de oro. Traían mu- 
chas patenas grandes de plata, y las ponían redondas como un real 



— 381 — 

de á 8 y con un pie de largo sobre los pechos. Trenzábanse los ca- 
bellos, y colocábanse sobre la cabeza un lienzo suelto de cambray 
con puntas blancas. Con todos estos adornos, las encuentra el por- 
tugués muy feas y chicas. Otras, pobres ó más modestas, se conten- 
taban con anacos de paño ó de algodón y Ilicllas de lo mismo, sin 
camisa ni calzado, el cabello suelto, y por único atavío «unos con- 
quetes grandes de plata». 

Si las indias parecen á nuestro autor de muy desgraciado y ruin 
aspecto, halla mucho peores á los indios de color amulatado y con 
caras de monos. Algunos caciques viejos é indios nobles le prodli- 
cen, no obstante, alguna impresión de respeto, por su calidad y 
mucha edad. De sus lenguas, dice que son muy diversas, pero que 
la general (quechua) es graciosa y fácil de entender. 



Camino de lea á Lima. 



Después de recordar que á cuatro leguas de lea, en el valle de 
Tinges, sin lluvias, río ni agua visible, se producen magníficos 
garbanzos, grandes melones, otras muchas frutas, maíz y vinos, y 
que por el lado de Córdoba va á Lucanas y al Cuzco un camino 
muy transitado por largas recuas, describe el itinerario de lea á 
Lima por el camino real de Los Llanos. 

Al salir de lea hay muchos guarangales, y luego dilatadas are- 
nas, peligrosas porque en ellas suelen perderse los viajeros. Nota el 
fenómeno de que en ciertos prados del trayecto hay agua y ciéna- 
gas cuando el río viene menguado, y sequedad casi completa en 
tiempos de creciente. En las once hoyas de Villacuri, llenas de 
viñas é higueras, le admira que los plantíos y árboles situados al 
lado de Oriente produzcan durante seis meses, y que en los seis den 
frutos los colocados al lado del Poniente. 

Con esto se llega á Pisco, de buen fondeadero, pero alborotado 
por las tardes con el recio viento de tierra que se llama paracas. 
La costa es rasa y limpia. A orillas del mar estaban las bodegas 
para los vinos y demás mercaderías. La villa, abierta y sin defen- 



— 382 — 

sa, á media legua de distancia de la playa, tenía 400 pobladores 
españoles y muchos indios y negros. Gobernábala un teniente del 
corregidor de lea. En sus afueras se alzaba un convento de fran- 
ciscanos descalzos. El inmediato valle de Cóndor, con río cauda- 
loso, buenas casas de campo y espaciosas bodegas, producía mucho 
trigo y vino más fuerte que el de lea. Su ancho, de Occidente á 
Oriente, es de cuatro leguas hasta el pueblo de Humay, subida 
para la Sierra. El camino que iba á las minas de plata de Chocolo- 
cha, ya mencionadas en otro lugar y distantes veintiséis leguas de 
Pisco, pasaba por la estancia de Pauranga, abundantísima de ga- 
nado. 

De Pisco, siguiendo la costa, se pasa á Chincha, á donde traen 
los azogues de Huancavelica á lomo de carneros (llamas) para em- 
barcarlos con destino á Arica, puerto de Potosí. El valle de Chin- 
cha, con buenos campos de trigo y maíz, estaban llenos, lo mismo 
que los demás llanos y faldas de las sierras, de grandes ruinas des- 
techadas del tiempo de los incas, y de grandes sepulturas ó huacas 
con momias de indios. 

En el valle de Cañete, muy fértil, había, junto al río caudaloso 
que lo baña, tierras baldías que en otro tiempo se cultivaron, pero 
el ímpetu del río rompió en una ocasión la acequia que servía para 
regarlas. Calculábase, por su extensión y buena calidad, que si vol- 
vieran á tener agua, bastarían á alimentar Lima; «mas por el poco 
saber y flojedad de esta gente no se adereza la acequia». Cañete era 
villa de 300 vecinos españoles, y de gran número de indios y ne- 
gros. Aquí cuenta cierto asesinato que los indios ejecutaron en un 
mercader de Lima, por robarlo, y que ellos mismos descubrieron al 
lucir en una fiesta la espada del corregidor que habían encontrado 
en el equipaje y cargas de la víctima. Con esto observa que los in- 
dios, á pesar de su timidez y exterior apocado, son peligrosos, por- 
que saben muy bien robar y matar á traición. —A poca distancia de 
Cañete, subiendo del lado de la Sierra, está el fértil y lindo aun- 
que reducido valle de Hunahuaná, que proveía á Lima de la mejor 
fruta. Había en él pocos españoles, pero sí varios lugares de indios. 

A media legua de Cañete, saliendo para Lima, en unas rocas 
junto al puerto, le llaman la atención las ruinas de un antiguo casti- 
llo indígena. El camino real continuaba por la playa, tocando en 



— 383 — 

el tambo de Asia, en el valle y lugar de Mala, en que había estan- 
cias y chácaras pertenecientes á caballeros de Lima, en Chilca, po- 
blación de indios, donde se criaban sin riego pepinos dulces y don- 
de usaban abonar los plantíos de maíz metiendo la semilla en la 
cabeza de una anchoveta, que es pescado pequeño muy abundan- 
te en el lugar; y por fin en Pachacámac, ya descrito, al hablar de 
los alrededores de Lima y del principio del camino real del Cuzco. 



* 



Con esto da por terminada su cosmografía y relación del Perú, 
declarándolo así expresamente; y á continuación, á manera de 
apéndices, pone un breve capítulo sobre el comercio y la nave- 
gación de Lima, en que repite, con algunas explicaciones y am- 
pliaciones, datos mercantiles que ya conocemos y hemos consigna- 
do; y por fin, breves descripciones de Panamá y las comarcas de 
Tierraflrme, Cartagena y la Habana, seguidas de la detallada Me- 
moria sobre las mercaderías que no se producen en el Perú y que en 
él se consumen, explicando la mejor manera de acomodarlas y en- 
vasarlas para que no reciban daño en la navegación. 

Tal es, en descolorido extracto, la relación del portugués anóni- 
mo. Muy de desear es que se publique íntegra y seguida de aquella 
Memoria de las mercancías extranjeras que se importaban entonces 
al Perú, la cual acabamos de mencionar y que es tan interesante 
para la historia económica de las Indias. 

Escrita la relación, como por algunas citas se habrá observado, 
en estilo incorrectísimo y á trechos confuso, en una verdadera al- 
garabía lusitano-castellana; inspirada en sus apreciaciones sobre el 
gobierno de la colonia y carácter de sus habitantes por un criterio 
acerbo y mordaz, como es al cabo criterio de enemigo y persegui- 
do; sobrado sucinta en algunos capítulos y particularidades, y ni- 
mia en otras, constituye con todo un curiosísimo é importantísimo 
documento histórico, una completa evocación de la Lima y el Perú 
de los tiempos de Felipe III, la más viva pintura de la sociedad 
criolla á principios del siglo xvii, vista con los penetrantes ojos, el 



— 384 — 

despejado y minucioso ingenio y la agudeza mercantil propias del 
observador judío. Y si algunas veces dijo males de los pobladores, 
á lo menos sintió profundamente los encantos y hermosuras de 
nuestras comarcas, y supo recordar con piadosa nostalgia de deste- 
rrado, los variados hechizos de sus climas y paisajes y fijar por es- 
crito los fugitivos aspectos de sus pintorescas costumbres; por todo 
lo cual bien podemos quedarle reconocidos en fin de cuentas, per- 
donándole (atendiendo á las molestias y amenazas que debieron ro- 
dearlo y obligarlo á expatriarse de su tierra de elección) su tarea 
de espionaje, que resultó ineficaz para sus propósitos de venganza, 
y las murmuraciones y detracciones que trae contra nuestros pre- 
decesores y antepasados. 



DIEGO MEXIA DE FERNANGIL 

POETA SEVILLANO DEL SIGLO XVI. AVECINDADO EH EL PERÚ 

Y LA 

SEGUNDA PARTE DE SU "PARNASO ANTARTICO,, 

EXISTENTE EN LA BIBLIOTECA NACIONAL DE PARÍS 

POR 

DON J. DE LA RIVA AGÜERO 



Entre los poetas clásicos sevillanos de segunda ñla, uno de los 
menos conocidos y de los más dignos de serlo es Diego Mexía de 
Fernangil. Para la cabal apreciación de sus obras, muchas de las 
cuales se conservan inéditas, le ha perjudicado haber permanecido 
ausente de España casi toda su vida, gastada en largas andanzas 
por los virreinatos americanos. De aquí proviene que los eruditos 
de Sevilla traigan sobre él noticias muy escasas y erróneas. Don Fer- 
mín Arana de Varflora (1) tiene por dos poetas distintos á Diego de 
Mexía, autor de la Primera parte del Parnaso Antartico, impresa en 
Sevilla el año de 1608, y á Diego Mexía de Fernangil, autor de los 
sonetos intitulados Christi Domini pliilantropia, que, sin indicación 
de año, afirma haberse impreso' igualmente en Sevilla, según el tes- 
timonio de Cuesta en sus adiciones á la Biblioteca de Nicolás Anto- 
nio. Lasso de la Vega (2), no sólo repite la duplicación de Varflora, 



(1) Varflora, Hijos de Sevilla ilustres en santidad, letras, armas, ar- 
tes ó dignidad, nxim. I, A, B, C, D, E .pág-. 85 Con licencia, año 1791. 

(2) Ángel Lasso de la Vega y Arguelles, ílistoria y juicvt critico de 
la Escuela Poética Sevillana en los siglos XVI y XVII Memoria pre- 
miada por la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Madrid, 1871, 
páginas 275, 276 y 279. 

25 



— 386 — 

sino que asegura que el primer Diego Mexía, autor del Parnaso An- 
tartico y traductor de las Heroidas de Ovidio, fué Oidor de la Au- 
diencia de Lima, confundiéndolo con el Licenciado toledano D. Pe- 
dro Mexía (que renunció la toga y se hizo jesuíta en ] 568, y acabó 
por ser Rector del Colegio de San Pablo y Visitador nombrado por 
el Virrey Toledo), ó con el limeño D. Diego Mexía y Zúñiga, Ase- 
sor del Cabildo de Lima y Fiscal de la Audiencia de México (1). 

Nuestro poeta fué natural' de Sevilla, como lo declaró muchas 
veces en sus obras. No obtuvo jamás el cargo de Oidor. Parece ha- 
ber sido mercader, conforme lo dice expresamente Mendiburu y lo 
indican algunos pasajes de sus propios prólogos y dedicatorias, la 
naturaleza de sus tan dilatados viajes y su final residencia en Po- 
tosí. Hacia 1617, fecha de la conclusión de la Segunda parte del 
Parnaso, era Ministro del Tribunal de la Inquisición peruana, para 
la visita y corrección de los libros; y es éste el único oficio público 
que confiesa y que puede atribuírsele. 

Debió partir de Sevilla en 1584, porque en 1617 contaba trein- 
ta y tres años de su salida de España (2). Pasó á la América me- 
ridional; y en ella, «ocupado y distraído en negocios de familia 
y en buscar los alimentos necesarios á la vida», navegó mares y ca- 
minó tierras «por diferentes climas, alturas y temperamentos, bar- 
barizando entre bárbaros» (3). Los continuos viajes, á que sus con- 
trataciones y granjerias lo obligaban, le impedían satisfacer á sus 
anchas sus aficiones poéticas y disfrutar sosegadamente de la amis- 
tad de los literatos, que ya abundaban en el Perú. «La comunica- 
ción con hombres dotos (aunque en esta parte hay muchos) es tan 
poca cuan poco es el tiempo que donde ellos están habito.» Por es- 
tas señales de vida andariega y trashumante, es lo más verosímil 
que se dedicara, como á la sazón lo hacían tantos de sus paisanos, 
á llevar y traer ropa de la tierra y artículos de Castilla desde Quito 



(1) Véase Mendiburu, Diccionario histórico-biográfico del Perú, 
tomo V, págs. 227 y 228. 

(2) Segunda Parte del Parnaso Antartico (Ms. de la Biblioteca Nacio- 
nal de París). Advertencia Al lector. 

(3) Primera Parte del Parnaso Antartico, año de 1608, con privilegio 
ea Sevilla, por Alonso Rodríguez Gamarra El autor á sus amigos, fo- 
lios 3, vuelta y 4. 



• — 387 — 

á Potosí. En tales tráficos mercantiles, las ocasiones de conversación 
literaria no eran tan frecuentes como él lo hubiera deseado; y aun 
muchas de las personas cultas establecidas en el Virreinato daban al 
olvido sus antiguos estudios y se dejaban vencer por las influencias 
del nuevo ambiente y las condiciones de vida de estas inmensas 
comarcas, recién abiertas á la explotación económica, desfavora- 
bles en consecuencia á la quietud de la lectura delicada y los ele- 
vados ejercicios literarios, y en las que á todos fascinaba el afán de 
lucro inmediato y de las gigantescas empresas mineras. De ello se 
queja amargamente Mexía, que fué comerciante sin ninguna voca- 
ción. «En estas partes se platica poco desta materia, digo de la ver- 
dadera poesia y artificioso metrificar, que de hacer coplas a bulto 
antes no hay quien no lo profese. Porque los sabios que desto po- 
drían tratar, solo tratan de interés y ganancia, que es a lo que acá 
los trajo su voluntad; y es de tal modo que el que mas doto viene, 
se vuelve mas perulero» (1). 

La propicia atmósfera poética que él apetecía, de relativo refina- 
miento y humanismo, no podía encontrarla sino en Lima; y las tem- 
poradas que pasó en la capital, hubieron de ser sin duda las más 
agradables de su prolongada estancia en el Perú. Reproducía enton- 
ces Lima en pequeño las condiciones y aspectos de Sevilla, cuyos 
hijos formaban mayoría notable entre la clase principal de sus po- 
bladores. Sevillanos, ó á lo menos andaluces, eran casi todos los in- 
genios que en Lima fraternizaron con Mexía y á quienes menciona 
la anónima discípula de éste en el Discurso en tercetos, preliminar 
de la Primera Parte del Parnaso Antartico. Sevillano era el Padre 
Diego de Hojeda, célebre autor de La Cristiada, prior del convento 
grande de los dominicos en Lima; sevillano Pedro Montes de Oca, 
tan alabado por Cervantes y Espinel; sevillano Duarte í'ernández, 
aunque fuera su familia oriunda de Portugal. De Archidona era el 
presbítero Miguel Cabello Balboa, que residía en la diócesis de Lima 
en los últimos años del siglo xvi (2), y que además de su conocida 
Miscelánea Antartica, en prosa, compuso las siguientes obras litera- 



(1) Ob. cit., fojas 4 y vuelta, 

(2) Mendiburu, Diccionario histórico-biogrdfico del Perú, tomo II, pá- 
gina 96. 



— 388 — 

rías que cita la poetisa anónima: La Vulcánea, El elogio militar, La 
entrada de Los Mojos, La comedia del Cuzco \j Vasquirana. a estos 
se agregaban, recordados por la misma poetisa, el Dr. Figueroa, 
igualmente vecino de Lima como todos los anteriores, y que debe 
de ser el Dr. Francisco de Figueroa, cuyos versos aparecen en los 
preliminares de la otra Miscelánea Austral de D. Diego Dávalos; el 
poeta Sedeño, probablemente toledano; el capitán Juan de Salcedo 
Villandrando; Juan de la Portilla, Cristóbal de Arriaga y Pedro de 
Carvajal. El elemento criollo estaba brillantemente representado en 
aquel grupo con el famoso licenciado chileno Pedro de Oña, autor 
del Araí(co domado; el quiteño Gaspar de Villarroel, futuro fraile 
agustino, Obispo de Santiago de Chile y Arequipa y Arzobispo de 
Chuquisaca, prosista de grandes bríos y reputadísimo predicador, 
y que estudiante entonces en el Colegio de San Martín, rendía á la 
poesía feliz tributo en versos juveniles; y algún genuino miembro de 
la aristocracia limeña como aquel D. Juan de Eibera y Dávalos, 
elogiado por Cervantes en el Canto de Caliope, caballero de Cala- 
trava y Alcalde de Lima, hijo del conquistador Nicolás de Ribera el 
Viejo y que por su bisabuelo, doncel de D. Juan II, entroncaba 
con la casa de los Duques de Alcalá y Marqueses de Tarifa. Muchos 
de los enumerados pertenecían á la Academia Antartica de Lima, 
en la que fué incorporado Mexía con el nombre de Delio. El direc- 
tor y principal sostén de esta Academia era Antonio Falcón, grande 
admirador de los poetas italianos y en especial de Dante y Tasso, 
según se desprende del loor que le dedica la poetisa: 

«Y tú, Antonio Falcón, bien es te atrevas 
la Antartica Academia, como Atlante, 
fundar en ti, pues sobre ti la llevas. 

Ya el culto Taso, ya el escuro Dante 
tienen imitador en ti, y tan diestro 
que yendo tras su luz, les vas delante.» 

Pudo haber sido hermano del licenciado aragonés Francisco 
Falcón, acérrimo defensor y apologista de los indios, cuyos escritos 
sirvieron de fuente á la relación del jesuíta anónimo publicada por 
Jiménez de la Espada (Madrid, 1879) y á la Historia del Padre Blas 
Valera, trascrita en mucha parte en los Comentarios lleales de Gar- 



— 389 — 

cilaso. También debió de pertenecer á la Academia, con el nombre 
de Criselio, el capitán Cristóbal Pérez Rincón (1). 

Figuraba ventajosamente entre estos versificadores la anónima 
poetisa cuyo Discurso, que sirve de introducción al Parnaso Antar- 
tico, contiene la recordación y elogio de todos ellos. Mexía, de 
quien se confiesa discípula, dice que era «una señora principal de 
este Reino, muy versada en la lengua Toscana y Portuguesa». Don 
Ricardo Palma, justamente asombrado de la maestría y erudición 
que sus versos descubren, ha puesto en duda su condición de mujer; 
mas no hay razón positiva para negarla. 

A más de los anteriores ingenios residentes en Lima, Mexía 
mantuvo correspondencia literaria en el Perú con Luis Pérez Án- 
gel, vecino de Arica, que contribuyó con un aceptable soneto á las 
laudatorias de la Primera Parte del Parnaso; y con el cordobés Die- 
go de Aguilar y Córdoba, vecino de Huánuco y autor del poema 
inédito El Marañón, estudiado por los Sres. Jiménez de la Espada 
y Menéndez Pelayo (2). 

Podría creerse que la traducción en tercetos de las Heroidas de 
Ovidio, única obra verdaderamente conocida hasta aquí de Diego 
Mexía, y que compone con la del In Ibin toda la Primera Parte de 
su Parnaso, hubiera nacido en el tibio y regalado clima limeño y 
en el seno de aquella cultísima Academia Antartica, hermana mo- 
desta pero no indigna de la de Pacheco y demás sevillanas (3). Ovi- 
dio, por su blandura, terneza y muelle felicidad, es como para tra- 
ducido en Lima. Pero si el inconsciente soplo de la inspiración pudo 
recibirlo Mexía en la suave capital del Perú, la decisión fué debida 



(1) Hay un soneto de él al fin do la Primera Parte del Pariiaso. 

(2) M. Menéndez Pelayo, Antología de poetas hispano-americanos, 
tomo III, págs. cuvii y clviii. 

(3) Menéndez Pelayo {Antología, tomo IV, pág. xvm), creyó que di- 
cha Academia Antartica no era propiamente tal, sino la Universidad de 
Lima; pero lo refutan las circunstancias de que algunos de sus miembros 
conocidos, como el capitán Rincón y el mismo Mexía, no parece que per- 
tenecieron al claustro de San Marcos; de que en cambio usaban pseudó- 
nimos poéticos, como era de rito en las verdaderas academias literarias; 
y de que en los preliminares del Parnaso no se denomina Academia á la 
Universidad de México, según debió reclamarlo la analogía si entendían 
designar por aquel apelativo á la limeña. 



— 390 — 

á una casual circunstancia en su azaroso viaje del año de 1596 á la 
Nueva España y la ejecución realizada en su difícil y prolijo pere- 
grinar por las duras sierras mexicanas, según todo nos lo relata en 
el prólogo Al lector- (1): 

«Navegando el año pasado de nouenta y seys, desde las riquis- 
«imas prouincias del Piru, a los Reinos de la Nueua España (mas 
por curiosidad de verlos que por el interés que por mis empleos pre- 
tendía), mi nauio padescio tan graue tormenta en el golfo (llamado 
comunmente) d'el Papagayo, que a mi i a mis compañeros nos fue 
representada la verdadera hora de la muerte: Pues demás de se nos 
rendir todos los arboles (víspera d' el gran Patrón de las Españas, a 
las doze horas de la noche, con espantoso ruido, sin que vela, ni 
astilla de árbol quedasse en el nauio, con muerte arrebatada de vn 
hombre) el combatido baxel daua tan temerarios balances, con 
mas de dos mil quintales de azogue que (por carga infernal) lleva- 
va: i sin mucho vino y plata, y otras mercaderías, de que estava 
suficientemente cargado; que cada momento nos hallavamos hun- 
didos en las soberbias ondas. Pero Dios (que es piadoso padre) mi- 
lagrosamente, i faera de toda esperanza humana (aviendonos desa- 
huciado el piloto) con las bombas en las manos, i dos vandolas, nos 
arroxó dia de la Transfiguración en Acaxu, puerto de Sonsonate. 
Aquí desembarqué la persona, i plata, i no queriendo tentar a Dios 
en desaparexado nauio, determiné ir por tierra a la gran ciudad de 
México, cabera (y con razón) de la Nueva España. Fueme dificul- 
tosissimo el camino, por ser de trecientas leguas, las aguas eran 
grandes, por ser tiempo de ivierno; el camino áspero, los lodos, i 
pantanos muchos: los rios peligrosos, i los pueblos mal proueidos, 
por el cocoliste y pestilencia general que en los Indios avia. Demás 
d' esto, i d' el fastidio i molimiento que el prolixo caminar trae con- 
sigo, me martirizó vna continua melancolía, por la infelicissima 
nueva de Cádiz i quema de la flota Mexicana, de que fui sabidor 
en el principio de este mi largo viaje. Estas razones, i caminar a 
passo fastidioso de requa (que no es la menor en semejantes cala- 
midades) me obligaron (por engañar a mis propios trabajos) a leer 
algunos ratos en vn libro de las Epístolas del uerdaderamente Poe- 
ta Ovidio Nason, el qual para matalotaje del espíritu (por no hallar 
otro libro) compré a un estudiante en Sonsonate. De leerlo uino el 



(1) Esta relación se ha reproducido ya por los anotadores de la tra- 
duccióo española de Ticknor, y por Menéndez Pelayo en la obra antes ci- 
tada. 



— 391 — 

aficionarme a el: la afición me obligó a repasarlo; i lo uno i lo 
otro, i la ociosidad me dieron animo a traduzir con mi tosco, i to- 
talmente rustico estilo, i lenguage, algunas epístolas de las que 
mas me deleitaron. Tanto duró el camino, i tanta fue mi constan- 
cia, que cuando llegué a la gran ciudad de México Tenustlitlan, 
hallé traduzidas en tres meses de ueinte i una epístolas, las catorze. 
1 aunque entiendo niui bien que se me podrá responder aquí, lo que 
el excelente Apeles, al otro pintor, que en este espacio de tiempo 
se podrían traduzir (según están de mal traduzidas, i peor enten- 
didas) otras tres tantas epístolas, que estas; pero como yo no pre- 
tendo la fama (no digo de Poeta, que este es nombre celebre i gran- 
dioso, sino de metrificador) que el otro pretendía de pintor, no re- 
paro en ello, ni entonces reparé: Antes considerando que mi esta- 
da en la nueua España (respeto de la grande falta de ropa y mer- 
caderías, que en ella aula) se dilataua por vn año, me pareció que 
no era justo desistir desta ímpressa, í mas animado de los parece- 
res de algunos hombres doctos. I assi mediante la perseverancia le 
di el fin que pretendía. Quise traduzirlas en tercetos, por parezer- 
me que corresponden estas Rimas con el verso Elegiaco Latino: lí- 
melas lo mejor que a mí pobre talento fue concedido, adornándolas 
con argumentos en prosa, i moralidades que para su inteligencia i 
vtilidad del lector me parecieron conuenir: pues es cierto que la 
Poesía que deleita sin aprovechar con su doctrina, no consigue su 
fin, como lo afirma Horacio en su arte, i mejor que el, Aristóteles 
en su Poética. Seguí en la explicación de los conceptos mas difi- 
cultosos a sus comentadores, Hubertino y Ascensio, i a luán Bap- 
tista Egnacio Veneciano; i en algunas cosas imité a Remigio Flo- 
rentino, que en verso suelto las traduxo en su lengua Toscana, con 
la elegancia y estudio que todos los milagrosos ingenios de Italia 
han siempre escrito. Demás de lo bueno que en estos autores e ha- 
llado, añadí conceptos, i sentencias mías (si tal nombre merecen) 
assi para mas declaración de las de Ovidio, como para rematar 
con dul9ura algunos tercetos. Finalmente e puesto la diligencia 
possible, porque esta admirable obra saliesse con el mejor ataulo, i 
ornato, que a mi entendimiento fuesse possible También e vis- 
to después acá en otras impressiones, unos Disticos antepuestos, i 
pospuestos a aquella por quien yo hize esta traducion, i algunos 
menos, 1 algunos mas: i assi el curioso que quisiere conferir los 
Tercetos, por los Disticos, si hallare alguna variación, entienda 

que en los diferentes exemplares está la falta Después de aver 

puesto fin a esta traducion no faltó quien dixo que no auia tra- 
duzido la invetiva, intitulada in Ibin, que d' el mesmo Ovidio anda 
Ímpressa con estas sus Heroidas, o Heroicas epístolas, por la gran 



— 392 — 

dificultad que tenia: i assi por los desegañar, como para servir a 
los curiosos, la traducí con la curiosidad, i mayor inteligencia que 
me fue concedida, poniéndole al margen las historias, sin las cua- 
les tuviera alguna dificultad, por ser muchas, i algunas mui pere- 
grinas.» 

Vuelto Diego Mexía á Lima después de su viaje por México, 
acabó de corregir y repasar esta traducción, y la envió á España 
para la imprenta, precedida, como ya tenemos dicho, del célebre 
Discurso en verso de su discípula. En agradecimiento á ésta com- 
puso un sonoro soneto que va a continuación de aquél y que por la 
rareza del libro copiamos: 

L' Antigua Grecia con su voz divina 
celebra por Deidades de Helicona 
nueve poetisas, dándoles corona 
de yedra, lauro, rosa y clavellina; 

Traxila, Mirti, Annites, Miro, Erina, 
Nossida y Telesilla que s' entona 
con dulce canto, y Safo á quien pregona 
su Lesbos, como Tebas á Corina. 

Mas ¡oh matrona, honor del mismo Apolo! 
la clavellina, rosa, lauro y hiedra 
en todo siglo sola á ti se debe, 

pues í-iendo la Deidad de nuestro polo 
t' adorarán en su parnasia piedra 
las nueve musas y las griegas nueve. 



La licencia para la impresión de la Primera Parte del Parnaso 
Antartico está fechada en Valladolid á 28 de Noviembre de 1604; el 
privilegio á favor de Fernando Mexia, mercader de libros, vecino de 
Sevilla, en Valladolid también, á 14 de Diciembre de 1605; y sólo 
en 1608 vino á imprimirse el volumen en Sevilla por Alonso Rodrí- 
guez Gamarra. Es un tomo en 4.° de 268 fojas. La portada dice: El 
larnaso \ Antartico \ de obras \ amatorias \ Con las 21 Epistolas de 
Ovidio, y el in Ibin en tercetos \ Dirigidas a don luán de Villela, 
Oydor en la Chancilleria de los Reyes \ Por Diego Mexia, natural de 
la ciudad de Sevilla; y residente \ en la de los Reyes, en los riquissi- 
mos Reinos del Piru. Año 1608. Debajo hay un escudo con el sol, 
dos cerros, y el lema Plus Vltra y una fuente que parece representar 



— 393 — 

el Polo Antartico ó el cerro de Potosí, y en derredor una orla con 

estos versos: 

Si Marte llevó al ocaso 
las dos columnas, Apolo 
llevó al Antartico Polo 
á las Musas y al Parnaso. 

La dedicatoria al Oidor Villela (1) no lleva fecha. Los sonetos 
laudatorios que anteceden al prólogo son del licenciado Pedro de 
Oña y de Luis Pérez Ángel, de quienes ya hemos hablado, y del 
Dr. Pedro de Soto, Catedrático de Filosofía en México, quien en 
nombre de su Claustro escribe: 

Clarisimo Mexia, eu quien derrama 
el cielo cuanto bien couoce el suelo, 
tanto alargáis con vuestra pluma el vuelo 
que al Orbe ha dado vuelta vuestra fama. 

Salió del Betis la eminente llama 
de vuestro resplandor, y siu recelo 
llega del Sur al Ártico, y el velo 
del olvido abrasando, á Febo inflama. 

Las Musas de Parnaso y d' Helicona 
hallando en vos su Ovidio trasformado, 
de lauro os tejen inmortal corona. 

Y pues tal hijo al Nuevo Mundo has dado, 
¡oh gran Sevilla, célebre matrona! 
más riqueza lo das que él te ha enviado. 

Esta versión de las Heroidas de Ovidio, que ha sido reimpresa 
dos veces en España (por Fernández, en 1797, tomo XIX, y después 
en la Biblioteca Clásica), ha merecido singulares encomios de tan 
buenos jueces como Quintana y Menéndez Pelayo. En verdad que, 
como lo nota el último y lo advierte el propio Mexía en su intro- 
ducción, más es paráfrasis que no traducción ceñida. De suey^te 
(expresa) que puedo ser mejor llamado imitador que traductor . De- 
claración que es menester no olvidar para justipreciar algunas de 
sus bellezas de dicción y sentimiento. Así, por ejemplo, en la Epís- 
tola tercera Hipodamia le dice á Aquiles: 

¡Ay de mí triste y poco venturosa 
que al partir me perdí tanto los bríos 
que un beso no te di de vergonzosa! 

(1) El que fué, andando el tiempo. Presidente del Consejo de Indias y 
Conde de Lences bajo Felipe IV. 



— 394 — 

Ovidio (ó Aulo Sabino, sino es auténtica) dijo simplemente, sin 
indicar la razón: 

Hei mihi! discedens oscula nulla dedi. 

Este rasgo de timidez y pudor, que tan bien conviene á la ho- 
nesta esclava, es personal de Mexía. En la Epístola cuarta, de Fe- 
dra á Hipólito, hallamos un verso muy feliz: 

Amémonos los dos desta manera, 
seamos deste número dichosos, 
y habrá en él bosque eterna primavera: 

Que si el fruto de Venus amoroso 
del bosque quitas, toda su frescura 
se ha de volver en páramo enfadoso. 

Ovidio no pone sino: 

Nos quoque jam primum turba numeremur in ista; 
si Venerem tollas, rustica silva tua est. 

Mexía le ha añadido la impresión de la alegía y el esplendor 
con que la Naturaleza se reviste á los ojos de los amantes. — En la 
Epístola quinta escribe: 

Hay un monte, una cumbre inmensa, llena 
de fragosa aspereza, cuya altura 
mira al profundo, donde el mar resuena. 

En cuya falda impenetrable y dura 
Neptuno hierve, y ella resistiendo 
convierte en blanca espuma 1' agua pura. 

Aquí ha desarrollado, y no sin gallardía, el paisaje que el origi- 
nal bosquejaba en estos breves términos: 

Adspicit inmensum moles nativa profundum: 
mons fuit, pequoreis illa resistís aquis. 

Tales aciertos hacen perdonar los desmayos, prosaísmos y ripios 
en que incurre á menudo. Porque muchas veces, al revés de lo que 
hasta ahora hemos señalado, deslustra el texto latino con alguna 
explicación cansada y rastrera, ó con alguna moralidad trivial, ó 
apaga la luz del cuadro con la omisión de un epíteto pintoresco. 



— 395 — 

Así, en la misma Epístola quinta, la unda ccerula, que da la nota 
de color del risueño Mediterráneo, se convierte en un mero mar in- 
menso; las virides Nereidas, que expresan el matiz de las aguas 
profundas, no son más que 



las Ninfas del mar embravecido. 



En la Epístola séptima, «los azules corceles que Tritón hará co- 
rrer por la lisa llanura de las ondas» 

strataque íeqxialiter unda 

Cseruleis Tritón per mare curret equis, 

se truecan mezquinamente en 

Y á Tritón sobre el mar sesgo y afable 
con sus caballos demostrarse á nado. 

En cambio está muy bien interpretada la descripción de la tra- 
vesía nocturna de Leandro en la Epístola decimoséptima: 

L' agua serena, sesga, mansa y cana, 
cual si fuera cristal repercutía 
los soberanos rayos de Diana. 

La noche con la luz resplandecía 
de suerte que su título perdiendo, 
con propiedad se pudo llamar día. 

Ninguna voz oí, ningún estruendo, 
sino era aquel murmurio, aquel ruido 
qu' iban mis brazos al nadar haciendo. 

De cuando en cuando me hirió el oído 
de solas las alciones el canto 
por Ceice, su amantisimo marido. 

Muy apreciable es en conjunto esta traducción de las Heroidas, 
á pesar de sus desigualdades y altibajos. La de la Invectéva contra 
Ibis, que va á continuación, no nos parece tan afortunada, porque 
es mucho más cansada y tediosa que el original latino, el cual ya 
lo es y bastante. 

Con todas sus deficiencias, la versión ovidiana de Mexía consti- 
tuye una estimabilísima curiosidad literaria. Este sevillano ^^erwZero 
es el abuelo remoto, pero fácil, lozano y galante, de los grandes 



— 396 — 

traductores é imitadores clásicos hispano-americanos, de Landívar 
y el Obispo Montes de Oca, de Bello y Miguel Antonio Caro. Y para 
hacer aún más simpática la Primera Parte del Parnaso Antartico, 
aparece al lado de la abierta y agradable figura de Diego Mexía, 
el latinista andaluz indianizado, la misteriosa y fina fisonomía de 
su discípula anónima, la poetisa criolla. 



La lectura de la traducción de las Ileroidas en la Academia An- 
tartica limeña y su remisión á España para la imprenta debieron 
de consolidar y aumentar el crédito literario de Mexía; y no es im- 
probable que á él y á su incógnita alumna quisiera rendirles home- 
naje D. Diego Dávalos y Figueroa cuando en su Miscelánea Austral 
puso como interlocutores á Delio (1) y Cilena. Mas si ganó en fama 
Mexía, no mejoró, antes empeoró grandemente, de fortuna mate- 
rial, bien fuera porque sus inclinaciones poéticas lo llevaran á des- 
cuidar sus negocios, bien por otras causas. Debió de continuar al- 
gún tiempo sus viajes periódicos durante los primeros años del si- 
glo XVII, pues de ellos es una epístola en tercetos, que más adelante 
analizaremos, escrita en Andamarca, en las serranías setentriona- 
les del Perú. Por entonces hubo también de conseguir el cargo de 
Ministro de la Inquisición para la visita de librerías. Mas, arruina- 
do al cabo en su hacienda y desengañado del comercio ambulante, 
pasó á fijarse en Potosí por los años de 1608 á 1G09 (2), como nos 



(1) Pseudónimo académico de Diego Mexía, como atrás va ya recor- 
dado. 

(2) De los poetas que hemos nombrado en páginas anteriores, fueron 
varios los que por este tiempo pasaron del Bajo Perú á establecerse en el 
Alto: D. Diego Dávalos y Figueroa, que en 1601 fechaba en La Paz la 
dedicatoria de su Miscelánea Austral; Duarte Fernández, de quien dice 
la poetisa: 

Fué al cerro donde el Austro es buen testigo 
que vale más su vena que las venas 
de plata que allí puso el cielo amigo; 

y quizá también Juan de la Portilla. 



— 397 — 

narra en la dedicatoria al Príncipe de Esquilache que antecede la 
Segunda Parte de su Parnaso Antartico, manuscrito existente en la 
Biblioteca de París: 

«Pues habiendo por espacio destos ocho años últimos con ido por 
mis negocios tan deshecha tormenta, que habiéndome llenado los 
mas de los bienes que llaman de fortuna, me recogí en esta Impe- 
rial Villa con mi familia como en siguro puerto, esperando pasase 
el rigor deste airado iuierno: donde con quietud he gozado de los 
bienes del entendimiento sobre quien no tiene la Fortuna dominio 
ni imperio alguno. He desembuelto muchos autores Latinos i he 
frecuentado los umbrales del templo de las sagradas Musas. Y 
auiendo destas i de aquellos fabricado la segunda i tercera parte de 
mi Parnaso Antartico (auiendo ya impreso la primera) para com- 
pensar mis muchas perdidas con una colmada y muy dichosa ga- 
nancia, determiné dedicar y consagrar estos fructos de mis estudios 
a V. Ex.**', y assi embio agora esta segunda parte de obras diuinas, 
porque a quien mexor las puedo offrecer que a un Principe exce- 
lentissimo, doctissimo, estudiosissimo y religiosissimo? Reciba pues 
V. Ex.^ el pequeño don acompañado de una voluntad muy copiosa 
de servir a V. Ex.^, y si esta parte se acepta con la benignidad que 
espero, embiaré la tercera parte, donde terna V. Ex.^ no la menor 
en sus dignissimas alabanzas. Guarde nuestro Señor i prospere la 
excelentissima persona de V. Ex.^ por mui largos y felices años 
como el Pirú lo ha menester, de Potosí a 15 de henero de 1617.» 

Dicha Segunda parte, que constituye el tema principal de la 
presente Memoria, figura con el núm. 599 en el catálogo de manus- 
critos españoles y portugueses de aquella Biblioteca, formado por 
el eminente hispanista Alfredo Morel-Fatio, y con el núm. 389 en la 
ordenación actual. Procede de la colección de los Padres del Orato- 
rio de la rué Saint-Honoré. Hubo de ser el propio ejemplar ofrecido 
al Príncipe de Esquilache, porque en la pasta de cuero rojo tiene 
grabadas en oro las armas de Borja y Aragón, y la dedicatoria que 
ya hemos trascrito, lleva la firma autógrafa de Mexía. Es un vo- 
lumen de 209 fojas numeradas con guarismos, fuera de las 15 de 
preliminares que van numeradas con letras. Mide 205 milímetros 
de largo por 150 de ancho. La portada dice: La | Segvnda Parte \ 
Del I Parnaso Antartico \ de diuinas Poemas \ Dirigida al excelen- 
tissimo Frincipe de Esquilache \ Virrei, i capitán general del Pirú 



— 398 — 

por el Rey \ niiestro Señor. — Escudo con tinta, ig-ual al de la portada 
de la Primera parte del Parnaso, con la misma orla; y debajo: Por 
Diego Mexia de Fernangil ministro del Sancto \ off. de la inquisi- 
ción en la visita i corrección de los libros \ y natural de la ciudad 
de Sevilla \ Afio de 1647. (Sic. Debajo del 4 hay un 1, que es el nú- 
mero verdadero, como se ve por la fecha de la dedicatoria que co- 
nocemos.) Al reverso tabla de materias. — Epígrafes latinos de Ovi- 
dio y Marcial. ^Escudo en colores de Borja y Aragón.— En la foja j 
una estampa de Cristo con la leyenda Speciosus forma proR filliis ho- 
minum Psal. XXXXIIIIy con letras pequeñas Ant. Wierx sculp. et 
excud. — Ocupan hasta la foja 101 los sonetos A la vida de Ci'isto\ vie- 
nen luego una carta á Nuestra SeTiora (foja 102); La vida de Santa 
Margarita (foja 118); Oración en loor de Santa A7ia (foja 138); Me- 
morare Novissima (foja 154); Égloga del Buen Pastor (foja 162), y 
otra Égloga El Dios Pan en loor del Santísimo Sacramento, prece- 
dida de una larga é importante epístola dedicatoria á D. Diego de 
Portugal, Presidente en la Real Audiencia de los Charcas (foja 109 
vuelta). 

Don Marcelino Menéndez y Pelayo, á quien se le ocultó tan poco 
en historia literaria castellana, conoció este manuscrito y dio de él 
noticia, pero muy somera, y no al tratar de Mexía en el tomo III 
de la Antología de Úricos hispano-americanos, sino en una nota de 
la página xviii del tomo IV de la misma obra. Mas siendo tan su- 
cintos sus datos, no nos parece tarea inútil para la historia de la 
Escuela poética sevillano -peruana, examinar con alguna detención 
el referido manuscrito. 

Una buena parte de él no podría considerarse como inédita si 
es exacta la aseveración que tomó Varflora de las adiciones de 
Cuesta á Nicolás Antonio, es á saber: que se imprimieron en Sevilla 
con el título de Christi Dom^ini philantropia 163 sonetos castellanos 
de Diego Mexía de Fernangil (1). No creemos improbable la exis- 
tencia de tal edición, atendiendo á las palabras de Mexía en su proe- 
mio que abajo copiamos; pero es insegurísimo el dato consignado 
por Varflora, no sólo á causa de la fuente que alega y que no he- 
mos podido compulsar, sino por la imprecisión del título, evidente- 



(1) Varflora, Hijos de Sevilla , pág'. 85. 



— 399 — 

mente alterado al verterlo al latín, por la ausencia total de indica- 
ción de época y porque en ningún caso pudieron ser 163 los sonetos 
publicados, sino 153, que fueron los primitivamente compuestos 
para servir de comentario á las estampas sobre la vida de Cristo 
del jesuíta Jerónimo Natal, según lo declara el poeta en la adver- 
tencia Al lector, que dice así: 

«Vi las ciento y cincuenta y tres estampas que de ella [la vida 
de Cristo] sacó a luz el Padre Hieronimo Natal de la compañía de 
Jesús. Las cuales auiendo venido a mis manos en esta Villa Impe- 
rial de Potosí, ceuado de la variedad i elegancia de las imágenes, 
comencé con atención i devoción a rumiar i contemplar los pasos 

de aquella soberana vida de nuestra vida I asi arrebatado en su 

amor en agradecimiento de tantas mercedes con mi tosca y mal 
limada Musa me dispuse a consagrar a cada estampa un Soneto 
Castellano: para que assi como muchas naciones gozan de muchas 
meditaciones en sus lenguaxes i naturales de Idiomas, gozasse tam- 
bién la Española como no menos denota y pia de las mesmas estam- 
pas declaradas con mis Españoles Epigramas. Confieso que era im- 
presa para ingenio mas desocupado que el mió, i para mas alto i 

mas denoto espíritu Puestos pues en la mayor perfección que 

pude los Sonetos, los embié en el principio del año pasado de ca- 
torze a España, encaminados a la ciudad de Anuers en Flandes, 
donde entendí estañan las matrices de las estampas para que los 
Sonetos se imprimiessen con ellas: i viniessen Sonetos y estampas 
en un cuerpo: por carecer los Sonetos de su espíritu sin sus estam- 
pas; i espero en el Señor cuya gloria se pretende que algún día los 
hemos de ver impresos. Embiados pues los Sonetos, y enseñándolos 
después a muchos amigos doctos y religiosos hicieron en sus almas 
tales effectos que me aconsejaron i importunaron los publicase i im- 
primiesse sueltos: assi por no tener certeza si lo de Flandes terna 
execucion o cuando la terna: y que dado caso que la tenga y con 
breuedad, verná en volumen muy grande, i es bien que anden en 
libro mas portátil para todos. Apretaron tanto en este pase que de- 
terminé cumpliendo con su deuocion cumplir los ciento y cinquenta 
y tres Sonetos a doscientos para que hiciessen historia; por auer 
dexado el padre Natal muchos pasos esenciales de la vida de Cristo 
Nuestro Señor sin estampas, i con estos quarenta y siete Sonetos 
añadidos queda algo mas cumplida y perfecta la historia. No ig- 
noro que los Sonetos no son para seguir hilo de alguna historia, por 
ser un genero de compostura que dispone y remata un concepto ca- 
balmente con summa perfección, i assi no da lugar a que vaya uno 



— 400 — 

dependiente de otro, i por esta mesma razón puse yo a cada Es- 
tampa un Soneto porque en el concluía con el pensamiento de la es- 
tampa. Lo que no pudiera hazer tanbien con otro genero de com- 
postura. Pero auiendo de imprimillos sueltos (si acaso me animase 
a tanto) fue forzoso encadenar la historia: mas va de suerte que 
cada Soneto es una piedra Labrada y desencasada del edificio, que 
el solo forma concepto i puede seruir solo sin quedar dependiente 
del antecedente ni del subsequente. Bien es verdad que si yo los 
compusiera todos con esta intención, sin duda fueran mas dulces, 
mas perfectos y mas leuantados. Porque en los 153 primeros mi in- 
tento y mi obligación fue solo explicar con cada Soneto una es- 
tampa, yendo atada la oración a su explicación con tanta breuedad 
como en catorze hendecassilabos se encierra. Lo cual fuera mui 
diferente si la pluma corriera con libertad, como se echará de ver 
en algunos que no fueron atados a explicación de alguna estampa. 
No digo esto por escusar mis ignorancias, antes confieso que tengo 
muchas para tan alta impresa: i conosco que en treinta i tres años 
que ha salí de España es ya otro el lenguaxe y otra la perfecion y 
alteza de la Poesia, pero con esta que entonces traxe y acá se a dis- 
minuido quise hazer este servicio Y assi demás de la ensancha 

que puse a los Sonetos, les añadí otras obras diuinas compuestas en 
diferentes ocasiones para que el libro tuviesse algún volumen.» 

No puede ser más paladina la confesión del motivo que lo deci- 
dió á coleccionar todas sus poesías devotas. Así se explica la des- 
igualdad de ellas, que quedan bien juzgadas en verdad con el epí- 
grafe de Marcial, que les aplicó Mexía insistiendo en la misma idea: 

Sunt bona, sunt qusedam mediocria, sunt mala plura 
quse legis hic; aliter non fit Avitto, líber. 

Y concluye la advertencia preliminar con igual modestia: «Qual- 
qniera cosa que esto sea la recluirás (lector benéuolo) con animo 
denoto y agradecido, aduirtiendo que aunque esto no va con mui 
culto y mui afeitado o afectado atauio, va lleno de riqueza inexti- 
mable para el alma». 

Entre los de la Escuela sevillana es, en efecto, uno de los menos 
propensos al boato y la grandilocuencia que fueron á parar en el 
culteranismo. Tiende, por el contrario, á la llaneza y aun al pro- 
saísmo, como también ocurre con su amigo y paisano Hojeda. Es 
como él, versificador facilísimo, pero á menudo ñojo y desmayado. 



— 401 — 

Los sonetos se resienten de la sequedad epigráfica, meramente na- 
rrativa, á que los sujetaba el primer intento y traza de la obra. Mas 
no son raros tampoco los trozos en que descubre suavidad, elegan- 
cia y ternura notables, y otras veces alcanza verdadero vigor de 
expresión. Así en la canción que precede á los sonetos y que titula 
Introducción, al tratar de la visión divina, hallamos frases no des- 
deñables: 

Con sus mesmas alas 

los seráficos rostros se hau cubierto. 

Neblina y humo de tu silla exhalas; 

y cuando te sintió venir Elias 

sus perspicaces ojos ha encubierto. 

Con una especie de anticipado romanticismo piadoso, que ha 
sido siempre muy español, inculca á los poetas la excelencia esté- 
tica de la vida de Jesucristo: 

Los que para escrebir andáis sedientos 
sujetos procurando 
donde ocupar del arte la destreza 
y del gallardo ingenio la agudeza 
ya fábulas, ya historias fabricando: 
cantad á Cristo: Cristo es Hipocrene 
y Cristo es el sujeto más grandioso 
que su puede ofrecer en cielo y tierra. 



Y así me espanto que cristiana gente 
en esta eterna fuente no presuma 
bañar la lengua y pluma eternamente. 

Si la belleza debe ser sujeto 
de la Poesía y tiene por grandeza 
cantalla con magniñcos renombres, 
Cristo fué el ejemplar de la belleza, 
siendo su rostro espléndido y perfeto 
sobre todos los hijos de los hombres. 



Hasta los alguaciles y sayones 
yendo á prendelle, del se aficionaron 
y su fiereza y rustiquez templaron 
al son y suavidad de las razones 
de aquella dulce boca deleitable. 

Tan dulce fué que la Sinoga dura 
hiél y amargura dio á la boca bella 
pensando quitar de ella la dulzura. 



— 402 — 
Es entonado y verdaderamente poético el soneto 8: 

Pasaron años: y también pasaron 
las figuras y sombras en los viejos 
y antiguos Patriarcas, que en bosquejos 
á Cristo Dios y Hombre figuraron. 

Estos por una noche caminaron 
con prenuncios, vislumbres y reflejos 
de Cristo nuestro Sol, que desde lejos 
con vista iluminada divisaron. 

Queriendo, pues, venir el rutilante 
Sol de Justicia, se mostró serena 
la bella Aurora pura y refulgente: 

Salió María, y en aquel instante 
que salió al ser, salió de gracia llena 
y quebró la cabeza á la Serpiente. 

Es tierno y devotísimo el sig-uiente deprecatorio (sin numera- 
ción, foja 88 vuelta): 

Todas las veces que por mí deshecho, 
Dulce Jesús, en esa cruz os miro, 
paréceme decís con un sospiro: 
Diego, ¿por qué me matas? ¿Qué te he hecho? 

Tus pecados me han puesto en este estrecho, 
tú me tienes en cruz y en ella expiro; 
cada culpa mortal es mortal tiro 
que me azota, me enclava y me abre el pecho. 

¿Por qué me azotas? ¿porque te he criado? 
¿Por qué me enclavas? ¿porque te sustento? 
¿Por qué me afrentas? ¿porque te redimo? 

Hijo, no más rigor, no más pecado; 
mi Cruz adora, siente lo que siento; 
mi muerte estima, pues tu vida estimo. 

Pero su más delicada inspiración se la dicta el nacimiento de la 
Virgen en el soneto 10: 

Ángel custodio mío, vos sin duda 
bajastes á mecer la cuna santa 
de nuestra palestina ilustre infanta 
que el nombre de Eva en nombre de Ave muda. 

Suspenso vos, Naturaleza muda, 
estuvistes gozando gloria tanta 
y más en ver que la infernal garganta 
veneno en esta niña no sacuda. 



— 403 — 

Decidme, porque de ella me enamore, 
¿lloró al nacer la celestial María? 
No, porque aquí el llorar fuera defecto. 

Quien nace en culpa y para penas, llore; 
quien nace en gracia y para gloria, ría: 
pues la causa cesó, cese el efecto. 

Por la unción en la plegaria, recuerda de nuevo á su compro- 
vinciano y vecino Hojeda, que por aquel mismo tiempo y en el 
mismo país, aunque con vuelo y amplitud inmensamente mayores, 
trataba igual asunto piadoso. 

Si Mexía está indemne de la ampulosidad culterana, no lo está 
por cierto del equivoquismo, los juegos de vocablos y los intrinca- 
dos razonamientos á que la poesía castellana se ha inclinado siem- 
pre. Véase cómo hace hablar á Cristo cuando se despide de su Ma- 
dre, para irse á sufrir la pasión en Jerusalén: 

Parto, pero sin mí, pues sin ti parto, 
que sin ti no voy todo al bien que sigo, 
pero iré donde voy; mas va conmigo 
mi mitad sola, pues de ti me aparto. 

Ni aun llevo mi mitad, que si reparto 
mi todo en partes dos, la que contigo 
queda es mayor; hai parto, dulce amigo (sic), 
pues me voy á morir de aqueste parto. 



De pésimo gusto los tercetos del soneto 175 (foja 88). En él dice 
María: 

Alma sosiega, que aunque ves en cueros 
al hijo que parí, no te alborotes, 
que no está en cueros quien sin cueros muere. 

Los cueros que le di, con golpes fieros 
se los quitaron cinco mil azotes. 
Así so cumple, pues mi Dios lo quiere. 

Algunos sonetos, como el 190 (foja 96) y los últimos, del 197 al 
200, son con estrambote. Otros ofrecen cierta rareza en la coloca- 
ción de rimas de los tercetos ó vueltas. Así en el 137: 

Dijo que un Anticristo formidable 
adorado ha de ser de una infinita 
multitud do hebraica y ciega gente; 



— 404 — 

y á Enoc y Elias matará atrozmente, 
y á los que viere que no traen escrita 
la señal de la bestia abominable. 

Es la combinación que Rengifo señala como la cuarta (1); poco 

frecuente y sorda por la distancia en que la consonancia primera 

^■^e la primera vuelta queda de la última de la segunda. El soneto 

167, foja 84, es una variedad de los que se llamaban encadenados: 

C La Virgen Madre por de fuera oía 

D los ecos que muy lejos resonaban 

C do los azotes que mi Dios sufría. 
C Contempla ¡oh alma! cuánto sentiría, 

D pues cada azote que en el hijo daban, 

C lo daban en el alma de María. 

Más interesantes que estas relativas curiosidades de rima son 
las referencias al estado social, costumbres y vicios del Perú, y en 
particular de Potosí. A fuer de comerciante tronado, fustiga la ava- 
ricia de los opulentos: 

Soneto 41. 

El desorden y el hipo de cudicia 
Cristo de nuestros ánimos destierra. 
No atesoréis, nos dice, acá en la tierra, 
ni las almas rindáis á la avaricia. 

El tesoro enterrado la malicia 
de los ladrones os lo desentierra, 
la nao se hunde, quítalo la guerra, 
y el hijo y la mujer lo desperdicia. 

Atesorad en pobres y en el cielo 
que allá ni la polilla ni ladrones 
roerá ni robarán vuestra hacienda. 

¡Oh Verbo eterno, Redentor del suelo! 
Alzad la voz, resuenen las razones 
porque el Pirú las oiga y las entienda. 

Soneto 110. 

Fué un rico (dice Cristo) tan vicioso 
que en comer y beber se deleitaba 
y el grueso y bestial cuerpo regalaba 
con púrpura y cambray raro y vistoso. 



(1) Juan Díaz Rengifo, Arte Poética Española, 1726, pág. 96. 



— 405 — 

Y un Lázaro mendigo, humilde, astroso, 
con voz temblante y débil demandaba 
las migajas que el rico desechaba 
entre tanto manjar vario y costoso. 

Eran al rico graves y molestos 
los gemidos de Lázaro, y pedía 
que sus lebreles con furor le asomen. 

¡Oh ciídntos ricos tiene el Pirú destosí 
y aun más avaros, que éste en fin comía, 
mas ni lo dan los nuestros ni lo comen. 



Truena contra las lisonjas que tanto prodigaban los oradores 
sagrados de la Colonia: 

¡Oh, si tuvieran los predicadores 
el vigésimo tercio en la memoria, 
cómo no fueran tan aduladores! 

Quedo pluma, no más. Vuelve á la historia, 
y espera que el Señor de los señores 
por este celo te ha de dar la gloria. 

Aplicando á los hechos evangélicos la terminología del Perú de 
entonces, resulta Pilatos Virrey (soneto 161). Caifas y los Fariseos, 
como inquisidores, «relajan á Cristo al brazo secular» y lo condenan 

Como si fuera algún ladrón cosario. 

(Soneto 161.) 

La herejía protestante lo preocupa muchísimo más de lo que po- 
dría suponerse al saber que vivía y escribía en tierras tan aparta- 
das de ella y tan exentas de su contagio. A cada instante alude á 
sus doctrinas y fautores principales para execrarlos. Hasta el cora- 
zón del remoto y catolicísimo virreinato peruano llegaban de con- 
tinuo los ecos del gran movimiento de la Reforma. 

Esta higuera es símbolo y figura 
del hipócrita, que es todo apariencia, 
y del hereje miserable y ciego. 

Este y aquél con sola fe procura 
salvarse; y Cristo dales por sentencia 
que se sequen y corten para el fuego. 

(Soneto 129.) 



— 406 — 

Luego les abre de las Escrituras, - 
el sentido; y ordena y constituye 
el sacramento de la Penitencia. 

El triste hereje, como vive á oscuras, 
aquesta potestad niega y destruye, 
por no le dar á Pedro la obediencia. 



(Soneto 189.) 



De donde se averigua y se concluye 
que uno es solo el pastor, uno el rebaño, 
y que Lutero y su canalla miente. 



(Soneto 192.) 



Los sonetos sobre la vida de Cristo se cierran con este último: 



Soneto y peroración. 

Recibe ¡oh buen Jesús! el cornadillo 
de quien no alcanza más para ofrecerte. 
Canté tu vida, lamenté tu muerte; 
y quisiese en las almas imprimillo. 

Mi Dios, mi capitán y mi caudillo, 
mi Cristo, mi pastor, mi brazo fuerte, 
haz que no imite de la mesma suerte 
que me diste tu luz para escribillo. 

De tu vida mi Musa va vestida; 
sirva de yesca do tu fuego prenda 
que nos abrase con tu dulce historia. 

Da vida con tu vida á nuestra vida, 
para que habiendo en nuestra vida enmienda, 
contigo nos unamos en tu gloria. 

A continuación (foja 102) está la Epístola á la Sevenissima Reina 
de los Angeles Sancta María Virgen y madre de Dios, en tercetos, 
forma favorita de Mexía. Los tiene muy satisfactorios: 

El luminoso Febo cuando sale, 
no sólo mira al cerro levantado, 
por parecelle que con él se iguale; 

pero mira también al humillado 
inculto valle, lóbrego, inameno, 
dejándolo de honor y luz poblado. 



— 407 — 

Yo soy el valle humilde, el mal terreno, 
que sólo doy abrojos y maleza, 
valle de culpas y miserias lleno; 

junto á muchos pedestres ó insulsos por extremo al relatar pesa- 
damente la vida de María. Pero vuelve á levantarse cuando para- 
frasea los conceptos del Cantar de los cantares: 

Levántate veloz, amiga mia, 
paloma mía y mi hermosa amada; 
y ven do estoy y ten mi compañía. 

La nieve del invierno es ya pasada 
y el diluvio de penas y dolores; 
ven á la primavera deseada; 

ó cuando bizarramente describe la Asunción de la Virgen: 

Y el cielo de las aguas trasparente 
el feudo os ofreció de sus cristales, 
como á divina y soberana fuente; 

y el primer móvil que á las celestiales 
esferas arrebata, estuvo quedo 
por besar vuestras plantas inmortales. 

Léese después (foja 118 vuelta) la leyenda que denomina La 
Perla. La vida de Santa Margarita virgen y mártir, dirigida al li- 
cenciado Alonso Maldonado de Torres, Presidente de la Real Audien- 
cia de los Charcas, y agora oidor del consexo Real de las Indias. 
Está escrita en bien manejados versos sueltos, desabor muy clásico 
y latinista. Principia así: 

¿Qué brazo es éste que con tanta fuerza 
expele deste mundo y su gobierno 
¡cosa admirable! á los antiguos dioses; 
y que arma, incita y mueve á unas doncellas 
contra aquellas deidades que el Imperio 
romano en ara y templos veneraba? 

Atestada de giros cultos semilatinos y de recuerdos mitológicos, 
esta leyenda hagiográfica de martirio é ingenuos milagros ofrece 
sin duda un carácter indeciso, híbrido; ¿pero no es éste — tanto en 
las obras maestras como en la subalterna poesía que analizamos — 



— 408 — 

una de las encantadoras contradicciones que encierra el arte del 
Eenacimiento, así en literatura como en pintura? Y á fe que nuestro 
buen Diego Mexía hace recordar la profana manera de ciertos lien- 
zos italianos y aun de Murillo cuando se detiene á contemplar los 
floridos pechos de la virgen mártir: 

Las divinas pomas, más preciosas 
que las del huerto hesperio. 

Encontramos comparaciones de corte verdaderamente griego: 

como 

suele doncella junto á la marina, 
viendo cerca llegar la forastera 
nave, huir, la delicada planta 
imprimiendo en la arena 

cierta animación en una escena venatoria y cierto color de legítima 
antigüedad en los preparativos del sacriñcio: 

La madre con la hija va; y entrando 
ven á toda Antioquía junta y miran 
resplandecer las coruscantes llamas 
en los altares, y á los sacerdotes, 
dar voces, celebrando los oficios 
ante la estatua y simulacro muda 
de Júpiter; escuchan los bramidos 
de los toros que esperan dar su sangre. 

Juno le dice á Venus, que va en busca de Mercurio: 

En Ida lo hallarás, que con tu padre 
entre unas hayas, al murmurio blando 
de un arroyuelo están 

Méritos tenues seguramente, que nos saben á poco, y que puede 
con facilidad despreciar el refinado y descontentadizo gusto mo- 
derno; pero el historiador literario tendrá que confesar que el des- 
conocido mercader que á principios del siglo décimosétimo, en un 
continente semibárbaro aún, en las lejanísimas y áridas breñas de 
Potosí, hallaba con espontaneidad tales toques, no carecía de al- 
gún don poético y no había perdido el tiempo al estudiar los clási- 
cos latinos. 



— 409 — 

Después se encuentra (foja 138 vuelta) la Oración en Alabanga 
de la Señora sancta Anna madre de la madre de Dios, orada en Po- 
tosí. La recitó el autor en una fiesta de la Hermandad de Santa 
Ana, ante los Cabildos seglar y eclesiástico de la Villa: 

No dudo (ilustre y docto ayuntamiento) 
que os cause admiración y ponga espanto 
ver que yo solo tenga atrevimiento 
para subir do estoy, que es lugar santo; 
yo que ni en letras, ni en entendimiento, 
ni en lengua, ni en edad no valgo tanto 
como el menor de los que en honra de Ana 
aquí juntó la mano soberana. 

Ayer cuando el planeta luminoso 
oculto entre las ondas de Nereo 
dejó corriese el velo tenebroso 
la madre de la muerte y de Morfeo, 
sentado en una silla el riguroso 
instante imaginando en que me veo, 
(docto auditorio) me halló de suerte 
que menos recelara de la muerte. 

Representaba acá en mi pensamiento 
esta discreta y santa clerecía; 
aqueste religioso Ayuntamiento, 
lumbre de la ortodoxa Monarquía; 
contemplaba este sabio regimiento 
y al que es luz de la casa de Messla (1); 
y á los cofrades de Ana y al Senado 
en este santo templo congregado. 

Contemplóme también aquí subido, 
y que todos me daban grata audiencia 
por ver si al gran sujeto que he elegido 
igualan mis concepros y elocuencia; 
mas yo que mi inorancia he conocido 
y desta ilustre santa la excelencia, 
comencé á vacilar, que el grave peso 
al alma sujetaba con exceso. 



(1) Puede ser el muy distinguido jesuíta sevillano P. Alonso Messía, 
que desempeñaba por entonces el rectorado del Colegio de la Compañía 
en Potosí, distinto del jesuíta criollo del mismo nombre que estableció la 
devoción de las Tres Horas del Viernes Santo, generalizada luego en 
todo el 01 be católico. 



— 410 — 

Carecen de sal y novedad las alusiones satíricas á los males y dis- 
turbios de la sociedad potosina: 

No hay guerras, disensiones, novedades, 

ni mentiras, ni chismes, ni porfías; 

no hay bandos, presunción, enemistades, 

engaños, detracciones, parlerías, 

ni juez cudicioso, apasionado, 

que ofenda al justo y libre al que es culpado. 

No hay escribano que padezca vicio 
ni que lleve doblados los derechos, 
ni regidor que compre aquel oficio 
para pagallo á fuerza de cohechos. 
No hay ganancia con logro y perjuicio, 
ni hay alcabalas, sacaliñas, pechos, 
ni alli cargar á nadie se consiente 
hasta que el pobre caiga ó que reviente (1). 

No hay debajo de sello ó nombre regio 
moneda falsa, falta y aparente; 
ni hay alma infame con renombre egregio, 
ni administra justicia el delincuente. 
No hay coima de corona y previlegio, 
ni hipocresía en cautelosa gente; 
no hay sed de plata, porque acá en el suelo 
la plata apesga y poca sube al cielo. 

No hay en aquel lugar damas fulleras 
ni barberas que cortan de navaja, 
que si tienen ventaja en ser parleras, 
ya ¡oh gran vergüenza! juegan de ventaja (2). 



Las liras rotuladas Memorare Novissima (foja 154), endebles, pau- 
pérrimas, no merecen retener la atención. — Sigue (foja 162) la 
Égloga Intitulada El Buen Pastor, dirigida a Leonor de la Trini- 
dad, fundadora y Abadesa de las monxas descaigas de la limpia 
concepción del monasterio del señor san Josef en la ciudad de los 



(1) Se refiere al servicio personal de los indios en los caminos y tam- 
bos y al trabajo de acarreo en las diversas mitas, que era lo que se lla- 
maba cargarlos. 

(2) Alude á la conocida fiereza y belicosidad de las damas de Potosí, 
que con frecuencia atacaban á sus enemigos á cuchilladas, y en ocasio- 
nes llegaron á sostener con ellos lances de honor en toda regla, como es 
de ver en las curiosísimas crónicas locales. 



— 411 — 

Reyes del Pirú. Véase como muestra de estilo la introducción á la 
mencionada abadesa y fundadora (que no era otra que la chuqui- 
saqueña D.* Leonor de Ribera y Orozco, hermana legítima del céle- 
bre D. Rodrigo de Orozco, Marqués de Mortara, Grande de España, 
Gobernador de armas en Flandes y famosísimo guerrero en los rei- 
nados de Felipe III y Felipe IV): 

Tú de la Trinidad sabia pastora, 
que de corderas el rebaño hermoso 
con santidad prudente pastoreas, 
y con custodia y guardia veladora, 
por pasto recoleto y religioso 
lo llevas, lo repastas y recreas, 
suplicóte que leas 

mis versos pastoricios, suspendiendo 
el rigor de tu oficio, pues que sabes 
que es bien ir moderando y reprimiendo 
con algún dulce los cuidados graves. 

Se hallan en esta égloga, que en conjunto es desleída y medio- 
cre, uno que otro verso enérgico, una que otra sentencia expresiva 
y de arranque; por ejemplo: 

Mas no sabe de amor, ó sabe poco, 
quien ama y no da muestras que está loco. 

Es égloga meramente lírica, sin ningún diálogo. La compuso, 
como las anteriores obras, en Potosí, según se desprende de los ver- 
sos finales: 

Esto cantaba Delio, un pastorcillo 
hijo del Bétis, en el nuevo polo, 
en el Argénteo Monte, con su lira; 
y resonó tan bien el caramillo 
que reparó por lo escuchar Apolo, 
y de la historia y de la voz se admira. 

La última pieza del manuscrito (foja 169 vuelta) es la Égloga 
Intitulada El Dios Pan, en loor del Sanctissimo Sacramento de la 
Eucarisiia, dirigida a don Diego de lortugal, del Consexo del Rey 
nuestro Señor, y su presidente en la Real Audiencia de los Charcas. 
Lo importante aquí no es la égloga, sino la larga Epístola y Dedi- 



— 412 — 

cación que la encabeza y que es, con mucho, la más notable com- 
posición del volumen. La escribió en Andamarca, lugarejo conocido 
en la historia del Perú porque en él fué ajusticiado el Inca Huáscar 
y arrojado al río su cadáver de orden de su hermano Atahualpa II, 
ya cautivo de los españoles. Principia por rememorar este suceso 
trágico sentado al caer de la tarde en las abandonadas piedras de 
la fortaleza que lo presenció; y de allí toma alas para considerar 
las mudanzas de la fortuna y las vicisitudes de los imperios: 

Aqui, señor don Diego, en Andamarca, 
donde Quisquís, y el gran Cilicochima 
cortaron la cabeza á su monarca; 

junto al arroyo do con vena opima 
de rubicunda sangre dló á su vida 
el sin ventura Guáscar fin y cima; 

me hallo á la sazón que á su querida 
Tetis inclina la jornada Apolo, 
dejando esta región oscurecida. 

Y como estoy aquí suspenso y solo, 
con la imaginación que no está queda 
revuelvo desde el uno al otro polo. 

Contemplo cómo vuela y cómo rueda 
el tiempo irrevocable, y la fortuna 
cómo revuelve sin cesar su rueda. 

A unos sube al cerco de la luna, 
á otros va contino atrepellando, 
sin justa causa ni excepción alguna. 

Un siglo \iene, ptásase volando; 
nacen mil gentes, muérense mil gentes; 
aqui naciendo y acullá expirando. 

Como las tiernas hierbas florecientes 
los unos nacen, otros son cortados, 
y van con los pasados los presentes. 

Los cabellos que ayer fueron dorados 
hoy plata son, mañana serán lodo 
y en sempiterno olvido sepultados. 

Salvadas las debidas distancias, advertimos un aire de fami- 
lia y parentesco entre los últimos tercetos trascritos de la presen- 
te epístola y la admirable A Fabio. Y no es ésta la única joya de 
la lírica sevillana que trae á la memoria involuntariamente; por- 
que aquel hechizo melancólico de la desolación secular, aquel en- 
canto inefable de las ruinas, aquella enternecida y augusta con- 



— 413 — 

templación de la vanidad de las grandezas históricas que Eodrig^o 
Caro tendió como un amplio y rico manto sobre las reliquias clá- 
sicas de Itálica, los hizo también flotar Mexía en el exótico esce- 
nario del breve y luminoso crepúsculo andino, sobre los destroza- 
dos restos de los castillos y palacios de los Incas. Por ello merece 
un lugar, junto á nuestro insigne cronista mestizo Garcilasso de 
la Vega, como iniciador del sentimiento poético de las antigüeda- 
des indígenas: 

Los bárbaros antiguos que pisaron 
la tierra que pisamos los cristianos, 
¿adonde están? ¿Adonde se ausentaron? 

¿Adonde está la multitud de manos 
que alzaron este fuerte donde escribo? 

Del número de gentes excesivo 
que este camino á Huainacap hicieron, 
¿daránme alguno por ventura vivo? 

Todos pasaron, todos perecieron; 
y aquel que vive y más salud alcanza 
se volverá en lo que ellos se volvieron. 

¿Pues qué diremos ya de la mudanza 
do aquellos que Fortuna más empina 
para mostrar en ellos su pujanza? 

Al cielo los ensalza y avecina; 
y estando llenos de soberbia y brío 
mueve la rueda con mortal ruina. 

Testigo es el guijarro yerto y frío, 
lleno de sangre, que mi mano abarca; 
y testigos las aguas de este rio. 

Testigo y buen testigo es Andamarca; 
testigo es el asiento deleitoso 
del pueblo principal de Cajamarca. 

Aquí siendo monarca poderoso 
Ataballipa Inga y arrogante 
por verse de su hermano victorioso, 

se vio captivo y preso en un instante, 
sin que su orgullo valeroso y fuerte 
á lo librar de allí fuese bastante. 

Acá el rey Guáscar vióse en el gobierno 
supremo del Pirú, y en un momento 
fué preso, muerto y puesto en el infierno; 

y aqueste arroyo ó río fué sangriento 
con su sangre real; y sus contrarios 
alegres con su muerte y vencimiento; 



— 414 — 

y la gran multitud de centenarios 
de indios que mandaban este suelo 
quedaron, aunque libres, tributarios. 

De la súbita catástrofe de los Incas y del continuo mudarse de las 
dominaciones y reinados en el mundo, saca el poeta altas y desen- 
gañadas lecciones de filosofía política sobre la instabilidad del po- 
derío castellano, minado por los abusos y mal régimen de las colo- 
nias; y con mirada casi profética descubre las amenazas que se en- 
cerraban en el oscuro porvenir contra el dominio español, al pare- 
cer incontrastable y eterno: 

Y viendo tanto cetro, tanto mando, 
trocarse, deshacerse y anularse, 
está el pueblo Español sordo y pecando. 

Ve á su nación crecer y propagarse, 
y sujetar un mundo y otro mundo, 
y entiende que esto nunca ha de acabarse. 

Como se ve en el Orbe sin segundo, 
piensa que tiene á Dios de ios cabellos 
y olvida su juicio tremebundo, 

Vese en peligros y que sale dellos, 
y dale Dios mil bienes soberanos, 
y oféndele, y no quiere conocellos. 

No advierte que el que puso á los indianos 
reinos en su poder, con su potencia 
se los puede quitar de entre las manos. 

Tras este valentísimo exordio, se dirige al oidor Portugal: 

Dadme, Señor, licencia y dadme audiencia 
para que pruebe aqueste pensamiento, 
porque así se descargue mi conciencia. 

Expone la parábola de la viña en el Evangelio, y prosigue: 

No hay para qué alegar Medos ni Persas, 
ni Griegos ni Romanos, pues que todos 
son nada por sus obras tan perversas. 

Sólo no diga España de sus Godos: 
por los pecados de su rey Rodrigo 
¿en cuántos meses se acabaron todos? 

Pues si dentro de casa hay tal testigo, 
¿cómo por tanto crimen y pecado 
no recelamos un muy gran castigo? 



— 415 — 

Tiene á los Españoles arrendado 
el cielo este Pirú, para que demos 
dél buena cuenta á Dios, que nos lo ha dado; 

y ya que sus profetas no matemos 
ni al hijo mayorazgo que adoramos, 
ni su culto debido le neguemos, 

por lo menos la viña decepamos, 
pues apenas hay cepa ni sarmiento 
de aquella inmensa multitud que hallamos. 



Menciona los daños morales y materiales que padecían los indios, 
y en general todos los habitantes del Virreinato: 

A sus almas causamos detrimento 
con nuestro mal ejemplo; ¡oh caso grave! 
que me engolfo en un cuento do no hay cuento. 

Vos lo sabéis. Señor, y á quien lo sabe 
no lo quiero escrebir, que es bieh que tema 
que si describo vicios, nunca acabe. 

Basta decir que el nombre se blasfema 
de Cristiano y á muchos es odioso, 
y es recebido ya como anatema. 

¡Pues á sus cuerpos! Caso es espantoso 
ver las grandes miserias que sobre ellos 
vienen por nuestro imperio poderoso. 

Démonos mucha priesa á deshacellos, 
talemos esta viña malograda, 
no haya sarmiento ni memoria dellos; 

que aquel buen Dios por quien está arrendada, 
quizá, y aun sin quizá, si no hay enmienda, 
nos la verná á quitar por despoblada. 

T en cuanto á nuestra vida, tan sin rienda 
va ya el caballo en todas ocasiones, 
que no sé qué me espere ó qué pretenda. 

Veo en lo monacal mil disensiones, 
veo lo clerical muy alterado, 
veo en lo secular grandes traiciones. 

En esta acusación general de todos los yerros y máculas del 

Perú, no omite, en vagos términos generales, los pecados propios, 

acerca de los cuales emplea una bella imagen, imitada de los 

Salmos: 

Corren mis culpas como grandes ríos, 
que á unas aguas alcanzan otras aguas: 
así á unas culpas otros desvarios. 



— 416 — 

Y volviendo á tomar el hilo de su severo sermón poético, con- 
mina ala colonia con grandes escarmientos de la ira divina, presa- 
giados y anunciados por las calamidades ya sobrevenidas: 

Temo también por nuestra impenitencia 
que ha de venir del cielo algún castigo 
que del Pirú reprima la insolencia; 

y en prueba que es verdad lo que aquí digo 
señales de ello ha dado y nos da el cielo, 
de algunas de las cuales soy testigo: 

que antes que un edificio venga al suelo, 
señales da con quiebras ó terrones 
que avisan, ó á lo menos dan recelo". 



Hace el recuento de todos los azotes y desgracias que hasta allí 
habían afligido el Perú, tomando las cosas desde las rebeliones, 
bandos y matanzas inmediatamente posteriores á la conquista: 

Señales fueron ciertas las campales 
guerras civiles, donde perecieron 
millones de inocentes naturales; 

y muchos españoles pospusieron 
la vida y honra y cuanto poseían 
por su interés, y asi se consumieron. 

Mostró en esto el Señor que le ofendían, 
y castigó la libertad tirana 
con que á su natural Rey deservían. 



Viene en seguida la pintura de los numerosos desastres y estra- 
gos naturales acaecidos en el Perú y sus confines por aquellos años. 
El primero á que atiende, es la terrible inundación de Trujillo y 
destrucción de la villa de Saña por insólitas tempestades el año 
de 1578: 

¿Pues ya el diluvio de la trujillana 
tierra no fué señal? Fué y tan urgente 
cual no podrá explicallo lengua humana; 

que en Chimo y Saña, donde el sol ardiente 
con fuego y rayo eclíptico no deja 
que el cielo llueva sobre tanta gente, 

y donde el Sur con soplo eterno aleja 
las nubes, y llover no les permite 
ni humedecer los sulcos de la reja. 



— 417 — 

en este tiempo el gobernar remite 
al Austro ó brisa, y dale el cetro y mando 
de nuestro nuevo Antartico Anfltrite; 

y la ley á las nubes derogando, 
en Trujillo y sus valles llueve tanto 
que en campo ai-ado el pece anda nadando. 

Los templos, casas, chácaras y cuanto 
de tierra era compuesto, al suelo vino; 
tembló la tierra, el Orbe cobró espanto. 

Y si perseverara el torbellino, 
la costa desde Santa á Tumbes llena 
de pluvia, fuera reino neptunino. 

Aquí se vio la fértil tierra y buena, 
huérfana de su flor y de sus mieses, 
y darse trigo en médanos de arena; 

vióse la nao que dando mil traveses 
de Panamá al Callao tarda un verano, 
llegar en mucho menos de dos meses. 



Pasa luego á tratar de las desgracias de Arequipa, con el terre- 
moto del 2 de Enero de 1582 y la erupción del volcán Huayna Pu- 
tina ó Quinistaquillas en Febrero de 1600: 



Tembló la tierra, apareció el profundo 
por estupendas quiebras; espantóse 
Baco, por ver su reino tremebundo. 

El más sublime alcázar humillóse; 
y la casa más fuerte y encumbrada, 
al disponer del cielo sujetóse. 

La gente vio la hacienda sepultada 
y por el suelo cuanto la autoriza; 
y quedó con temor, mas no enmendada. 

¿Paró en aquesto? No; que la ceniza 
de Omate con diluvio prodigioso 
la anubla, asombra, abrasa y cauteriza. 

Bien sé que allá en Sicilia el espantoso 
Etna vierte cenizas por el viento 
con tumulto y estrépito furioso. 

Pero lo de Arequipa ha sido cuento, 
aunque visto, increíble, pues vencieron 
sus cenizas al mesmo pensamiento. 

Por infinitas leguas se esparcieron, 
al Sol por muchos meses eclipsaron, 
á Omate y á otros pueblos destruyeron. 

Los caudalosos ríos se ahogaron. 

27 



— 418 — 

y después, á pesar de sus represas, 
mil heredades con furor robaron, 

De las cenizas pálidas y espesas 
figuras en los aires se formaban; 
y el suelo regoldó fuego y pavesas. 

De la ceniza cerros se encumbraban, 
y éstos después, corriendo por la tierra, 
si una torre encontraban, la llevaban (1). 

¿Paró en aquesto? No; que nueva guerra 
otro temblor le hizo ha pocos años: 
que un mal, si es solo, poco mal encierra. 

Aqueste fué el remate de sus daños, 
aqueste fué su grave disconsuelo, 
de aqueste habrá memoria en los extraños (2). 

Y entonces dispensó el airado cielo 
que el Mar del Sur por cuatrocientas leguas 
de costa se extendiese por el suelo. 

Rompió el horrendo piélago las treguas; 
y el nombre de Pacifico dejando, 
tomó el bravo de Golfo de las Yeguas; 

y en la ciudad de Arica ejecutando 
su cólera, le vido los cimientos, 
casas, tesoro y muebles devorando. 

¿No bastan, di Pirú, tantos portentos? 
¿No bastan, di Pirú, tantas señales 
para volver á Dios los pensamientos? 

Pero responden que estos y otros tales 
no pueden ser indicios del castigo 
que temo, por ser cosas naturales. 

¡Oh inorancia invencible! Mas ¿qué digo 
inorancia invencible? ¡Oh gran malicia! 
Tú mesma, y presto, me has de ser testigo 

cómo la suma y celestial Justicia 
á las segundas causas siempre elige 
para verdugos de tu gran nequicia. 

Con ellas, ya amenaza, ya corrige, 
ya avisa, ya se estrecha, ya se espacia, 
ya nos suspende el mal, ya nos añige; 

hasta que viendo nuestra pertinacia, 
llegue la ejecución de aquel edito 
de nuestro azote y última desgracia. 



(1) La fidelidad de todos estos detalles está confirmada por el relato 
del Padre jesuíta Martín del Río, que puede verse en sus Disquisiciones 
mágicas, lib. IV, cap. III, cuestión 2.* 

(2) Ha de ser este nuevo temblor el del 24 de Noviembre de 1604, que 
asoló hasta Siguas y Camaná. 



— 419 — 

También quiero contaros lo de Quito (1), 
aquel prodigio y fuego que lo vimos, 
y no le damos fe viéndolo escrito. 

Y si presentes al suceso fuimos (2) 
y dudamos en ello, el venidero 
siglo ¿cómo creerá lo que escrebimos? 

Un excelso volcán, un gran minero 
do azufre y de salitre mixturado, 
habitación del Múlciber herrero 

estaba junto á Quito tan preñado 
del fuego allá en su vientre concebido 
que parió cuando menos fué pensado. 

Abrió la tierra; hizo tal ruido 
al escupir del fuego, que en su cielo 
Marte se estremeció del estampido. 

El Visubio, el Fayal, el Mongibelo 
con tal exuberancia no poblaron 
de sus cenizas al humilde suelo; 

pues fueron tantas que á la mar volaron 
más de cincuenta leguas, y á un navio 
cubrieron, y á sus nautas admiraron, 

y algunos pueblos que en el valle umbrío 
á la parte del Norte Hesperio estaban 
los sepultó el diabólico rocío (3). 



Después de los castigos de la Naturaleza, vienen los alborotos 
y sediciones de los pueblos, como los motines del mismo Quito 



(1) La erupción del Pichincha en 1566. El mismo fenómeno ha sido 
cantado, y harto mejor, por oiro poeta colonial, el Conde de la Granja, 
en su Vida de Santa Rosa (1711), canto Vi. Es de los mejores trozos des- 
criptivos de la poesía del Virreinato; 

Densos vapores su crestada cumbre 
como penachos trémulos ondea 

Sólidos riscos que en tenaces lazos 
Naturaleza ató, rompe en centellas 



(2) No hay que tomar esto al pie de la letra, porque ya sabemos que 
Diego Mexía, según propia confesión, salió de España en 1584. 

(3) «Por fin, reventó este volcan, y declinando a la Mar del Sur arrui- 
nó algunos pueblos de indios y .«e los llevó el agua que salió del.» Fray 
Reginaldo de Lizárraga^ Descripción y población de las Indias, libro 1^ 
capítulo LV. 



— 420 — 

contra la alcabala, en el período del Virrey D. García Hurtado de 

Mendoza: 

No quiero aquí tratar de aquella guerra 
civil que fué pesada de liviana, 
pues tanta necedad y afrenta encierra. 

Señal del cielo fué; que como Arana (1) 
fué sobre Quito, temo que asi llegue 
sobre nosotros la ira soberana. 

En estos sucesos de Quito, sobre los cuales excusa Mexía insistir, 
tuvo principal ingerencia D. Diego de Portugal, á quien va diri- 
gida la epístola, pues fué nombrado Corregidor y Capitán Gene- 
ral después de aquietada la ciudad y cumplida la comisión de Ara- 
na, y bajo su mando se implantó definitivamente la alcabala tan 
resistida (2). 

Pasa á tratar de las desdichas de Chile, y al describir cómo se 
salió el mar y anegó el puerto y valle de Valdivia, tiene esta suave 
pincelada: 

Y aquel aliso donde puso el ave 

su nido, con un ímpetu terrible 

va por el mar á donde el cielo sabe. 

Sigue con la infausta sorpresa y muerte de Martín García de Lo- 
yola (en Noviembre de 1598): 

Y aquel suceso mísero y horrible 
del ínclito Loyola, es señal cierta 
que es nuestra culpa á Dios aborrecible. 

Tanta gente española recién muerta 
por el furor del bárbaro Araucano, 
prueba que mi sospecha no es incierta. 

Afrenta es grande del honor cristiano; 
y bien se echa de ver que nuestro celo, 
como fundado en oro, es celo vano. 

No pretendemos que se vaya al Cielo 
el indio, mas que saque plata y muera 
barreteando el corazón del suelo. 



(1) El General D. Pedro de Arana, que al frente de algunas tropas en- 
viadas de Lima redujo Quito á la obediencia, castigó con la muerte á los 
principales culpables y trajo preso al Presidente de la Audiencia. 

(2) Posteriormente, y antes de pasar de Oidor á Chuquisaca, era don 
Diego de Portugal, hacia 1607, Corregidor de La Paz. 



— 421 — 

Pero la noticia que más agitó y consternó los ánimos del Virrei- 
nato, fué la de la pérdida y carnicerías de la ciudad de Valdivia, 
el año sig-uiente de 1599. Nuestro poeta exclama: 

Infelice Valdivia, yo quisiera 
cantar tu destruición y amarga historia 



pero inmediatamente se retiene: 



¿Para qué he de cantar una vitoria 
contra la presunción y honra de España, 
pues debe ser maldita su memoria? 

¿Para qué he de cantar bravos soldados 
muertos cual mansos bueyes en dehesas, 
y niños en paredes estrellados? 

¿Para qué he de cantar matronas presas, 
sirviendo infamemente de mitayas? 
Pluma, no más; que niegas y confiesas. 

No más; que en caso tal es bien que vayas 
con más moderación y con más tino, 
porque en sospecha de mordaz no cayas. 



Y apartando los amedrentados ojos de la funesta frontera arau- 
cana, los pasea por los demás ámbitos de la colonia, descubriendo 
por dondequiera nuevos lutos y desastres: el cataclismo que sepultó 
el pueblo de Ancoanco en Tembladerani, al Sudeste de La Paz (Chu- 
quiabo), á principios del siglo xvii; los terremotos de Lima de 9 de 
Julio de 1586 y de Octubre de 1609; y, por fin, las audaces incursio- 
nes de los piratas: 

Cuéntenos Chuquiabo el torbellino 
y terremoto que con fin molesto 
á Angoango hundió su convecino. 

Estaba al pie de una ladera puesto, 
sitio arenisco y no bien amasado, 
aunque para su daño bien dispuesto; 

cuando se vio de golpe derrumbado 
con tal velocidad que Angoango y gente, 
sin poder se librar, quedó enterrado, 

como da y hunde el rayo de repente 
la torre, aunque su fuerza se lo veda, 
y se oye el golpe y daño juntamente. 



- 422 — 

Sicélides aqui, para que pueda 
decir la gran señal que el cielo en Lima 
nos dio, vuestro favor se me conceda. 

Bien que á la mano horror, al alma grima 
pone querer contarla en breve suma, 
y su memoria sola nos lastima. 

Mas porque el tiempo avaro no consuma 
portento tan iiorrible y temeroso, 
con brevedad lo tocará mi pluma. 

El mes de Julio, cuando de pluvioso 
velo en Lima y sus valles está el cielo 
cubierto, y no da luz el sol hermoso; 

año de ochenta y seis que vino al suelo 
el Verbo y en el Templo Nazareno 
apareció con nuestro humano velo; 

día de San Zenón, del mes, noveno, 
cuando Apolo de Tetis, allá dentro 
del mar, gozaba el regalado seno; 

á dos horas de noche, empezó el centro 
á estremecer, que Bóreas encerrado 
salir quería con fiirioso encuentro. 

Sintióse en Lima el caso no pensado; 
y ocupó el miedo al más robusto pecho, 
quedando opresos de un sudor helado. 

Varones y mujeres con despecho 
desamparan sus casas, y á lo raso 
huyen, viendo crugir el alto techo; - - 

mas no siendo el temblor por esto escaso, 
crece de modo que al que del huia 
con muerte le atajaba el veloz paso. 

Aqui de voces el rumor se oía, 
allí de casas el medroso estruendo 
cuando el techo en la tierra se imprimía. 

El mar rebrama con furor horrendo 
y pasa de la raya por Dios dada. 
Callao, bodegas, chácaras hundiendo. 

Estaba allí en la playa levantada 
una berraca ó toldo, y dentro de ella 
la excelencia del Rey acá enviada (1). 

Imbístela Neptuno por sorbella; 
y al Visorrey, turbado por librarse, 
fué necesario por detrás rompella. 

Comienza todo puerto á derrumbarse, 
y la ciudad famosa y opulenta 
á declinar al suelo y humillarse. 



(1) Don Fernando de Torres y Portugal, Conde del Villar Don Pardo. 



— 423 — 

La gente con el miedo desatienta, 
y en las plazas y patios y corrales 
huyendo se ampararon de la afrenta. 

Los templos, que aspiraban á inmortales 
con fábrica exquisita y suntuosa, 
dieron indicio y muestra de mortales. 

Aquí se vio la madre ¡oh grave cosa! 
dejar al hijo en lóbrego aposento 
y huir á la calle temerosa. 

Y tú, sagrado Lima, tremolento 
sobre la urna, alnas la quebraras 
cuando sentiste remover tu asiento. 

Tus dulces aguas, líquidas y claras, 
entonces enturbiaste con arena; 
y aun entendí que á la ciudad llevaras. 

Creció la rebeldía y más la pena, 
pues el año de nueve el cielo santo 
á semejante azote la condena. 

Tiembla la tierra con pavor y espanto 
muy á menudo; y nuestros corazones, 
con ser de carne, no hacen otro tanto. 

De plazos usa Dios y dilaciones 
para poner al hombre algún recelo, 
pero en dureza somos Faraones. 

No fué menor señal la que dio el cielo 
cuando la cana linfa navegando 
del norte al sur el Anglio fué de un vuelo. 

Y el estrecho y sus ondas contrastando, 
por este mar (á él nuevo) costa á costa 
bajó, el templo de Doris profanando 

cual otra Tisifone; y cual langosta 
taló, quemó y robó; hizo notoria 
su fama de ladrón á nuestra costa. 

Hurtó la mayor presa que en memoria 
se halla, y con menores prevenciones; 
diéronle nuestros crímenes victoria; 

y lo que es de doler, que á las naciones 
extranjeras, dio orgullo y osadía 
de imitalle y venir á estas regiones. 

Y asi se ve y veremos cada día 
el mar cuajado de contrarias velas. 
¡Permita Dios sea falsa mi poesía! 

Miremos el castillo y centinelas 
de la Isla Española defraudadas, 
y sin efecto todas sus cautelas; 

la ciudad y haciendas saqueadas, 
los templos con horrenda irreverencia 
violados, y sus aras afrentadas. 



— 424 — 

Contemplemos la mísera violencia 
que el Drac ó Drago hizo en Cartagena, 
sin hallar en su entrada resistencia; 

y aquel bravosear, viendo su buena 
dicha, y de nuestra gente el disparate 
digno de eterna culpa y grave pena; 

pues sin hierro, sin sangre, sin combate, 
rinden su libertad, su patria y tierra, 
dando como captivos el rescate. 

¡Dichoso el pecho do virtud se encierra, 
dichoso aquel varón que en honra estriba 
en dulce paz, en santa y justa guerra! 

Porque este tal, agora muera ó viva, 
siempre de si sacude el vituperio, 
y al parangón de honor y fama arriba. 

¡Oh victoriosa España que el imperio 
tienes en armas sobre el mesmo Marte! 
¿Cómo puedes sufrir tal improperio? 

¿Por qué no das al viento el estandarte 
de grandiosas victorias matizado, 
procurando vengarnos y vengarte? 

¿Por qué contra el Inglés descomulgado 
no ti-emolas católicas banderas 
y dejas todo el Orbe escarmentado? 

Mira que ya han sulcado las riberas 
seis veces del Pirú: remedia luego, 
que esto es hacer ya burla de tus veras. 

Bien ves á Paita arder en vivo fuego (1), 
y á la nave Santa Ana de Manila 
en poder del hereje torpe y ciego (2). 

Puerto Eico da voces que aniquila 
el Albión su puerto y su contento, 
y sorbe sus tesoros como Cila (3). 

Todas las islas de ese Barlovento 
claman ¡oh España! vengues su inocencia, 
si no es que lleva su clamor el viento. 

Pues tanta enfermedad y pestilencia (4) 
como nos cerca, ¿qué es sino un extremo 
castigador de nuestra impenitencia? 



(1) El saqueo é incendio del puerto de Paita por el corsario inglés Ca- 
vendish ó por el holandés Spilberg. 

(2) Debe de ser la presa que Cavendish hizo en las costas de México 
del galeón de Filipinas. 

(3) Ataque de Drake y de Juan Havpkins, en que murió este iiltimo. 

(4) La famosa epidemia de viruelas que diezmó á los indios en el pe- 
riodo del Conde del Villar Don Pardo. 



— 425 - 

¿Landres en el Pirú? Cierto que temo 
que es plazo peremptorio concedido 
para ponernos de por vida al remo. 

A nuestro Dios tenemos ofendido; 
y el mar de su justicia^ á la resaca 
de nuestra perdición ha prevenido. 



No carece de alguna viveza y novedad esta última metáfora. Con- 
cluye con una fervorosa deprecación: 

¡Oh Sumo Dios! tu indignación aplaca. 
Corrígenos, Señor; no nos destruyas, 
pues nos formaste desta carne flaca. 



Rompe el proceso sin echar el fallo; 
haz vanas las señales de esta carta 
y aun otras muchas que de industria callo. 

Y por fin, dirigiéndose al Presidente D. Diego de Portugal, acaba: 

Y vos, cuya paciencia ha sido harta 
en hacerme merced de estar atento, 
no os pese de dejar un rato á Marta. 

No ha de ser todo dar el pensamiento 
al oficio de Vuestra Señoría 
ni á los cuidados de ese altivo asiento. 

No ha de ser todo azogue y behetría, 
barras, pleitos y lites engañosas, 
majestad, altivez y monarquía. 

También es bien pensar en estas cosas 
por aplacar á Dios y echar el resto 
en hacernos obrar las virtuosas; 

demás que no debemos tratar desto 
sino con el que tiene el poderío 
para obrar y mandar justo y honesto. 

Y si enfadare este discurso mío 
como severo, temeroso y grave, 
recebid al Dios Pan que aquí os envío. 



Este Dios Pan, asunto de la égloga dramática, no es otro, por 
un juego de vocablos, que el Santísimo Sacramento: 

Quede, pues, ensalzada y sublimada 
La Santa y Venerable Eucaristía 
y del pueblo español glorificada; 



— 426 — 

que ella dilatará la monarquía 
nuestra, d pesar de cuantas mariposas 
quieren matar la luz de nuestro día. 

Y así, Señor, prestad las religiosas 
orejas, mientras cantan mis pastores 
al gran Dios Pan de Arcadia grandes cosas 
q\ie han de ser para vos lazos y amores. 



Dicha égloga sacramental celebra el privilegiado de la Esclavi- 
tud del Santísimo, concedido por Paulo V á la Monarquía Española; 
y se escribió para ser representada un día de Corpus en Potosí, que 
es el argentino pueblo á que alude (como se prueba por el hecho de 
mencionar en la relación de las fiestas al Cabildo ó Ayuntamiento 
solo, y no al Arzobispo ni á la Audiencia, lo que no ocurriría, por 
cierto, si se tratara de la ciudad de La Plata ó sea Chuquisaca). 
Intervienen en la égloga tres pastores, Damón, Melibeo y Títiro, el 
primero de los cuales, pagano, se convierte y se decide á bautizar- 
se en los últimos versos. Intercálanse en los diálogos cinco villan- 
cicos, casi todos de discreteo levemente conceptista: 

Pan cuj'^o olor y color 
siendo de pan, y sabiendo 
á pan, no es pan; no lo entiendo. 
Mi fe lo entiende mejor. 



Cristo se iba y para que 
se nos quedase, ordenó 
quedarse en pan; y así dio 
vida y mérito á la fe. 



Hombre, come á Dios en pan; 
mas come de culpa ajeno, 
que si pan es para el bueno 
para el malo es solimán. 

Pastores, yo pierdo el seso, 
ya no hay cosa que me asombre. 



Pinta la suntuosidad de los regocijos populares de Corpus en el 
populoso y riquísimo Potosí de entonces: los altares erigidos en las 



— 427 — 

calles y recargados de adornos, las serpentinas, los cohetes, las ta- 
rascas y cuadrillas de danzantes, y la pompa de las iglesias: 

Los doseles 

mira, que unos rieles de oro puro 
los orlan; yo asiguro que los fluecos 
de aljófar y los huecos estofados 
de lienzos enredados de mil franjas, 
y las medias naranjas de allí encima, 
ni las ha visto Lima, ni vio Roma 
tanto pebete y poma 

Son curiosas estas particularidades; pero el mérito dramático y 
poético de la égloga es ínfimo. 



Queda analizada la Segunda Parte del Parnaso Antartico. Resta 
ahora por averiguar el paradero de la Tercera Parte, cuyo próximo 
envío anunciaba el autor al Príncipe de Esquilache en la dedicato- 
ria que hemos copiado atrás. Convendría buscarla de preferencia 
en las bibliotecas y archivos de España é Italia que contengan ma- 
nuscritos procedentes de las familias de Gandía, Esquilache y Si- 
raari, pues prometió Mexía, no sólo dedicar dicha Tercera Parte al 
virrey-poeta, sino llenar gran porción de ella con los elogios de su 
persona y casa; y es probable que desde el año 1617 hasta el 1622 
(año de la partida de Esquilache á España) tuviera tiempo para 
cumplir la promesa, y que el Príncipe conservara en su librería el 
manuscrito de sus alabanzas. Si algún día parece, acabaremos de 
conocer el ingenio de este amable versificador sevillano, que acertó 
á elevarse á las veces hasta el estro más noble, y que fué uno de los 
más lucidos representantes de la literatura peruana en los comien- 
zos del siglo XVII. 

13 de Abril de 1914. 



UN CAPÍTULO 

PIRA LA 

HISTORIA DE FELIPE II 

(RELACIONES ENTRE ESPAÑA Y CHINA) 

FOB 

DON CLAUDIO SANZ ARIZMENDl 



El 25 de Setiembre de 1513, cuando Vasco Núñez de Balboa 
desde lo alto de la Sierra Quarequa divisó la extensa planicie azul 
de aquel tan deseado mar Pacífico, no sólo inmortalizaba su nombre 
por haber llevado á cabo una empresa heroica, sublime, sino que, 
al mismo tiempo, abría amplísimos horizontes á la ciencia geográ- 
fica y vasto campo donde el espíritu aventurero del pueblo español 
había de ceñirse nuevos laureles y mostrar al mundo, una vez más, 
sus admirables proezas. Y, en efecto, poco después el intrépido 
Magallanes circunnavegó por vez primera el globo terrestre, y al 
encontrar el paso de su nombre estableció un camino menos penoso 
hacia el Pacífico, y al descubrir las islas que más tarde Villalobos 
llamó Filipinas en honor del entonces Príncipe heredero, encontró 
el último florón de la espléndida diadema colonial de la poderosa 
Monarquía hispana. 

Más tarde Felipe II, ya sucesor de su padre en el trono, fué 
quien ordenó la expedición que en el año 1559, bajo la dirección del 
Adelantado Miguel López de Legazpi, estableció la dominación es- 
pañola en estas islas, y fundó por último la ciudad de Manila en 24 
de Junio de 1571. 



— 430 — 

Aquí, en las Filipinas, fué donde los españoles vieron, no sin 
sorpresa, á los chinos. Hay quien asegura que parte de la población 
de dichas islas tenga acaso este origen, fundándose en antiguas tra- 
diciones y en el descubrimiento de ciertas sepulturas en la parte 
Norte de la isla de Luzón (1). Pero, aun prescindiendo de estos 
datos, cabe afirmar que ya cuando los españoles arribaron á Ins 
islas, eran frecuentes las comunicaciones entre los indios y los chi- 
nos, al punto que en la primera relación impresa del viaje de Ma- 
gallanes, que circuló en España en 15G6, se ñjaba ya la distancia 
de Filipinas á China en doscientas leguas (2). En esta misma re- 
lación existen datos que prueban el comercio entre ambos países: 
el que parecía jefe de los indios se presentó ante los españoles «ves- 
tido todo de seda», dice el documento (3), y una de las embarcacio- 
nes españolas topó con «un junco que es naujo de casi cien tonela- 
das que yva cargado de por^ellanas y mantas y lientos pinta- 
dos y otras cosas» (4). 

El natural deseo de los españoles que habitaban en Manila les 
llevó á tomar lenguas de los países comarcanos y de la tierra firme 
de China que atraía invenciblemente por su fama de maravillosas 
riquezas. Un español, cuyo nombre es desconocido, no sólo puso por 
escrito las noticias que un chino, natural de Chancheo, le dio de 
su país, sino que le acompañó de un mapa de la dicha costa: no es- 
taba dibujado por un piloto, sino por un hombre «de buen ingenio», 



(1) «Particularmente los chinos, de quien se sabe por historias y ras- 
tros que aún se hallan en diversas partes, que en tiempos passados fue- 
ron señores de todo este Archipiélago.» En las sepulturas halladas en llo- 
cos y Cagayan los esqueletos eran de más estatura que los indios y tenían 
armas j alhajas chinas ó japonesas. (Pág. 18 del tomo I de la Labor evan- 
gélica de la Compañía de Jesús en Filipinas^ por el P. Francisco Coliii, 
edición del P. Pastells. Barcelona, 1900.) 

(2) «Copia de vna carta venida de Sevilla a Miguel Salvador de Va- 
lencia, la qual narra el venturoso descubrimiento que los mexicanos han 
hecho nauegando con la armada que suMagestad mandó hazer en México 
con otras cosas marauillosas y de gran prouecho para toda la Christian- 
dad condignas de ser uistas y leydas.» Esta relación se halla reproducida 
en la admirable obra titulada The Philipphines islands, por E. H. Blair 
y J. A. Robertson. Cleveland, 1903, tomo II, pág. 226. 

(3) Pág. 222 de la obra citada en la nota anterior. 

(4) Pág. 224, tomo II ídem id. 



— 431 — 

como dice el documento mismo, pero no por eso es menos sensible 
que liaya desaparecido. Esta información que copio íntegra en el 
Apéndice (1), consta de dos partes: en la primera hay detalles de la 
rica isla de Cauchique, situada al poniente, donde el Rey de China 
tenía virrey y gobernador encargado de cobrar los tributos, que 
consistían en caballos, plata, sedas, elefantes, pimienta y otros pro- 
ductos de la isla. Esta no es otra que la actualmente denominada 
de Hainan, ocho leguas al S.W. de la China: el nombre de su capital 
Kioun-Tcheou-Fou, es, sin duda, el origen de la dominación espa- 
ñolizada de Cauchique. 

Sigue el documento aludiendo al mapa perdido, citando las islas 
que se encontraban «frontero de Quanton», una de las cuales, «que 
parece una cruz pequeña», era el puerto donde acudían los portu- 
gueses, y en efecto, esa es la forma del actual Macao (2). 

En la segunda parte del documento le pareció oportuno al que 
lo enviaba, informarse de la calidad de la dicha costa y sus 
puertos y lo que distan algunos del los». Fija la distancia de Vin do- 
ro (Mindoro) á Manila en veintiocho leguas ó sean siete tque, me- 
dida marítima de los chinos equivalente cada una á cuatro le- 
guas españolas: por tierra empleaban otra medida de la cual— dice 
el manuscrito— había hablado en otra relación (3). De Manila á 
Chaucheo había treinta y ocho tques (340 leguas), sin embargo, al 
margen del escrito de otra mano se advierte que dicha distancia no 
debía ser tanta, puesto que los chinos sólo empleaban ocho días en 
recorrerla. Por las noticias que da, se puede afirmar que el chino 
había recorrido desde Liancho (actual Lien-Tschou, en el golfo de 
Tonkin) al poniente, hasta Lianpo (actual Ning-Po) al Noroeste, es 
decir, casi de los 20 á los 30 grados de latitud de la costa china. 

Parece este documento el más antiguo de cuantos, referentes al 
Celeste Imperio, se guardan en el riquísimo Archivo de Indias de 
Sevilla. Se infiere del interés que demuestra el que lo envió en te- 



(1) Apéndice letra A. 

(2) Véase el citado apéndice. 

(3) Aquí y en otro pasaje alude esta relación á otra que no he podido 
hallar. Por otro documento se sabe la medida terrestre de los chinos. Véa- 
se la información del P. Rada. Apéndice letra C. 



— 432 — 

ner noticias de este país y en hacerlas saber en España, al punto de 
que careciendo de intérprete las supiera «casi por señas», como dice 
él mismo. Carece de fecha, pero se conserva en legajo donde se 
custodian documentos de los años 1537 á 1565. 

Y 1.0 más curioso de tan antiguo documento es que ya en él se 
manifiesta el deseo de los españoles de conquistar la China; al ha- 
blar de la fortaleza del Celeste Imperio y reseñar que las guarni- 
ciones estaban de diez en diez leguas, añade: «pero todo esto es Ayre 
para el ímpetu de la nación española» (1). El mismo Legazpi, con la 
experiencia y perspicacia que le caracterizó, argumentaba en fa- 
vor de la colonización de las islas Filipinas, no sólo con las venta- 
jas de la contratación con la China (2), sino añadiendo: «si su Ma- 
gestad pretende otras cosas mayores y más gruesas adelante desta 
tierra es necesario que aquí se pueble y aya escala por questa tie- 
rra está en gran comarca y casi en comedio de los japoneses ychi- 
na y xava y borney Malucos y nueva guinea» (3). 

Legazpi hizo más aún: dio libertad á los esclavos chinos que en- 
contró en Filipinas, y éstos, al divulgar tan magnánimo proceder 
entre los suyos, dieron á conocer la llegada de los españoles y pro- 
movieron los viajes de los comerciantes chinos á las islas (4). El in- 
cremento de este comercio puede seguirse en los documentos: en 1571 
sólo visitaron las Filipinas ocho navios chinos (5), quince años más 
tarde eran veinticinco ó treinta los que anualmente trasportaban 
mercancías á Manila (6). 

Por las mismas fuentes conocemos las cosas objeto de este co- 
mercio. «Sedas texidas de todas suertes y madera, fierro, azero, 
estaño, cobre, almisque, cosas de latón, azogue, porgelana de todas 
suertes, canpanas, cosas de madera y cuero» (7): «damascos, Ea- 



(1) Véase este documento en el apéndice letra A. 

(2) «de donde traen sedas, porcjelanas, menjui, almizcle y otras cosas». 
Relación hecha por Miguel López de Legazpi, sin fecha. Arch. de In- 
dias, 1-1^2-24, núm. 38. 

(3) En el documento citado en la nota anterior. 

(4) «Las nueuas quescriuen de las islas de Poniente Hernando Riquel 
y otros», pág. 242 y siguientes, tomo III The Philippines islands. 

(5) En el documento citado en la nota anterior. 

(6) Información en el Arch. de Indias, 1-1 2-24, núm. 66. 

(7) Papeles de Juan de la Isla. Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 7. 



— 433 — 

sos, Tafetanes, azúcar, vizcochos, mantecas, jamones, algunas telas 
que llaman brocado, frutas de la Tierra, mantas de algodón, lien- 
to» (1): «trigo, harina, plomo,.... y todo quanto ay en España y en 
las indias que no carecen de cosa ninguna: los precios de todo son 
tan moderados que casi todo es de balde» (2). En retorno llevaban 
«clavo, pimienta, marfil y algodón, caracola para hazer porcelana, 
conchas de Tortuga, brazil y otros palos para tintas de sedas» (3). 
El que llamaba la atención del Monarca sobre este importante 
comercio y la conveniencia de imponerle almojarifazgo era uno de 
los descubridores de Filipinas, compañero de Legazpi, excelente 
cosmógrafo que demarcó los dominios de Castilla y Portugal en las 
Indias con el fin de evitar dificultades para lo porvenir (4); tan pe- 
rito en la navegación, que además de sus numerosos viajes, supo 
salvar al navio San Jerónimo de los bajos y corrientes en que lo 
encontró (5): tan valeroso capitán que desembarcó en Zebú, no 
obstante la oposición de los indígenas (6): tan sagaz político que á 
él se deben muchas y muy importantes iniciativas para poblar y 
conservar las islas Filipinas (7); y por último, es él, Juan de la Isla, 
quien con la mirada del genio adivina lo que quedaba por recorrer 
del Océano Pacífico, y propone un viaje de descubrimiento á las 
costas de China. «Y si Vuestra Magestad fuere servido — dice en 
una de sus representaciones — seria de grandizima ynportancia se 
procurase descubrir la costa que viene de la china a nueva espaua 
para entender lo que en la dicha costa ay algún estrecho o calan 



(1) Eq la información citada en la nota 6.^ 

(2) Carta de Juan Maldonado sobre Filipinas, año 1570. Arch. de In- 
dias, 1-1-2-24, núm. 14. 

(8) Papeles de Jua?i de la Isla. Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 7. 

(4) Relación hecha por el capitán Juan de la Isla sobre la demarca- 
ción verdadera de los dominios de Castilla y Portugal en las Indias. Ar- 
chivo de Indias, 1-1-2-24, núm. 1. 

(5) Véase la pág. 130 del tomo I Labor Evangélica ya citada. 

(6) En la obra citada, pág. 152, nota 1. 

(7) Representación de Juan de la Isla sobre ciertas cosas necesarias 
para la navegación y comercio y carrera de Nueva España á Filipinas. 
Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 4. 

Otra sobre lo mismo. Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 5. 
Otra sobre lo mismo. Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 6. 
Otra sobre lo mismo. Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 7. 

28 



— 434 — 

(sic) que se comunique y junte con el mar océano y si Vuestra Ma- 
gestad fuere servido de me mandar hazer el dicho descubrimiento, 
pondré en ello mi persona y solicitud y espero en nuestro señor sal- 
dré con ello en breve tiempo y a muy poca costa, y en este capitu- 
lo suplica a Vuestra Magestad se advierta mucho por ser cosa de 
mucha ynportancia» (1). 

No se puede precisar cuándo se hizo el anterior documento por 
carecer de fecha, pero leyéndolo con atención nace la sospecha 
de que debió escribirse en España, pues tratando de los produc- 
tos de Indias dice: «de oy mas podra V. M. meter en estos Reynos 
toda la canela, etc., etc.», y si fué aquí, debió escribirse ó en 1568 
en que consta por documento que Juan de la Isla estaba en la 
Península (2), ó en ñnes de 1570 en que retornó á España, pues 
en 1571 vemos ya su idea tomada en consideración y en vías de 
hecho. 

En efecto, el pensamiento de Juan de la Isla, después de ser 
debidamente informado por el Consejo de Indias, comienza á ser 
llevado á la práctica, y el Virrey de Nueva España, D. Martín En- 
ríquez, conforme á lo <ípor su Magestad mandado y proveído» , confía 
la expedición á su iniciador y envía las instrucciones necesarias á 
Legazpi. Obran éstas en el Archivo de Indias de Sevilla y paréceme 
de tanto interés que no he podido resistir al deseo de copiarlas ín- 
tegras (3). 

En ellas se manda á Miguel López de Legazpi que ponga un na- 
vio y la gente necesaria á las órdenes de Juan de la Isla, para que 
en el año siguiente (1573) «vaya a descubrir la costa de China». No 
se puede dar una reglamentación más minuciosa que ésta. Comienza 
ordenando que los que vayan al descubrimiento confiesen y comul- 
guen antes de partir, desde el capitán al último grumete (4): Juan 
de la Isla marcharía después al punto que creyese más oportuno 



(1) Papeles de Juan de la Isla. Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 5. 

(2) Instrucciones del Rey á Juan de la Isla para que vaya á Vizcaya 
á proveer sus naves. Le acompaña copia de una R. C. á Juan de Peñalo- 
sa, administrador de los diezmos de Guipúzcoa, para proveer la armada 
de Isla (fechada en 1568). Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 3. 

(3) Véase apéndice letra B. 

(4) 1.* instrucción. 



— 435 — 

para esperar el verano, tiempo á propósito para la navegación, qu^ 
alcanzaba hasta fines de Julio (1); de allí, costeando la China a\ 
Oriente, debía encaminarse hacia los 50 ó 60 grados de latitud 
Norte y aquí tomar rumbo de Este á Oeste en demanda de Nueva Es- 
paña, «tomando razón de lo que en la dicha distancia obiere de una 
tierra a otra, y ansi mesmo de lo que oviere en la costa desta dicha 
nueva españa, asi de lo que de nuevo descubrieredes, como de lo 
que esta descubierto hasta quarenta y un grado» (2). Es decir, que 
Juan de la Isla hubiera llegado quizá, hasta la altura del mar de 
Bering en pleno siglo xvi. 

Las restantes órdenes se refieren unas á prever posibles acci- 
dentes, como la que manda al piloto que vaya «mirando muy vien 

las derrotas considerando las corrientes y aguajes y los vientos 

asi mesmo llevando la sonda en la mano mirando los escollos y 
bajos» (3); la que prescribe la obligación de hacer guardas por 
cuartos á todos, salvo justo impedimento (4); la que recomienda 
que se procure siempre no descender á tierra, sino que suban al 
navio los indígenas (5): al anclar pongan especial cuidado, sobre 
todo de noche, con las amarras y los bateles (6), y llegan hasta pre- 
ver la posibilidad de un combate con barcos portugueses (7) ó con 
piratas (8) , determinando lo que deben hacer en caso de conseguir 
la victoria. 

Otras disposiciones se refieren á los países que descubriesen: «ten- 
dréis gran quenta de saber— dicen— y entender particularmente las 
poblaciones que ay en aquella costa y calidad y manera de bibir 
de la gente y particularmente de sus costumbres y religión y secta 
y que adoran y que manera de sacrificios hazen», y si tenían reyes 
ó república, y hasta de los tributos que pagaban (9): igualmente 
debían averiguar si había oro, plata, piedras preciosas, azogue y 



(1) 2.* instrucción. 

(2) 3.* Ídem. 
(8) 4." Ídem. 

(4) b." Ídem. 

(5) 17 ídem. 

(6) 15 Ídem. 

(7) ]8 Ídem. 

(8) 19 Ídem. 

(9) 6.^ ídem. 



— 436 — 

■«todo aquello que obiere en la tierra» (1), de los mantenimientos 
que los indígenas acostumbrasen «acomer y beber y los préselos que 
tienen» (2) y hasta saber los animales domésticos y salvajes «y que 
plantas y arboles cultivados y por cultivar y de los usos y aprove- 
chamientos que dellos tienen» (3) y hasta de las armas que usasen 
y de dónde se fabricaban (4). 

Juan de la Isla debía tomar posesión de los países que descu- 
briese en nombre del Rey y levantando acta mediante escribano (5), 
y debía tratar á los naturales con gran dulzura y darles «contenta- 
miento en todo procurando de ganalles la voluntad» (6). 

Desde el capítulo XX al XXIV inclusive se regulan las transac- 
ciones comerciales, «rescates», procurando poner los que los natura- 
les hicieren «en el mas baxo préselo» y los que llevaban á bordo 
«señalarle eys — dice — el mas subido préselo» é intentar que «en 
adelante sean perpetuos» (7): dispone que los rescates sean por peso, 
y como el que usaban los chinos era el «bahar», equivalente á cua- 
tro quintales nuestros, se manda que llevasen peso «de Romana y 
balanza» (8); las tres cuartas partes de los rescates eran del Rey y 
las transacciones debían comenzarse por ellas (9), y en caso de lle- 
var mercaderías de particulares que no fuesen en el barco, éstas 
sólo debían rescatarse después de terminadas las de todos los que 
fuesen á bordo (10). 

Se les impone la misión de averiguar si los chinos «tienen noti- 
zia de gente de nuestra nación y si ay algunos entre ellos y que 
cantidad podra ser y si biben juntos o derramados y si tienen al- 
guna fuer9a adonde están y que manera de bibir tienen entre ellos 
y si son tratantes o con que ocasión fueron alli» (11). 



(1) 


8.^ instrucción. 


(2) 


9." ídem. 


(3) 


10 ídem. 


(4) 


12 Ídem. 


(5) 


13 ídem. 


(6) 


14 Ídem. 


(7) 


20 Ídem. 


(8) 


21 Ídem. 


(9) 


22 ídem. 


(10) 


22 y 24 instrucciones 


(11) 


11 instrucción. 



— 437 — 

Debe hacerse mención especial de la orden de que en caso de 

llegará tierra «donde obiere gente política y Eica y señores 

principales parece que sera conveniente que no entiendan que vais 

de propósito a sus tierras podreisles dar a entender que acaso 

los tiempos os dieron ocasión para que fueredes para ellos» (1). 

Y como, no obstante tan minuciosa reglamentación, era fácil 
que surgiesen casos que obligasen á tomar medidas de urgencia, se 
autoriza á Juan de la Isla para que con el consejo de las personas 
más principales hiciese lo más «conveniente al servicio de Dios y de 
su Magestad» (2) y hasta para nombrar persona que le sustituyera 
en caso de muerte (3). 

Al mismo tiempo que estas instrucciones salían de Méjico, Fray 
Martín de Eada, agustino residente en Zebú, escribía al Virrey de 
Nueva España las noticias que sobre el reino de China había obte- 
nido de un chino, (^'anco, que estuvo alojado en su casa casi medio 
año. Juzga este fraile á los chinos como gente más doméstica, hu- 
milde y de más razón que los indios, se admira de que tengan casas 
construidas de cal y canto y de ladrillo, ciudades muradas y artille- 
ría y, según su huésped, el reino de la China «será, dice Fray Martín, 
no sin algún recelo de la veracidad de los informes que trasmite, el 
mayor del mundo porque ocupa desde la costa que corre Hazia el 
nordeste setecientas leguas y tiene de travesía desde la costa asta 
los fines della quatro o cinco meses de camino y alia confina con la 
gran tartarí^ y tienen una muralla bravísima que divide sus térmi- 
nos de los tártaros la qual a su cuenta tiene de largo mil leguas 
grandes que parece yncreyble digo leguas grandes — prosigue — por- 
que las que llaman ellos phout llamo yo legua porque dizen que un 
phout haze diez diis y un dii es dos vozes, quanto se oye la voz en 
tierra llana de suerte que su legua sera veinte voces y dizen que en 
sus caminos Reales y calcadas en cada dii de camino tienen levan- 
tada una piedra con la señal del numero de diis que sean andado» (4). 



(1) 16 instrucción. 

(2) 25 ídem. 

(3) 26 ídem. 

(4) Copia de una carta de Fr. Martín de la Rada, Provincial de los 
Agustinos, al Virrey de Nueva España en que describe los países de la 
China. Arch. de las Indias. L-1 2 24, núm. 22. Apéndice letra C. 



— 438 — 

T^enía el Imperio Chino, según este informe, quince provincias (1). 
En Paquin (Pequin) residía la Corte y en Danquiaa (Liang-kiang) 
el hermano del Monarca: en las demás había visorreyes, que residían 
en la capital, y cada uno nombraba á su vez ocho tenientes, y cada 
teniente diez gobernadores: el cargo sólo duraba tres años. «Dizen 
ser tierra pobladísima (2) y tan avasallados— observa con razón el 
Padre Rada— que pasando por alguna Calle qualquier governador 
todos los de la calle Aun mucho antes que llegue se arriman alas 
paredes y le hazen gran humillación y nadie le habla si no es de Ko- 
dillas y los ojos bajos.» Sólo los gobernadores y los soldados pueden 
tener armas y «asi es la gente mas vil para la guerra que Ay en el 
mundo aunque pelean a cavallo y a pie». Termina el P. Rada ofre- 
ciéndose á ir á la China y excusándose de no haber ido por no ha- 
berlo permitido Legaspi. 

Con tales noticias parecía seguro que no obstante la oposición 
de algunos, la expedición de Juan de la Isla llevaría á cabo su viaje 
y casi podía predecirse un éxito; pero antes de llegar la nave porta- 
dora de las instrucciones del Virrey, el 20 de Agosto de 1572 murió 
inesperadamente Legazpi y quedó por Gobernador de Manila Guido 
de Lavezaris, que era uno délos más significados enemigos del viaje 
á la China. Así lo testifica Fr. Francisco Ortega: «El biage del des- 
cubrimiento de la china no bino en execucion porque ffalto el go- 
bernador don miguel lopez de legaspi después de su muerte hubo 

poca voluntad en el que lo habia de mandar hazer» (3). Por esta 
misma fuente sabemos que se tomó por pretexto que el navio San- 
tiago llegó á Cebú sin jarcias ni aparejos y que para arreglar otro 
navio se tomó de éste lo que había menester para su viaje de descu- 
brimiento (4). 

A partir de este momento ya no se pretende descubrir la costa 
desde China á Nueva España: la iniciativa científica de Juan de la 
Isla cae en el vacío para dar paso á la idea más práctica de pene- 



(1) En la actualidad son 19 provincias. 

(2) En la actualidad tiene 330 millones de habitantes. 

(3) Caita de Fr. Francisco Ortega, fecha en Manila 6 Junio 1573, en 
que describe las Filipinas. Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 27. Véase en el 
apéndice, pues se ofrece él mismo á ir. Letra D. 

(4) En el documento citado en la nota anterior. 



— 439 — 

trar en el Celeste Imperio, y la mantienen casi siempre religiosos 
movidos del deseo de predicar el Evangelio y no desconociendo los 
graves peligros que corrían. 

La corriente comercial mantenida de continuo entre China y Fi- 
lipinas iba aumentando más y más los conocimientos de los españo- 
les acerca de la geografía de aquel país. Y ahora, en 1574, Andrés 
de Mirandaola, desde Méjico, en una información sobre las Filipi- 
nas dedica un largo párrafo á las noticias recogidas de los merca- 
deres chinos. Según este, «Hasta dozientas leguas y antes menos 
que mas» era la distancia que separaba China de Manila: hace casi 
un periplo de la costa, cita por sus nombres trece provincias y ha- 
bla del fallecimiento del Emperador Outie y de su hijo Hayai, que 
había ocupado el trono en el año 1572. Por último, menciona dos 
curiosas leyes, una que imponía pena de muerte al extranjero que 
entrase en el imperio y á la persona que lo condujese, otra por la 
que be confiscaban los bienes al subdito chino que en el plazo de un 
año no volviese á su país, y en caso de que tornase, á pena de 
muerte. El Emperador Hayai concedió un plazo de cuatro años para 
que los que estuviesen en este caso entrasen de nuevo en China sin 
pena alguna (1). 

El primer viaje á China lo realizaron, aprovechando circuns- 
tancias políticas favorables, el agustino Martín de Rada, Jerónimo 
Marín, de la misma Orden; Pedro Sarmiento, Alguacil mayor de 
Cebú; Miguel Luarca, el sargento mayor de Salcedo y dos solda- 
dos, Nicolás de Cuenca y Juan Román. Salieron el 12 de Junio de 
1575, llevando regalos de Lavezaris y de Salcedo, que á la sazón 
tenía sitiado al pirata chino Limahon en Pangasinan, para el Vi- 
rrey de la China. Estuvieron en Chinceo y en Ocheo, donde vieron 
al Virrey, que correspondió á los regalos recibidos. El 14 de Se- 
tiembre emprendieron el regreso, y llegaron á Manila el 24 de Oc- 
tubre. 

El juicio exacto de este viaje lo hace un escritor casi contempo- 
ráneo en estas palabras: «La primera uez fueron los padres Agusti- 
nos y entraron por Chincheo con la ocasión de aquel Cosario 11a- 



(1) Información dada en Méjico á 8 de Enero de 1574 por Andrés de 
Mirandaola. Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 12. Apéndice letra E. 



— 440 — 

mado Limahon que saqueó Manila, mas no hizieron mas los Man- 
darines que darles las gracias por lo que los Castellanos hauian he- 
cho contra el Ladrón, y repartiendo a los Frayles y a los soldados 
sus companeros algunas piezas de 9eda y liengo y cosillas los echa- 
ron fuera» (1). 

El agustino intentó volver; pero descontento el chino que lo 
conducía porque el nuevo gobernador, Dr. Sande, no había corres- 
pondido á los regalos que trajo de China, le dejó robado y desnudo 
y muertos algunos de sus criados en Bolinao (2). 

Entretanto, las noticias de China se iban divulgando por Euro- 
pa; los raros objetos, sedas y porcelanas que habían llegado de allí 
despertaban más y más el deseo de penetrar en este país, y á tal 
punto llegó este entusiasmo, que, si creemos lo que dice Gessi, 
Francia se aprestaba á enviar una verdadera escuadra, compuesta 
de veinte navios, con dos mil quinientos hombres y víveres y mu- 
niciones para dos años. Se armaban los navios en la costa de Breta- 
ña; los costeaban varios particulares, y como jefe estaba La Ro- 
chia, y algo de sus planes debió traslucirse cuando Gessi se atreve 
á poner por escrito «se entiende que leva la derrota del estrecho 
para el discoprimiento de la china» (3). 

Ahora debió ser también cuando unos frailes descalzos consi- 
guieron de un chino que los llevara al río de Cantón; siete meses 
vivieron en la fragata; consumieron todos sus recursos, y sin de- 
jarlos entrar en la ciudad, á unos los echaron y los otros se volvie- 
ron á Manila (4). 

La más audaz proposición acerca de la conquista de China fué 
sin duda la del Oidor de Guatemala D. Diego García de Palacios. 
Pensaba levantar en Guatemala un ejército de cuatro mil españo- 
les, construir en Filipinas dos galeras de veinticuatro remos por 



(1) Apuntamientos breves de algunas cosas de China, por A. Sánchez, 
reproducido en la Labor evangélica, t. I, pág. 366. 

(2) Véase Labor evangélica, t. I, pág. 161. 

(3) Informe de Juau Bautista Gessi. Madrid 14 de Abril de 1588. Ar- 
chivo de Indias, 2-1-2-24, núm. 43. En el apéndice letra F. Y también en 
el informe del Oidor de Guatemala se alude á que si España no lo hacia 
lo haría Francia. 

(4) Apuntamientos breves de algunas cosas de China, del P. Alonso 
Sánchez, en la Labor evangélica, 1. 1, pág. 364. 



— 441 — 

banda y diez y ocho cañones, las cuales, unidas á las cuatro naves 
que el Gobernador Francisco de Sande había construido en Filipi- 
nas, le servirían para ir directamente á la ciudad de «Luntiun, la 
maior y mas principal de aquel rreyno y donde de ordinario reside 
el rey» (1). 

Considera García de Palacios como motivos suficientes para le- 
gitimar la conquista de la China el gobernarse por «leyes barbarí- 
simas», el que se vendían los unos á los otros y el permitirse el «pe- 
cado nefando». En las observaciones hechas por el Consejo de In- 
dias se ve claramente el conocimiento que España tenía del Celeste 
Imperio. Según dice el extracto del memorial, la extensión del Im- 
perio chino era de «mil cient leguas de largo y en parte quinientas 
y en otras seiscientas de ancho y de circunferencia quasi tres mili: 
quinze prouincias y en ellas trezientas ciudades principales y mas 
de mili villas cercadas sin el numero de aldeas que es infinito». E 
Rey contaba cincuenta y nueve millones setecientos mil vasallos; 
sus rentas eran veintiocho millones y sus soldados, en número de 
cinco millones, usaban arcabuces, picas, coseletes, espadas y rode- 
las y «de las demás armas machinas e instrumentos bellicos que se 
usan en esta europa». Palacios, hombre instruido, argumentaba en 
contra de esto con los ejemplos del «romano Lúculo», que sólo con 
diez mil soldados venció á Tigranes, que mandaba trescientos mil, 
y á los diez y seis mil griegos vencedores de los innumerables ejér- 
citos de Xerxes, y citando las heroicas proezas de Pizarro y Hernán 
Cortés (2). 

Contaba á la sazón Felipe II setenta y cuatro años; le preocu- 
paba tanto la unión de Portugal, que había trasladado su residen- 
cia á Badajoz, y, no obstante, dos días antes de pasar revista al 
ejército de ocupación encontraba tiempo para escribir una carta al 
Rey de China. En esta primera relación oficial entre ambos Reyes, 
el de España era movido tan sólo por el deseo de recomendar á 
unos frailes agustinos que iban á emprender la predicación del 
cristianismo en aquellas lejanas tierras; pero se da por enterado de 



(1) No se conserva el memorial, sino un extracto del año 1578. Archi- 
vo de Indias, 1-1-2-21, núm. 47. 

(2) En el documento citado en la nota anterior. 



— 442 — 

«la prudencia y justicia con que gobernáis — dice — ese gran reyno 
y el buen acogimiento y tratamyento que vuestros vassallos han 
hecho a los nuestros en los Puertos y lugares donde han llegado y 
olgado mucho délo uno y de lo otro os lo he querido significar y 
agradecer por esta, y que me será muy agradable vuestra amistad 
y comunicación». Manifiesta Felipe 11 su deseo de que se convierta 
al catolicismo en estos sentidos términos: «estimaré en mas ser ins- 
trumento de vuestra salbacion y de la de vuestros vassallos que 
ninguna otra cosa de las mas preciadas del mundo». Acompañaban 
á la carta ciertos regalos: «os envió algunas Cosas de las que ay y 
se usan en estos mis Reynos por significación de la buena amistad 
que con vos tengo intención de conservarla Poderoso y muy ama- 
do Rey» (1). 

Había escrito el Rey esta misiva á instancias del fraile agustino 
Juan González de Mendoza, y fué este mismo quien propuso los re- 
galos que debían enviarse: consistían en relojes, camas, arneses, 
grabados, espadas, dagas, retratos de S. M., vestidos del Rey, jae- 
ces de caballos, almártagas, piezas de grana colorada fina y de se- 
das de labores, guadamecíes, sillas de seda, espejos grandes de cris- 
tal, vinos, gorras y sombreros, borceguíes, una caja de vidrios de 
Venecia y objetos curiosos de plumas (2). 

La unión de España y Portugal, realizada el 16 de Abril de 1581 
en Tomar, era un suceso trascendental en nuestra Historia que no 
podía menos de repercutir aún en las más lejanas colonias del po- 
deroso Rey; á fines del mismo año se supo en Manila, donde gober- 
naba ahora D. Gonzalo Ronquillo dePeñalosa. Entre los aspirantes 
al trono de Portugal el más temible había sido D. Antonio, Prior 
de Grato, cuyo paradero á la sazón era desconocido; temióse que 
hubiera ido á la India y que pasase de allí á excitar los ánimos de 
la colonia portuguesa de Macao, y para evitarlo era preciso apresu- 
rarse á exigir el juramento de fidelidad y vasallaje de aquellos 
portugueses á Felipe II. Esta delicada misión política fué confiada 



(1) Carta de Felipe II. Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 52. En el 
apéndice letra C. 

(2) Los tres documentos concernientes á los regalos pueden leerse en 
el apéndice y ver en ellos las modificaciones que se introdujeron. Archivo 
de Indias, 1-1-2-25, núm. 3. En el apéndice letra H. 



— 443 — 

á la extraordinaria sagacidad del jesuíta Alonso Sánchez. No hacía 
aún un año que estaba en Filipinas, pero ya se había destacado su 
personalidad al punto de haber sido el alma del Concilio celebrado 
en Manila. Provisto, pues, de los documentos necesarios, más una 
carta en lengua china para que le permitieran el paso, el 14 de 
Marzo de 1582 salió de Manila (1). Corrió la fragata que les conducía 
un fuerte temporal, pero arribaron al fin el viernes 6 de Abril á 
Chancheo. Por lo que á nosotros interesa de este conocido viaje, 
nos basta señalar que visitó las ciudades de Chancheo, Acheo, Tan- 
quen y Cantón, arribando al ñn á Macao. 

Tan distinto era el mundo chino, en que había penetrado el 
P. Sánchez, del que conocía, que todo llamaba su atención. El ha- 
bla lo mismo de los barcos, que de los trajes, de la etiqueta y cere- 
monial de los chinos, que de los tan-tan que empleaban como cam- 
panas, pero los chinos eran hostiles á ia entrada de los extranjeros; 
así lo confiesa el jesuíta diciendo: «aunque entramos y nos llevaron 
por algunas ciudades de la tierra adentro pero al fin nos echaron a 
Macan» (2), 



Los franciscanos solicitaron de Felipe II una carta de recomen- 
dación que éste expidió en Santarem á 5 de Junio de 1581, dirigién- 
dola al «Poderoso y muy estimado Rey de la China». Aludía en ella 



(1) Sobre esta misión del P. Alonso Sánchez á China existen en el 
Archivo de Indias los documentos siguientes: 1.° «.Relación Brebe de la 
jornada que el Padre Alonso Sánchez de la Compañía de Jesús hizo por 
hordeu y parecer del Sr. D. Gonzalo Ronquillo de peñalosa governador 
do las yslas Philipinas y del Sr. Obispo y oficiales de su magestad desde 
la ysla de Luzon y ciudad de Manila de los Reynos de la China>, 68-1-37. 
2° «Carta del P. Alexandro Valegnano visitador de la Compañía de Jesús 
al Gobernador de Filipinas D. Gonzalo Ronquillo», Macao 14 de Diciembre 
de 1582, 1-1 2-24. 3." «Dos cartas del Obispo de la China al Gobernador don 
Gonzalo Ronquillo», en portugués, Macao 10 de Febrero de 1583, 11-2-24, 
número 65. 4." «Cuatro cartas del Gobernador de la Filipinas D. Gonzalo 
Ronquillo de Peñalosa a los capitanes mayores de Maluco, Malaca, Macan 
y Amboino», 26 de Setiembre de 1582. 

(2) Apuntamientos breves de algunas cosas de la China, en la Labor 
evangélica, t. I, pág. 366. 



— 444 — 

á su primera misiva, «que ya — dice— abréis res9evido», y termina- 
ba recomendando á la benevolencia del Emperador los religiosos 
de la Orden que pensaban ir á China (1). Tenían ya los frailes 
descalzos una casa en Macao, pero no obstante, no habían podido 
penetrar en el Celeste Imperio. Ahora realizaron una nueva tenta- 
tiva, pero no fueron más afortunados: los monjes que llegaron á 
Cantón fueron metidos en la cárcel como ladrones, y sólo á costa 
de grandes esfuerzos obtuvieron los portugueses su rescate (2). 

Tampoco tuvo éxito la expedición que el navio San Juan, sin 
órdenes para ello, hizo á las costas de China, ni la que para redu- 
cir este barco se organizó en Filipinas, á cuyo frente iba el P. Sán- 
chez; logró esta última arribar á Macao, pero no «pudimos entrar 
china adentro», escribe su jefe (3). 

La frecuencia de estos viajes acabó por alarmar á los chinos «al 
ver que tantas vezes de quatro años a esta parte llegassen aqui 
padres descalzos y otros castellanos como V. S. sabrá por ellos 
mismos que padescieron hartos peligros y travajos y agora que en- 
tendieron esta nueva unión de Portugal y Castilla tienen esta sos- 
pecha mucho mayor», y el P. Valegnano, autor de las líneas tras- 
critas, termina su carta, escrita en China, aconsejando que no ven- 
gan aquí más castellanos (4). 

Y esta hostilidad aumentaba de continuo cuando el año siguien- 
te el Obispo de China escribía: «Ruego y pido y encomiendo a V. S. 
todo de parte de su magestad que por ninguna via que sea que per- 
sona alguna de las sobredichas de esas partes benga a esta china 
por que sin falta alguna hiñiendo se perderá esta población y se 
cerrara la puerta que su magestad tiene avierta para entrar a 
tomar posesión de la maior y mas rica monarquía que ay en el 
mundo» (5). 



(1) V. Apéndice letra I. 

(2) Debió ser después de 1582. Véase la nota anterior. 

(3) Véase Labor evangélica, t. I, pág. 366. 

(4) Carta de Alejandro Valegnano, Visitador de la Compañía de Jesús, 
á D. Gonzalo Ronquillo, Gobernador de Filipinas. Arch.de Indias, 1-1-2-24, 
número 57. Fechada á 14 de Diciembre de 1582. 

(5) Carta del Obispo de China á D. Gonzalo Ronquillo, Macao 10 de 
Febrero de 1583. Arch. de Indias 1-1-2-24, núm. 65. 



- 445 — 

El comercio chino se había apoderado, no sólo del mercado de 
Filipinas, donde su dominio era exclusivo (1), sino que amenazaba 
también adueñarse de los mercados de Nueva España por los pre- 
cios extraordinariamente baratos á que se vendían las mercaderías 
en Manila (2). 

Esta concurrencia alarmó á los comerciantes de Nueva España, 
los cuales recurrieron en queja ante el Monarca reclamando contra 
los g-éneros que venían de China: «Todo lo que traen délas dichas 
yslas — decían — son bujerías de ningún provecho, vienen a Castilla 
porcelanas, scritorcillos, cajuelas, ventalles, tirasoles y todo falsea" 
do de ningún provecho y no se puede contratar con ellos (con los 
chinos) sino con oro y plata, todo lo demás les sobra»; y terminan 
solicitando que se prohibiese importar sedas de China. El Rey, ha- 
ciéndose eco de esto, dio una Real Cédula á 19 de Junio de 1585, en 
que disponía «que aviendo entendido que las sedas y otras cosas 

que se traen de la China e yslas Filipinas son muy Baladies ha 

parecido que convenia que la contratación de las dichas yslas y 
china cessase»; pero, quizás no muy convencido de las razones adu- 
cidas por los negociantes, dejaba facultad al Virrey para abrir una 
información y tomar las resoluciones que estimase oportunas (3). 

Esto fué lo que salvó al comercio chino; el Marqués de Villa- 
manrique, juzgando que el provecho era mayor que el daño, que 
las sedas eran de buena calidad, y que sólo dos navios iban á Nue- 
va España, y muy principalmente que el comercio chino era el sos- 
tén de las islas Filipinas, decretó que se sobreseyese esta disposición 
de Felipe II (4). 



(1) «El día que cessase la contratación de la Philipinas esse día cessa- 
va su conservación». Carta del Virrey de Nueva España Marques de 
Villa Manrrique al Rey. Arch. de India*, 1-1-2 24, núm. 42.— En la informa- 
ción abierta por el mismo, después de hablar de la pobreza de la población 
de Filipinas añade: «Parte de esto suple el trato y comercio que se tiene 
con los sangleyes que son los chinos». Arch. de Indias, 1-1-2-24, núm. 66. 

(2) Una vara de damasco valía 4 reales; la de tafetán, 2 reales; una 
libra de seda torcida, 15 ó 16 reales; un tonel de dos arrobas y media de 
biscocho, 7 ú 8 reales, etc., etc. Arch. de Indias, 1 1-2-24, niim. 66. 

(3) Información del Archivo de Indias, 1-1-2-24, núm. 66. 

(4) A 15 de Mayo de 1586, en Méjico. Todavía se conservan en el mis- 
mo Archivo de Indias quejas contra el desarrollo del comercio de ropas 
de los chinos de Nueva España, del año 1588. 



— 446 — 

Mérito indiscutible del Monarca fué aceptar, aun en medio de 
las preocupaciones del gobierno, todas las iniciativas y prestar su 
valioso apoyo, lo mismo á la idea genial de recorrer las costas se- 
tentrionales del Pacífico, propuesta por Juan de la Isla, que á las 
tentativas realizadas con mala ventura por religiosos que pensaban 
predican el Evangelio en aquel país; fuerza es confesarlo: el ímpetu 
conquistador de los españoles se detuvo ante las costas de China; 
las armas, como los piadosos sentimientos de los misioneros, encon- 
traron la misma invencible resistencia; el riquísimo país de Catay 
siguió, no obstante comerciar con Filipinas y tantas y tan lauda- 
bles iniciativas españolas, impenetrable y misterioso como en la 
Edad Media. 

Sevilla 1.° de Abril de 1914. 



APÉNDICE A 



Descripción de la China hecha por un chino. 



ARCHIVO DE Indias.- Pat. l-l 1-23, núm. 3. 



Cauchique esta Al poniente es una ysla grande de mucha gente 
donde el Rey de la China tiene puesto visorrey e governador y sai 
Recoge los tributos de las cosas que la tierra produze que son ele- 
fantes sedas Pimienta drogas cavallos plata y otras cossas. Las de- 
mas ysletas que parecen frontero de Quanton en una que parece una 
cruz pequeña surgen y asisten los portugueses y las demás que tie- 
nen una P son pobladas y una donde parece una cávela de un ca- 
vallo que se dize Vichiu aunques despobladas dizen auer muchos 
cavallos cimarrones, muchissim a de la costa que ay asia la parte 
del ocidente como del oriente se pudiera pintar sino fuera Por el 
gran bolumen que hiziera de papel y tampoco el chino que lo pinto 
no a andado mas costa questa que paresce y asi quedara lo demta 
con otras muchísimas yslas ni tanpoco Va Rumbado precissamente 
pintado por no ser piloto fundado el que lo pinto sino un hombre 
de buen ingenio, muchas fuer9as délas que parcQcn auer de diez 
en diez leguas una pero todo es Ayre para el ynpetu de la nación 
spañola por las razones que tengo dichas en la otra Relación y aun- 
que Pades9e aqui desproporción el rio de quanton es el mayor. Es- 
tas otras yslas de Lu9on y mayt quees Vindoro son las primeras 
deste arcipielago que vi en viniendo de la china que porque vino 
apropocito se pintaron no haziendo caso de las demás. Aviendo en- 



— 448 — 

tendido en pintar esta figura no menos de9ente me parescj-io ynfor- 
marme de la calidad de la dicha costa y sus puertos y lo que distan 
algunos dellos unos de otros y las ciudades marítimas sin hazer 
caso déla multitud grande que ay de Ravales entremedias que por 
entender sera de algún contentamiento lo pongo aqui según se 
contiene. 

Primeramente de vindoro a Minilla ay siete tque que son veinte 
y ocho leguas porque cada tque es cuatro leguas ques medida de 
que usan por la mar como nosotros leguas y grados. Porque por 
tierra usan de otro termino como esta dicho en la otra Relación. 

Ay de Minilla a chaucheo ochenta y cinco tque que son trezien- 
tas y quarenta leguas, que es la patria del que me informo de&to y 
pinto esta costa. Dize estar el Rio arriva dos jornadas asta donde 
dize suben los juncos aunque sean los mayores que ay (1). 

Desde Chaucheo a Tzuychiu que esta hacia elbante (sic) tres 
tque de camino y de la mar a la fortaleza o ciudad ay dos jorna- 
das y la una suben los navios grandes donde Paran y donde van 
con pequeños dende tzuychiu a la voca del Rio deynghua tres tquo 
y no tiene puerto dende ynghua. A la boca de Soechiu ay siete tque 
esta dos dias y medio rrio arriva a donde suben qualesquier Juncos. 

De hoe chiu a avuchiu aunque no esta Aqui pintada ay catorze 
tque y dende aliampo diez y entremedio algunos buenos Pueblos 
digo Puertos. 

Buelto a chaucheo y de alli x^tansua que esta hazia la parte del 
poniente hay tres tque qual dizen estar Junto A la mar en la boca 
del Rio y tiene excelente puerto. Luego esta a cinco tque tiun-chiu 
que dice estar de la mar dos jornadas y quel Rio arriva pueden sa- 
bir naos grandes y es puerto frecuentado. 

De tiun-chiu a quaton ay veinte yun tque el qual esta tres dias 
Rio arriva y la ysleta puerto de los Portugueses tres y medio y las 
naos grandes entran el rio arriva dos jornadas donde paran por no 
poder yr adelante que deve ser ancho y derramado. Atchvitan hay 
veinte tque que dize estar tres dias. La tierra adentro y el Rio es de 
ningún Efecto aunque en la voca dize tener puerto. 



(1) Al margen, de otra letra se lee: í<340 esto es seg'un los chinos dizen 
que no puede auer tanto camino porque vienen en ocho dias». 



— 449 — 

Couchui esta Acinco tque que dize estar el Rio arriva una jorna- 
da y el Rio no navegable pero en la voca grande y buen Puerto. A 
suy chui ay dos tque el qual dize estar una jornada de la mar y por 
el Rio arriva no pueden yr sino bateles y sus semejantes pero en la 
Voca del Rio la ensenada que parece es excelente y seguro Puerto 
que caven mas de mili naos. 

Aliancho ay veinte y cinco tque pero no supo dezir demás por- 
que dize no haber parado sino Pasado Por alli. 

De liamcho a quiunchui ay diez y seis tque el cual esta menos 
de tque porque estara como tres leguas de la mar y en el Rio no 
pueden entrar naos pero en las yslas fronteras ay puerto para cua- 
lesquier naos. 

Esta Relación es dada de un indio chino que por falta de ynter- 
prete casi per sonas (sic) lo dio a entender. 



29 



APÉNDICE B 



Instrucción del Virrey de Nueva España, D. Martín Henríquez, de 
lo que el Capitán Juan de la Isla debe hacer para ir á descubrir 
la costa de la China. Méjico 1.° de Febrero de 1572. 



Archivo de Indias.— Pat. 1-1-2-24, núm. 4. P. 3.» 



Dn. Martin Enrriquez Visorrey y governador e capitán g^eneral 
por S. M. en esta nueva España y presidente de la audiencia real 
que en ella reside Por cuanto conforme a lo por su Majestad man- 
dado y proveído a Joan de la Ysla por capitán para que desde las 
Yslas de Poniente donde esta poblado Miguel López de Legaspi go- 
vernador de las dichas yslas con un navio y gente quel dicho go- 
vernador le diere entrante el año de mili e quinientos y setenta y 
tres vaya a descubrir la costa de la china atento a lo qual por la 
presente mando al dicho Joan de la Ysla que en el dicho descubri- 
miento y navegación desde que partiere hasta llegar de uelta a uno 
de estos puertos desta nueua españa haga lo siguiente. 

Primeramente por que las cosas que van fundadas en buena 
Xrispiandad sea de esperar dellas buen subceso que siendo os en- 
tregado navio, municiones bastimentos y gente que aueis de llevar 
enel dicho descubrimiento os confesareis vos y haréis confesar a 
toda la gente que con vos obiere de yr y rescibireis y todos el Sanc- 
tisimo Sacramento. 

II. yten hecho lo suso dicho enpesareis a hazer la navegación 
lo mas temprano quel tiempo sufriere y paresciendo cosa convi- 
niente salir del puerto e yros aponer en paraje a donde con seguri- 



— 451 — 

dad podáis estar y a^^uardar los tiempos favorables para la nave- 
gación por que aya tiempo para correr y descubrir todo lo que fuere 
posible y el verano durare hasta principio o fin de JuUio ques el 
tiempo conveniente para volver en demanda desta nueua espafla 
hazer lo Eys. 

III. yten desde el puerto donde partieredes yreis en demanda 
de la costa de la china la cual yreis costeando para la parte de 
oriente hasta poneros en altura de cincuenta o sesenta grados e mas 
lo que el tiempo de el berano os diere lugar e de la dicha altura en 
derrota del este oeste venir en demanda de la costa desta nueua es- 
paña tomando Razón de lo que en la dicha distancia obiere de una 
tierra a otra y ansi mesmo de lo que oviere en la costa de esta di- 
cha nueua españa asi de lo que de nueuo descubrieredes como de lo 
que está descubierto hasta quarenta y un grado. 

IV. ítem en el dicho viaje y descubrimiento daréis borden al 
Piloto vaya echando sus puntos mirando muy bien las derrotas con- 
siderando las corrientes y aguajes y los vientos que en cada tiempo 
del año mas hordinariamente corren y asi mesmo llevando la sonda 
en la mano mirando los escollos y bajos que toparedes ansi descu- 
biertos como debajo del agua y las yslas tierras puertos rrios y 
aguadas asentando en la carta en los lugares y partes que les ha- 
llaredes. 

V. Ytem asi mismo daréis borden para el buen Recaudo del 
navio que asi los soldados como los marineros hagan sus guardas 
por sus quartos sin que aya eeepcion de persona alguna sino fuere 
por enfermedad o por otro justo ynpedimento. 

VI. Ytem tendréis gran quenta de saber y entender particular- 
mente las poblaciones que ay en aquella costa y calidad y manera 
de bibir de la gente y particularmente de sus costumbres y religión 
y secta y que adoran y que manera de sacrificios hazen y maneras 
de cultos tienen y como se Rigen y goviernan y si tienen Reyes y 
si son por elecion o derecho de sangre o se goviernan por Repú- 
blica o por linages y que riquezas tienen y que manera de tributos 
dan y a que personas. 

VII. Ytem sabréis que cosas son las que ellos mas estiman de 
las que ay en la tierra y que son las que les traen de otras partes y 
quales de ellas tienen en mas. 



— 452 — 

VIII. Ytem sabréis si ay oro o plata Perlas y otras piedras y 
azogue y otros metales y particularmente de todo aquello que 
obiere en la tierra y ellos se aprovechan y para esto le mostrareis 
todo lo que lleváis para entender que cosas dellas ay alia e tienen 
notizia donde las ay y que contrataciones y rresgates acostumbran 
y con que naciones y que espegias drogas ay entre ellos y que gé- 
neros y que cantidad y que valor y los rresgates que llevaredes 
quales son los que ellos presgian y tienen en algo y quales son los 
que mas desean. 

IX. Asi mesmo sabréis que mantenimientos son los que ay en 
la tierra y los que los dichos naturales acostumbran a comer y be- 
ber y los precios que tienen. 

X. yten sabréis que calidad de animales domésticos y salvajes 
ay y que plantas y arboles cultivados y por cultivar y de los usos 
y aprobechamientos que dellos tienen. 

XI. Ytem os informareis Si an visto o tienen notizia de gente 
de nuestra nación y si ay algunos entre ellos y que cantidad podra 
ser y si biben juntos o derramados y si tienen alguna fuerga adonde 
están y que manera de bibir tienen entre ellos y de que biben y si 
son tratantes o con que ocasión fueron alli. 

XII. Ytem tendréis quenta con las armas que usan y si se hazen 
en la tierra o si se las traen fuera e de donde. 

XIII. Ytem en las partes y tierras donde llegaredes saltando en 
tierra tomareis la posesión en nombre de S. M. por vuestra persona 
o por la que para ello nombraredes haziendo ante escrivano los auc- 
tos y diligencias necesarias. 

XIV. Yten con los naturales que descubrieredes o con quien 
contrataredes terneis muy particular cuydado con que nadie los 
enoje ni hagan mal tratamiento sino antes darles contentamiento 
en todo y procurar de ganalles la voluntad. 

XV. Yten siempre que llegaredes a tierra bibireis con gran 
Recato y cuydado especialmente de noche sobre las amarras y los 
bateles atados a bordo con sus cadcmas y candados asi para que los 
naturales de aquellas partes no os los hurten como algunos de vues- 
tra compaña como malos xpianos y desleales no se huyan con ellos. 

XVI. Yten si en la tierra donde llegaredes obiere gente polica y 
Eica y señores principales parece que sera cosa conviniente que no 



— 453 — 

entienda que vais de proposito a sus tierras por mandado de tan 
grande y poderoso principe como es el virrey de castilla nuestro se- 
ñor podréis les dar a entender que vuestra derrota derecha no hera 
para aquellas partes sino que acaso los tiempos os dieron ocasión 
para que fuessedes para ellos aunque alguna notizia ay entre nos- 
otros que en aquellas partes ay principes y grandes señores y gente 
de mucha calidad y que S. M. desea tener toda buena amistad y 
hermandad con ellos para que entre los vasallos y subditos de los 
unos y de los otros pueda aver comunica9Íon y contratación y ofre- 
cerles eys esta amistad en su rreal nombre. 

XVII. Ytem para que los obieredes de tratar y platicar procu- 
rado no salir a tierra sino que ellos vengan a vuestro navio porque 
no os hagan alguna traycion y sienpre estaréis con gran cuydado i 
rrecato. 

XVIII. Yten si acaso toparedes con algún navio de Portugueses 
Procurareys no venir en rrompimiento con ellos por ninguna via y 
si por ventura ellos os acometieren ó quisieren pelear con vos deffen- 
deros eys dellos procurando la victoria aviendo justificado la causa 
y dando os la dios hareisles todo buen tratamiento y procurareis 
tomar notizia dellos de todo lo que tienen descubierto y de lo que 
ay en la tierra y tomarles eys la carta de marear que truxeren y 
dexarles eys yr en sus navios tomándoles el artillería que truxeren 
para vuestra seguridad. 

XIX. Yten si los navios que toparedes fueren de corsarios y 
os quisieren acometer procurareis de no venir en rronpimiento con 
ellos haziendo les señal de paz y quando no quisieren sino pelear 
con vos defenderos eys procurando la victoria y siendo dios servido 
que la ayais liareis ynformacion si los tales corsarios tienen esto 
sienpre por offizio y os hallaredes que no dexarlos eys yr en sus 
navios dándoles a entender la grandeza del rrey nuestro señor y 
que su voluntad no es que sus vasallos hagan mal a nadie sino que 
en las partes donde llegaren hagan buena amistad a todos y traten 
toda verdad con ellos y entiendan en sus contrataciones porque á 
las personas donde estos corsarios llegaren puedan dezir con verdad 
el tratamiento que les hizisteis y que no son gente los vasallos de su 
magestad de los que andan a Robar y si truxeren artillería tomár- 
sela eys. 



— 454 — 

XX. Yten tendréis muy particular quenta que los rrescates que 
se hizieren en procurar de ponerlos enel mas baxo prescio y barato 
que fuere pusible conforme al valor que entre ellos tubiere y alo 
rrescates que lleváis de su Magestad señalarles eys el mas subido 
prescio que pudieredes para que la contratación que se obiere de 
hacer sea útil y provechosa y entendiendo que viene a ser muy útil 
y provechosa procurar de dar asiento que los precios para adelante 
sean perpetuos porque no lo puedan subir dando les a entender que 
la gran costa y prescio que tienen que las que lleváis por la larga 
navegación y toda esta contratación a de ser voluntaria y no forgosa, 

XXI. Yten estaréis advertido que lo que compraredes y Eesga- 
taredes que fueren cosas que sean de dar por pesos que entre ellos 
seacostumbran pesallos porque ay notizia que tienen un peso que 
se llama bahar que son quatro quintales y en otras partes mas y 
menos y por la mayor parte sus pesos son mayores que los que se 
acostumbran entre gente española y para entender mejor esto lle- 
vareis pesos de Romana y balan9a y una pesa de quatro quintales 
que sirba por bahar para que por ella entendáis el aprovechamiento 
que ay de rrescibir lo que rrescataredes por aquellas pesas. 

XXII. Yteni en cualquier parte que llegaredes y Resgataredes 
alguna cosa guardareis enello esta borden que las tres partes de lo 
que se rresgatare sea quenta de su magestad y la una quarta parte 
de particulares y por esta borden yreis prosiguiendo hasta que to- 
dos los rresgates de su magestad sean acavados y mandareis espre- 
samente so graves penas que nadie rresgate hasta que las tres partes 
de su magestad como dicho es estén rrescatadas. 

XXIII. Yten si acaso se acharen los Resgates de su magestad 
por la borden que arriba esta dicho y de particulares obiere mas 
Resgates ental caso daréis lugar que los rresgaten dando borden 
que nadie Resciva agravio y que todo se asiente en el rregistro que 
particular y guardando la borden siguiente que todos los RResga- 
tes que se obieren de Hazer asi de su magestad como de particula- 
res sea ante unas mesmas personas que an de ser las que para este 
efecto fueran señaladas por vos y esto conviene que asi se haga 
porque nadie sea parte de baxar ni subir las mercadurías. 

XXIIII. Yten si algunos Resgates se llevaren de personas que 
no fueren en el dicho navio no daréis lugar a que ninguna cosa 



— 455 — 

destas se rrescate hasta tanto que losrrescates de su magestad y de 
los que fueren en su rreal servicio sean acavados. 

XXV. Yten porque podría ser que en la navegación que aveis 
de hazer y se os hordena los tiempos no diesen lugar para seguir la 
derrota que aveis de llevar y que va declarada en esta yntrucion y 
que convendrá tomar otra y sera necesario mudar consejo en tal 
caso o según el tiempo y los subcesos con parecer de las personas 
mas principales que fueren en el navio haréis que parezca que mas 
convenga al servicio de dios y de su magestad como quien tiene la 
cosa presente. 

XXVI. Yten porque como sabéis todos estamos subjetos a la 
muerte y otras desgracias si dios fuere servido de os llevar antes de 
aver acabado el dicho viaje nombrareis en vuestro lugar la perso- 
na que os pareciere mas conviniente al qual mandareis que prosiga 
el dicho descubrimiento y haga lo que a vos va cometido a la qual 
persona que asi por vos fuere nombrada mando sea tenido y obe- 
descido por capitán del dicho navio y gente ni mas ni menos que 
vos y el ynviolablemente guarde lo concordado en esta ynstrucion 
como si a el fuera dirigida. Lo qual todo haréis con la diligencia y 
fidelidad que de vuestra persona se confia. Fecho en mexico a pri- 
mero dia del mes de hebrero de mili e quinientos e setenta y dos 
años. D. Martin Enrriquez. — Por mandado de su excelencia Joan 
de la Cueva. 

Sacóse del libro de la Gobernación donde esta asentado y co- 
rregido. 

Joan de la Cueva. (Rubricado.) 



APÉNDICE C 



Copia de una carta de Fray Martín de Rada, provincial de los agus- 
tinos, al Virrey de Nueva España, en que describe los países de 
China. 



ARCHIVO DK Indias.— Pat. 1-1-24, núm. 22. 



«Tratan aquí los chinos del pueblo de Chianchiu y de Hochiu y 
seg-un su parecer es gente mas domestica digo de los chinos y hu- 
milde y de mas razón tienen las casas de cal y canto y de ladrillo 
las ciudades muradas y Artilleria y según la Relación de un chino 
principal llamado Qanco que tuve yo en mi casa de Qubu casi me- 
dio año sera el Reyno de la china el mayor del mundo porque ocu- 
pa desde la costa que corre Hazia el ñor nordeste setecientas leguas 
y tiene de travesía desde la costa asta los fines della quatro o cinco 
meses de camino y alia confina con la gran tartaria y tienen una 
muralla bravísima que diuide sus términos de los de los tártaros la 
qual ai su cuenta tiene de largo mil leguas grandes que parece yn- 
creyble digo leguas grandes por que las que llaman ellos phout lla- 
mo yo legua porque dizen que un phout haze diez diis y un dii es dos 
vozes quanto se oye la voz en tierra llana de suerte que su legua 
sera veinte vozes y dizen que en sus caminos reales y calgadas en 
cada dii de camino tienen levantada una piedra con la señal del 
numero de diis que sean andado. Tiene el Reyno en la china quin- 
se provincias treze que llaman pouchiu y la de paquin y la de lan- 
quiaa. La de paquin es la corte donde Reside El rey ya de lanquiaa 
es de su hermano. Las demás son governadas por visorreyes que 
llaman Pouchinsi y cada uno dellos Reside en la ciudad mas prin- 



— 457 — 

cipal de su provincia y pone otros ocho tenientes en ocho ciudades 
de su virreynado y cada uno destos tenientes pone diez governado- 
res en dies pueblos sujetos a su ciudad los quales también son pue- 
blos grandes y tienen sujetas muchas aldeas que cada una dellas 
terna de Juridicion diez o doze leguas. Dizen ser tierra pobladisi- 
ma y tan Avasallados que pasando por alguna Calle qualquier go- 
vernador todos los de la calle Aun mucho antes que llegue se arri- 
man alas paredes y le hazen gran humillación y nadie le habla 
sino es de Rodillas y los ojos bajos todos an de tener officio no es 
nadie governador ni soldado de guarnición en qualquiera de las 
ciudades y solos estos pueden traer armas los demás ni aun tener- 
las en sus Casas y así es la gente mas vil para la guerra que Ay en 
el mundo aunque pelean a cavallo y a pie pero el de cavallo no 
lleua espuelas y para pelear suelta las riendas y pelea Ados ma- 
nos. No dura un officio destos mas de tres años y cada año les em- 
bia el Rey un visitador. Esto y otras cosillas se supieron por la Re- 
lación de aquel chino que hasta que se vean no se puedan tener 
por ciertas. 

Quisimos en un navio dellos embiar alia un par de Religiosos 
por que los mismos chinos se ofrecían a ello pero nunca quiso el 
governador sino fuese o por mandado del Rey o de V. E, dixome 
que avia embiado a pedir licencia al governador de Chionchiu para 
embiar alia el año que viene un par de hombres a tratar con elde 
lapaz y contratación no se que respuesta dará a V. E. suplico em- 
bie a mandar que si pudiese ser se embien alia un par de Religio- 
sos porque demás de que podra ser se abra una gran puerta al 
Evangelio y servicio de nuestro señor servirá también de que tene- 
mos alia verdadera notig-ia de lo que ay y ellos declararan a los 
chinos la grandeza de nuestro Rey les darán a entender la obliga- 
ción que tienen a servir a su Magestad pues a su costa y mincion 
les embia ministros que les enseñen y aunque no fuese mas de ser- 
vir de lenguas y que se pudiese contratar con ellos no seria poco 
importante suyda y para ello si ami me lo mandasen lo ternia por 
particular merced y lo Aria de muy buena voluntad.» 

Manila 1.° de Julio de 1572. 



APÉNDICE D 



Carta de Fr. Francisco Ortega, fecha en Manila, 
en que se describen las islas Filipinas. 



Archivo de Indias —Pat. 1-1-2-24, núm. 27. 



La parte de este documento concerniente á la China dice así: 
«El biaje del descubrimiento de la China no bino en execu9Íon por- 
que ffalto el gobernador Don miguel lopez de legaspi que hera muy 
obediente a los mandatos de su Magestad y de V. Excelencia des- 
pués de su muerte hubo poca voluntad en el que lo abia de mandar 
hazer porque el y otros capitanes lo procuraron estorbar desde el 
principio y asi dieron sus pareceres en contrario para que no se hi- 
ziese y con todo eso tenia determinado el gobernador que este en 
gloria de cumplir lo que V. E. enbiaba a mandar subgedio después 
de sus dias arribar los navios que yban a esa tierra y como llego a 
^ubu el navio Santiago sin xargia ni aparejos tomaron por ocasión 
de desconponer y desabiar un navio para abiar otro y asi le quita- 
ron lo que abia menester para el viage de la china y aunque esta 
ocasión no se offreciera entiendo que no se effectuara por la poca 
voluntad que en el gobernador abia acerca desto creo Escabiran 
largo a V. Excelencia lo que yo se decir con lo poco que entiendo 
y según dicen los que están sinpasion que hera cosa acertada Y ne- 
gocio Muy importante del qual podia redundar gran servicio a nues- 
tro Señor y a S. M. y provecho a su Real hacienda y ahumento de 
su Real estado y esto haciéndose licita y Xpiana mente como su Ma- 
gostad quiere y manda y Vuestra Excelencia en su Real nombre y 
entiendo que se effectuara el viage me abia mandado nuestro Padre 
Provicial que fuera con la gente que abia de yr al descubrimiento e 



— 459 — 

yo aunque el viage es yncierto y los peligros y travajos ciertos por 
serbir a nuestro señor y a mi rey y a Vuestra Excelencia me abia 
ofrecido atravajo y ffuera con grande voluntad y propuesto lo dicho 
de nuevo me offresco a yr en la jornada si V. E. lo rrecive en ser- 
vicio y me lo envia amandar siendo la Voluntad de V. E. que se 
prosiga y siéndola es necesario traer en en tostones de alia dos o tres 
mil pesos y que de aqui se lleben Cincuenta quintales de cosa y otros 
tantos de algodón que son los Rescates que alli mas valen y tanbien 
me parece seria muy acertado que ffuesen dos navios en conserva 
porque si al uno sub^ediese alguna desgracia como suele acaecer en 
la mar se pudiese la gente guarecer y salvar en el otrode mas que 
irian mas seguros de enemigos si algunos les quiziese hacer mal. Y 
siendo la voluntad de vuestra excérénciay pareciendole ser acertada 
yr dos navios podrían yr los dos Santiago y el espíritu santo los 
cuales trayendo de esa tierra lo necesario de velas y xar9ias y apa- 
rejos se podrían muy bien en esta tierra aderezar de carpintería y 
calaffateria y hacer un bergantín o pinaga para el viage hasta que 
se diese la buelta para esa tierra y V. E. trate halla con los pilotos 
si se podría yr a la Ysla de cauchill haciéndose el viage por que 
es cosa ynportantisima y yr a descubrir y beraquella ysla por ser 
muy Rica según ffama y de mucho trato de la qual según dizen sale 
tanta pimienta como clavo del MalucoEsta muy cerca de la china 
y desian y no creo muy lexos de burney en aquella ysla Tiene el 
Rey de la china un gobernador y gente de gobernación empero según 
la gente que es 300 soldados Españoles pueden acometer a 20 mil o 
treinta mil dellos dizen que alli ay caballos y elefantes y ques muy 
abundante y muy principal ysla Attento a esto vuestra excelencia 
bea y mande lo que mas conviniere al servicio de su magestad y de 
dios nuestro señor el qual la excelente persona de V. E. guarde por 
muchos años en su santo servicio con aumento destado para bien 
desa tierra y conservación y aumento desta y después de esta vida 
le de la eterna y perdurable amenDesta ciudad de manila a 6 de 
junio de 1573 años. 

Muy Excelente Señor 

B. A. V. Ex. las M°s su yndigno capellán y orador. 

Fray Francisco de Ortega. (Rubricado.) 



APÉNDICE E 



Información dada en Méjico por Andrés de Mirandaola. 



ARCHIVO DE Indias.— Pat. 1-1-24, núm. 12. 



De la tierra fflrme Are Eelacion con forme la que yo e tenido y 
e podido aver de los naturales della asi de los que estavan en Ma- 
nila como délos que an benido ala contratación de la ciudad de 
Manila ala tierra fflrme de donde bienen los Navios que an venido 
adonde están poblados los españoles ay a lo que sea entendido has- 
ta dozientas leguas y antes menos que mas. Los pueblos y fortale- 
zas que ay en la costa de donde an venido estos navios hasta can- 
tón son Ocau que esta en un Rio tiene una fortaleza y en ella cierta 
cantidad de gente de guarnigion que esto no lo pude saver dellos 
tiene ala boca del Rio unas ysletas y baxios esta otra fortaleza y 
pueblo adelante en la costa obra de catorze leguas en una baya pe- 
queña que tiene por nombre Ocaa están fronterode la baya unas 
ysletas que se parece en despobladas. Adelante en la costa obra de 
diez leguas ay otro Rio y en el esta un pueblo y fortaleza que tiene 
por nombre Sin-hua adelante en la costa obra de doze leguas esta 
otro Rio grande muy caudaloso que alo que se entiende este Rio y 
el de la 9iudad de cantón se juntan aqui esta un pueblo y fortaleza 
que an por nombre 9UÍ9ÍU de aqui se ha entendido que salen los 
navios que han venido a Manila y otras que van a bindoro y bala- 
yan y elin. Adelante en la costa esta una baya grande que tiene a 
la boca muchas ysletas y una tiene por nombre Aniu dentro de la 



— 461 — 

baya esta una fuer9a y un pueblo que tiene por nombre AiQum 
está mas adentro della un Rio muy caudaloso que van Por el acan- 
ton dentro del qual obra de dos leguas está otra ffuerQa y pueblo 
que tienen por nombre (J!ionÍ9Íu asi mismo son los navios que salen 
ala contratación de aqui por que según entendí de los naturales 
que esta era una gran provincia y que en ella avia gran contrata- 
9Íon esta en la costa Adelante obra de diez leguas un Rio caudalo- 
so dentro del qual esta una fuerca y un pueblo que a por nombre 
Tu9iu frontero deste Rio esta una ysleta que a por nombre Ca mao. 
Adelante obra de catorze leguas esta el Rio grande de Cantón don- 
de se tiene notÍ9Ía que esta una fuer9a grande y en ella gente de 
guarnÍ9Íon a lo que entendí están de hordinario seycientos o sete- 
cyentos soldados que estos son los que guardan la fuer9a y su capi- 
tán y el governador de la ciudad y provincia de cantón. Frontero 
deste Rio están las ysletas donde los portugueses ban ala contrata- 
ción por que ellos no llegan ni les consienten llegar a cantón. Tie- 
nen por nombre estas ysletas tamquian ques la primera yendo a en- 
trar en el Rio y luego adonde están los portugueses en sus navios 
ques tierra de la ysletas que tanpoco tienen ffuerca alguna de ca- 
sas ni fuer9a ni otra cosa sino que aquello les sirve de puerto para 
sus navios y en ellos se están. Tienen por nombre en donde, están 
Quiao de Cantón hasta donde esta el Rey de la china ques la ciu- 
dad de paquin ay según dizen que ha menester caminar un año 
por tierra y todo el camino poblado. Las ciudades y provincias 
mayores que están en el camino son chincheo, cantun, ninipon, 
mechiu, yuam, huechiu, sisuan, conceonan, nanquín, paquin, que 
es donde está la corte y el Rey. Ay otras provincias que son estas 
sachin, Ilutan, 9encai llamóse el rey pasado que abra dos años que 
murió Outie y su hijo que le subcedio tiene por nombre Hayal, esse 
a echo perdón general a todos los que estavan ffuera de sus tierras 
y naturales y que se buelvan a sus naturalezas libremente en vida 
de su padre y antes era ley que el que dentro de un año no bol- 
viese a su natural fuese condenado a muerte y los bienes confisca- 
dos para los gastos de la justizia que asi esta ley mando que no se 
guardase en quatro años dentro de los quales se pudiesen bolver li- 
bremente los que quisiesen a sus naturalezas, y ansí se han buelto al- 
gunos de los convertidos a nuestra santa ffe que estavan en la ciudad 



— 462 — 

de Manila con sus hijos y mujeres. El padre fray Agustín de Albu- 
querque que es la persona que entiende en la conversión de los chi- 
nos quiso ogaño yr a la tierra ffirme con estos cristianos y con los 
tratantes que vinieron al puerto de manila y según parezio no hubo 
lugar para poder pasar alia y la causa porque según se entendió 
ffue porque ay ley constituida que ningún genero de persona es- 
trangera pueda entrar en la tierra firme so pena de la vida y la 
misma pena tiene los que los llevaren a cuya causa no osaron lle- 
varle. La fertilidad y abundancia y riquezas y curiosidades de la 
tierra no sera nezessario hazer aqui Relación pues la notoriedad 
que ay acerca desto desde abinicio todas las cosas que tiene la 
europa le falta paños y terciopelos de todos lo demás es mas abun- 
dante así de los bastimentos como de otras cosas particulares y cu- 
riosidades. Que es fecha en la ciudad de mexico a VIII de enero de 
mili e quinientos e setenta y quatro años. 



APÉNDICE F 



Informe de Juan Bautista Gessio. 

ARCHIVO DE Indias.— Pat. 1-1-2-24, núm. 43. 

S. C. R. M. 

«Otras muchas veces tengo dado relación muy menudamente 
a V. M. de la qualidad y importancia de la yslas Philipinas, lo 
mucho en que se deven tener y considerar y quanto importa al ser- 
vicio de V. M. augmento y grandeva de la corona Real la población y 
assoluto dominio dellas y la conquista de las otras yslas del Ponien- 
te y dicho como con que medios y diligencia se deve proceder y 
de cuanto prejuyzio sea la dilación, ahora no es menester replicarlo 
de nuebo, sino prosiguiendo en la affeccion que yo tengo a su real 
servicio darle aviso como a mi noticia ha venido que en franela por 
la costa de Bretaña se están armando con gran priessa en differen- 
tes partes beynte navios de alto bordo sobre de los quales van dos 
mil y quinientos hombres con munÍ9Íones y vastimentos por dos 
años los quales navios los mandan armar differentes personas prin- 
cipales y cabe9a dellos es un Bretón llamado la Rochia, parece se- 
gún el preparamiento, y según se dize que quieren emprender 
grande empresa y hazer largo camino y por esto aviso a V. M. que 
fuera Bien se mandase poner buen reguardo y cautela en las tie- 
rras que pudiessen recebir algún danno desta armada y causar al- 
gún grave prejuyzio y también que V. M. escribiesse a su embaxa- 
dor en franela que se enforme muy diligentemente desta armada, 



— 464 — 

del deseño que tiene y derrota piensa levar, porque si es asi como 
se entiende que leva la derrota del estrecho para el discopripiento 
de la china y yslas de aquella mar se deve considerar de quanto 
gran daño y prejuyzio seria ala pretensión de V. M. y augmento 
de la Corona real si estos hombres pusiessen el pie en aquellas yslas 
y tierra y quan difícilmente se pudieran sacar dellas, y lo e sem- 
ple de la florida deve hagernos avisados que con ser tan cerca de 
españa y poderse hacer mejor provisión costo y se trabajo tanto a 
poderse cobrar. Nuestro señor encamine V. M. a lo que le es mas 
servicio En Madrid a 14 de abril de 1578. 

Besa humildemente los pies de V. M. su fidelissimo y diligentis- 
simo servidor y criado 

Juan Bautista Gessi. (Rubricado.) 



APÉNDICE G 



ARCHIVO DE INDIAS.— Pat. 1-1 2-24, núm. 52. 



El Rey D. phelippe por la gracia de Dios Rey de España, de ña- 
póles, Sicilia, Hyerusalem &: Indias Islas y tierra firme del mar 
Océano Archiduque de Austria duque de Borgoña de bravante y 
milan & conde de Habsburgo de Flandes y de Tirol & — A vos el po- 
deroso y muy estimado Rey de la China Como aquel a quien desea- 
mos el Berdadero y entero bien salud y prosperidad con acres- 
9entamiento de buenos deseos haviendo entendido por aviso de mis 
governadores de las yslas philippinas y rrelacion de algunos reli- 
giosos que dellas han venido la prudencia y justicia con que gober- 
náis ese gran reyno y el buen acogimiento y tratamyento que 
vuestros vasallos han hecho a los nuestros en los puertos y lugares 
donde han llegado y olgado mucho de lo uno y de lo otro os lo he 
querido significar y agradecer por esta y creedme sera muy agra- 
dable nuestra amistad y comunicación encaminándola principal- 
mente a la gloria y honrra del berdadero Dios creador del cielo y 
de la tierra y de todas las creaturas del mundo vissibles e ynvisi- 
bles salvador y glorificador de los hombres que con verdadero co- 
nocimiento creen en el y obedezen su santa ley declarada por su 
palabra confirmada con sus divinas señales al qual los christianos 
adoramos y reberenciamos y esperamos del nuestra salvación y el 
llamamiento de todas las otras gentes a la luz de su verdad como 
os la darán a entender en particular los rreligiosos de la orden de 
Sant Agustín que esta llevan de quien seréis ynformado de la ley 

30 



— 466 — 

evangélica y cossas de nuestra santa fee católica romana y del ver- 
dadero camino de la salvación de las almas, muy afectuosamente 
os ruego los oyais y creáis entodo lo que cerca desto os dixeren que 
por sin duda tengo que haviendo vos rescevido de mano del mismo 
Dios tantos beneficios y mercedes y aviendoos dotado de tan buen 
juicio y entendimiento conoscereis que os enbio el bien y Riqueza 
del cielo que por este medio ganareis en cuyo respecto es nada toda 
la grandeza y monarchia de la Tierra y seguir sea de aqui hazer 
estable nuestra amistad y la de nuestros subcesores y subditos y 
creed que es en esta parte tan 9Íncero y piadoso mi deseo que esti- 
mare en mas ser ynstrumento de vuestra salbacion y de la de vues- 
tros basallos que ninguna otra cosa de las mas pregiadas del mun- 
do y assi os pido y ruego encarecidamente rescivais y oygais be- 
nignamente a estos rreligiosos que como ministros de Dios que es el 
que da y quita los rreinos os instruyan en lo que para yr a el haveis 
de hazer y creáis lo que de mi parte os dixeren con la voluntad 
que os ynvio algunas cosas de las que ay y se usan en estos mis 
Reynos por siniñcacion de la buena amistad que con vos tengo in- 
tención de conservarla Poderoso y muy amado Rey Dios nuestro 
señor os alumbre con su gracia y con ella tenga vuestra persona y 
Real estado en su continua guarda. De Badajoz a onze de Junio de 
mili y quinientos y ochenta años. 

Yo EL Rey. 

Matheo Vázquez. 



APÉNDICE H 



Archivo de Indias.— Pat. 1-1-2-25, núm. 3. 



Memoria de las cossas que su Magestad puede embiar 
AL Rey de Taybin. 



Reloxes para el Rey y sus Governadores. 
Un par de Camas de diversos colores. 
Media dozena de Arneses gravados. 
Algunos aderecos de espadas y dagas. 
Tablas de retratos y especialmente el de su magestad. 
Un par de bestidos de los de S. M. para el Rey. 
Algunos jaeces de Cavallos y almártagas. 
Piezas de Grana colorada fina. 
Piezas de sedas de labores. 

Guadamecíes de diferentes labores y colores dorados. 
Doze y cuatro ante puertas. 
Sillas de seda de caderas de diferentes colores. 
Espejos de cristal que sean grandes. 
Piezas de olanda fina. 

Quatro pipas de buen bino en botijas dos dozenas, de lo uno y 
otras dos de lo otro. 
Gorras y sombreros. 

Borzeguies de lazo de diversas colores y labores. 
Una caxa de bidros de venecia. 
Cossa de Pluma Curiosas. 



— 468 



Las cosas que se quitaron de la memoria que se dio del presen- 
te QUE se pidió por PARTE DE FRY. JOAN GONZALEZ DE MeNDOCA 

de la orden DE San Agustín, para llevar al rey de la chi- 
na son: 

Arneses gravados. 

Aderegos de espadas y dagas. 

Dos pares de vestidos de S. M, (dixo que fueren de colores como 
al fraile paresciere.) 

En cuyo lugar se piden y supplican las siguientes: 

Un par de Ropas de levantar a nuestra hechura con buenos afo- 
rros. (Al margen está decretado «lo que abaxo se dize»; y abajo se 
lee: «las ropas de levantar una de damasco amarillo forrada en felpa 
amarilla, otra de damasco verde forrada en felpa verde, otra de 
damasco carmesí forrada en felpa carmesí y otra de damasco azul 
forrada en felpa azul todas con sus alamares de oro».) 

Tantos cavallos como jaeces van en el presente encubertados y 
en las cubiertas las armas de su magestad. (Al margen decretado: 
«en México».) 

Do9e aleones de nueva españa. (Al margen: «alli».) 

Seis acémilas en que vayan los cofres del presente con sus cu- 
biertas y paños de tercio pelo carmesí y en ellos las armas reales. 
(Al margen: «aqui».) 



EeLACION de la forma que han de YR los vestidos QÜEL PADRE 

FRAY Joan Gonqalez de MENDogA pide. 

Unas calQas de tercio pelo encarnado compestañas de Easo de la 
misma color y cadenillas y entorchados de oro y plata de la mejor 
hechura y mas curiosa que Pareciere, forros de tela de oro y aeul 
prensados con sus medias de seda y 9apatos de terciopelo de la 
misma color. 



— 469 — 

Un jubón de tela de oro y morado de milan con sus trencillas 
de oro por las costuras. 

Una cuera de Raso encarnado y prensado Guarnecida de oro y 
plata de la mesma suerte que fueren las caigas forradas en tafetán 
con sus botones de oro o de cristal y oro. 

Un capotillo de Raso morado prensado g-uarnegido de terciope- 
lo de la misma color y pestañas del mismo Raso y con trencillas y 
cadenetas y entorchados de oro y plata de la hechura mas curiosa 
que pareciere forrado en tela de plata con botones de oro o de cris- 
tal y oro y el cabezón del capotillo sembrado dellos y los braho- 
nes, mangas y delanteras. 

Gorra de terciopelo negro con plumas encarnadas y blancas y 
toquilla guarnecida de unos camapheos y cadenillas de oro y me- 
dalla de lo mismo. 

Otras caigas de terciopelo amarillo guarnecidas con plata y 
pestañas de raso de diferente hechura que las otras, forros de plata 
y verde prensados medias de seda y gapatos de la misma color. 

Jubón de Raso amarillo pespunteado y acuchillado. 

Cuera de ámbar compasamanos ricos de oro y plata y botones 
de oro o de christal y oro forrada en tafetán amarillo. 

^apa de Raja Guarnecida muy curiosamente de terciopelo negro 
con pestañas de Raso y entorchados y cadenetas de seda de la mesma 
color con sus fajas de raso de la mesma color raspadas y picadas. 



Memoria de las cosas que su Magestad puede embiar 
AL Rey de Thatbin. 

Aqui. Reloges para el Rey y sus governadores VIII 

(quatro grandes de asiento y quatro pequeños para 

el pecho). 
Aqui Un par de Camas de diversos colores III 

(tres, una de carmesí con goteras de brocalle, otra de 

verde y oro y otra anaranjada y 
en Sevilla azul turquesado). 



— 470 — 

ojo. media dozena de arneses gravados (1). 

ojo. algunos aderegos de espadas y dagas (2). 

aquí. Tablas de Retratos y especialmente el de S. M. (y dos 

imágenes de nuestro señor). Adelante Donde está esta 
llamada se lee «Aqui. un Crucifijo de estatura de un 
hombre y una imagen de nuestra señora de estatura 
de una muger. 

Aqui. El retrato del Emperador que tiene hecho. 

aqui. Un retrato de la reyna nuestra señora.» 

ojo. (escrivase sobre esto) Un par de bestidos de los de su 

magestad para el rey (3). 

Cordova y Sevilla. Algunos jaeces de cavallos y almártagas. . VI. 

Sevilla. Pie9as de Grana colorada fina VI. 

Sevilla. Piezas de seda de labores (carmesí, verde naranjado, 
azul, negro y pardo) VI. 

Córdoba y sevilIa. Guadamecíes de diferentes labores y colores. 

Al margen: «dorados si los ay de diferentes colores quedallos. XII. 

Sevilla. Sillas de seda de caderas den diferentes colores. XII. 

Sevilla. Espejos grandes de christal XII. 

Sevilla. Pie9as de olanda fina VI. 

Sevilla. quatro pipas de buen bino en botijas (dos dozenas de lo 
uno y otras dos de lo otro) XXIIII, 

Sevilla. Gorras ysombreros(dos dozenas decadacosa). XXIIII. 

Córdoba y Sevilla. Borceguíes de lago de diversos colores y labo- 
res XXIIII. 

Sevilla. Una caxa de bidrios de Venecia. 

Nueva España. Cossas de Pluma curiosas. 

Sevilla. Una dozena de apiñes de terciopelo diferenciados según 

las sielas (?) XII. 

Una dozena de espadas y dagas doradas. 

Sevilla. Tres Ropas largas una de terciopelo carmesí y otra ver- 
de y otra parda con sus franjones de oro y alama- 
res (4). 

(1) y (2) Estas líneas están tachadas, 

(3) Este renglón está tachado. 

(4) Todas estas anotaciones que van en el lado izquierdo del ^docu- 
mento son de otra mano. 



APÉNDICE I 



ARCHIVO DE INDIAS.— Pat. 11 2-24, núm. 54. 



Don phelippe por la Gracia de Dios Rey de España de Portugal 
de las dos Secilias de hyerusalem de las Yndias yslas y tierra ffir- 
me del mar océano Archiduque de Austria Duque de Borgoña de 
Bravante y milan & Conde de Habspurg de Flandes y del tirol &. 

A vos el Poderoso y muy estimado Rey de la China como aquel 
a quien deseamos el Berdadero y entero bien salud y prosperidad 
con acrecentamiento de buenos deseos es tan sobre natural el amor 
que Xpo. nuestro señor tiene a sus criaturas que haviendo ya pa- 
descido por ellas muerte y pasión y hecholes tantos y tan grandes 
beneficios solo quiere dellas el cumplimiento de sus divinos precep- 
tos el premio que les promete es darles la gloria y descanso eterno 
Acavado el limitado trabajoso y miserable tiempo desta vida y 
tanto mas sera el descanso y grado de gloria alia cuanto mas nos 
huvieremos aventaxado acá enel amor y servicio suyo y asi todos 
los sanctos que tenemos en le divino catalogo y alian gozan de aque- 
llos bienes eternos y agora son nuestros intercesores, merecieron la 
gloria que tienen mediante la pasión del mismo Dios y por sus 
sanctos obras y entre ellos hay muchos que movidos con divina 
inspiración instituyeron las religiones para que con recogimien- 
to y Clausura los hombres que quisieren darse a la contemplación 
de las cosas celestiales y a la predicación del Evangelio estubie- 
sen en quietud y reposo libres de los movimientos y desasosiego 
del mundo y destos fue uno el Glorioso Doctor Sn. Augustin, de 



— 472 — 

cuya orden embiamos algunos Religiosos con la carta nuestra que 
ya abréis rescebido y aunque son tales como de su Doctrina y obras 
entenderéis ay otros muchos de diferentes ordenes que resplande- 
cen en esta iglesia militante y la adornan con su exemplo y entre 
ellos son dignos de gran beneracion los desalaos de la orden del 
Seráfico Padre Sn Francisco que menos preciando las cossas mun- 
danas biben sin tener cosa Propia los quales con deseo de ayudar 
a la conbersion y ensañamiento vuestro y de los naturales dése 
rreyno se an ofrescido a tan largo y travajoso camino para que el 
nombre verdadero dios criador de todas las cosas sea en todas par- 
tes conoscido y alabado y sus criaturas gocen de sus fabores y di- 
bina gracia y con el estandarte y bandera de la Cruz y con ynten- 
to verdadera determinación de morir por ella ban a entender en 
ello y bisto que no se mueven no solamente los cora9ones pero las 
ojas de los arboles sin la voluntad del verdadero dios y entendien- 
do que del les biene este ferbiente caritativo y piadoso deseo ave- 
nios querido condecender con el y acompañarlos con esta carta y 
ansi afetuosamente poderoso rey os rruego y encargo que miréis 
por estos religiosos y los faborezcais y ayudéis oyendo atentamen- 
te lo que os dixeren que sin dubda es dichoso el tiempo de vuestro 
reyno y Dios os ama pues a querido poneros tan en las manos poder 
yr al reyno del cielo quando se acabe el momentáneo y perecedero 
dcste mundo lo qual se espera mirareis mucho como cossa que tanto 
importa para poder go^ar de tan grande veneficio Poderoso y muy 
estimado Rey Dios nuestro señor os alumbre con su gracia y con 
ella tenga vuestra persona y rreal estado en su continua guarda. 
De Santaren a cinco de junio de mili y quinientos y ochenta y un 
años 

Yo EL Rey. Antonio de Eraso señalado de los del consejo. 



EL PATRONATO 

DB 

LA VIRGEN DE LA ANTIGUA 

EN LOS DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS 

DE LOS ESPAÑOLES EN EL NUEVO MUNDO 

POR EL PRESBÍTERO 

DON MANUFX SERRANO Y ORTEGA 



Auras de historia sevillana llegan á nosotros en estos días con- 
sagrados á celebrar el IV Centenario del descubrimiento del mar 
Océano Pacífico por el intrépido Vasco Núñez de Balboa; auras re- 
frigerantes de nuestra casi olvidada historia y seculares tradicio- 
nes se percibían en la solemne sesión inaugural de la Exposición de 
Documentos para la Historia de nuestras Indias; sesión inolvidable, 
memorabilísima, que al par de la gran importancia que para la his- 
toria patria tenía, ofreció una nota de marcado sabor local sevilla- 
no, de simpatía para nuestras legendarias tradiciones, que llenaba 
de satisfacción y gozo oir cantar ensalzando las glorias de nues- 
tra Virgen de la Antigua, pareciéndonos como suave aire de fron- 
da que hasta allí llegaba trayéndonos recuerdos dulcísimos, remem- 
branzas y memorias indelebles de pasadas edades. 

Por eso cuando en esa gran solemnidad histórica se enaltecía á 
esta muy noble y muy leal ciudad de Sevilla; cuando por labios de 
sabios y elocuentes oradores era evocada la memoria, la gratísima 
memoria de la popular Virgen de la Antigua; al escuchar evoca- 



— 474 — 

ción tan dulce y risueña, parecíanos ver y contemplar el esbozo es- 
fumado de la bendita imagen como flotando sobre las quillas de las 
naos, sobre las entenas de las velas latinas de los barcos de nues- 
tros navegantes y descubridores, que llevábanla siempre impresa y 
grabada en sus corazones. 

Y servía de legítimo orgullo a esta ciudad escuchar de labios 
tan autorizados como los del sabio Presidente de la Real Academia 
de la Historia, frases tan encomiásticas y elogios tan subidos, enal- 
teciendo la grata memoria de esta efigie en sus relaciones con nues- 
tros grandes navegantes y geógrafos, y de los propios del repre- 
sentante del Gobierno de la nación, aseverar que Sevilla, sólo á tí- 
tulo de poseer imagen de tanta historia é importancia para el acon- 
tecimiento que se celebraba, era merecedora, si á más no tuviera 
otros, para la distinción que se le hacía en la celebración de estos 
actos que en ella hoy se realizan en honor del gran español Vasco 
Núñez de Balboa. 

Y por ello creemos que el cuarto centenario de la colosal empre- 
sa acometida por este héroe constituye, con sus solemnidades. Ex- 
posición y Congreso de sabios y hombres de letras para el progreso 
de las Ciencias y desenvolvimiento de la Historia, al par que justo 
y debido homenaje al genio español por su acometividad y destre- 
za realizando acciones nobilísimas y heroicas, nueva página de la 
historia sevillana, viniendo á rememorar lo que para dicho glorioso 
acontecimiento fué y significa su histórica Virgen del Antigua, re- 
verdeciendo, digámoslo así, sus sacros laureles, las páginas áureas 
de su interesantísima historia á través de los siglos, en la formación 
de la patria española, lo mismo en la Península que allende las 
aguas del Océano en la constitución de los pueblos de las occiden- 
tales Indias, 

¡Virgen del Antigua, maravillosa Virgen del Antigua, la Vir- 
gen de nuestra tradición visigótica, de tan subida importancia ar- 
tística que así como refleja en su belleza pictórica la manera bizan- 
tina, también van como vinculados en ella todos los rasgos de la 
oriental liturgia que aportara un día el gran Leandro, nuestro San- 
to Arzobispo, del destierro que le llevara á tierras de Constantino- 
pla, restando destellos de ella aún en nuestro suntuoso y original 
culto catedralicio! 



— 475 — 

¡Virgen del Antigua de la Ix-bilia sarracena, la Virgen sevilla- 
na por antonomasia, por su origen y por su época; Virgen tutelar 
de esta ciudad desde el período del cautiverio islamita, venerada 
por nuestros aborígenes de la mozarabía antes del rescate de la 
ciudad!.... 

¡Virgen histórica y tradicional, que durante el asedio de la ciu- 
dad sobre los años de 1248 fuera visitada en su eremitorio mudejá- 
rico por el santo Rey conquistador! ¡Virgen de tanta veneración 
para nuestros antepasados, que al idear la sublime fábrica arqui- 
tectónica de esta Catedral, por respeto y recuerdo á su tradición, 
al construirla en el siglo xv, rompen el trazado de líneas del plano 
de sus capillas para no tocar al santuario primitivo en que se la ve- 
neraba! 

¡Hermosa Virgen sevillana, la primera en rendírsele pleitesía 
por magnates, reyes, príncipes y prelados cuando entran oficial- 
mente en la Basílica hispalense, reconociéndole así con ello su pri- 
macía espiritual y sus legítimos derechos en esta Iglesia! 

¡Virgen del Antigua, dotada espléndidamente por la devoción 
que le profesara la Reina Isabel I de Castilla, egregia patrocinado- 
ra de la gran empresa del descubrimiento del Nuevo Mundo! 

¡Virgen del Antigua, que bajo tu égida y al calor de tu devo- 
ción se procrearan y formaran las cristiandades é iglesias de las di- 
latadas tierras descubiertas, valiéndole por ello á la Iglesia que po- 
see tu santo simulacro, el hermoso título de Patriarcal! 

¡Virgen famosísima, imagen privilegiada con cuyo título de 
Santa María de la Antigua fuera bautizada la primera ciudad 
que se edificara en el nuevo continente descubierto por los espa- 
ñoles! 

¡Virgen del Antigua, á la que asimismo se levantaron á tu nom- 
bre en la misma región, pueblos, templos y altares sin número! 

¡Ciudad de Santa María la Antigua del Darien, que fuiste la base 
y fundamento, el punto de partida en aquellos tan arriesgados pla- 
nes, para que un puñado de valientes, llevando como caudillo al 
esforzado Vasco Núñez de Balboa, acometieran la colosal empresa 
del descubrimiento del mar del Sur, ú Océano Pacífico! 



— 476 — 



II 



Mas la tradicional é histórica imagen y devoción del Antigua 
no es ya sólo peculiar y nota culminante de la ciudad de Sevilla: 
es de más universal carácter: su nombre, su espíritu, traspasa los mu- 
ros de esta población: trasciende á regiones extrañas al Andalucía: 
es una tradición netamente española muy anterior á la época á que 
pertenece el acontecimiento que hoy se conmemora. Y es que dada 
la importancia que adquiriera la ciudad de Sevilla, desde el período 
de su reconquista, dado el principalísimo papel que tuvo y desem- 
peñó en la primitiva Monarquía castellana, pues no hay duda que 
desde esta época fuera su ciudad más importante por su situación 
geográfica, riqueza y tradiciones, con ello la veneradísima imagen 
mural mozarábiga, de tan interesante y trascendental historia, 
viene á ejercer la hegemonía espiritual de todos sus dominios, por 
la gran devoción que se le profesaba. 

Y de tal suerte es esto así, si de ello se dudara, que véase su 
poderosa influencia para crearse y erigirse (1) bajo su égida y nom- 
bre una Orden de caballeros, la primera fundada con tal carácter 
en la Castellana Monarquía, con el título y denominación de Orden 
de la Jarra y Azucena, simbolismo de la bellísima efigie de la An- 
tigua, que tal instituye, realiza y crea un egregio Príncipe, lleva- 
do de su amor á ella, el Infante D, Fernando de Antequera, nieto 
de Fernando el Santo, luego Rey de Aragón con el nombre de Fer- 
nando I: tal es el fundador de la Orden erigida en loor de la se- 
villana Virgen del Antigua, verificada el año 1403 en la ciudad de 
Medina del Campo, donde le levanta templo de igual advocación; 
institución perfecta con todas las leyes de las Ordenes de Caballe- 
ría, adoptando sus miembros como distintivo un collar de jarras 
y azucenas, de donde luego le toma la Catedral hispalense para 
blasón suyo. 

Y el nombre de la imagen del Antigua se hace popularísimo por 
toda la Península: en Valencia y Aragón, en Cataluña y Galicia, y 



(1) Jerónimo de Zurita, Anales, 



— 477 — 

en Toledo, Segovia y Avila; en El Escorial, como en Monforte de Le- 
mus; en Badajoz, en Jerez de los Caballeros, en Medinasidonia, 
Carmona, Osuna, Ecija, Utrera, Jerez de la Frontera, Moguer, Ara- 
cena, Sanlúcar la Mayor y de Barrameda, Lora del Río; en una pa- 
labra, en los pueblos todos del Arzobispado, encuéntrase su imagen 
en copias pictóricas de mayor ó menor valor artístico, sobresaliendo 
entre ellas la que mandara hacer en el siglo xv el fundador de la 
Universidad hispalense, Maese Rodrigo de Santaella, para su colegio, 
así como la copia que se conserva en la Capilla de estos Reales Al- 
cázares. 

Y ya no es de extrañar, por lo tanto, que al inaugurarse aquel 
grandioso ciclo histórico de nuestros gloriosos descubrimientos geo- 
gráficos, aparezca radiante, como estrella luminosa, nuestra Virgen 
del Antigua, estrella que le preside y sigue paulatinamente en su 
desarrollo, hasta su conclusión; que la legendaria imagen va íntima- 
mente asociada, puede afirmarse sin temor alguno, á aquel hermoso 
período de nuestro historial patrio que se inicia en el último tercio 
del siglo XV, comprende todo el xvi y corre gran parte del xvii; su 
nombre va unido á todo aquel inmenso movimiento geográfico y co- 
lonizador de nuestros navegantes y descubridores, pues todos ellos, 
héroes y marinos, guerreros y hombres de ciencias, todos desfilan 
ante ella, todos vienen á postrarse ante su bendito altar, y allí reci- 
ben aliento, confianza y alteza de espíritu para acometer las gran- 
des empresas que realizan, llevándola como ideal perenne de inspi- 
ración. 

La Virgen del Antigua es la verdadera Tutelar que protege y 
encarna toda la fe y constancia de aquellos denodados varones; es 
la luz, la fuerza y calor que los lleva á realizar proezas tantas, ideal 
constante que se le verá aparecer en todas y cada una de las etapas 
que forman la epopeya del descubrimiento y colonización del Nuevo 
Mundo, entrañando fuerza espiritual, que así verémoslo demostrado 
en las tres grandes figuras que sintetizan esta titánica obra: Colón, 
Vasco Núñez de Balboa y las conjuntas de Magallanes y Elcano, 
que con las fechas de sus empresas marítimas, 1492,1513 y 1522, 
marcan las respectivas metas de grandiosos acontecimientos mun- 
diales, de tal magnitud geográfica é histórica, que influirán pode- 
rosamente en la vida y marcha de la humanidad, ensanchando con 



— 478 — 

sus portentosas empresas los límites conocidos del planeta, para ex- 
tender y ampliar los horizontes, para propagar la civilización que 
es la luz del Evangelio. 



III 



Porque, en nuestro entender, las diversas etapas que registra el 
ciclo histórico geográfico á que nos referimos, no son ni constituyen 
más que un solo pensamiento, ni envuelven más que una sola idea; 
todos los navegantes, todos los descubridores y geógrafos que le 
forman y le dan vida, imprimiéndole mayor relieve, sólo prosiguen 
un ideal, en cuya prosecución se agitan, integrándose para su logro 
y realización ñnal; pudiendo aseverarse que estos tres personajes 
citados constituyen la base de tan grandiosa epopeya, alrededor de 
la que se desenvuelve la obra parcialmente en diversos períodos, 
mas integrando todos una sola aspiración, la prosecución de un 
solo fin, y precisamente en esta fase, en esta trinidad de genios que 
se sintetizan, vemos lucir, vemos centellear ya, pero con luz muy 
fúlgida, la fe que irradia sobre sus cerebros y sobre sus corazones, 
la Virgen del Antigua, pudiendo afirmarse que esta fe luce y albo- 
rea con los resplandores del primer amanecer que tuvieran los nue- 
vos argonautas al pisar la tierra de las Antillas primero y luego las 
del continente tan ingratamente llamado América. 

Que aquel oscuro marino que un día llegara á Sevilla y se al- 
bergara en el Monasterio de las Cuevas del arrabal de Triana, don- 
de cariñosamente le acogiese el abad Gorricio, para quien traía le- 
tras recomendaticias, también oró ante el altar de la Virgen del 
Antigua en su primitivo santuario cercano á las murallas del Al- 
cázar sevillano; también su alma se alentó allí ante las contra- 
dicciones que surgían para su magno proyecto del descubrimien- 
to; y grabada la llevara en su pecho, invocándola más de una vez 
en su penosa y arriesgada peregrinación por el mar tenebroso á 
través de las inmensidades del Océano, dibujándola en su mente 
al saludarla con su tripulación en la acostumbrada Salve marine- 
ra, elevada en plegaria ingenua y fervorosa á la Estrella de los ma- 
res; que así lo atestigua Colón cuando en el proceso de sus descu- 



— 479 — 

brimientos diera el nombre de Santa María de la Antigua en agra- 
decimiento á la Virgen sevillana y rindiéndole el tributo de su 
afecto y adhesión á la antigua isla, Xaymaca (1). 

Y muy arraigada debía andar en el pecho del primer Almiran- 
te de las Indias occidentales, cuando la inculca y arraiga tan pro- 
fundamente en el alma de su hijo Diego, el cual, apreciando en 
su muy justo valor esta fe, y en rendido homenaje de tan sagra- 
dos sentimientos, muéstralo de la manera más fehaciente en docu- 
mento público y oficial importantísimo, cuando aún no se sabía 
con toda certeza cuál sería el paradero y destino ñnal de los res- 
tos mortales de su padre, no obstante constar y saberse su volun- 
tad expresa en este punto; en tales momentos de dilaciones por 
parte de los que manejabn las cosas de la española Monarquía; 
ante aquella prórroga para dar cumplimiento á la voluntad del 
primer Almirante de Indias, pidiendo un reducido pedazo de tie- 
rra en la isla española para yacer allí, él que tan largos y dilata- 
dos espacios había descubierto para enriquecer la corona de Cas- 
tilla y aumentar sus dominios; su hijo Diego, rememorando en su 
alma esta fe que su padre inculcárale desde los primeros años de 
su vida, y como vislumbrando y presintiendo los anhelos del autor 
de sus días, de los que se estimaba fiel intérprete, en su testamen- 
to, otorgado en el Monasterio de la Cartuja de las Cuevas de Sevi- 
lla, en donde yacieran por espacio de veinte años los restos de Co- 
lón, á donde se trasportaron desde Valladolid á los 16 días de Mar- 
zo de 1509, en el último párrafo de adición á este testamento dice: 
«E por cuanto hasta ahora yo no tengo asignado lugar cierto para 
la perpetua sepultura del cuerpo del almirante mi señor padre, que 
santa gloria haya, ni del mió digo, que mi voluntad seria y es que 
se hiciese una sepultura muy honrada en la Capilla del Antigua en 
la iglesia mayor, de Sevilla encima del postigo que es frontero a 
la sepultura del Cardenal Mendoza y cuando alli no se pudiera ha- 
cer, mando que mis albaceas escojan la iglesia y lugar que mas 
competente fuese para nuestra honra, estado y salud, que allí se 
fabrique y haga la dicha sepultura perpetua dándole perpetua san- 
ta y dotación para ella.» Los albaceas eran el canónigo Luis Fer- 



(1) Gomara, Historia de Indias. 



— 480 — 

nández de Soria, el P. Fr. Gaspar Gorricio, el Adelantado de las 
Indias D. Bartolomé Colón y D. Diego Colón, sus tíos (1), 

Parécenos esta prueba convincente de cuanto decimos para evi- 
denciar esta fe á la Virgen del Antigua por parte del primer des- 
cubridor del Nuevo Mundo; fe que viene como á asentar la base 
y á echar los cimientos del patronato espiritual y religioso de esta 
imagen sobre nuestros descubrimientos geográficos, como se acre- 
dita por los hechos que vamos sentando y que hemos de relatar 
para mayor abundamiento de nuestra tesis, subiendo así de punto 
el conocimiento de lo que sustentamos con documentos, hechos y 
acontecimientos que lo comprueban hasta la saciedad. 

Pero aún hay más; al trasportarse luego los restos de Colón al 
lugar y sitio por él determinado, la Isla Española ó de Santo Do- 
mingo, primera que descubrióse, estos restos mortales habían de 
descansar cerca, muy cerca de la imagen de la Virgen de la An- 
tigua, en la copia que allí llevara, y ediflcárale Capilla de tal nom- 
bre, el trianero Fr. Bartolomé de las Casas, como si velando su sue- 
ño adivinara los deseos del Almirante, que así implantara en las 
primeras tierras descubiertas tal devoción, y con ello quisiera fun- 
damentar y reconocer su patronato. 



Y pasando de 1492 á 1513, como puntos de partida de las distin- 
tas etapas que señalamos y hemos sentado, para determinar el 
arraigo de esta fe de Santa María de la Antigua en nuestros des- 
cubridores y geógrafos, y el incremento progresivo que su patro- 
nato adquiere, llevándola por todos los territorios del nuevo conti- 
nente, entramos de lleno en esta otra etapa cuya fecha conmemo- 
ramos, del gran acontecimiento que da motivo á las solemnidades 
de este Centenario que se festeja, ó sea, el descubrimiento del mar 
del Sur ú Océano Pacífico por Vasco Núñez de Balboa, y en ello 
queda sentada y reconocida la verdad de nuestra tesis, porque, no 



(1) Archivo del Duque de Veragua, Madrid. 



— 481 — 

hay que dudarlo, este grandioso acontecimiento tiene por base la 
primera posesión y colonización del continente del Nuevo Mundo 
en Tierra Firme, en la llamada Castilla del Oro; y esto se ratifica 
levantando, no ya un fuerte ó trinchera militar, sino una pobla- 
ción, una ciudad, perfectamente organizada y dotada de todos los 
medios necesarios para la vida de un pueblo, con autoridades de 
todo género y pública administración; pues bien, tal ciudad se lla- 
mará Santa María de la Antigua; y no denominada así al azar 

ó capricho de algún cacique ó caudillo particular, sino por aclama- 
ción general mediante voto y juramento de hacerlo de este modo 
en homenaje de la imagen de la Catedral de Sevilla (1). 

Con muy mala fortuna se había intentado por alguno de nues- 
tros colonizadores la penetración en el nuevo continente por el 
Uraba ó Darien, como aconteciera en 1509 á Alonso de Ojeda, que 
rechazado y herido por los indios abandona el fuerte que llamó 
de San Sebastián empezado á construir, refugiándose en la Espa- 
ñola; y no les cupo mejor suerte á Diego Nicuesa en su naciente 
colonia de Nombre de Dios, ni al geógrafo sevillano Martín Fer- 
nández Enciso, que juntamente con los suyos sufriera grandes que- 
brantos en el acometimiento de la misma empresa, no obstante 
los medios que para ello disponía; mas ésta estaba reservada para 
ánimos más viriles y esforzados que guiara caudillo más denoda- 
do ostentando sacrosanta bandera. 

Había embarcado en Sevilla, en 1501, el extremeño Vasco Núñez 
de Balboa, no sin antes visitar la tradicional Virgen, según cos- 
tumbre de los navegantes que de este puerto partían, acompañando 
al famoso piloto Juan de la Cosa y á Rodrigo de Bastidas: y arri- 
bando á las costas del Nuevo Mundo, después de recorrer el litoral 
y sufrir peripecias mil, se refugian en la Española, de donde con 
ardid singular logra salir con la expedición que prepara en 1513 el 
Bachiller Enciso, el que no duda, luego de descubierto éste, aceptar 
su cooperación, para continuar la empresa colonizadora en las re- 
feridas costas de Darien; mas la obra era un tanto temeraria, por 
la escasez de hombres disponibles, y donde ya habían fracasado 
otros que habían intentádola; y así, que se temía la derrota, por el 



(1) Herrera, Décadas. 

31 



— 482 — 

número de indios que combatían y la clase de las mortíferas ar- 
mas que usaban, como eran flechas emponzoñadas. 

Mas, Núñez de Balboa arenga al centenar de españoles que van 
á acometer la atrevida empresa, y les obliga con juramento á no 
retroceder, exhortándolos en su fe á la Virgen de la Antigua, á la 
que ofrecen y se obligan por voto luego del vencimiento, levantarle 
una ciudad, y en ella un santuario de su augusto nombre, para que 
así constase ante la Historia y ante la Humanidad, que la primera 
ciudad cristiana que se erigiera en el Nuevo Mundo llevara el nom- 
bre de Santa María la Antigua de Sevilla. 

Y así lo prometen, así lo juran, y enardecidos por la fe de este 
credo, cual los soldados de la legión fulminante ante el signo y es- 
cudo de su Virgen, también vencen; y cual cumplidores de su pro- 
mesa y oferta, así lo ejecutan, recibiendo con ello el nuevo conti- 
nente el solemne bautizo de su patronato, con la fundación de aque- 
lla primitiva colonia de la Antigua y en la que por vez primera ce- 
lébrase en aquellas tierras el santo sacriñcio de la Misa por el 
sacerdote Andrés Vera que acompaña la expedición colonizadora, y 
que también luego se hallará en el solemnísimo momento histórico 
de descubrir el mar del Sur, según consta en el acta que á este efec- 
to se levantara. 

Grande fué la importancia que tuvo esta primera ciudad y colo- 
nia de la provincia del Darien, que su misión no se redujo á la sim- 
ple cindadela ó fuerte, como habíanlo sido antes las ya abandona- 
das de San Sebastián y Nombre de Dios: que Santa María la Anti- 
gua sirvió de centro y base para la colosal empresa luego realizada 
por Núñez de Balboa, que de ella salieron en I.** de Setiembre de 
aquel mismo año de 1513, los 190 hombres que la realizan tras pe- 
nosas fatigas y trabajos, cruzando los Andes, y á ella vuelven victo- 
riosos en 19 de Enero de 1514, después de haber contemplado ató- 
nitos el nuevo mar del Sur ó Pacífico. 

Véase, pues, la gran importancia de la ciudad de la Antigua, 
considerada geográficamente al objeto que indicamos, á más del 
que tuviera como centro de colonización; que en sus alrededores, 
en los surcos de sus campos, se arrojan las semillas de las primeras 
cosechas agrícolas que habían de fructificar y recogerse en aquellas 
regiones, importadas de España: y allí el primer depósito de herra- 



— 483 — 

mientas y útiles para el trabajo que se estableciera: allí las repro'-" 
ducciones primeras de los animales también importados para el la-' 
boreo de los campos, cuyas labores habrán de ser la base del futuro 
progreso y formación de aquellos pueblos, que se colocan y acogen 
al ser fundados, bajo el Patronato de la Virgen del Antigua. 

Y si pareciese todavía paradoja cuanto afirmamos y comproba-" 
mos con hechos tan elocuentes como el expuesto tan á la ligera: si 
quisiérase más confirmación de ello para corroborar, reconociendo 
y dando la sanción oficial á tal patronato, examínese otro detalle " 
que parecerá nimio, pero que en realidad es revelador de cuanto 
afirmamos. 

Es el 12 de Abril del año 1514: deslizase por el río Guadalquivir 
una flota, cuyas 17 naos, empavesadas con lujosas banderas, se des- 
piden de la ciudad de Sevilla; mas obsérvase entre ellas resalta 
una de tafetán blanco (1), toda dorada por una de sus caras, sobre 
cuyo fondo en su centro va pintada de tamaño natural una ima- 
gen es Ella, la Virgen de la Antigua, y va izada en la nao capi- 
tana, y la acompaña y va como su custodio, Fr. Juan de Quevedo, 
primer Obispo que marcha al Nuevo Mundo, precisamente á la 
ciudad primera fundada por Vasco Núñez de Balboa y Martín Fer- 
nández Enciso, desembarcando en aquellas costas del Darien, y en 
esta primera ciudad, cuya fundación y denominación aún desco- 
nocían, el 21 de Julio, juntamente con las demás autoridades que 
la Corona de Castilla enviaba para regir aquellas tierras, enfática- 
mente tituladas en los documentos oficiales Castilla del Oro, siendo 
esta primer cristiandad de Santa María de la Antigua, de la pro- 
vincia del Darien por lo tanto, la primada del Nuevo Mundo, sa- 
liendo á recibirle á las orillas del mar, Vasco Núñez de Balboa que 
ya había regresado de su gloriosa empresa que aún ignoraban los 
expedicionarios que allí arribaban, dirigiéndose todos al nuevo y 
primitivo santuario levantado por Enciso á la Titular y Patrona de 
la nueva población; y en él cantóse solemne 2e JDeum en acción 
de gracias: y así, el primer Te Deiim que se entona oficialmente 
con toda solemnidad por el primer Obispo de aquellas apartadas 



(1) Archivo de Indias. Papeles de la Casa de Contratación, 32-3-5/-'!. 
Medía esta bandera tres varas en cuadro y la pintó Pedro Ramírez. 



— 484 — 

regiones, es en la ciudad y santuario propio de la Virgen de la An- 
tigua donde ya se veneraba su excelsa imagen. 

Y aunque para sustentar el patronato de la Virgen de la Anti- 
gua citamos esas fechas más culminantes para robustecer nuestra 
tesis, no redúcese á estos hechos solos la acción espiritual de la 
histórica y española imagen, sino que es llevada y recorre todas 
las regiones del Nuevo Mundo que los españoles van descubriendo 
y conquistando para la Corona de Castilla, de la que fué bandera 
en tan remotas tierras, y esto de una manera espontánea, sin man- 
datos ni imposiciones previas, y sí sólo á impulsos de ferviente 
amor y profundísimo afecto. 

Así, al realizarse la conquista de Méjico por el esforzado Hernán 
"Cortés, se verá alzarle otra ciudad con el nombre de Santa María 
del Antigua, del importante estado de Yucatán, en Cozumel; como 
asimismo erigiéransele santuarios en Tabasco, Campeche, Zenipoa- 
la, Tlascala y otros. Y en el Perú, en su principal departamento de 
Cuaco, también se alzará un templo; y en Lima, se dedicará la Ca- 
tedral á su nombre por su devotísimo Arzobispo Santo Toribio de 
Mogrobejo que tanto la veneraba. 

Y en Guatemala se apellidará con el mismo nombre de la Anti- 
gua la capital del departamento Sacatepeque, población importan- 
tísima del Nuevo Mundo, la segunda después de Méjico; y lo mismo 
en Colombia, donde á más de alzarle templos, con este nombre se 
denomina la bellísima gruta inmediata al pueblo de San Gil. 

Mas como sería prolijo y ajeno á esta Memoria el descender á 
más detalles que la alargarían desmesuradamente, creemos que con 
lo indicado basta á nuestro objeto, para demostrar el patronato 
real y eficaz de la Antigua, en la obra de colonización del Nuevo 
]\Iundo; lo que tampoco debe extrañar, habiendo sido la Iglesia his- 
palense la encargada de formar aquellas cristiandades primitivas, 
euviándole sus primeros obispos, su peculiar liturgia, aún latente 
en muchos de sus Estados; que por tal motivo quisimos apuntar á la 
ligera, al comenzar este débil bosquejo, lo que era para Sevilla y 
lo que en su historia civil y religiosa significaba esta sacrosanta 
imagen. 



— 485 — 

Mas apuntamos tres fechas hacia las cuales queríamos hacer 
converger la importancia, lo arraigado, profundo é interesante de 
la devoción española de la Antigua, y de propósito hemos querido 
dejar para rematar, coronando este trabajo, la última, ó sea la de 
1522, comprensiva al par de la de 1519, en que se acomete la no 
menos gloriosa empresa de dar por vez primera la vuelta al mundo 
por los españoles; obra titánica de suma importancia para la Histo- 
ria y para la Geografía, pues con ella quedó por primera vez 
demostrada prácticamente la esfericidad terráquea: empresa que 
abarca las dichas fechas de 1519 y 1522, como puntos de partida y 
término de la magna expedición realizada por Hernando de Maga- 
llanes y Sebastián Elcano, que ambos la acometen y ejecutan, que 
indudablemente constituye uno de los hechos más grandes en la 
historia de la humanidad, y que basta como sanción de nuestra te- 
sis sobre el patronato de la Antigua en los descubrimientos geográ- 
ficos de los españoles, que tan cumplidamente lo confirma, pues la 
expedición marítima y casi fabulosa de Magallanes y de Elcano, 
va enlazada íntimamente á la decantada imagen: tan íntimamente, 
como que ante su altar de la Catedral hispalense tiene digno rema- 
te y conclusión la colosal empresa, por lo que á su acción moral y 
religiosa atañe y toca: como ideal de entusiasmo é inspiradora de 
la constancia hercúlea que en ella hubo, frente á todos los obs- 
táculos que se levantaran contra la misma, por parte de los hom- 
bres y por parte de los mismos elementos: en una palabra, como 
Patrona real y efectiva suya. 

Era el amanecer del día 10 de Agosto de 1519: del puerto de Ca- 
maroneros del arrabal de Triana, en Sevilla, zarpaba una flota 
compuesta de cinco naves; luego de haber oído misa su tripulación 
en el cercano Monasterio de la Victoria, donde asimismo habíanse 
bendecido sus banderas y estandarte de Castilla: las naves eran de- 
nominadas Santiago, Concepción, San Antonio, La Trinidad y San- 
ta María de la Victoria: mandaba la expedición Hernando de Ma- 
gallanes, con Sebastián Elcano, Juan de Cartagena, y otros ínclitos 
y no menos esforzados varones. 

Esta expedición va á buscar la comunicación del Océano con el 
mar del Sur, recién descubierto por Núñez de Balboa, y con ello 
hallar el camino más breve para las Indias Orientales; mas para 



— 486 — 

ello esperábanle hartos sinsabores que en tan larga travesía habían 
de experimentar. El 1.° de Noviembre de 1520 habían logrado uno 
de sus principales objetivos, descubriendo y atravesando el anhela- 
do canal de comunicación de ambos mares, que por ser ésta la fe- 
cha en que se halló, bautizóle Magallanes con el nombre de Todos 
los Santos; y sin arredrarse, intérnase en aquel nuevo mar no cru- 
zado antes por gente conocida del Occidente: el 13 de Febrero 
de 1522 la expedición cortaba la equinoccial, por los 147*^ 48' de 
longitud Oeste de Cádiz, y sin temores de ninguna clase, prorrum- 
piendo siempre en el avante de la tripulación valerosa, después 
de recorrer en tres meses y veinte días más de cuatro mil leguas en 
aquellas alturas desiertas, un día se les acaba el agua potable y las 
provisiones: el hambre horrible, y casi el terror tremendo se cierne 
sobre aquellos marinos: tienen que recurrir á las pieles de las jar- 
cias para tomarlas como alimento, pues se carecía de todo, y la 
muerte empieza á hacer sus estrag-os por la inanición y la fiebre. 
Mas en tan horrorosa situación, ellos, que muchos eran sevillanos, 
y otros pululaban siempre en los alrededores de la Casa de Contra- 
tación, en las cercanías del histórico santuario de la Tutelar y Pa- 
trona de la marinería, á la que tantas veces habrían visitado y ora- 
do ante su altar, acuérdanse de Ella, de la bendita imagen de Santa 
María de la Antigua, á Ella se acogen, en Ella confían y con Ella 
esperan el remate y feliz éxito de la expedición, ofreciendo por 
voto, al arribar de regreso á Sevilla, ir procesionalmente en peniten- 
cia á su Santuario á postrarse á sus pies en muestra y señal de reco- 
nocimiento y favor- véase en aquellas alturas de mares ignotos y sin 
fin, careciendo de lo indispensable para vivir y poder continuar la 
arriesgada empresa marítima, la tutela, el patronato real de la Vir- 
gen de la Antigua en los descubrimientos geográficos de los espa- 
ñoles, que en días y momentos tan angustiosos para ellos la ven 
dibujarse, y cómo la contemplan á través de las brumas del mar 
en trance de tantas torturas para sus ánimos tan viriles y esforza- 
dos; y es que Ella fué el ideal que les alentó y confortó en tan su- 
premos instantes. 

Era el día 8 de Setiembre de 1522: al puerto de Camaroneros de 
Sevilla arribaba una nave con el título de Santa Maria de la Vic- 
toria, una de las cinco que partieran de aquel mismo lugar en la 



— 487 — 

mañana del 10 de Agosto de 1519, á los tres años y veintinueve 
días de la partida, volviendo sola, lueg-o de trazar una derrota de 
catorce mil leguas; que Victoria había de llamarse aquella nao, 
que luego de trazar un recorrido que hasta entonces no hubiera he- 
cho barco otro alguno, atravesando todos los climas y todas las la- 
titudes terrestres, cruzando seis veces el Ecuador al mando de un 
marino español, Sebastián Elcano, entra orgullosa por las aguas 
del Guadalquivir con sus velas henchidas á impulsos del aire, y 
sobre su velamen la cruz de Santiago, con la empresa en grandes 
caracteres rojos: «Esta es la figura de nuestra buenaventura», que 
así ostenta ufana (1). 

Y aquellos marinos, antes tan intrépidos y erguidos contra la fu- 
ria de los elementos y las olas bravas del mar, vérnosles ahora, ape- 
nas desembarcan y saltan en tierra en número de 18, que restaban 
de los 239 que salieron formando la expedición; y aquel puñado de 
héroes con Sebastián Elcano á la cabeza, forman religiosa comi- 
tiva, y llevando sus banderas, gloriosos trofeos de jornada tan su- 
blime, descalzos, con sendos cirios en las manos, mostrando en sus 
rostros y en sus vestidos las penalidades sufridas en esta navega- 
ción, vémosles humildes y llenos de fe, cruzar las calles del puerto 
de Triana, atravesar el puente de barcas, y penetrando por la 
puerta del Arenal dirigirse á la Catedral, donde en la capilla de la 
Virgen del Antigua y ante su altar vémosles postrarse de hinojos, 
para cumplir promesa que en día mu^ triste hicieran allá en altas 
mares ala imagen sevillana, rindiéndole gracias por haberles permi- 
tido volver ante ella, y para poner á sus plantas los frutos y venta- 
jas que á la humanidad y al mundo ofrecía navegación tan sublime^ 
cuyos ejecutores podrían allí proclamar: «Primi circundederunt 
me», ostentando como Patrona de la obra la soberana efigie, á 
que acudían en pública confesión, para que así constase en los ana- 
les de la Geografía mundial. 

Y ya con esta última relación no parecerá hipotética nuestra 
afirmada tesis; que no importa no haya habido pronunciamiento 
oficial para ello, cuando lo pregonan, confiesan y proclaman los 
hechos; y ¿para qué más declaración oficial, pues quién no lo reco- 



(1) Ortiz de Zúñiga, Alíales de Sevilla, 



necerá así, cuando tal se halla probado é iluminado por tan viví- 
sima luz, que así estaba en la conciencia y en el corazón de todos 
aquellos magnánimos varones, cuyo número es infinito, desde Co- 
lón á Rodrigo de Triana, de Vasco Núñez de Balboa á Andrés 
Vera, de Magallanes y Elcano hasta Francisco Albo y Ojeda, Ni- 
cuesa, Labastida, Farfán, Díaz de Solís, Enciso, Juan de Cartagena, 
Pizarro, Hernán Cortés, Rodríguez Serrano y otros mil que, con 
aquellos primeros misioneros, como Fr. Bartolomé de las Casas 
y Fr. Junípero; clérigos como Vera y Reina; Obispos como Fr. Juan 
de Quevedo, con los innumerables que salieran del Colegio domini- 
cano de Santo Tomás de Sevilla, para regir y fundar los primeros 
obispados del Nuevo Mundo?.... 

Pues ellos fueron todos los que abrigaran tal amor y ellos fue- 
ron los que dieran á la Virgen del Antigua tal patronato, adquiri- 
do con los hechos que forman la historia de nuestros descubrimien- 
tos en tan remotas regiones y sancionado por el derecho que en 
virtud de ello le pertenece. 



** 



Por todas cuyas causas y razones, este Congreso hispano-ame- 
ricano que se celebra para conmemorar uno de los descubrimien- 
tos más trascendentales para la Historia y para la Geografía, y en 
que tuviera tanta significación la Virgen sevillana de la Antigua, 
bien debiera reconocer y concederle tal patronato por lo que á la 
historia de los descubrimientos geográficos de los españoles se re- 
fiere y toca, por pertenecerle así de estricta justicia, según lo acre- 
ditan y comprueban los hechos relatados. 

La muy noble y muy leal ciudad de Sevilla está obligada, debe 
rendir pleito homenaje de gratitud, devoción y recuerdo histórico 
á la bendita imagen de la Virgen de la Antigua en su iglesia Ca- 
tedral en 1914 con motivo del cuarto centenario del descubrimien- 
to del Océano Pacífico por el ínclito Vasco Núñez de Balboa; y á 
ello ínstale su historia, sus gloriosas tradiciones, de cuyo recuerdo 
viven los pueblos y fórmanse los pergaminos de su nobleza. 

Sevilla, la ciudad del Guadalquivir, si famosa por los enco- 



— 489 — 

mios de los poetas, más famosa aún por su movimiento mercantil 
desde ha lueng-os siglos, desde la época de fenicios y romanos, y 
muy particularmente desde la de nuestros grandes descubrimien- 
tos geográficos; Sevilla, la ciudad primera que tuviera arsenal ma- 
rítimo en España en sus históricas Atarazanas; Sevilla, primer 
puerto interior de nuestra patria; Sevilla, la ciudad de la gran Casa 
de la Contratación de Indias, el primer Instituto náutico que tuvie- 
ra Europa, en frases del sabio Humboldt, la de la casa del Océano^ 
en expresión del geógrafo Pedro Mártir de Anglería, posee otro te- 
soro: tiene su Virgen del Antigua, su Virgen muzarábiga de fama 
imperecedera, de historia sin igual, faro de la fe y piedad de 
nuestros navegantes en la época en que dilatamos los límites del 
mundo conocido, y llevamos la fe, y con la fe la civilización, á re- 
giones desconocidas á través de mares ignotos Entonces fué 

Ella, esa Virgen de la Antigua de la Catedral sevillana, la luz, el 
ideal, la estrella de aquella inmensa pléyade de marinos y nave- 
gantes, de geógrafos y descubridores, de frailes y guerreros, y de 
entre ellos ese que hoy la Humanidad festeja, ese al que la civi- 
lización vuelve los ojos y entona alabanzas como uno de sus más 
grandes hombres: Vasco Núñez de Balboa. 

Pues bien; en estos días, en esta fecha, la ciudad de Sevilla 
debe también rememorar, y más que otro pueblo alguno, que á 
ello, repetimos, se halla obligada, á la que fué tutelar de aquella 
famosa empresa, á la que la inspirara, alentara y protegiera, y en 
tal grado, que aquel héroe, lleno de nobleza, de amor y gratitud 
hacia Ella, diera el benditísimo nombre de Santa María del An- 
tigua á la primera colonia española que estableciera, la primera 
ciudad fundada en el Nuevo Mundo (1). 

Por ello, así como la Historia, la Ciencia y la Geografía, han 
de rendir tributo de admiración, gratitud y reconocimiento al hé- 
roe que por vez primera viese las aguas, los horizontes de aquel 
nuevo mar que señalaba nuevos derroteros á la propagación de 



(1) En sesión celebrada por el Excmo. Cabildo de la Catedral de Sevi- 
lla á 17 de Marzo de 3914 acordó dedicar función solemne á la Virgen de 
la Antigua en su propia capilla para conmemorar ante ella el cuarto cen- 
tenario del descubrimiento del Pacifico. 



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la fe de Cristo, reuniéndose en Congreso esta ciudad, de igual 
modo debe concertarse y provocarse otro acto espléndido de la 
piedad y de la Ciencia, de la Religión y de la Historia ante la Vir- 
gen de la Antigua, en justo reconocimiento de gratitud y en prue- 
ba del íntimo enlace y unión que siempre tuvieron la Religión y 
la Ciencia. 

Sevilla 14 de Abril de 1914. 



m PRECURSOR DEL CANAL DE PANAMÁ 



RECTIFICACIÓN HISTÓRICA 



DON JUAN B. SOSA 



Recientemente apareció en la Revista de América, importante 
publicación que dirige en París el escritor peruano Francisco Gar- 
cía Calderón, un artículo intitulado Un Precursor del Canal de Pa- 
namá, en el cual se atribuye el descubrimiento del río Chagres, 
utilizado como elemento natural y especialísimo en la construcción 
de la gran vía interoceánica, á Nicolás de Ribera Valdivieso y La- 
redo Esquí vel, nativo de la villa de Olivera, en Galicia, compañero 
de Pizarro en la conquista del Perú y de los fundadore